Disclaimers: Esta historia y todos sus personajes son de mi autoría.
Comentarios: Sólo quiero decir que este relato es muy importante y especial para mí; espero que lo disfruten.
Escríbanme ¿vale? de verdad necesito saber sus opiniones, me hace bien recibirlas; aquí les dejo mi dirección: xena_y_gabrielle@hotmail.com
Advertencia: Prohibido usar esta historia sin mi autorización.

Abril del 2004.


SENTIR

De: Astral

Sexta parte

- ¿Alguna vez han soñado algo que les parece tan real como la vida misma? -Beatriz paseó su mirada entre los dos rostros que la miraban atentos. A decir verdad, el rostro masculino mucho más que el femenino, el cual intercalaba su atención entre ella misma y su espejo.

- ¿Soñar durmiendo o despierta? -Sandra preguntó en forma casual, mientras miraba fijamente su propio reflejo, devolviéndosele cerca de su nariz en la superficie de un pequeño espejo de tapa dorada-. Una vez estaba soñando despierta, y de bruta choqué con un semáforo ¡imagínense! yo Sandrita, toda top con mi minifalda creyéndome la muerte por la calle. ¡Qué plancha! ni muerta volví a pasar por ese lugar -la trigueña continuó en su ardua tarea de ajustar sus nuevos anteojos sobre su nariz.

- Durmiendo; o sea, que al despertar te cueste creer que ha sido un sueño, porque ha sido tan, tan real que te parece imposible que no lo hallas vivido -Beatriz explicó, para luego llevarse una papa frita a la boca. Una mueca de repugnancia fue el comentario que esta vez recibió de parte de su mejor amiga.

- Yo he tenido sueños de los cuales desearía no haber despertado nunca -Diego comentó, mientras que miraba dulcemente a Sandra y ésta le regalaba un pequeño beso en los labios-. Pero eso de que me cueste creer que he estado soñando, no; o sea, dentro del sueño mismo me parece real lógicamente, pero al despertar sé perfectamente bien que no lo ha sido. ¿Por qué lo preguntas?

- Olvídenlo... -Beatriz meditó la posibilidad de comentarles su experiencia del sueño con Gema; mas, llegó a la conclusión de que no conseguiría más que alguna frase graciosa por parte de Sandra, y una mirada de incredulidad de Diego. Por otra parte, no quería que pensaran que se estaba obsesionando con la morena; por dios que aquello terminaría por sepultarla a bromas por parte de su amiga.

- ¿Qué sueños has tenido que sean tan buenos como para no querer despertar, mi vida? -Sandra se quedó meditando en las palabras dichas por su novio; y Diego pareció no tener la intención de contestar a sus interrogantes, decidiendo concentrarse en su comida, la cual caía en el grupo de alimentos del mismo plato que saboreaba con gusto Beatriz. Aunque aquella elección le había costado ruegos y hasta puntapiés de su novia, por no haber elegido algo sano y saludable como lo que ella degustaba-. ¿Eran sueños relacionados con tu Sandrita? -preguntó coqueta.

- Sí, mi amor, eran contigo -Diego reconoció finalmente-. Aunque también he soñado que soy millonario y cosas de ese tipo; es terrible cuando despiertas y te das cuenta que los billetes que tenías entre tus manos han desaparecido ¿verdad? -rió, mientras que sentía a Sandra mirándolo extraordinariamente seria por sobre sus anteojos; intentando tal vez producir una mirada intimidante, o algo parecido a eso.

- ¡Eran sueños pornográficos! ¡pervertido! te pillé -Sandra chilló tan fuerte, que varias personas se voltearon hasta la mesa ocupada por ellos, haciendo a Diego sonrojarse tanto como el envase de ketchup que se encontraba a corta distancia de su alcance.

- Qué horror... -Beatriz murmuró, bastante menos avergonzada que el joven sentado enfrente suyo. Luego de tanto tiempo de conocer a qué grados de desinhibición podía llegar Sandra en ciertos momentos, había terminado por acostumbrarse a aquello, y aceptar esos exabruptos que la chica parecía adorar largar de vez en cuando, sin que su rostro mostrase ni la menor intención de sonrojarse. Se llevó una papa a la boca, mientras comprobaba de reojo que las personas habían perdido interés en el sonriente rostro de la trigueña.

- No comas eso ¡cochina! es grasiento, calórico y asqueroso ¿cómo puedes? -palmoteó sonoramente la mano de Beatriz, mientras la miraba enfadada, para luego apoyar su cabeza en el hombro de la persona a su lado, quien permanecía en silencio, rogando interiormente que Sandra no volviera a preguntarle sobre sus sueños, ni mucho menos mencionara aquello relacionado con los pornográficos, qué bien sabía había tenido en unas cuantas ocasiones; mas, no era eso motivo suficiente para que su novia lo tuviera que publicar de una manera tan escandalosa.

- Cómo puedes tú alimentarte de esas porquerías de hojas. ¿No te dan ganas de comer algo así de vez en cuando? -Beatriz sonrió maliciosamente, mientras que le acercaba peligrosamente una papa frita a la boca, y hacía movimientos oscilantes con ella delante de la mirada de la joven.

- Para que veas que no me dan nada de ganas; yo amo mis verduritas y mis frutitas. ¿Cierto mi amorcito lindo, precioso? -se dedicó a darle besos en la mejilla a Diego, mientras que éste sonreía, acostumbrado y resignado a recibir tales muestras de afecto en público.

- No te creo ni una palabra, embustera; sé que te mueres por darle un mordisco a esta deliciosa papita. Mira, huele; no me niegues que se te hace agua la boca -Beatriz volvió al ataque fritura en mano, queriendo hipnotizar a Sandra con ella, mientras la movía lentamente justo frente a sus ojos.

- No me provoques, Beatriz Asunción de las Mercedes, alias 'la Torti' no me quieras provocar ¿ya? -Sandra dijo graciosamente, provocando la risa de su amiga.

- Acepta entonces que desfalleces por esta papa que tengo aquí -le lanzó la fritura a la cara, la cual chocó de lleno contra los cristales de sus nuevos anteojos-. Y no me inventes nombres.

- ¡Tú te lo buscaste!

Al segundo, Sandra se encontraba fuera de su asiento y se paseaba tan suelta de cuerpo como acostumbraba, por todo el lugar; observando a las diferentes personas que conformaban la masa presente.

Beatriz y Diego siguieron sus movimientos, los cuales Beatriz nunca había terminado por decidir si le resultaban cómicos, exagerados, extraños, coquetos, o todas esas cosas a la vez.

Sandra se inclinó, acercando su rostro hacia una persona situada en una mesa justo en frente de la que ellos habían estado ocupando. Ninguno de los dos alcanzó a percibir lo que fuese que Sandra había dicho; pero bastó un momento para que Beatriz se encontrara con un par de ojos observando insistentemente hacia esa dirección, mientras que Sandra se acercaba nuevamente hacia ellos, con una sonrisa estampada en los labios, y con gestos que denotaban la satisfacción del triunfo; mientras que había ya dejado atrás a la mesa vecina, a las personas sentadas a su alrededor, y a la chica morena que hacía nerviosos movimientos con sus manos, mientras que en su rostro se percibía un notorio sonrojo subiendo por sus mejillas al oír lo que sus amigas parecían estarle murmurando, claro en sus oídos, mas completamente ininteligible para Beatriz.

- ¿Qué demonios le dijiste? -Beatriz la interrogó, comenzando a preocuparse, mientras que la morena se cubría el lado de la mejilla que daba hacia aquel lugar con la palma de su mano.

- En realidad no lo quieres saber -Sandra advirtió, mientras sonreía aún más ampliamente, sintiéndose más triunfante que segundos atrás.

- Dime; esa tipa no para de mirar -Beatriz observó de reojo, mientras sentía la mirada de la chica dirigirse cada segundo hacia la mesa.

- Le dije... -Sandra acortó el espacio que las separaba, mientras que acercaba su rostro al de Beatriz, e invitaba a la chica a hacer lo mismo y facilitarle su tarea-, que tú opinabas que tenía unas tetas preciosas, y que te encantaría besárselas hasta hacerla morirse del gusto.

- ¡¡¿¿Qué??!! -decir que Beatriz se estaba sonrojando, hubiera sido dedicarle una palabra demasiado insignificante a la descripción de los colores que su rostro estaba produciendo.

- Mentira mentira, sólo bromeo -Sandra lanzó una risotada aguda, mientras que Diego intentaba cubrirse el rostro a como diera lugar.

- ¿Entonces qué le dijiste?

- Bueno, era en parte mentira; no dije 'tetas' dije 'senos'. Es una palabra correcta ¿o no?

- No puedo creer esto... ¿Qué demonios te pasa, Sandra? ¿estás loca? -Beatriz la miró indignada.

- ¡Ya! Qué exagerada, dios mío; no le dije nada de eso ¿ok? La tipa no ha parado de mirarte, sólo le dije que la persona de esta mesa también estaba interesada en ella -Sandra se encogió de hombros, mientras que le daba un sorbo a su jugo natural de naranja-. ¡Ayy, Bea! ¡qué latera eres! Era para que te divirtieras. ¿Qué te cuesta coquetear un poquito con las chicas? A ella le gustas también, no tiene nada de malo.

- Sandra, la chica no me ha estado mirando a mí, ha estado mirando a tu pololo ¿entiendes? Le acabas de intentar hacer gancho con Diego -Beatriz soltó una risa aún más divertida que la de Sandra instantes atrás.

- ¿Cuál chica es? -Diego preguntó con interés, mientras giraba su cabeza buscando a la supuesta persona que gustaba de él.

- ¡Cállate, inepto! -Sandra chilló, mientras le daba un golpe que por poco hizo que sus anteojos salieran volando, tirando por los suelos su intelectual new look-. ¡Y tú deja de reírte! -le gritó a su amiga.

- Sandra lo ha dicho; no tiene nada de malo en que coquetees un poco con las chicas, Diego; a ella le gustas, es para que te diviertas -Beatriz intentaba apagar las carcajadas que luchaban por salir de su garganta, mientras que veía la cara de Sandra transformarse en algo que definitivamente no era alegría, y aquello no la hacía más que continuar tentándose de la risa.

- Puta... -Sandra murmuró entre dientes, mientras que miraba ahora con odio a la jovencita morena, y pedía la cuenta con la urgencia en cada uno de sus movimientos y gestos, de salir de aquel lugar en ese mismo instante.

*****

- La verdad es que yo no veo que estén mal. Diego siempre ha sido más bien callado. En realidad son bastante opuestos. ¿Cómo haces para que te soporte? -Beatriz rió, mientras que veía la cabeza de Sandra aparecer al otro lado de aquel muro de películas, de la sección de comedia que se interponía entre ellas.

- Andas chistosita ¿eh? Ten mucho cuidadito, porque mi venganza puede ser muy cruel -Sandra advirtió, plasmando en su rostro una mueca de psicótica a la altura de Jack Nicholson, y digna de un premio Oscar.

- Sólo bromeo, sabes que hacen una linda pareja -Beatriz sonrió, mientras le enseñaba la carátula de Loco por Mary.

- ¡Nada que ver! Ésa ya la he visto un millón de veces. Algo reciente, Bea, ubícate en el tiempo; estamos en el 2004 ¿recuerdas? -Sandra dijo, mientras que su mirada abandonaba el rostro de su amiga, y seguía un punto en particular el cual Beatriz no estuvo segura de qué se trataba hasta voltearse-. Uyy mijito rico... ¿lo viste? -sus ojos ahora lanzando destellos bastantes evidentes de coquetería, seguían los movimientos de un joven, el cual salía del video club con varias películas en sus manos.

- Eres una descarada ¿sabías? -Beatriz movió la cabeza, mientras que observaba a su amiga aún con la mirada atenta en el joven, quien se la devolvía con disimulo; pero el cual probablemente hubiese llegado al lado de la trigueña, si es que no hubiera tenido a la novia al lado-. Sandra, deja de mirar así ¿que no ves que tiene polola? No tienes ni un poco de respeto... -la regañó.

- No es mi culpa ser tan regia y que me miren los hombres -Sandra dijo, mientras se miraba al espejo y le lanzaba besos a su propio reflejo-. Ayy, me amo, linda, preciosa, regia, estupenda.

- Si tú estuvieras con Diego, no te gustaría que él se pusiera a coquetear con otra chica ¿o sí? o que él lo hiciera cuando tú no estás presente.

- ¡Ayyy, Bea! Sólo es un intercambio de miradas; no me voy a ir a acostar con él, ni nada de eso ¿ya? -Sandra alzó la voz, mientras que un pequeño asomo de ceño fruncido amenazaba por surgir en su entrecejo-. ¿¡Ves!? consigues que me arruge. Además, Diego sólo tiene ojitos para mí.

- Vale, como digas. ¿Cómo van las cosas entonces?

- Igual Bea; imagínate que él prefiere irse a estudiar en vez de estar conmigo, además nisiquiera me dijo que le encantaba mi new look, y eso que lo hice por él -una mueca de fastidio cruzó sus facciones, mientras que leía atentamente, esta vez sin alejar el objeto de sus ojos como sin duda antes de usar gafas hubiese tenido que hacer-. Ya me aburrí de estos anteojos, no pienso usarlos más.

- No creo que estudie muy feliz que digamos; estoy segura que preferiría estar contigo. ¿No has visto forma en que te mira? Me pregunto si esa cara pongo yo cuando miro a Gema... -Beatriz terminó la frase con un suspiro.

- ¿Cuándo me vas a presentar a la provocadora de esos suspiros? -Sandra preguntó, mientras que terminaba al fin de leer lo que fuese que la tenía tan absorta en sus párrafos, y se deshacía de los anteojos, probablemente para siempre-. En esta película hay una lesbi ¿quieres verla? -dijo, enseñándole sonriente la película a Beatriz.

- Me da lo mismo -respondió ésta, encogiéndose de hombros-. No me gustan tanto las películas de todas formas.

- Qué poco entusiasta eres, Bea -Sandra dijo, mientras le daba un golpe en la cabeza con el objeto-. Seguro que preferirías estar con la tipa ésa ¿verdad? Eso es, estás conmigo y te mueres por estar con ella, y yo que me vaya a la punta del cerro. Claro poh, obvio, si yo no te hago cositas ricas como la Gema te debe hacer...

- Deja de decir estupideces ¿quieres? Nunca me han llamado demasiado la atención las películas; qué manera de limitarle a una la imaginación. ¿Por qué mejor no vamos a comprarnos un buen libro?

- Gruñona... -dijo Sandra, dedicándole un exagerado desprecio que parecía salirle del alma-. Además lo único que me gusta leer es lo que tú escribes.

- ¿Aunque la mayoría de mis parejas sean conformadas por dos chicas? -Beatriz dijo, mientras una sonrisa comenzaba a formarse en sus labios, al observar a Sandra aún recorriendo con su mirada los distintos títulos, que no parecían ser lo suficientemente atractivos para su amiga como para ser elegidos.

- Obvio, si a mí me encantan las lesbianas, y he tenido un montón de fantasías con mujeres ¿sabes? -Sandra dirigió su atención al rostro de Beatriz, mientras sonreía maliciosamente-. ¿Quieres que te las cuente?

- No, muchas gracias; conociéndote, sé perfectamente bien que me contarás con lujo de detalle, y creo que no estamos en el lugar más indicado para tus indiscreciones -Beatriz dijo, mientras avanzaba rápido, pensando en qué poder decir para cambiar la conversación; porque tan consciente como que Sandra estaba planeando algo en aquel mismo instante, lo estaba del hecho de que la trigueña era capaz de dedicarle no sólo a ella, sino que a todos los presentes sus más íntimas fantasías; sí que lo sabía bien.

- ¡Bea! no te me escapes, vuelve aquí, ok ok, no voy a decir nada.

- Júralo -Beatriz exigió, mientras le apuntaba con un dedo en la cara.

- Lo juro -dijo, sonriendo aún más ampliamente.

- Lo vas a hacer... -Beatriz afirmó con aflicción, mientras observaba a todas direcciones, esperando que en cualquier momento Sandra comenzara con sus relatos.

- Bea, estoy jurando. ¿Crees que yo falto a mis juramentos? ¿qué clase de persona crees que soy?

- Eres Sandra, eso es lo que eres; y para mi desgracia sé que estás planeando algo que me va a avergonzar; lo sé.

- Ya tranquilita, no voy a contar mis fantasías a grito pelado si eso es lo que temes -Sandra la observó de frente, y con la cabeza un tanto ladeada, mientras que no borraba esa maldita sonrisa que Beatriz tan bien conocía y que siempre precedía a cualquier ocurrencia que la chica tenía en los momentos más inoportunos e inesperados.

- Lo vas a hacer, dios mío...

- ¡Hey! -alzó la voz Sandra, mientras que elevaba un dedo en el aire, dirigido hacia uno de los empleados quien precisamente caminaba dos pasillos más allá-. Hola.... -leyó su nombre estampado en su polera, una vez que el joven se había acercado a ambas chicas-, Claudio -dijo, mientras sonreía coqueta al percatarse de que el chico era de su tipo, y bastante parecido a Diego por lo demás.

Beatriz giró los ojos. Por enésima vez durante aquella tarde, Sandra intercambiaba sonrisas con algún tipo, las cuales seguramente a su novio no le harían ni la más mínima gracia. Alejó su atención de la trigueña, mientras respiraba en paz; por lo menos, lo que fuese que Sandra planeaba, se limitaba a aquel chico y la excluía por completo a ella. Miró la hora, impaciente por salir de aquel lugar. Y qué hubiese dado por estar con Gema en aquel momento, viendo cualquier película junto ella, incluso se atrevía a asegurar que soportaría aquellas que más detestaba; cualquier cosa, mientras pasara el tiempo con la morena. Un tirón en su brazo la sacó de sus pensamientos, para encontrarse a una sonriente Sandra observándola con aquellas caras que Beatriz bien sabía antecedían a algo que probablemente provocaría un sonrojo inevitable en su rostro.

- Estamos buscando una de lesbis -Sandra agarró firmemente de una mano a Beatriz, sin que ésta pudiese hacer absolutamente nada por zafarse. Y es que cuando a la trigueña se le metía algo en la cabeza, no había poder humano que la sacase de su idea; ni las palabras, ni las súplicas, ni mucho menos la fuerza física, absolutamente ausente del cuerpo de Beatriz, pero que Sandra utilizaba cada vez que deseaba hacerla pasar una vergüenza mayúscula.

Sandra sonrió coqueta, mientras no soltaba su mano, y Beatriz ya se hacía una idea del plan que su querida amiga tenía en mente.

- Sandra... -le advirtió entre dientes, dedicándole una mirada nada amistosa, mientras que poco le faltaba para enseñar los dientes, en señal clara de estarla odiando con todas sus fuerzas.

- ¿Buscaron en esa sección? -indicó el chico, luego de dedicar una fugaz mirada hacia las manos tomadas de Sandra y Beatriz, mientras que la primera no parecía tener la intención de soltar el agarre, ni mucho menos dejar sus actitudes hacia su amiga quien hacía esfuerzos sobrehumanos por recuperar la movilidad de tan útil miembro.

- Sí, pero... -le estampó un beso en la mejilla a Beatriz, y no contenta con ello le rodeó la cintura con su firme mano. El rostro de Beatriz pedía a gritos un poco de aire, cualquier cosa que calmara su repentina subida de tonos, mientras sentía que le explotaba del calor, y que hasta humo emanaba de su piel- queremos que nos recomiendes una tú; algo que sea... -miró a Beatriz, quien ya no hacía intentos en soltarse, resignada a pasar una de las tantas vergüenzas de su vida al lado de su amiga del alma-. ¿Cómo te gustaría a ti que fuese, cariño?

- Ojalá que tuviera un asesinato ¿sabes? uno bien sangriento... -gruñó, mientras le dedicaba una mirada de absoluto y genuino odio a su amiga, quien no se daba por aludida ni en lo más mínimo, y más aún, Beatriz bien sabía que probablemente la trigueña pensara que todo aquello le divertía tanto como a ella misma-. Te espero afuera -anunció, cuando al fin sus fuerzas se dignaron a ponerse de su parte.

- Bueno, mi vida; voy altiro -dijo Sandra, con un tono de voz que denotaba un estado de total diversión.

Beatriz se giró bruscamente, mientras que buscaba la salida por la cual deseaba estar egresando en aquel mismo instante. Por un momento sufrió una pequeña desorientación. Observó para todos lados, hasta que finalmente la persona que se interponía entre la palabra 'salida' y su visión tenía la amabilidad de caminar dos pasos a su derecha. Sonrió aliviada e hizo ademán de dar su primer paso; pero por supuesto, Sandra no se contentó con lo ya hecho y tuvo que ponerle la guinda a la torta.

- Por allá, amor, la salida está por allá -la aguda voz de Sandra parecía estar cantando, y al terminar de vibrar la última vocal, le plantó un palmazo en el trasero a Beatriz, que la elevó un par de centímetros del piso, mientras hacía regresar los tonos rojizos a su abochornado rostro.

Nisiquiera hizo ademán de voltearse, y poco ganaría con decirle algo. Caminó con la furia subiéndole hasta las sienes, mientras juraba y recontra juraba que mataría a Sandra en el minuto mismo de atravesar la puerta del departamento.

- Es que es tímida mi Beíta; qué linda es ¿verdad?

Fueron las últimas palabras que oyó, provenientes de una jubilosa Sandra. Y por dios que la iba a matar esta vez, ahora sí que no se salvaba.

*****

Miró por enésima vez aquellos muros, y esa puerta que parecía ya conocer de memoria; tanto, que sentía que le podrían pedir en ese momento que cerrase sus ojos y la describiera, y hubiera sido capaz de entregar detalles aún más exactos que la propia dueña de esa casa.

Pero Gema no; con Gema era diferente. ¿Cómo podía ser que la conociese a tal extremo, como para saber qué sentía o qué pensaba en determinado momento, cuando ni ella misma había logrado aún aclarar del todo un pensamiento en su cabeza? ¿Cómo Gema no iba a ser capaz de describir el propio portal del lugar por donde ingresaba cada día de su vida, y quién sabe cuántas veces durante aquellas veinticuatro horas que lo completaban?

Enfocó una vez más su mirada; sus ojos verdes hacia aquella superficie, esa madera de color café claro. ¿Qué demonios hacía meditando la posibilidad de que la morena conociese cada grieta que se había posesionado de aquellos restos de árbol de quién sabe qué clase? Qué tontería y qué absurdo le parecía ahora que emergía de aquellos pensamientos, el haber dedicado algunos segundos a cavilar tan banal asunto. Mas, seguía allí eso; aquello que se aclaraba en su mente, esas letras, esas sílabas, y la inevitable palabra que conformaban; pasos, todo era acerca de pasos, el avance y la evolución. ¿Y acaso estaba lista para aquello?

La miró de reojo. La observó tan claramente como le fue posible desde aquella perspectiva, desde aquella posibilidad que le había dado a sus globos oculares para que se girasen a su derecha y la observaran parada junto a ella. Percibió su tan notoria estatura, y su cabello negro; aquellos cabellos sedosos y brillantes, que poco les faltaba para encandilar por completo sus ojos al mirarle. Aquel detalle que era casi tan importante y tan eficaz en la tarea de robar la atención de su mirada, como lo hacían sus ojos azules.

No. Por supuesto que no. Y qué injusta hubiese sido de haber terminado aquella frase en su cabeza sin haberle dedicado el mérito que merecían aquel par de ojos que parecían existir para quitar la respiración de su garganta, para hacer a su corazón detenerse en su pecho. Sus ojos no tenían comparación, ni con la pigmentación de su cabello, que había decidido nacer de manera que fuese más oscuro que la noche misma, más oscuro que sus recuerdos del pasado, más oscuro que su propia vida cuando no se encontraba con Gema a su lado. Sus ojos azules no estaban a la misma altura de todo aquello; ni de su estatura, ni de su contextura, ni de sus labios que la habían besado como si el día mismo del juicio final estuviera tan cerca como el segundo posterior de su último respiro.

Pero su Gema; su Gema vivía siempre con aquella mirada que la trastornaba, con aquellos ojos que la hacían desfallecer, y volver a vivir. Y Gema tenía la insolencia de combinarlos con cada movimiento que era producido por el armazón de su cuerpo. Y por dios, que toda ella en conjunto era algo que no se podía creer que fuese cierto. Si parecía una imagen hecha de muchas partes, de muchas partes que se hubiesen elegido con la más absoluta cautela, con el más grandioso detallismo de que cada sección de su cuerpo formaran al ser más perfecto que pisara la faz de la tierra.

Mas, su Gema era tanto más que sólo aquellos miembros encajados en su tronco. Era tanto más que su cabello oscuro y sus ojos perfectos. Era tanto más que su altura, y ese aire gallardo con el que acompañaba cada uno de sus pasos. Y era mucho más que esas cuatro letras que formaban su nombre; ese nombre que era melodía para sus oídos, ese nombre que de sólo oírlo en cualquier parte y momento, hacía que su corazón se agitara tanto o más que si hubiese corrido alguna distancia considerable. Ese nombre que la hacía casi levantarse y gritar: ¡Es ella! ¡Es ella...! Y ella es mía...

Sonrió, sin saber si lo hacía por estar allí parada sin pronunciar palabra alguna, mientras sus ojos ya habían escapado de la figura plantada a pocos centímetros a su derecha, o si simplemente lo hacía por haber regresado a su anterior, mas, no olvidado objetivo, instalado aún estático frente a su persona. Y allí estaba; tan café como siempre, tan cerrada como antes. Y allí pensaba seguir por lo que Beatriz fue capaz de vislumbrar, sin tener la menor intención aparente de que tal vez por arte de magia se abriese, dándole alguna señal que por muy idiota que pareciera, la ayudase a definir lo que estaba segura terminaría por decidir por sí sola.

Volvió a dirigir su mirada casi temerosa hacia Gema; titubeando, meditando la posibilidad de cambiar el rumbo de sus ojos hacia otro lugar, hacia algún otro punto, que sin duda alguna no tendría el impacto, ni la importancia, ni la consecuencia que sucedería en su pensamiento y en sus sentidos, y en su ser, al instante mismo en que sus pupilas chocasen por completo con las pupilas de Gema.

Y así fue. La miró de frente y sin reojos que le limitaran la visión de semejante rostro. La observó, y sin querer ni planear aquello sonrió. Y qué diferente era su sonrisa cuando la producía la morena. Qué distinta era cuando se la dedicaba completamente a Gema. Qué infinitamente distante estaba todo y una misma cosa, cuando lo hacía viendo a cualquier persona o cualquier punto, a cuando lo hacía viendo a Gema y por Gema. Paseó por los distintos lugares de su rostro, y hasta escaparon sus ojos hacia sitios más lejanos de él, y aún más allá, viajaron por lugares recónditos de su alma y de su pensamiento, y en algún punto de aquel recorrido de todo aquello a la vez.

Y allí estaba su mano aferrándose a la suya, mientras que no necesitaba decidir nada, ni mucho menos pronunciar palabra alguna, que le aclarase a ella o a sus propios oídos, lo que su cuerpo planeaba hacer, y que su mente aceptaba sin pero alguno.

No se enteró cuándo aquella superficie de madera había sido cerrada atrás suyo, ni cuando sus pies la dirigieron hacia aquel lugar que no había visto mas que en su imaginación. Aquella imaginación que tenía momentos de tal fertilidad, que la había llevado a escribir líneas y más líneas, que terminaban convirtiéndose en una idea, para pronto transformarse en alguna situación, las cuales en su mayoría hablaban de ella, de sus sentimientos, de lo que percibía que sucedía en su interior, y aquello que ni siquiera llegaba a sospechar; y Gema, de ella, todo se trataba de ella en conclusión.

Beatriz se paseó nerviosa, observando cada rincón de aquel lugar; mas, sin lograr ver nada en lo absoluto. Algo le había sucedido a su cabeza, tal vez a sus ojos, que llegaban a observar, a ver cada color y forma que estaba a su alrededor; arriba, abajo, por allí. Mas, era incapaz de recordar el nombre de los objetos sobre los cuales posaba su mirada.

La sentía; la percibía tan cerca de ella que bien sabía que de retroceder dos pasos atrás chocaría con su cuerpo. Lo sabía tan bien, como reconocía dentro de sí la señal indiscutible del deseo de aquello que se sabe que vendrá, que empezará en cualquier momento, mas, se desconoce en qué preciso instante comenzará a suceder. Y lo esperaba, y lo sentía, y lo venía venir. Y a qué demonios podía ser capaz de aspirar a que hiciera su cuerpo, ahora. Parecía como si en aquel segundo se hubiese convertido en un títere, que además de no tener movilidad propia, sus articulaciones resultaran ser demasiado limitadas.

Y su corazón llegó hasta su boca. Le parecía haberlo sentido subiendo por su garganta, y rebotar contra su paladar. Todo tan rápido, tan repentino, y sin aviso que le advirtiera sobre aquel músculo que significaba en su cuerpo la señal misma de estar viviendo; y el símbolo indiscutible del amor. Ese amor romántico, y hasta sonso que resulta de esas personas enamoradas; esas personas que se pasean por parques, y corren de la mano junto a quien les provoca lo que antes el simple hecho de vivir les producía en el pecho; el palpitar de su corazón.

Fue por fin capaz de percibir las manos de Gema rodeando su cintura. Por decirlo de alguna manera, por intentar simplificar el hecho de que lo que sentía era cada uno de sus dedos, cada uno de aquellos bultitos que tenía en sus yemas, y hasta las líneas de su mano estampándose contra su piel. Y no exageraba; su mente y los escasos pensamientos que era capaz de coordinar, no agregaban imaginaciones inexistentes a su cerebro.

Sus párpados cayeron, impidiéndole finalmente la visión de todas aquellas cosas a las cuales no había sabido poner nombre. Y su cabeza se movió hacia un costado, mientras que sentía lo que al comienzo fue tan sólo una llama naciendo en la piel de su cuello, para luego convertirse claramente en los contornos, en la carne, y en esa suavidad que rayaba en el pecado mismo de los labios de Gema.

Dejó escapar un gemido; un gemido profundo que salió del fondo de su garganta. Y sintió cómo sus labios eran aprisionados despiadadamente bajo sus dientes, que no medían la fuerza con que los apretaban entre sí. Parecía como si quisieran traspasar aquella carne. Parecía como si tuvieran la insolencia de pretender hacer el inútil intento de traer de regreso a Beatriz a esa realidad de la cual ya se había escapado. Como si quisieran ser más fuertes de lo que fuese que Gema la estaba haciendo sentir, besando de esa manera la piel de su cuello. Como si quisiera frenar el flujo de sangre que viajaba a través de sus venas, y guiarla hacia otro lugar que sólo ella conocía.

Echó la cabeza hacia atrás, mientras que sus piernas flaqueaban irremediablemente, y su respiración se quedaba contenida en su garganta, sin atreverse a explotar en lo que se suponía debía ser una respiración regular.

¿Y qué pasaría si se volteaba en aquel minuto? ¿Qué sucedería si se girara, y la mirara de frente a sus ojos? ¿Moriría acaso? ¿Se iría inexorablemente de este mundo?

Gema era un pecado; no podía ser otra cosa. No podía ser real, ni podía estar tocándola de aquella manera en que estaba haciendo; deslizando sus manos através de su estómago, cuando segundos, o quién sabe ya cuánto tiempo hacía, que había terminado por traspasar la insignificante tela de su ropa.

No hubo necesidad de mover sus piernas. No fue necesario que su cabeza tuviera la destreza suficiente, como para quedarla viendo de frente. Sólo un segundo abrió sus ojos, y la vio, o creyó verla, quién sabe; porque ahora sí que moría. Su corazón no sería capaz de resistir todo aquello. Su retina sería absolutamente incapaz de continuar observando aquellos ojos perforando los suyos, con aquella mirada que parecía ser la mirada misma de un ser supremo.

Diosa; Gema era su Diosa, y no le importaba si había alguno que rigiera la humanidad. Que se fuese Dios y toda su tropa de ángeles a donde quisiera; que desaparecieran completamente, y que se llevaran al mundo con ellos si así lo querían. Porque allí parada en frente suyo estaba su propia Diosa; aquella que quizá no tenía poderes por sobre el resto de la humanidad, pero que la poseía por completo a ella, sí, a ella y cada uno de los huesos que la conformaban, y sus entrañas, y su corazón, y hasta las raíces de su cabello.

¿Qué era todo aquello? ¿Qué estaban haciendo sus manos, a quienes no recordaba haber ordenado, pero que se daban la libertad de estar tocando así a Gema? ¿Cómo era capaz de soportar sentir su piel, y seguir aún respirando? No entendía; su mente parecía completamente atrofiada, porque ya ni su propio nombre recordaba.

Mas, apesar de su falta de control mental era todo perfecto, apesar de ese nudo en la garganta que parecía querer explotar en un interminable llanto, todo estaba perfecto. La acariciaba y la besaba, y la sentía bajo su piel y sobre ella, y la observaba y sonreía. Y ya no intentaba controlar ningún gemido que se escapara de su garganta, ni su nombre que una y otra vez pronunciaba como si de una palabra sagrada se tratara, como si fuese un mantra que debía repetir incansablemente hasta llegar al momento mismo que no tardaba en venir.

Ardía, ardía tanto. Y esas llamas que parecían estar consumiendo su piel y sus entrañas, parecían aumentar hasta convertirla en fuego mismo. Y su respiración se agitaba más y más, y su cuerpo temblaba. Y sentía los pechos de ella tan suaves como nada en la vida. No había recuerdos en su cabeza de algo con que pudiese comparar la sensación de acariciarlos y de recorrerlos con sus labios. Ya no existían temores, ni sufrimientos, ni siquiera habían alegrías. ¿Y dónde estaba Gema, y dónde estaba ella misma? Ya ni siquiera recordaba que era una persona, ni lo que era la raza humana, ni el significado de la palabra amor.

Que Gema se la llevara, que se la llevara consigo; que la matara. Deseaba que la matara y morir sintiendo aquello; aquella explosión en su interior, y en el interior de Gema, o sería acaso que era al revés todo. No importaba, no era importante nada más que aquello, eso para lo que no tenía nombre, aquello que continuaba sintiendo y sintiendo, y que gobernaba todo su ser, todo su cuerpo; y el nombre de Gema en sus labios que fue lo último coherente que su boca fue capaz de pronunciar.

*****

Beatriz se paseaba alrededor de la habitación, mientras que sus pies parecían deslizarse a varios centímetros del piso sin llegar a tocar su superficie. De su boca salía lo que a oídos de cualquiera parecerían las notas de alguna canción.

En aquel mismo espacio, dentro de aquellas cuatro paredes, otra figura la observaba estupecfacta, como si no estuviese segura de estar viendo correctamente, o pensando que quizá sus oídos pretendían jugarle una extraña broma, provocando que oyera la voz de Beatriz entonando lo que ahora parecía sin duda alguna una canción de amor.

- ¡¿Estás cantando?! -la aguda voz de Sandra interrumpió aquel ritual liderado por los pies, voz y por qué no decirlo, felicidad, que a leguas se percibía en el rostro de Beatriz.

- ¿Tú qué crees? -respondió, mientras le dedicaba una sonriente mirada a su amiga, quien continuaba observándola tendida en el sofá, en una actitud que mostraba el más absoluto tedio en las facciones de su rostro y en la forma en que sus piernas y pies colgaban por los bordes de la superficie, en la cual quién sabe cuántos minutos atrás se había dejado caer, sin preocuparse de cambiar la posición de ninguno de sus miembros.

- ¿¿Por qué estás cantando?? ¡Tú no cantas! -Sandra abrió sus ojos dándole énfasis a sus palabras, mientras que aquel esfuerzo parecía haberla agotado una enormidad.

- Claro que lo hago ¿qué no ves? lo estoy haciendo ahora.

- ¿¡Estás bailando también!? -Sandra exclamó, incorporándose momentáneamente, tan sólo para volver a su posición anterior llevándose una mano hacia la parte baja de su espalda, mientras un exagerado quejido se apoderaba de su voz, interrumpiendo por completo el interrogatorio dedicado a su amiga y la aguda sílaba en la cual había terminado su pregunta.

- Ajá, bailo también. ¿Quieres acompañarme?

- Me encantaría hacerlo, Bea, en serio que sí; pero por si no te has dado cuenta no estoy en condiciones. ¿Te fijas? -Sandra dijo, mientras se apuntaba a sí misma con sus manos.

- ¡¿Qué te pasa?! -chilló Beatriz, amenazando con quitarle el trono de reina de los gritos a su mejor amiga, dejándose caer sin precauciones junto a la trigueña, y haciéndola dar un salto con el impacto producido por aquel inesperado movimiento.

- ¡Ay! bruta ¡me pegaste! -vociferó, mientras empujaba a su imprudente amiga y fruncía el ceño sin tapujos, olvidando por completo su temor a que sus líneas de expresión se profundizaran más por ello.

- Para que veas que duele, tú me lo haces todo el tiempo -Beatriz dijo risueña, mientras veía la expresión de poca felicidad reflejada en el rostro de la trigueña-. Estás frunciendo el ceño, te vas a arrugar.

- ¡Antipática! -Sandra exclamó alzando la voz, mientras que le daba un sin número de palmazos a su amiga, quien intentaba cubrirse de semejantes golpes tras sus brazos, mientras que aquello tan sólo conseguía hacerla reír con más ganas-. ¡Pesada! te burlas de mis dolencias y te dan completamente igual, te mereces todos los golpes del mundo.

- ¿Dolencias? ¿cuáles dolencias? Yo no sé qué significa eso -suspiró Beatriz, mientras se quedaba quieta junto a la trigueña, acurrucándose a su lado-. Sandra, sonríe, que la vida es tan linda...

- A ver a ver ¿qué onda? -Sandra escudriñó el rostro completamente radiante de felicidad de su amiga, mientras que ésta mantenía los ojos cerrados y parecía suspirar cada medio segundo.

- ¿Qué onda de qué? -Beatriz la miró aún con la sonrisa intacta en su rostro, mientras un pequeño rubor subía por sus mejillas al recordar el por qué de aquella felicidad sin precedentes que parecía estar sintiendo.

Sandra se la quedó viendo, mientras observaba atentamente cada movimiento de Beatriz y la actitud que ésta estaba teniendo; la cual definitivamente se alejaba a la que la chica mantenía diariamente. No era tanto como que la rubia se la pasara el día completo sin esbozar ni media sonrisa; pero ese rostro de total y completo júbilo y ese brillo en sus ojos, le estaban dando una idea bastante clara del por qué le estaba emitiendo unas vibras tan particulares.

- A ver, Bea, mírame -ordenó Sandra, interesándose más y más en el asunto, mientras que le agarraba el rostro a su amiga e intentaba obligarla a que la mirase nuevamente a los ojos, después que Beatriz había ocultado su sonrisa arrimándose más a su cuerpo y cubriendo con él sus ahora sonrojadas mejillas.

- ¡No! no quiero... -se negó, mientras reía y comenzaba a comportarse como una niña traviesa.

- Que me mires te estoy diciendo. Sé que te pasó algo y no me lo has contado. ¡Ya, no seas terca! -Sandra exclamó, haciendo esfuerzos sobrehumanos por ver los ojos verdes de Beatriz, quien ahora se había escapado de su lado y caminaba rápidamente en dirección a su habitación o de quién sabe qué lugar.

- ¡Nada! Ya ¿no que te dolía tanto la espalda? ¡Mentirosa! -Dijo, mientras su rostro quedaba expuesto ante una perspicaz mirada de la trigueña, quien parecía no escuchar la pregunta de su amiga ni menos recordar los anteriores dolores que la aquejaban.

- ¡¡¡Beatriz!!! -Chilló ensordecedoramente demasiado cerca de los tímpanos de su amiga, recuperando con creces su reinado de gritona.

- ¿Qué? -preguntó Beatriz, mientras reía sabiendo lo que vendría a continuación.

- ¡¡¡Bea!!! -elevó aún más el tono de su voz-. ¡Lo hiciste con Gema! ¡No me lo niegues! ¡Se echaron el polvo!

- ¡No seas vulgar! y ¡suéltame! tengo que estudiar -su rostro se contrajo ante el chillido estridente de Sandra, que bien podría haber sido capaz de apocar a una sirena. Beatriz no sabía muy bien cómo conseguía alcanzar semejante sonido agudo-. ¡Cállate! - ordenó, deseando que la trigueña no repitiera aquella acción.

- ¿¡Estás loca!? No te dejaré estudiar nada de nada hasta que me cuentes con lujo de detalle todo lo que paso ¿oíste? -Sandra decía aplaudiendo como una desquiciada, mientras que brincaba de felicidad alrededor de Beatriz, quien por más que aquellas reacciones de su amiga la fastidiaran la mayor parte del tiempo, esta vez parecían contribuir aún más en la tarea de hacer que sus labios se curvasen todavía más en aquella sonrisa, que le era imposible borrar desde el momento mismo en que los límites que aún se habían mantenido entre ella y Gema se habían derrumbado por completo.

- ¡No te cuento nada! -Beatriz dijo, mientras salía corriendo como una condenada, para meterse por la puerta de su habitación y cerrarla de golpe tras ella riéndose a carcajadas y sabiendo muy bien, que ni todas las puertas del mundo ni las negativas que pudiesen darle a la trigueña, conseguirían quitarle la idea y el deseo de ser la receptora del relato, que quisiera o no tendría que contarle a Sandra sobre tan hermoso momento.

- ¡Bea! ¡Beíta linda! ¡Estoy tan contenta por ti! -Sandra se dejó caer junto a su amiga sobre la cama, en una forma cien veces más brusca de la que Beatriz lo había hecho segundos atrás.

- Ya, Sandra, no seas atarantada -Beatriz decía afligida, cubriéndose la cabeza con ambas manos intentando liberarse de los besuqueos, que quisiera o no, tendría que soportar su rostro por parte de su amiga.

- Ok ok, nada de atarantamientos; me quedo aquí quietecita para que mi Beíta me cuente todo lo que pasó -Sandra terminó aquella promesa -la cual Beatriz dudaba completamente fuese a ser cumplida cabalmente por la chica- estampándole un sonoro y prolongado beso en plena mejilla izquierda, para luego quedarse por fin quieta abrazándola por la espalda, mientras que apoyaba su cabeza en el hombro de la joven esperando por el comienzo de aquel esperado relato.

- Fue tan hermoso, Sandra...

Beatriz suspiró, mientras revivía en su mente todas y cada una de las imágenes que parecían estar sucediéndose una vez más en su cabeza. Como si además de recordar todo lo sentido en su interior, ella fuese capaz de observar desde fuera cada escena que había completado aquel mágico momento, compartido con aquella persona a la cual amaba más que a su propia vida. Sí... por qué iba a dejar de admitir aquella afirmación, aunque fuese para sí misma, aunque fuera para los propios e inalcanzables pensamientos para cualquier otra persona que no fuese Gema.

Sandra era ciertamente incapaz de percibir las palabras, oraciones e ideas a las cuales daba vida su cerebro. Por lo cual nada podría frenarla de gritar en su interior, como si desgarrase su propia garganta, aún sin estar emitiendo sonidos através de ella, que la adoraba, que la amaba con toda su alma, y que junto a ningún ser podría ni remotamente acercarse a la más mínima posibilidad de sentir todo aquello que había sentido junto a Gema. Que nadie nunca podría siquiera aspirar que ella, que Beatriz pudiese amarla y entregarle su corazón, su alma, su mente y hasta su razón de vivir, como inevitablemente había hecho con la morena.

- No piensas contarme los detalles ¿cierto? -la voz de Sandra se oyó con un evidente grado de desilución y una resignación que llegó a sorprender a Beatriz, sacándola de aquel momentáneo lapso en el cual pareció haberse transportado lejos, muy lejos, a donde quiera que Gema se encontrara, a donde fuese que todos los sentidos y emociones de los momentos más preciosos de la vida de la gente se mantuviesen vivos y constantes.

- Cierto -Beatriz sonrió levemente, mientras que le palmoteaba suavemente una mano a la trigueña. Esas manos más tersas que cualquier otra que hubiese tocado, debido a la inumerable cantidad de cremas y demás menjunjes con que la chica acostumbraba a saturar los poros y capas de su piel; más suaves que cualquiera, excepto Gema.

- ¿Por qué no? -Sandra comenzó a lloriquearle en la oreja, mientras Beatriz adivinaba aquellos acostumbrados berrinches a los cuales era sometida cada vez que su amiga tenía la necesidad de conseguir algo, lo cual no se le hacía tan sencillo como tan sólo pedirlo así como así.

- Es imposible ¿sabes? -Beatriz se incorporó obligando a Sandra a dejarla libre, y se le quedó un momento sonriendo dulcemente; sonrisa que estaba absolutamente dedicada a la persona físicamente ausente; el rostro de su amiga tan sólo estaba siendo usado como el objetivo de la mirada de sus ojos. Pero su mente, su mente yacía cientos de kilómetros lejos, donde fuera que Gema se encontrara.

Continuó en silencio por algunos segundos, sentada ahora con las piernas cruzadas y sus manos aferradas la una a la otra, intentando calmar esa sensacion de vacío que cada una de ellas sentía a raíz de la falta del toque de Gema en ellas; tomadas la una en la otra, representando a cada una de las partes del cuerpo de Beatriz que necesitaban con urgencia, con desesperación, con vehemencia la presencia de la morena junto a ella en aquel mismo instante.

- ¿Por qué es imposible? -Sandra la observó con curiosidad, mientras se ponía de lado estirada aún en la cama, y apoyaba una de sus mejillas en la palma de su mano.

- No puedo... no puedo describirte con palabras lo que sentí con ella; cualquier cosa que te diga, cualquier palabra o frase que use para explicártelo sólo será una versión atrofiada de lo que Gema me hizo sentir...

Sandra la observó sonriendo. O Beatriz se había convertido en una exagerada, o su enamoramiento por la chica, a la cual aún no tenían la decencia de presentarle como dios mandaba, la tenía tan ciega a cualquier realidad, que la mantenía en alguna especie de mundo medio fantástico, el cual era recibido gustoso por sus sentidos. O en una nube de la cual era imposible bajarla, ni por todos los chillidos que le dedicase, ni por las súplicas, y llantos con los cuales pudiese martirizar sus oídos hasta ganarle por cansancio. O quizá simplemente sería que lo que Beatriz le daba como excusa de ser incapaz de relatarle aquello, era la verdad; y no tenía efectivamente palabras para narrarle lo vivido. Porque el estado en el cual se encontraba y las palabras que elegía para referirse a Gema estaban demasiado lejanas a cualquier frase que le hubiese dedicado al relato de cualquier cosa que había experimentado en su vida, aún en sus propias historias.

La dejó simplemente en sus pensamientos, y por primera vez en su vida no interrumpió aquel momento que Beatriz compartía consigo misma, aún en presencia suya; mientras interiormente anhelaba que algún día no lejano a aquel en el cual estaba viviendo, ella misma pudiese referirse con palabras tan sentidas, tan notoriamente salidas de su corazón hacia el hombre a quien amaba, y que por hechos en su vida de los cuales tan sólo había sido una víctima, aún no había sido capaz y todavía no tenía la dicha de que sus facciones mostrasen aquellos sentimientos, como los que las de Beatriz, su mejor amiga, enseñaban; y aquella forma en que el nombre de esa persona era pronunciado por sus labios.

*****

Sus pies se movían rápido, muy rápido, dando unas zancadas que le traían el recuerdo de aquellas que sus piernas daban cuando era pequeña. Qué maravillosa era aquella sensación, esa sensación en el estómago; ese sentimiento de libertad, como que no hubieran límites, ni temores, ni nada que fuese capaz de interponerse en su camino, ni siquiera el cansancio que se presenta cuando se ha estado caminando o corriendo por una cantidad de tiempo considerable.

Era libre, y quería gritar, y sus pies parecían no tocar el suelo. Habían momentos igual como en su niñez, los cuales le hacían remembrar aquellas veces en las que se había encontrado corriendo cuesta abajo por alguna calle de su barrio, esquivando vehículos, y niños en bicicleta, y personas que preferían caminar por la vía misma cual automóviles en vez de usar la acera. Y por dios que sus pies no tocaban el suelo, sus zapatos no rozaban siquiera el pavimento; y ella se deslizaba así por aquellos caminos con aquella libertad que le daba el hecho de ser una niña, y ese sentimiento de felicidad infinita que parecía rebasar sus sentidos hasta querer salir por su garganta.

Y así se sentía en aquel momento, volando por las calles sin nada que se interpusiera en su camino. Y junto a ella aferrada de su mano, como si de aquel agarre dependiera el hecho de que se quedase en esta vida, iba Gema. Podía oír su respiración agitada, y su risa que inundaba sus oídos cuando tenía la suficiente suerte de que la morena dejase escapar aquellos maravillosos sonidos, aquellos que la contagiaban, que parecían penetrar por sus poros y recorrer su interior, hasta dar con la forma de sacar de su garganta una risa tan intensa como la suya propia.

Giró su cabeza con la sonrisa intacta en su rostro, y miró su perfil tan bien definido; aquel que la perseguía, y parecía colarse en sus pensamientos cada segundo de su vida. Podía dibujarlo, podía recrearlo con el sólo recuerdo en el momento de cerrar sus ojos; su perfil y el rostro de la joven observado desde cualquier perspectiva. Lo conocía tan bien, tan infinitamente bien, cada parte que lo formaba, cada poro y cada línea de expresión. La forma en que sus pestañas enmarcaban sus ojos, y la manera en que sus labios iban dibujando una sonrisa cuando ésta recién nacía en ellos. Y su cabello, y su aroma, y hasta lo que se conocía por imperfecciones, que tan sólo conseguían hacer aún más hermoso el rostro de su Gema.

El camino desapareció, el pavimento se convirtió en pasto; aquel en que tantas veces habían recostado sus cuerpos, sin importar quedar más verdes que la misma pigmentación de aquel vegetal, ni que toda la humedad de su tierra traspasara sus ropas hasta calar sus huesos en aquellas tardes de invierno.

Rodaron por el césped. Beatriz sintió su cuerpo dando un sin fin de vueltas, el mundo girando alrededor, y Gema rodando junto a ella aferrada a su cuerpo con esa firmeza en la cual sentía una seguridad y una tranquilidad que no encontraba en ninguna otra cosa en su vida, en ninguna otra persona. Reía, y su risa era correspondida de igual forma por la morena. Con sus ojos cerrados aún, la sensación de libertad no abandonaba su espíritu. El movimiento cesó finalmente, y allí quedó sobre ella. Sentía su cuerpo más cálido que un colchón, apaciguando la dureza que probablemente sentiría, si sus huesos estuvieran en contacto directo con aquella alfombra natural.

Abrió por fin sus ojos lentamente; aún riendo, aún riendo Gema. La miró a sus ojos azules que la estaban acariciando con la dulzura de su mirada. ¿Acaso Gema miraría al resto del mundo de aquella manera? ¿Acaso Gema sería tan vil de regalarle aquellas miradas a cualquier infeliz? Porque por más que el respeto hacia las personas tuviera un efecto más poderoso dentro de su cabeza, que el aborrecimiento que pudiera sentir por aquellas malditas actitudes que aveces la gente presenta; esto podía mucho más que aquello, no podía negarlo. Y dentro de su interior bien sabía que cualquier persona que rondase a la morena, cualquier gente que tuviera la posibilidad de acercarse a ella, de tocarla, y ser receptora de esa mirada maravillosa, de ese azul que era suyo, porque era suyo, y nadie nunca en la vida debía tener la insolencia de querer arrebatárselo; les odiaba, les detestaba con todas sus fuerzas. Porque Gema era suya, y sus miradas eran suyas, y sus ojos azules eran suyos, y nadie, pero nadie debía tener ni la menor intención de atreverse siquiera a querer hacerse con todas aquellas cosas, jamás.

- ¡Te amo! -le gritó a la cara con una mezcla de desquicio, alegría y angustia-. ¡Te amo, Gema! ¡dios mío...! -le repitió, mientras que la miraba aún con su cuerpo descansando sobre el suyo, y ambas palmas de sus manos apoyadas en la superficie verdosa. Sus ojos se aguaron irremediablemente, y se nublaron, sin que aquello pudiese privarla de ver el sentimiento saliendo de los ojos de la morena.

Y se aferró a su pecho fuertemente, como si aquello fuera lo último que haría en su vida, como si quisiera dejar de ser ella misma y comenzar a ser parte de la persona que yacía bajo el peso de su cuerpo. Comenzó a llorar como una niña pequeña; lloraba con una emoción tan inmensa embargando todo su ser, con un sentimiento que en su vida sería capaz de describir lo que le estaba haciendo sentir. Sus lágrimas cayendo una a una empapando la ropa de la morena. Hasta era capaz de percibir aquel leve sonido que hacían al rebotar contra la tela. Y antes que llegase a restregar sus ojos, oyó cerca de su oído cómo aquellas palabras escapaban de la boca de Gema, cómo aquella maravillosa frase golpeaba su audición, penetrando por su piel y por sus nervios, y hasta los propios huesos de su esqueleto.

¿Era cierto? ¿Acaso Gema había correspondido a su 'te amo' pronunciando aquella misma frase de vuelta? O ¿había sido su imaginación traicionera, o tal vez el sonido del viento que la había engañado haciéndole creer que la persona que la tenía entre sus brazos, le había dedicado tan hermosas sílabas a ella, y nadie más que ella? ¿Qué era todo aquello? ¿Por qué se sentía de esa manera? ¿Por qué necesitaba llorar sin descanso? ¿Por qué?

- Te amo, Beatriz... -Gema repitió una vez más, y esta vez no hubo duda alguna que mantuviera su alma en vilo, esperanzada de que sus oídos no le habían mentido con aquella frase tan deseada por sus tímpanos y por cada fibra de su ser.

No quiso levantar su mirada, no quiso separar su rostro aferrado al pecho de la morena, o tal vez tan sólo no fue capaz de mover sus miembros, y alzar su mirada hacia la de Gema. Aquel sentimiento de plenitud inundando sus sentidos, embargándola por completo, la tenía a su completa merced.

Sólo un segundo vio aquellos ojos azules tan inundados como los suyos con lágrimas propias, con lágrimas compartidas por las suyas, haciendo una la emoción que sentía dentro de su corazón, y que lograba percibir claramente en cada latido del corazón de Gema que parecía querer salirse de su pecho.

La besó, la besó con tal fuerza y suavidad a la vez, con tanto sentimiento que sabía que le hacía sentir a Gema cada vez que sus labios abarcaban la carne de los de ella, cada vez que su lengua buscaba la suya y se adueñaba de ella, cada vez que algún exhalo de respiración caía dentro de la boca de la morena obligándola a respirar a través de ella.

No deseaba que aquel momento terminase. No quería que aquellos labios se separasen de los suyos, y que sus manos dejaran de acariciarla, por temor a que algún día pudiese dedicárselos a otra persona. Y por dios, que sería capaz de matarle, de acabar con cualquier vida que quisiera arrebatarle la posibilidad de su vida con Gema. No tenía intención alguna de soltarla, no iba a permitir que se fuera y que la dejara, no. Quería continuar sintiéndola; sentir ese escalofrío que la recorría cada vez que Gema movía su cabeza hacia otra dirección, buscando con ello hacer un contacto mayor con sus labios. Cada vez que sus manos se aferraban más a su cintura, clavándole los dedos en su piel, indicándole con aquel gesto de qué manera sentía al igual que ella todo aquello que era incapaz de describir con frases coherentes. Quería que su sabor quedara para siempre en sus labios, deseaba que se adhiriera a su boca, y que así pudiese sentirla junto a ella en los momentos en que Gema se ausentaba de su lado; aquellas veces en que la vida le parecía imposible de vivir sin su presencia, aquellos minutos en los cuales su corazón clamaba por su presencia, y parecía explotar de desdicha, tan tan solitario.

- Siento que me muero; me quiero morir contigo... -Beatriz dijo, una vez que sus llantos habían sido completamente calmados por aquel largo momento en que sus labios habían estado fundiéndolas en una sola.

- ¿Por qué quieres que nos muramos si podemos vivir para siempre juntas? -Gema respondió, mientras que devolvía su mirada a aquellos ojos verdes que por fin le daban la oportunidad de ser observados; tan brillantes y tan vivos y tan completamente suyos, más que los propios que albergaban sus cavidades oculares.

- Tengo miedo; aveces siento que algún día te voy a perder. Y yo no podría, Gema, no podría ya vivir un día sin ti -Beatriz la observó con la aflicción patente en el sonido de su voz, mientras que esperaba tal vez una respuesta tranquilizadora por parte de la morena; algo que le diera la seguridad y certeza que aquello jamás iba a suceder.

- Nunca, nunca te voy a dejar ¿entiendes? jamás -Gema le dijo, para luego apretarla contra su pecho y besar sin descanso su cabellera rubia, la cual se mezclaba con su cabello oscuro, haciendo una combinación hermosa de colores, ejemplificando lo que ellas eran juntas; tan distintas e iguales a la vez, de naturaleza opuesta, mas teniendo una capacidad innegable de complementarse, como jamás nadie podría llegar siquiera a aspirar poder hacerlo con alguna de las dos.

- Prométemelo -exigió Beatriz, aunque su voz mostraba a gritos la súplica en cada vibración que las letras habían producido al ser emitidas.

- Lo prometo -dijo Gema, haciéndola sentir que aquella frase salía desde el centro mismo de su corazón; tan sentenciadora y segura como el día mismo en que la morena había aparecido en su vida, y desde el cual no había vuelto a salir de ella como tampoco había hecho de cada uno de sus pensamientos.

Gema se puso de pie, tras lo cual extendió su brazo hacia Beatriz quien seguía sus movimientos atentamente con la mirada. ¿Cuántas veces había hecho aquello anteriormente? La hizo pensar en un deja vu; como si con ello le diera la seguridad de que aquella escena se repetiría tantas veces como paseos juntas dieran por cualquier lugar del mundo. Como si con aquel gesto la invitase, no simplemente a pararse tal como ella misma había hecho, sino que a caminar junto a ella por la vida, hacia un mismo lugar, hacia una misma meta.

Beatriz estiró su brazo y recibió en su mano el agarre firme de la joven de cabellos oscuros, y tan sólo aquello bastó para que el regocijo invadiera todo su ser; la seguridad, la paz, la calma. Era como un símbolo de unidad entre ellas dos; el juramento de que así sería hoy, y así sería eternamente, las dos tomadas de la mano, aferrándose la una a la otra, simplemente teniéndose, viviendo junto y por la otra.

Sus pasos hicieron el camino lejos del lugar en donde se habían profesado su amor con aquella frase tan conocida, con la cual los amantes buscan la forma de hacerle ver a su amada el sentimiento que cobijan en su corazón. Caminaron en silencio, sin ya temer, y sin tener la necesidad de decir nada más; como si sintieran que cualquier dicho arruinara todo lo ya vivido, o quizá tan sólo sintiendo que ya no necesitaban más palabras, que ya no debían recurrir a frases que finalmente eran incapaces de dejar en claro lo que cada una sentía por la otra, porque sencillamente no se habían creado aún las sílabas que formasen una palabra que fuese más poderosa y más grande que amor, y que Beatriz pensaba sentir por la persona a su lado; algo más inmenso que aquello.

- ¿Cómo se ha portado el profesor? ¿Te ha molestado de alguna forma? -Gema preguntó en forma casual, una vez que habían caminado una distancia considerable sin prestar atención siquiera a todo el mundo alrededor.

- En realidad siempre se comporta de la misma manera conmigo. Cuando siente deseos de tirarme mala onda, lo hace simplemente. No creo que aquello vaya a cambiar algún día la verdad -Beatriz dijo sonriendo, y pensando lo bien que se estaba lejos de aquel mundo y de aquellas personas que buscaban amargarle la vida, en desquite quizá de la propia felicidad que se hallaba ausente de las suyas.

- Me gusta la forma en que tomas las cosas; el que no le hallas dado en el gusto al viejo ése dejando esa universidad, me parece genial.

- No fue tan así, Gema; congelé por dos años enteros, y aunque en parte fue para trabajar, también lo hice por eso. Lo pasé muy mal después de lo que pasó. Espero no desilucionarte -Beatriz dijo bajando la cabeza.

- Pero regresaste, eso es lo importante; además no creo que lo que buscabas fuera alejarte del señor ése, sino más bien de su hija ¿verdad? o lo que fuese que ella te causó.

- Tienes razón, fue por eso, y me da vergüenza reconocerlo delante tuyo; porque ahora te miro y te siento a ti, y no entiendo cómo algo que en este momento de mi vida me parece tan insignificante, me pudo afectar tanto en el pasado -Beatriz dijo honestamente, para luego de terminar de pronunciar aquella última palabra, sentir la mirada de Gema clavada en su rostro, como tantas otras veces; como si la morena buscase en su rostro algún indicio de que lo que acababa de decir no fuese completamente cierto, o quizá intentando meterse dentro de su cabeza para dar con alguna frase que hubiese decidido guardarse y no compartir con ella.

- Ya sabes el por qué -dijo, haciendo sonreír a Beatriz.

- ¿Sabes? me pasó algo muy extraño el otro día -Beatriz dijo, mientras continuaban caminando con un atardecer de invierno como única compañía, o por lo menos la única en la cual reparaban de vez en cuando por la belleza de los colores en el cielo, prácticamente oscuro para ese entonces-. Tuve un sueño contigo que me pareció tan real como este mismo momento que estamos viviendo ahora. ¿Te ha pasado eso antes? -rió, recordando las emociones que había sentido, y hasta con lujo de detalle los diálogos que ambas habían sostenido-. No sé... pero hasta el día de hoy no termino de convencerme de que lo fuera.

- Tú me pareces un sueño, Beatriz; porque sencillamente aveces me parece imposible creer que tengo la dicha de que existas en esta vida.

Sintió aquellas frases sonando en sus oídos, y el significado de ellas ingresando por sus sentidos hasta hacer estallar su corazón a pulsaciones. Sólo algunos segundos duró su mente sin pensar nada; tan sólo sus emociones gobernando su ser. Y de pronto, luego de aquel último pestañear, algo sucedió. Su mirada se clavó en los ojos de Gema, quien parecía absorta en su rostro. Su sonrisa tan hermosa como siempre, sus ojos tan preciosos como cada instante de su vida. Todo seguía igual, tan perfecto, tan infinitamente inmaculado; mas, algo pasaba. ¿Qué sucedía? ¿qué era? La pregunta se fue aclarando en su cabeza lentemente, hasta convertirse las palabras que la componían en una oración coherente, con un significado claro, pero sin respuesta aparente de parte de Beatriz.

- Esto... esto es también un sueño.

Las palabras escaparon de su boca sin que Beatriz llegase a entenderlas, sino hasta segundos más tarde, cuando una fuerza inexistente a su vista pareció poseerla por completo, haciendo a sus miembros y hasta su razón misma, presa de ella. Todo comenzó a desaparecer alrededor; el rostro de Gema borrándose poco a poco hasta esfumarse por completo frente a su propia mirada. Su cabeza palpitaba fuertemente, sus ojos ardían por el constante esfuerzo que ahora hacía por mantenerlos abiertos, por buscar con ellos el lugar hacia donde la joven, que segundos antes estaba parada frente a ella, se habría marchado. Y su garganta, las paredes de su garganta parecían desgarrarse por los intentos desesperados que hacía por gritar, por vociferar con todas sus fuerzas, llamando su nombre; su nombre, como si tan sólo aquello bastase para que Gema reapareciera en aquel espacio vacío en el cual ahora se encontraba.

Que volviese a tomar su mano, que pudiese sentirla nuevamente; sentirla... por lo que dios más quisiera, junto a ella, y aferrarse una vez más a su cuerpo, como deseaba desesperadamente hacer, como nunca debió haber dejado de hacer.

Todo se volvió oscuridad por milésimas de segundos, todo se volvió la nada misma. Y unos ruidos ensordecedores los cuales no fue capaz de definir en su naturaleza, maltrataron sus tímpanos a tal medida, que sus brazos se movieron bruscamente provocando con eso que sus manos cubrieran sus oídos, buscando escaparse de aquel martirio al cual estaba siendo sometida.

Pero nada cesó, todo continuó como siempre, hasta que sintió cómo su cuerpo parecía deslizarse por el espacio mismo, como si en un tobogán estuviese. Pero aquello era imposible, aquello no podía ser. ¿Por qué no despertaba de una vez? ¿Qué estaba sucediendo?

Finalmente todo pareció detenerse; los ruidos y los movimientos que su cuerpo ni siquiera estaba realizando, todo estuvo en calma, todo quieto. Y unos cuantos segundos después -que le parecieron minutos enteros- intentó gritar, gritar su nombre nuevamente; llamarla con la esperanza que viniera y se recostase a su lado.

- ¡Gema! -por fin su nombre salió de su garganta, mientras que se sentaba violentamente en la suave superficie, la cual percibía cálida bajo su cuerpo-. Gema... -susurró; mas la joven de ojos azules no se dignó en aparecer, como tampoco lo hizo ni el más mínimo pensamiento claro en su cabeza.

*****

Corría apurando su marcha en la medida que le era posible. Su respiración agitada producía aquel jadeo constante del cual se sentía acompañada, evidenciando con aquello la realidad en la cual se encontraba; aquella realidad tan diferente a la que antes había compartido con Gema, dondequiera que sus pies las habían estado dirigiendo, por aquellas calles que ahora no aparecían delante de su vista. Sus zapatos chocaban una y otra vez contra la dura superficie de la acera, produciendo aquellas molestas sacudidas en su cuerpo, y principalmente en sus pies y articulaciones de las rodillas, mientras que el sonido de cada uno de sus pasos quedaba momentáneamente haciendo eco en sus oídos.

Su corazón se aceleraba; y era tan distinto esto a cuando su palpitar era producido por una mirada, por un beso, o por un simple roce de su adorada Gema. Sus pensamientos atormentaban su cabeza, parecían intentar colarse por lugares recónditos a donde no tenían permiso para ingresar. Y aquello dolía, la hacía sufrir; la torturaba a tal punto que sentía la necesidad de dejarse caer en sus rodillas en plena calle, tomar su cabeza entre sus manos, y gritar, gritar fuerte, hasta que su voz calmara aquellas preguntas, y esas conjeturas que parecían formarse en su mente a la rapidez misma de la luz.

De pronto sintió un dolor agudo, que le hizo cerrar los ojos y contraer su rostro, con una clara mueca de dolor; parecía estar apoderándose de alguna parte de su cuerpo la cual no había acabado por definir, sino hasta el momento en que una de sus manos se hizo camino hasta un costado de su cadera. Y se vio a sí misma sentada en el suelo, con sus ojos nublados de lágrimas que amenazaban por rebasar sus ojos y bañar sus mejillas en cualquier segundo.

No quería, no deseaba llorar, y no quería volver a gritar su nombre. No allí delante de toda aquella gente que ahora la estaba rodeando. Necesitaba que todos aquellos pares de ojos dejaran de mirarla, que no la observaran más, que se fuesen y continuaran con sus malditas vidas, y la dejaran a ella allí, con su dolor y aquel nudo en su garganta que le hacía agónico el simple hecho de respirar.

Se puso de pie con dificultad, y creyó haber oído que una voz masculina le preguntaba que si estaba bien, que si se había hecho daño. Miró hacia sus ojos en los cuales se veía claramente el temor producido en su ánimo, y sintió que la agarraban de un brazo, y cómo la gente murmuraba alrededor. Por algún motivo quiso golpearlos a todos, y desquitar su rabia contra ellos; descargar toda aquella angustia que a cada minuto que pasaba parecía apoderarse más y más de su corazón, de sus nervios, y de su alma. Se alejó, se alejó de ahí luego de zafarse de aquel tímido agarre que aquel hombre estaba provocando, mientras que volvía a oír su voz preguntándole si acaso se encontraba bien, que si necesitaba que la llevase a algún hospital. Y la gente preguntando en voz baja que qué le sucedía, que si acaso se habría golpeado la cabeza al caer.

Sus pies volvieron a su abandonada tarea; comenzaron a moverse rápido hasta recuperar el ritmo perdido. Su cabeza se confundía más y más, y aunque no se la había golpeado como aquellas gentes parecían temer, o por lo menos haber hecho un tema de conversación con aquella pregunta, las cosas dentro de ella no funcionaban del todo bien. La razón parecía haber dejado su cabeza, y tan sólo su deseo parecía poseer a sus piernas, obligándolas a correr y correr, como si de aquello dependiese que su vida continuara, como si en ello estuviese la respuesta a esa pregunta que aquejaba a su cerebro cuando era capaz de poner en orden cada sílaba de las palabras que la formaban.

Su mano comenzó a llamarla, obligándola a dirigir su atención a ella. Una punzada acentuándose en la superficie de su palma, haciendo que apretara los dientes y que la levantara hasta dejarla alzada frente a sus ojos, mientras un quejido escapaba de su boca. Había una mezcla de cosas; su piel apenas se apreciaba y estaba completamente roja. ¿Por qué estaba de aquel color? ¿Acaso habría estado dibujando o jugando con algún lápiz de aquella tonalidad, como cuando era pequeña?

Algo parecía moverse y tener vida en el centro, en aquel hueco que se formaba en medio. Se deslizaba hasta su muñeca, inundando la manga de su sweater de color azulado. Pareció hipnotizarla por un momento, y casi la hizo sonreír; pero su ánimo no estuvo de acuerdo con aquella manifestación de sus labios.

Y lloró; dejó por fin aquellas lágrimas tanto tiempo frenadas en sus ojos, rodar por sus mejillas, mientras que continuaba corriendo, recuperando la velocidad abandonada al volcar toda su atención en aquella sangre que corría por sus manos. No era el dolor el que provocaba su llanto, no era el hecho de haber manchado uno de sus sweaters favoritos, ni las miradas de las personas que la atormentaban al mostrar interés en ella, cada vez que pasaba cerca de alguna. Era aquella verdad, aquel temor aclarándose en su cabeza, aquel del cual deseaba deshacerse, aquel del cual quería olvidarse y no pensar más; ése que mantenía sus piernas en constante movimiento, como si el destino de su carrera pudiese hacer aquel deseo realidad.

Ni siquiera se tomó el tiempo necesario como para meter el suficiente aire a sus pulmones, los cuales hace tiempo habían perdido todas sus reservas. Y golpeó aquella puerta con furia, con desesperación, como una bestia; mientras que no le importaba que su mano herida chocase de aquella forma con la dura superficie, ni que aquello tuviera la consecuencia de hacerla sangrar aún más de lo que ya había hecho.

- Bea... -su voz dulce pronunció su nombre, mientras sus ojos la miraban con alegría y sorpresa.

- ¿¡Qué pasó ese día!? -la pregunta escapó a duras penas de su garganta, mientras continuaba respirando con dificultad y hacía lo posible por mantenerse de pie y no encorvar su espalda, hasta dejarse desfallecer en el piso.

- Bea ¿¡qué te paso!? -su mirada pasó de la felicidad a una preocupación tan patente en el rostro de la joven, como para sus ojos era el hecho de que Beatriz no se encontraba en las más óptimas condiciones, ni físicas ni emocionales-. ¡¿Qué pasó?! - preguntó una vez más, al ver la sangre en su mano. Y la tomó de un brazo rápidamente, obligándola a meterse con ella a su casa, mientras que la voz de Beatriz hacía esfuerzos sobrehumanos por repetir aquella pregunta, y recibir finalmente la respuesta que necesitaba oír.

- ¡Responde maldición! -gritó desesperada, sin darse cuenta que ni la chica tenía las facultades de Gema para leer su mente, ni que ella no se había dado el trabajo de explicarle qué demonios era lo quería saber.

- Cálmate, por favor, Beatriz, intenta calmarte un poco. Voy a traer alcohol para desinfectarte esa herida ¿sí? -Paula se hincó frente a ella, mientras que Beatriz la miraba como una desquiciada; y una que odiaba a cualquier cosa o persona que se le pusiera por delante-. Por favor, dime qué pasó -volvió a preguntar angustiada, suplicándole por una respuesta con sus ojos marrones, mientras hacía ademán de acercar su mano hasta la mejilla de la joven y acariciarla.

- Un auto me golpeó. No fue nada. Sólo que me rompí la mano al caer -explicó finalmente.

- ¡¿Estás segura?! Deberíamos ir a un hospital para que te revisen. ¡Vamos altiro! - Paula dijo asustada, mientras que la agarraba de un brazo queriendo obligarla a que se pusiera de pie.

- ¡¡Dije que no fue nada, por la cresta!! -chilló Beatriz, provocando una mirada de temor de parte de Paula, quien nunca en su vida pensó ver a su amiga actuando de aquella forma tan extraña.

- Bea, no sé qué te pasa, te veo muy rara, y me estás asustando. ¿En serio sólo fue eso? -Preguntó, mientras no le quitaba los ojos de encima.

- En serio -Beatriz bajó la mirada, intentando calmarse y obtener aquella respuesta que estaba empeñada en oír de boca de la joven-. Ahora necesito que me respondas algo... - inspiró, produciendo con ello un dolor profundo en su garganta, mientras que sentía que sus ojos se llenaban de lágrimas nuevamente, y su corazón se agitaba como un loco en su pecho.

- Sí, pero primero voy por el alcohol, necesito desinfectar...

- ¡No! -Chilló por enésima vez, mientras agarraba el brazo de Paula con la mano herida, y su rostro se contraía en una clara mueca de dolor ante el contacto, el cual deshizo en seguida, dejando ver la inevitable mancha en la ropa de la joven, a quien pareció no importarle aquello ni en lo más mínimo, mientras observaba preocupada a Beatriz.

- Pregunta -dijo resignada.

Beatriz metió aire a sus pulmones, dolorosamente, con angustia; como si de aquella respuesta dependiera el enterarse por primera vez la suerte y el destino que le tocaba en esta vida. Observó a Paula delante suyo, aún el temor y la ansiedad expresos en sus ojos marrones. Era una persona formidable, y Beatriz bien sabía que tan sólo había estado esperando todo el tiempo por su oportunidad. Pero la vida es como es, y sus sentimientos no estaban, ni estarían jamás dirigidos a su persona; ni por la realidad en la cual ambas vivían, nisiquiera por la respuesta que tanto anhelaba como temía obtener de una vez por todas.

Se concentró en su manga, en aquel pedazo de tela el cual ahora estaba impregnado de su sangre, de aquella mancha rojiza oscura, la cual parecía un estigma apoderándose de esa prenda perteneciente a Paula; como un estigma que marcaba aquel sentimiento no correspondido por su corazón, y que la chica parecía tener por ella.

- Ese día en que nos fuimos a tomar el café, la primera vez que salimos juntas... ¿Qué pasó? -las palabras salieron de su boca temblorosas, como si su mente hubiese querido plantear aquella pregunta; mas, su corazón se negase con todas sus fuerzas a que fuese reproducida por su voz.

- ¿A qué te refieres? -Paula preguntó desconcertada, sin entender palabra de lo que Beatriz quería decir.

- Estábamos en aquel café ¿recuerdas? -elevó su mirada ansiosa hacia el rostro de la joven, cuyos ojos no se despegaban de los suyos, atenta a lo que fuese que Beatriz quisiera saber. Paula asintió moviendo su cabeza-. ¿Qué pasó cuando tú fuiste al baño? ¿Qué pasó cuando volviste? -lo último que vio fue el rostro confundido de Paula observándola.

Beatriz bajó la cabeza. Su corazón palpitaba a mil por hora. No podía soportar el quedarse allí sentada; necesitaba pararse, necesitaba caminar, que sus piernas se movieran, y que aquella respiración contenida saliera de su boca de una vez, porque parecía estarse asfixiando con aquella tensión que sentía en cada rincón de su organismo. Pero no lo hizo. Permaneció con la cabeza gacha, apretando sus párpados y sus puños, impidiendo con ello que sus ojos vieran a la persona enfrente, y toda la realidad que la rodeaba. Y esperó, esperó por su respuesta, como si de ello dependiera irremediablemente el latido de su corazón siguiente al que mantenía cautivo en su pecho, como si en ello estuviese en conclusión la posibilidad misma de continuar viviendo.

- ¿Por qué me preguntas eso, Bea? ¿Qué sucede?

- Sólo responde Paula, por favor; es importante.

- Regresé, y estuvimos conversando como una hora sobre cosas triviales; la universidad, tu vida, la mía. Sólo eso, no entiendo por qué me preguntas lo que ya sabes.

Aquellas palabras fueron como una puñalada asestada en su corazón. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Se estaba volviendo loca? ¿Había sido su imaginación la que había creado un personaje traído a la vida misma? ¿Cómo era posible que estuviera soñando entonces, si aquel encuentro con Gema había ocurrido durante un mismo tiempo pasado con Paula? Las preguntas se atropeyaban en su cabeza; no comprendía, no podía entenderlo, y no sabía muy bien si en realidad deseaba dar con una respuesta coherente.

Pero, Gema no podía ser irreal. Gema no podía estar viviendo nada más que en su mente. Gema no podía, no podía ser tan sólo un producto de su imaginación e inexistente en la vida. No podía haber nacido simplemente de sus deseos de tener a una persona amada a su lado. Todo aquello no podía estar pasando.

Levantó su mirada nuevamente, y clavó sus ojos verdes una vez más en aquella mancha producida por esa sangre salida de su propio cuerpo. Y pareció quedar hipnotizada por ella. No podía quitar su vista de ella; como si quisiera encontrar allí la respuesta, como si tuviese la esperanza que al dejar de mirarla no estaría en aquel lugar, y aquella conversación mantenida con Paula no se hubiera llevado nunca a cabo. Mas, sabía en su interior que aquello no era posible. No sabía, no entendía; todo se mezclaba dolorosamente dentro de su cabeza, y rebotaba en las paredes de su cerebro haciendole un daño terrible. Sus ojos pegados en aquel color que parecía acentuarse más y más, mientras más la observaba sin siquiera darse el trabajo de pestañear. Sus ojos dolieron, y su estómago se revolvió; sintió náuseas.

- ¿Estaba yo normal? ¿Conversaba de forma normal contigo? -preguntó casi en un susurro, sintiendo que no tenía fuerzas para pronunciar siquiera aquellas palabras.

Beatriz se puso de pie con dificultad, mientras que Paula no mostraba la intención de responder. Su estómago le pedía a gritos devolver cualquier cosa que hubiera en él. Tenía una sensación terrible en su cuerpo. Comenzó a sudar frío, y sabía, sin verse a sí misma, que su rostro había palidecido mortalmente, mientras que todo se le daba vueltas alrededor, y sus ojos continuaban inexorablemente clavados en la mancha sanguinolenta en la ropa de la persona enfrente suyo. Haciéndola sentir que era la de su propio corazón que se desgarraba, que se hacía mil pedazos, y se desangraba lentamente, poco a poco. Tal como todo aquello que había construido dentro suyo, tal como su amor, sus viviencias, su amor; su Gema.

- ¿¡Qué te pasa Beatriz!? Estás pálida y estás sudando. No estás bien. Déjame que te lleve a un hospital, por favor -Paula pareció suplicarle; mas, aquello no le importaba ni en lo más mínimo. Tan sólo tenía fuerzas para pensar en eso, sólo podía dedicar toda esa energía que aún no había abandonado su cuerpo al pensamiento de Gema, sólo a ella.

- ¿Estaba yo normal? -repitió mientras observaba un punto invisible en la pared.

- Estabas ausente, como si tu mente estuviera lejos, muy lejos de la mesa que ocupábamos.

Beatriz oyó la respuesta, y comenzó a moverse buscando con desesperación el lugar donde estaba el baño. Su estómago la atormentaba, se revolvía, haciendo aún más penoso su estado, mezclado con la forma en que su cabeza parecía agrandarse y hacerse pequeña a pálpitos. Y aquellas luces que no la dejaban ver, que la cegaban por completo.

Apenas alcanzó a llegar, apenas. Y deseó, deseó con toda su alma que hasta su corazón saliese por su garganta, y que se llevara su vida junto a él.

Continuará...


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