Disclaimers: Esta historia y todos sus personajes son de mi autoría.
Comentarios: Sólo quiero decir que este relato es muy importante y especial para mí; espero que lo disfruten.

Escríbanme ¿vale? de verdad necesito saber sus opiniones, me hace bien recibirlas; aquí les dejo mi dirección: xena_y_gabrielle@hotmail.com

Advertencia: Prohibido usar esta historia sin mi autorización.

Abril del 2004.


SENTIR

De: Astral

Cuarta parte

Los párpados de Beatriz hicieron intentos de separarse, sin mostrar señales de estar teniendo el resultado esperado. Un quejido escapó de su garganta, y antes de que sus ojos volviesen, nuevamente, a tratar de liberarse del muro que los cubría; un dolor agudo y palpitante, nació en el centro de su cráneo, haciendo que sus párpados se abrieran de golpe, y que su mano viajara a la velocidad de un rayo hacia el lugar en donde de manera despiadada, algo aparentemente invisible, le había asestado un golpe tan endemoniadamente certero.

Su lengua apareció viajando a lo largo de sus labios, notoriamente resecos, mientras que sentía una urgente necesidad de beberse un litro de agua completo, si es que era posible. Restregó sus ojos, los cuales se habían vuelto a cerrar, y aquel dolor en su cabeza, comenzaba a hacerse cada vez más regular, actuando con más cizaña, y arrancándole quejidos, que parecían producirse al unísono de las palpitaciones en su cabeza.

- ¿Despertaste? -la voz de Sandra llegó a sus oídos, extraordinariamente en un susurro, mientras que Beatriz alcanzaba a tener el pensamiento de que debía aún estar medio dormida, ya que ésta sonaba bastante diferente a lo que en verdad acostumbraba a ser.

- En eso estoy -logró sacar la voz, mientras se incorporaba, intentando enfocar su nublada mirada, en el rostro femenino que parecía estar observándola atentamente.

- ¿Te duele mucho? -se dejó oír, una vez más, aquella voz, que efectivamente era de mujer, pero, que para esa segunda pregunta, Beatriz se había dado completa cuenta, de que no se trataba de la de Sandra.

Pestañeó varias veces, hasta que logró que su vista comenzara a aclararse, y cuando por fin logró hacerlo, y sus ojos verdes miraron directamente al rostro que tenía a corta distancia del suyo, lo que pudo ver, fue nada más ni nada menos que a Paula, quien mantenía una indescifrable expresión, pero, de quien conseguía percibir una indiscutible sonrisa, asomando en sus labios.

- ¿Dónde estoy? -fue lo primero que escapó de la boca de Beatriz, con un tono que se acercaba bastante a uno de pavor, mientras se sentaba en aquella cama, que no era la suya, y comenzaba a mirar desesperadamente alrededor.

- En mi casa -respondió Paula, suavemente, mientras que no dejaba de observar risueña a la chica.

- ¡¿¿En tu casa??! ¿¡Qué demonios hago yo en tu casa!? -Beatriz preguntó, completamente desorientada, mientras que bajaba la mirada, para en seguida subir el cobertor hasta prácticamente sus narices, al percatarse de que no llevaba puesta más que su ropa interior. Sus mejillas se sonrojaron al instante.

- ¿No te acuerdas de nada? -Paula inquirió, mientras comenzaba a pasearse alrededor de la cama, y dirigía su mirada a ratos hacia el rostro de Beatriz, quien seguía sus movimientos, con la cabeza tomada a dos manos.

- ¿Debería acordarme de algo? -Beatriz preguntó, dubitativa, y con un tono de voz que rayaba en la desesperación.

- Tranquilízate un poco Bea, y haz memoria; te voy a traer algo para el dolor de cabeza -Paula dijo, y antes que Beatriz pudiese reaccionar, la chica desaparecía de la habitación sin explicarle ni media palabra.

La desesperación terminó por apoderarse de ella en ese instante. Observó a todas direcciones, intentando dar con su ropa, mientras que se temía lo peor. Si se encontraba en aquellas condiciones, podía ser por dos motivos: o que ella misma se hubiese quitado la ropa, y no recordase haberlo hecho -a juzgar, porque además no se acordaba de nada en lo absoluto- o que Paula lo hubiese hecho por ella; lo cual la llevaba al pensamiento de que era altamente probable, de que antes de haberse dormido, hubiera pasado "aquello" con la chica; porque aparte del asunto "ropa" no entendía qué otro motivo tendría, para haber pasado la noche en un lugar que claramente era la casa de Paula, y no su departamento.

Casi sintió deseos de llorar, ciertamente no porque le desagradase Paula; sino que, el no recordar lo que se ha vivido, no era algo que resultase muy atrayente para Beatriz, y probablemente para ninguna persona. Dejó caer su cuerpo, nuevamente, sobre el colchón, mientras cerraba los ojos e intentaba tranquilizarse. A los pocos segundos, las imágenes de la noche anterior comenzaron a sucederse una a una en su mente, y con tan mala suerte que la primera que se hizo paso entre las demás, fue la de Gema y su pareja de la mano, paseándose delante de sus ojos. Una vez más el llanto comenzó a amenazar por emerger, mientras que aquella imagen era reemplazada por la de Paula y ella misma en plena pista de baile; los coqueteos, ella en el auto con la chica, ambas en la playa besándose, subiéndose al automóvil, otra vez, llegando a esa casa, y luego, todo se volvía a borrar.

- Paula ¡¿qué pasó?! -preguntó angustiada, al minuto en que la chica reaparecía en la habitación, con una sonrisa mayúscula en el rostro, y una taza de café entre sus manos.

- Tranquila, a ver ¿qué recuerdas? -rió suavemente, mientras se sentaba junto a Beatriz, y le extendía la taza con el líquido humeante y oloroso dentro, que pedía a gritos ser bebido.

- No puedo quedarme tomando café, aquí tan tranquila, Paula ¿¡qué demonios hago en tu cama!? Tengo que levantarme -hizo ademán de destaparse, y lanzar hacia un lado el cobertor; pero, al segundo recordó en qué condiciones se encontraba, y desistió de tal idea.

- Bébete el café; hoy es sábado, no tienes que levantarte tan pronto -insistió, mientras observaba a Beatriz titubeando ante aquella idea.

- Vale -dijo, intentando tranquilizarse-. Pero, explícame por favor.

- Vinimos aquí, porque te negaste a darme tu dirección; así que no me quedó más remedio que traerte a mi casa, si es que pretendía que no durmieras en plena vía pública. No quise llamar a tu departamento por la hora -comenzó diciendo Paula-. Es increíble lo juguetona que te pones cuando tienes algún grado de alcohol en el cuerpo -observó a Beatriz sonrojarse, mientras le daba un primer sorbo al café, tan nerviosa como todos los minutos que habían estado hablando-. Conversamos un rato, tú insistías en querer bailar, te dejé en el sillón, y cuando volví de haberte ido a preparar un café, estabas durmiendo como un bebé -sonrió, mientras bajaba la mirada sólo por un segundo, para luego clavarla en los ojos expectantes de Beatriz-. Así que si estás pensando que pasó algo anoche entre tú y yo, estás haciéndote una idea equivocada.

- ¿En serio? -Beatriz escudriñó el rostro de Paula, buscando algún gesto que la delatara en su mentira; pero, no lo encontró. A los pocos segundos, optó por el pensamiento de que efectivamente nada había pasado, y la tranquilidad comenzó a apoderarse de su cuerpo lentamente; sin embargo, el dolor de cabeza, el cual momentáneamente había quedado rezagado, continuaba intacto. Se llevó una mano al lugar dolorido, una vez más, mientras que su rostro daba muestras evidentes del hachazo que la estaba atormentando.

- Pobrecita, te duele mucho, tómate esto -Paula le extendió una pastilla, y Beatriz la recibió gustosa, haciéndola desaparecer, al instante, dentro de su boca, sin siquiera comprobar de cuál se trataba.

- Gracias... -bajó la mirada avergonzada-. ¿Y, Sandra? debe estar preocupada -dijo, abriendo los ojos como platos.

- No te preocupes; la llamé temprano esta mañana. Me pareció que estaba medio dormida, y no sé si me habrá escuchado bien; pero me chilló algo que no entendí, y me lanzó un montón de besos -sonrió, Paula-. ¿Es siempre así? anoche parecía más seria.

- Es siempre así; anoche, seguro estaba preocupada por mí, por... por lo que pasó... -levantó la mirada hacia Paula, mientras se daba cuenta que por poco mencionaba a Gema-. Y yo no soy siempre como anoche -dijo, sonrojándose, una vez más.

- Lo sé, supongo que todos tenemos nuestros días ¿verdad? -Paula dijo, sonriendo.

- Paula, yo... -Beatriz miró a los ojos de Paula, quien en seguida dejó de sonreír presintiendo lo que se venía a continuación.

- Lo sé, no tienes que decírmelo. Sé que está Gema primero, aunque te halla hecho, lo que sea que te halla hecho, y aunque anoche nos hallamos besado, sé que la quieres, y eso seguirá así, me guste o no -Paula hizo esfuerzos por sonreír, sin conseguirlo del todo-. Pero eso no quiere decir que no podamos ser amigas ¿verdad?

- Eres increíble -Beatriz extendió su mano, y acarició suavemente la de Paula, la cual estaba a su alcance. La mirada de la joven se alzó, mientras sus ojos brillaban hermosos, y su sonrisa volvía a apoderarse de su rostro, tan espectacularmente, como Beatriz recordaba haberla visto cada vez.

- Bueno, podemos ser amigas; pero eso no quiere decir que algún día no podamos ser otra cosa. Oye, que esto no quiere decir que yo me esté dando por vencida eh. Gema me lleva la delantera, porque a juzgar por como sientes por ella, la debes conocer hace mucho -Beatriz se ahogó un poco con el café, al oír aquello último-. Pero, al final la vas a olvidar, y te quedarás conmigo; yo tengo mucha paciencia -Paula se puso de pie, y caminó hasta la puerta, sin voltearse-. Estaré haciendo algunas cosas mientras te duchas; en el baño hay de todo; si te hace falta compañía me avisas -giró su cabeza hacia Beatriz, quien la miraba atentamente, y le sonrió reviviendo el coqueteo, mientras hacía ademán de salir de la habitación.

- ¿Paula? -Beatriz llamó su nombre en ese momento, provocando que la joven frenase en el instante, y le dedicara su atención nuevamente.

- ¿Sí?

- ¿Cómo me encontraste? ¿Llegaste por casualidad ahí? -Beatriz preguntó dudosa, mientras que hacía esfuerzos sobrehumanos por impedir que la imagen que se iba formando en su cabeza, de Gema, se hiciera más nítida. Pero aquello parecía imposible; absurdo el siquiera intentar no comparar los encuentros suyos y Gema, con los suyos y Paula.

- ¿Casualidad? -Paula sonrió, mientras bajaba la mirada-. ¿Crees que llegué ahí por arte de magia?

- No, esas cosas no existen -dijo Beatriz, mientras no lograba convencerse a sí misma de lo que acababa de salir de su boca.

- ¿Entonces? -Paula volvió a mirarla directamente a los ojos, mientras sonreía más abiertamente, sabiendo perfectamente, que su sonrisa era lo más atrayente de su persona, y por lo tanto, su mejor arma de conquista.

- ¿Cómo llegaste, entonces?

- Sandra me dijo que estaban ahí; te llamé a tu celular y ella lo contestó -Paula aceptó finalmente, y pareció esta vez, que saldría por fin de la habitación-. ¿Y sabes? -frenó, y giró levemente su cabeza, solamente dejando su perfil expuesto ante la mirada de Beatriz-, no me arrepiento para nada de haber ido. Sé que yo me estoy arriesgando más que nadie al involucrarme contigo; pero ese beso que me diste no me lo quitará nadie.

Beatriz la observó, mientras que sus pies la conducían fuera del lugar, desapareciendo detrás de la puerta, cuyo sonido al cerrarse quedó retumbando por algunos segundos, haciendo eco en sus oídos, junto con la última frase de Paula. Sonrió, sabiendo que la chica tenía razón, y más aún, recordando la sensación de sentir sus labios. Había sido agradable, verdaderamente agradable; pero ¿era lo correcto? ¿Por qué demonios continuaba teniendo esa sensación de engaño en su interior, al involucrarse, aunque fuese en una manera tan pequeña, como lo había hecho, con Paula? ¿Por qué? si Gema se daba la libertad de salir con su pareja; y sobre todo, si no tenía ninguna relación con la morena, y mucho menos obligación alguna, de darle cuentas ni a ella, ni a nadie.

Era un misterio, y continuaría siéndolo, probablemente; porque a esas alturas, Beatriz ya no esperaba recibir ningún llamado de Gema, quien sería demasiado descarada, en intentar contactarla, luego de haberla ignorado de esa manera. El sentimiento en su interior era un misterio, la sensación de engaño era un misterio, Gema misma era un misterio; y al final de todo, lo único que sentía fuerte en su interior, era la sensación de que volvería a verla, por más que considerase difícil aquella posibilidad, esa corazonada tenía la última palabra, y dios sabía, que en el fondo, Beatriz quería con toda su alma que así fuese.

*****

- ¡No puedo creer que me hallas dejado sola anoche, Sandra! ¿¿en qué demonios estabas pensando?? -Beatriz se paseaba de un lado al otro, con el enojo patente en el sonido de su voz, mientras que Sandra devolvía sus furiosas miradas, con aire de inocencia, acostada en su cama, mientras que el televisor en frente suyo, permanecía en silencio, con la palabra "mute" estampada en la pantalla.

- ¡Bea, Beíta!, no pensé que te molestaras, lo hice por ti, lo hice por mi niña preciosa -se paró de un salto de la cama, mientras que se abalanzaba con algo de cuidado hacia la joven rubia, y la abrazaba zalameramente, para luego observarla de cerca mientras hacía exagerados pucheros, esperando que estos terminaran con Beatriz perdonándola por su equivocación.

- No me mires así; te costará más que hacerme caritas, para que pueda perdonarte. ¿¡Es que acaso estás loca!? ¿¡Cómo pudiste abandonarme ahí!? y en mi estado -Beatriz instaló una mano en cada lado de su cintura, mientras giraba su rostro, y no correspondía a los abrazos de Sandra, ni se dejaba vencer por semejantes miradas de cordero degollado.

- ¿Me perdonas? ¿me perdona mi niña más linda del mundo? -Sandra continuaba haciendo sus mejores esfuerzos; mas, percatándose que sus miradas y pucheros, no eran suficientes para ablandar el corazón -ahora furioso- de Beatriz, intentaba con sus empalagosos pestañeos, en los cuales sus párpados permanecían unidos varios segundos, antes de volver a abrirse, y su cabeza bajaba aún más, provocando una exagerada mueca de tristeza en su rostro.

- Dame una buena razón del por qué debería perdonarte, y lo hago -Beatriz le echó una fugaz mirada, sabiendo en aquel momento, que no podría seguir negándole el perdón, más aún, porque después de todo, Sandra no tenía ninguna obligación de tener que cuidarla.

- Ok, una buena razón -Sandra giro los ojos al techo, mientras que su mente recorría las imágenes de la noche anterior, e intentaba armar frases en su cerebro, las cuales fueran lo suficientemente convincentes para su amiga-. Estabas triste por lo de Gema; hace tiempo que no te veía así, entonces, Paula llamó, y la noté tan interesada en ti, que decidí decirle donde estábamos, con la esperanza de que fuera a levantarte el ánimo, y para que tú vieras que hay alguien que piensa en ti. Tampoco estabas muerta de borracha, sólo un poco más feliz de la cuenta ¿sabes? achispadita. Y vi en Paula a una persona responsable, entonces te dejé, con mis dudas, pero te dejé. Sé que no debí, y lo siento... -Sandra bajó la mirada, agotada, y sabiendo que había dicho toda la verdad, y nada más que la verdad-. ¿Me perdonas? -levantó sus marrones ojos, hacia los verdes de Beatriz, los cuales escudriñaban su rostro con atención.

- Sabes que sí -sonrió Beatriz, mientras que abrazaba fuerte a su amiga del alma, y le besaba la mejilla, impregnándosele los labios con sabor a crema, la cual sabía bastante amarga-. ¡Guácala! qué asco. ¿Es que nunca tienes la piel libre de cremas y menjunjes raros? -dijo, pasándose la manga por la boca frenéticamente, mientras hacía exageradas caras de repugnancia.

- ¡Mi niña! Gracias -la expresión del rostro de Sandra, se transformó de inmediato en una de alegría, mientras que olvidaba los abrazos suaves, para convertirlos en unos en los cuales Beatriz terminó tan apretujada, como estaba acostumbrada a acabar entre los brazos de su empalagosa amiga.

- ¡Ouch! ¡Atarantada! ¡Ya suelta! -exclamó Beatriz, mientras que hacía esfuerzos en vano por liberarse de semejantes muestras de afecto.

- Lo siento... -Sandra la liberó un momento, permitiéndole dar dos pasos, tan sólo para abalanzarse sobre ella, una vez más, mientras la besaba sonoramente, sin descanso.

- No tienes caso... -Beatriz se dejó querer, sabiendo que hasta que la misma trigueña no se cansara, no tendría paz.

- ¿Qué pasó? -Sandra preguntó con interés, una vez que se hubo separado de su amiga, y volvía a estirarse sobre la cama, en la misma posición en la cual Beatriz la había encontrado minutos antes, al ingresar a su habitación-. ¿Pasó algo entre ustedes? Te llamé un montón de veces al celular, pero lo tenías apagado; me preocupé, pero al final pensé que habías decidido pasar la noche con ella -Sandra dijo, encogiéndose de hombros, mientras comenzaba a hacer movimientos con la pelvis.

- ¿¿Pasar la noche con ella?? ¿estás loca? apenas la conozco, sabes que no soy así -Beatriz dijo, frunciendo el ceño-. Pero, se me apagó la tele, Sandra, ahora sí que se me apagó; qué terrible... -dijo con aflicción- pero sólo nos besamos ¡Eh! el que halla pasado la noche en la casa de Paula, fue porque me quedé dormida. ¡Qué plancha! ¿¿te das cuenta el papelón que hice?? Encima, ella se portó genial conmigo, ni siquiera quería besarme, yo me le insinué -Beatriz reconoció, mientras se tapaba el rostro con las manos, y movía la cabeza de un lado al otro-. No vuelvas a dejarme tomar ni un sólo trago más, Sandra, por ningún motivo me dejes; prefiero que me des un golpe, y me dejes inconsciente, pero no me lo permitas -decía amargamente.

- Ya, tontita, no te lamentes tanto; al menos te hizo olvidar a Gema -Sandra dijo, mientras observaba el perfil de su amiga sentada a su lado en la cama-. Porque lo hizo ¿verdad?

- Eso es lo peor; no lo hizo -Beatriz observó a su amiga, mientras suspiraba, meneando la cabeza-. O sea, hubo algunos minutos en los que sí logró tener toda mi atención sólo para ella; por ejemplo, cuando nos besamos. Pero, Gema siempre estuvo aquí ¿entiendes? siempre. Esto es peor de lo que pensé... -se lamentó, cubriéndose el rostro con sus manos.

- Bea, sólo la conoces hace un par de días ¿qué es lo que te gusta tanto de ella? -Sandra agarró el control remoto, y le dio volumen al televisor, mientras que dirigía su atención a la pantalla, y a una noticia que estaban dando sobre una estrella de televisión.

- Ya te lo dije Sandra; pero, en realidad nisiquiera lo sé; es... no sé... ¡Dios! -exclamó con frustación-. Se me metió aquí y aquí -Beatriz dirigió su mano hacia su cabeza y su pecho respectivamente, atrayendo nuevamente, la atención de la trigueña-. No sé por qué tuve que entusiasmarme. ¿Por qué Gema tendría que ser diferente? Yo sabía que no debía fijarme en nadie, lo sabía ¿lo ves? -Beatriz se estiró junto a Sandra, cruzándose de brazos, y apoyando su cabeza en uno de sus hombros, con aire de tristeza en su rostro.

- Espera por su explicación primero, te estás apresurando demasiado; además ya te lo dije, ella no es la única, está Paula también, y me cae bien ella.

- Mira, Paula me gusta, pero no quiero herirla, no quiero mentirle, y menos mentirme a mí misma; sobre todo ahora que tengo a Gema en mis pensamientos, mucho más de lo que te imaginas. Dios mío... -Beatriz se cubrió los ojos con una de sus manos, por algunos segundos-. Y no me estoy apresurando, yo sé lo que vi -apretó las mandíbulas, mientras que sentía unas ganas enormes de golpear algún objeto. De pronto se quedó mirando la posición de Sandra, y sus curiosos movimientos, intentando adivinar qué tipo de ejercicios eran aquellos-. ¿Qué se supone que estás haciendo?

- Ejercitando los músculos de mi vaginita ¿ves? -dijo Sandra, toda suelta de cuerpo-, mira que no quiero tenerla flácida, cuando mi amorcito entre en ella. ¿No lo has intentado? -preguntó feliz de la vida, mientras continuaba con su rutina.

- No -respondió Beatriz, mientras hacía una mueca, y ademán de ponerse de pie con toda la intención de salir de la habitación, en ese mismo instante; sin ánimos de que Sandra le contara con lujo de detalles sobre aquellos ejercicios.

- ¡¡Bea!! ¿para dónde crees que vas? aún no hemos terminado de conversar, te sientas -Sandra se incorporó rápidamente, y agarró de un brazo a Beatriz, a quien no le quedó más remedio que dejarse caer nuevamente junto a su amiga-. ¿Qué vas a hacer si Gema te llama? -preguntó, poniéndose seria.

Beatriz suspiró, dedicando ahora, su atención al techo de la habitación de Sandra. Estaba pintado de color azul claro. Toda su habitación era como un gran pastel; sólo con esas tonalidades. Beatriz no sabía cómo Sandra resistía ese tipo de colores, sin crear un complejo de Barbie... bueno, tal vez ya lo tenía.

El pensamiento de Gema llamándola, invadió su cabeza. El oír su voz nuevamente, la posibilidad de ver sus ojos azules observándola, y sentir que sus piernas tiemblan de la pura emoción; y los nervios, y las mariposas, y todas esas sensaciones que le había provocado la joven. Su mirada, una vez más, clavada en su rostro, haciéndola sentir que sabe tanto de ella; tanto, como si toda la vida hubiesen estado juntas, como si Gema pudiese dar una respuesta por ella, mejor de lo que ella misma era capaz de darla; más exacta aún, más suya.

- No lo sé... -fue toda su respuesta; y es que en realidad no tenía idea.

- ¿Qué quieres?

- Que Gema deje a su pareja y se quede conmigo; eso quisiera -Beatriz observó a Sandra, quien ahora se encontraba recostada sobre su estómago, y había dejado al fin sus ejercicios-. Pero eso no va a suceder; yo no tengo suerte en el amor, nunca la he tenido ¿por qué iba a comenzar a tenerla ahora? -sonrió tristemente, mientras que la carga emocional volvía a golpear su corazón, aún más fuerte.

- No quiero darte esperanzas, Bea; porque en realidad creo que Paula es un mejor partido. ¿Qué sabes de Gema? que toca saxo en un pub, que tiene una pareja con quien la viste anoche. ¿Sabes dónde vive? ¿a qué se dedica? ¿qué gente frecuenta? ¿sabes qué tipo de persona es en realidad?

- Ya no sé qué pensar Sandra, tienes razón; no sé sobre su vida, ni sobre su gente. Pero sí sé quién es ella; tal vez no por conocer detalles sobre su vida. Pero su ser... claro que sé quién es Gema -Beatriz sonrió dulcemente, mientras que su mirada se perdía en un espacio mucho más lejano que aquellas cuatro paredes-. Siento aquí adentro que ella es...

- Bea, olvídate de ella, concéntrate en Paula, por lo menos dale una oportunidad.

- Tal vez tengas razón; quizá Paula merezca una oportunidad, no lo sé... -Beatriz dijo, observando a su amiga, y la expresión que crecía en su rostro.

- Anoche volvimos a intentarlo Diego y yo ¿sabes? -el tono de voz de Sandra cambió, y Beatriz olvidó en ese momento todos sus pensamientos y cavilaciones, para concentrarse únicamente en el problema de su amiga.

- ¿Y qué pasó? -preguntó, con preocupación, mientras se incorporaba.

- No pudimos, Bea; y esta vez no había nada preparado. En parte por eso también te dejé sola anoche, porque se me pasó por la cabeza que quizá podría... podríamos; pero me equivoqué... -Sandra ocultó su rostro de la mirada de Beatriz, mientras que la angustia comenzaba a divisarse claramente en sus facciones.

- Tranquila, no te pongas triste, aún no debe ser el momento -Beatriz comenzó a acariciar el cabello de Sandra, mientras que ésta dejaba correr por sus mejillas, unas lágrimas silenciosas-. Tranquilita...

Se quedaron en silencio los siguientes minutos, mientras que Sandra dejaba salir su pena, en los brazos de su amiga, y Beatriz comenzaba a meditar la posibilidad de que quizá Paula sí merecía una oportunidad. ¿Por qué no intentarlo con ella? ¿cuál era la gran diferencia entre Paula y Gema? ¿qué tenía de distinto Gema al resto de las personas, como para hacerla sentir que no podía fijarse en alguien más que no fuese la morena?

El teléfono sonó; pero ninguna de las dos hizo ademán de ponerse de pie para contestarlo; ni Sandra con el pensamiento de que se tratase de Diego, ni Beatriz pensando en la posibilidad de que fuera Gema. Quien fuese la persona al otro lado de la línea, tendría que hacerse el tiempo de volver a marcar aquellos números.

*****

Beatriz levantó la mirada, del lugar en donde había estado concentrada los últimos cuarenta minutos. Echó su cabeza atrás, mientras bostezaba, gesticulando graciosamente, intentando ahogar el común sonido que salía de su garganta cada vez que repetía aquella pequeña rutina de estirar sus brazos, arquear su espalda, y abrir la boca, desperezándose.

Cerró el libro, procurando no olvidar la página en donde había suspendido su lectura, y lo dejó descansar sobre la mesa, la cual había encontrado solitaria, en un rincón apartado de la biblioteca. Finalmente, cerró los ojos, y apoyó su espalda en la silla, la cual ya se le hacía lo suficientemente incómoda, como para necesitar con urgencia estirar por un rato sus piernas.

Beatriz se puso de pie; sus piernas se dieron el impulso necesario como para dar un primer paso, y el segundo que seguía a éste; entonces, se hizo camino hacia un lugar diferente, lejos de allí. Dirigió su mirada a las mesas vecinas; no había demasiada gente, y quienes se encontraban ocupando una que otra silla, estaban absortos en sus propias lecturas, sin prestar atención a lo que sucedía alrededor.

Dejó sus pies avanzar, mientras oía su propia respiración, por sobre el silencio que inundaba todo aquel lugar; y de pronto, sintió ganas de gritar, de dejar escapar un chillido, de saltar, de ser diferente a toda esa gente que mecánicamente daba vueltas las hojas una a una, como si de un juego de imitación se tratase. Se contuvo; era demasiado para su recatada persona. Y en vez de eso, caminó hasta la ventana más alejada, y observó a través de ella, los automóviles recorrer las calles, la gente caminando hacia todas direcciones; algunos con la cabeza gacha, otros cuantos erguidos, y algunos incluso moviendo sus cabezas de un lado a otro; también a las parejas, tomadas de la mano.

¿Por qué las parejas tenían esa costumbre? ¿Por qué ella sentía ese vacío constante, y esa necesidad de tener a alguien a su lado? ¿Por qué deseaba tener a una persona que le tomara la mano? ¿Por qué anhelaba un ser con quien compartir su vida, con quien ser una sola, y que la completase, al fin y al cabo?

Porque era de esa manera como se sentía, y como se había sentido durante el transcurso de toda su vida; sola. Sin embargo, aquella soledad, recién ahora, venía a inundar su corazón, haciéndole insoportable la necesidad de estar con una persona a su lado; mas, ese alguien en quien había depositado su deseo, estaba bastante lejana de ser la que tomase algún día su mano, compartiera su vida, completase su alma; o por lo menos, aquel mismo día, no parecía que fuese a ser así.

Cruzó las manos en su espalda, mientras que se alzaba en la punta de sus pies intentando abarcar con su mirada, más allá de lo que su estatura le permitía ver. Y fue en ese instante en el cual su mano ardió; ardió a tal extremo, que su cuerpo dio un salto; no por la sorpresa, tampoco por una simple reacción; fue la sensación que sintió en todo su cuerpo, haciendo que sus ojos se humedecieran, y su corazón brincara descarado.

Se volteó rápidamente; una de sus manos aprisionada entre otra ajena, le hizo más difícil ese giro. Sólo observó el agarre, mientras sentía como éste la electrizaba de pies a cabeza. Miró aquella mano, esa mano femenina de dedos largos, y finos, los cuales no percibía en su totalidad, ocultos entre los suyos propios; mas, les conocía tan bien, que le era innecesario tener que mirarlos de aquella manera, para comprobar su forma, su contextura, y para qué decir, a la persona a quien pertenecían.

Inspiró profundamente, no atreviéndose aún a levantar la mirada; no había ensayado en qué expresión se tornarían sus facciones si es que algún día volvía a verla, no había practicado las palabras que saldrían de su boca, nisiquiera sabía muy bien si debía decirle algo.

- Hola... -la voz de Gema inundó sus oídos, haciendo aún más intensa la sensación bajo la cual estaba.

Su voz sonó tan calmada, tan suave, y segura; tal como la recordaba, haciéndola sentir de la misma forma que siempre, con esa mezcla de emociones, entre las cuales habían muchas a las que no sabía cómo llamar. Su mirada viajó, ascendiendo a través de su brazo. El recorrido fue lento, y pausado; sólo veía la manga de una chaqueta, de una chaqueta café, la cual dedujo que estaría manteniendo a Gema abrigada, mucho más que la suya estaba haciendo consigo misma.

Entonces, su hombro chocó con su vista, y fue todo el trayecto que logró avanzar, tan solo para volver a detenerse, temerosa de elevar su mirada, con miedo de observarla, de verla, y no ser capaz de hacer nada más que desarmarse ante su presencia. Gema no tenía intenciones de soltar su mano, como si adivinase que era eso exactamente lo que Beatriz necesitaba, como si supiese que era en aquello en lo que estaba pensando, lo que estaba anhelando, lo que había estado esperando.

Su mirada la llamaba, estaba clamando por la suya; que se elevara, que la mirara, la obligaba a clavarse en la de ella. Y así lo hizo Beatriz. Sus verdes ojos saltaron desde aquel hombro, hasta los azules ojos de la morena; y literalmente, colapsó en ese mismo instante.

La respiración se le entrecortó, y el aire que hacía esfuerzos por meterse a sus pulmones, pareció filtrarse por los rincones más extraños de su organismo, haciendo que su pecho se ensanchara más, mucho más de lo normal, debido a las sensaciones que estaba sintiendo.

Los ojos de Gema se entrecerraron; Beatriz alcanzó a preguntarse a sí misma el por qué, hasta caer en la cuenta de que la joven estaba sonriendo, sonriéndole a ella, su sonrisa totalmente dedicada solamente a ella. Beatriz no pudo reprimir su propia sonrisa; y al darse cuenta de aquello, quiso golpearse a sí misma, quiso tirarse de los cabellos. ¿Por qué no estaba alejándose del lado de Gema en ese mismo instante? Gema la había ignorado, le había hecho la desconocida, como Sandra había dicho ¿Por qué demonios, entonces, estaba correspondiendo a su sonrisa? y más aún ¿por qué no se soltaba de su mano?

- Hola -contestó finalmente, mientras que hacía esfuerzos sobrehumanos por provocar en su ánimo, el deseo de deshacer el contacto, y giraba su cabeza, llevándose con ella, sus ojos lejos de los de Gema-. ¿Qué haces aquí? -pregunto secamente, mientras su mirada se concentraba nuevamente en el exterior de la biblioteca, y su mano se alejaba de la de Gema, mientras no dejaba de sentir la mirada de ella clavada en su perfil.

- ¿Qué ocurre? -preguntó Gema, mientras intentaba hacerse con la mano de Beatriz nuevamente.

- Nada -contestó, eligiendo la manera más lacónica de responder, mientras le ordenaba a sus piernas que comenzaran a caminar lejos de Gema.

- ¿Por qué estás enojada? -Gema siguió los pasos de Beatriz.

- Por nada, debo irme -Beatriz se dirigió hasta la mesa que había dejado abandonada, y en la cual, se negó a permanecer, sabiendo que si lo hacía, la morena no haría otra cosa que sentarse en frente suyo, y francamente, lo menos que deseaba en ese momento era cruzarse con aquellos ojos.

- Beatriz... -pronunció su nombre, de una manera tan distinta; como nadie se había atrevido a hacer nunca antes, de una forma que ninguna persona había logrado jamás, mientras se aferraba firmemente de uno de sus brazos, sin que su fuerza presionase, ni más, ni menos de lo necesario.

- Maldita sea, Gema, te vi, y tú me viste también... -dijo, mientras su voz temblaba, y temblaba toda ella, observando esos ojos azules clavados en los suyos-, no finjas -concluyó la frase, mientras un maldito nudo en la garganta, amenazaba por formarse, más rápido que la velocidad de la luz.

- ¿Me viste? ¿dónde? ¿cuándo? -Gema obervaba a Beatriz, mientras podía percibir sus emociones aflorando, tan claras como la piel de su rostro. Beatriz, literalmente, sintió que Gema estaba leyendo en su mente, todos los pensamientos que en él se estaban sucediendo, como si de un libro se tratase-. Me viste en la discoteque -dijo Gema, sin tener ni la más mínima intención de imprimir un toque de pregunta en su voz.

- Y tú también me viste -Beatriz se soltó de un tirón, haciéndose paso entre las mesas, con toda la intención de largarse de aquel lugar; pensando que aquella, era la única forma de que las traidoras lágrimas que se empeñaban por brotar, se apiadaran de ella, quedándose dentro de sus ojos, y no la hicieran romper en llanto en frente de la misma morena.

- No, Beatriz... -Gema corrió tras sus pasos, mientras que Beatriz esperaba oír a cualquier individuo, haciéndolas callar; mas, todos permanecieron aún absortos en sus libros, sin prestarles la menor atención-. Beatriz -repitió su nombre, alcanzándola, antes que ningún otro pensamiento se formase en su cabeza; y se aferró firmemente de su brazo.

A Beatriz no le quedó más remedio que aceptar su mano en su brazo, una vez más, mientras que terminaban de salir de la biblioteca. Pero, al instante en el que habían cruzado la puerta, se liberó, mientras le daba una mirada llena de indignación a la persona en frente suyo, quien la estaba observando con un rostro de angustia, que Beatriz en su vida había visto en alguna persona.

- Te vi, te vi con ella de la mano, y tú me viste, y me ignoraste ¿cómo pudiste? Me dijiste que estaban terminando; que ibas a terminar con ella, y las vi tomadas de la mano en una discoteque. ¿Por qué te tuve que creer? -las oraciones fueron disparadas, tan rápido, como no recordaba haber hablado en toda su vida, mientras que sus ojos volvían a nublarse, y no le quedaba más remedio que mirar al suelo, mientras sorbía silenciosamente-. Dios... -se quedó con la cabeza gacha, mientras se pasaba el dorso de la mano por la nariz, y se concentraba en sus propios zapatos.

- No te vi Beatriz, jamás te hubiera ignorado, estás equivocada; no era lo que parecía, no fue así -Gema dijo, con un poder de convencimiento, que hasta la persona más escéptica a creer en verdades ajenas, hubiera aceptado las oraciones salidas de la boca de la morena.

- ¿Entonces cómo fue? -Beatriz preguntó, aún sin atreverse a levantar la cabeza; mas, deseando con todo su corazón que Gema la convenciera, quería creer en ella, deseaba, y necesitaba que fuese verdad lo que le decía; tomar su mano, tan sólo tomar su mano.

- Me crees... sabes que estoy diciendo la verdad, sabes que jamás te mentiría -fue la respuesta de la morena, desprovista de toda explicación.

- ¿Por qué te iba a creer? ¿por qué...? si apenas te conozco, apenas hemos compartido algunas horas, y algunos besos, que probablemente no significaron nada para ti... -Beatriz levantó la mirada al fin; sus ojos brillando, su nariz enrojecida por el esfuerzo que había hecho por retener el llanto.

- Lo sabes, sé que lo sabes, y me conoces, tanto como yo te conozco a ti; y más que nada sabes lo que significaron tus besos, y lo que tú significas para mí -Gema pareció convertida en una estatua, al terminar de hablar; ni un músculo de su cuerpo se movía, nisiquiera su cabello flotaba por el viento. Nada; no pestañeaba, absorta, y completamente concentrada en el rostro de la persona enfrente de ella. Parecía que se había muerto allí parada.

Beatriz la observó; la miró sólo un segundo, y fue incapaz de articular palabra. Tan sólo se lanzó a sus brazos, y se aferró a su cuerpo, se aferró tan fuerte como pudo, de una manera vehemente, desesperadamente, añorando el contacto de su cuerpo nuevamente, necesitando que Gema la tocase, que la acariciara, que la tomara de la mano.

- Lo sé... lo sé... -dijo, antes de ser capaz de pensar en lo que realmente estaba diciendo.

- ¿Por qué no me hablaste, Beatriz? ¿sabes que hubiera hecho en ese momento? -Gema le dijo al oído, mientras que la apretaba fuerte.

- ¿Qué?

- La habría dejado a ella allí botada, y me hubiera ido contigo; no me habría importado nada más, ya nada más.

- ¿Por qué estabas ahí con ella?

- Terminé con ella, el mismo día en que nos encontramos aquella tarde. Fui a su casa, y se lo dije. Ella reaccionó mal, se puso histérica, me lanzó unos golpes, yo me fui, y la noche en que me viste, ella me había llamado; estaba borracha, y me amenazó con que se iba a suicidar si es que no me aparecía en ese lugar, estaba como loca. Tú me viste intentando calmarla, por eso es que la tomé de la mano; no, porque quisiera, sino porque ella estaba fuera de sí. No sé cómo no viste la expresión en su cara.

- Porque me concentré en ti -Beatriz se separó finalmente de Gema, y la miró a los ojos nuevamente, mientras sentía que el alma le volvía al cuerpo. Sonrió.

- Eres hermosa cuando sonríes -Gema dijo, mientras la miraba con sus ojos brillantes, y Beatriz la correspondía con la misma intensidad.

- ¿Terminaste con ella por mí? -Beatriz preguntó, una vez que había dejado de estar embobada viendo a Gema.

- Tú sabes esa respuesta; pero veo que necesitas oírla nuevamente de mi boca -Gema miró un momento arriba, suspirando, sólo para volver a dirigir su atención hacia el rostro de Beatriz-. Fue por ti...

- ¿Quieres decir que eres libre? ¿qué pasa si ella intenta amenazarte nuevamente? -Beatriz la miró hacia un lado, fijándose en que ambas habían comenzado a caminar.

- Nada; primero, no es mi problema, y segundo, sé que no lo hará, porque cuando alguien se quiere matar, se mata y punto, no lo anda publicando. Y con respecto a lo de si soy libre... -Gema observó a Beatriz, mientras que ésta le devolvía la mirada-. ¿Tú qué crees?

- No lo sé -respondió, sonriendo levemente, mientras se encogía de hombros.

- ¿No lo sabes? -Gema abrió sus ojos, como si le hubiera dicho algo inconcebible; entonces, dejó de caminar, obligando a Beatriz a dejar de hacerlo también, mientras que hacía que la observarse de frente.

- No lo sé... -repitió.

- No quiero volver a oír esa frase nunca más. Mírame -Gema acercó su rostro al de Beatriz mientras que su sonrisa se esfumaba lentamente, y Beatriz sentía como si su mirada quemase su rostro, sus ojos, y todo su ser-. Dime ahora lo primero que se te venga a la cabeza.

Beatriz observó por unos segundos esos ojos azules, totalmente puestos en los suyos. Esa mirada concentrada en su rostro, mientras que sentía que abarcaba mucho más que solamente su cuerpo. Que llegaba tan infinitamente dentro; que lograba tocar su alma, tocarla y hasta acariciarla, que recorría sus venas, y viajaba por el contorno de sus músculos, que se filtraba en su cerebro, y se expandía dentro de él. Cerró por una milésima de segundo sus párpados, y antes de volver a abrirlos, un conjunto de sílabas escaparon de su boca.

- No eres libre, porque eres mía...

*****

- Estoy enamorada... -Beatriz se dejó caer en el sofá, mientras observaba un punto de la pared enfrente de ella, sin darle importancia a lo que sucedía alrededor.

- ¿¿Ya te conquistó la Pauli?? -Sandra se acercó, tan rápido, como sus piernas se lo permitieron, y se dejó caer junto a Beatriz, mientras que ésta continuaba con su mirada perdida, y con la mente, quién sabe en qué lugar del cosmos.

- ¿Paula? y ésa ¿quién es? -Beatriz preguntó, haciendo una divertida mueca, mientras que finalmente, hacía el esfuerzo de girar su cuello, y mirar el rostro de su amiga de frente, cuya visión, le provocó un salto que la elevó un par de centímetros de la superficie del sofá-. ¡Ay! dios... me asustaste -exclamó, llevándose una mano al pecho-. ¿Por qué demonios tienes que vivir con esas mascarillas en la cara?

- ¿Esto dices? -Sandra deslizó un dedo por aquella pasta, de indefinible naturaleza, adherida a la piel de su rostro, para luego dejarla a milímetros de la boca de Beatriz-. ¿Quieres?

- Q u é a s c o... -Dijo, alejándose rápidamente de aquel dedo, que bien sabía, su amiga era capaz de introducir en su boca, con o sin autorización-. ¡Quita quita!

- Es algo comestible; asco debería de darte si hubiese sido semen. Eso sí que no va contigo ¿cierto? -Sandra se encogió de hombros, mientras que apoyaba la espalda en el sofá.

- Qué horror... no me digas, por favor, no me digas que te has puesto eso -Beatriz concentró nuevamente su atención en el rostro embetunado de Sandra.

- Tú me dijiste que no te dijera -Sandra dijo sonriendo, y poniéndose de pie de un salto, para luego comenzar a hacer ejercicios con la cintura-. ¿Y? responde ¿de quién se supone que estás enamorada ahora? ¿y por qué tienes esa carita de haberte fumado un pito?

- Ya sabes... de mi Gema; esa mujer es hermosa... mmm... la amo... -Beatriz se hizo un ovillo, cerrando los ojos, y suspirando exageradamente.

- ¿¡¿De Gema?!? Es una broma ¿verdad? Pensé que habíamos quedado en que le darías una oportunidad a Paula, y que a Gema la íbamos a desechar, a odiar ¿recuerdas? Es mala, mentirosa, e ignoradora -Sandra se quedó quieta por un momento, llevando las manos hasta su cintura, mientras observaba a Beatriz, con lo único que se podía percibir de su rostro; sus ojos.

- Olvida todo eso, Sandra. Hoy estuve con Gema, y todo se solucionó ¡Todo! Ella me lo aclaró; no me vio ese día, y terminó con la tipa ésa, por mí... ¿Qué te parece?

Beatriz observó a su amiga, quien la estaba mirando con una cara la cual era bastante difícil de descifrar bajo todo ese estuco, de quién sabe qué naturaleza; pero lo que sí le fue imposible no percibir, fue el escepticismo en su mirada.

- Estás bromeando ¿verdad?

- No, no estoy bromeando; Gema y yo estamos juntas, y ya no hay terceras personas.

Sandra abrió la boca con toda la intención de decir algo, pero fue interrumpida por el sonido del teléfono, lo cual era suficiente para robar toda la atención que tenía puesta en Beatriz. Corrió la poca distancia que la separaba del aparato, y levantó el auricular, con la típica ceremonia que hacía cada vez que contestaba el teléfono. Beatriz ni siquiera la siguió con la mirada, aún inmersa en sus propios pensamientos.

- ¿Aló? -Sandra dijo, reproduciendo un tono de voz bastante lejano a lo que éste acostumbraba a ser.

- ¿¿Es Gema?? -Beatriz gesticuló exageradamente, mientras observaba la expresión en el rostro de Sandra, buscando alguna evidencia de que efectivamente se tratase de la morena, al otro lado de la línea.

- Escúchame maldito degenerado, si sigues molestando te voy a denunciar ¿oíste? -Sandra increpó, para luego plantar con furia, el aparato en su lugar.

- ¿Quién era? -Beatriz preguntó con extrañeza, mientras observaba el rostro descompuesto de su amiga.

- Es un tipo que ha llamado un par de veces, y dice puras obscenidades -Sandra regresó al sofá junto a Beatriz, mientras que ésta escudriñaba su rostro con preocupación.

- ¿Tienes idea de quién pueda ser?

- Bea ¿cómo cresta voy a saber quién es? Debe ser algún ocioso que se entretiene marcando nuestro número, qué se yo -Sandra dijo, mientras comenzaba a quitarse la mascarilla finalmente, para alegría de Beatriz.

- Vale, pero no te enojes; pensé que te gustaban las obscenidades -dijo sonriendo, mientras observaba el rostro de la trigueña que ahora estaba peor que antes, con algunos sectores de su piel visibles, y otros aún cubiertos-. Termina de quitarte eso de una vez, por favor, es asqueroso.

- ¿¿Que me gustan las obscenidades?? -exclamó, mientras entrecerraba los párpados, dedicándole una mirada de fastidio a su amiga-. Que hable... -calló, mientras deslizaba un trozo de toalla por su piel, llevándose con ella otra cantidad de la pasta- sin pelos en la lengua... -repitió el procedimiento anterior, esta vez por su frente-, ¡No quiere decir que me guste oír obscenidades, Bea! ¡Estas sí que lo son!

- Ya ya, no te enojes; cuando te enojas frunces el ceño, y te salen arrugas ¿recuerdas? -Sonrió, mientras veía a Sandra terminar de dejar impecable su rostro.

- Tienes toda la razón -Sandra dijo, mientras se dejaba caer nuevamente al lado de Beatriz, con una sonrisa inundando su rostro, el cual brillaba, y se adivinaba suave aún sin tocarlo-. ¿Está mejor así? -preguntó, apoyando su cabeza en el hombro de su amiga, y ésta asentía, conforme-. Ahora ¿¿me podrías explicar eso de que amas a Gema, y que están juntas, sin terceros?? perdón, digo terceras -Sandra se sentó en posición de loto sobre el sofá, mientras que dedicaba su absoluta atención a la explicación que Beatriz se disponía a darle, en aquel momento.

- Estaba en la biblioteca, me paré un rato a estirar las piernas, observé por una ventana por un momento, de repente alguien me tomó la mano, me volteé y era ella... -Beatriz soltó un suspiro, mientras sus ojos brillaban risueños-. Al principio estuve cortante con ella, bueno, al menos traté... pero luego, ella me lo explicó todo; que no me vio, que había terminado con la chica el mismo día en que nos besamos por primera vez, y que si estaba con ella, era porque la muy manipuladora la amenazó de que se suicidaba si Gema no se aparecía ¿qué te parece?

- ¿¿Desde cuándo mueves tanto las manos al hablar?? -Sandra preguntó, mientras que sus ojos intentaban seguir los rápidos movimientos de los brazos de Beatriz.

- Maldición, Sandra; te estoy contando lo que pasó, y tú me preguntas que por qué muevo tanto las manos. Si tanto te molesta me siento sobre ellas -dicho y hecho, levantó su trasero un par de centímetros de la superficie del sofá, instaló sus manos en el lugar ahora vacío, y dejó caer su cuerpo sobre ellas, mientras que miraba enojada a Sandra.

- Bea ¡Las arrugas! ¿recuerdas? nada de fruncir el ceño -Sandra dijo sonriente, mientras observaba los labios de Beatriz curvándose poco a poco en una sonrisa, aún mayor que la suya-. Al menos lo gruñona no se te ha pasado, aún... Ya, sorry sorry, es que hace mucho que habías dejado esa costumbre, entonces me sorprendió; deberías estar contenta de que me fijo en tus detalles -le dijo, con tono de reclamo.

- Bueno, no sé, debe ser la emoción -Beatriz dijo, mientras meditaba lo que su amiga le estaba diciendo.

- En fin; me dices que esta tipa te mete el cuento de que no te vio, y que terminó con la polola, y que ahora están juntas ¡¡Cuando ese día llegaste prácticamente llorando a mi lado, de la desesperación porque Gema no te había saludado, e ignorado por completo!! -Sandra elevó la voz, mientras que la penúltima sílaba de aquella última palabra, alcanzaba el timbre más alto de toda la frase.

- ¡¡Es cierto!! -Beatriz exclamó, liberando las manos de su prisión, para comenzar a agitarlas como una desquiciada delante del rostro de su amiga.

- Ahí vamos otra vez. ¿¿Qué te pasa, Bea?? ¿quién cresta es Gema? Tú que llevas años de un total hermetismo; creo que tus paredes conocen sobre ti, más que yo misma -Sandra la observó un segundo en silencio, sólo para meter el aire suficiente a sus pulmones, que le permitiese decir la próxima frase, sin tener que frenar ni un segundo-. No quieres conocer a nadie, desconfías de medio mundo, no crees en el amor ya, y aparece esta tipa de la nada; porque me vienes una mañana contando que la conociste no sé dónde, se besuquean en una cita que se suponía que tenías con otra chica, la ves con la polola, te vende el cuento de que la ha dejado por ti, y le crees ¡¡Todo!! ¿¿Qué te hizo?? -Sandra abría enormes sus ojos marrones, parándose en frente de Beatriz, con las mejillas sonrojadas luego de semejante discurso.

Beatriz abrió la boca con toda la intención de decirle algo, pero, nada salió de ella. Sus labios volvieron a juntarse, mientras que su mandíbula se tensaba, sintiendo que Sandra acababa de insultarla, cuando en realidad estaba diciéndole toda la verdad; extraordinariamente sin la más mínima exageración. Tragó saliva, mientras que respondía a la mirada expectante de la trigueña, intentando anticipar la respuesta de su amiga; y podía percibir su propia expresión, que esta vez, era de total indignación.

- Maldición, Sandra; me gusta ¿Por qué tendría que estarme mintiendo? ¿Es que no puedo comenzar a creer en la gente otra vez? ¿Acaso no puedo volver a tener ilusiones; a soñar...? -largó la oración, y sus mejillas se sonrojaron notablemente.

Sandra, simplemente, respondió con una dulce sonrisa, mientras que seguía la trayectoria de los pasos de Beatriz, caminando rápido hacia su habitación. La vio abrir la puerta, y perderse tras ella, mientras que pensaba en que su querida amiga, estaría dentro de aquellas cuatro paredes, probablemente, hasta el día siguiente.

*****

- ¿Se puede?

Beatriz retiró la mirada de la pantalla de su computador, para dirigirla hacia el sonido de la voz que acababa de interrumpir la inspiración que había tenido las últimas dos horas. Sus ojos chocaron contra un pañuelo blanco, colgando de una mano bastante familiar, agitándose ambos en el aire, y tan sólo acompañados por el delgado brazo de Sandra, cuyo rostro y resto de su cuerpo, aún no hacían su aparición frente a la mirada de su amiga.

Beatriz sonrió, mientras meneaba la cabeza de un lado al otro, y se preocupaba, el siguiente segundo, de guardar todo lo escrito hasta el momento; no tenía ningún interés en perder aquellos párrafos que había logrado en esos últimos ciento veinte minutos, tan productivos, como ya no recordaba haberlos tenido antes.

Dirigió su atención, nuevamente, hacia el pañuelo, aún suspendido en el aire, mientras pensaba en que Sandra acababa de romper el récord de espera frente a su puerta, antes de ingresar saltando, bailando, chillando, o simplemente hablando a mil kilómetros por hora, mientras le contaba cualquier cosa que le hubiese sucedido durante el día.

- Pasa -Beatriz dijo, mientras procuraba ocultar su escritura.

- ¿Todavía estás enojadita conmigo? -Sandra preguntó, con la voz más dulce, y zalamera, que fue capaz de reproducir, mientras que ocultaba su rostro detrás del pañuelo, ya observado, por demasiado tiempo, por los ojos de Beatriz.

- ¿Tú qué crees? -Beatriz continuó sentada, cómodamente, en su silla, mientras se cruzaba de brazos, esperando por el próximo movimiento de la trigueña, y fingía un ceño fruncido, que no tenía verdaderos ánimos de dibujar.

- ¿Que no...? -poco a poco el rostro de Sandra fue apareciendo, mientras que retiraba el pañuelo lentamente, dando paso a su frente, sus ojos y el resto de su cara, dejándolo a la vista de la verde mirada de su amiga, sentada frente a ella.

Beatriz observó la expresión exagerada de Sandra; su boca hacía un enorme puchero, tan conocidos ya por Beatriz, y sus párpados comenzaban a cerrarse lenta, y empalagosamente, tal cual la joven rubia, esperaba que su amiga hiciese.

Beatriz preparó la próxima oración, sabiendo perfectamente lo que continuaría a ello; Sandra lanzándose como una loca a sus brazos.

- Claro que no, tontita -Beatriz se puso rígida, mientras que veía a Sandra abalanzándose rápidamente sobre ella.

- ¡Ay mi niña bonita! mi Beíta linda -Sandra se dedicó a besuquear el rostro de la rubia, mientras que chillaba escandalosamente-. Mira lo que te traje -dijo con voz cantarina, mientras sacaba un pequeño paquete de color blanco y letras rojas, y comenzaba a agitarlo delante de los ojos de Beatriz, con una sonrisa que no dejaba ni un rastro de la mueca, que anteriormente su rostro mostraba.

- ¿Para mí? -Beatriz preguntó, sonriendo, mientras recibía gustosa el chocolate que le estaba obsequiando Sandra-. ¿Qué hay de los kilos de más y todo eso? -preguntó, mientras abría el envoltorio, y hacía desaparecer el primer trocito de color café, dentro de su boca.

- Mm haremos una excepción por hoy ¿ya? -Sandra dijo, mientras se ponía en cuclillas delante de Beatriz, apoyando sus brazos sobre las rodillas de ésta, y la observaba cariñosamente.

- Creo que me traías el chocolate para que te perdonara ¡Patera! -exclamó, con la boca llena, mientras que el sabor dulce de la golosina, impregnaba cada rincón de su boca-. Tú no crees en excepciones cuando de calorías se trata -le dio un pequeño golpe en la nariz, con el extremo aún cerrado del chocolate.

- Bea... -dijo Sandra, haciendo una exagerada mueca de ofensa-. Cómo me puedes decir eso... -se llevó una mano al pecho, mientras Beatriz respondía con una mirada de incredulidad, y le daba un nuevo mordisco a la barrita-. ¡Ya! lo acepto; era por si me costaba un poco, pero no me ha costado lo que es nada ¡Inepta!.

- ¿Inepta? ¿¿por ser indulgente?? Ya vas a ver -Beatriz intentó agarrar el brazo de su amiga, mientras que ésta salía escapando como una condenada, sin encontrar un mejor lugar que la cama de Beatriz, la cual comenzó a verse bastante descompuesta a los pocos segundos.

- ¡Ayyy, suéltame! ¡Suéltame! que luego te excitas si tocas este cuerpazo -Sandra chillaba, entre carcajadas, intentando por todos los medios de zafarse de las manos de Beatriz, aferrándose a las suyas.

- ¡Oye! ¿¡Quién te crees que soy!? -Beatriz exclamó enfadada, soltando el agarre, y dándole una severa mirada a la trigueña, quien se encontraba de espaldas sobre su cama, riendo a carcajadas.

- Una lesbiana necesitada de sexo ¡Eso es lo que eres! -soltó la frase, y salió corriendo hacia la puerta, mientras que sus risotadas no pensaban en disminuir.

- ¡Ya vas a ver! ¿¡Lesbiana necesitada de sexo!? ¡¡Ni siquiera eres de mi tipo!! ¿oíste? -Beatriz salió corriendo detrás de su amiga, mientras que ya comenzaba a sonreír contagiada por las risas de Sandra.

- ¡Claro que estás necesitada de sexo! ¿Hace cuánto tiempo na' de na'? Por lo menos yo no puedo extrañar lo que no he probado ¿¿pero tú?? -continuaba diciendo, sin parar de correr, ni reír, con Beatriz pisándole los talones, sin conseguir agarrarla-. Es por eso que te has puesto gruñona!

- ¡Cállate! ¡Yo no estoy necesitada de nada! -Beatriz chillaba, mientras que se dirigía nuevamente hacia su habitación, en donde Sandra, había decidido meterse una vez más.

En ese momento sonó el teléfono, y al término del primer toque, Sandra estaba auricular en mano, estirada sobre la cama de Beatriz, dispuesta a averiguar quién se encontraba al otro lado de la línea.

Beatriz llegó en ese momento a su lado, alzando las manos, y amenazando con estrangularla, en el momento que la chica cortase la comunicación.

Sandra inspiró hondamente, intentando meter aire a sus pulmones. Y una vez que su respiración había comenzado a regularse, y su risa a desaparecer, sin que su mueca burlona dejase su rostro, abrió por fin la boca.

- ¿Aló? -dijo, sin despegar la mirada de Beatriz, quien la veía amenazante, intentando deshacerse del obstáculo de las manos de la trigueña, tras el cual se cubría, impidiendo el avance de la joven-. ¿Beatriz? -preguntó, sonriendo ampliamente, mientras que su amiga reaccionaba al sonido de su nombre, poniéndose seria, y dejando sus intentos de agarrar el rostro de Sandra, mientras que por su mente, el primer pensamiento que pasaba, era el de Gema, al otro lado de la línea-. Sí, está; creo que está metida en internet viendo páginas pornos -el auricular le fue arrebatado al segundo, mientras que los ojos de Beatriz se abrían como platos, y el manotazo que le estaba dedicando a su mejor amiga, daba justo en el blanco-. ¡Ouch! Perdona, es que se me cayó esto -Sandra logró hacerse con el control del aparato nuevamente, mientras que ya se había puesto de pie, y esquivaba los intentos desesperados de Beatriz por hacerse con él-. Es que a la pobre no le queda otra; mira, aquí viene, y está un poco agresiva, debe ser la necesi... -Beatriz se adueñó del teléfono, mientras que le daba un feroz codazo a su amiga.

- ¿Aló? -Beatriz dijo, mientras que sus mejillas mostraban con descaro su sonrojo-. Sí, soy yo -respondió, dedicándole una mirada asesina a Sandra, quien la observaba, intentando ahogar sus carcajadas, desde la puerta de la habitación-. ¡¿Paula?! -su voz se oyó más sorprendida, de lo que esperaba que sonase.

El nerviosismo de Beatriz comenzó rápidamente a hacer sus efectos, al oír el nombre de aquella persona; no se trataba simplemente de que Paula la incomodara -que algo de aquello había en su reacción- sino, que una vez más, el tema central de sus emociones, era Gema.

Inspiró, mientras que sentía a Sandra pegando su cabeza a la suya, haciéndole dificultosa la audición, y la habilidad para hablar; si es que echarle a alguien la culpa de su momentáneo silencio, sirviera de algo.

- ¿Bea? ¿Sigues ahí? -Paula preguntó dubitativa, haciendo evidente también, cierto grado de nerviosismo, en el sonido dulce de su voz.

- Sí ¿cómo estás? -Beatriz respondió, intentando darle el tono más tranquilo a su voz, mientras que quitaba a empujones a su entrometida amiga, quien no mostraba interés alguno de alejar sus inquisitivos oídos, de aquella conversación a la cual no había sido invitada.

- ¿Te presto un dedito? -Sandra le sopló en el oído, ni con la más mínima prudencia de que Paula no alcanzase a oírla, y con una picardía en su voz, que por un momento Beatriz pensó que su amiga, era bastante capaz de hacer algo con aquel dedo, que le enseñaba risueña.

Hasta ahí llegó su límite; porque elevó su mano, y le dio un pellizco, que hizo brotar lágrimas de los ojos Sandra, quien no tuvo reparos en soltar un chillido, audible para Beatriz, tanto como lo era probablemente para Paula, cuya paciencia como la de cualquier ser humano debía estarse agotando, luego de tanta espera, e interrupciones.

- Paula, disculpa un momento; aquí hay una criatura que me está molestando -Beatriz dejó el auricular sobre la cama, agarró a Sandra -quien ya había borrado toda mueca de dolor de su rostro, tan sólo para volver a su alegría permanente- y la dirigió hacia la puerta, mientras que ésta rezongaba como una niña a la que interrumpen en el momento en que su juego está en la mejor parte.

- ¡Oye! Te estoy ofreciendo mi ayuda para que te relajes un poquito ¿y así me pagas mi buena voluntad? -reclamó, dejándose empujar fuera de la habitación, mientras observaba risueña aquella expresión de fastidio de Beatriz.

- F u e r a -Beatriz le cerró la puerta en sus narices, y se dirigió nuevamente hacia el abandonado teléfono, esperando que tal vez Paula, ya no estuviese al otro lado.

- ¡Ps!

Beatriz alzó la mirada, atraída por aquel sonido, para encontrarse un dedo de Sandra, agitándose obscenamente en el aire; acto seguido, su rostro completamente jubiloso, apareció ante la vista de Beatriz, quien le arrojó un almohadón con toda la intención de borrar aquella maliciosa sonrisa del rostro de su amiga. Los rápidos reflejos de la trigueña, bastaron para que el objeto diera de lleno contra la puerta -cerrada para ese entonces- deslizándose hasta el piso. Las carcajadas contagiosas de Sandra llegaran a los oídos de Beatriz, quien esperaba, por fin, tener un poco de privacidad. Sonrió, mientras se hacía nuevamente con el auricular, haciendo silenciosas apuestas consigo misma, de las posibilidades de que Paula estuviese, o no, aún, esperando por ella.

- ¿Paula...? -preguntó, casi temerosa.

- Sí, aún estoy aquí. ¿Quién era la criatura molestosa? -el tono de voz de Paula emitía curiosidad, pero de ninguna manera impaciencia alguna.

- Una criatura a la que tengo que aguantar las veinticuatro horas del día -rió suavemente-. Sandra, mi amiga, a quien conociste anoche -se sonrojó levemente, al recordar aquella noche, el beso, y cómo había terminado despertando en la cama de Paula.

- Anoche... mmm... sí, recuerdo muy bien esa noche -Paula dijo, de aquella forma picaresca, que evidenciaba la sonrisa que estaban dibujando sus labios; provocando que las mejillas de Beatriz se enrojecieran aún más-. Sandra ¿eh? se nota que son muy unidas.

- Mucho -respondió, mientras sentía que Paula intentaba indagar un poco más acerca de su relación con Sandra-. Y ¿cómo estás? ¿necesitas algo?

- Bien, y... supongo que sólo necesitaba hablar contigo. -Paula dijo, mientras su tono de voz bajaba, y se hacía sensual, cayendo completamente en el flirteo.

- ¿Para qué? -Beatriz inquirió, pensando en qué pasaría si Gema decidiera elegir ese momento para llamarla a su celular.

- M... creo que es imposible coquetear contigo por teléfono -se rindió Paula, mientras que su voz regresaba a la normalidad, mostrando un toque de desilución en ella-. Somos amigas, tenía ganas de llamar a mi amiga Beatriz ¿acaso no puedo?

- Claro, somos amigas; por supuesto que puedes llamarme, es sólo que no me gusta hablar mucho por teléfono, me pone nerviosa -Beatriz se acomodó sobre su cama, mientras que sonreía, sabiendo que sus oídos no habían ignorado la parte del coqueteo; mas, su boca había preferido no continuar por aquel camino.

- ¿Preferirías entonces que nos viéramos? Supongo que si te pone nerviosa que hablemos por teléfono, no lo hará el que nos veamos; es el teléfono o vernos -la voz de Paula volvió a buscar aquellos sutiles atisbos de coquetería.

- ¿Te importaría que fuera en la universidad el lunes? Es que...

- Ya... Gema ¿verdad? Tienes que salir con ella, hablar por teléfono con ella, o pensar en ella. ¿Me equivoco? -dijo, mientras el sarcasmo era evidente en cada sílaba que había terminado de pronunciar.

- Algo así. Paula yo... te lo dije, o sea, pensé que me habías entendido -Beatriz dijo, queriendo acabar con la conversación al ver que se complicaban las cosas.

- Perdón; es verdad, ya sé -dijo, para dar paso a un silencio de algunos segundos-. Es sólo que te vi muy mal, y era por ella. ¿Por qué querrías estar con alguien que te hace daño?

- Lo de anoche fue todo un mal entendido, fueron rollos míos; y ahora... -Beatriz dejó de hablar, sintiéndose culpable; no por Gema esta vez, sino que por Paula, ya que era tan evidente para ella, como sin duda lo era para Paula, que aquel beso que habían compartido, había sido simplemente porque la morena no había estado presente; por haberse sentido herida por ella, pero nada más.

- Un mal entendido ¿eh? -otro silencio se hizo presente-. ¿Qué hay del tiempo que compartimos juntas? ¿Un mal entendido también? -la voz de Paula reflejó un claro dolor, en cada una de las letras dichas.

- Paula, yo... lo siento; seamos amigas ¿quieres? -Beatriz comenzó a sentirse verdaderamente incómoda, mientras que por más que le avergonzara siquiera el pensarlo, deseaba cortar la comunicación con la chica en aquel mismo instante.

Tal vez, había cometido un error la noche anterior; pero Paula estaba consciente de todo, muchísimo más que ella misma. ¿Por qué tenía que ocuparse de una persona adulta como Paula, entonces? ¿Quizá porque por muy mínimas que hubiesen sido, le había dado esperanzas? ¿Por qué le caía bien Paula, y hasta le gustaba? ¿Porque las personas merecen respeto? Quién sabe el por qué. Pero, aunque por un lado estaba la culpabilidad, y la simpatía que sentía por la chica; por el otro, estaban las ganas de no atormentarse por nada, y concentrarse simplemente en lo que en aquel momento tenía en su cabeza; su incipiente relación con Gema.

- Amigas... eso es lo que acordamos esta mañana, cuando amaneciste en mi cama ¿verdad...? -Paula rió, dejando claro el hecho, de que en realidad no sentía ánimos para tal cosa.

- Por favor, un poco de compasión con esta pobre borracha. No sabes la vergüenza que siento, cada vez que lo recuerdo -Beatriz suspiró, mientras se cubría el rostro con las manos, y reproducía un gesto, que hubiera sido hasta cómico a los ojos de Paula, si es que la chica la hubiera estado observando, en aquel instante.

- ¿Y ese hachazo, pasó ya? -preguntó riendo.

- Sí, pasó, pasó; gracias por cuidarme anoche.

- De nada. Y creo que merezco reconocimiento por haberme comportado como una dama; no te toqué ni un pelo mientras dormías -Paula dijo, con tono solemne-. Bueno... reconozco eso sí, que te miré un poquito por debajo de las sábanas -su carcajada inundó los oídos de Beatriz, quien intentaba, ahora, decidir si es que estaba hablando en serio o en broma.

- Es broma ¿verdad? -preguntó afligida.

- Mmm... -Paula dejó pasar algunos segundos, mientras que Beatriz comenzaba a cuestionarse el hecho de que en realidad Paula podría haberla observado todo lo que deseaba, y las horas que gustase-. Claro que es broma, por más que estuve tentada, me retuve; yo soy muy respetuosa -reconoció finalmente, para alivio de Beatriz-. Aunque no tienes idea el poder que tienes sobre las chicas... -terminó la frase suavizando su voz.

- ¿Poder? -Beatriz preguntó, arrepintiéndose en seguida de haber continuado con aquello.

- Sí, poder; aunque tú no te des cuenta, sé que le gustas a la gente; pero como a mí me gustas... a nadie.

- ¿Cómo está tu padre? -la pregunta salió de los labios de Beatriz, haciéndola sentir verdaderamente estúpida.

- ¿Crucé la línea? perdón... -Paula preguntó, intentando conformarse de que había cosas que sencillamente no podía llegar y decirle a Beatriz-. Déjame repetirlo para que no se me olvide; Beatriz y yo somos amigas, sólo amigas y nada más que amigas. ¿Está bien así?

- Hmm...

*****

- ¿Nunca has tenido la sensación de que algo que estás viviendo no es real, y que en cualquier momento te darás cuenta de ello? -Beatriz preguntó, mientras que sus pies continuaban avanzando; tal vez, sabiendo el lugar hacia donde se dirigía, al contrario de su mente que lo había olvidado por completo.

- ¿Como un sueño?

- Como un sueño, sí, algo parecido, pero no precisamente; más como la sensación de cuando despiertas -frenó un momento, obligando a que la persona a su lado dejara de caminar también, mientras sentía su mirada clavada en su rostro, esperando a que continuase con lo que fuera que tenía por decir-. Es esa sensación de cuando todo está perfecto, y temes que cualquier cosa lo puede arruinar, o que la persona con quien lo estás pasando tan bien, está sólo actuando, y de un momento a otro te va a mostrar su verdadera personalidad. ¿Me explico? -Beatriz terminó de decir aquellas frases, sin sentirse tan estúpida como esperaba sentirse.

Esperó la respuesta de Gema, quien estaba plantada delante suyo, mientras que sus movimientos se reducían a los que el viento provocaba en su cabello, alzándolo, y revolviéndolo, provocando que a ratos cubriese sus ojos azules. Beatriz sostuvo esa mirada, y sonrió, sin saber muy bien por qué lo hacía, para luego dedicarse a recorrer los diferentes sectores del rostro de la morena, hasta regresar a los que se habían encargado de hacerla sonreír.

- ¿Te doy risa? -Gema preguntó, mientras sus labios dibujaban una sonrisa, aún más hermosa de lo que Beatriz podía recordar, y describir.

- No.

- ¿Entonces? -Gema preguntó, mientras tomaba una mano de Beatriz entre la suya, haciendo que la rubia diera un pequeño respingo en respuesta. Condujo su mirada hacia aquel lugar, y estuvo observando por varios segundos esas manos en contacto, sonriendo aún más, para luego dirigir, otra vez, sus ojos hacia los de la persona enfrente suyo.

- Deberías saberlo ¿o acaso sólo yo soy capaz de leer tu mente? -Beatriz preguntó, mientras se daba cuenta del contacto que estaban manteniendo en plena vía pública; lo deshizo al instante.

- Ni siquiera sabes por qué sonríes; respondes a una emoción simplemente -Gema contestó en seguida, mientras que dirigía su mirada, una vez más, hacia su mano, ahora vacía. Se mordió el labio inferior, y reanudó el contacto visual con Beatriz-. La sensación que tienes de que algo no es real, es tu temor de perderlo; si algo te hace sentir, es porque es real.

- Ha pasado antes, que lo que creo que es real, termina no siéndolo -Beatriz dijo, escapándose de la mirada de Gema.

- Tuviste una desilusión, y eso te hace temer; pero las desilusiones a veces son positivas, porque te ayudan a darte cuenta de que lo que creías sentir, no lo sentías en realidad con la intensidad que pensabas -Gema dejó de hablar por algunos segundos, alzó la cabeza un momento, mientras suspiraba, y dirigió su atención nuevamente al rostro de Beatriz-. Piénsalo, en este momento; piensa en lo que en realidad sentías por esa persona. ¿Lo sientes todavía? No me refiero al sentimiento de temor, o la rabia que puedas tener; sino que el sentimiento de ese supuesto amor.

Beatriz cerró los ojos un momento, pensando en ese pasado, que parecía aún menos reciente que hace tan sólo unos cuantos días; pero el cual sin duda, la había lanzado en un camino de cerrarse a cualquier persona que tuviera interés en ella, tanto de una forma fraternal, como romántica.

Intentó recordar el rostro de ella, de la persona que la había tenido sufriendo por tanto tiempo, de la chica que le había roto el corazón, y a quién había dedicado los pensamientos de cada segundo de los días de su vida, después que ella la había abandonado. ¿Dónde había quedado el recuerdo de todo aquello? ¿dónde? No lograba aclarar ninguna imagen, ni memoria de lo vivido con ella.

- No lo siento, Gema, pero ése no es el punto. Además ¿cómo se supone que sabes que tuve una desilusión? -Beatriz preguntó, frunciendo el ceño, al darse cuenta de que en realidad no se lo había comentado, quizá dado a entender... no lo recordaba.

- ¿Se te olvida que podemos leernos las mentes? -Gema sonrió dulcemente-. El punto es que no lo sientes, ni lo sentiste nunca. Estoy segura que la quisiste mucho, y creo que ella también te quiso a ti. Tú esperabas a tu princesa, y ella llegó. Quizá ha sido tu único amor, tal vez no, no lo sé; pero sí sé que fue la primera. Cuando te dejó, se rompió esa ilusión que mantenías, luego tú sufriste, y te encerraste en ti misma todo este tiempo. ¿Pero sabes...? -dirigió su rostro hacia un lado, mientras parecía estar buscando algún punto en qué apoyarse, o que simplemente fuese mejor que el rostro de Beatriz; finalmente, retornó a él, haciéndola sentir que no había nada más alrededor, que pudiera robarle esa mirada clavada en sus ojos-, no sufrías por la pérdida de ella, no sufrías por no tenerla más; sufrías, por caer en la cuenta de que tu amor lo habías dirigido a una persona que no era la indicada, sufrías porque sabías en tu interior que te habías equivocado, sufrías por la desesperación de verte con ese sentimiento, con ese que todos nacemos, y sentir que no podías entregárselo a nadie.

- Yo... sí la quise, sufrí por mucho tiempo; pero ya la superé, eso te lo puedo asegurar -Beatriz dijo torpemente, mientras intentaba poner en orden las palabras de Gema, que no terminaban por tener sentido en su cabeza, o quizá demasiado.

- A eso me refiero; cuando amas, amas para siempre, pase lo que pase, y transcurra el tiempo que transcurra, sigues amando. Por eso, sólo existe un amor verdadero, y los otros son sólo ilusiones, que con el tiempo terminan por desaparecer. Cuando un supuesto amor se termina, es un paso más hacia el encuentro del verdadero.

- ¿No te molesta hablar sobre esto? -Beatriz preguntó, mientras observaba a Gema, sin sonrisas que adornaran su rostro.

- ¿Molestarme? ¿por algo que no fue lo suficientemente fuerte para mantenerse dentro de ti? -preguntó Gema, sin un ápice de exageración en el tono de su voz.

- ¿Ni siquiera un poco de celos? A mí me darían, creo.

- En tu interior siempre has sabido que existe un amor; escribías sobre eso, lo esperabas. Te dolió darte cuenta que no era tan sencillo encontrarle, como pensabas. Pero todo lo bueno tarda en llegar, porque aveces es necesario empezar desde abajo -Gema caminó unos cuantos pasos, y se dejó caer en el césped, luego alzó su mirada hacia el rostro atento de Beatriz-. ¿Por qué me iba a molestar hablar de la persona que se fue de tu lado para cederme el lugar a mí? Ella sólo hizo lo que tenía que hacer; ir a buscar a su propio, y verdadero amor, y dejarte a ti para mí.

Beatriz la observó, mientras, que por un momento, pensaba que aquella frase podría haber sonado egocéntrica, si hubiese venido de cualquier otra persona; pero era de Gema. ¿Por qué sonaba tan perfecta si venía de ella? Es que acaso, se podría haber enamorado tan rápido de una persona, que era incapaz de rebatirle algún comentario. ¿O es que en realidad Gema estaba diciendo la verdad?

Beatriz cerró los ojos un momento, y le parecía continuar viendo los ojos de Gema clavados en los suyos, aún con los párpados cerrados.

Una vez más, intentó repasar aquellos momentos vividos, con todas aquellas personas que alguna vez le habían regalado una caricia que se alejara de las maternales; que no fueran parecidas a las amistosas, que Sandra, su única amiga, le había obsequiado tantas veces, durante todos esos años que habían compartido su vida.

Pensó en la joven, en esa persona en particular, que era lo único importante que había tenido. Rememoró todo ese tiempo juntas, cada momento pasado; sin que lograse nunca aclarar completamente, alguna escena en su mente, ni siquiera de las veces en las que habían hecho el amor, las cuales habían sido las más intensas y memorables de su historia juntas.

Todo pasó por su mente en forma rápida, y Beatriz pudo comprobar que no había tenido ocasión alguna, en la que su corazón había dejado de sentir ese vacío que había llevado consigo desde el momento de su nacimiento, desde el instante en que había provocado su primer pensamiento consciente de ello, desde la primera vez en que en realidad había necesitado con ansias, algo en su vida. Nunca nadie había llenado ese espacio; ni su familia, ni su amiga, ni su pareja.

Pensó en el amor que había sentido por ella, en las lágrimas derramadas, y en todas sus emociones desbordadas por el sufrimiento. Y en ese instante lo supo, y tuvo la certeza, y vivió en carne propia, cada palabra que le había dicho Gema. Ella tenía razón, porque jamás había sufrido en realidad por la joven, jamás la había extrañado, y nunca había llegado a sentir un amor real por su persona. Cada segundo la estuvo amando, cada minuto la estuvo deseando, cada instante la había estado añorando a ella; a esa persona que sabía perfectamente que habitaba en algún lugar del planeta, que sentía que existía sólo para ella, y por ella. Cada milésima de segundo estuvo besando los labios, y acariciando la piel de ese ser ausente, de esa alma perdida por el universo; donde quiera que estuviese, y con quien quiera que compartiera su vida; siempre había sido suya, y Beatriz jamás había sido de alguien más. El sufrimiento, el dolor de no tener a quien regalar sentimientos, en quien desahogar el vacío inmenso de no estar a su lado, de no poder matar su ausencia en brazos de otra; eso había sido, sólo eso.

Abrió los párpados de golpe, y se encontró a Gema, aún en la misma posición anterior, mientras que el único cambio que percibió en ella, fue aquella sonrisa que iba naciendo lentamente en sus labios, en sus labios tan hermosos que lograron sacarle una sonrisa también.

- ¿Eres tú... Gema? -preguntó, mientras su corazón latía a mil por hora, y un nudo en su garganta se formaba de manera despiadada, haciendo que su voz le fallase miserablemente en su afán de pronunciar aquella frase con la fuerza que pretendía hacerlo.

- ¿Eres tú... Beatriz? -Gema repitió, usando su nombre esta vez, mientras que su expresión parecía ser un reflejo de la que estaba emitiendo el rostro de Beatriz.

Gema se puso de pie, y se acercó lentamente. Por un momento, Beatriz comenzó a retroceder, sintiendo que sería completamente incapaz de ser tocada por la chica. Algo había cambiado en aquel lugar, y en aquel segundo; tal vez, cambio, no era la palabra correcta, sino que simplemente era una percepción diferente de las cosas, un darse cuenta de algo, un abrir de ojos, y no de los físicos.

Beatriz sintió que colapsaba, y que en cualquier segundo perdería la noción de todo a su alrededor. Sus piernas se debilitaron tanto, que comenzaron a temblar; mas, Gema, no cedía en su intención de llegar hasta su lado, y tocarla; porque eso era definitivamente lo que planeaba hacer. Era inminente el toque, o al menos el roce de sus manos, en milésimas de segundos. Y Beatriz lo sabía; le parecía sentir que ya la estaba acariciando, aún antes de que realmente lo hiciera. Volvió a cerrar los ojos, esperando que así su cuerpo no reaccionara de la forma en que estaba dando por hecho que lo haría.

Y la sintió; ni siquiera sabía dónde la estaba tocando; era como si toda ella estuviese colmada de las manos, y el cuerpo completo de Gema. No entendía nada de lo que estaba sucediendo, y sabía que por más que intentase hilar algún pensamiento, no tendría éxito alguno, como tampoco lo tenía en la tarea de que su corazón continuase regularmente, con su tarea de palpitar. Ardió su frente, ardieron sus brazos, sus piernas, y su ser completo, y sintió que se moría sin más remedio. Y qué dichosa hubiese sido de que aquello hubiera pasado; morir en los brazos de Gema.

No se atrevió a abrir sus párpados, no se sintió capaz de regalarle el brillo de su mirada a Gema, ni le importó que Gema estuviera haciendo lo mismo en aquel momento. La sentía ahí, y sabía que jamás había experimentado algo así. Y reconoció en su corazón, con la misma seguridad de que su nombre era música para sus oídos, que en su vida había amado a alguien, ni volvería a amar a nadie, nunca más.

Beatriz abrió sus ojos, y la vio allí, aferrada a su cuerpo, mientras continuaba sintiendo aquella misma sensación; eso que parecía dolor, eso que no sabía ni cómo demonios llamar, que no era lo que le habían contado del amor, que nisiquiera era lo que ella misma había esperado de ello, porque sencillamente era algo inimaginable para cualquier persona que no lo hubiese experimentado en su propio interior.

Beatriz ya no se hizo más preguntas, Beatriz simplemente continuó sintiendo; sintiendo su corazón colmado, sintiendo aquel vacío con el que había convivido por tanto tiempo; lleno, inexistente.

Continuará...


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