Beatriz deslizó los dedos a través del teclado, mientras inconscientemente seguía el
compás del golpeteo de la lluvia que retumbaba contra el vidrio de la ventana de su
habitación. Por un instante tuvo la leve esperanza de que aquel lapso de tiempo durante
el cual estuvo presionando la punta de sus dedos contra cada tecla, hubiera valido la
pena. Su mente no había logrado traducir las letras elegidas por sus falanges, y a pesar
de haber estado observando la pantalla, sin siquiera pestañear una sólo vez, su mirada
llegaba más allá de las sílabas, que una a una habían ido apareciendo detrás del cursor.
Por fin, enfocó sus ojos en las palabras impresas frente a ella, y casi temerosa leyó
las frases que estas habían formado.
Inspiró hondamente, mientras sus ojos viajaban una vez más a lo largo de aquellas
oraciones que habían emergido de quién sabe qué lugar de su cerebro; después de todo,
existía algo llamado "escritura automática" y su interior algo intentaba decirle,
aunque finalmente aquello no le sirviera de nada; pues lo que debía conseguir era algo
absolutamente diferente a los párrafos escritos, los cuales, definitivamente, no tendrían
ningún sentido para su profesor, ni para la nota que necesitaba conseguir.
Se puso de pie, mientras movía la cabeza de un lado a otro, en clara señal de encontrarse
desconforme. Sus pies la condujeron hacia la ventana a través de la cual observó la
lluvia, caer a cántaros desde oscuras nubes. Los vidrios se empañaron en el momento en
que acercó su nariz a la fría superficie, sobre la cual, luego de alzar el dedo índice
de su mano izquierda, se entretuvo haciendo un montón de garabatos y dibujos, entre los
cuales se podían apreciar círculos, espirales y hasta un corazón.
- ¿Se puede? -La familiar, e inconfundible voz de Sandra, se dejó oír de repente,
provocando un leve respingo por parte de Beatriz, quien se giró, para encontrarse con
su mejor amiga, y un corte de pelo que definitivamente no era el que había visto en
ella, esa mañana, asomándose por la puerta de su habitación.
- ¿¡Qué te hiciste!? -Exclamó Beatriz, intentando entender de dónde salían y para dónde
se dirigían todos esos pelos, entre lisos y ondulados, que veía crecer del cabello
castaño de Sandra.
- ¡Ayy, Beíta! mírame, estoy top ¿cierto? es que pasé hoy por la peluquería; necesitaba
urgentemente un cambio de look. -Sandra y su cabello se acercaron alegremente a Beatriz,
la cual recibió un sonoro beso en la mejilla, para luego ver cómo la trigueña se dejaba
caer sobre su cama, y agarraba el control remoto del televisor.- ¿Qué? ¿¿No te gusta??
-Preguntó, observándola extrañada, mientras cambiaba canales como una loca.
- Digamos que no es de mi tipo, pero si a tí te gusta... -Beatriz intentó disimular, en
la medida que le fue posible, que efectivamente el corte o el peinado ya no estaba
segura si era lo uno o lo otro no le gustaba en lo más mínimo, y que tampoco comprendía
como a alguien le podían agradar semejantes greñas. Se encogió de hombros mientras se
dejaba caer sobre la cama, junto a su renovada amiga.
- Pasé a depilarme también, le pedí a la tipa que me hiciera un diseño de lo más lindo
en el pubis ¿¿lo quieres ver?? -Sus manos se acercaron a la cremallera de sus jeans,
con toda la intención de bajárselos, y enseñarle a Beatriz la obra de arte que la
depiladora había hecho en ella.
- ¡¡¡No!!! No, por dios. -Beatriz exclamó, subiendo el tono de su voz, mientras alzaba
las manos, y abría de par en par sus ojos verdes.
- Ay, mi Beíta, mi niña preciosa; se me olvidó que se me puede entusiasmar si ve una
conchita depiladita, lo siento. -Sandra dijo sonriente, y abrazando empalagosamente a
Beatriz, mientras le daba sonoros besos en la mejilla, y ésta hacía lo posible por
zafarse de semejantes apretujones.
- ¿¿Es qué acaso crees qué es normal andar mostrando tus partes íntimas?? -Beatriz
preguntó, frunciendo el ceño, mientras su voz se dejaba oír entre los cabellos de
Sandra, los cuales le hacían cosquillas en el rostro.- Además ¿por qué necesitas ir a
un lugar donde te depilen? ¿no eres capaz de hacerlo sola?
Efectivamente, Sandra era completamente capaz de depilarse sus propias piernas y pubis
por sí misma, pero el dinero es algo que hay que gastar de alguna forma, y definitivamente,
la trigueña buscaba formas si no extravagantes, bastante cercanas a eso, en que
utilizarlo; puesto que, Beatriz la había visto llegar en la última semana con dos looks
diferentes en el cabello, el cual, por cierto, no necesitaba ningún cambio, ya que
estaba perfecto tal y como estaba; una colección de libros de comida, lo cual, no había
terminado de comprender, por qué demonios querría una persona que era amante de las
dietas, obtener; y hasta un televisor de pantalla plana, y quién sabe cuántas pulgadas,
el último que había salido al mercado, como Sandra misma había llegado gritando como una
desquiciada tres días atrás, mientras le hacía ademanes con sus manos al muchacho que
cargaba el enorme artefacto entre sus brazos, para que lo ubicase en el lugar que la
chica consideraba ser el más adecuado.
- Obvio que puedo, pero prefiero evitarme el trabajo. -Dijo cruzándose de brazos,
mientras que arrugaba la nariz, y una maliciosa sonrisa, comenzaba a hacerse presente
en su rostro.- ¡Ay! ya, no te hagas. -Exclamó, mientras le daba un tremendo empujón a
su amiga.- No me digas que no te gustaría verla ¿¡Tanto me alejo de tu tipo!? -Le
preguntó, mientras hacía un exagerado puchero, y le dedicaba miraditas de cordero
degollado, apoyando su cabeza en el hombro de Beatriz, quien intentaba contener la risa,
que le provocaba el ver a Sandra haciendo aquellas expresiones con su rostro.
- No se trata de eso ¿es qué no tienes ni un poco de pudor?
- No sé. -Respondió, mientras se encogía de hombros.- Para mí, una concha es sólo una
concha, supongo que para tí debe ser distinto. -Dijo, de la misma forma que le diría a
alguien ¿qué tal?- A ver, pero dime, si yo no fuera tu amiga ¿te gustaría? -Sandra
abandonó la cama de un brinco, para en seguida comenzar a pasearse delante de Beatriz,
la cual comenzó a sonreír divertida ante tal exagerado, y poco natural caminar de la
trigueña.
- ¡No lo sé! y ya córtala con ese tema, cualquiera pensaría que estás tratando de hacer
algo conmigo.
- ¿Y qué te hace pensar que no es eso lo que intento? -Sandra dijo pícaramente, para
luego arrojarse sobre la cama nuevamente; su estómago rebotó un par de veces sobre el
colchón antes de que su cuerpo descansara sobre él.
- A ver veamos... ¿quizá el hecho de que seas heterosexual? y que me vives hablando de
que si Luis esto, o que si Alfonso no sé qué; ahhhhh ¿viste los ojazos qué tiene Diego?
y ese potito parado. -Beatriz vio a Sandra haciendo una fingida mueca de ofensa.- Sin
omitir el hecho de que tienes ese collage de fotos de chicos, que no son precisamente
curitas, y los pobres se viven muriendo de frío porque no llevan nada encima; ¡Ah sí! y
finalmente no olvidemos mencionar que definitivamente no tienen... -Beatriz indicó con
un dedo hacia abajo, mientras hacía una graciosa mueca con el rostro.
- ¡Ya! tienes razón, soy definitivamente heterosexual; así que no tienes ni media
oportunidad conmigo. -Sandra enfocó la mirada en la pantalla del televisor, mientras
sonreía satisfecha.
- ¡Oye! -Beatriz exclamó, dándole un empujón que casi la arroja de la cama.
- ¡Hey! ¡Insolente! -Sandra devolvió la agresión, estampándole un almohadón en el rostro,
que le borró por completo la sonrisa de la boca. Se mantuvieron ambas a brazos cruzados,
observando la pantalla del televisor por largo rato, hasta que Sandra misma, rompió
aquel mutismo.- ¿Por qué no te gustan los penes, Bea?
Beatriz le echó una mirada a Sandra, intentando hacer cuentas mentales de cuántas veces
había oído esa misma pregunta con anterioridad.
- ¿Por qué no te gustan las vaginas?
- Mm... astutita.
- Es tanto más que sólo eso, Sandra; es el conjunto de cosas que hace a una mujer,
mujer; te podría nombrar un sin fin de cosas que jamás podría encontrar en un hombre,
pero qué saco, si me saldrás con alguna de tus frases desatinadas.
- ¡Ayyy ya! sólo bromeo, sé que te me enfureces cuando digo cositas, y me encanta eso.
- Eres imposible...
- Sí, pero igual me quieres ¿verdad que sí? -Sandra dijo sonriendo, mientras su
expresión era completamente pueril.
- Sabes que sí.
- ¡Ya empieza Sex and the city! -Sandra chilló entusiasmada, mientras que quitaba esa
mirada sonriente, dedicada a su amiga, y la dirigía rápidamente hacia la pantalla del
televisor, la cual mostraba ya la presentación de la serie.- ¿No encuentras qué me
parezco a Samantha? -Preguntó, mientras giraba levemente su cabeza hacia la izquierda,
elevando su mentón, mientras miraba de reojo a Beatriz esperando la respuesta.
- ¿¿A Samantha?? ¡Tienes veintitrés años! ella debe tener el doble que eso, y el doble
de carne, y el... infinito de más experiencia que tú; sí, mira que yo sé que tienes
pura boca, mucho más que experiencia; te conozco mosco. -Beatriz sonreía, mientras que
prestaba atención a las cuatro mujeres en la pantalla, compartiendo un desayuno de día
sábado.
- ¿Ah sí? ya te enterarás de experiencias cuando halla pasado la noche con mi Dieguito.
-Se cruzó de brazos, haciéndole un exagerado desprecio a su amiga.- Esta noche...
-Agregó, pronunciando marcadamente cada letra, mientras que le daba una entonación
especial a las palabras.
- ¿¡Esta noche!? ¡Cuéntame! -Beatriz alejó su atención de la pantalla, para dedicársela
completamente a Sandra, quien comenzaba a sonreír sin prestarle atención, mientras no
soltaba palabra.
- No, hasta que admitas que soy igualita a Samantha. -Sandra dijo, mientras se miraba
las uñas con aire de superioridad, esperando por lo que deseaba oír.
- Está bien, te pareces, eres igualita, pareces su clon, es más, hasta medio parecida a
Charlotte te encuentro.
- ¿¿A esa mosquita muerta?? -La miró indignada.- Tú te parecerás a ella, que es distinto.
- ¡Oye! yo no tengo ningún maridito con problemas... -Beatriz hizo un gesto con la mano;
ambas se largaron a reír de buena gana, mientras que la aguda risa de Sandra, opacaba a
la de su amiga, excepto en los momentos donde hacía una pausa, para luego soltar sus
clásicos chillidos, aún más altos que su risa misma.
- Ni lo tendrás tampoco; y no me hagas reír porque me arrugo. -Sandra dijo, abriendo los
ojos, y deslizando suavemente la yema de sus dedos por las patas de gallo, inexistentes
aún en su joven rostro.- Ya, pero, poniéndonos serias...
- ¡Zaaaa! -Beatriz dijo riendo, mientras le daba un empujón a Sandra, quien quedó con
la oración inconclusa.- Ella, la más seria de todas.
- Oye, Bea ¿qué modales son esos? -Preguntó, llevándose una mano al pecho.
- De tí aprendí. -Respondió, encogiéndose de hombros.
- Te la voy a dejar pasar esta vez, solamente porque no quiero perder el hilo de la
conversación ¿estamos? -Sandra dijo, seriamente, haciendo sonreír a Beatriz, quien nunca
estaba segura de cuándo estaba hablando en serio, y cuando lo hacía en broma.- A ver,
déjame ver ¿hace cuánto que no tienes una relación con una chica? ¿un año, dos? -Sandra
sacó un pequeño espejo de su bolsillo, y comenzó a componerse el peinado, mientras que
esperaba la respuesta de Beatriz.
- Cuatro, en realidad; pero no quiero hablar de eso, además no tengo tiempo para
relaciones; necesito concentrarme en los estudios, me ha ido pésimo, cada vez peor,
tengo que escribir algo, y no hay forma de que se me ocurra ni cómo empezar.
- ¡Cuatro años! Bea ¡Tienes veinticuatro años! ¿cómo lo soportas? ¿no te sientes sola?
-Sandra preguntó, elevando la voz, y haciendo saltar a Beatriz por la sorpresa.- Sin
mencionar las otras necesidades de los seres humanos; supongo que las lesbianas también
las tendrán ¿cierto? -Dijo, sonriéndole a Beatriz ampliamente.
- Cierto. -Aceptó, Beatriz, girando los ojos.
- ¿Entonces? ¿hasta cuándo vas a estar así, Beíta? mírate, eres preciosa; hasta yo me
acostaría contigo... -Recibió un codazo de Beatriz.- ¿¡Qué!? si ya sabes que tengo
debilidad por los rubios; supongo, que entre un rubio y una rubia no debe haber mucha
diferencia.
- ¿No se te olvida un detalle en esas diferencias? -Beatriz indicó con un dedo hacia
abajo, y luego hacia su pecho.
- Mm... tienes razón, olvidé ese pequeño detalle.
- ¿¿Pequeño detalle??
- ¡¡Ya!! gran detalle. -Exclamó, para luego dedicarse a observar detenidamente a Beatriz.-
Igual 'tai rica, ah. -Dijo graciosamente, mientras le guiñaba un ojo a su amiga, quien
le dedicó una expresión de fastidio, para luego dejar escapar su inevitable sonrisa.
-El punto, Bea, es que no lo estás intentando, te escapas de cualquier posibilidad ¿por
qué? ¿es que aún estás enganchada con la tipeja ésa? -Sandra hizo una mueca de rechazo;
Beatriz sonrió ante aquel gesto.
- No, no lo estoy; pero tengo miedo ¿qué pasa si me vuelve a suceder lo mismo?
- Ay Bea ¡Qué pesimista eres! además, los índices de lesbianismo han ido aumentando ¿o
no? es cosa de oír "el club del cangrejo" al Rumpy, a cada rato, lo llaman tipas que
quieren con otras tipas.
- ¿¡Tú oyes eso!? -Beatriz la miró extrañada.- Da igual, el punto es que no puedo
arriesgarme a enamorarme de otra chica, y que luego no se la juegue por mí.
- Ésa era inepta; ella se perdió a una personita tan especial como lo eres tú; que se
vaya a la mierda, porque tú vas a encontrar a alguien que te va a querer mucho, ya
verás; pero para eso tienes que mirar a tu alrededor, por favor, es que te he visto, y
vas por las calles sin ver a nadie, y las chicas te miran eh, hasta yo me doy cuenta;
es cosa de que les des oportunidad de acercarse a tí, de que cuando vamos a una disco
coquetees un poco, estoy segura que si pones de tu parte, vas a conocer a una, así. -Dijo, chasqueando los dedos.
- ¿Tú crees? -Beatriz la miró sonriendo, mientras que abrazaba a su amiga, que de vez
en cuando tenía alguna frase acertada para ella, en los momentos precisos.
- ¡Claro! y ya verás el polvo que se echan las dos. -Sandra dijo, mientras le daba
pequeñas palmaditas en la cabeza.
- ¡Sandra! ¡¿por qué siempre tienes que arruinar el momento?!
- Ay, no me digas que no quieres echarte un polvito ¿qué tiene de malo? yo pienso
echármelo esta noche, por ejemplo; así que usted señorita va a agarrar su chaquetita,
se va a poner su gorrito, y se va a largar por la puertecita; y le va a dar a su
amiguita del alma muchas horitas para que se recree ¿cierto mi niña bonita? -Le dijo,
mientras le hablaba como si se estuviera dirigiendo a un bebé.
- ¿¿¡Estás loca!?? ¡Está lloviendo! no, Sandra, por ningún motivo; además, tengo que
comenzar a escribir esa maldita cosa, no eh, olvídate de eso.
- Por favor...
- ¡No! tú cierra la puerta, y yo me pongo los audífonos, por último, pero no me muevo
de aquí ¿oíste?
- Te presto mi auto, y te vas a dar una vuelta ¿qué te cuesta?
- No sé manejar ¿se te olvidó?
- O sea que me lo vas poner difícil ¿cierto?
- Cierto.
- Está bien, después de todo, quizá, te entusiasmes más ratito, salgas por ahí, y por
fin camines por la calle mirando a la gente que pasa por tu lado, a ver si alguna
nochecita te toca a tí también...
- No me interesa. -Beatriz dijo, dirigiendo su atención hacia el televisor, mientras se
cruzaba de brazos, y se ponía seria.
- A ver ¿qué tenemos por aquí? -Sandra dijo, ignorando la negativa de Beatriz, y
adueñándose del mouse, olvidado ya por su amiga, para fisgonear entre la abandonada
escritura.- Hoy ansío tocarte...
- ¡Aléjate de ahí! -Beatriz se puso de pie en ese mismo instante, y sacó de un brazo a
Sandra, quien hacía intentos por continuar leyendo.
- ¡Estás escribiendo relatos eróticos! ¡Te caché! -Dijo sonriendo de oreja a oreja.
- ¡No! y sal de aquí, que necesito concentrarme. -Beatriz se dejó caer en la silla,
frente a su computador.
- Sí como no, y luego me dices que no te interesan esas cosas...
- No me interesan. -Dijo, mientras se mantenía seria, sin dirigir su mirada hacia su
amiga, quien se mantenía parada junto a ella.
- No te creo que no te interese. -Sandra dijo, meneando la cabeza de un lado al otro,
mientras observaba la expresión de Beatriz.- Además ¿me vas a decir que ya no esperas a
esa personita especial? -Le plantó un sonoro beso en la frente, le sonrió, y salió de
la habitación mientras bailaba, y hacía pasos bastante graciosos a la vista de Beatriz,
quien se quedó moviendo la cabeza, mientras sonreía.
*****
- ¡Bea! ¡Bea! ¡Para el trasero de esa silla y ven a ayudarme! -Sandra apareció
repentinamente en la habitación de Beatriz, vociferando como una desquiciada, mientras
que cargaba cinco inciensos en su mano izquierda y un encendedor en la derecha, que no
le daba con su llama a la cabeza de las varitas olorosas.
- ¡Ay! ¿para dónde me llevas? -El rostro de Beatriz, mostró un gesto de dolor, al sentir
semejante agarre de los dedos de Sandra en su brazo, quien la condujo fuera de su
habitación y lejos de la pantalla de su computador, en donde la situación no había
variado demasiado, de como estaba antes.
- No preguntes tanto y muévete, y toma, prende esto que el pulso no me está ayudando
mucho. -Le puso los inciensos, y el encendedor en la mano, mientras que ambas ingresaban
a la habitación de la trigueña.
- ¿¡Para qué son todas estas velas!? ¿te estás encomendando a algún santo? -Beatriz
observó alrededor; la habitación rosada de Sandra inundada de velones, en lugares que
no eran precisamente seguros, y el collage de fotos de chicos, había desaparecido de su
lugar.
- Nada que ver, Bea, esto se llama "crear ambiente" ahora pon esos inciensos ahí y
¡Ayúdame a elegir ropa! porque no me decido por nada aún, y Diego debe estar a punto de
llegar. -Sandra comenzó a darse mil vueltas, sin hacer nada productivo en cada una de
ellas.
- ¿Crear ambiente? -Beatriz la miró desconcertada, mientras observaba a su amiga
quitándose el pantalón del buzo deportivo, para luego meterse dentro de unos jeans
ajustadísimos.
- ¿Qué te parecen estos? -Sandra se giró lentamente, mientras que miraba atentamente la
reacción de Beatriz.
- No sé, en realidad...
- ¿Cómo qué no sé? por favor, Bea, usa tu gusto por las chicas en algo útil para tu
amiga, y dime ¿¿me quedan bien o mal?? ¿le gustaría esto a un chico?
- Oye, que a mí me gusten las chicas, no quiere decir que me pueda poner en el lugar de
un chico; por si no te has dado cuenta hay una gran diferencia entre ellos y nosotras.
-Beatriz se puso de pie enfadada, para luego dirigirse hacia la puerta.
- ¡¡Perdona!! -Sandra exclamó, cayendo en la cuenta de lo que acababa de decir, y el
efecto que había producido en su amiga; corrió, olvidando que se había bajado los jeans
hasta las rodillas, y casi se va de bruces al suelo, al intentar dar el primer paso.-
¡Espera, Beíta!
- ¿Sabes? aveces te desubicas harto Sandra; estoy harta de que me compares con los
hombres, yo soy igual que tú o que cualquier otra mujer, siento de la misma manera, sólo
que tengo sentimientos por chicas ¿entiendes? Cresta...
- Lo sé, lo sé, Beíta, perdóname, es que estoy tan nerviosa; sólo dame tu opinión como
amiga, es que no quiero hacer el loco ¿me perdonas? ¿me perdona mi niña? -Sandra le
estaba dedicando su mejor cara de disculpa, y aflicción, hasta que finalmente consiguió
su objetivo.
- Está bien, perdonada; pero, por favor te pido, que no me compares nunca más ¿vale?
-Beatriz dejó de fruncir el ceño, y le sonrió a Sandra, quien estaba haciendo un
exagerado puchero, mientras pestañeaba lenta y empalagosamente a su amiga, parada
enfrente de ella.
- Vale. -Le dio un sonoro beso en la mejilla, aplaudió aparatosamente, chilló como era
su costumbre, y la condujo hasta la cama, en donde la obligó a sentarse y observar sus
interminables cambios de ropa.
- ¿Qué te parece esto? -Sandra dio un giro, por enésima vez, en los últimos treinta
minutos, mientras que Beatriz ahogaba un bostezo con su mano, y hacía lo posible por
seguir prestando atención a la alegre trigueña delante de ella, y a su entusiasmo que
no parecía tener intención de apagarse, ni por la lluvia que aún se oía golpeando las
ventanas, ni por el frío que probablemente ya no sentía en su cuerpo al estar en
constante movimiento.
- ¿Por qué le pones tanta importancia a esta noche, Sandra? Eso me gustó, déjate eso.
-Beatriz le dio su aprobación a unos pantalones preciosos de color negro, y a un sweater
rojo, que a simple vista, y sin necesidad de comprobar su marca, la joven de ojos verdes
ya tenía plena seguridad de que Sandra había pagado un alto precio por ellos, como por
cada prenda que albergaba su closet. Sandra era amante de ir de compras, tanto, como
tiempo tenía libre entre sus estudios de ingeniería y su novio, con quien había
mantenido una relación los últimos año y nueve meses.
- ¿Me quedo con esto entonces? -Preguntó, aplaudiendo y chillando, como cada vez que
algo la alegraba sobremanera, y cuando no, también; mientras que zapateaba en el piso
con entusiasmo.
- Sí, pero responde ¿por qué es tan importante para tí esta noche? ¿nunca has estado
con él...? bueno, ya sabes. -Beatriz observó a su amiga, quien se puso seria,
provocándole miedo, e incomodidad, aquella expresión en su rostro, puesto que no era
algo muy común en la personalidad de Sandra.
- Nunca he estado con él... es que... ya sabes... -Sandra bajó la mirada, mientras
apretaba las mandíbulas, y Beatriz lograba percibir los esfuerzos enormes que hacía por
mantener las lágrimas dentro de sus marrones ojos.- Te lo habría dicho, Bea; no deberías
preguntarme...
- No cariño, lo siento, no debí preguntar. -Beatriz dejó su lugar sobre la cama, y
abrazó a Sandra fuerte, mientras que la trigueña se dejaba hacer, y apoyaba su cabeza
en el hombro de su mejor amiga, refugiandose en él de los recuerdos que la atormentaban.
- Está bien... no te preocupes, yo... sólo quiero que resulte todo bien esta noche,
necesito que sea especial ¿entiendes?
- Lo sé, y lo será; Diego te quiere mucho, de veras, todo va a salir bien, tranquila.
-Beatriz besó a su amiga en la frente, y le sonrió dulcemente, mientras que recibía
otra sonrisa de parte de la joven.
Sandra tenía ese aire juvenil, como si eternamente fuese a ser una adolescente; con sus
facciones finísimas, adornando ese rostro delgado; sus ojos marrones que no eran ni muy
grandes ni muy pequeños, pero que siempre estaban despiertos, vivos, chispeantes,
girando alrededor, para abarcar todo lo que más podían; esa nariz chiquita, y graciosa,
y esa boca menuda, pero de labios carnosos, que le daban aquella forma tan bonita, como
de corazón, y que a ella misma tanto le gustaba de sí; su cabello caía por sus hombros,
tan largo, como siempre lo había mantenido, y como probablemente lo continuaría teniendo
por el resto de su vida; y sus movimientos, y caminar ligeros, acompañando a ese cuerpo
delgadísimo, de hombros angostos, y piernas largas, que adornaban su estatura, que la
joven aumentaba aún más, con esa costumbre de permanecer siempre tan erguida, como le
era posible.
- Gracias, Beíta. -Sandra suspiró hondamente, dio un último giro, y le sonrió satisfecha
a Beatriz, quien la miraba con expresión de cariño.
- Bueno, ahora te voy a dejar, necesito por lo menos comenzar a escribir un párrafo, no
tengo más remedio, prometo que no pegaré la oreja a la pared ni nada de eso.
- Ya, pero ¿no te interesaría ayudar a tu Sandrita a poner toda esta ropa en orden?
-Dijo, mirando la alfombra regada de pantalones, poleras, vestidos y cuanta cosa había.
- No, en realidad no me interesaría mucho. -Dijo Beatriz, observando el piso, con los
brazos cruzados, mientras elevaba las cejas y meneaba la cabeza de un lado al otro.
En ese momento sonó el timbre, y Sandra dio un chillido ensordecedor, mientras comenzaba
a moverse alrededor, sin atinar a hacer nada.
- ¡¡Es él!! Bea, tú ordena aquí, y yo voy a abrir la puerta. -Beatriz sonrió ante tal
reacción de su amiga; se agachó, y comenzó a recoger las prendas, y a ponerlas en orden,
mientras que Sandra se dirigía hacia la puerta de su habitación.- ¡No! mejor tú anda a
abrir y lo entretienes un rato, mientras que yo pongo en orden esto. -Beatriz obedeció,
mientras veía a Sandra comenzar a lanzar sus ropas rápidamente dentro del closet, sin
siquiera preocuparse de doblarlas.
- Está bien, tranquila, por dios ¿es que esos inciensos y velas aromáticas no se
supone que te relajen?
- Tienes razón, Beíta; tranquila Sandra, tranquila, om om om. -Cerró los ojos, mientras
inspiraba hondamente, alzaba ambos brazos, unía los dedos medios y pulgares de sus
manos, y su expresión cambiaba a una de meditación.
Beatriz movió la cabeza de un lado al otro, mientras sonreía al ver tal escena, y se
disponía a dirigirse fuera de la habitación de su amiga, y hacia la puerta principal. El
timbre se oyó nuevamente, esta vez, un poco más insistente que la anterior.
- ¡Ya voy! -Alzó la voz Beatriz, mientras que apuraba el paso.
- Hola Bea ¿cómo estás? -Un sonriente Diego, se encontraba plantado al otro lado de la
puerta, al momento en que Beatriz la abrió, y alzó su mirada hacia él. Beatriz fue
capaz de ver una leve expresión de vergüenza en el joven de cabello oscuro; sus ojos
verdes escudriñaron hacia el interior del departamento, por sobre la cabeza de Beatriz,
seguramente, intentando encontrarse con Sandra.
- Hola Diego, pasa ¿cómo estás? -Beatriz hizo el espacio necesario, para que el chico
ingresara hacia la sala, mientras que éste tal vez al no encontrar un lugar en dónde
poner sus manos, había decidido ocultarlas detrás de su espalda.
- Bien, sí muy bien, qué manera de llover ¿verdad?
- Sí, mucho; siéntate ¿quieres tomar algo? Sandra viene en un minuto.
- Sí, un cafecito estaría bien, estoy muerto de frío. -Diego se dejó caer en el sofá,
mientras que se frotaba vigorosamente las manos, y el nerviosismo que sus facciones
emitían, no parecía desaparecer.
- Si quieres puedes encender el televisor; yo no confiaría en que ese minuto tenga
sesenta segundos. -Beatriz sonrió, y se dirigió hacia la cocina, desde donde pudo oír
el televisor encendiéndose, luego pasar canales, para en seguida escuchar la voz, del
común relator de football, nombrando a cada jugador que se hacía con el balón.- Hombres.
-Dijo, mientras sonreía y preparaba el café de Diego.
Al minuto, regresó a la sala, y le extendió la taza al joven, quien estaba atento a la
pantalla frente a él.
- Gracias. -Dijo, sin siquiera dirigirle la mirada.
- Bueno y ¿cómo están los estudios? -Beatriz se sentó en un sillón, mientras estudiaba
el rostro del chico, y meditaba si es que realmente sería capaz de tratar a Sandra con
la delicadeza que ella necesitaba, en un momento como el que su amiga venía planeando
quién sabe por cuánto tiempo, y del cual, seguramente, el mismo Diego estaba al tanto,
por el nerviosismo, que había advertido Beatriz, en su rostro al verlo.
- Bien, aunque estoy un poco estresado; estoy colmado de exámenes, y apenas me queda
tiempo, aveces, para Sandrita, ya sabes... -Diego sonrió tímidamente, apartando la
mirada del televisor, y observando a Beatriz quien supo en ese momento que realmente el
joven estaba enamorado de su amiga. Sonrió también.
- Lo sé. -En ese momento un golpe se oyó, y ambos giraron el rostro hacia el lugar de
donde venía el sonido, el cual resultaba ser la habitación de Sandra.- Vengo altiro.
-Beatriz se puso de pie, y se dirigió rápidamente allí.
- Au... -Sandra yacía en el piso, con una polera enredada en uno de sus pies, mientras
mantenía una expresión de aflicción en el rostro.
- ¡¿Qué paso?! ¿estás bien? -Beatriz se acercó rápidamente hacia su amiga, se puso en
cuclillas, y comprobó que no había ningún daño grave.
- Sí, bien, me resbalé con esta güevada. -Le dio un tirón a la prenda, aún colgando de
su pie, mientras que se sentaba y miraba afligida a Beatriz a su lado.
- Atarantada. -Regañó Beatriz, mientras comenzaba a reírse, divertida al ver a Sandra
intentando ponerse de pie, sin resultados satisfactorios.
- Ayuda, ayuda. -Pidió, extendiendo una mano, y agitándola en el aire. Beatriz la
recibió en la suya, y tiró de ella, ayudando a la chica a volver a pararse sobre sus
pies.- Y no te burles, malvada. -Dijo, sobándose el trasero.
- Si no estuvieras todo el día corriendo como una loca, no te pasarían estas cosas. Ah...
veo que pusiste todo en orden. -Beatriz observó alrededor, comprobando que no había
ninguna ropa tirada por ahí, aunque sí lo estaba, dentro de los cajones.
- Para que veas. -Sandra dijo, olvidando momentáneamente su situación actual; mas,
recordándola en el instante mismo en el cual dirigió su mirada hacia la puerta.- ¡¡Ayy
Bea!! ¿cómo está? ¿está lindo? ¿qué te dijo? -Sandra la miraba con ojos expectantes,
mientras que se frotaba las manos nerviosa, y daba pequeños saltitos, como si intentase
producir un poco de calor en su cuerpo.
- No sé si está lindo o no, supongo que sí; está nervioso, lo cual significa que le
importas, y le importa este momento; se pusieron de acuerdo para hoy ¿verdad? -Beatriz
vio a Sandra asintiendo.- Te quiere, eso te lo puedo asegurar, tienes que estar
tranquilita, todo va a salir maravilloso ¿estás segura qué es el momento?
- Sí, creo que sí; es que lo necesito...
- Si quieres salgo un rato, en realidad como que la lluvia ya se calmó y...
- No es necesario; nuestras habitaciones ni siquiera son contiguas, en serio; deséame
suerte, Beíta. -Le apretó las manos fuertemente, mientras que la miraba emocionada.
- No la necesitas, pero suerte... -Beatriz se la quedó mirando por algunos segundos,
mientras que notaba las emociones de Sandra, saliéndole por cada poro.- Te quiero mucho,
no lo olvides. -Le dio un beso en la frente, para luego sonreírle dulcemente, y ver los
ojos de Sandra humedecerse inevitablemente.
- Gracias mi niña. -Sandra se dirigió hacia la puerta, y antes de salir por ella, ahogó
un grito, extraordinariamente sin llegar a emitirlo, luego inspiró profundamente, se
irguió, y salió con Beatriz detrás.
Diego se volteó al oír el sonido de la puerta abriéndose, de la cual salieron dos figuras
femeninas; mas, sólo una de ellas completó su visión. Beatriz observó la mirada que
ambos intercambiaron, al minuto en que sus ojos se encontraron; aquella mirada con
tanto amor, con tanta dulzura, y complicidad; que deseó con toda su alma encontrar a
alguien con quien compartir su vida, con quien cruzar esas miradas, alguien que la
quisiera tanto, y a quien querer tanto, que la hiciera gritar, así como Sandra gritaba
de emoción y euforia, que le provocara el tener ganas de encender más velas que en un
velorio, y que reviviera a su musa, y que la llevase a escribir las historias que
guardaba dentro de su corazón, pero que le era imposible imprimir en el papel, sin
alguien que le diera esas ganas, y esas ansias que se tienen cuando se ama.
Los dejó en su momento, y se perdió detrás de la puerta de su habitación.
*****
Al minuto, Beatriz se encontraba con unos enormes audífonos, adornando sus orejas,
mientras se relajaba oyendo la suave música que salía de estos, filtrándose en sus oídos,
y haciéndole mover, inconscientemente, uno de sus pies al compás del sonido.
Silenciosamente le deseó suerte, una vez más, a su amiga, y se dejó caer en la silla,
frente al abandonado computador, mientras hacía un gesto de fastidio al pensar en
escribir algo sobre lo cual no sentía ni la más mínima pasión.
Diez minutos, veinte, y la pantalla continuaba tan virgen como siempre; cerró con rabia
la sesión de Windows, apagó el computador, y se tendió de lado sobre la cama, liberando
a sus oídos de su prisión, lentamente, temerosa, en alerta de volver a cubrirlos en
caso de oír cualquier ruido, por pequeño, y leve que fuese, venido de la habitación de
Sandra. Pero, no escuchó más que el sonido de la lluvia que continuaba sin dar tregua;
cerró los ojos, y permaneció en esa posición, hasta que los pensamientos comenzaron
lentamente a confundirse en su cabeza.
Abrió los ojos de pronto, no supo por qué se puso de pie, pero lo hizo, caminó fuera de
su habitación, cruzó la sala, y antes de darse cuenta estaba cerrando la puerta del
departamento, con ella afuera. Caminó, hasta salir por la puerta principal del edificio,
y una vez fuera, no volvió a mirar atrás.
Caminó por calles familiares y por calles desconocidas, sin mirar demasiado alrededor,
sin observar a ninguna persona que se le cruzara en su camino, y que por algún motivo,
no habían muchas quienes pudieran robar su atención.
Entonces, cruzó el portal de un lugar, ni siquiera se detuvo a ver su nombre, tan sólo
ingresó deslizándose entre la gente, hasta sentarse en el primer lugar a donde sus pies
la condujeron. Su interior se encontraba prácticamente en penumbras, y alumbrado tan
sólo por unas cuantas velas repartidas sobre cada mesa, cuyas llamas no brillaban lo
suficiente como para que Beatriz lograse ver las facciones de la gente a su alrededor,
sólo el pequeño escenario, sobre el cual el rostro de cada uno de los presentes, tenía
puesto sus ojos.
Un grupo de personas, apareció delante de sus ojos, y se instalaron llenando aquel lugar,
apoderándose de sus instrumentos sin siquiera prestar atención al público, que en
seguida los ovacionó con calurosos aplausos, silvidos y gritos. Sólo un instante,
observó Beatriz, hacia aquella multitud entre sombras, sólo para volver toda su atención
en las personas delante de sus ojos; y tan sólo, alcanzó a parpadear una vez más, antes
que una música comenzara a invadir aquel pequeño lugar, llegando a los oídos de las
personas, y a los suyos, cuya primera reacción causada en su ánimo, la obligó a sonreír.
Sus ojos vagaron por los músicos, uno a uno; estudió el movimiento de sus manos al
hacer contacto con el instrumento en ellas. El sonido comenzó a hacer efecto en su
cuerpo, de una manera tan poderosa, como no recordaba haber sentido antes al oír ningún
tipo de música.
Cuando por fin se había habituado a esa sensación, enfocó la mirada nuevamente; y se
encontraron sus ojos con la única mujer sobre el escenario, sus párpados cerrados y de
perfil hacia ella. Beatriz pensó que el mundo podría destruirse en ese mismo instante,
y la joven continuaría dedicándole toda su atención al objeto entre sus manos. Era alta,
tan alta que sin pararse a su lado, Beatriz pudo adivinar la cantidad de centímetros
que debía sacarle de estatura; su cabello negro y lacio, caía sin prisión alguna por
sus hombros, y su rostro que a la tenue luz del lugar, podía ver más claro y nítido que
cualquier otro sobre y fuera del escenario; su rostro que al mirarlo no pudo dejar de
observar más, no logró que ella dejara de llenar su mirada con su presencia allí parada,
a corta distancia suya. Entonces, escapó un segundo, sólo un segundo de su faz, para
ver sus dedos presionando cada tecla del saxo que cargaba entre sus manos, sólo un
segundo, y retornó hacia ese perfil que se le estaba exhibiendo; y que interiormente
agradecía con todo su corazón que aquello sucediera, y más que nada, valoraba el hecho
de que por algún motivo que no tenía claro, ni le interesaba tener claro, había dejado
el departamento aquella noche, para acabar visitando un lugar que nisiquiera aparecía
en su radar diario.
No supo cuánto tiempo estuvo embelesada; quién sabe si por la música, por la chica, o
por esas dos cosas juntas; fuese de la forma que fuera, el resto de los músicos no
tenían nada que ver en ello. Tan sólo continuó con sus ojos pegados en el rostro de la
joven morena, hasta que oyó una ovación tanto, o más estruendosa que la del comienzo, y
solamente en ese momento, fue consciente de que la música no sonaba más, y que los
músicos estaban sonriendo y haciendo señas al público, que les aplaudía fervientemente.
Beatriz pestañeó varias veces; miró un instante alrededor, y en seguida extrañó lo que
los últimos quién sabe cuántos minutos, sus verdes ojos habían estado observando.
Dirigió con diligencia su mirada hacia el objetivo que sus ojos tenían tan claro, como
claro tenían su misión de observar, y en ese momento, su corazón literalmente se detuvo
en su pecho. Un par de ojos azules la estaban observando directamente, sin obstáculos,
sin censuras, sin instrumentos que alejaran su atención de ella, sin siquiera pestañear.
Sus labios se entreabieron, y el latido contenido por tanto tiempo en su pecho, resurgió
con más fuerza que nunca antes, explotando en tantas pulsaciones que no entendía cómo
no estaba muriéndose de un ataque cardiaco, en ese mismo instante.
Le pidió a su cara que se girara, le rogó a sus ojos que miraran hacia otro lugar, y a
sus párpados que por lo menos tuvieran la decencia de lubricar sus ojos; pero no hubo
caso; su mirada clavada en los ojos que la estaba atravesando, aquella mirada clavada
en la suya. Quiso sonreír, pero su rostro estaba paralizado, quiso elevar una copa en
señal de felicitación, como toda la gente probablemente estaba haciendo, pero recordó
que no tenía ni una maldita copa delante. Entonces, vio una pequeña sonrisa aparecer en
el rostro de la joven, y su corazón se volvió aún más loco en su tarea de latir, si es
que aquello era posible; mientras sentía que sus cuerpos inventaban una especie de foco
que las alumbraba sólo a ellas, mientras que el resto de la gente, ausentes en sus
retinas y tímpanos, estaban a miles de kilómetros de allí; no existían, ni vivían para
ellas.
No fue capaz de pensar en nada, no fue capaz de coordinar ni el más mínimo pensamiento;
sólo se puso de pie, con fuerzas sacadas de la flaqueza que sentían sus piernas en aquel
minuto, y salió prácticamente corriendo del lugar, mientras que sentía su espalda
quemando, ardiendo, mientras era completamente consciente de la azul mirada, posada
inmisericordiosamente sobre su espalda.
Corrió y corrió, y no entendía por qué demonios estaba corriendo ¿escapándose? ¿por qué?
en ningún momento había visto a la chica sacando un cuchillo, o un arma, y apuntarla.
¿Su sonrisa? no era intimidante; era hermosa, tan hermosa como ninguna que pudiera
recordar. ¿Su rostro? más precioso que cualquier otro. ¿Y sus ojos? sus ojos... no fue
capaz de articular pensamiento alguno para aquellos ojos. Continuó corriendo, sin
entender nada, confundiéndose a cada paso que sus piernas daban, trabándose su lengua,
aún, sin emitir palabras, y por el simple hecho de pensar la sentía entumecida en su
boca; hasta finalmente dejar caer su cuerpo pesadamente en la arena.
¿En la arena? ¿qué demonios hacía sentada en la arena, y frente al mar? y ¿por qué
podría ser algo extraño sentarse frente al mar? Sacudió su cabeza, intentando poner sus
pensamientos en orden. Sólo clavó la mirada en el oleaje, mientras que no extrañaba en
su cuerpo el frío que no sentía, y los vellos erizados que sus brazos no presentaban.
Cerró los ojos, y escuchó el sonido del mar, chocando contra las rocas; sólo el mar, y
su corazón calmándose poco a poco.
¿Por qué había escapado del lugar? fue lo primero que pensó luego de haberse relajado
tanto como le fue posible. ¿Por qué demonios no le dijo algo? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Hasta
dónde llegaba su cobardía? hasta dónde... ¿Cuándo había sido la última vez que había
sentido una sensación parecida, si es que en realidad alguna vez lo había hecho? Antes
de terminar de preguntárselo, tenía claro que jamás había sentido algo igual antes.
Hundió su cabeza entre sus rodillas, mientras se maldecía a sí misma, y fugazmente,
recordaba las palabras de Sandra acerca de la actitud que debía tomar, si es que
pretendía encontrar, por fin, a alguien en su vida.
- ¿Puedo acompañarte? ¿o interrumpo?
El corazón casi se le salió del pecho. Un segundo, dos, al tercero su cuello se irguió,
y su cabeza se alzó, hasta encontrarse con los ojos azules más impresionantes que había
visto en toda su vida. No... no era el color, ni siquiera era la forma; era la mirada,
sí, eso era, la mirada; la mirada más impresionante que había visto en toda su vida.
- N no... o sea, no, no interrumpes. -Por fin, Beatriz logró sacar la voz, bastante
torpemente, pero sacarla al fin y al cabo.
- Si quieres estar sola, sólo dímelo. -Dijo la joven, cavilando sobre la posibilidad de
dejarse caer o no en la arena, al ver el rostro casi aterrado de Beatriz.
- No, no quiero estar sola... -Esas palabras decidieron pronunciar sus labios, y su
corazón casi se detuvo, nuevamente, al sentir en cada fibra de su ser lo que aquellas
palabras en realidad significaban para ella.- No quiero estar sola.... -Su mente hizo
eco, sin que sus cuerdas vocales hicieran su labor esta vez.
- Me llamo Gema ¿y tú? -Gema extendió su mano hacia Beatriz, quien la recibió en la suya
temblando tanto como una gelatina. Para la joven morena, fue imposible no percatarse de
aquel gesto.
- Yo... yo soy Beatriz. -Antes de terminar de pronunciar su nombre, ya sentía unos
suaves labios haciendo contacto con su mejilla, que al segundo estaba tan sonrojada
como la sangre que fluía por sus venas, sin duda, tan alterada como nunca antes.
- ¿Siempre sales corriendo así de los lugares? ¿o tan mal tocamos que preferiste
escapar antes que hiciéramos el bis?
Beatriz observó un instante a la morena, y sonrió, mientras comenzaba a sentirse más y
más relajada a medida que los segundos pasaban.
- Tocas precioso... tocan. -Una sonrisa se dibujó en su rostro, mientras que Gema la
observaba detenidamente y sonreía también junto a ella.
- Gracias por eso. -Gema dijo, mientras dirigía su mirada hacia el mar.- Nunca te vi
antes ¿era tu primera vez?
- ¿Recuerdas cada rostro?
- No, en realidad no; sólo los que quedan grabados en mi mente, y hasta el momento sólo
el tuyo lo ha conseguido.
El corazón de Beatriz casi se le escapó por la boca, al oír aquellas palabras; sólo
atinó a escapar de su mirada tan pronto como le fue posible.
- Era mi primera vez.
- Espero que no sea la última.br>
- No lo será... -Beatriz dirigió su atención hacia el mar, otra vez, mientras que su
corazón volvía lentamente a la normalidad; y pensaba en que si este músculo se volvía
tan caprichoso en su tarea de palpitar, a ese cambio de ritmo no lo resistiría, ni
siquiera por toda la juventud que su cuerpo poseía.
- ¿Qué te preocupa? -Gema preguntó, de repente, observando atentamente el perfil de
Beatriz, aprovechando el momento en que ésta, estaba dedicándole su mirada al oleaje;
sus ojos recorrieron su cabello rubio, tan largo, como para alcanzar a rozar sus
hombros, era lacio y muy fino; su rostro blanquísimo, con facciones redondeadas, que le
daban ese aire infantil, de inocencia y pureza absolutas, que provocaban esos deseos
imparables de sonreír contagiada por su dulzura, y de abrazarla, y mimarla, si es que
aquello era posible; sus pestañas largas, su nariz respingona, su boca pequeña, con esos
labios rosados, que desde aquella perspectiva no lograba ver plenamente, mas, había
podido observar el brillo, y la suavidad que decían a gritos tener.
- ¿Por qué crees que algo me preocupa? -Beatriz giró su cabeza hacia la persona a su
lado, mientras que su mirada vagaba por su rostro, y se detenía por algunos segundos en
sus labios, de los cuales sintió un magnetismo tan grande, que tuvo que escapar tan
pronto como le fue posible de ellos, si pretendía no parecer una desquiciada lanzándose
a ellos a apenas minutos de haberla conocido.
- Porque lo siento... ¿Quieres hablar de ello? soy buena escuchando.
- Acabamos de conocernos, no sé si sea bueno comenzar de esta manera, y hablando de
terceros encima. -Beatriz sonrió, mientras agarraba un puñado de arena en su mano, para
luego separar los dedos, provocando que los granos se deslizaran a través de ellos.
- ¿Y de qué forma te gustaría que comenzáramos entonces? -Gema observó la arena cayendo
por entre los dedos de Beatriz, regresando a su lugar de procedencia, mientras que algunos
granos volaban hasta su regazo. Le gustó la suavidad de sus movimientos, le gustó la
forma en que su mano se elevaba y sus dedos se expandían lentamente, le gustaron sus
ojos de color verde, y los párpados que los enmarcaban, dándole un aire de bondad, y
ternura, que no recordaba haber visto, ni sentido de ninguna otra persona; le gustó su
voz, que era entre dulce y grave, y la leve risa, que ahora mismo estaba oyendo salir
de la garganta de la joven de cabellos rubios.
- Creo que ya comenzamos, y me gusta como lo hemos hecho... -Dirigió sus ojos verdes,
una vez más, hacia la morena, quien le sonrió, y paseó su mirada por su rostro, hasta
posarse en sus labios, tal como ella misma había hecho hace tan sólo algunos momentos.
Sus labios se entreabieron como por arte de magia, sintió que le ardían, y que el
magnetismo volvía, los humedeció sutilmente con su lengua, mientras sentía sus nervios,
y su corazón alterarse, para terminar girando su rostro rápidamente.
- También a mí... -Gema sonrió, ante la reacción de Beatriz, y supo en su corazón que a
la chica no le era indiferente su presencia, como tampoco lo era su condición femenina.-
Te ves joven ¿puedo saber tu edad?
- Veinticuatro ¿y tú?
- Veinticinco; pensé que eras aún más joven, tienes rasgos muy dulces ¿sabes? -Gema dijo,
mientras que aquella característica que le había llamado la atención de las facciones
de Beatriz, parecía contagiar al tono de su voz, provocando que la joven sonriera
tímidamente, sonrojándose levemente sus mejillas.- ¿A qué te dedicas?
- Escribo, estoy estudiando en realidad, pero escribo sí, eso es lo que hago; aunque no
estoy tan segura de que sea buena.
- Me encantaría leer algo tuyo, quizá algún día me muestres alguna de tus historias.
- Tal vez... -Beatriz respondió, mientras se daba el valor de detenerse en cada lugar
del rostro de Gema, y observarle con aquella atención que deseaba dedicarle por completo
a la joven; su rostro angular, y bien definido, era adornado por aquellos pómulos
pronunciados, y esa nariz fina que mantenía la línea de sus facciones, y acompañaba a
esos labios y esa boca, que dejaban ver unos dientes totalmente níveos, cada vez que la
joven sonreía; y sus ojos, dios mío, sus ojos eran indescriptibles hasta para la mente
de Beatriz, quien buscaba adjetivos con qué calificarlos, y no los encontraba; eran
sencillamente alucinantes, con ese color azul, que en su vida había visto presente en
alguna persona, y ese cabello negro que no hacía otra cosa que resaltarlos aún más; se
escapó su mirada por lo largo de su cuerpo, esas piernas y dedos largos, esa seguridad,
e imponencia con los que acompañaba cada uno de sus movimientos, y esa piel, esa piel
tostada que Beatriz no podía dejar de pensar cómo se sentiría bajo sus manos.
- ¿Sobre qué escribes?
- Creo... creo que he perdido el toque; ya no se me ocurre nada; pero, me gusta el
romance y la fantasía, no sé, algo que sea bien distinto a lo que vivo a diario.
- ¿Quieres decir que en tu vida no hay romance ni fantasía?
- Ajá, nada de romance ni fantasía. -Beatriz dijo, encogiéndose de hombros.- Pero, no me
refería tanto a eso, quería decir que me gusta escribir sobre temas más ficticios, que
para realidad ya tengo la mía.
- Entiendo; así que estás soltera. -Gema observó con interés el rostro de Beatriz, y
luego su mano izquierda que frotaba sutilmente a su par.
- Sí, soltera. -Beatriz respondió, dirigiendo su mirada, un segundo, hacia Gema.- ¿Y tú?
- ¿Yo? -Gema tomó un puñado de arena, imitando el movimiento de Beatriz, hace algunos
segundos atrás.- Hay alguien, pero estamos en las últimas ya.
- Ah. -Beatriz se sintió repentinamente desilucionada; quiso preguntar más; su nombre,
su edad, hace cuánto que estaban juntos, o juntas, si es que andaba, aquella noche, con
suerte.
- ¿Me dirás al fin qué es lo que te preocupa?
- Una amiga.
- ¿Por qué? -Gema preguntó con esa voz segura que poseía, y de una forma, que a Beatriz
se le hizo imposible el no responderle.
- Planeó para esta noche su primera vez con su novio, y no estoy tan segura de que aún
sea el momento.
- ¿Por qué no? ¿te importa de alguna manera especial esta amiga?
- Es una amiga especial; es mi mejor amiga, la conozco desde que tengo cinco años.
-Beatriz respondió, adivinando el pensamiento de Gema.
- Cuéntame sobre ella.
- ¿Quieres que te hable sobre ella...? -Beatriz dudaba si hacerlo o no; no encontraba
lógica al hecho de hablarle sobre Sandra; no, al acabar de conocerla; mas, vio a Gema
asintiendo tan decidida, que no le quedó más alternativa que simplemente abrir su boca
y comenzar con su relato.- Bueno... la conocí en mi primer día de clases; recuerdo que
nos dieron un tiempo de recreo, para que compartiéramos con los demás niños. Yo siempre
fui introvertida, así que hice todo lo posible por mantenerme en un rincón, lejos del
resto. Me acuerdo que estaba dibujando; en ese tiempo no sabía escribir aún, así que
mis historias las hacía a través de dibujos; de pronto oí una vocecita chillona
saludándome y tironéandome de un brazo; alcé la mirada, y allí estaba ella, con una
sonrisa en el rostro. A partir de ese momento, no nos volvimos a separar; era tan
parlanchina que aveces apenas la soportaba. -Sonrió Beatriz, remembrando aquellas épocas.-
Ella quería ser princesa, y yo quería ser escritora, de diferentes formas las dos éramos
soñadoras; ella me hablaba de su príncipe, de su príncipe alto, moreno y muy fuerte,
que algún día iba a llegar a su vida. Así fuimos creciendo, siempre juntas; ella es de
una familia de clase alta, sus padres tienen mucho dinero, empresas y esas cosas, yo soy
de clase media; ella me invitaba a su casa, y ahí yo me la pasaba entre un montón de
juguetes, y cuanta cosa había; ella siempre se las ingenió para que cada cosa que le
compraban, me la compraran a mí también, y si no era así, no recibía ningún regalo,
aunque se muriera por tenerlo. -Beatriz dejó escapar una suave risa, mientras que movía
la cabeza de un lado a otro.- ¿Te estoy aburriendo? -Dirigió su mirada hacia Gema a su
lado.
- No, continúa. -Gema estaba atenta a cada gesticulación de los labios de Beatriz, a
cada sílaba que salía de su boca, a cada movimiento de sus manos, cuando consideraba
que era preciso darle énfasis a sus oraciones.
- Yo comencé a escribir historias, y ella era la única persona que las leía; y cada vez,
me aplaudía e inventaba celebraciones, y les decía a todos que tenía una amiga escritora,
que algún día iba a ser famosa y escribiría su historia cuando ella misma lo fuera.
Cuando teníamos como diez años y seguíamos, aún, tan unidas como siempre; ella comenzó
a insistir en preguntarme cómo iba a ser mi príncipe, que si acaso sería moreno y de
ojos verdes como el de ella; yo sólo sonreía y bajaba la cabeza; y ella me reclamaba el
por qué no le contaba sobre mi príncipe, que por qué no le tenía confianza. Entonces,
fue ahí cuando completamente avergonzada, sin mirarla a la cara, y sonrojada como un
tomate, le dije... -Beatriz frenó, pensando que podía equivocarse, y sintiéndose de la
misma manera que se había sentido cuando era una niña, mientras no entendía muy bien el
por qué estaba contándole todo aquello a una completa desconocida; y eso en especial,
sobre todo.
- ¿Qué le dijiste? -Gema esperó la respuesta, sabiendo de antemano, lo que vendría a
continuación.
- Le dije, que yo no tendría un príncipe, que yo tendría una princesa... -Beatriz
dirigió sus ojos verdes, temerosos, hacia el rostro de la morena, esperando a que ella
dijera algo, cualquier cosa, lo que fuese, pero que, por dios, dijera algo rápido, y
salir de aquella incertidumbre de haber hecho bien, o de haber definitivamente hundido
su incipiente relación.
- Eso fue valiente; muy valiente viniendo de una niña tan pequeña; yo hubiera sido
incapaz de decirlo a esa edad, incluso de grande no me atreví, hasta que fue imposible
seguir ocultándolo. -Gema sonrió, y recibió la mirada de Beatriz, quien sintió una
repentina y enorme alegría posándose en su corazón, llenándolo de calidez, y de paz;
definitivamente estaba teniendo suerte aquella noche.- ¿Qué te dijo ella?
- Al comienzo no entendió a qué me refería; pensó que estaba bromeando; y en mi lenguaje
infantil le expliqué que no me gustaban los niños, sino, que me gustaban las niñas. No
sé bien si logró entenderlo o no, sólo sé que me aceptó de esa manera, que nada cambió
entre nosotras, y que jamás se lo dijo a nadie, nunca, era nuestro secreto. Desde ese
día, ella hablaba de su príncipe y de mi princesa, y soñaba con el día en que los
encontraríamos. Ella siempre fue así, pensaba que todo era un cuento de hadas, y que el
mundo era lindo y perfecto. -Beatriz sonrió con un aire de tristeza en su mirada.- Ella
siempre mantuvo esa personalidad tan sociable que tiene, y yo por mi parte seguía tan
introvertida como antes; y cuando sus amigos y amigas le preguntaban el por qué yo
nunca hablaba, ella decía que yo era demasiado inteligente para los demás, que por eso
no hablaba, porque nadie me iba a entender. -Rió Beatriz, acompañada por una leve risa
de Gema, que la obligó a dedicarle una larga mirada, hasta reanudar su relato, una vez
más.- Tiempo antes de que yo le confesara sobre mi gusto por las chicas, ella comenzó a
tomar clases de natación, y tiempo después a participar en competencias a nivel regional,
e incluso llegó a hacerlo a nivel nacional; a veces yo la acompañaba durante varias
horas; sus padres se entusiasmaron con eso, ya que era muy buena. Ella tenía su
entrenador, a quién seguramente le pagaban muy bien. -Beatriz miró hacia el mar, una
vez más, y sus ojos brillaron de una manera diferente.
- Continúa...
- Fue como a los catorce años que ella comenzó a tener sus pequeños romances con chicos,
la hacía sentir grande; aunque eran relaciones muy inocentes, y siempre me dejó claro
que ninguno de ellos era su príncipe; yo continuaba sola, por las razones obvias; además,
era demasiado joven y tímida, como para atreverme a decirle algo a ninguna chica. Sandra
repartía su tiempo entre sus estudios, su natación, y yo. Un día me dijo que no quería
seguir con la natación, que se sentía incómoda, que ya era muy grande, y sentía que la
miraban diferente; yo le pregunté que a qué se refería, y ella me dijo que a su
entrenador, que la trataba de una manera distinta, que le prohibía cosas, y que ya no
disfrutaba con ello. Sus padres se negaron rotundamente a que ella lo dejara, y la
obligaron a continuar, cuando su mismo entrenador habló con ellos para advertirles que
Sandra ya no estaba poniendo de su parte; a ella no le quedó más remedio que hacerlo.
Un día, habíamos quedado en que iría a verla en sus prácticas; para ella era muy
importante que yo estuviera presente, además, luego iríamos al mall a probarnos
vestidos y no se qué; de vez en cuando a ella le gustaba estar horas probándose vestidos,
y se pasaba un montón de fantasías en su cabeza. Pero a última hora se me presentó un
asunto que no pude dejar, y la llamé diciéndole que lo sentía, que al siguiente día iría sin
falta; ella se enfadó mucho y me colgó. Entonces, hice lo posible por ir aunque fuera
los últimos minutos, y llegué corriendo; no había nadie, pensé que ya se habían ido,
estaba todo cerrado; pero entonces, no sé qué me dio y me metí por una ventanita que
ella misma había encontrado un día, y que me había enseñado; al pasar la pierna, oí
sonidos extraños; al comienzo me asusté, pero me dio una corazonada, así que salí
corriendo siguiendo el ruido, y daba al camarín; entré y... dios... ese maldito viejo,
asqueroso, degenerado estaba sobre ella. -La mandíbula, y puños de Beatriz se tensaron,
mientras que guardaba silencio por un largo rato.- Yo no sé cómo llegué al lado de ambos,
pero en un segundo agarré una silla que había cerca, y le di con ella en la cabeza, lo
más fuerte que pude, y el viejo cayó inconsciente, o muerto, la verdad es que no estaba
segura.
- ¿Abusó de ella...? -Gema preguntó dubitativa.
- Ella estaba ahí, como en estado de shock, y yo no sabía qué hacer, no sabía lo que le
había pasado, y temía preguntar; estaba el degenerado ése ahí inconsciente, pero en
cualquier momento podía despertar; y ella estaba ahí, y no era capaz ni de ponerse de
pie. Le pregunté que si había alcanzado a hacerle algo; ella no respondía, ni siquiera
me miraba; así que no me quedó más remedio que revisarla yo misma; y aunque no tenía
idea, me pareció que había llegado justo a tiempo, aunque tenía los dedos marcados en
sus brazos y piernas, y la ropa desgarrada. -Hizo un gesto de dolor, mientras se tocaba
sus propios brazos.- Como pude le puse algo de mi ropa encima, y la saqué de ahí,
prácticamente a rastras. -Beatriz sintió una lágrima rodando por su mejilla, mientras
que el nudo que tenía en la garganta no la dejaba continuar hablando.
- Tranquila, calma. -Gema extendió su mano, apoderándose de la de Beatriz; ésta no hizo
nada por soltarse, y así se quedaron, mientras que, poco a poco, se iba calmando, y se
entregaba a la seguridad de aquella mano, y aquel sentimiento de invasión que sentía en
todo su cuerpo.- ¿Qué pasó con ella después?
- Estuvo con psicólogos por mucho tiempo, hasta que ella no quiso más; creo que le
hacía peor... Es que no entendían que lo que ella había perdido era la ilusión que
tenía de la vida, esa burbuja en la que ella vivía, se había roto de repente, más que
el trauma de haber sido casi violada. Se pasó meses enteros encerrada en su habitación;
ya no sonreía, no quería saber de nadie, ni de su familia, ni de sus amigos; y sólo
conmigo hablaba, ni siquiera hablaba, yo entraba en su habitación me sentaba junto a
ella en su cama, y ella se aferraba fuerte a mí por horas enteras; me preguntaba que
por qué su príncipe no la había protegido ¿por qué? ¿por qué? lloraba hasta dejar mi
ropa húmeda, y yo sólo le hacía cariños en el pelo. Le dedicaba todo mi tiempo a ella;
comencé a escribirle historias, donde ella era la protagonista, historias donde su
príncipe la encontraba, y se las leía yo misma. Poco a poco, comenzó a sonreír, cuando
alguna frase la hacía emocionarse; fue tan difícil, ella aún tiene todas mis historias,
que son tantas, que ya perdí la cuenta.
- Eso fue hermoso; no muchas personas harían algo así por otra, deben quererse mucho.
-Gema sintió la mano de Beatriz, escapando de la suya, mientras que ésta le dedicaba
una dulce sonrisa.
- No sé a cuántos santos rogué para que me devolvieran a mi amiga, y un día, volvió a
ser la misma de antes; bueno, no la misma, éso sería imposible, pero por lo menos
volvió a sonreír; interiormente no sé qué habrá pasado, supongo que ya no pensaba que
toda la gente era buena, ni que todo era mágico en la vida.
- No sé si sea impertinente de mi parte el preguntar; pero ¿alguna vez sucedió algo
entre ustedes? ¿algo más que sólo amistad? -La pregunta escapó de los labios de Gema,
antes de que pudiera hacer nada por retenerla.
Beatriz la observó un segundo, y luego dirigió su mirada hacia la arena mientras recordaba
algo en su mente.
- Sí. -Sonrió levemente.- Ella tenía diesiséis años, y yo estaba por cumplir diesisiete;
estábamos en su habitación, yo le leía la última historia que había escrito; ella oía,
tendida sobre su cama mirando al techo, y suspirando cada medio minuto, y a veces, me
hacía saltar del susto, porque tiene esta manía de chillar y aplaudir en los momentos
más inesperados. Entonces, recuerdo que pronunció mi nombre de una manera que no le
había oído antes, yo la miré extrañada, y ella se me quedó viendo, me extendió una mano
pidiendo con ese gesto que me sentara junto a ella; yo sonreí, porque no entendía qué
estaba planeando; entonces, me dijo; y lo recuerdo muy bien "Bea ¿no te gustaría que yo
fuera tu princesa?" Yo pensé que estaba bromeando, pero entonces me tomó la mano, y la
apretó fuerte; yo me puse nerviosa, porque me di cuenta que iba en serio, entonces le
dije "Yo no puedo ser tu príncipe porque no soy ni morena, ni fuerte" y ella dijo "yo
tampoco me parezco a tu princesa, pero quizá eso no sea importante, además tú me salvaste
ese día..." Entonces, me pidió que la besara; yo no quería; era como mi hermana; pero,
entonces ella cerró los ojos, y la vi tan frágil, como que necesitaba tanto amor, que
incliné mi rostro hacia el suyo, y la besé suavemente en los labios.
- ¿Qué pasó entonces?
- Entonces abrió los ojos con las mejillas sonrojadas como un tomate, escondió su rostro
tras sus manos, y me pidió que me fuera; me asusté, pero obedecí; estuvo un mes entero
sin querer verme, hasta que llegó a mi casa llorando, y pidiéndome perdón, que jamás me
volvería a pedir algo así; y en realidad, interiormente, agradecí aquello; jamás podría
verla como algo más que una amiga. Desde ese momento nunca más tuvimos ninguna ruptura,
y de vez en cuando bromeamos con eso, sobre todo ella; le gusta jugar con eso, además de
preguntarme a veces que por qué no me gustan los penes. -Sonrió.- Ella tiene esta
extraña costumbre de aparentar que tiene mucha experiencia en cuanto al sexo, pero creo
que es sólo para encubrir el temor que en realidad le tiene a aquello; hace casi dos
años que está con el mismo chico, y bueno, supongo que finalmente le llegó su príncipe;
al menos es moreno y tiene los ojos verdes. Eso es todo.
- Eso no es todo. -Gema dijo, y Beatriz la miró extrañada.
- ¿Eso no es todo?
- No, aún no me has dicho cómo es tu princesa... -Los azules ojos de Gema se clavaron
sin piedad en los verdes de Beatriz, haciéndola sonrojar, y casi ahogarse al dejar de
respirar por varios segundos.
- ¿No lo hice?
- No, no lo hiciste...
- Yo ya no creo en esas cosas; eran tonterías de niña. -Beatriz arrugó la nariz,
mientras que negaba con la cabeza, y sonreía levemente, con un aire de nostalgia en su
rostro.
- Tonterías de niña eh ¿desde cuándo piensas eso?
- No lo sé, eran cosas de pendeja; el típico sueño que una tiene; estoy demasiado grande
para esas cosas, ahora de lo que debo preocuparme es de mis estudios, a esta altura no
me puede ir mal.
- ¿Dices que los grandes no podemos soñar?
- El tener una persona idealizada en tu mente, lo único que hará a la larga es
decepcionarte; no digo que no podamos soñar, sólo que se debe tener cuidado, yo no
quiero sufrir luego, cuando al final vea que no existe esa persona.
- Entiendo lo que me quieres decir, y es probable; pero creo que no sientes lo que estás
diciendo. -Gema observó a Beatriz con detención, sin apartar su mirada, sin alejarse,
ni pretender siquiera hacerlo; hasta que ella respondió a la suya, hasta que ambas se
quedaron viendo.
Beatriz percibió cómo el momento parecía detenerse, cómo el escenario que las poseía
parecía reducirse, hasta parecer que todo alrededor desaparecía como por arte de magia,
cómo los sonidos ya no se oían bien, y todos sus sentidos se concentraban en la persona
frente a ella; en sus labios. El espacio que separaba ambos rostros fue disminuyendo
lentamente, casi imperceptiblemente; aunque ambas lo notaban, no sabían si era una o la
otra quien avanzaba, si era el mismo espacio que se esfumaba entre ellas por sí solo, o
si era todo aquello junto.
- Creo que es tarde ya, debo irme. -Beatriz se sobresaltó, repentinamente, se puso de
pie, y se dispuso a caminar por la arena, lejos de aquel lugar.
- Espera... ¿Piensas irte sin siquiera darme tu número telefónico? -Gema imitó el
movimiento de Beatriz; extendió su mano, y presionó suavemente sus dedos en un brazo de
la joven rubia, mientras que clavaba sus ojos a la altura de su cabeza, esperando que
ésta le diera la mirada.
- ¿Mi teléfono?
- Sí, tu teléfono; a menos que no quieras que nos veamos más, por supuesto.
- No es eso, es sólo que... -Beatriz cerró los ojos un segundo, para que al instante,
en que estos volvieron a mirar el mundo alrededor, agarrar todos sus miedos y dudas, y
lanzarlos literalmente a la basura.- Olvídalo, anota.
- ¿Sabes? mejor te daré yo mi número, si decides que quieres volver a verme, tú tendrás
que llamarme, ya que no te veo completamente convencida, y no me gusta presionar; me
arriesgaré con esto, y espero que lo hagas. -Sus miradas se cruzaron un segundo.
- Vale... -Beatriz extendió su brazo, para en seguida recibir en él una tarjeta, la
cual observó un segundo, leyendo en ella el nombre del pub donde había estado hace un
rato, y el número de Gema allí, junto a su nombre.
- Bueno, Beatriz, espero volver a verte; lo pasé muy bien contigo.
- ¿Estás segura? si me la pasé hablándote de otra persona. -Beatriz la miró extrañada,
mientras que sonreía levemente avergonzada.
- Un buen rato, especial y bueno.
- Especial... -Beatriz aceptó un pequeño y suave beso en su mejilla, y en el acto
comenzó a alejarse, casi escapándose del lugar, en el cual sus pies acababan de estar
parados.
- ¿Beatriz? -Gema llamó su nombre, desde una pequeña distancia, provocando con esto,
que Beatriz se volteara en seguida.
- ¿Sí?
- Me contaste cómo Sandra perdió la ilusión, y quién y cómo se la devolvió. -Gema dijo,
sin apurar sus palabras, sin exagerar la forma en que los acentos marcaban los tonos
más altos de cada sílaba; y dirigió su mirada, algunos segundos, hacia un lugar lejano,
como si buscara dentro de sí las palabras más correctas que pudiesen expresar lo que
fuese que deseaba decirle a Beatriz.- Me pregunto quién se llevó la tuya, y quién se
encargará de hacerte soñar otra vez...
Beatriz la observó alejarse lentamente; viendo aquellas largas piernas dar zancadas
mucho más amplias de las que ella misma podría dar. Observó su cabello oscuro como la
noche misma, y sus ojos; sus ojos tan sólo pudo recordarlos, y revivir su mirada; su
mirada que se había posado mucho más que una vez en su rostro, en sus propios ojos, y
en sus labios; mientras pensaba en aquella frase dicha por ella ¿Ya no tenía ilusiones,
en realidad? ¿aún soñaba, o había perdido toda capacidad de hacerlo? jamás se lo había
preguntado hasta ese minuto ¿Quién se encargaría de hacerla soñar otra vez...? ¿Quién...?
Continuará...
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Bueno, aquí termina la primera parte, espero que les halla gustado. Quiero agradecer,
otra vez, a las personas que me han escrito, y si a alguien no le he respondido, no es
de maleducada, es que no he recibido su mail, o ustedes no han recibido el mío; es que
ya me ha pasado eso antes, y no me gustaría no haberme enterado de algun mail perdido
por ahí.