"Su cuerpo flotaba en medio de la oscuridad. Un sonido que no lograba identificar
rompía el silencio que reinaba. Intentaba concentrarse en él pero era imposible, estaba
muy lejos. Alguien la sujetaba pero no podía ver quién o qué era. Sentía ansiedad,
miedo, terror. ¿Dónde la llevaba?, y, ¿quién la llevaba?. El ruido antes lejano se
acercaba cada vez con más fuerza. Sentía frío y un aire helado la envolvía. Volvió a
concentrarse en aquel sonido, ahora era capaz de identificarlo. Alguien respiraba con
fuerza y cada vez más alto. Eran como bufidos cerca de sus oídos. Pero no provenían de
un animal, eran humanos. Eran del hombre que ahora la sujetaba".
Se despertó empapada en su propio sudor. Miró a Elsa que acostada a su lado seguía
durmiendo. Su respiración era tranquila lo que demostraba que esta vez no la había
despertado. Se alegró de ello y se calzó las zapatillas levantándose con cuidado para
no mover demasiado la cama. Miró el reloj y comprobó que aún era las cuatro de la
mañana. Dentro de una hora tendría que despertarla o perderían el avión.
Caminó hacia la puerta del cuarto y la miró. Dormía plácidamente. En esos momentos, con
las facciones de su cara relajadas, su belleza se acentuaba aún más. Su largo pelo
negro se extendía por la almohada y le cubría la espalda desnuda. Sonrió, al pensar en
levantarse junto a ella, cada día de su vida.
Entró en el baño y se miró en el espejo. Su cara estaba pálida, más blanca que de
costumbre. Aún veía el sudor en su frente y su mirada transmitía el miedo que había
sentido. Cada vez era peor y, poco a poco, avanzaba más en aquel absurdo sueño. Le
sobrevenía al menos una vez por semana desde hacia un par de meses y le empezaba a
afectar seriamente.
Necesitaba despejar su mente y cerró la puerta. Dejó el agua de la ducha caer durante
un momento antes de quitarse el pijama y sentir el chorro sobre su cuerpo.
En su cabeza se repetían una y otra vez las sensaciones vividas. Eran más sentimientos
que imágenes pues la oscuridad la rodeaba durante todo el sueño.
El agua caía caliente sobre ella y notaba como todo su ser volvía a la tranquilidad
relajando cada músculo de su cuerpo. Le pareció escuchar algo y apartó la cabeza un poco,
librando a sus oídos del ensordecedor ruido del chorro cayendo. No escuchó nada y
siguió duchándose, aún necesitaba unos minutos más. Pero no estaba sola, alguien
entraba en la ducha con ella.
- Ahhhhhh - gritó.
- Eh, tranquila - dijo una voz que conocía muy bien.
Se abrazó a la morena aún temblando por el susto.
- ¿Estás bien? - le preguntó Elsa.
- ¡Idiota!. No sabes el susto que me has dado, casi me da un infarto.
- Si quieres me voy - le sonrió.
Karen la miró a los ojos. Esos ojos azules que tanto la atraían. Bajó la mirada y
contempló con calma el cuerpo desnudo frente a ella.
- ¿Te he despertado? - preguntó pegando su cuerpo al de Elsa y abrazando su cintura.
- No, yo siempre me ducho a las cuatro de la mañana. ¿No lo sabías? - la morena apretó
las nalgas de la rubia mientras sonreía.
- Idiota - la besó.
- Es la segunda vez que me insultas desde que me he despertado... pero me está
gustando - le devolvió el beso.
- Vaya, eso sí que no lo sabía - las manos de la rubia le acariciaban los pechos
mientras el agua seguía cayendo.
- Hay muchas cosas que aún no sabes de mí - bajó la cabeza y comenzó a besarle el
cuello.
- ¿Me las vas a enseñar? - las manos de Karen recorrían la espalda de Elsa.
- Todo a su tiempo - la besó con pasión.
- ¿Y qué me vas a enseñar ahora? - dijo Karen despegándose un poco.
- Te enseñaré lo importante que es estar calladita - sonrió y pegó a la rubia contra
la pared sin dejar de besarla y acariciarle todo el cuerpo.
Elsa terminaba de preparar la bolsa de mano que llevaría mientras que Karen recorría
todo el piso revisando que no se olvidase de nada. Serían sólo dos semanas pero estaba
demasiado nerviosa para pensar.
- ¿Qué hora es? - volvió a preguntar.
- Dos minutos más que la última vez - le respondió Elsa con una mueca en la cara.
- ¿Y qué hora era antes?
- Por dios, te quieres tranquilizar. Por mi parte está todo listo. ¿Te falta algo?
- No lo sé, quizás - dijo mirando cada rincón del cuarto.
- ¿Es que te vas a llevar los muebles?. Sólo te queda eso.
- Vale, vamos ya.
- Aleluya.
El taxi que las llevaría al aeropuerto ya esperaba en la calle. Dos horas más tarde,
estaban en el avión que aterrizaría en la capital, San Bartolomé. De allí cogerían un
guagua y en media hora llegarían a Los Acevos, un pequeño pueblo en el centro de un
hermoso valle, al norte del país.
- ¿Estás bien?. Te noto nerviosa - preguntó Elsa.
Karen miraba por la ventana de la guagua, que se acercaba a su pueblo. Llevaba callada
casi todo el viaje y eso era demasiado raro en ella.
- Estoy bien, cariño - cogió las manos de la morena que le sonrió con dulzura - Sólo
tengo una sensación rara.
- ¿Qué sensación? - volvió a preguntar, apartándole un mechón rubio de la frente.
- No lo sé - miró los ojos azules de su amor y amante - Sí, supongo que estaré
nerviosa. Presentarte a mi abuela es como presentarte a mis padres.
- Entonces debería ser yo la nerviosa y no tú - le dio un beso cariñoso en la mejilla
mientras le acariciaba la mano con su pulgar.
- Para mí es muy importante que te acepte, ¿sabes?
- ¿Por qué no iba a hacerlo?. Soy guapa, simpática, agradable - sonrió.
- Vaya, ya veo que no tienes abuela - se rió - Aunque todo eso es verdad - le sonrió y
le acarició la cara antes de volver la vista a través de la ventana.
- Es precioso - dijo Elsa.
- ¿Verdad?. No hace un año que estuve pero siempre me emociono cuando vuelvo - una
lágrima amenazaba con derramarse...
- Ojalá me emocionase así cuando veo mi casa. Pero, claro, yo me crié en la ciudad y
no tiene ni punto de comparación con esto. ¡Qué envidia!. Tanto verde y tanto campo.
Aquí un niño se vuelve loco.
- Sí, hacíamos muchas locuras. Ahora no queda nadie de los de entonces, todos viven
fuera, como yo. No creo que nos encontremos con nadie en esta época del año. En febrero
hace mucho frío.
- Yo, con encontrarme con tu abuela, tengo - sonrió la morena.
- Eso seguro - le devolvió la sonrisa.
La guagua frenó en la parada que quedaba frente a la plaza de la iglesia. La única plaza
y la única iglesia de aquel pintoresco lugar. Descendieron del vehículo y buscaron sus
maletas. Eran las únicas que se bajaban allí, a pesar de viajar casi lleno.
- ¿Hacia dónde? - preguntó Elsa cargando el bolso más grande al hombro y dejando la
mochila más pequeña, a la rubia.
- A la izquierda, por esa calle - señaló una estrecha calle de adoquines que bajaba -
Tendremos que bajar un poquito, pero hay algo que no te he dicho -la miró de reojo.
- ¿El qué? - le devolvió la mirada de la misma forma.
- Hay que subir una pequeña cuesta antes de llegar a la casa.
- ¿Cómo de pequeña?
- Tranquila, tu eres una mujer fuerte - sonrió mientras le apretaba uno de los brazos
comprobando sus bíceps.
- ¿Cómo que soy fuerte? - miró a los ojos verdes con el ceño fruncido.
La rubia se paró a la entrada de un pequeño camino que se situaba entre dos casas
terreras. Elsa miró y observó que era largo pero, sobre todo, era empinado.
- Espero que la casa esté cerca.
- Por supuesto. No te darás ni cuenta - intentó poner su sonrisa más dulce.
A lo largo de la cuesta se encontraban algunas casas aquí y allá, no existía un orden.
En cada una de ellas la rubia se paraba un momento y miraba alrededor. Y cuando Elsa
pensaban que habían llegado, Karen continuaba subiendo.
- Está te las voy a cobrar - dijo Elsa que ya sentía una gota de sudor resbalando por
su cara.
- No decías que tenías ganas de ir a un gimnasio - le contestó sonriendo - Además yo
también voy cargada.
Señaló la mochila que llevaba a la espalda y Elsa le mostró la gran bolsa que cargaba
más el bolso de viaje, ambos repletos.
- Venga quejica. Esta cuesta la bajaba y subía yo unas veinte veces al día cuando
vivía aquí - se paró y miró a la morena que la seguía de cerca - Por eso tengo este
cuerpo que tanto te gusta.
- Lo dicho, te las cobraré - la miró entrecerrando los ojos.
- Me encanta cuando me miras así.
Dio media vuelta y siguió subiendo hasta que se paró a la entrada de un pequeño camino
donde un gran abeto las recibía. Karen se paró y miró a lo lejos. Elsa que ya se sabía
el truco siguió de largo sin mirarla. La rubia entró en el camino y miró para detrás,
al no ver a su compañera volvió a la entrada y la buscó. Vio como se paraba en la
siguiente casa.
- ¿Es está? - gritó Elsa.
- ¡¿Pero dónde vas?!. ¡Es aquí! - se rió Karen.
- Sí, te las cobraré - dijo Elsa recogiendo el bolso que había dejado en el suelo y
bajando hacia dónde Karen la esperaba sin parar de reírse - Tú ríete que te las voy a
cobrar. Y la venganza será dulce, es un plato que se sirve frío, ¿sabes?
- Anda, vamos - se adentró en el pequeño camino pero se paró para mirar la cara
sudorosa de su novia - Oye, ¿quieres qué te ayude? - preguntó con su carita más
inocente.
- ¡Ay, cómo te las voy a cobrar! - la miró fijamente - Vaya que si te las cobro.
El pequeño camino terminaba en una gran casa de dos plantas, se veía antigua pero bien
cuidada. Las paredes estaban recién pintadas de un color amarillo claro y las puertas y
ventanas estaban barnizadas de marrón oscuro. A ambos lados de la puerta principal
colgaban dos macetas repletas de pensamientos, unas flores que el encantaban y
alegraban la vista. De hecho a lo largo de todo el camino se veían flores de muy
distintas especies que compartían el suelo con árboles frutales. En el trozo de terreno
más cercano a la casa se hallaba la huerta en dónde crecía perejil, lechuga,
hierba-huerto y una lista interminable de plantas medicinales, al cual lo cercaba una
pequeña valla del mismo color marrón de las ventanas.
- Tu abuela es muy práctica, ¿no? - dijo admirando la huerta.
- A la fuerza, la tienda le queda un poco lejos. Es una persona mayor y la subida es
mortal - Karen se disponía a tocar en la puerta.
- ¡No me digas! - dijo irónicamente - ¿Qué edad tiene tu abuela?.
- Eso no le interesa a nadie.
La voz de la anciana las sorprendió, apareciendo por un lado de la casa. Llevaba un
sombrero de paja en la cabeza a pesar de que el sol no había dado señales de vida en
todo el día. Un traje largo y gris cubría su corpulento cuerpo. Como calzado llevaba
dos tennis blancos, detalle que llamó la atención de Elsa. Al ver a su nieta una gran
sonrisa iluminó su cara y sus ojos verdes, físicamente se parecían mucho.
- ¡Mamita! - Karen salió a su encuentro dándole un fuerte abrazo que fue devuelto con
la misma intensidad.
- ¿Y ésta quién es? - dijo borrando la sonrisa de su cara y mirando fijamente a la
morena que no sabía como reaccionar.
- Ella es...
- Sé perfectamente quién es - se acercó a ella - Elsa.
- Hola señora.
- Bueno, al menos es educada - le dio un abrazo y sonrió sin demasiada convicción.
Elsa notó que algo no andaba bien. Era obvio que Karen le había hablado de ella y que
sabía bien quien era, pero algo le decía que todo aquello no acababa de convencerla. Y
la mujer parecía tener carácter. "Esto no va a ser tan agradable como yo creía" -
pensó.
- Pasen, pasen - dijo abriendo la puerta principal.
Un pasillo con el suelo de madera las recibió. En frente una escalera también de madera
comunicaba con la planta superior y al fondo del pasillo se veía una puerta cerrada,
detrás de la cuál se encontraba la cocina. A la izquierda otra puerta llevaba al salón
principal dónde Karen ya se acomodaba en un viejo sillón marrón mientras soltaba un
gran suspiro y dejaba la mochila en el suelo.
La sala era amplia y acogedora. La decoración era sencilla y nada cargante. Una gran
chimenea se apoyaba en la pared opuesta a la gran ventana rectangular cuya luz
iluminaba cada rincón. Un sofá grande y con pinta de cómodo se encontraba justo debajo
de la ventana acompañado de dos sillones individuales, uno de los cuales ocupaba una
Karen sonriente. Al fondo una mesa y dos armarios de madera completaban el mobiliario
junto con una mesita de centro de cristal que separaba la chimenea del sofá grande. Era
el único mueble moderno del lugar y había sido regalo de Karen. El suelo también era de
madera al igual que en toda la casa como más tarde pudo comprobar.
- Karen, le enseñas tú el resto de la casa. Voy a preparar el almuerzo.
- Claro, mamita - le sonrió desde el sofá.
La anciana despareció por el pasillo y Elsa se sentó en el sillón que quedaba libre
frente a Karen.
- Esto es muy acogedor.
- ¿Verdad? - la miró fijamente y dijo en voz baja - Ochenta y uno.
- ¿Qué? - preguntó extrañada.
- Tiene ochenta y un años.
- ¿En serio? - se sorprendió - Se conserva bastante bien.
- Si viviéramos aquí también acabaríamos conservándonos así. Es la vida del campo -
sonrió.
- ¿Estás disfrutando, verdad?
- ¿Tanto se me nota?
- Sí y me gusta verte así - le devolvió la sonrisa - ¿Cómo que la llamas mamita?.
Suena como venezolano o algo así, ¿no?
- Se me ocurrió de pequeña. Ella fue mi madre en ausencia de la mía y siempre la llamé
abuela hasta que un día la llamé mamá. Se echó a llorar y me preguntó por qué la llamaba
así. Yo quería decirlo, ¿sabes?. Necesitaba llamar mamá a alguien y ella lo era, pues
al fin y al cabo me estaba criando desde bebé - los ojos verdes se humedecieron - Sin
embargo, me dijo que para ella era doloroso, fue madre y su hija, que ya no vivía, la
había llamado así. Por eso llegamos a un acuerdo. Mi madre nunca la llamó mamita así
que no le costaba tanto.
- Es triste. Debió de ser muy duro crecer sin padres.
- Sí - fue su escueta respuesta.
Elsa se levantó del sillón y se sentó en cuclillas frente a Karen. La cogió de la mano
y le dio un dulce beso. Karen se acercó y la besó en los labios tiernamente.
- ¿Vas a enseñarme el resto de la casa? - le preguntó dulcemente.
- Por supuesto.
Una vez echo el recorrido, subieron todas las bolsas a la que sería la habitación de
ambas durante dos semanas, y que una vez fue el cuarto de Karen.
- ¿Sabes?. Yo nací en la habitación de al lado, donde duerme mi abuela.
- ¿Naciste aquí? - dijo soltando la bolsa y echándose sobre la cama.
- Sí. Nací prematuramente y al médico por poco no le dio tiempo de llegar.
- ¿No estaba en el pueblo?
- Sí, en realidad no vivía muy lejos de aquí. Pero fue todo muy rápido y mi abuela
dice que fui un milagro.
- ¿Por nacer antes?
- No, por sobrevivir. Estaba muy débil. Cuando nací, mi madre acababa de cumplir los
ocho meses de embarazo - contó mientras miraba por la ventana los terrenos frente a la
casa, dónde tanto jugó de niña.
- Vaya. ¿Cómo sobreviviste?
- Ya te digo, fui un milagro.
- De eso no hay duda.
Karen se giró para ver a Elsa acostada y mirándola con dulzura. Aquello era suficiente
para derretirle el corazón y se acercó echándose en la cama junto a la morena y
abrazándola.
- Tengo sueño - dijo la rubia.
- Yo también. Alguien me despertó y me hizo hacer ejercicio a las cuatro de la mañana
- se puso una mano en la espalda a la altura de los riñones - Uf, estoy molida.
- Nadie te manda - se rió la rubia.
- Vale, no volverá a pasar.
- Ni se te ocurra - se incorporó y besó a la morena.
- Oye, aquí las paredes, ¿cómo son?
- ¿A qué te refieres?
- ¿Son finas?
- Siempre pensando en lo mismo - sonrió y volvió a su posición original abrazándola.
Era su postura preferida para descansar, con la cabeza sobre su pecho.
- En serio.
- Digamos que tendremos que ser discretas o practicar la abstinencia.
- Seré muy, muy discreta. Lo prometo - se giró y besó la frente de la rubia.
- No puedo dormirme ahora - se levantó bostezando - Dentro de poco almorzaremos.
- Aún es pronto.
- Tendrás que acostumbrarte a los horarios de mi abuela. Almuerzo pronto, cena pronto
y desayuno aún más pronto.
- ¿Desayuno pronto? - preguntó algo asustada - ¿Cómo de pronto?
- Kiquiriquiiiiiiiiiii - dijo Karen imitando a un gallo.
- No, eso será un broma.
- En parte, pero sólo en parte.
- ¡A almorzaaaaar! - la voz de la abuela se oyó desde el primer piso.
- Aja, que te dije - dijo Karen cogiendo del brazo a Elsa y obligándola a levantarse.
- Oh, dios mío. ¿Qué hago yo aquí? - se levantó de mala gana.
"La oscuridad era casi total. Esta vez el ronco resoplar era claro y contundente.
Provenía del hombre que la llevaba en brazos y del cual podía ver el contorno de su
rostro cuando la tenue luz lo permitía. Aún así no era suficiente para distinguirle.
Sus profundos resoplidos penetraban en su cabeza como martillazos. No sabía dónde la
llevaba pero sentía miedo. No le gustaba la oscuridad y hacía frío. ¿Qué quería de
ella?. ¿A dónde la llevaba?. ¿Por qué no podía moverse?. No tenía control sobre su
cuerpo. Los brazos y las piernas no le respondían. ¿Qué me está pasando?. De repente se
detuvo. El hombre la miraba podía sentirlo pero no lo veía. Sin decir nada, abrió sus
brazos y la soltó, la dejó caer al vacío. Caía sin control mientras la oscuridad la
engullía."
- Aaaahhhhhhh - gritó.
- ¿Qué... qué pasa?
Elsa se despertó de pronto y encendió la lámpara de la mesilla de noche en un acto
reflejo. Karen se movía a su lado sin control y envuelta en sudor. La intentó despertar
zarandeándola lo más suave que pudo teniendo en cuenta que no paraba de moverse. De
repente, abrió los verdes ojos y la miró, aún con el miedo reflejado en ellos, Elsa no
puedo más que abrazarla.
- Ya está cariño. Ya está - apretó el abrazo - Era una pesadilla. Sólo eso.
- Elsa - la llamó - Ha... ha sido... ha sido... horrible. - Las lágrimas le brotaban
sin control.
Poco a poco volvía a la realidad y mientras más lo hacía más se aferraba al cuerpo de
su novia. Unos golpes en la puerta asustó a ambas.
- ¿Están bien? - la voz de la anciana se escuchaba desde el otro lado.
Elsa quiso soltar a Karen para abrir la puerta, pero Karen no la dejó y la abrazó con
fuerza. Aún sentía el miedo en su interior y no podía quedarse sola.
- Estoy bien, mamita - contestó la rubia intentando controlar su voz - Sólo ha sido un
mal sueño.
- ¿Seguro? ¿Quieres algo, Karecita?
- No gracias. Vuelve a la cama. No te preocupes.
- Si vuelves a tener una pesadilla me avisas. Te prepararé agüita, ¿vale? - la voz de
la anciana sonaba dulce y se notaba el amor hacia su nieta en cada una de sus palabras.
- Claro que sí.
Esta vez Karen sí se levantó y abrió la puerta para darle un abrazo y un beso a su
abuela que lo agradeció sorprendida.
- Gracias, mamita. Te quiero .
- Y yo a ti, preciosa.
Le dio las buenas noches, cerró de nuevo la puerta y volvió a la cama junto a Elsa. Se
acostó abrazándola.
- ¿Qué has soñado? - preguntó Elsa preocupada.
- No me acuerdo bien - mintió.
- ¿Seguro?. Parecía algo fuerte.
- Supongo - Intentó no darle importancia.
- ¿Es lo mismo que aquella vez? - le preguntó.
- ¿Qué vez? - le devolvió la pregunta inocentemente aunque sabía muy bien a qué se
refería.
- La segunda noche que pasamos juntas, en tu casa. Tuviste una pesadilla pero no fue
tan fuerte.
- No, aquello fue distinto - Y no mentía, esta vez había sido mucho peor.
La abuela tenía preparado el desayuno desde las 7:30, y Karen despertó a Elsa a esa
hora, no sin antes escuchar un par de maldiciones. Cuando bajaron a la cocina dos tazas
de leche caliente las esperaban sobre la vieja mesa de madera. Todo era de madera en
aquella casa. La abuela terminaba de sacar del horno dos panes igual de calientes y los
partía por la mitad.
- Buenos días - dijo la anciana.
- Buenos días - le contestó Elsa.
- Buenos días, mamita - Karen se acercó y le dio un fuerte beso a la orgullosa abuela
que sonreía ampliamente.
Las dos se sentaron a desayunar pues el hambre apretaba habiendo cenado el día anterior
a las siete de la tarde. Cuando Karen dijo que se comía temprano no mentía.
- ¿Qué piensan hacer hoy?
- Había pensado dar una vuelta por el pueblo. Intentaré hacer un par de visitas. ¿Hay
alguien por aquí, ahora?
- Creo que el hijo del panadero está pasando unos días con sus padres.
- ¿Luis?. Estupendo. A ver si lo veo. De niños estábamos todo el día juntos - dijo
mirando a Elsa - Por ahí decían que éramos novios.
- Era un buen chico - la voz de la anciana sonaba rotunda y habló mirando a Elsa con
semblante serio.
- ¿Cómo se llama usted? - preguntó, cayendo en la cuenta de que no sabía el nombre de
la anciana, y evitando pensar en el sentido de la frase que acababa de escuchar.
- ¿No le has dicho mi nombre? - reprendió a su nieta.
- Anda, pues no. Sólo le he dicho abuela.
- Ya, pero ella no me va a llamar así - la frase la dijo tajantemente y sin ningún
atisbo de humor en ella. Miró a Elsa y dijo - Me llamo Señora Febles.
- Abuela, ¡cómo te va a llamar Señora Febles! - Karen se rió pero su abuela no lo
hacía y no pareció darse cuenta de ello - Se llama Elizabeth.
- Señora Elizabeth, entonces - Elsa la miraba fijamente respondiendo a la propia
mirada de la anciana.
- Puedes llamarme sólo Elizabeth.
Se levantó y se dirigió al fregadero, sin mirarla, dispuesta a lavar los cacharros.
Karen se levantó igualmente para ayudarla a recoger la cocina. Elsa intentó lo mismo
pero la rubia se lo impidió.
- Tú eres la invitada, sube y vístete para salir a caminar. Coge abrigo que hace frío.
- Me voy a dar una ducha primero. Pero no me mojaré el pelo, si tanto frío hace. ¿Qué
tal es el agua aquí? - preguntó mirando a los ojos verdes que tan loca la volvían.
- Fría cuando está fría y caliente cuando está caliente - contestó cortante la anciana
sin apartar la vista de la cacerola que estaba fregando.
- Aquí no hay problema con el termo, es automático. Tú abre el agua caliente y en
seguida la notarás - le sonrió.
- Vale.
- Hasta ahora - Karen se acercó y le dio un rápido beso en los labios.
Una vez comprobó que la morena había subido y no podía escucharla se acercó a su abuela.
- ¿Qué te pasa, abuela? - siempre la llamaba abuela cuando algo no andaba bien. El
resto del tiempo era mamita.
- A mí, nada - contestó la anciana secamente.
- Nunca te he oído contestar así a nadie. Solías ser muy amable.
- Sabes lo que pienso con respecto a esto.
- ¿Con respecto a qué?.
- A esa manía tuya.
- Esa manía, como tú la llamas, es mi forma de ser y de amar. No puedo cambiarlo. Te
lo he dicho un millón de veces, creí que ya estaba aclarado.
- ¿No te acuerdas de lo que pasó la última vez?
- Ella no tiene nada que ver con Alicia.
- Ella es igual. Esa clase de gente es así.
- ¡¿Esa clase de gente?!. Yo también soy de esa clase de gente, abuela. Y no soy así.
Alicia me dejó sin más, se largó con otra. ¿Es qué eso no le ha pasado nunca a un
heterosexual? ¿Los hombres nunca se han largado con otra o las mujeres con otro?
- Yo sólo quiero que seas feliz - dejó de fregar y la miró.
- Lo sé y lo soy, abuela. Ella es la mujer de mi vida.
- ¿Cómo puedes saberlo?. A penas la conoces.
- Sólo llevamos seis meses pero hemos decidido vivir juntas. En realidad, este es
nuestro segundo día de vida en común.
- ¿Estás segura de lo que haces?
- ¿Lo estabas tú cuando te casaste con el abuelo y sólo llevabas tres meses de novios?
- le preguntó sonriendo.
- Eso es distinto.
- ¿Por qué es distinto?
- Nosotros nos casamos.
- Si pudiéramos, yo misma se lo pediría.
- ¿La quieres?
- La amo, mamita.
- ¿Y ella? ¿Te quiere igual? - la anciana la miró frunciendo el ceño y entrecerrando
los preciosos ojos verdes que, sin duda, había heredado también su nieta.
- Eso júzgalo por ti misma. Vamos a estar dos semanas y al final tú serás la que
conteste a esa pregunta - le sonrió y le dio un beso en la mejilla.
- ¿Tan segura estás?
- Estoy enamorada, mamita. Eso es lo único que sé.
Salió de la cocina y subió las escaleras rumbo al cuarto. A mitad del camino se paró,
escuchó un ruido y agudizo el oído. Era un sollozo, alguien estaba llorando. El llanto
venía del piso de arriba. Subió la escaleras y tocó a la puerta del baño. La abuela
tenía que haberla echo daño para ponerse así.
- Elsi - la llamó - Abre, por favor.
- Espera.
Tardó un momento y, finalmente, abrió la puerta del baño para dejarla pasar. Entró y la
vio envuelta en una toalla y con un cepillo de dientes en la boca.
- ¿Estás bien? - le preguntó Karen.
- Sí ¿Por qué? - dijo Elsa una vez terminó de enjuagarse.
- No sé. Dímelo tú. ¿Ha sido la actitud de mi abuela? He hablado con ella y todo esta
bien - la abrazó por detrás sintiendo el calor a través de la toalla húmeda que
envolvía su cuerpo.
- ¿De qué me estás hablando? - le preguntó la morena extrañada.
- Te he oído.
Elsa se dio la vuelta para mirarla a los ojos. No entendía de qué hablaba su novia.
- ¿Qué has oído?
- He oído tus sollozos, estabas llorando - Karen la miró seria.
- Yo no he llorado.
- Sí que lo has hecho. No debes avergonzarte de eso, sólo me ha extrañado que seas
tan sensible - le dio un suave beso.
- Karen, escúchame - Elsa la miró fijamente - Yo no he llorado, ni he sollozado. No
sé que has oído pero no era yo.
- Si no eras tú, entonces, debió ser la abuela.
- ¿Por qué iba a llorar tu abuela? ¿De qué han hablado?
- Cosas nuestras.
- Estás un tanto misteriosa hoy, ¿sabes? - la miró fijamente.
- ¿Eso te gusta? - se puso de puntillas y alcanzó a rodear con sus brazos el cuello de
la alta morena.
- Me excitan las mujeres misteriosas.
- ¿Ah, sí? - Karen miró la bañera - Yo no me he bañado todavía.
- ¡Otra vez en el agua! - la besó y pegó su frente a la de ella - ¿Te gustó, eh?
- No lo sé. La otra vez fue en la ducha pero esto es una bañera, es distinto.
- Me voy a arrugar con tanta...
- ¿Tanta qué? - sonrió burlonamente la rubia.
- Agua.
- Me gustan tus aguas.
- Viciosa.
Seguían uno de los caminos que recorrían el pueblo y que les llevaba directamente al
lago. Habían caminado durante dos horas y, dado que el sol había salido aquella mañana,
estaban sudorosas. Aún era pronto para pensar en baños pues el agua todavía estaba
demasiado fría.
- No me habías hablado de este lugar - dijo extrañada Elsa.
- Quería darte una pequeña sorpresa. ¿A qué es precioso?
El lago estaba a un par de kilómetros de lo que era el núcleo de la pequeña población
que vivía en Los Acevos y estaba rodeado por un frondoso bosque. Karen había decidido
pararse en un claro cuya existencia parecía conocer muy bien.
- Aquí es dónde nos escondíamos en verano. La única época del año en que puedes
bañarte - Permanecía de pie admirando el lugar.
- ¿Es aquí dónde hacían tantas locuras? - Elsa estaba a su lado.
- Sí, era muy divertido - miró a la morena con aire travieso - Pero no le digas nada
de esto a mi abuela. Me tenía prohibido venir aquí.
- ¿Por qué?. No parece peligroso.
- Y no lo es. Pero por lo visto se ahogó un hombre aquí - su cara se tornó triste -
Un amigo suyo y tenía miedo por mí.
Había más en sus palabras de lo que, en realidad, transmitían. Elsa se dio cuenta pero
decidió no preguntar. No parecía ser el momento adecuado y aún tenían cosas de qué
hablar.
- ¿Tan profundo es este lago? - preguntó Elsa caminando un poco por la orilla para
poder mirarlo entero. No era muy grande, en realidad.
- No. Sólo en el centro es más profundo pero no mucho.
Elsa se sentó en la orilla aprovechando una piedra que parecía tener la forma adecuada.
- Y dime, ¿qué clase de locuras hacían aquí, eh? - preguntó sonriendo - ¿Se bañaban
desnudos o algo de eso?
- No, qué va... bueno, sí, una vez... vale, algunas veces.
- ¿De verdad?, ¿quiénes? - esto le empezaba a interesar.
- Los muchachos del pueblo.
- Los muchachos.
- Sí, bueno, y las muchachas.
- ¿Todos juntos?
- ¡Qué va! ¿Qué te crees? Teníamos que tener mucho cuidado de que los chicos no nos
viesen.
- ¿Ah sí? ¿Te preocupaba eso? - se levantó de la piedra y decidió acostarse en la
tierra junto a la rubia.
- En realidad, no.
- ¿Cuántas eran? - preguntó curiosa.
- Éramos un grupo de veinte chicas. Yo era de las locas y, a veces, cuatro veníamos
aquí a bañarnos desnudas. No avisábamos a nadie más, eran un poco mojigatas para esas
cosas.
- ¿Tendrías que pasarlo de miedo, eh? - dijo sonriendo.
- Así fue como descubrí que no me interesaba ver a los chicos desnudos.
- ¡Serás golfa!
- ¿Por qué?
- Veamos, te desnudabas con otras chicas y ellas no sabían lo que tú sentías.
- Al principio, ni siquiera yo lo sabía - se acostó en la tierra junto a la morena -
En realidad, sólo me gustaba una, Karla.
- Karla y Karen, ¡Qué bonito! - dijo riéndose.
- Cállate. No hubo nada de nada, ya me hubiera gustado.
- ¿Ah sí?
- Me hubiera gustado mucho más haberte conocido en aquella época.
- Y a mí. Verte bañándote desnuda en este lago hubiera sido un sueño.
Giró su cuerpo para situarse encima de Karen, apoyándose con las manos, sin tocar aún
su cuerpo. Karen la miró seria y se incorporó obligándola a apartarse.
- ¿Qué pasa? ¿He dicho o hecho algo malo? - preguntó preocupada por la repentina
reacción.
- No, cariño - dijo mirándola y acariciándole la cara - He pensado que es el momento
de contártelo.
- ¿Contarme qué? - preguntó extrañada.
- De contarte lo que pasó - Karen la miró fijamente y Elsa supo a que se refería.
- ¿Lo de tus padres? - se atrevió a preguntar.
- Ellos murieron al poco de nacer yo.
- Eso me dijiste pero no me dijiste de qué o por qué. Oye, no tienes que contármelo si
no quieres.
- Nunca me has preguntado y sé que estás interesada. Me has respetado y eso es muy
importante para mí.
- Tú eres muy importante para mí - se acercó y la besó en los labios.
- Y tú también - la miró un momento y cogió aire - En realidad, ellos murieron cuando
nací yo, el mismo día - Elsa quiso preguntar pero decidió que Karen lo contara a su
ritmo - Mi madre tuvo un parto difícil y murió al darme a luz. Mi padre - volvió a
pararse para coger fuerzas - no pudo soportarlo, se volvió loco y se suicidó - miró al
lago - Se ahogó.
- ¡Dios mío! Es horrible.
Karen cogió una piedra, se levantó y la lanzó con fuerza al lago. Parecía echarle la
culpa de todo y las lágrimas comenzaban a brotar.
- ¿Estás bien? - le preguntó Elsa extrañada por su reacción.
De repente, Karen se dejó caer de rodillas sobre la tierra y tapándose la cara con las
manos, comenzó a llorar amargamente. Elsa se puso de rodilla frente a ella y la abrazó.
- Tranquila, estoy contigo.
- Yo tuve la culpa - dijo casi en un susurro.
- ¿Cómo?
- ¡Yo tuve la culpa!
- ¿Cómo que tuviste la culpa?, ¿estás loca?
Karen se apartó bruscamente del abrazo de la morena y se levantó gritando.
- ¡¿Loca?!, ¡¿por qué?! ¡¡¡¡Mi padre era el loco y no yo!!! ¡Sólo los locos se quitan
la vida!
- Karen, tranquila. No quise decir eso - se levantó y se acercó a ella cogiéndole la
cara con ambas manos - Tú no mataste a tus padres, sólo fue una tragedia. No tienes la
culpa de nada.
- ¡¡¡Maté a mi madre y después a mi padre!!!
Volvió a abrazarse con fuerza a Elsa que comenzaba a llorar al verla de aquella manera.
Empezaba a entender todo lo que había tenido que sufrir. No era sólo crecer sin padres
sino cargar con la culpa de sus muertes, aunque fuera totalmente inocente.
- No sé cómo mi abuela pudo criarme después de eso - parecía calmarse poco a poco.
- Ella te quiere y estoy segura de que no te culpa de nada. Sería absurdo.
- Lo sé.
- ¿Has hablado con ella de todo esto? ¿De cómo te sientes?
- No, nunca lo he hablado con nadie. Ni siquiera sé cómo he podido decírtelo a ti. Me
ha salido sin pensar - miró a los ojos azules que lloraban con ella y levantó ambas
manos secándole la cara - Gracias por estar aquí. Te quiero tanto.
- Yo también te quiero.
Se besaron y se abrazaron cono todo el amor que llevaban dentro. Aunque era obvio, hasta
ahora, ninguna de las dos lo había declarado abiertamente. Ni siquiera cuando pasaron
su primera noche juntas, ni tampoco cuando Elsa sugirió la idea de vivir juntas.
"Escuchaba su propio llanto. Lloraba inconsolablemente y dos personas hablaban a su
alrededor. No podía abrir los ojos y no distinguía sus voces ni sus palabras. La
oscuridad la rodeaba. El llanto cesó, ¿por qué no lloro?. Tengo ganas de llorar pero no
emito sonido alguno. Algo me tapa la boca, algo que parece una mano. Pero no sólo la
boca, mi nariz está taponada. No entra aire, no respiro. ¡Me estoy ahogando y hay
silencio a mi alrededor! ¡Dios mío no puedo respirar!. Quiero moverme, escaparme y
soltarme de esa mano que me aprieta con fuerza. Pero no puedo, mi cuerpo no responde.
No oigo mi corazón. Ha dejado de latir. ¿Dónde estoy? Sigo en la oscuridad pero mi
cuerpo salta. Alguien me sujeta mientras corre. Me está llamando. Alguien me llama."
- Karen... Karecita - la voz de su abuela la despertó de golpe.
Estaba encharcada en sudor y su corazón latía desenfrenadamente. Sintió que se
incorporaba de golpe y vio a su abuela junto a ella. Sin pensarlo se abrazó a la
anciana y comenzó a llorar.
- Schssss... ya está. Ya ha pasado - la balanceaba como si de una niña se tratase,
para ella siempre sería su niña - Sólo ha sido un mal sueño.
- No es sólo eso.
- ¿Cómo?
- No es sólo eso, mamita - dejó de llorar intentando calmarse y se soltó de su abrazo,
para mirarle a los ojos.
- ¿A qué te refieres? - preguntó Elizabeth con preocupación.
- Creo que mi mente o mi cuerpo quiere decirme algo. Pero no sé el qué.
- ¿Qué te pasa? - la anciana no entendía nada - ¿No te habrá echo nada?
- No, mamita. Ella me ama y esto no tiene nada que ver con ella.
- No te entiendo.
Se acomodó sentándose sobre la cama al modo indio y cerca de su abuela.
- No es la primera vez que tengo este sueño.
- Ayer tuviste otra pesadilla.
- Llevo un par de meses, más o menos, teniendo la misma pesadilla. O, casi, cada vez
es distinta.
- ¿Cómo es?
- No le digas nada a Elsa, no quiero preocuparla.
- Si te quiere debería preocuparse por ti y no quedarse allí abajo viendo la televisión
o haciendo quién sabe qué.
- Mamita.
- Ya, ya. Yo sólo digo que...
- Ya sé lo que dices. Se lo contaré pero todavía no, por alguna razón quiero que lo
sepas tú primero.
- Espero que sea por lo mucho que me quieres.
- Claro que sí. No seas tonta.
- Cuéntame ese sueño, mi cielo.
- Al principio sólo era oscuridad. Por mucho que mirase sólo podía verlo todo negro,
aunque ni siquiera sé si tenía los ojos abiertos. Era extraño porque tenía una
sensación de ansiedad, sin embargo, no entendía por qué. No parecía pasar nada. Pero,
poco a poco, he ido avanzando.
- ¿Avanzando?
- Sí, cada vez hay algo nuevo. Descubrí que alguien me llevaba como si fuera en brazos.
Y hay frío y miedo en mí, siento terror. Alguien me transporta y podía sentir algo así
como bufidos o resoplidos cerca de mí.
- ¿Puedes verle la cara?
- No, siempre está demasiado oscuro. Una vez me pareció verle pero resultó imposible.
En esa ocasión, algo me tapaba. Algo así como un sábana o una manta.
- ¿Dónde te lleva?
- No lo sé, pero desde que llegué aquí, los sueños son peores.
- ¿Por qué?, ¿qué pasa?
- Ayer soñé lo mismo. Los resoplidos eran claros y muy reales, podía sentir el aire
que expulsaba con cada uno de ellos. De repente, se paró y abrió los brazos dejándome
caer al vacío, caía sin control y me desperté.
- Escuché tus gritos. Debió de ser horrible.
- Lo fue. Pero hoy ha sido mucho peor.
- ¿Qué pasó? - preguntó con preocupación, posando su mano sobre las piernas cruzadas
de su nieta.
- Yo estaba llorando y dos personas hablaban. Sabía que eran dos voces distintas pero
no sabían quienes eran. Ni siquiera si eran hombres o mujeres y mucho menos lograba
entender lo que hablaban. Dejé de llorar y no porque no quisiera sino porque no podía.
Quería llorar desesperadamente y no sé por qué, sin embargo, no salía ningún sonido de
mi boca porque me la tapaban. Alguien tapaba mi nariz y mi boca. Sentí que me asfixiaba
y que mi corazón dejaba de latir. De repente, alguien corría conmigo en brazos y volvía
a sentir sus resoplidos. En ese momento me despertaste.
- Me dejas sin palabras - dijo la anciana tras un minuto pensando en lo que le estaba
contando su nieta.
- Yo no sé que pensar y quería hablarlo contigo. Se me está haciendo cada vez más
difícil dormir. Tengo miedo de volver a sentir miedo, pánico, mamita. Es terror.
- ¿Lo sueñas todas las noches?
- Antes era una vez cada semana o cada dos semanas, más o menos. Sin embargo, desde
que estoy aquí son todas las noches - miró a su abuela con preocupación en los ojos -
Las dos noches que llevo.
- ¿Estás a gusto aquí, conmigo? - la miró con idéntica preocupación.
- Claro que sí.
- ¿Te molesta tanto que no acabe de fiarme de tu amiga?
- De mi novia, mamita. Y no - la cogió de la mano - No es nada de eso. De hecho siento
que no tiene nada que ver con eso. No va por ahí. Está intentando decirme algo.
- ¿Quién?
- No lo sé. Supongo que yo misma.
- Hay una cosa que está clara.
- ¿El qué?
- El sueño parece ir de atrás hacia delante.
- No lo entiendo.
- Piénsalo. Al principio oscuridad, después resoplidos, alguien que te transporta y te
deja caer y hoy dos personas, una de ellas parece asfixiarte y luego llevarte algún
lugar. Es decir, alguien te asfixia y otra persona lo sabe y lo ve, o quizás no. Luego
te envuelven en algo y salen corriendo para dejarte caer por algún sitio.
- No lo había pensado - se abrazó a su abuela - Me alegra habértelo contado. Pero,
¿qué puede significar?
- No lo sé, mi niña. Me temo que tendrás que soñar más.
- ¿Más? No, por favor, es horrible y no sabes el miedo que paso. ¿No puedes darme algo
para no soñar?
- Te prepararé una tila para tranquilizarte esta noche - la miró preocupada - No
quiero que tomes pastillas de esas para dormir, ¿eh? Ni se te ocurra y que tu amiga no
te las dé.
- Es mi novia, no mi camella.
- ¿Tú camella? - preguntó extrañada la anciana.
- Te lo explico otro día - sonrió la rubia - Gracias, mamita. Te quiero.
- Y yo a ti - dijo abrazando a su nieta - Escúchame, sé que es muy duro pero debes
dejar que el sueño termine. Te está contando una historia y yo, desde luego, no la
conozco. Sé que es difícil de entender pero debes llegar hasta el final o no terminará
nunca.
Las palabras de su abuela fueron rotundas y parecían haber sido meditadas en un momento.
Para ella debía de ser muy duro decirlas pues jamás había creído en este tipo de cosas.
Esta vez sería de cabezotas negar la evidencia. Aún así iría a hablar con el médico por
poco que le gustase aquel hombre.
- Espera aquí, te traeré la tila calentita, ¿vale? - le dio un beso a la rubia cabeza
sin esperar respuesta y salió de la habitación.
Karen se volvió a acostar pensando en las palabras que su abuela acababa de pronunciar.
En el fondo tenía razón, aquel sueño no iba a terminar así como así. Y si empezaba a
tomar pastillas eso acabaría por volverla una adicta. Tenía que enfrentarse a él, debía
de tomar el control de alguna manera, pero no sabía como hacerlo.
Pensaba en ello cuando un ruido la sobresaltó. Se incorporó quedándose sentada y volvió
a escucharlo. Era algo así como un sollozo, pero, ¿quién iba a llorar?. Su abuela
estaría abajo preparando la tila y Elsa estaba en el salón escribiendo una carta a sus
padres. Con tanto ordenador no sabía si se acordaría de cómo escribir una carta de
verdad.
El llanto volvió a sacarla de sus pensamientos, se escuchaba lejano. A lo mejor, podía
ser su abuela, preocupada. Pero no era propio de ella, llorar de esa manera. ¿Estaría
preocupada por algo que no le habría dicho?. Se levantó y salió al pasillo.
El llanto seguía lejano pero era claro y por más que escuchaba no sabía de dónde venía.
Abrió la puerta del cuarto de su abuela, a lo mejor, la encontraría allí. Nada más
entrar, sonó cerca de sus oídos, cada vez más cerca. Sonaba por toda la habitación y,
sobre todo, dentro de su cabeza. Alguien resopló frente a su cara, salió del cuarto
cerrando la puerta de golpe al tiempo que gritó.
Elizabeth bajaba las escaleras pensando en todo lo que su nieta acababa de contarle.
Algo no le olía bien y no entendía por qué. Sin embargo, su olfato nunca le había
fallado en situaciones así. Y, en ese sueño, había mucho más que una simple pesadilla.
Al llegar a la planta baja miró hacia el salón donde se encontraba Elsa, sentada en uno
de los sillones individuales. Justo el que quedaba frente a ella y pudo ver que estaba
escribiendo. Durante un momento pensó en decirle algo de todo aquello, pero si su nieta
no había querido, por algo sería.
En el fondo, Elsa no le parecía una mala persona. Pero Karen sufrió tanto con su
anterior novia que no se fiaba de nadie. No entendía como podía enamorarse de una mujer
y no de un hombre como era lo natural. Pero era su nieta y debía de quererla fuera como
fuera. En realidad, era mucho más, era su segunda hija. Una segunda oportunidad y no
quería desaprovecharla. Decidió acercarse a la morena.
- ¿Qué haces? - le preguntó sin demasiada amabilidad.
Elsa se sobresaltó absorta como estaba en lo que escribía. Levantó la vista y vio a la
anciana, que de pie en la puerta del salón, la observaba fijamente.
- Escribo una carta a mis padres.
- No deberías dejar sola a mi nieta - sus palabras casi sonaban como una amenaza.
- ¿Por qué?, ¿ha pasado algo?
Elizabeth observó preocupación en los ojos azules. Después de todo parecía quererla o,
al menos, preocuparse por ella. Ya era algo.
- Ha tenido una pesadilla.
- ¿Otra vez? - dejó las hojas y el bolígrafo sobre el sillón y se levantó dispuesta a
subir al cuarto.
- ¿Ha tenido muchas? - preguntó intentando sacarle algo.
- Creo que ha tenido más de las que me cuenta. Alguna vez me ha despertado gritando.
En ese momento, el grito de terror de Karen las asustó a ambas. Elsa subió corriendo
las escaleras seguida por la anciana que no dejaba de llamar a su nieta.
- ¡Karen!
Elsa la llamó, viéndola de pie en mitad del pasillo y mirando a la puerta de la
habitación de su abuela. Corrió hacia ella y la abrazó.
- ¿Estás bien? ¿Qué te pasa? - la soltó y la miró a la cara. La rubia estaba pálida.
- Karecita, Karecita - la llamó su abuela con preocupación - ¿Estás bien? ¿Estás bien?
- Sí - logró por fin decir - Es que...
- ¿Es que, qué? ¿Qué ha pasado? - le preguntó Elsa mientras le cogía la cara con sus
manos y la obligaba a mirarla.
- No lo sé.
- ¡¿Cómo que no lo sabes?! - le preguntó la abuela y la abrazó apartándola de Elsa -
¡Algo te habrá asustado así!
- ¿Has preparado la tila? - le preguntó Karen después de un momento.
- Aún no - le contestó su abuela - Vamos a la cocina y te la preparo.
Las tres bajaron las escaleras. Elsa y Karen se sentaron a la mesa mientras la abuela
ponía un cazo con agua al fuego. Elsa no dejaba de mirar la cara de Karen que aún no
había perdido su palidez.
- ¿Estás mejor? - le preguntó dulcemente mientras le cogía de la mano. Un gesto que no
pasó desapercibido para la anciana.
- He oído algo - dijo Karen mirando a un punto perdido sobre la mesa.
- ¿Qué has oído, cariño? - le preguntó la anciana.
- Estaba acostada y me pareció escuchar un ruido - se calló un momento.
- ¿Qué clase de ruido? - le preguntó la morena.
- Algo así como un sollozo - levantó la vista para encontrarse con los ojos azules de
su novia.
- ¿Un sollozo? - preguntó incrédula la abuela.
- No sabía lo que era, así que me levanté y salí al pasillo. Llegué a pensar que eras
tú - dijo mirando a la anciana.
- ¿Yo? - Elizabeth se rió - Cielo, hace mucho tiempo que no lloro. Quizás demasiado -
esto último lo dijo en voz más baja pero Elsa pudo escucharlo.
- Alguien lloraba pero se escuchaba muy lejano.
- ¿No sería un gato? - le preguntó su abuela.
- No era una gato. Abrí la puerta de tu cuarto y entonces pasó.
- ¿Qué pasó? - preguntó Elsa.
- El llanto era claro casi podía escucharlo dentro de mí. Sentí... - se calló un
momento mirando a la morena - Sentí resoplar a mi lado y salí corriendo - apoyó los
codos en la mesa y se llevó las manos a la cara.
Nadie dijo nada por unos minutos. Aquello era demasiado, primero las pesadillas y ahora
esto.
- Karen, mírame - le dijo Elsa - ¿Estás segura de eso?
- ¡¿Cómo que si estoy segura, Elsa?! ¡Lo he oído!
- Vale, perdona, lo siento.
Elsa acercó la silla a la de Karen y la abrazó pasándole el brazo por el hombro. La
abuela se sentó junto a ellas.
- Karecita - la llamó dulcemente - Nosotras no hemos escuchado nada.
- ¡Pues yo sí! ¡Sé lo que oí, abuela! ¡¿No me creen?!
- Tranquila, Karen - cogió la taza con tila que la abuela traía y se la dio a Karen -
Toma un poco.
- No me dejes sola - le suplicó la rubia.
- No te dejaré sola - le sonrió Elsa - Nunca te dejaré.
Elsa vio la expresión en la cara de su abuela. Era difícil de definir, entre incrédula
y sorprendida. Tendría que hablar con la anciana y aclarar algunas cosas. Karen la miró
con lágrimas en los ojos y le dio un beso en la mejilla, por respeto a su abuela.
A la mañana siguiente, Elsa se levantó temprano. Antes, incluso, de la llamada de la
anciana. No había podido dormir bien, vigilando como estuvo el sueño de la rubia. Se
duchó y al salir del baño escuchó los pasos de Elizabeth moviéndose por la cocina, el
desayuno no tardaría mucho en estar listo. Volvió al cuarto y vio que Karen seguía
durmiendo. Por lo menos, no había tenido otra pesadilla. Comenzaba a preocuparse en
serio por todo aquello, una cosa era tener pesadillas y otra muy distinta escuchar
voces o llantos. Algo estaba pasando en la mente de la mujer que amaba y tenía que
averiguar que era.
Dudó entre dejarla sola y bajar a hablar con la abuela o despertarla. Si se despertaba
y no la veía, sería peor. Le dio un suave beso en la mejilla y le acarició el pelo, al
tiempo que la llamaba dulcemente.
- Ka... Karen.
- Mmmmmm - fue la respuesta de la rubia.
- Hola.
Karen abrió un ojo y al verla se abrazó a ella.
- Hola.
- Tu abuela nos llamará dentro de poco, ya la he oído en la cocina.
Karen tocó el pelo mojado de la morena y refunfuñó.
- ¿Ya te has duchado? - la miró sonriendo - Pensaba ducharme contigo.
- ¿Quieres que me duche otra vez?
- ¿Harías eso por mí? - se acercó y la besó, alargando el beso.
- Haría eso y mucho más.
Unos golpes en la puerta indicaban que el desayuno ya estaba preparado. Por si había
alguna duda, la voz de la anciana, detrás de la madera, lo corroboró.
- ¿Están despiertas?
- Sí, mamita.
- Ya está el desayuno. Se los dejo sobre la mesa, yo tengo que salir.
- ¿Dónde vas? - le preguntó su nieta.
- Quiero comprar algunas cosas que me faltan.
- Nosotras podemos hacerlo si quiere - le dijo Elsa recordando cuando Karen le comentó
lo lejos que estaba la tienda. Y, en realidad, lo estaba.
- Gracias, pero necesito estirar las piernas.
- ¿Seguro? - preguntó Karen.
- Sí, gracias. No tarden que se enfría.
- Vale - dijo la rubia mirando pícaramente a la morena.
- Hasta luego.
- Hasta luego.
Karen se quedó escuchando los pasos de su abuela bajando por la escalera y cuando se
hubo asegurado que salía, giró su cuerpo situándose encima de la morena.
- ¿No tienes hambre? - Sonrió Elsa.
- Claro que sí - respondió la rubia con brillo en los ojos.
- Pues tenemos que bajar o se enfría.
- ¿Bajar? ¿Para qué? Mi desayuno lo tengo enfrente.
- ¿Vas a comerte la almohada? - preguntó Elsa riéndose.
- Voy a comerte a ti - Karen la besó en el cuello.
- Yo estoy algo fría.
- A mí me gusta calentar mi desayuno - Elsa iba a decir algo más pero los apasionados
labios de la rubia la impidieron hablar durante un largo rato.
Elizabeth salió de la casa y caminaba por el estrecho y corto sendero que comunicaba
con la cuesta. Era temprano y el frío apretaba. Se aferró a su abrigo y bajó por los
escalones de piedra pensando en como iba a plantearle el problema de su nieta al médico.
Detestaba a ese hombre y no se fiaba de él. Ni siquiera cuando de joven fue el
ginecólogo de su hija, a falta de un especialista en la zona. No le gustó ni le
convencieron las explicaciones que le había dado aquella fatídica noche. Pero era el
único médico del pueblo y a fuerza tendría que tratar con él, ella misma ya empezaba a
sentir los achaques de la edad, hacía tiempo que los sentía.
Llegó a la casa donde el médico tenía la consulta. Afortunadamente un vecino la había
acercado con el coche, evitándola así mojarse con la lluvia que la sorprendió a mitad
del recorrido. La casa no estaba lejos pero lo suficiente para ella y sus ochenta y un
años.
Tocó al timbre, cuyo sonido retumbó en el interior de la planta baja de aquella casa.
Oyó unos pasos que se acercaban a la puerta y seguidamente esta se abrió, para dejar
paso a una mujer gruesa, entrada en la cuarentena y con un uniforme blanco. Era Carmen,
la enfermera del Doctor Frat.
- Buenos días, Carmen. ¿Está el doctor?
- Buenos días, Señora Febles. No, el doctor no está - contestó algo extrañada - ¿No
se ha enterado usted?
- ¿De qué?
- No habla mucho con sus vecinas, ¿verdad? - contestó bruscamente.
Nunca fue una mujer muy amable y a ella la idea de cotillear con sus vecinas nunca le
atrajo. Por esa razón solía ser la última en enterarse de lo que pasaba en aquel pueblo,
pero eso no significaba ningún trauma para la anciana mujer.
- ¿Le ha pasado algo al doctor? - preguntó, evitando así hacer comentario alguno.
- Sí. Está muy enfermo y está ingresado en el Hospital Central de San Bartolomé.
- Vaya ¿Qué tiene? - preguntó más intrigada que interesada.
- Cáncer de pulmón. Le quedan pocos meses de vida. Siempre le dije que fumaba
demasiado pero nunca me hizo caso. ¡Qué hombre!
Lo dijo sin más, sin demostrar ningún tipo de sentimiento al respecto. Llevaba más de
diez años trabajando con él y no parecía afectarle nada de lo que estaba contando.
- ¡Qué horror!
- Pues sí. El nuevo médico llega mañana. ¿Es algo urgente lo suyo?
- No, sólo para repetir algunas pastillas, puedo esperar hasta mañana - mintió. No
estaba dispuesta a contar sus problemas a la pregonera mayor del lugar.
- Hasta mañana, entonces - miró hacia la calle - Parece que ya ha parado de llover.
- Sí, gracias. Hasta mañana.
Regresó preocupada por su nieta. Pasó delante de la farmacia y pensó que después de lo
ocurrido, no era tan mala idea comprar algunas pastillas para dormir. Las compró pero
decidió guardarlas para más adelante. Era mejor que durmiera de manera natural. Tendría
que terminar con ese sueño absurdo.
- ¿Dónde vamos? - preguntó Elsa.
- Quiero ver si encuentro a Luis y así lo conoces.
- ¿Cuánto hace que no lo ves?
- Lo vi hace un año, más o menos, que coincidimos aquí.
- ¿De verdad estaban siempre juntos?
- Sí. Durante un tiempo fuimos inseparables.
- ¿Y nunca intentó nada contigo? - la miró sonriendo - Se me hace difícil creerlo.
- Pues no te lo creas. Sí que lo intentó y de hecho llegó a besarme.
- ¿Cómo dices? - Elsa la miró fingiendo estar molesta.
- Creo que a partir de ese momento empezamos a vernos menos. Yo le dije que no me
gustaba y le confesé que quien me gustaba era Karla. No se lo tomó muy bien al principio
pero después fue genial. Siempre me guardó el secreto, al menos, eso creo.
Se paró en mitad de la calle de adoquines, paralela a la de su casa. Era el número 15.
Llamó al timbre del portero que se situaba a la derecha de la puerta, o, mejor dicho,
de la valla, detrás de la cual se veía un gran jardín con diferentes plantas y árboles
frutales aquí y allá.
- ¿Sí? - una voz masculina se oyó a través del aparato.
- Hola Sr. Yánez. Soy Karen.
- ¿Karen? - pensó un momento - ¿Karecita? - siempre se había llevado bien con él.
- La misma.
- Espera que ahora mismo salgo.
- Yo sólo... - no pudo terminar la frase porque colgó.
Al instante un hombre de cincuenta y tantos, con poco pelo y con bastantes kilos de más,
apareció tras la puerta principal, con una gran sonrisa en la cara.
- Hola Karecita - le dio un fuerte abrazo al verla - Y tú debes ser Alicia.
- No, soy Elsa.
Se quedó seria al escuchar el nombre de la última novia de Karen. Pero no tanto como el
propio hombre que lamentó haber sido, como siempre, tan impulsivo.
- Ay, de verdad que lo siento. Yo soy Mateo - desvió la mirada hacia la rubia cuya
cara era un poema - ¿Y tú cómo estás?
- Muy bien, estoy pasando dos semanas con mi abuela.
- Ah, ¿qué tal está la señora Febles? - preguntó amablemente.
- Muy bien, gracias.
- Es una señora muy fuerte. Antes la vi pasar y no sé como puede caminar tanto.
- ¿Pasó por aquí? - preguntó extrañada Karen, aquel no era el camino de la tienda.
- Sí, bueno, la vi pasar por aquí. Supongo que iría a hablar con el Doctor. Pero
todavía no puede haber llegado. El nuevo vendrá mañana.
- ¿El nuevo?
- Sí ¿No lo sabes? - le preguntó extrañado - Hace tanto que no hablo con tu abuela que,
a lo mejor, ella misma no lo sabía. El Doctor Frat está ingresado en La Central. Por lo
visto, le han diagnosticado cáncer de pulmón y le queda poco tiempo.
- ¡Vaya!
- Sí, oye, ¿sabes que Luis está aquí?
- Eso me dijo mi abuela - contestó sorprendiéndose del cambio brusco de tema de Mateo.
Algo que, por otra parte, no era extraño en él - ¿No está en casa?
- No, se fue con la mujer para enseñarle el pueblo.
- ¿La mujer?
- Sí, ¿no te has enterado?. Tengo que hablar con tu abuela un día de estos, la tengo
un poco abandonada. Se casó hace tres meses. Nunca había venido al pueblo y aprovechó
unos días de vacaciones para enseñárselo un poco. Ya en verano vendrán por más tiempo.
- Vaya, eso sí que ha sido una sorpresa. A lo mejor me lo encuentro.
- Entonces, no debes saber lo mejor.
- ¿Es qué hay más, Mateo? - sonrió la rubia.
- Voy a ser abuelo - dijo con una sonrisa más amplia aún. Elsa se extrañó de que
pudiera sonreír aún más.
- ¡Qué me dices!
- Sí. La mujer tiene un mes de embarazo.
- Sí que han sido rápidos. ¡Felicidades por partida doble, entonces! - dijo Karen
abrazándolo.
- Gracias.
- Pues nosotras tenemos que volver. Mi abuela debe de tener preparado ya el almuerzo.
- Seguro. Pásense otro día y así hablas con Luis y conocen a su esposa - y mirando a
Elsa - Y, así tú, los conoces a los dos. ¿No hablas mucho, no?
- No he tenido demasiada oportunidad - se rió la morena.
- Eso debe ser, soy un poco charlatán, ¿verdad? - se rió también - Espero verlas
pronto chicas.
- Y nosotras, Mateo.
Karen se despidió con un abrazo y Elsa con un simple adiós, el hombre lo hizo con la
misma sonrisa con la que salió a saludarles.
- Es un hombre muy amable y alegre - afirmó la morena.
- ¿Verdad? Es un cielo de hombre y el hijo es igual que él. Se parecen mucho. Si fuera
hetero creo que ahora yo sería la mujer de la que habla.
- Me alegro de que no lo seas, no sé dónde estaría yo - sonrió.
- Yo también me alegro, ese hombre no para de hablar - le devolvió la sonrisa y la
cogió de la mano.
- Vaya, pensaba que no podíamos en este pueblo.
- ¿Por qué?
- Nunca me cogías de la mano.
- Ni tú tampoco a mi - la miró la rubia fijamente.
- ¡Touché!
- ¿Por qué habrá ido al médico mi abuela? - preguntó cambiando de tema.
- A lo mejor le falta algún medicamento - dijo intentando quitarle hierro al asunto.
Había visto la cara de la rubia cuando Mateo mencionó lo del médico.
- Es raro.
- ¿Llevaba mucho tiempo ese médico aquí? - preguntó curiosa.
- Mucho. Fue el médico que atendió al parto de mi madre.
- Vaya.
Elsa pensó un momento si preguntarle o no, pero decidió dejarlo para más adelante. Por
lo menos, para cuando nadie pudiese escuchar. En un pueblo nunca se sabe.
- ¡Mamita! ¡Ya hemos llegado! - gritó la rubia en cuanto entró en la casa.
- Me alegro. Ya está el almuerzo preparado - contestó desde la cocina.
- Y huele muy bien - dijo Elsa en cuanto entró recibiendo una sonrisa extraña de Karen,
seguida de un guiño.
- Me gusta que te guste - contestó, en el primer gesto de amabilidad hacia la morena
que había tenido, desde que habían llegado.
Almorzaron hablando de todo un poco. Esta vez Elsa se ofreció a recoger la cocina y
fregar los platos mientras que Karen descansaba sentada en su sillón preferido, frente
a una revista. La abuela aprovechó para arreglar un poco la huerta, era su pasatiempo
preferido. Al verla salir, Karen aprovechó y la siguió.
- Mamita.
- ¿No estabas descansando? - la cogió por sorpresa.
- Sí, un poquito. Hoy he hablado con Mateo.
- ¿Con el Señor Yánez? ¿Viste a Luis?
- No estaba. ¿Sabes que se casó?
- ¿Sí? No lo sabía. ¿Con quién?
- No lo sé. Está pasando unos días aquí y le está enseñando el pueblo.
- Me alegro por él, siempre fue un buen chico.
- Y también será un buen padre.
- ¿Tan pronto?, pues más me alegro - la anciana suspiró.
- ¿Qué pasa?
- Nada - paró de recoger las malas hierbas y miró a su nieta - ¿No quieres tener
hijos?
- ¿Hijos? - le extrañó la pregunta aunque por otro lado era raro que nunca se la
hubiera hecho - Sí, claro. Pero aún no lo hemos pensado.
- ¿Hemos? Me quieres decir, ¿cómo vas a tener un hijo con ella?
- Hay muchas formas abuela. Pero, de verdad, no te ofendas. Aún es pronto y eso es
algo entre ella y yo.
- Entre ella y tú, ¿eh?. ¿Y yo qué? - siguió cogiendo hierbas arrancándolas con fuerza.
- ¿Tú qué?
- Me gustaría tener nietos y ya estoy muy mayor.
- Ya tienes una nieta - le sonrió.
- Sabes a lo que me refiero.
- Mamita, yo quiero tener hijos. Eso está claro, pero aún es pronto.
- ¿Y quién los va a criar? ¿Ustedes dos?
- Abuela, hablemos de ti un rato - comenzaba a molestarse y no quería. Aquel era un
tema delicado - Me dijo Mateo que te vio pasar por delante de su casa. La tienda no
está por ahí, ¿dónde ibas?
- De visita - dijo sin más explicación. Aunque sabía que para su nieta no iba a ser
suficiente, era tan curiosa como ella misma para determinadas cosas.
- ¿A quién visitabas?
- Al Doctor Frat.
- Ya. Me dijo Mateo que está ingresado y muy grave.
- Sí, me lo dijo esa enfermera tan desagradable.
- ¿Por qué lo visitabas? ¿Te encuentras mal?
- Karecita, tengo ochenta y un años, aún estoy fuerte pero la edad no perdona - dijo
sonriendo a su nieta.
- No me has contestado - conocía bien a su abuela.
- Fui para hablarle de ti.
Se acercó a una gran bolsa que colgaba de la pequeña valla y vació en ella las hierbas
que acababa de coger.
- ¿Para hablarle de mí? ¿Sobre qué?
- No le iba a contar tu sueño, si es lo que preguntas. Pero eso de escuchar voces, no
me gusta nada. Y punto - esa coletilla significaba siempre que no pensaba discutirlo,
sea lo que sea.
- No son voces, es un llanto.
- ¡Lo que sea! ¿Crees que eso es normal?
- No lo sé pero lo he escuchado dos veces.
Elizabeth giró la cabeza para mirar fijamente a su nieta, que la miraba a su vez con
expresión seria.
- ¿Cuándo volviste a escucharlo?
- Anoche fue la segunda vez, la primera fue ayer por la mañana. Terminaba de hablar
contigo sobre tu actitud con Elsa y subía las escaleras cuando lo escuché. Pensé que
era Elsa pero cuando me abrió la puerta del baño no tenía síntomas de haber llorado. Se
lo conté y no le dimos importancia.
- Tú no estás bien - sentenció.
- Lo sé. No entiendo nada y todo esto me está dando miedo. ¿Qué pasa si vuelvo a
escucharlo?
- Pues me avisas y buscamos lo que sea, tiene que haber alguna explicación. No puede
salir de la nada.
Una lágrima bajaba por la mejilla de la rubia y su abuela se acercó para abrazarla con
todas sus fuerzas.
- Escúchame. Tú no te vas de aquí hasta que no te vea bien. Me da igual tu trabajo y
lo que diga tu novia.
- Es la primera vez que te refieres a ella como mi novia..
- ¿No lo es?
- Es mucho más, pero a falta de una palabra mejor, esa me va bien. Estaré dos semanas
y todavía me quedan once días aquí.
- Pues si llegados esos once días sigues con estos disparates, tú te quedas. ¿Me oyes
bien?. Te coges una baja de esas o lo que sea.
- Gracias, mamita.
Le dio un fuerte beso y volvió dentro de la casa donde Elsa acababa de terminar de
limpiar la cocina.
- ¿Estás cansada? - le preguntó mientras se acercaba a ella.
- No, especialmente. ¿Dónde estabas?
- Hablando con mi abuela.
- ¿Qué te dijo? - rodeó la cintura de la rubia con sus brazos - Sobre lo del médico.
- Que fue para hablarle de mi.
- ¿De ti?
- Sí, por lo de los llantos.
- Oye, anoche no fue la primera vez que lo oíste. Me acordé que me dijiste lo mismo el
otro día cuando entraste en el baño.
- Lo sé, eso mismo le acabo de comentar y me ha amenazado. Me dijo que si seguía
oyendo lo mismo dentro de dos semanas no me iba de aquí. Dijese lo que dijese mi novia.
- Eso tiene que... ¿tu novia? - preguntó extrañada.
- Sí, eso dijo, parece que va cediendo. Espero que conozcas la bondad que hay en esa
mujer algún día.
- Por mucho que se meta conmigo ya sé lo bondadosa que ha sido contigo. Y eso se lo
agradeceré toda la vida - se agachó y la besó en los labios.
La tarde la dedicaron a pasear por el pueblo. El paseo fue más bien corto pues a cada
rato Karen se encontraba con algún hombre o alguna mujer que conocía, y tenía que
contestar, una y otra vez, a las misma preguntas. Eran gente mayor y todos conocieron
bien a sus padres, le decían lo buena gente que eran ambos y lo mucho que se parecía a
su madre. Era algo que escuchó durante toda su vida y lo seguiría escuchando mientras
quedase alguien en el pueblo que los recordase. En el fondo le resultaba gratificante.
Regresaron a la casa, más por no encontrarse con otro vecino, que por cansancio. Elsa
decidió ayudar a Elizabeth con la cena y así tener una oportunidad de hablar con ella,
mientras que Karen subió al segundo piso para ducharse. Tenía miedo de quedarse sola
pero debía afrontarlo. En el fondo sabía que no podía huir de aquello. Tendría que
encontrar la manera de controlarlo y estaba decidida a hacerlo.
- Toma, pela estos ajos - dijo entregándole un puñado a la morena sentada en la mesa.
- Señora Elizabeth...
- Llámame Elizabeth. Nunca me ha gustado lo de señora - dijo sin dejar de mirar la
olla que acababa de poner al fuego.
- Sé que yo no le gusto pero ha de saber...
- Espera - dijo la anciana sentándose a la mesa junto a Elsa - No es que tú no me
gustes, no dudo de que seas buena gente. Al principio tenía mis reservas pero ahora no.
- Yo amo a Karen - dijo mirándola fijamente.
- Eso sólo lo dirá el tiempo, es el mejor juez - la anciana se levantó a remover el
contenido de la olla.
- ¿Por qué no se fía de mí?
- No me fío de la gente como tú. Hace un tiempo ella trajo a otra... chica - dijo
pensando lo que decía - Esa chica le hizo daño, sufrió mucho y no quiero verla sufrir.
No lo soporto. Ya ha sufrido bastante.
- Yo nunca le haría daño. Conozco la historia de su ex, Alicia. En cuanto a la gente
como yo, perdone, pero usted no me conoce. No debería prejuzgarme. Y si con eso se
refiere a la gente gay, su nieta también lo es.
- Dios, no sé lo que su madre hubiera dicho de todo esto, creo que no he sabido
criarla.
- ¿Qué está diciendo? Su nieta es una gran persona. De hecho, es la mejor persona que
he conocido. La he visto ayudar a la gente de manera totalmente desinteresada - miró
fijamente a la mujer que no dejaba de moverse por la cocina buscando ingredientes aquí
y allá - ¿Sabe usted cómo nos conocimos?
- No - Elizabeth volvió a sentarse a la mesa. Deseaba conocer esa historia.
- Mi abuela tiene Alzheimer desde hace unos años. En el último año se ha agudizado
hasta el punto de que, en ocasiones, no recuerda ni su propio nombre. Un día desapareció
sin más. Mi madre se descuidó un segundo y ella se escapó y salió a la calle. Nos
volvimos locos, llamamos a la policía, a todos los hospitales, la buscamos por toda la
ciudad, pegamos carteles. Una semana más tarde Karen se presentó con ella en mi casa.
Fue un auténtico ángel. La encontró por casualidad perdida y desorientada, debía de
llevar días deambulando por ahí. Estaba mojada y tiritaba de frío. Se la llevó a su
casa y la cuidó, la abrigó y le dio de comer, prestándole toda su atención. Cuando iba
camino de la policía para informar vio uno de los carteles, la reconoció y la trajo.
Así fue como la conocí. La mujer más bella que nunca vi - sus ojos azules no dejaron de
brillar mientras contaba la historia y Elizabeth se dio cuenta de ello.
- Mi nieta no me contó nada de eso - dijo con lágrimas en los ojos - Siempre ha sido
una buena chica.
- Y eso es mérito suyo. Usted no tiene la culpa de que sea gay, nadie la tiene. Y no
es tan horrible, créame. Le demostraré lo enamorada que estoy de ella - dijo firmemente.
- Empiezo a creerlo - le sonrió no sólo con los labios sino también con esos ojos
verdes tan familiares. Le palmeó la mano y se levantó dispuesta a terminar la comida.
Karen salió de la ducha con cierto temor, esperaba escuchar algo de un momento a otro y
se preparaba para ello. Se secó el cuerpo con la toalla, que volvió a colgar en la
barra, una vez terminó. Se peinó mirándose en el pequeño espejo un poco empañado aún.
Le gustaba ducharse con el agua muy caliente y eso provocaba que el cuarto de baño
pareciera siempre una sauna cuando ella se duchaba.
Buscó el secador de pelo en el pequeño armario situado a su derecha. Lo sacó y lo
enchufó. Volvió a mirarse en el espejo y emitió un grito ahogado. Se quedó petrificada
y su corazón dejó de latir durante un segundo. Frente a ella, en el espejo, el vapor
había formado lo que parecía una cara. Era una cara diminuta que poco a poco iba
desapareciendo. En cuestión de un par de minutos ya no había nada, sólo su cara pálida
se reflejaba en el cristal.
Aún apretaba con fuerza el secador cuando lo oyó. Era el llanto de nuevo y esta vez era
alto, parecía el llanto de un niño. Era lo que tanto temía pero la cara que acababa de
ver en el espejo no se lo esperaba, para eso no se había preparado. El llanto cesó de
golpe, se quedó atenta, escuchando alrededor suyo. Pero no oía nada. Se vistió lo más
deprisa que pudo y salió del baño dirigiéndose a la escalera.
- Ahhhhhhh - gritó al tropezar con alguien.
- Eh, soy yo - dijo Elsa - ¿Qué pasa? ¿Lo has vuelto a oír?
- Sí - se abrazó a la morena - Quédate conmigo. No me sueltes.
- Tranquila - le devolvió el abrazo acariciándole su corto pelo rubio - Ya está, ya
pasó.
- No ha pasado. ¡Esto no pasará! - dijo entre sollozos.
- Vamos al cuarto, no quiero que tu abuela nos oiga. Está ya demasiado preocupada por
ti.
Entraron en la habitación y se sentaron sobre la cama. Karen no dejaba de abrazarla.
Poco a poco, se tranquilizó, hasta que por fin consiguió reunir las fuerzas suficientes
para hablar.
- No sólo ha sido ese llanto - confesó en voz baja, como evitando que alguien pudiera
escuchar.
- ¿Qué quieres decir? ¿Has sentido también esos bufidos?
- No - se separó y la miró a los ojos - He visto algo, Elsa.
La morena se quedó parada, le daba miedo preguntar pero, al final, lo hizo. Si quería
ayudarla, y lo quería con todo su alma, tendría que escucharla y saber todo lo que
pasaba.
- ¿Qué has visto, Ka? - le preguntó cariñosamente.
- Sabes que dejo el baño como una sauna cuando me ducho.
- Sí, siempre has exagerado con el agua caliente - sonrió durante un segundo.
- El espejo estaba totalmente empañado. Abrí el armario para coger el secador y
entonces lo vi.
- ¿El qué?
- En el espejo, el bao había formado lo que parecía... una cara - hablaba mirando
fijamente a los ojos de la morena comprobando su reacción.
- ¿Una cara?
- Sí, era una cara pequeña, algo así - intentó dibujarla en el aire - Parecía la cara
de un niño, ahora que lo pienso.
- Karen, pudo ser cualquier cosa.
- Poco a poco desapareció igual que el bao. Y, entonces, volví a escuchar ese llanto
otra vez y era el llanto de un niño. Estoy segura.
Elsa se levantó y comenzó a caminar por la habitación, giró y se paró. Se agachó y se
quedó en cuclillas frente a Karen, que permanecía sentada en la cama mirándola
fijamente.
- Ka, estoy preocupada por ti - le dijo mirando a los ojos verdes y apoyándose en sus
muslos.
- Y yo, Elsi. No sé que pensar de todo esto, no sé si me estoy volviendo loca, no
entiendo nada - dejó caerse sobre el colchón - Estoy cansada, Elsi. Estoy cansada de
todo esto.
Elsa se levantó y se sentó en la cama junto a la rubia, acariciándole el pelo.
- ¿Cómo puedo ayudarte?
- No lo sé - la miró - Sólo quédate conmigo y quiéreme.
- Eso no tienes que pedírmelo, lo haría de todos modos - se acostó junto a ella - Lo
haré siempre.
- ¿De verdad? - la rubia la miró, necesitaba creer en sus palabras.
- Te amo. Nunca he sentido lo que siento por ti y ahora sé que nunca estuve enamorada.
- ¿Y ahora lo estás? - le acarició la cara.
- Profundamente.
- Abrázame, Elsi. Abrázame y no me sueltes.
La morena se abrazó a Karen pegando se cabeza en el pecho de la rubia y acariciándole
el costado. La rubia besó su morena cabeza y comenzó a mover su mano arriba y abajo
acariciándole la espalda. De repente, se quedó quieta, oía un ruido. Si era el llanto,
por fin, Elsa podía escucharlo.
- Creo que tu abuela está subiendo la escalera, ya debe de estar impacientándose. La
cena está desde hace un rato.
Karen sonrió. Lo que escuchaba era, sin duda, los pasos de su abuela.
- Vamos, entonces. La pobre debe de estar muerta de hambre por nuestra culpa.
- Yo también tengo hambre - sonrió Elsa mientras se levantaba y ayudaba a la rubia a
incorporarse. Le dio un suave beso en los labios y salieron de la habitación.
"Sentía la claridad a través de sus ojos. Los tenía cerrados, quería abrirlos pero
por alguna razón era incapaz de hacerlo. Tenía miedo y no podía más que llorar. Lloraba
y lloraba y su propio llanto le impedía escuchar lo que aquellas personas hablaban.
¿Qué me están haciendo?, alguien me sujeta. ¡¡Suélteme!! Quería gritar pero sólo podía
llorar. Sabía que estaba en el sueño y quería controlarlo, luchaba por abrir los ojos
pero era imposible. Cada esfuerzo la cansaba más y más. Otra vez alguien la tapaba pero
esta vez lo hacía con una manta. Quería concentrarse para recordar cada detalle. Era
una manta sin duda. Ya no había claridad. La oscuridad volvía a adueñarse de ella y
sintió una mano que la apretaba la boca y la nariz. ¡Estaba ocurriendo otra vez!, la
asfixiaba, el pánico se adueñó de ella pero nada podía hacer. Se sentía paralizada y no
tenía fuerzas para luchar. El cuerpo no le respondía y sólo podía dejarse llevar. Y así
lo hizo. Se dejó llevar hasta que sintió que no le quedaba aire. Se convulsionó hasta
que todo acabó. Alguien la llevaba en brazos y podía sentir su aire. Respiraba aunque
con dificultad. Ese alguien corría y su cuerpo era zarandeado con brusquedad. Escuchaba
sus resoplidos muy cerca y sentía en su propia cara el aire que aquel hombre expulsaba.
Era, sin duda, un hombre, no lo veía pero lo sabía. De repente, se paró. El miedo y una
sensación profunda de pánico se adueñó de todo su cuerpo cuando la soltó, dejándola
caer al vacío."
- Buenos días, Karen, hoy te has levantado temprano, ¿eh? No ha hecho falta que te
llamase. El desayuno está casi listo - dijo Elizabeth.
Karen se sentó a la mesa sin decir palabra. Su abuela se movía por la cocina buscando
un tazón. Lo encontró y vació sobre él dos cucharones grandes de leche caliente,
depositándolo delante de su nieta, al mirarla se asustó. Su cara estaba pálida y tenía
dos grandes ojeras bajo sus ojos verdes. Un verde que había perdido todo su brillo. Se
sentó junto a ella asustada y la cogió de la mano.
- Karecita. ¿Qué pasa? - la miró fijamente - ¿Otra vez ese sueño? No te he oído gritar
esta noche.
- No grité, sólo sudé - dijo sin levantar la vista - Estoy cansada, mamita. Quiero
terminar con esto pero no sé cómo. No sé que hacer.
Se pasó una mano por su pelo rubio mientras aceptaba de buen grado el enorme abrazo que
su abuela le ofrecía.
- ¿Me lo vas a contar? - le preguntó mientras la balanceaba dulcemente entre sus
brazos.
- Quiero esperar a Elsa así no tendré que repetirlo. Ya es bastante duro contarlo una
vez.
- Por mí no lo hagas - dijo Elsa que entraba, en ese momento, en la cocina - Yo ya
estoy aquí.
- Hola cariño - le contestó la rubia desde los brazos de su abuela.
- Hola cielo, veo que ya estás en buenas manos - dijo Elsa sonriendo a la anciana.
Esta le devolvió la sonrisa.
- En las mejores.
- Esta noche ha sido distinto.
- ¿En qué sentido? - preguntó la morena que se sentó junto a Karen. Esta se soltó del
abrazo maternal para contar mejor lo que había soñado.
- Sabía que estaba soñando. Pude concentrarme para no perderme detalle, pero no pude
controlarlo, se me hacía imposible.
- ¿Qué soñaste, Karecita?
- Esta vez había claridad, al menos al principio. Me concentré en las voces pero me
fue imposible entender lo que decían, estaba demasiado asustada. Lloraba tanto que no
escuchaba las voces aunque sabía que seguían ahí. Alguien me tapó con una manta y la
oscuridad volvió. De nuevo, ese alguien, me tapó la boca y la nariz y sentí que me
asfixiaba, pensé que era un sueño y que tenía que dejarme llevar. Otra vez dejé de
respirar y al momento siguiente, alguien corría conmigo en brazos. Otra vez sus
resoplidos en mi cara y otra vez me soltaba y me dejaba caer, aún envuelta en la manta.
- ¿Sabes dónde caes? - preguntó Elsa.
- No lo sé, siempre me despierto en ese momento. La sensación es demasiado fuerte como
para soportarla. Tengo demasiado pánico.
- Esto no puede seguir así, se está pasando - dijo la anciana - Desayunen, yo tengo
que hacer una llamada.
- ¿A quién vas a llamar, mamita? - preguntó sorprendida.
La anciana no contestó pues ya había salido de la habitación. Desayunaron en silencio y,
en unos minutos, Elizabeth volvió.
- ¿Han terminado? - preguntó secamente.
- Yo ya terminé.
- Y yo.
- Vístanse y cojan abrigo. He llamado a un taxi y estará aquí enseguida.
- ¿A un taxi? - Karen no salía de su asombro - ¿Dónde vamos?
- A visitar a un viejo amigo mío.
- ¿Un amigo tuyo?. ¿Quién?
- Quieres dejar de hacer preguntas y vestirte de una vez - la anciana estaba
extrañamente seria - Ya es bastante violento.
Karen quería preguntar más pero por la expresión de su abuela, supo que no era el
momento. De todas maneras, fueran donde fueran, no tardaría en enterarse.
En media hora, las tres mujeres estaban dentro del taxi, que por lo único que sabía la
pareja, las llevaba a un pueblo cercano, San Miguel. Karen no conocía a nadie allí y
estaba cada vez más intrigada. Elsa la miró pero la rubia se encogió de hombros
indicándola que no sabía más que ella de todo este asunto. De todos modos, el camino era
precioso, grandes valles de un verde intenso las recibían a cada paso. El pueblo de San
Miguel parecía ser aún más pequeño que Los Acevos pero no menos acogedor. De nuevo, la
plaza y la iglesia constituían el centro del pueblo y el taxi las dejó justo en frente.
- Vamos a visitar a Nasem - dijo la abuela mientras comenzaba a caminar rodeando la
plaza.
- ¿Nasem? ¿Qué clase de nombre es ese? - preguntó Karen.
- Uno inventado por él mismo - dijo sin más explicación.
- ¿De qué lo conoces?
- Es, algo así, como un antiguo pretendiente.
- ¿Pretendiente? - se rió la rubia - Te refieres a que es un antiguo novio.
- No, nunca fui novia de ese, siempre fue un chico muy raro.
- Si es así, ¿por qué vamos a verlo? - preguntó extrañada Elsa.
La anciana se paró en mitad de la calle de tierra que estaban cruzando en ese momento.
- Puede ayudarte - dijo mirando fijamente a Karen.
- ¿Cómo?
Elizabeth suspiró pensando en lo mucho que su nieta se parecía a ella misma. Siempre
preguntando, siempre curiosa.
- Sé que suena extraño y más viniendo de mí - se acercó más a la pareja para que nadie
pudiera escucharla - Es algo así, como un brujo.
- ¡¿Un qué?! - preguntó sorprendida Karen. Su abuela nunca creyó en nada de eso y de
hecho les llamaba charlatanes.
- ¿Quieres bajar la voz, jovencita? - dijo algo avergonzada - Esto me gusta tan poco
como a ti pero es lo único que se me ocurre. Además, ¿qué mal puede hacerte?
- Pero, abuela.
- Nada de peros - dijo esta vez Elsa, sorprendiendo a nieta y abuela por igual - No
tienes nada que perder, Karen. Y, quien sabe, a lo mejor, puede ayudarte. Por lo menos
a comprender algo de lo que te pasa y nosotros no sabemos que es - Karen la miraba con
los ojos como platos - Oye, yo tampoco creo en estas cosas pero tu abuela tiene razón,
daño no te hará.
- Veo que esto es un complot - sonrió Karen - Y bien, ¿dónde está ese novio tuyo? -
dijo adrede para ver la cara de su abuela.
- ¡No es mi novio y nunca lo fue! - le contestó molesta - Y aquí es.
La casa era idéntica a cualquier otra del pueblo. De una sola planta y el tejado a base
de tejas antiguas, estaba lleno de moho debido al alto grado de humedad que siempre
reinaba en la zona. Una puerta y dos ventanales grandes completaban la fachada y no
existía ningún letrero con ningún nombre. Elizabeth tocó a la puerta con los nudillos,
ni siquiera había timbre La puerta se abrió y un niño de unos once años apareció tras
ella, con cara de sorpresa.
- Hola. ¿Cómo estás? - preguntó, con una sonrisa, la anciana - ¿Está tu abuelo?
El niño no contestó. Simplemente se limitó a volver al interior de la casa llamando a
su abuelo a todo pulmón.
- Qué niño tan bien educado - sonrió irónicamente Elsa - Así da gusto.
- Entran ganas de tener uno - la miró Karen que, en seguida, se lamentó de su
comentario al observar la cara de su abuela.
Un hombre tan anciano como su propia abuela apareció esta vez tras la puerta. Únicamente
vestía unos pantalones negros que le quedaban un poco largos y una camisa blanca, con
dos botones desabrochados, que dejaban ver una camisilla del mismo color. Eso sí,
calzaba unos tennis blancos y modernos que seguro habían sido regalo de su hijo, o algo
así. A Elsa le recordó los tennis que la propia Elizabeth solía calzar cuando estaba en
casa. Tanto a ella como a Karen les extrañó no ver ninguna cruz colgada a su cuello o
collares, algo que indicase su condición de brujo.
- Hola Nasem - dijo la anciana.
- Hola Elizabeth, me alegré de tu llamada. ¿Esta debe ser tu nieta, verdad?. Es
idéntica a ti y a Eli. Hola.
- Sí, ha salido a la familia.
- Hola - contestó Karen. Nunca había oído a alguien llamar a su madre Eli - Ella es
Elsa.
- Hola Elsa - le dio la mano y el hombre le sonrió - Me gustas casi tanto como Karen,
tienes buenos sentimientos.
- Gracias... supongo - contestó extrañada. Miró a la rubia que se rió al ver su
expresión.
- Pasen. Estoy impaciente por escuchar la historia.
Karen contó toda la historia, desde su primer sueño hasta esa misma noche. El hombre
escuchaba pacientemente sin interrumpirla un solo segundo. La miraba fijamente pero sin
intimidarla. Su mirada era amable y a través de ella intentaba estudiar la situación y
comprender cada una de las palabras, que aquella buena y bella joven, pronunciaba. La
visión de la cara en el espejo sorprendió a su abuela que desconocía los últimos
acontecimientos.
Una vez terminó, Karen miró fijamente al hombre, que no se movía. Los ojos negros del
anciano se apartaron un momento para fijarse en algún punto de la pared blanca detrás
de ella. Parecía pensar y reflexionar con todo lo que había escuchado.
- La clave está en el sueño - dijo sorprendiéndolas después de un rato de silencio -
Es a través de él como, en realidad, se comunica contigo.
- ¿Quién?
- Sólo el sueño te lo dirá. Debes controlarlo, hacerte con él. Lo que hiciste anoche
está muy bien pero desconoces la técnica. Yo te la enseñaré.
- ¿Qué hay de los llantos y la cara? - preguntó Elsa.
- Se ve que la quieres mucho, noto la preocupación en tus ojos y en todo tu cuerpo.
Pero no debes preocuparte tanto y tú tampoco, Elizabeth. Todo acabará en cuanto el
mensaje sea aclarado.
- ¿Qué mensaje, Nasem? - preguntó Elizabeth.
- Todo a su tiempo, Elizabeth. Siempre fuiste algo impulsiva pero no has perdido tu
encanto ni tu belleza.
Karen miró divertida a su abuela y notó como la anciana se ruborizaba, un poco incómoda.
Miró a Elsa y ambas sonrieron.
- Algo pasó en tu casa - dijo mirando a la anciana - Eso es lo que te quieren contar
- miró esta vez a Karen - Y está directamente relacionado contigo. Alguien muy unido a
ti intenta decirte algo que para él o para ella, es muy importante, algo que le quita
la paz. Ese llanto fue más fuerte en el cuarto de tu abuela porque allí ocurrió.
- ¿En mi cuarto? - preguntó incrédula.
- ¿Qué cosas han pasado en ese cuarto, Elizabeth?
- ¿Quieres que te cuente mi vida íntima? - preguntó molesta - Ni lo sueñes, no voy a
satisfacer tu curiosidad morbosa.
- Mamita, no creo que se refiera a nada de eso - dijo la rubia sonriendo.
- Ah - contestó sin más y un tanto avergonzada - ¿Y a qué te refieres?
- Algo brusco, algo realmente grave. Alguna situación...
- ¡Oh, dios mío! - le interrumpió la anciana - Allí nació Karen y allí...
- Murió tu hija - dijo el hombre sin ningún tipo de expresión en su cara.
- ¡¿Me estás diciendo que mi hija intenta hablar desde el más allá?! ¡¿Es qué crees
que estamos locas?! ¡Esto es muy cruel!, ¡incluso para ti, Nasem!
- Obviamente no es tu hija ni tampoco tu yerno. No sé qué o quién es. Es el llanto de
un niño lo que oyes, ¿verdad? - le preguntó a Karen.
- Sí, pero también oigo el resoplido de un hombre.
- Eso es lo extraño. Sólo el sueño te lo dirá - miró a Elsa y después a Elizabeth -
Tengo que quedarme a solas con Karen.
- Ni hablar. Yo no dejo sola a mi niña contigo. ¡Estás loco!
- Elizabeth, Karen estará bien. Será mejor hacerle caso, es el único que parece tener
alguna idea.
Elsa tranquilizó a la anciana y la llevó a un cuarto contiguo que el hombre le indicó.
Se sentaron en el sofá y esperaron pacientemente. Ambas agudizaban los oídos para
intentar escuchar algo de lo que pasaba en la otra habitación, más que nada por si le
hacía daño.
Pocos minutos después el hombre reapareció. Tenía una expresión rara en su cara y ambas
se levantaron al verle.
- Karen, ¿está bien? - preguntó Elsa.
- Sí, tranquila. Tenemos que ir a tu casa, Elizabeth - miró a la anciana.
- ¿Por qué? ¿Qué pasa?
- No tengo claro lo del niño. Parece que sólo ella lo escucha. Tengo que ir y
averiguar algo más.
- ¿Podrás comunicarte con él? - preguntó Elsa sorprendiéndose a si mi misma por hacer
una pregunta semejante.
- No tengo esa clase de poderes. No sé lo que te habrá dicho esta mujer pero no soy un
brujo. Tengo algunas percepciones y eso es todo, no soy médium ni nada de eso. Ojalá lo
fuera, en este caso nos iría muy bien.
- ¡Deja de decir tonterías! - le recriminó Elizabeth - Vamos a casa si eso te hace
feliz y acabemos de una vez por todas con todo este asunto de locos - la paciencia de
la anciana estaba llegando al límite.
Dos horas más tarde se encontraban en el interior de la casa. El hombre miraba a su
alrededor y Karen esperaba, bajo la atenta mirada de su abuela y de su novia, alguna
indicación.
- ¿Dónde lo escuchaste por primera vez?
- En el piso de arriba, subía por las escaleras.
- Vamos - el hombre la siguió mientras subían - Por favor, quédense abajo - les pidió
a las dos mujeres.
- ¡No me da la gana! ¡Esta es mi casa! - casi gritó la abuela.
- ¡Abuela! - casi gritó la nieta. Bajó las escaleras y le dio un fuerte beso en la
cara para tranquilizarla - No te preocupes, estaré bien. Ya me estoy acostumbrando a
escucharlo - sonrió.
Pareció surtir efecto pues Elizabeth se dirigió al salón junto con Elsa y ambas
ocuparon el sofá. Una vez más les tocaría esperar.
- Elizabeth, ¿puedo hacerle una pregunta?
- Claro, Elsa - la miró un momento - Siento haber pensado mal de ti.
- Gracias - la confesión de la anciana la cogió por sorpresa - Sé que es muy duro para
usted.
- Para ti, chiquilla, nada de usted - le sonrió.
- Sé que es muy duro... para ti - acentuó las dos últimas palabras - ¿Qué pasó aquella
noche?. Cuando nació Karen.
- Sé a que noche te refieres. Yo no estaba aquí. Eso no me lo perdonaré nunca. Fui a
visitar a una hermana mía, que ya murió, a San Bartolomé - la anciana miró a los ojos
azules intentado justificarse - Tenía apenas ocho meses y todo iba bien. Yo creo que ni
siquiera tenía los ocho, Le faltaba mucho aún para el parto.
- Tranquila, eso lo sé - le pasó un brazo por los hombros al sentir el dolor de la
anciana mujer.
- La enfermera del doctor Frat me llamó para decirme que mi hija estaba de parto. Al
principio no la creí, pensé que era una falsa alarma. No podía ser que estuviera de
parto tan pronto. Vine al pueblo lo más rápido que pude. En aquella época no era tan
fácil como coger una taxi, ¿sabes? - Elizabeth paró para secarse las lágrimas con un
pañuelo. Lo sacó de la manga del vestido negro, que se ponía para salir de casa - Cuando
llegué ya había pasado. Mi hija murió y el doctor Frat me dijo que mi nieta estaba muy
débil. No creía que sobreviviera a esa noche y obviamente se equivocó. Al parecer mi
Eli había perdido demasiada sangre. Le pregunté cómo era posible que se pusiera de
parto tan pronto si todo iba tan bien. No supo que decirme. No me gustaba ese hombre,
nunca me gustó. Y aquella noche tenía, no sé...
- ¿La enfermera no atendió al parto?
- Por lo visto, el doctor Frat dijo que no la necesitaba, que era un parto sencillo -
sonrió con amargura.
- ¿Y los vecinos? ¿Nadie oyó nada?
- Había una fiesta esa noche. Estaban todos en la plaza y eso está lo suficientemente
lejos para que nadie pudiera escuchar nada. Además había música. Cuando se enteraron ya
todo había pasado.
- ¿Qué pasó con el padre?
- ¿Con mi yerno?. Carlos desapareció. Lo buscaron durante días hasta que unos niños
que buceaban en el lago encontraron su cadáver. Los pobres tuvieron pesadillas no sé ni
cuánto tiempo, el niño que lo vio nunca volvió a bañarse en ese maldito lago.
- ¿Tanto quería a su esposa para no querer saber nada de su propia hija?
- Eso nunca lo entendí. Él estaba mucho más ilusionado que Eli. Eli quería un hijo
pero Carlos lo deseaba. Quería muchísimo a mi hija pero no entiendo como pudo hacer eso.
¿Abandonarla? Yo nunca lo he creído, algo tuvo que pasar, tal vez un accidente, no lo
sé.
- Quizás todo esto, lo aclare.
- Pues no sé cómo.
- Yo tampoco lo sé pero espero que él sí lo sepa - dijo Elsa mirando la escalera por
la que habían subido.
Karen estaba de pie frente a la puerta de la habitación de su abuela. Nasem permanecía,
también de pie, aún en la escalera, tenía que quedarse separado. Karen cerró los ojos
intentando concentrarse como el propio Nasem le había dicho. No podía forzarlo, no era
automático y tendría que esperar. Si no escuchaba nada, no importaba. Él o ella volvería
a manifestarse de alguna manera pero eso sí, sólo ante ella.
- Nas...
- No digas nada - la interrumpió el hombre.
Permaneció de pie unos minutos más hasta que un sonido lejano llegó a sus oídos. Le
hizo una seña al hombre que se quedó aún más quieto intentando, al igual, que ella
misma, concentrarse. El sonido se acercaba y pudo reconocerlo. Era ese llanto, otra vez.
Nasem se concentraba pero era imposible para él escuchar algo. Estaba claro que la
conexión era con Karen y sólo con ella. Tenía que haber alguna razón para ello y estaba
dispuesto a ayudarla. Era lo único que podía hacer.
Karen levantó las manos y se las llevó a los oídos. El llanto era demasiado claro ahora,
intentó escucharlo, distinguir algo más pero era imposible. Miró a Nasem y este le
indicaba que abriese la puerta. Él no se movió.
Karen la abrió y el llanto cesó. La tranquilidad volvió pero había algo en aquel cuarto,
podía sentirlo. Entró y miró a su alrededor sin comprobar ningún cambio. Un fuerte
ruido hizo que el corazón le diese un vuelco, se giró rápidamente para comprobar
asustada que la puerta se había cerrado de golpe. Otra vez la fuerte respiración volvió,
podía escucharla cerca de su cara. Con ella también volvió el llanto, pero esta vez, lo
reconoció. Era su propio llanto. El mismo sonido que emitía en el sueño, ¿cómo era
posible? ¿cómo podía ser ella la que lloraba?. Era igual, lo reconocería en cualquier
parte. El llanto se calló nuevamente pero no así la respiración, que se hizo más fuerte.
La misma respiración del sueño.
Escuchó golpear la puerta, intentaban abrirla y podía escuchar que la llamaban.
Distinguía las voces de su abuela y de Elsa. Quería correr hacia ellas pero se obligó a
quedarse, sólo la horrible respiración del sueño la acompañaba. No oía el llanto. Un
grito de mujer la paralizó por completo. Y todo quedó en silencio.
- ¡Karen! - gritó Elsa al abrir, por fin, la puerta.
La encontró paralizada en el centro del cuarto. Sólo habían escuchado el fuerte portazo
pero por alguna razón no podían abrir la puerta. Y Karen no la había abierto. Se acercó
a ella y la abrazó con todo su amor, esta empezó a llorar desconsoladamente. Nasem
apareció e indicó a la anciana que se había unido al abrazo que las dejase solas. Al
principio se negó pero se dio cuenta de que era lo mejor y salió de la habitación.
- Schsss... ya estoy aquí. Estoy aquí - Elsa le hablaba suavemente intentando calmarla
pero era inútil - No te dejaré. No volveré a dejarte sola. Tranquila.
Caminó sin dejar de abrazarla hacia la puerta y se dirigió a la otra habitación, se
sentó sobre la cama e intentó calmarla. Esta vez parecía surtir un mayor efecto.
- Nasem, ¿quieres decirme que ha pasado? - le inquirió la anciana.
- Elizabeth, yo no puedo hacer más por ella. Le he enseñado todo lo que yo sé y le he
indicado lo que debe hacer. Es lo único en que puedo ayudarla.
- ¿Y tú dices que eres brujo?
- Yo nunca he dicho semejante cosa. Son los del pueblo los que me llaman así.
Elizabeth le miró, por un momento comprendió a aquel hombre. De niño había hablado
demasiado y eso en un pueblo no se perdona nunca. Decía las cosas que sentía o que, a
veces, veía. Eso era lo único que había echo y muchas de esas cosas resultaron ser
verdad, por eso, se ganó el apodo del brujo. Pero él siempre lo negó. No podía más que
agradecerle lo que había echo por su nieta., fuera lo que fuera. No tenía por qué, pero
la ayudó y su intención era buena.
- Lo siento - acertó a decirle consiguiendo arrancarle una sonrisa al amable anciano
- Gracias, Nasem. Supongo que has hecho lo que has podido, ¿verdad?
- Esa es la única verdad. Ahora tengo que irme, mi hijo debe estar esperándome con el
coche - se dirigió a la puerta y se volvió para mirarla - Siento todo esto. Pero algo
me dice que aclarará muchas cosas, sólo espero que acabe pronto.
- Yo también y, de nuevo, muchas gracias.
- Hasta pronto.
Karen durmió hasta la tarde, estaba demasiado cansada. Elsa no se separó un momento de
su lado, incluso Elizabeth le había subido una bandeja con el almuerzo que a penas
probó. Estaba demasiado preocupada por su amor como para pensar en comer y se sentía
frustrada. Quería ayudarla, terminar con su sufrimiento pero no podía hacer nada. Sólo
quererla tal y como ella le había dicho. Y eso sí que lo hacía, la quería tanto que le
dolía, le dolía verla así. Era insoportable pero tenía que serlo mucho más para ella
misma. No la iba a dejar sola ahora sí que no. No se separaría de ella ni un segundo.
- No has comido nada - le dijo la anciana cuando subió para recoger la bandeja.
- No puedo, Elizabeth - estaba sentada en una silla entre la ventana y la cama,
observando cada movimiento de la rubia mujer.
- ¿Cuánto durará esto? - preguntó con amargura en su voz.
Elizabeth se sentó en la cama donde su nieta parecía dormir profundamente. Le acarició
el pelo con suavidad.
- ¿Qué habrá pasado ahí dentro? - le preguntó Elsa.
- No lo sé, querida. Tendremos que esperar a que ella misma nos lo diga. Si puede.
Se levantó y recogió la bandeja pero antes de irse miró a Elsa cuya preocupación se
reflejaba claramente en su semblante. Se acercó a ella y le dio un beso en la morena
cabeza que cogió por sorpresa a su dueña. La miró, a los verdes y cansados ojos, y no
pudo más que sonreír. A Karen le hubiera gustado ver esto. La mujer irradiaba bondad
por los cuatro costados y se alegraba de que, por fin, le dejara descubrirlo.
- Te diría que no te quedases todo el tiempo pero sé que no me harías caso - le sonrió
la anciana.
- No podría.
Podía ver la claridad a través de los párpados pero por mucho que lo intentaba no
podía abrir los ojos. Algo se lo impedía. Su cuerpo no le respondía como ella quería,
ni sus brazos ni sus piernas. Era otra vez el sueño pero ahora podía controlarlo,
conocía la técnica que el anciano le había enseñado. Cada vez era más conciente de su
poder. Otra vez las voces. Eran dos personas y ahora casi podía identificarlas, eran un
hombre y una mujer. La mujer parecía alterada pero no lograba entenderla. Tal y como
Nasem le había enseñado, aquel cuerpo no era el suyo. Todo estaba en su mente. Tenía
que dominar su mente, primero, antes de dominar el sueño. Volvió a sentir la manta
envolviéndola y ahora vendría la asfixia. La técnica funcionaba, se estaba alejando.
Era como si saliese de la manta pero seguía allí y también aquel cuerpo. Se sentía como
un espíritu que se elevaba. Por primera vez, comprobaba que aquel cuerpo era demasiado
pequeño. ¡Dios mío, sólo era un bebé!, aquel hombre estaba ahogándolo. ¿Qué es esto?.
Veía el pequeño cuerpo convulsionarse y recordó lo que sentía en ese momento, ¿qué está
haciendo?, ¿está loco?. ¡Suéltalo!...
- ¡Suéltalo!... ¡suéltalo!
La voz de Karen la despertó de golpe, sin querer se había quedado dormida durante un
momento. Se levantó rápidamente y abrazó a la rubia que abrió los ojos casi de manera
instantánea. No había gritado muy alto de manera que la anciana no la había podido
escuchar. Una vez más, comenzó el ritual para intentar tranquilizarse. Elsa no pudo
evitar llorar con ella por el absurdo dolor que estaba padeciendo. No se merecía nada
de lo que le estaba pasando.
- ¡¡¡Es un bebé!!!! - gritó Karen.
- Schssss... no grites, tu abuela está abajo.
Karen se incorporó mirando a Elsa.
- Elsa, es un bebé.
- ¿Cómo qué es un bebé?
- El que llora, no es el llanto de un niño, es el llanto de un bebé.
- ¿Qué estás diciendo?. No te entiendo.
Karen cogió aire intentando tranquilizarse. Poco a poco, logró que su corazón latiese a
un ritmo normal.
- Escúchame, cariño. Hice lo que Nasem me dijo y ha funcionado.
- ¿El qué?
- Sentí como me envolvía otra vez en la manta, me iba a asfixiar pero logré salir de
aquel cuerpo. Él me lo dijo. Ese cuerpo no era el mío, tenía que dominar mi mente y lo
logré. Salí de él, me elevé y lo veía todo desde arriba, es decir, veía como aquel
hombre envolvía al bebé en la manta y como después le tapaba la boca y la nariz. Lo
estaba asfixiando y no pude controlarme. Grité y, entonces, me desperté.
- Creo que más bien te desperté yo.
- No, mi amor. Yo quería despertarme. No podía soportar aquella visión pero tengo que
ser fuerte. La próxima vez lo haré mejor.
- Pareces contenta.
- Lo estoy, al fin podré ver el sueño entero. Ver lo que pasó - pensó durante un
momento - Había una mujer en el cuarto.
- ¿La viste?
- No, pude oírla. Las voces que escuchaba eran de un hombre y de una mujer y ella
parecía asustada.
- ¿Qué decía?
- No lo sé, no lograba entenderla pero en su tono se notaba su desesperación.
- ¿Y al hombre?. ¿Pudiste verlo?
- Sólo desde arriba. No logré fijarme bien, estaba demasiado asustada por aquel bebé,
pero... pero...
- ¿Pero qué?
- Tenía ropa blanca y era moreno, parecía un médico - miró a Elsa - ¿Qué querrá decir
eso?
- No lo sé, pero...
- ¿Pero qué? - preguntó esta vez la rubia.
- Hay algo que me hace sospechar.
- Dímelo - le suplicó - Sea lo que sea.
- ¿Sabes dónde estabas?
- ¿En el sueño? - pensó un minuto - Creo que es una habitación pero no pude ver mucho.
¿En qué estás pensando?
- Piensa. Hay un hombre que parece un médico y una mujer asustada o desesperada. El
hombre sujeta un bebé que envuelve en un manta y lo asfixia. Yo diría que se trata de
un parto y que ese hombre mata al bebé por alguna razón.
Karen se quedó callada. Todo eso tenía sentido pero, ¿qué tenía que ver con ella?.
- Tú eres el bebé en ese sueño - dijo Elsa casi contestando a sus propios pensamientos
- Y lo que oyes es el llanto de un bebé. Creo que es ese bebé quién intenta contactar
contigo.
- ¿El bebé? - preguntó sorprendida Karen.
- ¿Qué pasó esta mañana, Ka?
- ¿Esta mañana?, ya no me acordaba de eso - miró a los ojos azules pensando un momento
- Escuché el llanto en el pasillo pero era más fuerte que otras veces. Miré a Nasem
indicándole que lo escuchaba, tuve que taparme los oídos, era demasiado alto. Me indicó
que entrase en el cuarto pero él no me acompañaría. Tenía que hacerlo sola. Me armé de
valor y entré, en ese momento el llanto se calló pero empezó esa horrible respiración
cerca de mi cara. Era insoportable, Elsa. Y otra vez, el llanto. La puerta se cerró de
golpe y después escuché como intentaban abrirla y como me llamaban, era tu voz y la de
abuela. Pero lo peor vino después... - un escalofrío le recorrió la espalda al recodarlo.
- ¿Qué pasó?
- ¿De verdad no lo escucharon? - creía que todos lo habían oído.
- ¿El qué?
- El grito - al ver la expresión de sorpresa en la cara de la morena le explicó -
Escuché un grito aterrador de una mujer. Eso fue... eso fue.
Su cuerpo comenzó a temblar nuevamente. La morena la abrazó con fuerza y le besó la
rubia cabeza, Karen se aferró a ella.
- Bésame, por favor - le suplicó.
- ¿Cómo?
- Quiero sentir algo que no sea este miedo, este pánico absurdo - se separó y la miró
a los ojos y a los labios - Necesito sentirte. Te amo.
- Y yo a ti.
Elsa acercó sus labios y la besó. Una y otra vez se besaron hasta que poco a poco se
hizo más y más profundo. La pasión se apoderó de ellas y Karen se sentó sobre la morena
sin dejar de besarla. Necesitaba controlar esta vez la situación, se quitó la camisa
mientras las manos de Elsa recorrían todo su cuerpo arriba y abajo. Se desabrochó el
sujetador y lo dejó caer al suelo. Elsa bajó los labios hasta llegar a sus pezones que
lamió y chupó, ayudándose con sus manos. Karen echó la cabeza hacia atrás sintiendo
cada caricia y cada beso que la morena dejaba en su cuerpo.
La rubia la empujó suavemente hasta dejarse caer sobre el colchón. Giraron, una y otra
vez, mientras se desnudaban. Un golpe en la puerta las sorprendió.
- ¿Sí? - preguntó Karen intentando recuperar el aliento.
- ¿Ya estás despierta? - la anciana abrió la puerta.
- Noooo... - gritó su nieta asustándola - No entres.
- Vale, qué susto - la anciana se ruborizó pero ninguna de las amantes lo pudo ver -
Sólo quería ver como estabas, no has comido nada.
- Lo sé, empiezo a tener hambre. Enseguida bajamos.
- Vale, no hay prisa. Tómense el tiempo que necesiten - se rió la mujer.
- ¡Mamita!
- ¿Qué? ¿Me vas a decir que están hablando?
- Te quiero - Karen salió al pasillo tapándose con la camisa pegada a su pecho y le
dio un beso que cogió por sorpresa a su abuela.
- Y yo a ti, anda entra que te vas a resfriar - dijo la anciana sin poder mirarla a
los ojos.
- Lo dudo.
- ¿Cómo?
- Nada, nada. Ahora bajo.
- Iré calentando el almuerzo.
- Yo también.
- ¿Cómo?
- Ay, nada mamita, que muy bien - se rió Karen.
Elizabeth había renunciando a recalentar una vez más la comida. Se cansó de esperar y
estaba sentada en el banco de piedra que estaba junto a la casa. Necesitaba coger aire
y recordaba cuando se casó con Henry, eran dos salvajes. Pasaban días sin salir de la
casa, no sabía como tenían tantas fuerzas. "Éramos jóvenes" - pensó y sonrió. Fueron
tiempos muy felices y no faltó nunca la pasión. Todavía podía recordar aquella sensación.
Se preguntaba si ellas sentirían lo mismo, no tenía ni idea de cómo lo hacían dos
mujeres y, la verdad, tampoco quería saberlo. Ya había visto demasiado. Era demasiado
mayor para aprender cosas nuevas en ese campo. ¡Qué va!
- ¡Mamita! - oyó la voz de su nieta llamándola.
- "Bueno, parece que ya han terminado" - pensó.
- ¿Dónde estás?
- Estoy aquí, Karecita, sólo cogía aire - "Algo que deben necesitar estas dos" -
sonrió para si misma.
En el fondo se alegraba. Su nieta necesitaba alguna distracción, aunque fuera esa.
Cuando ella tenía su edad no podía pensar en una distracción mejor, en fin, algo que le
despejara la cabeza.
- Hola mamita. ¿No hace frío?, está anocheciendo - dijo Karen en cuanto la vio entrar
por la puerta.
- Un poco. Pareces estar mejor - le sonrió.
- Sí, estoy como nueva - se acercó y le dio un fuerte beso en la mejilla.
- No has comido nada. Te voy a dar doble ración en la cena.
- Vale.
- ¿Cómo? - preguntó incrédula al no oír ninguna queja.
- Me muero de hambre.
- ¿Dónde está tu novia?
- Me gusta oírte llamarla así. Está duchándose, en seguida, baja.
- Ah - a eso no quiso hacer comentario alguno.
Karen aprovechó el momento a solas con su abuela para contarle todo lo ocurrido. Aunque
no le apetecía nada, tenía que hacerlo. Aquello debía terminar cuándo antes y parecía
que mientras más lo contaba más se acercaba. Se sentaron a la mesa de la cocina,
mientras hablaba la cara de su abuela se iba transformando poco a poco. Al terminar
estaba completamente pálida.
- Mamita, ¿estás bien? - se preocupó al ver su expresión.
- Creo... - pensó un momento lo que iba a decir - Creo que Elsa tiene razón.
- ¿Cómo?
- Si es un bebé es obvio que se trata de un parto y... - tragó saliva era demasiado
doloroso decirlo - y el único parto que ha habido en esta casa fue el de tu madre,
además del mío.
- ¿Tú naciste aquí? - preguntó sorprendida.
- No, yo di a luz aquí a tu madre. Y fue también en ese cuarto pero no me atendió
ningún médico. Era una mujer que hacía las veces de comadrona, aunque de eso tenía, más
bien, poco.
- ¿Quieres decir que lo que estoy viendo es el parto de mi madre?
- Es la única explicación que tengo - dijo mirando algún punto fijo en el suelo de la
cocina.
- No lo entiendo. Entonces, ¿ese bebé soy yo?
- Es una locura pero es lo que parece - la voz de Elsa las sorprendió.
La morena entró y se sentó junto a las dos mujeres. Se miraron un momento sin decir
nada.
- Acaso, ¿tu madre tuvo algún otro hijo? - preguntó finalmente Elsa.
- No. Ella es la única - contestó Elizabeth.
- Pues es la única explicación que le doy. Tu misma estás intentando recordar algo que
explique lo que realmente pasó.
- ¿Lo que realmente pasó? - preguntó extrañada Karen - Ya sabemos lo que pasó, ¿verdad
mamita?
- Claro que sí - la anciana miro a Elsa con semblante serio.
- Siento decir esto, pero hay muchas cosas en el aire en toda esa historia.
- ¿Y qué crees tú que pasó? - preguntó la anciana algo irritada.
- No lo sé, Elizabeth - la miró fijamente dándose cuenta de que le estaba haciendo
daño - Perdóname, sólo son pensamientos. Quiero intentar sacarle sentido a todo esto.
- Lo sabemos - dijo Karen que se levantó y se apoyó de pie contra el pollo de la
cocina - Vayan cenando un poco. Vuelvo en un momento.
- ¿Dónde vas? - le preguntó su abuela.
- Voy a llamar a Nasem. Tengo que contarle todo esto.
Karen salió de la cocina rumbo al salón donde se encontraba el teléfono. Lo desconectó
y marcó el número del anciano que había apuntado en un papel. Elsa y Elizabeth
permanecieron sentadas en la cocina. Tras un momento la anciana se levantó y cogió un
plato hondo para servirle algo de sopa a la morena.
- Elsa - la llamó suavemente pero con rotundidad.
- ¿Sí? - la morena se giró para verla mejor.
- Yo pienso como tú. Sé que aquella noche pasó algo más que lo me contó ese despreciable
médico.
- Creí que te habías molestado conmigo.
- Y así es, no quiero que le digas esas cosas a Karen. Le hacen daño. Nunca hablé con
ella de mis dudas, sé como es, la conozco bien. No descansaría hasta volverse loca y
volverme loca a mí.
- Entiendo, pero este sueño ya la puede volver loca.
- Eso me temo.
- Ella es fuerte, es más fuerte de lo que yo pensaba, me ha sorprendido. Lo afronta
con endereza y terminará por dominarlo.
- Eso espero.
Aún se tomaban la sopa caliente cuando Karen volvió a la cocina. Tenía una expresión
rara en su cara, como de alguien que tenía que hacer un trabajo urgente. Y así era.
- Tengo que volver a dormirme - dijo algo nerviosa.
- ¿Cómo? - preguntó la morena.
- Aún no has cenado y vuelvo a recordarte que llevas todo el día sin comer.
- Mejor así, el hambre me da sueño.
- No señorita, ni hablar, primero comes algo y después haces lo que te de la gana.
- Abuela, esto es muy importante.
La mirada de Elizabeth no dejó lugar a dudas de que no permitiría salir a su nieta de
allí, sin haber comido antes. Karen así lo entendió y sin decir nada se sentó a la mesa
junto a Elsa que le sonreía.
- ¿Qué te ha dicho el viejo?
- Me ha explicado lo que tengo que hacer. Debo concentrarme y dominar el sueño antes
de que comience.
- ¿Cómo puedes hacer eso? ¿cómo sabrás cuando va a comenzar?
- Desde que vea la primera luz, no dejaré de soñar lo mismo mientras este aquí. Eso
está claro.
- ¿Cómo puedes controlar un sueño?, para mí es imposible.
- Si te lo dijera tendría que matarte - Karen la miró fijamente para, a continuación,
dedicarle la mejor de sus sonrisas.
- ¡Qué graciosa!
- Come y calla - le ordenó la anciana mientras le ponía delante un gran plato humeante
de sopa.
- ¡Ummm!. Huele muy bien.
- Pues come.
Su abuela siempre tenía la idea fija en la cabeza de hacerla comer. Su intención era
buena pero, a veces, resultaba algo pesada. No era esta la ocasión pues, en vedad, tenía
hambre así que terminó con el primer plato y ella misma se sirvió un segundo. Elizabeth
la miraba sonriendo, se sentó nuevamente a la mesa y se quedó pensativa.
- ¿Qué? - preguntó Elsa al ver su expresión.
- ¿Por qué llora un bebé?
- ¿Qué quieres decir?
- Los bebés no hablan, aún no pueden y su única forma de comunicación es a través del
llanto. ¿Qué quiere decir un bebé cuando llora?
- Por lo general que tiene hambre - le contestó la anciana - Siempre es para quejarse
por algo, tiene los pañales sucios o le duelo algo. Como cuando le salen los dientes,
tú te pusiste insoportable A veces, es sólo para que lo cojan.
- No les gusta estar solos - dijo la morena con aire pensativo - Necesitan cariño.
- Eso es - dijo Karen levantándose de golpe - Este bebé está solo, o sea, yo estoy
sola. ¿Pasaba mucho tiempo sola, abuela?
- ¡Qué va!. No me separaba de ti y mucho menos cuando naciste, estabas muy débil y
había que vigilarte constantemente. Recuerdo que le dije a Mateo que fuese a San Bartolomé
para ver al médico de allí y que le preguntase que podía hacer. Yo no quería que
hicieras ese viaje, ni ningún otro, tal y como estabas.
Karen se acercó y la abrazó al pensar en lo que tuvo que sufrir su abuela. Primero se
moría su hija y después su nieta estaba a punto de dejarla también, más tarde su yerno
aparecería muerto y supo que tenía que ser de abuela, madre y padre para ella. Tuvo que
haber sido muy duro.
- Pero, ¿y en los primeros minutos de vida? - preguntó Elsa - ¿Su hija pudo ver a
Karen o no? ¿Cuánto tiempo tardaste en llegar?
- Horas, no sé cuánto pasó, demasiado. Ese hombre me dijo que Eli la había visto y
había llorado pero nada más. Ni siquiera me dijo si la sostuvo en sus brazos.
Elizabeth comenzó a notar sus propias lágrimas rodando por sus mejillas. A ellas se le
unieron las de su nieta que la abrazaba con fuerza, ambas lloraron durante unos
instantes. Elsa no dijo nada más respetando el profundo dolor que tenían que sentir en
esos momentos.
- He de subir - dijo Karen recuperando la compostura.
- ¿Quieres que te acompañe? - le preguntó Elsa levantándose de la silla.
- No, quédate aquí con la abuela. Quiero enfrentarme yo sola. - se acercó y le dio un
suave beso - Sabiendo que ese bebé soy yo y que ese llanto es el mío, aunque no
entienda nada de lo que pasa, me da cierta tranquilidad, ¿no es raro?
- Todo esto es demasiado raro - le contestó la morena.
- Lo que me da más miedo es esa maldita respiración, pero tengo que enfrentarme a esto
o no acabará nunca.
Karen abrazó a Elsa y salió de la cocina, subiendo las escaleras. Todo a su alrededor
era silencio y esperaba escuchar algo, de un momento a otro. Sólo el crujir de la
madera a cada paso que daba, rompía la aparente tranquilidad. Entró en su habitación
para salir un momento después sujetando su propio pijama. Se paró frente a la puerta
del cuarto de su abuela y cogió aire, la abrió y encendió la luz. La bombilla iluminó
cada punto de aquella habitación en la que parecía no pasar absolutamente nada. No
sentía nada especial, nada de lo que sintió la última vez.
Entró con miedo pero con decisión, cerró la puerta y se dirigió a la cama, sentándose
sobre el colchón. La cama estaba situada en el centro del cuarto y la pared del fondo
estaba cubierta por un gran armario que debía de tener la misma edad de su abuela. En
la otra pared una ventana era la única comunicación con el mundo exterior. Frente a la
cama y pegada a la pared, descansaba una cómoda y encima de ella un gran espejo cuyo
marco siempre le había encantado. Estaba tallado a mano en la madera y los motivos eran
sencillos, nada presuntuosos, pero de una elegancia exquisita.
Recordó todas las veces que de niña había entrado allí para jugar. Había sido su rincón
favorito y no entendía por qué, no tenía nada especial. Nada podía aportar aquella
habitación a la imaginación de una niña. A su abuela le molestaba mucho que jugase con
sus cosas, al fin y al cabo, aquel era su cuarto.
Miró a la vieja mesilla de noche situada junto a la cama. Sus ojos se fijaron en algo
que había en el suelo, no lo distinguía muy bien pues era del mismo color que las
láminas de maderas. Se agachó para mirarlo mejor, era tierra, tierra del jardín pero no
estaba colocada al azar. Los hilos de tierra formaban un número. Era el número quince.
Sin dejar de mirarlo se acercó a la puerta y la abrió. Con suavidad, evitando llamar la
atención de su abuela, llamó a Elsa.
- Elsa.
- ¿Estás bien, mi cielo? - la primera en preguntar fue Elizabeth.
- Sí, no pasa nada, todo va bien. ¿Elsa puedes subir un momento?
- Ya voy, ¿qué pasa?
- Nada, es que... - pensó un momento - No encuentro una cosa.
- Ya subo -.
Elsa subió las escaleras y vio a Karen parada en la puerta de la habitación de su abuela,
sin dejar de mirar algo que parecía estar en el suelo del cuarto. Como se imaginaba
algo pasaba.
- ¿Qué te pasa? - preguntó intrigada.
- Mira - dijo señalando al suelo.
Elsa siguió la línea imaginaria que empezaba en el dedo de Karen y terminaba en el
suelo del cuarto, entró en la habitación y lo buscó.
- ¿Qué hay?
- Mira esa tierra.
- ¿15? - se sorprendió - Esto no lo has puesto tú, ¿verdad?
- Claro que no y mi abuela tampoco. Es muy cuidadosa con sus terrenos y con manchar la
casa. Parece tierra del jardín, creo.
- ¿Qué significa el número 15?, ¿tiene algún sentido para ti?
- No, estoy intentando pensar que puede significar pero no lo entiendo.
- Bajaré y hablaré con tu abuela.
- No, por favor, no la preocupes más - se acercó a Elsa.
- Cariño, ella ya está metida en todo esto. A lo mejor, puede ayudarnos de algún modo
- la besó en los labios y la abrazó dulcemente - ¿Piensas dormir aquí?
- Es lo que Nasem me dijo.
- ¿Quieres que me quede contigo?
- No, es necesario que esté sola - Karen se apartó un poco del abrazo de la morena y
la miró a los ojos - A lo mejor, vas a tener que dormir con mi abuela - sonrió.
- ¿Cómo?, ni hablar, ella que duerma en la habitación y yo dormiré en el sofá del
salón.
- Como tú quieras - sonrió Karen.
- ¿Seguro que estarás bien?, me preocupa dejarte sola.
- Tranquila. Estaré bien, si no, ya me oirás gritar.
Elsa la besó y la abrazó con más fuerza que antes.
- Te quiero - dijo antes de salir de la habitación y cerrar la puerta tras ella.
- Yo también te quiero.
Karen volvió a quedarse sola y se dirigió a la cama para acostarse, iba a ser una larga
noche.
- ¿Qué le pasaba? - preguntó Elizabeth con preocupación en su voz.
- Había algo en el suelo de tu cuarto - le contestó Elsa mientras entraba en la cocina
y se sentaba en la vieja silla.
- ¿En el suelo?
- Al principio no lo distinguía pero después vi que era tierra, tierra del jardín.
- ¿Cómo puede ser?, yo nunca traigo tierra dentro de la casa ni siquiera en los
zapatos. Me cuido mucho de no hacerlo.
- La tierra dibujaba un número - miró a los ojos verdes de la anciana - ¿El número 15
te dice algo?
- ¿El 15?
- Ese era el número escrito con tierra, tiene que significar algo. Piénselo un momento,
por favor. No sé, puede ser, alguna fecha, a lo mejor. Algo así.
- Karen nació un 24 de agosto, no puede ser eso. Yo nací el 11 de diciembre.
- ¿Y su hija?, la madre de Karen.
- El 3 de abril.
- ¿No hay ninguna fecha especial que caiga un 15?
- No que yo recuerde.
- Entonces debe de ser otra cosa, pero, ¿el qué? - se quedaron calladas cada una
sumida en sus propios pensamientos - ¿Qué número es este?
- ¿A qué te refieres?
- ¿Qué número tiene la casa?
- Es el 13.
- ¿Y el 15 es esta casa de aquí encima? - dijo señalando por la ventana la casa que
desde allí se veía.
- Sí, es la casa del Señor Martín.
- ¿Hay alguna relación entre esa casa y esta?, ¿o pasó algo con ese señor?
- No. La única relación es que somos vecinos, en realidad, el señor Martín murió hace
unos años. Ahora la casa sólo la habita la familia cuando vienen en verano.
- Esto es desesperante. No entiendo nada.
- ¿Dónde está Karen?
- Durmiendo en tu cuarto.
- ¿En el mío?
- Sí. Se lo aconsejó Nasem y espero que funcione - miró a la anciana - Tendrás que
dormir en el cuarto de Karen - sonrió - No te preocupes, yo dormiré en el sofá.
- Gracias - dijo sin más. La idea de dormir con la novia de su nieta en la misma cama
no le atraía, en absoluto - He estado pensando...
- ¿Sí? - preguntó Elsa al ver que la mujer no terminaba la frase.
- Por poco que me guste creo que tendré que ir a ver al doctor Frat. Ese médico que ve
mi nieta sólo puede ser él, estoy casi segura.
- Espere un momento, ¿sabe lo que está diciendo?. Si es ese el tal doctor Frat
entonces es él quien asfixia al bebé. Además no sabemos si eso es real, Karen está viva
y aquí no ha nacido ningún otro bebé. Debe ser algo así como una metáfora. Algo para
atraer la atención de Karen.
- Tal vez.
- ¿Estará vivo aún?
- ¿El doctor Frat?, no lo sé, espero que sí - miró a la morena antes de levantarse -
Tendrán que acompañarme, el viaje a San Bartolomé es demasiado largo para mí.
- Por supuesto - le sonrió y Elizabeth le devolvió la sonrisa. Por fin, había una
conexión entre ambas.
En cuanto sintió la luz se concentró, tal y como, Nasem le había explicado. Se elevó de
manera que el resplandor la envolvió por completo. La escena de su sueño pasaba justo
debajo de ella, pero a penas podía verlo, la claridad era demasiado fuerte. Intentó
acostumbrar su vista a esa nueva luz y poco a poco, la escena aparecía ante sus ojos,
así como escuchaba las voces. Miró a su alrededor para comprobar dónde estaba. Parecía
el cuarto de su abuela pero algunas cosas estaban cambiadas o, más bien, faltaban. El
gran armario que ocupaba la pared del fondo seguía allí, así como la cama, pero no
había espejo ni la mesita de noche. Un gran cuadro colgaba de la pared dónde ahora
estaría la cómoda, en él aparecía su padre y su madre. Nunca había visto ese cuadro,
¿dónde estaría?. El grito de la mujer la asustó. Sobre la cama una mujer joven se
debatía de dolor, las sábanas estaban rojas y no dejaba de sangrar. Tenía las piernas
abiertas y un hombre con una bata blanca estaba entre ellas. El pelo largo y rubio de
la mujer le tapaba la mitad de la cara y estaba mojado a causa de su propio sudor. Los
gritos eran horrorosos y tupo que taparse los oídos.
- Un empujón más Eli. Ya queda poco - la voz del hombre sonó rotunda. Sin duda, era el
médico.
- ¡¡¡Dioooos, no pueeedoooo!!!
El dolor que debía sentir era intenso. Apretaba sus puños agarrando con fuerzas las
sábanas, los extremos de la cama o todo lo que estuviera a su alcance. El hombre cogió
al bebé con brusquedad, no mostraba ninguna delicadeza hacia la criatura que no paraba
de moverse. Cogió una mantita del suelo del cuarto y lo envolvió con ella.
- ¡¡¡¿Qué es, Frat?!!! ¿¿Está bien?? - la mujer intentaba incorporarse pero estaba
demasiado débil - ¡¡¡No le oigo llorar!!! - gritó con terror - ¿¿Qué pasa??.
¡¡Contéstame por dioos!!
El hombre apretaba al bebé con fuerza. Ella sabía bien lo que estaba haciendo. Lo había
sentido en cada uno de sus sueños, ¿pero por qué?, ¿por qué lo asfixiaba?.
- Eli, está muerto.
Se levantó con el bebé, que había dejado de moverse, en sus brazos. La manta lo tapaba.
- ¡¡¡¿¿¿Qué estas diciendo???!!! - la mujer no dejaba de mirar a la manta - ¡¡¡No
está muerto!!! ¡¡Quiero verlo!!!
- Es mejor que no lo hagas.
La voz del hombre no mostraba ningún sentimiento ni temor hacia lo que acababa de hacer.
Había matado a un bebé y parecía no darle importancia.
- ¡¡¡Déjame verlo, Frat!!! ¡¡¡Tengo derecho a verle!!! - la joven lloraba desconsolada.
- No dejaré que lo veas - dijo casi en tono de amenaza - Si estuviera tu marido, él te
daría permiso.
- ¡¡¡Él está aquí!!!, ¡¡le oigo!!
- Estás delirando.
- ¡¡¡¿Dónde está Carlos?!!!
- Te dije que él no te quería - el hombre se dirigió hacia la puerta pero se giró para
ver a la mujer - No como yo.
- ¡¡¡¡¿¿Dónde vas??!!!! ¡¡¡Frat, deja al bebé!!! - la mujer volvió a retorcerse de
dolor - ¡¡¡No soporto este dolor!!!
El hombre la miraba con frialdad en sus ojos, sin soltar el cuerpo que sostenía en
brazos y sin hacer ningún gesto. El grito de la mujer fue espantoso. Nunca había oído a
nadie chillar así, salvo... Sí, lo era. Era el grito que había escuchado aquella vez.
El hombre dejó caer al bebé al suelo sin miramientos y se acercó a la mujer.
- Viene otro, Eli - dijo sorprendido.
- ¡¡¿¿Otro??!!! - preguntó sorprendida la mujer, su voz era más débil. Tenía que haber
perdido mucha sangre.
- Esto es una sorpresa para los dos, al parecer - dijo el hombre sin emoción alguna,
más bien, parecía molestarle - Son gemelos.
La mujer no respondió pues acababa de desmayarse. El dolor y la sangre que emanaba sin
control de su cuerpo habían sido demasiado para ella. La mitad del cuerpo ya estaba
fuera para entonces y el hombre no tuvo problema para sacarlo. Lo trató igual o peor
que al otro. Cada vez era más difícil para Karen permanecer concentrada ante aquel
espantoso espectáculo. ¡¡¡¡Aquella mujer era su madre!!!! pero tenía que controlarse.
El hombre comprobó la respiración del nuevo bebé y dijo algo que heló, más aún, el
corazón de Karen.
- Vaya, parece que vas a ser mi salvación después de todo - lo miró con la sonrisa más
malévola que hubiera visto nunca - No tendré que ocuparme de ti. Tú te morirás solito -
lo miró un momento - bueno, solita. Tu hermana ya te está esperando - le dio un beso en
la frente y lo dejó caer sobre la cama.
Recogió del suelo la manta que envolvía el cuerpo del primer bebé y lo escondió detrás
de la puerta principal que acababa de abrir. Karen se percató de que ya no se oía el
ruido incesante de golpes. Alguien había estado golpeando la puerta durante el tiempo
que duró el horror. Ese alguien entró rápidamente en cuanto el médico abrió la puerta.
- ¡¡¡¿¿¿Qué ha pasado, Frat???!!! - le cogió por los hombros - ¡¡¡¿¿¿Qué coño ha
pasado???!!!, ¡¡¡¿¿por qué no me abrías??!!!
- Suéltame, no te he oído llamar - mintió - Mira lo que conseguiste - dijo señalando
la mujer pálida que yacía sobre la cama - Ha muerto. Tú la has matado con tu egoísmo.
Te dije que no te casaras con ella.
El hombre que, sin duda, era su padre se acercó despacio hacia su madre. No podía creer
lo que veía y era incapaz de reaccionar.
- Eli - la llamó bajito mientras se arrodillaba junto a la cama cogiéndola de la mano
- Cariño, ¿me oyes?
- Está muerta, Carlos, no puede oírte - el llamado médico salía del cuarto ocultando
la manta con el bebé - Yo ya no puedo hacer nada. Te dije que era mía y de nadie más.
¡Por cierto! - se paró antes de cerrar la puerta - Eso de ahí es tu hija que también se
está muriendo.
Su padre miró, por primera vez, el pequeño cuerpo desnudo que se encontraba a los pies
de la cama. Se levantó y lo miró, poniendo su mano con delicadeza en su pecho.
- ¡¡¡Papaaaaa!!! - gritó Karen sin poder controlarse más - ¡¡¡¡Estoy viva!!!!,
¡¡¡papaaaa!!!
- ¡¡¡Papaaa... estoy viva... estoy... papaaa!!!
Se despertó sujeta por los fuertes brazos de Elsa. Sudaba más que nunca y su corazón
latía con tanta fuerza que parecía fuera a salírsele del pecho.
- Tranquila, mi amor - le decía una y otra vez.
- Déjala desahogarse - dijo Nasem detrás de ella - Poco a poco ella misma se calmará.
- ¡Mi niña! - lloraba Elizabeth - ¿Por qué?, ¿qué ha soñado, Nasem?, ¿por qué llama al
padre? ¡¡Nunca le oí decir esa palabra!!
- No lo sé, sólo ella nos lo dirá - se acercó a la anciana que se sentaba en una silla
a un lado de la cama - Tranquila, Eli, ya queda poco. Todo acabará pronto.
- ¿Cómo lo sabes?, ¿y si no ha hecho más que empezar? - preguntó, esta vez, Elsa -
Cada vez es peor. Mírela, nunca la había visto así.
La tenue luz del mediodía entraba por la única ventana del cuarto, llevaba todo la
noche y medio día durmiendo. Tardó un buen rato en tranquilizarse pero al final lo
logró. Miró a los ojos azules que tanta falta le hacían y volvió a perderse en ellos.
- Ha sido horrible, Elsa, horrible - No podía dejar de llorar.
- Primero haz de tranquilizarte, cariño, y después nos lo cuentas, ¿vale?. No hay
prisa - le besaba la rubia cabeza una y otra vez mientras le hablaba dulcemente. Su
cara no ocultaba su preocupación.
- Iré a preparar litros de tila - dijo la abuela.
- ¡Mamita! - la llamó - ¡¡Lo he visto!! ¡¡Lo he visto todo!!
Elizabeth se quedó petrificada. Por un momento, creía saber lo que su nieta había visto
pero Elsa tenía razón. Debía tranquilizarse primero y después, con calma, contar todo
lo que había soñado.
- Schssss..., ahora no, mi vida - dijo acercándose y besándola en la frente - Te
traeré una tila, no hay ninguna prisa. ¿Vale? - miró al anciano que permanecía de pie.
No había querido sentarse a pesar de su avanzada edad - Nasem, ¿puedes acompañarme?
- Claro. Encantado.
Elsa y Karen permanecieron abrazadas durante un buen rato.
- ¿Estás mejor?
- No, no puedo estar mejor, nunca estaré mejor después de lo que he visto.
- No volveré a dejarte sola, digas lo que digas.
- Era necesario, Elsi - se soltó del abrazo para mirarla.
- No sabes el miedo que he pasado viéndote dormir y moviéndote sin parar, de un lado a
otro. Creíamos que tenías fiebre o algo así, que estabas delirando. Llamamos a Nasem
por la mañana. Tus gritos eran espantosos pero él decía que no debíamos despertarte que
tenías que hacerlo tú sola.
- Y tenía razón.
De nuevo las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, ya de por si, enrojecidos. Su
llanto era más fuerte y no podía controlarse. Tenía que sacarlo fuera y desahogarse.
Estuvo llorando hasta que se encontró cansada por todo el esfuerzo realizado, tanto
físicamente como mentalmente.
- Bajemos al salón.
- ¿Vas a bajar en pijama?
- ¿Te importa?
- No, a mí no. No sé si a tu abuela con Nasem delante...
- Este pijama parece un chándal no creo que le importe.
Se levantaron y abrazadas bajaron al salón. Nasem y Elizabeth se encontraban en la
cocina pero al oír los pasos en la escalera ambos salieron a recibirlas.
- La tila ya está hecha, iba a subir a llevártela - dijo dulcemente la anciana.
- Gracias, mamita - se acercó a ella y le dio el abrazo más fuerte que nunca le había
dado. Elizabeth se extrañó.
- ¿Estás bien?
- No. Tengo que contarte algo espantoso y no sé como hacerlo, ni siquiera sé si es
verdad.
- Vayan al salón - dijo Elsa - Yo llevaré las tilas.
Elizabeth le dio las gracias junto con Karen. Los tres se dirigieron al salón y cada
uno ocupó un sitio. La rubia se sentó en su sillón individual mientras que los dos
ancianos ocuparon el sofá. Al momento apareció Elsa portando una bandeja con cuatro
tazas, azúcar y un cazo humeante de tila. Se sentó en el sillón individual situado
frente a Karen y separados por la mesita de cristal, sobre la cual depositó la bandeja.
Sirvió las cuatro tazas en medio de un impaciente silencio. Acercó su taza a cada cual
y cogió la suya, acomodándose en el sofá. Nadie decía una palabra. Dejaban que Karen
empezase cuando ella quisiese, lo cual agradeció.
- He hecho lo que me dijiste, Nasem - dijo finalmente.
- ¿Funcionó?
- Perfectamente - cogió aire - Lo que voy a contar es muy doloroso para mi... pero aún
más lo será para ti, mamita.
- No te preocupes por mi, lo importante eres tú y acabar con todo esto de una vez -
dijo Elizabeth.
- Te equivocas abuela, esto nunca terminará - desvió la mirada de su abuela a algún
punto de la mesita de centro - Mamita.
- ¿Sí?
Dudó si preguntar pero tenía que hacerlo.
- ¿Dónde está el cuadro de mis padres que tenías colgado en tu cuarto?
Elizabeth dejó caer la taza que se rompió en mil pedazos al contactar con el suelo.
- ¿Estás bien? - preguntó Elsa que se levantó de golpe para ayudarla.
- Sí... - miró a su nieta con sorpresa. Karen, sin embargo, no podía mirarla.
- Voy a traer la fregona.
- No importa, deja eso un momento - dijo la rubia. Elsa volvió a sentarse.
- ¿Cómo sabes que había un cuadro? Tú no puedes acordarte de eso, es imposible.
- ¿Por qué nunca me lo enseñaste?
- Por qué lo rompí - dijo agachando la cabeza.
- ¿Por qué? - preguntó sorprendida Karen, no esperaba esa respuesta - ¿Por qué lo
rompiste?
- Fue un arrebato, perder a mi hija y mi yerno de golpe fue mucho. Yo quería a tu
padre como si fuera hijo mío. Y después estabas tú, no creí que salieras adelante.
Nadie lo creía, pero no perdí la esperanza y te cuidé lo mejor que pude - nuevamente
las lágrimas se apoderaban de ella - ¿Cómo sabes lo del cuadro? - volvió a preguntar.
- Lo vi en mi sueño.
La anciana dejó de llorar para mirar a su nieta. Todos la miraron fijamente. Karen
cogió aire nuevamente y comenzó a contar lo que había visto. Tuvo que pararse varias
veces para coger fuerzas y comprobar el estado de su abuela. Cuando terminó con todo
lujo de detalles su sueño, el silencio fue sepulcral en toda la casa. Nadie conseguía
reunir las fuerzas necesarias para hacer comentario alguno.
- ¿Tu madre tuvo gemelos? - preguntó finalmente Elsa.
- ¡Eso no es verdad! - gritó Elizabeth - Tú madre no estaba embarazada de gemelos,
¿qué estás diciendo?
- Sólo digo lo que yo vi, mamita. Vi a mi madre morir y a ese hombre matar a mi
hermano. Era el doctor Frat, su cara era joven pero pude reconocerle. Mi madre le llamó
por su nombre varias veces y mi padre también - hablaba intentando controlarse.
- ¡Eso no puede ser! - la anciana se levantó de golpe gritando.
- Elizabeth, tranquilízate - le suplicó el anciano - No es bueno para ti ponerte así.
Elizabeth...
La anciana se llevó la mano al pecho y dejó de hablar, parecía faltarle el aire. Karen
y Elsa se levantaron de golpe para ayudarla.
*****
- Su abuela está bien, señorita. Ha tenido un infarto pero saldrá de esta. Deberá
permanecer en observación, al menos, una semana - dijo el joven médico que la había
atendido.
- Muchas gracias, Doctor - dijo Karen.
- Gracias - añadió Elsa.
Bajaron a la cafetería pues no habían comido nada en todo el día. Estaba empezando a
anochecer. Se sentaron en una de las mesas, una vez pidieron la comida en la barra.
- Nos ha dado un buen susto, ¿verdad? - dijo Elsa.
- Esto es demasiado para ella, no va a poder aguantarlo.
- ¿Qué vas a hacer ahora?, no puedes demostrar nada de eso.
- No puedo, pero esto no se ha terminado. Ese bebé quiere venganza y algo podremos
hacer.
- Karen, ese médico mató a tu supuesto hermano...
- ¿Supuesto?
- Sí, nada indica que existiera, no puedes demostrarlo. Pero, aún así, él no mató a
tu madre ni a tu padre.
- Eso no lo sabemos. Tenías que haber oído sus palabras, parecía estar enamorado de mi
madre y no soportó que se casara con mi padre. Había desprecio y odio en él.
- Aunque así sea, está muy mayor. Se está muriendo en el hospital.
- ¿En el hospital? - Karen se levantó de golpe - Es verdad, Elsa, él estaba ingresado.
Lo dijo Mateo y mi propia abuela. ¿Dónde dijo? - pensó un momento.
- En La Central, fue lo que dijo Mateo - recordó Elsa. Karen le dio un fuerte beso y
varias personas se quedaron mirándolas.
- ¡En el Hospital Central de San Bartolomé!, es decir, ¡aquí!
- ¿Dónde vas? - le preguntó a la espalda de la rubia - La comida ya está aquí - miró a
la camarera que la miraba a su vez extrañada - ¿Podría reservarnos la comida?, bajaremos
más tarde. Tenemos que irnos.
- ¿Reservarla?. ¿Quién me va a pagar esto? - preguntó con cara de pocos amigos.
- Vale, póngalo para llevar.
- Eso sí puedo hacerlo - la camarera pareció tranquilizarse.
Dos minutos más tarde salía de la cafetería con una bolsa en la mano. Se encontró de
bruces con Karen.
- Ya sé dónde está.
- Casi me haces tirar todo esto - dijo señalando la bolsa con dos cafés y dos
bocadillos - ¿El doctor Frat?
- Sí, vamos - estaba decidida.
- ¿Cómo lo has sabido? - le costaba seguir el paso de la rubia y eso que ella era
mucho más alta y, por tanto, su zancada era más grande. O debía serlo, ahora mismo
comenzaba a dudarlo.
- Me encontré casualmente con la petardo de enfermera que tiene. Me mató a preguntas
pero lo conseguí. Está en la 810.
- Eso es cerca de tu abuela.
- Exacto. ¡Ah, ya está aquí el ascensor!
Subieron a la octava planta y buscaron la habitación. Karen se plantó frente a la puerta.
La decisión que la había llevado hasta allí la estaba abandonando.
- ¿Estás segura, Karen?
- Sí, tengo que hacerlo. Sea lo que sea, he de averiguarlo. Si fue él quién mató a mi
familia tengo que saberlo y tengo que saber que, al menos, está sufriendo - nunca había
escuchado en la rubia aquel tono de voz y se asustó.
- Entro contigo.
- Por favor.
Abrieron la puerta y entraron en la habitación. Era individual y la figura de un anciano
permanecía acostada en la única cama que había situada en el centro del cuarto. Karen
caminó despacio hacia él situándose a la derecha del hombre. Una máscara de oxígeno
tapaba su cara y se notaba que respiraba con dificultad.
- Este hombre está muy enfermo - dijo Elsa.
Al oír las palabras de la mujer, el anciano abrió poco a poco los ojos y la miró. Elsa
se quedó mirándolo a su vez sin saber qué decir. El hombre fruncía el ceño ya que no la
conocía, notó que otra persona lo miraba y despacio giró la cabeza para ver quién era.
Sus ojos se posaron en Karen. Al principio frunció el ceño igual que hubiera echo con
Elsa, pero después abrió los ojos entre sorprendido y asustado. Intentaba decir algo y
se llevó la mano a la máscara, la apartó de la cara y sin dejar de mirar a la rubia,
habló en voz demasiado baja. Ninguna de las dos podía entenderle.
- Eli... muerta - fue lo único que dijo mirando a Karen con los ojos muy abiertos.
Karen comprendió que le confundía con su madre y le siguió el juego.
- Hola Frat.
- No... eres tú.
- Claro que soy yo. Estoy viva.
- No... muerta... tú... muerta.
- ¿Quién soy entonces?, ¿un fantasma? - pensó un momento - Sí, lo soy. Estoy aquí para
vengar la muerte de mi hijo.
- No... hijo... Era... niña.
- ¿El primero o el segundo, Frat?, tú no dejaste que lo viera.
- Eran... de él... tú... eras... mía.
- Tú asfixiaste a mi hija, lo sé y a mi me mataste, ¿verdad?. Vas a morir, Frat, dime
cómo lo hiciste ya no importa.
- Él no... te... quería... acci... dente.
- ¿El qué, Frat? ¿La muerte de mi hija o la mía?
- No... quise... matar... te.
Karen se quedó pálida mientras que Elsa no podía mover un músculo. El hombre estaba
confesando que no sólo mató a su hermana gemela sino que también a su madre.
- Yo... te... quería - el doctor estaba cada vez más cansado.
- ¿Y por eso me mataste?. Yo no tenía que dar a luz tan pronto, ¿verdad?
- Eras... mía...
- ¿Y mi hija, Frat?
- De... él.
- ¿Y la segunda?, ¿por qué no la mataste también?
- Era... débil... no... vivi... ría.
- Pero lo hice, maldito asesino, viví para verte morir. Mataste a toda mi familia,
hijo de puta.
La rabia se estaba apoderando de Karen y Elsa lo notaba. Se acercó a ella y la obligó a
salir de allí. El viejo no apartaba sus asustados ojos de ella, estaba demasiado
enfermo para entender nada de lo que estaba pasando. Elsa la abrazó y la obligó a
entrar en la sala de espera dónde no había nadie.
- Cariño, tienes que calmarte.
- ¡No puedo!
- Vale, salgamos de aquí.
Salieron del hospital y fueron a una calle trasera dónde parecía no haber nadie.
- ¡Ese hijo de puta mató a mi familia! - estaba demasiado alterada para controlarse -
¡Mató a mis padres y a mi hermana! ¡Yo podía haber tenido una familia, Elsa! ¡¡¿Lo
entiendes?!! ¡¡¡Podía haber tenido una familia normal, como todo el mundo!!! ¡¡Él me lo
quitó!! - se cayó de rodillas y comenzó a llorar desesperadamente - ¡¡¡Él me lo robó!!!
- dijo entre sollozos.
Elsa no podía más que abrazarla, al fin y al cabo, todo aquello había sido resuelto.
Era cuestión de tiempo el poder volver a la normalidad, pero nada sería como antes.
Todo había cambiado, incluso, su amor. Ahora era mucho más fuerte que antes. Sabía que
amaba desesperadamente a la mujer que lloraba entre sus brazos, sufría con cada lágrima
suya...
Había pasado una semana y su abuela ya estaba en casa. Estando en el hospital tuvieron
que contarle todo lo que había pasado pues no era tonta, y se lo notaba a su nieta. Era
de noche y habían terminado de cenar.
- Yo también sé cocinar, ¿eh, mamita? - Karen abrazó a su abuela.
- Y mejor que yo, la próxima vez que vengas harás tú la comida - le sonrió - ¿Tú que
opinas, Elsa?
- A mi me da igual quién cocine, las dos lo hacen de maravilla - dijo terminando su
plato con satisfacción.
- También puedes cocinar tú, guapa - dijo Karen.
- ¿Nunca has probado nada mío, verdad? - Elsa miró a Karen levantando la ceja al mismo
tiempo.
- ¿Tan mal cocinas? - preguntó Elizabeth.
- Peor - fue la escueta respuesta.
Al terminar de recoger, las tres se encontraban demasiado cansadas. Habían sido un par
de semanas muy duras y Karen esperaba poder descansar en los días que le quedaban. Ya
todo quedaba atrás, jamás podría olvidar todo aquello. Jamás podría dejar de lamentarse
porque un loco le privase de haber tenido unos padres y una hermana, además gemela. Por
eso su hermana pudo contactar con ella. La unión que existe entre gemelos es mucho más
fuerte que con cualquier otro familiar, incluida su abuela.
Ayudó a la anciana a ponerse el camisón y acostarse, no entendía cómo después de todo
lo ocurrido, podía dormir en aquel cuarto. Pero este había sido siempre su habitación.
Lo era incluso cuando su hija murió. No había nada en este mundo ni en el otro que se
lo arrebatara. Era una mujer muy fuerte y Karen se sentía orgullosa de ella.
Cerró la puerta y entró en su habitación dónde Elsa la esperaba ya acostada. Se quitó
la ropa pensando que pijama ponerse. Finalmente decidió no ponerse ninguno y se metió
bajo las sábanas.
- Eh, ¿no te dará frío?
- Tú serás mi abrigo - dijo pegándose al cuerpo de Elsa.
- ¡¡Tienes los pies fríos!!, ¿y a mí quién me calienta?
- Ummm, ¿es una proposición?
- No - dijo rotundamente.
- Vale - Karen no esperaba esa respuesta.
- Una sugerencia, tal vez.
- Serás... - dijo colocándose encima de ella - Me habías asustado - la besó con pasión.
El beso fue correspondido así como todo lo demás.
La trasladaban en un manta. ¡Otra vez, no!, ¡volvía a repetirse!. Su cuerpo estaba
inerte, esta vez le resultó más fácil controlarse. Empezaba a dominar la técnica y se
elevó. Aún estaba en el cuarto. Intentaba volver a ver a su madre aunque sabía que
sería doloroso. Sin embargo, no pudo. Había algo que no podía controlar, por mucho que
intentaba mirar a los lados, algo se lo impedía. Algo mucho más fuerte que ella. Estaba
obligada a seguir al doctor, salió del cuarto y bajaba las escaleras. Escuchó la voz de
su padre llamando al doctor.
- ¡¡¡Frat!!!, ¡¡¡¿dónde coño crees que vas?!!!, ¡¡vuelve ahora mismo!! ¡¡¡Has dejado
morir a mi mujer pero no harás lo mismo con mi hija!!!
- Claro que lo haré.
- ¡¡¡¿¿Qué llevas ahí??!!!
- ¿Dónde?, ¿aquí?
Se encontraba, aún, al principio de la escalera y su padre se acercaba a él. Abrió la
manta y le dejó ver, con la misma sonrisa malévola que ya había visto antes, el cuerpo
de su hija muerta.
Bajó las escaleras pero su padre no le seguía, pareciera que no acababa de reaccionar.
Cuando al fin lo entendió oyó como bajaba corriendo los escalones gritando, insultando
y llamando al doctor. Este previniendo su reacción se fue directo a la cocina y soltando
el cuerpo sobre la mesa, cogió una sartén...
Su padre no pudo hacer nada, no lo vio venir. Le golpeó una y otra vez hasta que la
sangre comenzó a salir por su cabeza. El doctor cogió rápidamente unos trapos y envolvió
la cabeza en ellos intentando que no brotase más sangre. Cogió el pequeño cuerpo de la
mesa y salió corriendo. Karen no podía más que seguirle, su control había desaparecido
por completo.
El doctor corrió ayudándose de la protección que le ofrecía la oscuridad de la noche.
Resoplaba nervioso, eran los resoplidos que tanto había escuchado. De repente, se paró,
dejó la manta a un lado y comenzó a excavar con sus propias manos. Estuvo un rato
excavando y cuando fue lo bastante profundo tiró sin consideración la manta con el bebé
dentro y lo enterró. Karen sintió una fuerza irresistible que le devolvió de golpe al
cuerpo del bebé y se sintió caer.
Se despertó, como tantas otras veces, bañada en sudor.
- ¡Por dios, Karen!. ¿Otra vez? - se asustó Elsa - ¡Hasta cuando va a durar esto! -
volvió a abrazarla.
- No lo sé.
Después de un rato decidió levantarse e ir al baño, necesitaba limpiarse el sudor. Elsa
la acompañó, no podía dejarla sola. Se envolvió en la manta de la cama y entró en el
baño.
- ¿Qué ha pasado esta vez? - preguntó Elsa sentada sobre la tapa del inodoro, Karen
se lavaba la cara.
- Esta vez ha sido mi hermana.
- Siempre es tu hermana, ¿no?
- Sí, pero ahora me contaba su propia historia, no la de mis padres.
- ¿Cómo?
- La enterró. El doctor la enterró en algún lugar.
- ¿Dónde?
- No lo sé. Corría por los terrenos de ahí afuera, no sabría decirte dónde fue - miró
a Elsa - Me enseñó como murió mi padre.
Ya no tenía más lágrimas. Estos días había llorado más que en toda su vida. Elsa la
miró, no sabía si preguntar o esperar a que lo contara. La respuesta no se hizo esperar.
- Él le mató, Elsa, también mató a mi padre. Fue capaz... - cogió aire - Fue capaz de
enseñarle el cuerpo de su hija muerta. Lo mató en la cocina con la sartén grande, esa
vieja sartén de mi abuela, dónde, tantas y tantas veces, ha cocinado.
- ¡Es horrible!
- Mi hermana quiere que la encontremos pero yo no sé dónde buscar.
- ¡¡El número 15!! - gritó de repente - ¿Te acuerdas del número en el cuarto de tu
abuela?
- ¿El 15?, pero, ¿el 15 de qué?
- Tu abuela me dijo que la casa de aquí encima es el número 15.
- ¿Crees que está ahí arriba?
- Eso creo.
- ¿Qué hacemos?, yo no puedo ir ahí y ponerme a cavar en la tierra.
- No tenemos que pensar en eso ahora - dijo abrazándola por detrás y besándola en la
mejilla - Vamos a acostarnos, mañana lo hablamos con calma, ¿vale?
- Será lo mejor.
Volvieron a la cama pero antes de dejarse llevar por el sueño, algo la despertó.
- Elsa, ¿oyes eso? - le preguntó incorporándose.
- ¿El qué?, ¿qué oyes?
Agudizó el oído y pudo distinguir el llanto, sonaba muy lejos.
- Está llorando.
- ¿El bebé?
- Sí, está llorando, lo oigo lejos - se levantó y se vistió.
- ¿Qué haces, Karen?, ¿dónde vas?
- Me está llamando, Elsa, se está comunicando conmigo. Algo le pasa.
- Espera, voy contigo.
- Rápido, sigue llorando.
- ¿Por dónde lo oyes?.
- No lo sé.
Salieron al pasillo y Karen intentaba esforzarse por escucharlo. Comenzó a bajar las
escaleras, esta vez no se oía dentro de la casa.
- ¿Sigues oyéndolo? - le preguntó Elsa que la seguía de cerca.
- Sí, está fuera. Coge abrigo, vamos a salir.
- ¿Estás segura?
- Elsa, tenemos que acabar con esto de una vez. Si me llama tengo que ir, algo quiere
decirme.
- Está bien, ahora vuelvo - la miró fijamente - No vayas a salir sin mí. ¡Ni se te
ocurra! - le dijo tajantemente.
Cinco minutos más tarde la puerta principal de la casa se abría, para dejar paso a una
alta figura y a otra más baja, que se aferraban a sus abrigos. Elsa había cogido la
pala que Elizabeth guardaba en un armario de la cocina.
- ¡Brbrbrb!. Hace mucho frío - dijo Elsa siguiendo a Karen. Caminaba por el pequeño
pasillo que comunicaba a la casa con la cuesta.
- Quizás sea eso lo que tiene. Quizás, sólo tiene frío - dijo Karen.
- ¿Por dónde lo oyes?
- Es más claro ahora. Sigue llorando, no para, está como delante de nosotras. Nos está
guiando.
- Todo esto es de locos, sólo espero que acabe de una vez.
Siguieron caminando por dónde el llanto que sólo Karen escuchaba, les guiaba.
- Creo que vas a tener razón, Elsa.
- ¿Por qué?
- Mira - dijo Karen señalando la casa que tenían ahora frente a ellas - Nos ha traído
hasta el número 15.
- Tengo los pelos de punta.
- Y yo. ¡Dios! - Karen se llevó las manos a los oídos.
- ¿Qué?, ¿qué pasa?
- ¡Ahora el llanto es más fuerte! - seguía caminando pero se detuvo.
- ¿Es aquí?
- No, es que... no puedo... ¡es demasiado fuerte!
- Canta - dijo Elsa.
- ¿Qué? - Karen la miró extrañada.
- Es un bebé, tienes que tranquilizarlo. Canta una nana o algo así, pero no muy alto,
no queremos tener público - dijo la morena mirando a su alrededor.
- ¿Por qué no cantas tú?, yo lo hago fatal... ¡ay, mis oídos!
- Yo ni siquiera le escucho, no creo que ella pueda oírme.
- ¿Funcionará?... ¡Por dios, está gritando en mis oídos!
Karen cogió fuerzas y pensó en una nana que su abuela le cantaba cuando era pequeña,
casi no se acordaba la letra pero lo intentó. Cantó suavemente y, poco a poco, el
llanto se suavizó, seguía llorando pero era un sonido que sus oídos podían aguantar.
La guió hasta que pareció detenerse. Miró al suelo, se encontraban a un par de metros
de la casa, pisaba un terreno que alguna vez fue plantado con esmero pero que ahora
estaba abandonado.
- Creo que es aquí - se giró para ver a Elsa.
- ¿Lo crees?, no voy a empezar a cavar sin más en cualquier parte.
- Estoy segura, es aquí - miró hacia abajo y se quedó petrificada - Mira - dijo
señalando algo en el suelo.
No se podía ver bien pero se podía distinguir el número 15 dibujado entre la tierra.
- ¡Dios mío! - dijeron casi a un tiempo.
- Vale, es aquí - clavó la pala en el suelo.
Nada más empezar a cavar, el llanto se hizo insoportable. La nana ya no funcionaba, más
que un llanto era un berrinche. Estaba claro que estaba desesperada, tenía prisa y
mucho frío.
- ¡Date prisa, por dios! - Karen se sentaba de cuclillas en el suelo tapándose los
oídos, pero era inútil el fuerte llanto estaba en su cabeza - ¡No lo puedo soportar!
Elsa cavaba lo más deprisa que podía, tenía que estar muy profundo para aguantar todos
estos años enterrada en una huerta, en una tierra que continuamente era removida. O, al
menos, lo fue durante un tiempo. La pala tropezó con algo. Karen se arrodillaba en el
suelo, sus oídos reventarían de un momento a otro. El llanto se clavaba, una y otra vez,
como una aguja en su cabeza.
De repente, se calló. El silencio apareció como un muro en su interior. Sorprendida y
asustada, levantó la vista hacia Elsa, estaba de pie frente a ella y en sus manos, con
los brazos estirados, sostenía una vieja y rota manta.
*****
El agua de la lluvia caía sobre las tres, se abrazaban viendo como el pequeño ataúd era
descendido poco a poco. A su lado, las tumbas de Elizabeth Febles y Carlos Morales le
harían compañía para toda la eternidad. Al final, la familia estaba reunida salvo por
Karen que miraba la escena y dejaba que las lágrimas le brotasen sin control.
Al final de la ceremonia, ascendían por el camino de salida del cementerio. Habían sido
dos semanas muy duras.
- Bueno - dijo Elsa - Sólo nos queda un día, ¿qué vamos a hacer?
- Disfrutarlo al máximo, ¿verdad, mamita? - dijo abrazando a la anciana - No quiero
dejarte sola.
- No te preocupes por mi. No estaré sola - dijo Elizabeth que saludaba a alguien al
final del camino.
- ¿Ese no es Nasem? - preguntó extrañada.
- Sí.
- ¡Abuela!
- ¿Qué?. Tú te vas con tu novia pues yo me quedo con mi novio- dijo sonriente - No lo
es, pero al pobre le hace ilusión - se rió.
Se agarró del brazo del anciano y juntos siguieron el camino, seguidos de cerca por la
otra pareja.
- Hay algo que he sabido y no he querido decirlo - dijo Karen seria.
- ¿El qué? - preguntó extrañada Elsa y parándose para mirarla - ¿Qué no has dicho?
- Ella estaba viva.
- ¿Quién?
- Mi hermana estaba viva cuando la enterraron.
- ¿Cómo lo sabes? - preguntó sorprendida.
- En los sueños, cuando me caía abría los ojos. Casi me parecía ver a ese asesino -
la miró fijamente - El bebé estaba vivo.
- No pensemos más en eso - dijo Elsa abrazándola y pegando la cabeza de la rubia
contra su pecho - No pienses más en eso, mi amor - la obligó suavemente a mirarla y la
besó en los labios.
- Vaya manera de empezar hemos tenido - sonrió la rubia.
- ¡Y qué lo digas!. Nos merecemos una luna de miel.
- ¿Dónde?
- En casita, tranquilitas. Nada de viajes.
- ¿Todo el día en casa?
- ¡Sí, por favor! - volvió a besarla.
Elizabeth se paró un momento hasta que la pareja la alcanzó, agarró del brazo a su nieta
y la hizo separarse de Elsa un momento.
- ¿Qué pasa, mamita?
- ¿Te acuerdas de algo que me dijiste cuando llegaste?
- ¿A qué te refieres? - Karen miró extrañada a su nieta.
- Te pregunté si ella te quería y me dijiste...
- Que lo averiguarías por ti misma - sonrió.
- Exacto.
- ¿Y?
Elizabeth se paró y la miró fijamente con una gran sonrisa en la cara.
- No te quiere.
- ¿Cómo?
- Es mucho más que eso, nunca vi tanto amor en una persona.
Karen no pudo más que abrazar a su abuela.
- Gracias.
- Es la verdad, mi cielo y me alegro mucho por ti. Te mereces un amor así.
Elizabeth volvió con Nasem mientras que Karen hizo lo mismo con Elsa. Mientras caminaba
abrazada a la alta morena no podía evitar pensar en lo que dejaba atrás. Intentaba
imaginar lo distinta que hubiera sido su vida con esas tres personas a su alrededor,
una madre, un padre y una hermana con la que compartirlo todo. De niña, no soñaba con
otra cosa, ese siempre fue su sueño. Pero ahora era ella la que formaría su propia
familia, y ese sería su único sueño para el resto de su vida.
FIN