EL ALBERGUE
Capítulo I
El Boico era un albergue oculto entre las montañas que formaban un hermoso valle al
norte de la isla. Se trataba de un antiguo granero que el ayuntamiento había reformado
para favorecer el turismo rural, que tanto auge estaba teniendo en la zona. Situado en
el único claro del valle, la siempre presente humedad, hacía resplandecer el verdor del
follaje a su alrededor.
Se despertó muy temprano pues siempre se le hacía difícil dormir en una cama que no
fuera la suya. La habitación consistía en un cuarto rectangular con unos pocos armarios
y seis literas, de las cuales sólo dos estaban ocupadas por completo. La mayoría de la
gente se había echado atrás en el último momento así que sólo cuatro fueron los que se
decidieron a pasar allí un fin de semana. El techo era de madera y las paredes estaban
pintadas de un tono amarillo que realzaba el color del pino.
Con cuidado se deslizó desde la litera para no despertar a nadie y se calzó las botas
con la intención de echar un vistazo fuera. Habían llegado tarde y de noche, por lo que
no tuvieron ocasión de ver el paisaje que tan bien le habían descrito. Ni siquiera
habían podido cenar, ni ver el recinto. En vez de eso se dirigieron directamente a la
habitación que les había tocado, la cual se hallaba en un espacio aparte y a pocos
metros del centro principal.
Se abrazó a su grueso abrigo cuando sintió un aire frío, al abrir la puerta que daba al
exterior. Estaba amaneciendo pero no se distinguían los colores del cielo ya que había
una ligera neblina que lo cubría todo. Comprobó que el coche estaba en su sitio y
siguiendo el camino de piedra se dirigió al centro principal. Decidió no entrar ya que
descubrió un camino que le llevaba directamente a la azotea del centro, desde dónde se
suponía tendría una mejor vista. Se apoyó en el muro y miró hacia abajo. Encima de la
puerta principal había un techo de cristal y enfrente un terreno donde tenían cultivados
remolacha, ajo y lechugas lo cual le llamó la atención. Era una curiosa combinación. La
neblina empezaba a disiparse dejando ver un cielo azul que prometía un buen día para
hacer senderismo. A ambos lados habían montañas vestidas de un manto verde aún mojado
por el rocío mañanero. El sitio realmente le gustaba.
Escuchó unos pasos y miró a través del techo de cristal. Dos excursionistas del otro
grupo ya se habían levantado y habían salido al exterior aún con los pijamas puestos.
Una de ellas le llamó la atención. Tenía el pelo rubio y alborotado que le cubría hasta
el cuello y estaba desperezándose.
- ¡¡¿Pero cómo se puede roncar tanto??!!... no he podido dormir en toda la noche -
protestó la rubia.
- Sabía que no iba a ser una buena idea traer aquí a mi hermano pero cierta morena que
aún duerme no dejaba de darme la lata - contestó su compañera cuyo pelo largo y rizado
se encontraba tan alborotado que intentaba ordenarlo con una coleta.
- Como esta noche sea igual me iré a dormir al comedor... bueno, por lo menos podemos
disfrutar de esta hermosa vista.
- Parece que va a ser un buen día, pero... brbrbrbr... que frío hace - contestó la
morena abrazándose a si misma.
- Sí, deberíamos buscar abrigo, si es que todavía nadie se ha despertado - mientras
hablaba echaba un vistazo a su alrededor y miraba al cielo para comprobar lo que su
amiga había dicho.
Por un momento sus ojos se encontraron. Ambas se quedaron mirando fijamente. Mientras
una se apartaba del muro y decidía volver a su habitación, la otra bajaba la mirada y
decidía hacer lo mismo.
- "¡¡Vaya ojos tiene esa chica!!" - pensaron las dos a un tiempo mientras se dirigían
a sus respectivas habitaciones.
Cuando Tania llegó a su habitación ya sus amigos se habían despertado y estaban haciendo
turnos para entrar al baño.
- ¡Vaya, a quién tenemos aquí!... ¿dónde estabas? - preguntó Carlos.
Carlos era el novio desde hacía dos años de su mejor amiga Cristina, a quienes había
presentado en una fiesta de navidad. Cristina y ella se conocían desde la guardería y
nunca habían tenido secretos. Fue la primera persona a la que le dijo que era gay y
siempre la había apoyado mucho, incluso cuando su padre le dio la espalda y no quiso
saber nada de su propia hija.
- Buenos días, Carlillos. ¿Dónde está la imbécil de tu novia? - preguntó en voz alta
para que se oyera bien.
- La imbécil de su novia acaba de salir del baño, guapa - dijo Cristina.
Salía del baño con la toalla enredada en la cabeza. Era más bien bajita, pero siempre
se hacía notar donde sea que estuviese por su carácter alegre y dispuesta. Saltó sobre
la espalda de su novio y le lanzó una chola a su mejor amiga.
- ¡Hey!, casi me das - sonrió Tania.
- Esa era la idea. ¡Que manera es esa de dar los buenos días! - dijo, al tiempo que su
novio la dejaba en la cama alta de la litera donde habían dormido.
- ¿A qué hora es el desayuno? - preguntó Javier, que se disponía a entrar en el baño
para darse una ducha.
Javier era el hermano de Carlos y siempre había pretendido salir con Tania, alejarla del
mundo gay como él mismo solía decir. Era un buen chico y Tania de verdad deseaba que
encontrase una novia, no por dejarla en paz a ella, sino porque se lo merecía. Javier
era de constitución fuerte y medía casi como ella, es decir, sobre 1,80 m. Tenía su pelo
castaño cortado al modo militar sólo por comodidad y los ojos grises. Era alguien a
quién las chicas miraban pero su timidez le impedía darse cuenta de eso.
- A las nueve, y son las 8:30, así que date prisa... además quiero ver las actividades
que hay hoy - le contestó Cristina.
- ¿No vamos a salir a caminar? - preguntó Tania.
- Bueno, lo hemos pensado y Carlos y yo vamos a hacer submarinismo o alguna actividad
acuática. Pero creo que Javi quiere también hacer senderismo - dijo Cristina al tiempo
que le guiñaba un ojo. Tania se limitó a lanzarle una mirada de reojo y Cristina le
contestó sacándole la lengua.
En quince minutos estaban todos preparados y listos para ir a desayunar. Cerraron la
puerta y Cristina se quedó con la llave. Los cuatro siguieron el camino de piedra que
les conducía al centro principal. Nada más entrar saludaron al monitor que les abrió la
puerta, y les saludó muy amablemente preguntándoles cómo habían dormido y si les había
sido difícil encontrar el lugar por la noche. La verdad es que no había sido nada
difícil, el camino estaba bien señalizado.
A mano izquierda se encontraba un pasillo que conducía a la otra habitación dónde el
otro grupo se alojaba y por dónde estaban saliendo algunos de ellos con caras, aún, de
dormidos. La habitación central era larga y se dividía en dos. Por un lado, habían unos
cómodos sillones mirando hacía un enorme televisor con video y, en el otro lado, habían
largas mesas de madera con sus correspondientes bancos. En las mesas ya estaban
dispuestas varias cestas con panes y platos con diversos embutidos, así como en una
mesa auxiliar se encontraban la leche, el café o té, platos, vasos y cubiertos. En esa
parte habían grandes cristaleras que dejaban ver perfectamente el frondoso paisaje que
les rodeaba.
Se sentaron en la primera mesa mientras que al fondo se estaban acoplando los miembros
del otro grupo que era mucho más numerosos. Debían ser unas 15 personas, y estaban
discutiendo sobre lo que debían hacer ese día. Había diferencia de opiniones. Unos
querían las actividades acuáticas, ya que la playa no estaba muy lejos de allí, otros
montar a caballo, otros hacer mountain-bike, etc... Nuestro grupo lo tenía claro. Carlos
y Cristina se irían con el grupo de la playa mientras que Javier y Tania iban a
recorrer las montañas. Deporte en contacto directo con la naturaleza, disfrutando de un
bonito paisaje y además era un buen momento para desempolvar la vieja cámara que Tania
guardaba. Lo que ella necesitaba en este momento era tranquilidad.
Terminaron de desayunar y tras asearse de vuelta a la habitación, se prepararon y cada
uno se fue por su camino. Carlos y Cristina se quedaron con el monitor y parte del otro
grupo, esperando una furgoneta que les llevaría hacia la costa, mientras que Javier y
Tania estudiaban por dónde podían ir. El monitor les había aconsejado varios senderos.
Capítulo II
El camino comenzaba por detrás del centro. Enseguida se hizo empinado mientras
ascendían la primera montaña. De vez en cuando se paraban para desviar la vista del
suelo y poder admirar el mundo que les rodeaba comprobando como cambiaba a cada paso
que daban. El propio sendero que habían decidido seguir también variaba y así, los
matorrales de los primeros metros se habían convertido en brezal, lo que les permitía
disfrutar de una relativa sombra.
El cielo estaba completamente azul y no quedaba ningún rastro de las nubes que lo
cubrían a primera hora. Aunque sólo eran las 10:00 de la mañana, el sol se empezaba a
notar. A un lado del camino había una pequeña entrada cuyo suelo se encontraba cubierto
de castañas caídas del hermoso y gran castaño que les daba sombra. Estuvieron unos
minutos recogiendo algunas hasta que no les cabían más y prosiguieron el ascenso.
Caminaron durante una hora hasta llegar a un claro donde existían varias divisiones.
Por un lado, se veía la montaña que acababan de subir y abajo el albergue, mientras que
por el otro se veían las magnificas montañas, no tan verdes ni frondosas, que formaban
parte de la zona sur de la isla. Eran majestuosas y con afilados riscos que infundían
respeto.
De repente, unas voces se escucharon detrás de ellos. Procedían del mismo camino por
donde acababan de subir.
- ¡Venga, Dani, que no es para tanto!... deberías hacer más ejercicio - dijo una voz
femenina.
- ¡Qué no es para tanto, estoy sudando la gota gorda!... tendría que haberme ido con
los otros a llevar los kayak - le protestó la otra mujer.
- Este paisaje no lo puedes ver desde un kayak - dijo la rubia de ojos verdes que
Tania había visto por la mañana mientras estaba en la azotea. Una vez más sus miradas se
cruzaron. La alta morena sintió una punzada en su interior.
- Hola, ¿qué tal? - saludó una chica resoplando - ¡Menuda subida!.
- Mira que eres quejica - protestó la otra.
Daniela, sin hacer el menor caso al cometario de su amiga, preguntó:
- ¿Ustedes también son del albergue, no?.
- Sí, nos hemos visto en el desayuno - contestó Javi, que no parecía tan tímido como
era costumbre en él.
- Es verdad - contestó la misma chica, que acababa de dejar la mochila en el suelo.
- Pero ustedes son muchos más. ¿Vienen más por atrás? - dijo Javi mirando hacia el
camino.
Tanto Tania como Dácil miraban a sus respectivos compañeros con asombro. Ambos eran muy
tímidos con los desconocidos, algo que en este momento no se correspondía con la
realidad.
- No que va. Somos las únicas locas. Que conste que yo estoy aquí porque cierta
persona me convenció - dijo Daniela mirando fijamente a la rubia - Me llamo Daniela y
ella es Dácil.
- Yo me llamo Javier.
- Y yo soy Tania - se presentó a si misma, ya que Javier parecía haberla olvidado.
- Hola...
- Pues ellos se lo pierden - respondió Javier.
- ¡Qué gran paisaje se ve desde aquí!, ¿saben cómo se llama esto? - preguntó Daniela
con entusiasmo.
- Creo que es el barranco de Masca... o, al menos, en parte, aquello de allí es el
sur - le explicó Javier a Daniela, a quien no dejaba un momento de mirar.
- Y, ¿qué dirección van a seguir? - preguntó Dácil, al tiempo que dejaba caer su
mochila al suelo y se sentaba en una piedra dispuesta a disfrutar de la vista.
- Pues aún no lo hemos decidido - contestó Tania con algo de brusquedad.
Estaba sentada en otra piedra un tanto alejada de los demás y se disponía a sacar su
cámara fotográfica. No le apetecía tener compañía ese día aunque se tratase de una
mujer como aquella. Sólo quería disfrutar del silencio y sacar unas buenas fotos.
- Ah, ¿te gusta la fotografía? - le preguntó Dácil en un intento de mantener una
conversación, pero la morena no parecía muy dispuesta.
- Sí - Fue su escueta respuesta.
Se levantó observando mejor la posición en la que se encontraba y mirando a Javier y
Daniela que charlaban animadamente. "Creo que vamos a tener compañía el resto del día"
- pensó con resignación.
- Desde allá encima se debe de ver mejor - le dijo Dácil mientras señalaba una pequeña
subida y se levantaba, decidida a comprobarlo por ella misma.
- Seguramente - contestó.
La seguía de cerca mientras subían el pequeño montículo. Tenía el pelo ahora mejor
peinado que esta mañana. Era rubio y corto, y la luz del sol se reflejaba en él en
forma de pequeños destellos. Era algo baja pero se movía de forma muy ágil y se notaba
que estaba acostumbrada al senderismo. Llevaba una camiseta blanca y unos pantalones
azul claro algo ajustados que marcaban su cintura, con cremalleras a la altura del
muslo y dos bolsillos a los lados. Sus botas parecían buenas y estaban algo desgastadas,
lo que confirmaba que habían recorrido mucho mundo.
- ¡Vaya!, desde aquí es definitivamente mejor - comentó la rubia, al tiempo que se
detenía y se ponía una mano en la frente, al modo indio, para evitar la luz directa del
sol en la cara.
Sacó su cámara dispuesta a dispararla sin hacer comentario alguno. Buscó un ángulo en el
cual no tener el sol de frente y disfrutar de una vista más amplia.
Dácil había dejado de mirar las montañas y su mirada se centraba ahora en los
movimientos de su inesperada acompañante. Tania era muy alta y se veía muy fuerte.
"Espero no enfadarme nunca con ella" - pensó. Tenía el pelo negro y lacio que le caía
hasta la cintura, lo que contrastaba y daba más brillantez a sus hermosos ojos azules.
No pudo evitar pensar para sí misma que le gustaba la mujer que tenía a su lado.
"Ey, ey... que nos conocemos. Tranquilita, que no la conoces de nada... relájate. Además
parece un poquito estirada" - pensó.
Una vez conforme con la foto que acababa de sacar, se dispuso a bajar seguida de cerca,
esta vez, por Dácil, quien aprovechó para mirarla sin tapujos.
- ¿Qué tal por ahí arriba?, ¿sacaste una buena foto? - preguntó Javi.
- Sí, al menos eso espero. ¿Has decidido por dónde vamos a ir? - preguntó Tania mirando
directamente a su amigo.
- Ya que sólo somos cuatro, hemos decidido seguir juntos y por la parte norte, el
paisaje es mejor - comentó Daniela al tiempo que le guiñaba un ojo a Dácil.
- "¿A qué habrá venido eso?" - pensó Tania - "Sabía que esto iba a pasar desde que las
vi llegar".
- ¿Les parece bien? - preguntó Javier.
- Por mí, perfecto - le contestó Dácil - además conozco un barranco no muy lejos donde
el paisaje es distinto. Tendremos que bajar un poco y después será una subida un tanto
empinada, pero les garantizo que merece la pena sufrir un poquito. ¿Qué les parece?.
- Yo siempre estoy dispuesto a conocer chic... digo sitios nuevos - contestó Javi que
sintió una mirada azul fija en él. - ¿no?.
- Pues vamos ya, que llevamos demasiado tiempo aquí - dijo Tania.
Recogió su mochila del suelo y se la acomodó sobre su espalda. Los demás la imitaron y
prosiguieron la marcha con Dácil a la cabeza, seguida de Daniela, Javier y, finalmente,
la propia Tania.
Anduvieron durante media hora por la cima de la montaña. El tiempo había cambiado y lo
que había sido un cielo azul ahora estaba parcialmente gris y las nubes amenazaban con
establecerse encima del grupo.
Capítulo III
- Dácil, Dácil... - susurró Daniela.
- Pero, ¿por qué susurras?.
- No quiero que me oigan, y ahora se han quedado algo retrasados. ¿Qué te parece,
Javier?, ¿a qué es guapo?.
- Bueno, no es feo. Nunca te he visto hablar con un desconocido con tanta familiaridad,
¿te gusta, eh?.
- Pues sí y creo que mucho.
- Oye, frena, que le acabas de conocer.
- Sí, sí... ¿y tú, qué?. Daaaari, que te he visto mirar a Tania. Es muy guapa.
- Por si no te has dado cuenta, es una mujer.
- Pero, bueno, ¿con quién crees que estás hablando?, que soy yo, Daniela, a mí no me
puedes engañar.
Dácil la miró un momento y casi tropieza con un tronco caído en el suelo. Daniela se
rió.
- ¿Y qué, te gusta o no? - volvió a preguntar.
- Vale, vale, sí me gusta. Pero no sé nada de nada sobre ella.
- Yo tampoco sé de Javier, así que tenemos trabajo tu y yo hoy.
- Nunca he conseguido engañarte, ¿verdad?... pero - bajó la voz un poquito más - ¿no
te parece algo fría?, no sé, la noto algo seca.
- Dale tiempo, a lo mejor sólo es tímida.
- No sé, creo que no le ha gustado nada que nos uniéramos.
- ¿Tú crees?. Pues no sé, no me he dado cuenta.
- ¿Cómo te vas a dar cuenta? - le contestó Dácil riéndose.
Javier agarró del brazo a Tania, haciéndola frenar. Se llevó un dedo a los labios para
pedirle que no dijera nada.
- ¿Qué te pasa ahora?.
- Oye, Tan, ¿qué te parece Daniela?.
- Ah no, no, no... no me vayas a volver loca tú ahora.
- En serio, me gusta, y desde que tú entraste en mi vida no me había vuelto a pasar
con nadie.
- ¡Serás tonto!. Pero si la acabas de conocer. No sabes nada de ella.
- Sé que le gusto.
- ¿Y, cómo puedes saberlo?.
- Del mismo modo que sé que tú le gustas a Dácil.
- ¿Pero qué dices, es que estás loco?.
- Si no deja de mirarte, ¿no te has dado cuenta?, y de la misma manera que te miraba
yo cuando te conocí... y además tú tampoco dejas de mirarla a ella, que también me he
fijado.
- ¿Cómo puede haberte dado tiempo de fijarte en tantas cosas?. Por Dios, pareces un
crío.
- Sí, un crío, sí - miró fijamente a los ojos azules.
- Oye, que sepas que no me ha gustado la idea de tener compañía. Vine aquí para
relajarme. Buscaba un poco de tranquilidad, ¿sabes?.
- Venga... - le dijo Javier con una media sonrisa - sé que, en el fondo, estás
encantada.
- Vamos para delante que las estamos perdiendo de vista, anda. Dejemos esta
conversación, por favor.
- ¡Ajá!, te preocupa que nos oigan, ¿verdad?.
- Qué te calles, pesado.
Alcanzaron a la otra pareja y ya los cuatro juntos, cogieron por la desviación que les
llevaba al llamado Barranco de Tijón tal y como rezaba el letrero que acababan de ver.
En seguida todo alrededor cambió. Ahora se hallaban rodeados de altos y frondosos
árboles y de helechos que cubrían por completo el suelo, de manera que en ocasiones no
sabían dónde pisaban. Un riachuelo les acompañaba a medida que avanzaban. De repente
comenzó a llover muy suavemente. En realidad, no sentían las gotas, sólo las podían oír
golpear contra el gran follaje de los árboles que constituían el techo del barranco.
Ese sonido y el del agua bajando era lo único que se escuchaba en el lugar. Los cuatro
se habían quedado parados disfrutando del silencio y de la paz que reinaba.
- ¡Vaya!, ¡esto es precioso Dari! - dijó Daniela rompiendo el silencio.
- ¿Verdad que sí?. He venido por aquí un par de veces y no deja de sorprenderme.
- Es el momento de sacar una foto... por aquí estará mejor.
Tania saltó el riachuelo para tener una vista mejor. El plácido deslizamiento del agua
se veía interrumpido por una serie de rocas que le obligaba a desviarse varias veces,
formando pequeñas cascaditas justo en el lugar dónde se habían parado.
- Oye, ¿es que siempre vas a sacar fotos de paisajes?, ¡Qué aburrido!. ¡Sácanos una
foto a todos! - Javier ya se había colocado al lado de Daniela para la ocasión y ni
Tania ni Dácil pudieron evitar una leve risa.
- Espera, que saque esta... a ver... aquí perfecto.
Disparó su máquina y una luz fugaz alumbró por un segundo el barranco. Se levantó y
buscó un lugar dónde poder dejar la máquina y conectar el automático. Era la única
manera de salir los cuatro en la foto. Encontró una roca dónde situó la mochila y la
aplanó para tener un lugar recto donde dejarla. La colocó sobre la mochila y miró para
buscar la mejor posición. En ese momento vio a Daniela pellizcar en el brazo a Dácil
que la estaba mirando fijamente La rubia giró su cara de forma automática. Le extrañó y
sonrió para si misma.
- Será mejor si nos sentamos por allí - dijo señalando un pequeño claro que estaba
libre de helechos, y al estar en una pequeña subida salían todos en la foto.
El sitio era pequeño así que se sentaron Javier y Dácil detrás y Daniela se sentó
enfrente de Javier lo que le hizo abrir las piernas para que pudiera sentarse bien.
Dácil les miró y no pudo evitar una gran sonrisa. Al mirar a Tania vio que también esta
sonreía detrás de la cámara. En ese momento se dio cuenta que el único sitio dónde
podía sentarse la fotógrafa era enfrente de ella, y seguramente también tendría que
abrir las piernas. De repente se sintió algo nerviosa.
- Bueno, allá voy, lo conecto y salgo corriendo. Hazme un hueco - esto lo dijo mirando
a Dácil.
Conectó el automático y la luz comenzó a parpadear. La lluvia caía un poco más fuerte y
comenzaba a mojarlos. Y no sólo a ellos sino también el suelo por lo que estaba
resbaladizo. Esa fue la causa por la que Tania terminó cayendo entre las piernas de
Dácil que en un gesto involuntario la abrazó. En ese momento saltó el flash iluminando
la escena.
- ¡Esta va a ser una gran foto! - observó Javier que junto con Daniela sonreían
mirando a las dos mujeres abrazadas que tenían al lado.
- ¡Oh, lo siento!, me he resbalado - dijo Tania, intentando levantarse y resbalándose
otra vez.
- ¡Bueno, esto promete! - rió Javier, recibiendo como contestación una fría mirada
azul.
- Hoy estoy torpe - dijo Tania visiblemente avergonzada y enfadada consigo misma.
- Tranquila, no pasa nada - dijo Dácil al tiempo que ayudaba a Tania a levantarse sin
poder disimular el rubor que le subía por la cara.
- Ahora sí que está lloviendo, ¿trajeron los chubasqueros? - preguntó Daniela que
había estado entretenida viendo toda la escena sin parar de sonreír.
Todos abrieron sus mochilas y se pusieron los chubasqueros pues la lluvia era tan fuerte
ahora que los árboles no podían frenarla y las gotas caían libremente mojando los
grandes hojas de los helechos intensificando su verdor. En el cielo el sol luchaba por
abrirse un hueco, misión cada vez más difícil por las espesas nubes que lo empezaban a
cubrir.
- Tengan mucho cuidado con la bajada ahora. Esto está empezando a embarrarse y además
el suelo está cubierto de hojas mojadas. Delante, no muy lejos, hay una pequeña cueva
en la roca y podemos pararnos a comer - comentó Dácil.
Se la veía muy segura mientras bajaba, no como su amiga Daniela que de cada dos pasos
uno la llevaba al suelo.
- ¿Vas bien? - le preguntó.
- ¿A ti que te parece? - le preguntó a su vez Daniela que intentaba levantarse del
suelo tras su tercera caída.
- Lo que me parece es que necesitas ayuda. Apóyate en mí, si quieres - le dijo Javier.
Se volvió y le dio la espalda para que se apoyara en su hombro, por lo que no pudo ver
la amplia sonrisa que iluminaba la cara de la que había conseguido ponerse en pie. En
ese momento, Dácil miró a Tania que la seguía muy de cerca y ambas sonrieron con la
escena, conscientes de lo que de verdad ocurría.
Bajaron durante veinte minutos. En ese tiempo la ligera lengua de agua que llevaba el
riachuelo se había convertido en un pequeño río que cada vez bajaba con más fuerza, al
tiempo que la lluvia se intensificaba. A Dácil no le gustó nada y miraba la escena con
escepticismo. Tanto Javier como Daniela estaban encantados y muy distraídos con su
nueva tarea, pero Tania si vio preocupación en la cara de Dácil.
- Dácil, perdona, ¿te preocupa algo?.
- No sé si deberíamos comer aquí, volver por dónde hemos venido o seguir el camino
hasta estar en mejor posición... es que, no sé... estoy notando que llueve mucho - miró
a Tania encontrándose nuevamente con ese azul que tanto le empezaba a afectar.
- Tú conoces más esta zona. Si no estas tranquila, entonces nosotros tampoco. Podemos
aguantar sin comer un poco más - comentó la morena.
- ¿Cómo que podemos?, dilo por ti. Yo estoy muerto de hambre. Hace horas que salimos y
no hemos comido nada - protestó Javier, a cuya protesta se unió Daniela, por lo que
recibió una fría mirada verde, esta vez.
- Vale, vale, quizás exagero un poco. He estado con lluvias mucho peores que esta -
terminó contestando Dácil ante las protestas recibidas.
Miraba al cielo mientras hablaba, pero no se veía demasiado debido al espesor de los
árboles que lo tapaba. Era verdad, tampoco estaba tan mal, ¡Qué va!. Se acordó de
aquella vez en que se quedaron atrapados en un pueblo durante un día y medio
incomunicados. Aunque esa vez fue una suerte haber encontrado el pueblo.
En una curva vieron la cueva a mano derecha. Era pequeña y poco profunda, pero los
cuatro cabían perfectamente. Se sentaron en semicírculo y mirando hacia el exterior.
Abrieron sus mochilas y sacaron las bolsas que contenían los diferentes almuerzos que
cada uno se había preparado esa mañana. Javier sacó un pan con lomo, tomate, lechuga y
queso, que bajaba con una cerveza. Daniela que hacía dieta llevó una ensalada a base de
lechuga, tomate, zanahoria, remolacha, pepino, millo y algunos trozos de atún, junto
con una coca-cola light. Tania tenía su acostumbrado medio bocadillo de tortilla y
también cerveza. Dácil tenía un pan tan largo como su brazo que por un lado tenía
ternera con mayonesa, queso, tomate y lechuga y, por otro lado, carne mechada. Todos se
le quedaron mirando sorprendidos.
- Pero, ¿dónde metes todo eso? - preguntó Tania asombrada.
- Eso mismo me llevo preguntando yo toda la vida - dijo riendo Daniela.
- ¿En serio, te vas a comer todo eso?, ¿tienes hambre, no? - le preguntó Javier, al
que hace sólo un segundo le parecía que se había pasado con su bocadillo.
- ¿Qué pasa?. Yo me alimento bien... no como otras - lanzó una mirada de reojo a
Daniela, que bajó la cabeza para centrarse en su ensalada.
Capítulo IV
Como siempre, terminé mi bocadillo de lomo el primero. Tengo que procurar comer más
despacio o un día me daré un susto a mi mismo. ¿Quién me a visto y quién me ve?. Aquí
estoy comiendo en mitad del monte, con tres chicas, cada cual más guapa. Sobre todo la
que tengo al lado. No me había pasado esto desde que conocí a Tania.
Me levanté y salí de la cueva para comprobar la lluvia que caía. El riachuelo había
crecido un poco y la lluvia caía aún con algo de fuerza, produciendo un ruido incesante
y cada vez mayor. El barranco estaba más brillante que antes a causa de las hojas
empapadas de los helechos. No me arrepentía para nada de haber decidido comer allí.
- ¡Está empezando hacer frío, eh!. Tengo las manos heladas - dije dirigiéndome a las
tres mujeres que estaban terminando su almuerzo.
- ¿No trajiste unos guantes?. Yo tengo un par de sobra - comentó Daniela, que acababa
de terminar y estaba guardando los restos en la mochila.
- No te preocupes, creo que me acordé de traerme un par.
Me acerqué a mi mochila y saqué unos guantes azules y gruesos que le había robado a mi
padre. Seguro que me arma una bronca cuando llegue mañana por la noche a casa. No le
gusta nada que le coja sus cosas y más cuando él también pensaba ir al monte hoy.
Miré a Tania que había terminado su bocadillo de tortilla y se disponía a dar buena
cuenta de una hermosa manzana. Tan hermosa como ella. Me volvió loco desde la primera
vez que la vi. Tiene un cuerpazo increíble y unos ojos que se me clavan en el pecho
cuando me miran. Sin embargo, ahora notaba algo distinto. No sé, ya no la veo igual.
Sigue estando buenísima, eso no cambia, pero me acaba de mirar y guiñar un ojo, y no he
sentido ese vuelco en el corazón que siempre me pasaba con ella. ¿Se me estará pasando
toda esta gilipollez?. Espero que así sea, es de imbécil estar persiguiendo a una mujer
que es lesbiana. Alguien que jamás podrás tener.
- ¿Qué, te quedaste con hambre? - le pregunté a Dácil con ironía.
Ella me miró mientras meneaba la cabeza negando, pues su boca aún masticaba el último
trozo de pan que le quedaba. De repente la encontré algo seria. Dácil tampoco está nada
mal pero no es mi tipo. No me gustan las rubias.
- No me puedo creer que al final te lo comieras todo - se sorprendió Tania.
- ¡Pero si no es nada, yo la ha visto comer cosas peores! - dijo Daniela revolviendo
la cabeza rubia de su amiga...
Se levantó y pasó a mi lado rozándome para mirar por fuera de la cueva. ¿Habrá sido a
propósito?. Aquí hay suficiente espacio como para no tocarnos. No podía dejar de
mirarla. No era tan guapa como Tania, sin embargo, me gustaba. Era alegre y me sentía
cómodo con ella. Podía hablar de cualquier cosa. Vale, ¡A quién vas a engañar!, también
tiene un buen cuerpo. Y esa melena rizada me vuelve loco, y... ¡¡¡Para tigre!!!.
Dácil se acercó a ella con un paquete de galletas de chocolate en la mano, no sin antes
ofrecernos una a cada uno. Daniela no quiso y me dio que pensar. Había comido sólo
ensalada y una coca-cola light y ahora no quería galletas. Debía de estar a dieta o
algo así. ¿Pero por qué?, si está estupenda.
- ¡Hay que ver como llueve!, ¡Me encanta! - comentó Daniela.
Se subió la capucha de su chubasquero y dio un par de pasos para quedarse justo debajo
de la lluvia.
- ¡Es genial!.
- ¡Vamos a acabar empapados hoy!. ¿Queda mucho por bajar? - le pregunté a Dácil.
- No demasiado.
- ¿Y la subida es mucha?. Lo digo porque quizás sería mejor volver por dónde hemos
venido - dijo Tania que se había unido a nosotros, incorporándose y mirando al cielo.
- El camino es mucho más largo por dónde hemos venido. Con la subida nos quedamos a
mitad del albergue. Por cierto, ¿qué hora es?.
- Las tres y media - le contesté.
- ¡No me lo puedo creer!, ¿te has olvidado el reloj?, la maniática del tiempo se ha
olvidado el reloj - exclamó Daniela que seguía mojándose fuera.
- No me lo he olvidado es que se me ha parado, y, entra, que te vas a mojar más de lo
debido. No quiero tener que cargar con tu bronquitis el resto del fin de semana -
protestó la rubia.
- Creo que al final nosotros también vamos a tener actividades acuáticas - comentó
Tania con una sonrisa mirando a ambos lados del barranco y, dicho sea de paso,
sorprendiéndonos.
El comentario nos hizo reír a todos, y a mí, en particular, me relajó. Hasta ese
momento pensé que estaba enfadada conmigo por haber tenido la idea de ir todos juntos.
Ella buscaba y necesitaba relajarse. Nunca ha sido muy habladora pero había estado
demasiado callada incluso para ella. Di unos pasos y me coloqué a su lado.
- ¿No has traído guantes? - le pregunté.
- No me hacen falta. Soy de manos calientes.
- ¿Ah, sí?. ¿Cómo era aquello...?. Manos frías amor de un día, manos...
- Manos calientes amor para siempre - contestó Daniela que, en seguida, miró para
otro lado en actitud vergonzosa.
- Quizás deberíamos marcharnos. Dentro de algo más de tres horas será de noche -
comentó Tania.
- Sí, es lo mejor - le contestó Dácil, que llevaba un tiempo vigilando la zona.
Recogimos las mochilas comprobando que no se nos quedase nada. Yo me quité el
chubasquero para ponerme el suéter grueso que mi madre me había regalado por mi
cumpleaños. Era de un color verde pastel y a mí me parecía de maricón, pero ella se
empeñó en que lo trajese. Menos mal que llevo el chubasquero verde militar encima y
disimula un poco. Si me lo pongo deprisa ni lo notarán.
- Vaya, vaya, qué color más bonito... cariñín - se burló Tania.
- Cállate... ¿es que no tienes madre?.
- Sí, pero no tiene tan buen gusto como para regalarme algo así - me contestó.
- A mí me parece muy bonito - dijo Daniela sonriéndome.
- ¿Lo ves?. Otra mujer como tu madre - dijo Tania al tiempo que aumentaba su sonrisa y
me guiñaba un ojo. Definitivamente parecía estar de mejor humor.
Capítulo V
Llevaban unos diez minutos caminando cuando, de repente, una luz blanca brillante
iluminó el cielo. Segundos después se escuchaba un enorme estruendo que retumbó con
fuerza en todo el barranco.
- ¿Es eso un trueno? - preguntó Daniela asustada.
- Sí, lo es. Y no ha caído muy lejos de aquí. Deberíamos darnos prisa - dijo Dácil.
Intentaron apurar la marcha, sin embargo, el suelo estaba demasiado resbaladizo y
continuamente las botas patinaban en el barro, que mezclado con las hojas, se convertía
en una pequeña trampa. La que peor lo llevaba era Daniela, tenía el pantalón cubierto
de barro a causa de las caídas y comenzaba a ponerse nerviosa. Javier no se separaba de
su lado prestándole apoyo. Un segundo trueno se escuchó con más fuerza que el anterior.
- ¡Oh, Dios Mío!. ¡Lo tenemos encima! - exclamó Daniela.
- Tranquila, no pasa nada. No creo que nos quede mucho, ¿verdad? - preguntó Tania
mirando fijamente a Dácil.
La rubia, que lideraba el grupo, no había pronunciado palabra desde que habían iniciado
la marcha y su cara no podía ocultar su preocupación.
- Quedarán unos veinte minutos y después la subida - contestó.
Dácil miró una vez más el riachuelo que seguía creciendo a cada minuto que pasaba. Miró
para detrás encontrándose con la seria cara de Tania. Intentando que no la escucharan
los demás, aminoró la marcha para pegarse a ella.
- El riachuelo se está convirtiendo en un río y nunca había visto llover tan fuerte en
esta zona. No me está gustando nada - le comentó en voz baja.
- No debimos parar a comer allí, si no fuera por estos cabezas huecas.
- ¿Escuchas ese ruido?.
- Desde hace un rato... - se quedaron calladas un momento - es como si el agua
arrastrara piedras o algo así, ¿no?.
- Exacto, es justo eso... - volvió a centrarse en el camino apurando un poco más la
marcha y procurando que nadie escuchará susurró para si misma - y no es nada bueno - No
lo consiguió porque Tania si la oyó.
En menos de 10 minutos, la lluvia que caía con fuerza se convirtió en una auténtica
cortina de agua y lo que había sido un riachuelo creció hasta abarcar ambos lados del
barranco. El agua corría ahora con una fuerza arrolladora y su nivel se encontraba una
línea justo por debajo del camino en que se encontraban. El ruido de piedras y tierra
que arrastraba era ensordecedor y obligaba a gritar para poder escucharse los unos a
los otros.
- ¡¡¡Rápido, hay que llegar al camino principal antes de que crezca aún más!!! -
gritó Tania.
- ¡¡¡¡No hay tiempo para eso, en unos minutos el agua habrá cubierto el camino!!! -
gritó Dácil.
En ese momento se escuchó un grito. Daniela se acababa de resbalar otra vez y Javier al
intentar ayudarla se había caído a su vez pero dentro del agua. Con fuerza se aferraba
a un árbol resistiendo la embestida del furioso río que se había formado y que estaba
arrasando con todo a su paso. El ruido del muro de agua que estaba cayendo junto con
las rocas, barro y árboles que estaba arrastrando hacía imposible escuchar nada.
Parecía que la montaña se derrumbaba. La profundidad del agua no era mucha pero su
capacidad de arrastre lo convertía en un serio peligro.
- ¡¡¡Javi!!! - gritó Tania.
Corrió y le agarró del brazo tirando con fuerza de él. Javier apoyándose en el árbol y
en ella misma consiguió salir con mucho esfuerzo y se sentó jadeando en el barro fresco
del camino. Dácil a su vez también había tirado de él y ahora ayudaba a su amiga,
Daniela, a incorporarse. Tania hizo levantarse a Javier e hizo señas a Dácil y Daniela
para que la siguieran. Escaló por la pared del barranco que más llana parecía y menos
barro tenía.
Dácil casi tenía que empujar a Daniela que se encontraba muerta de miedo y las piernas
no le respondían como debían. De repente, se acordó de otra cueva que una vez descubrió
por casualidad.
- ¡¡¡Tania!!!... ¡¡¡Tania!!!!.
El ruido del agua y de las rocas arrastradas era tan ensordecedor que no podía
escucharla. Hizo parar a Daniela y le tiró una piedra a Javier que se giró enseguida.
Le hizo señas para que avisase a Tania que escalaba con gran agilidad y rapidez. Javier
le tiró, a su vez, otra piedra a Tania que inmediatamente le miró. Le señaló a Dácil y
esta le señalaba el camino que debía de seguir. Tania descendió un poco junto con Javier.
Le indicó a Javier que se ocupara de Daniela y a Dácil que encabezara la fila ya que
parecía conocer el camino.
Escalaron un poquito más y Dácil se paró en seco señalando a la derecha. Cada paso
exigía un gran esfuerzo y, en realidad, aún no estaban muy lejos del río cuya fuerza
amenazante no cesaba. A cada momento se escuchaban truenos.
Dácil dejó que Tania pasara delante indicándole dónde estaba la cueva. Tania asistió y
se dirigió hacia ella. Javier ayudó a subir un poco más a Daniela y cogió la mano que
le ofrecía Dácil. Ayudó también a Javier y le indicó dónde dirigirse. Arriba Tania les
miraba con preocupación.
Para entrar a la cueva había que hacer un último esfuerzo escalando un poquito. Arriba
Tania le tendió una mano a Daniela que la apretó con fuerza y tirando de ella la subió
a la cueva. Lo mismo hizo con Javier y Dácil que fue la última en entrar.
La cavidad era mayor que la anterior dónde se habían parado a comer y algo más profunda.
Eran poco más de las cinco de la tarde y, sin embargo, las grandes nubes grises y la
fuerte lluvia habían oscurecido tanto el día que parecía estuviera anocheciendo.
Capítulo VI
- ¡¡Dios mío!!, ¡¡Esto es de locos!!, ¡¡¿¿¿Qué coño estamos haciendo aquí???!!, ¡¡No
deberíamos estar aquí!! -.
- Tranquila Dani, tranquila - Dácil abrazó con fuerza a su amiga para darle ánimos.
Estaba temblando y no sólo de frío.
Tania observó la escena y miró a Javier. Este se había acostado jadeando en el suelo de
la cueva a un lado de Daniela.
- Javi, ¿cómo estás?. Tienes que cambiarte esa ropa o cogerás una pulmonía.
Le hablaba mientras le incorporaba y le quitaba el chubasquero, el suéter y la camisa
que estaban completamente empapados, no en vano se acababa de caer al río hacía sólo
unos minutos. ¿O era más?. No era consciente del tiempo transcurrido.
- Escucha tengo un suéter de sobra en la mochila y siempre traigo un par de calcetines
de más, por si las moscas.
- Yo tengo unos pantalones de chándal en mi mochila. Le quedarán muy estrechos pero
será mejor que te quites esos mojados - comentó Dácil que no dejaba de abrazar a su
nerviosa amiga.
- ¡¡Dios mío, Javier!!. ¡¡Casi te ahogas!!... ¿estás bien? - le preguntó Daniela que
al no tener el abrazo de su amiga, la cual sacaba el chándal de la mochila, se acercó a
él para ayudarle con la ropa.
- Tranquilas, estoy bien. Sólo ha sido un susto horrible... deja eso, ya lo hago yo -
dijo Javier apartando las manos de Tania de sus pantalones, la cual sonrió. - Dame eso
y mirar para otro lado, por favor - exclamó cogiendo el chándal de Dácil y yéndose un
poco hacia el fondo de la cueva para cambiarse. - ¿De verdad, es necesario que me
cambie?.
- Javi, no seas crío. ¿Sabes lo qué hay ahí fuera?, porque ninguna de nosotras lo sabe
y...
- Tampoco sabemos el tiempo que estaremos aquí - le ayudó Dácil.
- Exacto. No queremos que encima te pongas enfermo - siguió regañándole Tania.
- ¿Qué talla... usas, Dácil? - preguntó mientras intentaba meter una pierna en el
pantalón.
- La 38.
- ¡¿La 38?!. Esto es ridículo. Por si no se han dado cuenta yo mido 1,85 y pesó unos
80 kilos. ¿Dónde me pongo esto?, ¿en un pie?.
- Oye, señorito, ahora no hay otra cosa, y a falta de pan bueno es un pantalón de la
talla 38 - le replicó Tania.
- Si tú lo dices... ¿no tienen frío?, también deben de estar empapadas. Oh no, no,
¿cómo puedo ser tan egoísta?... Dácil ponte tú el pantalón, el tuyo está escurriéndose
ahí sentada. Yo me apaño con el suéter seco.
Se puso sus propios pantalones y les devolvió los suyos a su dueña lanzando una mirada
fría a unos ojos azules que lo miraban no con menos frialdad.
- Yo no me voy a cambiar. Daniela, póntelos tú, los tuyos están embarrados.
Dácil se acercó a Daniela que no había dicho una palabra y centraba su mirada, de un
color marrón verdoso, en un objeto del suelo delante de ella. Javier se pegó a la
morena pasándole un brazo por el hombro. Suavemente con la otra mano le cogió la
barbilla y la giró para que le mirara. Unos ojos algo llorosos le observaban.
- Escúchame, todo va a salir bien. Esto no podrá durar mucho tiempo así, no estamos en
Alemania o Polonia, ¿vale?. Además., mira el lado bueno - y señalando su suéter
empapado tirado en el suelo - el suéter de mi madre está destrozado - Daniela sonrió.
- Pues a mí me gustaba - . Dijo mirándolo a los ojos y dándose cuenta por primera vez
que eran grises, aún con la poca luz que allí había.
- Mentirosilla - le sonrió Javier y le dio un beso en la frente.
- Sólo un poquito - levantó la mano y revolvió el mojado pelo de Javier, que al ser
tan cortito soltó agua por todas partes.
- Pareces un perro.
- Vaya, muchas gracias. Ahora me encuentro mejor - dijo mirándola a los ojos.
Dácil miraba la escena encantada. Pero no podía dejar de preocuparse por todo lo que
estaba sucediendo. A su lado se sentaba Tania que también miraba a los dos amigos. Giró
su cabeza para mirar a la rubia. Ambas se quedaron quietas durante un momento.
- ¿Cómo vas? - preguntó la morena.
- Supongo que bien, teniendo en cuenta todo esto... - Dácil miró hacia afuera y
nuevamente a la morena a su lado - Estás empapada.
- Mira quién fue a hablar. Oye, tengo una bufanda en la mochila.
- Tu mochila es una caja de sorpresas, ¿eh?. ¿Llevas algo más?.
- Soy una mujer precavida. Valgo por dos.
- La verdad es que me vendría bien esa bufanda pero tú también pareces necesitarla.
- No, yo estoy bien.
Tania abrió su mochila y sacó una gran bufanda de varios colores. Era larga, así que
Dácil cubrió con una parte el cuello de Tania y con la otra el suyo propio.
- ¿Alguien tiene un móvil?. Deberíamos avisar al albergue y a los compañeros -
preguntó Javier.
- No te molestes, ya lo he comprobado y aquí no hay cobertura. Nosotros no dijimos
dónde íbamos exactamente aunque esta zona tampoco es muy grande - comentó Tania.
- Nosotras sí dijimos dónde íbamos, más o menos, lo teníamos claro. Pero, ¿tú crees
que nos estarán buscando?. Es demasiado pronto aún - comentó Daniela, cuya cabeza
reposaba ahora en el hombro de un contento Javier.
- Nos busquen o no, ahora mismo no pueden hacer nada. Ellos deberán estar atrapados en
el albergue si es que han podido volver de la playa - le contestó Dácil.
- Vale, esta es la situación. Ellos saben dónde estamos y con este diluvio sabrán que
estamos atrapados pero no dónde exactamente. Y tampoco podrán hacer nada hasta que esto
no pare un poco. Tendremos que permanecer en esta cueva, es lo más seguro. Podemos
salir en una hora o podemos pasar aquí la noche - sentenció Tania.
- ¡¡Dios mío!!, ¡¡Esto es increíble!!. ¡¡Parece una película!! - exclamó asustada
Daniela - No, yo no pienso pasar la noche aquí, ni loca. ¿Me oyes? - miró a Dácil - Ni
loca.
- Tania tiene razón, Dani. De todas maneras dentro de una hora ya será de noche o
quizás antes, y por aquí, de noche, sin ninguna luz es fácil perderse. No sé si sabría
encontrarlo. ¿Qué hora es?.
- Son las seis. El tiempo ha pasado volando - dijo Javier.
- Dentro de 45 minutos, más o menos, estaremos completamente a oscuras. Gente,
tendremos que pasar aquí la noche. No hay más remedio - dijo Dácil intentando que no le
temblara demasiado la voz.
Era la única solución lógica. Tania se levantó, dejando la bufanda en las manos de Dácil
que la miró fijamente a modo de interrogante. En seguida comprendió su intención de
comprobar el estado de lo que, a todas luces, era una tormenta. La peor tormenta que
nunca habían visto. Tania saltó un poco y caminó escapándose de la vista de los
cansados y nerviosos excursionistas. Dácil se levantó para saber por dónde andaba.
En un minuto Tania volvió a la cueva. El río, lejos de calmarse, había crecido aún más,
de tal manera que el camino estaba ya cubierto totalmente por el agua, y era difícil
saber dónde estaba. Los relámpagos y los truenos no cesaban así como la densa lluvia
que dificultaba la visión.
La decisión fue unánime. No quedaba más remedio que pasar allí la noche. Cada uno vació
su mochila para hacer recuento de todo con lo que podían contar. Comida había
suficiente, no era un banquete, pero se podía aguantar. A Tania le quedaba aún otro
bocadillo de tortilla y una botella de agua. Dácil tenía galletas y fruta y un paquete
de dulces varios. Javier tenía otra botella de agua y frutos secos, y a Daniela le
quedaba algo de fruta, además estaban las castañas que habían recogido al principio.
Era suficiente para cenar un poco y poder desayunar a la mañana siguiente.
El problema principal era el frío. Todos estaban empapados, sobre todo Javier que tenía
los pantalones completamente mojados y empezaba a tiritar un poco. Por suerte, todos
llevaban chubasqueros por lo que los suéter y camisas no estaban totalmente mojados.
Capítulo VII
- ¿Tú fumas? - le preguntó Dácil a Tania mientras cogía un mechero que se había caído
de la mochila de aquella.
- No, sólo...
- Lo llevas por si las moscas. Pues si que eras precavida. ¿No tendrás un botiquín de
pequeños auxilios, verdad? - dijo Dácil frunciendo el ceño al tiempo que rebuscaba
entre los objetos.
- Pues algo así... - le contestó Tania mostrándole una pequeña caja que contenía en su
interior tiritas, algunas vendas, termangil y un par de cosas más, muy útiles.
- ¡Vaya!, contigo se está segura - esto lo dijo mirándola directamente a los ojos.
Agachó la cabeza fingiendo buscar algo en cuanto noto su rubor subirle hasta las mejillas.
- Veo que trajiste una revista, ¿eh, Javi? - Le preguntó Tania intentando no pensar en
el comentario anterior - ¿Javi?. - Javier estaba absorto acariciándole el pelo y la
espalda a una Daniela que no podía evitar sonreír mientras le abrazaba.
- ¿Eh?... ah, sí, sí... la traje... por si las moscas - Balbuceó.
- Está bien, está bien. Tenemos con que hacer un fuego, gracias a dios - dijo Tania.
- No lo digas muy alto. Primero con una revista no hacemos mucho eso se apaga
enseguida, y, segundo, deberías haberte fijado en que mechero cogías - dijo Dácil
mirando el objeto mencionado - esto está prácticamente vacío.
- ¡Mierda! - Tania se lo arrebató de las manos a Dácil y lo miró fijamente - No está
prácticamente vacío, está totalmente vacío.
- ¡Joder Tania! - se quejó Javi.
- Oye no puedo estar en todo - y volviendo a mirar a Dácil le preguntó - Por
casualidad, ¿tú te has quedado de acampada en esta zona alguna vez?.
- He estado varias veces de caminata por aquí. Pero no, nunca he hecho acampada en
esta zona - le contestó. Se quedó pensativa un momento para después añadir - aunque
puedo garantizarte que va a hacer mucho frío.
- Tendremos que intentar dormir pegados cuerpo con cuerpo - comentó Javier mirando
directamente a Daniela que se había incorporado con el comentario y respondía a su
mirada sonriendo. - es la mejor manera para guardar el calor.
- Apoyo la moción. Yo creo que me quedaré por este lado - le contestó Daniela quien
volvía a abrazar a Javier recibiendo a cambio su calor.
"Menos mal que estos dos están babosos" - pensó Tania- "si no, no habría quien
aguantase a Javi en una situación así".
Dácil permaneció callada un tiempo. Una loca idea le cruzaba por la mente. No muy lejos
de allí conocía un lugar dónde podía encontrar fósforos y algunas velas. Existía a un
lado del camino, excavado en la roca, un pequeño armario dónde las gentes del lugar
colocaron un santo. La leyenda decía que cuando el volcán explosionó hacía casi un
siglo algunos del pueblo pusieron el santo en aquel lugar en un intento por evitar que
la lava no llegase al pueblo. Y lo consiguieron. La lava terminó su recorrido a esa
misma altura del barranco. Desde entonces cada cierto tiempo le hacían ofrendas.
Siempre habían velas de iglesia encendidas y una caja de fósforos, además de flores y
demás obsequios.
En estos momentos puede que el agua hubiese arrasado ya con todo aquello. Pero existía
esa posibilidad y tanto los fósforos como las velas serían de una gran ayuda para los
cuatro. Sin pensarlo más se levantó.
- Escuchadme. Sé que parece una locura pero tengo que ir a buscar algo - dijo
repentinamente levantándose de un salto y asustando a los allí presentes - No puedo
perder más tiempo, se va hacer de noche y ahora mismo ya está muy oscuro.
- ¡¡Estás loca!!. ¿Qué vas a hacer? - fué lo único que Daniela le pudo decir antes de
ver sorprendida como su amiga cogía el chubasquero y salía corriendo de allí.
- ¡¡¡Dácil!!!... ¡¡¡Dácil!!! - gritó Daniela que se incorporó de un salto.
- ¡¡Pero es que está loca!! - dijo Javier - Eh, ¿dónde vas?... ¡¡¡Tania, estate quieta!!!.
Los intentos de los dos por detener a sus respectivas amigas fueron en vano. Tania había
salido disparada detrás de Dácil, dejándolos a los dos con la boca abierta. Lo único
que podían hacer era esperar. Hubiera sido peor que salieran todos.
Tania salió corriendo de la cueva siendo recibida por una trompa de agua como nunca
había sentido. A cada paso le dolía el incesante golpeo contra su cuerpo. No había
rastro de Dácil y no tenía ni idea de que dirección había cogido. Miró para detrás
intentando no perder de vista la cueva y memorizando el camino. Aún podía verla no muy
lejos de ella pues el paso era lento. La tierra era puro barro y resbalarse era mucho
más fácil que caminar.
Con las prisas se había olvidado el chubasquero y su ropa estaba completamente empapada.
Su sentido común le decía que diera media vuelta y volviese a la cueva. No sabía por
qué, pero sólo quería encontrar a Dácil.
- ¡¡Condenada loca!!... ¡¿Pero dónde coño habrá ido ahora?! - habló en voz alta.
La lluvia era insoportable y la cada vez mayor oscuridad le impedía ver dónde pisaba.
Sólo había avanzado unos pocos metros cuando resbaló. Sintió su cuerpo caer sobre el
barro y deslizarse. Tuvo los suficientes reflejos para agarrarse a un matorral que
pareció aguantarla lo suficiente para frenarla y poder levantarse de nuevo. Comenzó a
asustarse y su corazón le recordaba una y otra vez su intención de salirse del pecho.
No sabía por dónde iba ni a dónde se dirigía. Escuchaba la fuerza de aquel improvisado
río y, sobre todo, el ruido que formaba todo lo que iba arrastrando en su camino. De
repente, algo le golpeó haciéndole caer. Esta vez no había nada que pudiera frenarla.
Intentó agarrarse a un árbol pero descubrió con horror que ese tronco era justo lo que
la había golpeado y se deslizaba empujándola. Intentó frenar con los pies pero fue un
esfuerzo inútil. Comenzó a gritar con la esperanza de que alguien la escuchara.
Sintió como su cuerpo tomaba contacto con el agua. En un movimiento rápido y que no
pudo explicarse se había deshecho del tronco culpable de su situación y su mano había
conseguido encontrar un árbol cuyas raíces parecían aguantar la embestida continua del
agua.
Sus piernas eran arrastradas con fuerza por el río ayudado por las piedras y el barro
que asimismo corría, mientras sus brazos luchaban por no soltarse, una tarea que cada
segundo era más y más complicada.
Justo cuando su cuerpo perdía la poca fuerza que le quedaba y su mano se rindió
soltándose del árbol al que se aferraba, algo pareció agarrarla tirando de ella hacía
arriba. No supo lo que era pero sintiendo una esperanza se aferró con el valor que pudo
reunir en un sólo segundo. Sea lo que sea, tiraba de ella hasta conseguirla sacar medio
cuerpo del agua. Con la mano libre volvió a aferrarse al árbol y con esos dos puntos de
apoyo consiguió por fin salir completamente.
Se echó sobre el barro boca abajo y con la cara a pocos centímetros del lodo, jadeando.
No podía pensar, sólo sabía que estaba fuera y no pudo evitar que las lágrimas le
brotasen. A su lado sintió una presencia pero la oscuridad era ya tan grande que no
podía distinguir nada. Palpó y tocó un brazo. En seguida, la figura la cogió del suyo
propio obligándola a levantarse y a subir la empinada cuesta. Había que salir de aquel
infierno como fuera y el peligro todavía seguía allí tan real como hacía pocos minutos.
Hubiera jurado que aquella persona le gritaba algo pero imposible escucharle. Continuó
con su ascenso sin saber dónde iba, sólo quería huir. El suelo resbaladizo le hacía
caerse a cada momento y su cara había probado el frío barro en más de una ocasión. Sólo
su agarre firme había evitado que volviese a deslizarse por aquella ladera.
Hacía esfuerzos para poder ver la figura que seguía delante de ella. Apenas se veía
nada, sólo los relámpagos iluminaban por segundos el lugar. Su esperanza de que fuese
Dácil había desaparecido. No sabía quién era pero no era una mujer y mucho menos rubia.
De repente vio lo que parecía una luz a pocos metros de ellos. La luz iba de un lado a
otro de la ladera hasta que se paró justo sobre ellos. Pudo ver quién le precedía. Era
una hombre calvo pero que aún conservaba algún que otro pelo. Su color canoso delataba
que no era muy joven, pero si lo suficiente para haber podido ayudarla. El hombre giró
la cabeza para mirarla y le hizo señas para que se dirigiera hacia la luz.
En un momento de locura se acordó de la película polstergeist y se sintió como la niña
a la que la pitonisa le gritaba: vete hacia la luz, sigue la luz... No pudo más que
sonreír y sorprenderse a si misma de como podía tener sentido del humor en un momento
como ese.
De repente el hombre se paró haciéndole parar a ella. Junto a él habían dos mujeres
más de la misma edad. Obviamente eran extranjeros y excursionistas. Seguramente se
habían visto sorprendidos como ellos por aquella increíble tormenta pero les había
cogido en una situación mejor. Se encontraban en lo alto de la montaña. La luz había
iluminado toda la ladera, dándose cuenta con horror, que no sabía dónde podía quedar la
cueva. Rezó para que estuvieran bien y que Dácil estuviera allí. Las lágrimas volvieron
a hacer acto de aparición resbalando por sus mejillas y mezclándose con el agua que no
dejaba de caerle encima.
Se encontraba relativamente a salvo y fue en ese momento que sintió el frío helado por
todo el cuerpo. Una de las mujeres le acercó un abrigo al ver su aspecto empapado y sus
temblores. Los tres se encontraban discutiendo a grito pelado pues el ruido seguía
siendo insoportable. Sus gritos le corroboró su versión ya que hablaban en alemán. Un
idioma que ella desconocía por completo pero que en aquellos momentos era la menor de
sus preocupaciones.
En un arranque, le cogió la linterna a una de las mujeres con la consiguiente protesta
por su parte. Iluminando hacia el lado contrario de la ladera que acababan de escalar
descubrió lo que sospechaba. El albergue no quedaba lejos. Los tres alemanes al mirar
lo que ella iluminaba gritaron de contento. La mujer a quien había arrebatado la
linterna le dio un beso en la mejilla como agradecimiento. En una situación como
aquella las palabras sobraban.
Sentía la imperiosa necesidad de volver a bajar por la ladera a buscarles pero era una
completa locura y lo sabía. Hubiera sido un suicidio, no se podía tentar a la suerte
tantas veces en un sólo día. Sólo podía intentar llegar hasta el albergue y desde allí
informar. Era lo único lógico en estos momentos.
Capítulo VIII
Pasada lo que parecía una eternidad, Dácil volvió a la cueva. Había conseguido su
objetivo. El agua aún no había llegado hasta el santo aunque estaba a punto. En una
bolsa que, por suerte alguien había dejado allí, traía algunas velas dentro de sus
cubiteras rojas y una caja de fósforos parcialmente mojada. Esperaba que algún fósforo
se hubiera salvado.
En cuanto entró escuchó los gritos de la pareja. La oscuridad era total en la cueva.
Ella misma la había encontrado sólo con ayuda de la luz que por segundos emitían los
relámpagos. Otro volvió a resplandecer viéndose las caras durante un fugaz instante
pero el suficiente para que supieran que era Dácil. Daniela la recibió con un abrazo
llorando mientras que Javier salía fuera para comprobar que Tania la hubiese encontrado.
- ¿Dónde está Tania? - preguntó Dácil adelantándose a él.
- ¡¿Tú no sabes dónde está?! - preguntó alterado Javier - Salió a buscarte en cuanto
saliste corriendo como una loca, y ahora, ¿no sabes dónde está?.
- ¿Cómo qué salió a buscarme? - preguntó asustada - ¡¡Dios mío!!. ¡¡Yo no la vi!!,
¡¡Les dije que esperasen aquí!!.
- ¡¡Yo no me voy a quedar aquí!! - gritó Javier saliendo fuera.
- ¡No!. ¿Es que estás loco? - preguntó desesperada Dácil - Tú no tienes ni idea de
dónde estás, no conoces esto y la oscuridad es total, ni siquiera podemos vernos los
unos a los otros. Yo sé por dónde he venido y aún de noche puedo volver.
- ¡¡¡¿Es que estamos todos locos?!!! - gritó esta vez Daniela - No podemos hacer nada.
Es una locura salir ahí fuera. La lluvia no ha cesado ni por un momento y el agua sigue
corriendo. ¿Es que no oyen ese escándalo?.
- ¿Y qué quieres que haga, Dani? - preguntó Dácil - Está fuera por mi culpa, no puedo
quedarme quieta.
Javier volvió a entrar en la cueva. Sabía que no podía hacer nada más que esperar el
amanecer y rezar porque Tania estuviera bien. Volvió a sentarse resignado en el suelo
de la cueva y miró fijamente hacia el lugar dónde suponía se encontraba Dácil.
- ¿Qué coño fuiste a hacer?. Espero que valiese la pena - le incriminó.
Dácil abrió la bolsa que descansaba a sus pies y sacó de su interior las velas y los
fósforos. Palpando en la oscuridad logró encender un fósforo y prender una de las velas
con la consiguiente cara de sorpresa por parte de la pareja que la observaba perpleja.
Les explicó dónde las encontró y como sabía que estaban allí. Javier escuchaba en
silencio mientras que Daniela abrazaba a su amiga para intentar consolarla. Dácil se
sentó apoyando su espalda en la pared de la cavidad.
- Debí explicarle dónde iba - se lamentó - ¡¡¡Dios mío, qué no le haya pasado nada!!!.
- Más te vale - la mirada de Javier no dejaba lugar a dudas de lo que sentía en este
momento por Dácil.
- Oye, ella tampoco tiene toda la culpa - dijo Daniela - ¿por qué carajo salió
corriendo detrás de Dácil?. Podía haberse quedado con nosotros. Dácil sabe lo que hace.
- Pero eso ella no lo sabe. Sentía que tenía que detenerte para que no hicieras una
locura - y con una extraña expresión en la cara añadió - para que no te pasase nada,
¿sabes?.
- Javi, siento tanto como tú lo qué ha pasado - dijo Dácil.
- En primer lugar, ni se te ocurra llamarme Javi. No soy amigo tuyo, ¿vale?. Y, en
segundo lugar, tú no tienes ni puta idea de lo que pueda estar sintiendo yo en este
momento. No me conoces de nada.
Dácil no supo que contestar a eso. Sentía que se lo merecía y se recriminó a si misma
el ser tan impulsiva. Su intención era buena pero siempre conseguía meter la pata y
acabar haciendo daño a alguien. "¡¡¿Pero por qué no utilizo la cabeza?!!. Se levantó
pues era incapaz de estar sentada. El camino hacia el santo había sido muy cansado y
peligroso. Se había resbalado en multitud de ocasiones pero siempre había conseguido
seguir adelante. Se preguntaba si a Tania le habría ocurrido lo mismo y si habría podido
levantarse como ella. Esperaba que así fuera.
Lo que sentía al mirar a Tania hacia mucho tiempo que no lo sentía por nadie. No la
conocía y había hablado poco con ella pero tenía algo que sabía podía hacer que se
enamorara como una tonta. Pero, eso, quizás nunca lo sabría. No podía soportar la idea
y no dejaba de moverse nerviosa pensando.
- ¡¡Estate quieta de una vez, cojones!! - le gritó Javier.
- Oye, así no vamos a conseguir nada - le recriminó Daniela cuya actitud hacía él
había cambiado completamente trás el último comentario de este - Vamos a estar aquí
hasta el amanecer nos guste o no. Eso es lo único que podemos hacer. En cuanto el
primer rayo de sol aparezca saldremos en su busca.
- Si parase de llover al menos podríamos salir con estas velas - comentó Dácil.
- ¿Salir?, ¿y hacia dónde, inteligente?.
- No lo sé, Javier. No tengo ni puta idea - comenzó a sollozar.
- Vale, ahora llora. Eso nos va a ayudar mucho - ironizó Javier.
- Pues sal tú fuera. A ver qué coño haces - dijo Daniela que empezaba a cansarse de su
actitud.
En el fondo podía entenderle. Una amiga suya estaba ahí fuera, no se sabía dónde, bajo
una tormenta tan dura como esta. La verdad, no tenía muchas posibilidades de salir bien
parada. Sin embargo, había algo más tras las palabras de él que le hacían desconfiar.
- Pues sí, debería salir yo fuera - dijo este mientras lo cumplía.
Javier salió fuera gritando el nombre de Tania a pleno pulmón. El agua le empapaba la
única ropa que le quedaba seca, pero no le importaba. Su amiga era mucho más importante
que todo aquello. Se acordaba de su propia experiencia justo cuando comenzó todo eso.
Recordó la fuerza del río y como la ayuda de Tania le había salvado. Él no podía
devolverle el favor y eso le estaba matando. Cómo podía aguantar así hasta el amanecer.
Noto como su cuerpo se mojaba de golpe con la lluvia que seguía cayendo con fuerza, sin
embargo, ya no era igual. Ya no era el muro de agua que durante horas deformó el paisaje.
Su intensidad era mucho menor y eso era buena señal.
Dácil lo notó y, sin pensar, cogió una de las velas y aprovechando la llama de la que
estaba encendida prendió la suya. Se colocó la capucha del chubasquero y salió corriendo
cubriendo la vela con la bolsa. La vela estaba dentro de un cilindro de plástico rojo y
la llama se encontraba a mitad del cilindro. De esa manera no conseguía quemar la bolsa
pero tampoco duraría demasiado así, y lo sabía.
Javier seguía gritando con fuerza el nombre de su amiga y no se dio cuenta de la salida
en estampida de Dácil. Daniela le zarandeó haciendo mirar en la dirección en la que
Dácil aún se veía, o mejor dicho, se veía el resplandor de la vela. Javier volvió a
meterse en la cueva que seguía iluminada con la primera vela y obligó a entrar a Daniela.
- ¡¡¿Pero es que tu amiga está como una puta cabra?!!, ¡¡Joder!! - gritó Javier.
- Sabía que iba a hacer eso - contestó con resignación Daniela.
Se sentó en el sitio que había dejado vacío Dácil y apoyó la espalda en el mismo lugar
que ella.
- No podía quedarse quieta, y menos con tu forma de hablarle.
- No, si la culpa la voy a tener yo ahora - contestó con risa falsa, sentándose en el
otro lado de la cueva justo enfrente de Daniela, y dejando la vela en el centro
separándolos. El silencio hizo que dicha separación creciera.
- Tania, es más que una amiga para ti, ¿verdad? - preguntó Daniela rompiendo el
silencio una vez más.
- ¿Importa algo?.
- ¿Qué has estado haciendo conmigo hoy, entonces?.
- Pues hemos caminado, hemos comido, nos hemos mojado, casi me ahogo, nos ha caído
encima un jodido ciclón y comparto contigo una mierda de cueva al tiempo que nos
ilumina una velita cuya llama es imposible de calentar ni a un mosquito. Por lo que
también compartiremos el morir congelados.
- Tú sabes bien a lo que me estoy refiriendo.
- Mira, ahora no estoy para gilipolleses, ¿vale?.
- Vale, pues te voy a decir algo que a lo mejor te parece otra gilipolles. Te recuerdo
que tienes una revista y unas ramas ahí tiradas al fondo de la cueva que servirían muy
bien para calentarse un poco. Vamos, al menos, eso cree la gilipolla esta.
- Vaya, no me acordaba de eso.
Al cabo de unos minutos una pequeña hoguera iluminaba y sobre todo calentaba la cueva,
cuya temperatura había bajado peligrosamente en las últimas horas. En ese momento Dácil
volvió a aparecer asustándolos.
- Pero, ¿qué pasa contigo?. Te vas sin avisar y entras sin avisar - dijo Javier.
- Si te parece va a tocar el timbre - le contestó de mala manera Daniela.
- Veo que todo sigue igual aquí - dijo Dácil con un alo de tristeza en la voz - no he
encontrado a Tania.
- Eso es obvio - dijo Javier.
- Pero he visto unas luces en lo alto de la montaña. Pensé que nos estaban buscando
así que intenté acercarme todo lo que pude moviendo la vela. Pero debí moverla
demasiado porque se me apagó - y sentándose al lado de Daniela prosiguió - Vi que la
linterna estaba fija no se movía, iluminando sólo un trozo de la ladera enfrente de
ellos. Con los árboles y la lluvia no pude ver mucho pero creo que habían dos personas
subiendo por allí.
- ¿Pudiste ver si una de ellas era Tania?- preguntó Javier con otro tono de voz.
- No estoy segura. Pero, dime, quién más podía estar subiendo desde aquí. ¿Alguno
llegó a ver a más excursionistas aparte de nosotros?.
- Ahora que lo pienso había unos extranjeros que nos pasaron cuando estábamos llegando
al claro dónde nos encontramos. Eran tres, un hombre y dos mujeres. Tenían pinta de
alemanes, pero creo que cogieron por un camino distinto del nuestro - comentó Javier.
- Pueden ser ellos - dijo Daniela que mirando a Javier le comentó - Seguro que ellos
la encontraron.
- ¿Por qué no corriste hacia ellos?.
- Estaban lejos Javier y si gritaba tampoco me iban a oír, y créeme que lo intenté. Yo
también quiero salir de aquí y volver a casa, ¿sabes?.
Javier se quedó pensativo y no añadió nada más. Estaba claro que sólo cabía esperar.
Estaban como al principio y nada podían hacer ya.
Capítulo IX
La bajada hacia el albergue no había sido tarea fácil. El camino inicial había
desparecido y era imposible intentar averiguar dónde estaba. Una avalancha de barro,
piedras, ramas y árboles lo habían cubierto por completo. Afortunadamente contaban con
la luz de la linterna iluminando cada paso que daban y que era estudiado cuidadosamente
por Tania, situada a la cabeza de tan inesperado grupo.
La lluvia ya no era tan intensa pero su ropa empapada y la temperatura reinante hacía
que su cuerpo se entumeciera y no dejase de tiritar. Podía aguantar gracias al abrigo
que tan amablemente le ofreció la mujer en cuanto la vio. El frío era insoportable y
cada paso constituía un gran esfuerzo. A eso se añadía el fuerte dolor de cabeza que
empezaba a sentir.
Se dio cuenta de que el ruido había disminuido lo que significaba que la fuerza de la
lluvia había perdido su intensidad. Era, sin duda, una buena señal. Sus acompañantes no
paraban de hablar con palabras completamente incomprensibles para ella, pero dedujo que
también se habían dado cuenta del cambio de situación.
De repente se paró. La ladera terminaba enfrente suyo y lo que tenían delante era otro
pequeño río que a estas alturas ya casi no llevaba agua. Todo lo que había arrastrado a
su paso se acumulaba en pequeños montículos de barro, piedra y ramas. Alzó la vista
iluminando el lugar y vio que el albergue estaba justo delante. Pudo verlo porque
habían lugares de la enorme cristalera y el tejado que se habían salvado del río de
tierra que lo cubría en su mayor parte.
Se asustó al verlo, pero su cara cambió cuando a través de los pequeños trozos de
cristalera que quedaban libres divisó una luz. Por lo menos alguien estaba dentro, lo
que no sabía era como llegar hasta él. No sólo como entrar dentro sino por dónde cruzar
aquel río que se había formado. El suelo no era seguro como tampoco lo había sido desde
que comenzó todo aquello.
Miró a sus espaldas y les señaló al resto del grupo lo que tenían enfrente. Las dos
mujeres gritaron asombradas y el hombre dijo algo que a sus oídos sonaba como una
maldición. Tania estaba sorprendida por la actitud que habían demostrado los alemanes.
Eran más mayores de lo que inicialmente supuso. Tendrían cerca de sesenta años pero se
mostraron firmes en todo momentos y seguros de lo que tenían que hacer. Se preguntaba
quienes serían. En una ocasión intentó hablar con ellos en inglés pero o no hablaban
inglés o no podían escucharla. Aprovechando que el ruido había cesado volvió a
intentarlo.
- My name is Tania - dijo despacio y alto.
- My name is Jessica. He is Christopher and she is Jenny.
Cada palabra tuvo que pensarla y le costó un triunfo terminar la frase. Comprendió que
finalmente ninguno hablaba nada de inglés.
Decidió intentarlo por el centro de dos montículos donde parecía ser más seguro pisar.
Fue una decisión acertada y en unos minutos se encontraban delante del albergue. Les
hizo señas a los otros para que permanecieran quietos mientras ella lo inspeccionaba.
Con mucho cuidado y pensando cada paso bordeó el albergue. La parte de atrás parecía
haber sufrido menos daños y vio con alegría una ventana. Ninguna de las rectangulares
cristaleras que la formaban había conseguido sobrevivir, por lo que fue fácil abrirla.
Antes de entrar llamó al resto del grupo que sin perder tiempo ya se encontraban a su
lado.
Introduciendo su mano por una de las ventanitas rotas encontró el cierre y haciendo un
pequeño giro consiguió abrirlo. Entrar fue tarea fácil y en un minuto ya todos se
encontraban bajo techado. La habitación era como en la que ellos habían dormido pero
algo mayor. Intentó en vano encender la luz pero, como era de imaginar, no había
corriente. Lo primero en lo que se fijaron fue en los edredones nórdicos que descansaban
en cada litera. Comprobaron que estaban completamente secos. Los alemanes se quedaron
allí acostados resoplando y llorando por haber conseguido llegar hasta allí.
Tania cogió uno de los edredones y se enrolló con él, sintiendo un gran alivio. Sin
embargo, el dolor de cabeza aumentaba a cada momento invadiéndole una sensación de
mareo. Sabía que lo primero era encontrar a alguien. Se encontraba en la parte
principal del centro por lo que detrás de la puerta de la habitación debería estar la
sala de televisión y el comedor, justo dónde había visto la luz.
En cuanto abrió la puerta le iluminó esa misma luz. Pero eso no fue lo único que vio.
Una enorme ola de tierra, barro, piedras, ramas e incluso troncos de árboles se había
apoderado de la parte que correspondía al comedor, justo dónde esa misma mañana habían
desayunado. Le parecía que hacía una eternidad. Las enormes cristaleras que lo rodeaban
no habían podido soportar el peso de aquella riada.
De repente, una voz la sacó de su sorpresa.
- Pero, ¿de dónde sales tú?.
Un hombre joven se encontraba sentado en una de las cómodas sillas de la sala de
televisión detrás de la mesa de recepción. En un cubo a su lado había una pequeña
hoguera. Lo reconoció, era el monitor.
- Paco - se acordaba de su nombre.
Miles de preguntas se le acumularon en la cabeza y era imposible ordenarlas con claridad.
Lo primero era sin duda, Dácil, Javier y Daniela.
- Escucha hay gente atrapada en el otro lado de la montaña. Están en una cueva, por lo
menos, dos de ellos, porque Dácil salió a buscar no sé que cosa y no la vi regresar,
salí a buscarla... - hablaba atropellándose a si misma las palabras.
- ¡Calma, calma! - le dijo Paco - No entiendo nada.
Después de un rato la cosa estaba más clara. Paco se había quedado cuidando el centro
mientras que la mayoría decidieron irse en la furgoneta a la playa para realizar las
distintas actividades que allí estaban organizadas. Descubrió que sólo ellos cuatro
habían decidido hacer senderismo. A mediodía recibió la señal de alarma. Una fuerte
tormenta estaba a punto de estallar. Inmediatamente llamó al conductor de la furgoneta
para que se quedasen donde estaban y no intentaran subir. Informó de que al menos dos
excursionistas estaban caminando por la zona.
No fue hasta una hora después que supo que habían dos más a través de Carlos y Cristina
que habían informado. Lo que no sabía era que estaban juntos. Eso, le parecía, había
sido una suerte. Pero Tania tenía sus dudas. Paco siguió explicándole que le había dado
tiempo de recoger algunas cosas de la cocina y llevarlas para el cuarto de atrás.
Descubrió que había sido una genial idea cuando vio la fuerza de la tormenta y como la
tierra amenazaba con tragarse el albergue entero y veía como las cristaleras estallaban
en mil pedazos con la fuerza del agua y la lengua de barro y piedras. Afortunadamente
había parado a tiempo de no enterrar por completo el recinto.
Tania le indicó, a su vez, todo lo que había pasado y cuál era la situación. Paco sabía
a qué cueva se refería pero no entendía dónde había ido Dácil. De todas maneras no
podían hacer nada hasta el amanecer. Era lo que Tania se temía.
- ¿Qué hora es? - le preguntó Tania sintiéndose mal.
- Son las cinco de la madrugada - miró fijamente a la morena - ¿Te encuentras bien?.
- Sí, estoy bien - le dijo Tania al comprobar la mirada de preocupación que Paco le
ofrecía - ¿A qué hora amanece?.
- Sobre las siete más o menos.
- Debo ir a ver cómo están los alemanes.
- Tranquila, quédate ahí, yo voy - se levantó dispuesto a abrir la puerta de la
habitación pero se volvió para mirarla - deberías echarte e intentar dormir un poco,
¿vale?. Hay camas de sobra ahí dentro.
- Gracias, pero no podría aunque quisiera.
Se quedó sentada intentado entrar en calor pegada al cubo dónde el monitor tenía hecha
su particular estufa. Al ratito Paco volvió a entrar.
- Están todos bien y durmiendo como troncos. He forzado la cerradura de algunos
armarios y he encontrado ropa que te puede servir. Tienes que cambiarte enseguida.
Estás completamente empapada.
- ¿Puedes hacer eso?.
- Por supuesto que no, pero es una situación urgente. Ya le pagaré a quién le haya
robado si me denuncia - sonrió.
Se levantó lentamente y cogió la ropa que el monitor le ofrecía. Todo le daba vueltas,
se sentía mareada y no paraba de tiritar. "Seguro que en cuanto me seque se me quita"
- pensó para animarse. Sin soltar el edredón nórdico en el que se envolvía, se dirigió
a la habitación para cambiarse en el baño. Descubrió, de repente, que el baño era un
lugar al que necesitaba ir con urgencia, y no sólo por la ropa.
- ¿Seguro que estás bien?. Te noto pálida.
- Debo entrar en calor cuanto antes. He pasado demasiado frío - pretendía ser un
comentario para sí misma pero no pudo evitar decirlo en alto.
- Voy a coger un poco de leche, quizás pueda calentarte con esta hoguera.
- Gracias.
- "De paso buscaré el botiquín a ver que encuentro" - pensó el monitor- "Tú no estás
bien".
Cambiarse de ropa le exigió un mayor esfuerzo del que esperaba. El cuerpo parecía no
responderle y cada movimiento lo hacía con una lentitud pasmosa. No dejaba de pensar en
los otros, sobre todo en Dácil. "¿Dónde estará?" - pensó - "Ojalá que esté con ellos".
Las lágrimas volvieron a acumularse en sus ojos. Eso no era nada normal en ella. En un
sólo día había llorado más que en cualquier año de su vida. Siempre presumía de mujer
fuerte y, en realidad, tampoco pasaba nada que mereciera llorar o, al menos, eso pensaba.
Una vez vestida y abrigada se sintió mucho mejor. Se levantó de la taza del water dónde
se sentó pero casi se fue al suelo debido al fuerte mareo que sintió. Consiguió
recuperarse y se dirigió al comedor con el monitor. Abrió la puerta y se fue directa a
sentarse en un sillón pues la habitación comenzaba a darle vueltas.
- He conseguido calentarte algo de leche. Tendrás que tomarla directamente del caso -
dijo Paco levantándose para acercárselo - no había café pero sí algunos sobres de
descafeinado. ¿La prefieras sólo o descafeinada?.
- ¿Sola?.
- La leche digo.
- O no, sola no, por favor. ¡Qué asco!.
- Vale, te la pongo descafeinada.
Tania sacó sus manos por encima del edredón que había cambiado momentos antes, pues el
otro estaba mojado, y cogió el caso caliente que Paco le ofrecía.
- Muchas gracias - dijo mirando la leche.
Por su mente pasó la imagen de sus amigos muertes de frío, mojados y encerrados en
aquella cueva. Se vio incapaz de beber nada.
- No puedo beberme esto - dijo sollozando.
- ¿Qué pasa?, ¿está muy caliente? - dijo Paco sorprendido.
- No, es que... no me merezco entrar en calor... no puedo estar aquí calentita y ellos
allá fuera muertos de frío.
- Escúchame, ya son las 6:15. No falta mucho para que amanezca y debes tener fuerzas
si quieres salir en su busca. Nos hará mucha falta que tú vayas.
- ¿Cómo está ahí fuera?.
- Mucho mejor, la tormenta ha parado. Pero es muy peligroso salir en su búsqueda aún
de noche. La tierra está embarrada y los corrimientos son demasiado peligrosos - se
quedó mirándola un momento - Oye, he encontrado un botiquín. Quiero que te pongas este
termómetro. Tienes pinta de tener fiebre.
- ¡Déjame en paz, quieres! - protestó - Perdona, es que estoy enfadada conmigo misma.
No debí permitir que Dácil saliera y mucho menos debí dejarlos solos. Deben preguntarse
dónde estoy y, sobre todo, si estaré viva. ¡Dios mío!, ¡Javi debe estar insoportable!.
¡No debí dejarles solos!.
Capítulo X
Las velan duraron durante toda la noche, así que los pocos fósforos secos que quedaban
en la cajita ni siquiera tuvieron que utilizarse. El aire frío que entraba en la cueva
unido con sus ropas húmedas era el causante de que a cada momento estornudaran. Dácil y
Daniela estaban acurrucadas y abrazadas para darse calor, mientras que Javier permanecía
en el mismo lugar frente a ellas. Esta última era la única que conseguía dormir. Tanto
Dácil como Javier estaban demasiado preocupados y lo que pasaba por sus mentes no les
permitía pegar ojo.
De repente, Javier se levantó y se situó en el fondo de la cueva a solo dos pasos más
atrás de donde se encontraban las chicas, en un intento de huir de aquel aire helado.
No habían probado bocado en toda la noche, los estómagos estaban demasiado encogidos.
- Javier, deberías intentar comer algo. Es más fácil soportar el frío con el estómago
lleno - le dijo susurrando Dácil, para evitar despertar a su amiga que dormía en sus
brazos.
Javier había tenido tiempo para pensar, quizás demasiado. Se daba cuenta de que fue
injusto en su trato con las chicas. Él sabía como era Tania y nada de lo que pudiese
haber echo hubiera impedido que saliera a buscar a Dácil. Incluso si Dácil hubiera
explicado su plan antes de marcharse, Tania se lo hubiese impedido y hubiera salido
ella misma a buscar las velas sin saber siquiera dónde era el sitio dónde se
encontraban.
- Creo que tienes razón - le susurró a su vez Javier.
Dácil cogió su mochila y de su interior sacó una bolsa con dulces varios que le ofreció
a Javier. Quiso lanzársela pero hubiese hecho demasiado ruido. Javier lo comprendió y
se levantó, cogió la bolsa y volvió a su posición.
- Gracias, me vendrá bien.
Miró dentro de la bolsa y sacó un dulce de manzana. El envoltorio era demasiado ruidoso
así que intentó abrirlo despacito para hacer el menor escándalo posible. Al final lo
consiguió sin molestar a Daniela.
- Dácil... - la llamó en un susurro. Esta se volvió a mirarle - Siento mucho todo lo
que te dije y como me he comportado.
- Tranquilo, es comprensible que lo hicieras. Yo misma me culpo de que ella esté ahí
fuera.
- No es culpa tuya, Dácil. Créeme. La conozco y nadie hubiera podido evitarlo. Es
cabezota como ella sola.
Dácil sonrió pero su cara se tornó seria al segundo siguiente.
- Seguro que la rescataron aquellos tíos que vistes - intentó tranquilizarla mientras
terminaba su dulce.
- Supongo.
- Tú también deberías comer - y mirando dentro de la bolsa le preguntó - ¿qué dulce
quieres?.
- No quiero, gracias. No puedo comer nada sin saber cómo está ella.
Su tristeza la hacía vulnerable y las fuerzas la habían abandonado, por lo que sentía
que no tenía nada que perder sincerándose.
- Sé como te sientes, ¿sabes?.
- ¿Cómo me siento? - le preguntó extrañada.
- Sí, como te sientes con ella - la miró.
Dácil permanecía callada y con la mirada perdida fuera de la cueva como esperando que
entrara Tania en cualquier momento.
- A mí también me pasó lo mismo cuando la conocí. Es una mujer increíble.
- ¿No serás su novio, verdad? - preguntó incrédula Dácil, tras el último comentario de
Javier.
- ¿Su novio?, pues sí que andas perdida tú. Yo conocí a Tania a través de mi hermano.
Él está saliendo con su mejor amiga. Me enamoré a primera vista. Como evitarlo, ¿no? -
la miró sonriendo pero Dácil sólo miraba al suelo - Intenté de mil maneras salir con
ella pero nada, hasta que un día me dijo que era gay. Se me vino el mundo encima, pero
no dejé de sentir lo mismo por ella, hasta hoy - dijo mirando a Daniela que dormía.
- ¿Por qué hasta hoy? - preguntó Dácil inocente aunque sabía bien la respuesta.
- Hasta que conocí a tu amiga.
- Oye, deberías ser tú el que estuviera aquí con ella y no yo.
Javier se quedó callado pero qué tendría que perder.
- Ella está enfadada conmigo.
- ¡Qué va!. Los enfados de Daniela no duran nada, salvo que sea algo realmente serio.
Y lo tuyo no ha sido nada grave, ella entiende muy bien la situación.
- Pero cree que estoy enamorado de Tania.
- ¿Y lo estás?.
- No, desde que la conozco a ella.
- Lo tuyo son los amores a primera vista, por lo que veo - dijo Dácil con una media
sonrisa.
- Sí, eso parece, ¿y lo tuyo?.
- ¿Cómo?.
- ¿Qué es lo tuyo?.
- Los amores imposibles, supongo - dijo con tristeza.
- ¿Crees que Tania es un amor imposible para tí?. Lo es para mí en todo caso - dijo
Javier mirando fijamente a Dácil.
Esta le miró a su vez con falsa confusión en su cara, pero Javier hablaba con tanta
seguridad que le fue imposible negarlo.
- Lo es a partir del momento en que salí corriendo de la cueva.
- Ella está bien - le dijo Javier intentando darle confianza a Dácil, y de paso
asimismo.
- Si está bien no me perdonará nunca lo que le he hecho pasar, además ni siquiera debo
de gustarle.
- No puedo decir lo que ella piensa, pero creo que si está bien está preocupada por
todos nosotros y, sobretodo, por ti.
- ¿Por mí?.
En ese momento las primeras luces del alba hicieron su aparición. Ambos se olvidaron de
la conversación y Dácil se levantó intentando dejar a Daniela suavemente en el suelo.
Javier se adelantó y se colocó en el sitio de Dácil sujetando, el mismo, el sueño de
Daniela. Dácil le sonrió y salió fuera. El frío era aún mayor con el alba, pero la luz
le dejó ver el estado de lo que había sido un barranco repleto de helechos.
No quedaba ni uno solo a la vista. En el fondo del barranco no existía riachuelo alguno
sólo una tremenda lengua de lodo, piedras, ramas y troncos que habían hecho aumentar el
suelo del mismo. Dio unos pasos para mirar alrededor y comprobar si podían pasar por
allí. Le pareció que sí. Decidió que debía despertar a Daniela y salir de allí, cuanto
antes. Tenían que avisar sobre Tania.
- Javier, hay que despertar a Dani. Podemos salir de aquí e informar lo antes posible
sobre Tania. Tienen que salir a buscarla cuanto antes.
- De acuerdo - dijo Javier moviendo suavemente a la durmiente. Esta abrió los ojos con
pereza hasta centrarlos en la cara de Javier.
- ¿Qué ha pasado?- preguntó sorprendida por encontrarse en los brazos de él.
- Nada, te has quedado dormida. Ya ha amanecido y debemos partir para avisar sobre la
desaparición de Tania cuanto antes.
Daniela aún sin reaccionar del todo consiguió levantarse con la ayuda del brazo de
Javier. Dácil estaba recogiendo todo para ponerse en camino. Abrió la bolsa de los
dulces y sacó uno de coco que sabía le gustaban tanto a su amiga. Le sacó el envoltorio
y lo metió en la boca de Daniela, quien se lo agradeció con la boca llena. Sabía que
Daniela necesitaba comer algo para poder reaccionar por las mañanas y a falta de un
café, eso era lo único que tenían a mano.
Cuando estuvieron todos preparados prosiguieron el camino, observando a cada paso la
devastación que la tormenta había ocasionado en el barranco. El sol empezaba a salir y
su luz ya iluminaba toda la montaña. Decidió seguir escalando por el lugar dónde había
visto la luz de la linterna aquella noche. En el fondo necesitaba encontrar algo que le
dijese que Tania fue salvada en aquel momento.
Los rayos de sol fueron recibidos con alivio y agrado por cada uno de ellos. Habían
soportado muchísimo frío aquella noche y la ropa que portaban aún estaba húmeda, así
como el pelo, que aumentaba aún más aquella sensación de frío. Javier era el único que
lo tenía completamente seco ya que al ser tan pequeño era imposible que durase mojado
demasiado tiempo.
Dácil estaba a la cabeza y fue la primera en llegar a la cima dónde se veía lo que
había sido un camino. Javier iba más retrasado ya que ayudaba a Daniela con el ascenso.
No era demasiado empinado pero ella tampoco era demasiado ágil como había demostrado en
más de una ocasión en este fatídico fin de semana.
- ¡Dios mío, ahí está el albergue! - gritó Dácil a cuyos gritos se unieron otros dos
según llegaban a su lado.
El paisaje era devastador y el centro estaba parcialmente cubierto por el lodo. Dácil
buscó la manera por dónde bajar mejor y comprobó con agrado que otros habían hecho
exactamente lo mismo que ella. A pesar de la lluvia algunas huellas en el barro lo
confirmaban.
- ¿Habrá alguien ahí dentro? - preguntó Daniela.
- Sí, se ven algunas huellas por ahí, ¿ves?.
- Si tu lo dices, será verdad - le dijo mirándole a los ojos.
- Daniela, siento mucho todo lo que ha pasado esta noche.
- ¿El qué?, la tormenta. Tú no tienes la culpa de eso - le dijo sonriendo.
- No, me refiero a como...
- Sé a lo que te refieres. Sólo estás preocupado por Tania - de repente se acordó de
la conversación que dejaron a medias y añadió - pero hay algo de lo que tendremos que
hablar todavía.
- No estoy enamorado de ella - dijo sin dejar lugar a dudas.
Daniela se quedó parada sin saber muy bien que decir. El momento se interrumpió por el
grito de Dácil que había encontrado un camino.
- ¡Mirad!. También hay huellas por aquí en el barro. Hay gente que ha bajado por aquí
esta noche, deben ser los que yo vi - miró a Javier - Javier...
- Javi, puedes llamarme Javi - le dijo con una media sonrisa.
- Vale. Javi, ¿sabrías si alguna es de Tania?.
- ¡Qué va, Dácil!. A tanto no llego - se lamentó.
- No importa era sólo una posibilidad - le contestó Dácil - Por cierto, puedes llamarme
Dari.
- ¡Eh!. ¡Sólo yo te llamo así! - protestó Daniela.
- Bueno, con permiso de Daniela, por supuesto.
- ¿Y cómo te llamo yo a ti? - le preguntó Javier a Daniela cariñosamente.
- Veamos, puedes llamarme, guapa, tía buena, preciosa... vale, vale, dejémoslo en
Dani.
- Vale, preciosa - le sonrió Javier.
Dácil miraba la escena con desesperación.
- ¡Ya está bien!. No podemos perder el tiempo con eso. ¡Hay que pedir ayuda, coño!.
- Lo siento, Dari. Tienes razón.
Daniela sabía que su amiga sólo se ponía así cuando estaba realmente preocupada. No en
vano, no sabían nada de Tania desde hacía horas cuando se fue bajo la espantosa
tormenta. Se culpó a si misma por ser tan desconsiderada.
La bajada fue muy aparatosa y dolorosamente lenta. Los resbalones eran continuos, el
frío insoportable y sus cuerpos húmedos temblaban a cada paso. La desesperación de
buscar a Tania unido al cansancio y al paso lento hacía que la frustración de Dácil
creciera cada vez más. Avisando, esta vez, a la pareja que la seguía de cerca decidió
adelantarse e ir un poco más deprisa, ya que Daniela estaba teniendo serios problemas
para descender la embarrada ladera. Cuando sólo llevaba unos pocos metros de adelanto
oyó la voz de su amiga.
- ¡Dari!.
- ¿Estás bien?.
- ¡Sí, mira allí!.
Dácil estaba un poco más abajo que ellos pero podían verla perfectamente. Observando la
indicación de Daniela miró hacia el lugar señalado. Había un gran jeep todo terreno
aparcando enfrente del albergue. Sin duda era la ayuda y los que iban a salir a buscarlos.
- ¡Vamos, antes de que se vayan! - gritó Dári.
En ese momento Daniela volvió a resbalar pero esta vez se le escapó de las manos a
Javier. Su cuerpo comenzó a rodar cayendo hacia la dirección dónde se encontraba Dácil.
En ese tramo nada podía frenarla salvo la propia Dácil que se dio cuenta de lo que
pasaba por los gritos de Javier. Reaccionó a tiempo para hacer frenar a su amiga.
- Bueno, tampoco hace falta bajar tan deprisa - bromeó la propia Dácil.
- Ya ves, tus indicaciones son órdenes para mí - dijo aún asustada Daniela.
- ¿Están bien? - preguntó desde un poco más arriba Javier.
- ¡¡Si!! - dijeron al unísono.
- ¡Date prisa, no sé como puedes estar por ahí todavía! - le dijo Daniela.
- ¡A qué me lanzo!- dijo Javier haciendo un gesto como de tirarse a la piscina de
cabeza.
Cuando Daniela se dio la vuelta ya Dácil había continuado y se encontraba un poco
alejada de ella. Volvió a mirar hacia el jeep y vio como dos hombres bajaban una
camilla.
- ¡Dácil, están bajando una camilla! - le indicó.
Dácil se paró en seco y miró hacia el jeep. Comprobó preocupada que lo que Daniela le
decía era verdad. A lo mejor sólo querían prevenir pero una sensación muy rara se
asentó en su corazón. Apuró el paso quería llegar cuanto antes. Hacía señas por si
alguno de los de la camilla podían verla. Daniela la imitó y Javier gritaba de vez en
cuando para llamar la atención de los que pudiesen estar en el albergue.
Capítulo XI
- ¡Papá!... ¡no!... ¡vuelve!... ¡mamá coge abrigo, está lloviendo!.
Los delirios habían empezado una hora antes. La fiebre estaba rozando los 41 grados y
su cuerpo temblaba a medida que un sudor frío empapaba las sábanas. En un intento por
controlarla unos trapos humedecidos en agua fría se turnaban para cubrir su frente.
- Tranquila, Tania... Ya vienen - intentó calmarla Paco.
Los gritos de Tania habían despertado a los tres alemanes. En cuanto se percataron de
la situación trasladaron un colchón al suelo del comedor, pues la habitación estaba
demasiado fría para ella. Los cristales estaban rotos y el aire se colaba sin
impedimento. El comedor no era tampoco el lugar idóneo pero era mejor. La hoguera que
llevaba encendida en el cubo de la basura durante toda la noche había conseguido elevar
un poquito la temperatura del recinto.
- ¡Dácil!... ¡Javi!... ¡Están fuera!... ¡¡Hay que salir a buscarles!!.
Tania hizo ademán de levantarse pero Christopher se lo impidió. Paco se acercó a ella
para intentar tranquilizarla. La ayuda que había pedido no tardaría en llegar, tanto
para Tania como para sus amigos. Unos gritos se escucharon fuera.
- ¡Hola!, ¿hay alguien? - preguntó una voz masculina.
- ¡Sí!... ¡espera un momento! - contestó Paco - Tienen que ir por la parte de atrás,
por aquí es imposible entrar -. Dicho esto se levantó y se dirigió a la habitación
trasera para ayudarles a entrar.
Los agentes de protección civil estaban abriendo la ventana en el momento en que él
entró.
- ¡Menos mal que ya han llegado!. ¿Podrán entrar por ahí?.
- Creo que sí, no se preocupe. ¿Dónde está?.
- Estamos todos en el otro cuarto, en el comedor. Aquí hacía demasiado frío.
- Bien, me llamo Miguel y soy médico. ¿Cómo se encuentra? - preguntó otro hombre alto
que acababa de entrar.
- Tiene casi 41 de fiebre. Le he dado termangil para intentar bajarla, era lo único
que teníamos aquí disponible. Le hemos puesto incesantemente trapos fríos en el cuerpo,
pero hace algo menos de una hora comenzó a delirar. ¿Cómo está el camino de vuelta?.
- Hasta que no sales del pueblo es bastante peligroso. Algunas casas han quedado
inundadas por el lodo, las montañas se han derrumbado prácticamente sobre otras. La
gente está muy nerviosa, hay ataques de pánico a cada momento.
- Hay tres excursionistas atrapados. Tania me ha indicado dónde estaban antes de caer
enferma. Yo puedo acompañarles.
Dácil estaba muy cerca del albergue cuando escuchó de nuevo el ruido del motor del jeep
que arrancaba para irse. No pudo más que verle salir. Escuchó gritos atrás y se giró.
Tanto Javier como Daniela le indicaban que el jeep se iba.
- ¡Eh, estamos aquí! - gritó Javier.
Dácil se dio cuenta de que sus gritos no se dirigían hacia el jeep sino enfrente de
ella. Se volvió y vio a cuatro hombres que les miraban sorprendidos. Uno de ellos les
preguntó.
- ¿Sois Dácil, Javier y Daniela?.
- ¡¡¡Sííííí...!!! - gritaron casi al unísono.
- Íbamos a salir ahora mismo a buscaros - dijo el agente sonriendo y visiblemente
aliviado - ¿no había nadie más con vosotros, verdad?.
Dácil ya se encontraba al lado de los hombres y la pareja no tardaría más de dos minutos
en unirse a ellos.
- Sí, había una chica con nosotros. La perdimos como a medianoche, se llama Tania. No
sabemos nada de ella, debemos salir a buscarla. Estábamos en...
- Tania está bien.
Dácil miró al hombre interrogante y sorprendida a la vez. El corazón le dio un vuelco
pues esas eran las palabras exactas que esperaba escuchar. La pareja la había alcanzado
y pudo oír el suspiro de alivio que salió de los labios de Javier. Pero algo le decía
que había más en esas palabras.
- Deberíais entrar dentro. Traeis muy mala pinta. Lo primero es calentaos, dentro hay
abrigo y algo de comida caliente - le dijo el hombre mientras les indicaba el camino
por dónde podían entrar.
Paco se alegró y les sonrió en cuanto los vio entrar en el comedor, o lo que quedaba de
él.
- ¡Menos mal que están bien!. Hemos estado preocupados toda la noche. ¿Cómo están? -
les preguntó.
- Bien. Con frío y hambre pero por lo demás... podía haber sido peor - contestó
Daniela.
- ¿Dónde está Tania? - preguntó Dácil - Nos dijo que estaba bien.
- Llegó anoche junto con otros tres excursionistas alemanes. Me explicó toda la
situación pero su aspecto no era nada bueno. Llegó con fiebre y a medida que pasaba el
tiempo iba empeorando. Conseguí contactar por radio con los compañeros y avisé de la
situación de Tania y la de ustedes. ¿No han visto un jeep antes?. Hace muy poco que
salió.
- Sí... - dijo con miedo Dácil - ¿Se la llevaron en él?.
- Exacto. La fiebre le había subido hasta casi 41 y comenzó a delirar. Tuvieron que
llevársela enseguida. Los alemanes también se fueron con ella - les indicó Paco.
- ¡Oh, dios mío! - exclamó Dácil.
Era lo que tanto temía y al final había sucedido. Se sentó en uno de los sillones y
comenzó a llorar en silencio. Por una parte se alegraba pues Tania estaba viva y
atendida. Pero, por otra, la fiebre alta y los delirios no presagiaban nada bueno.
- ¿Dónde la van a llevar? - preguntó Javier con audible preocupación en su voz.
- La llevarán a una clínica de Buenavista y, en cuanto puedan, seguramente la
trasladarán al Hospital de la Candelaria en Santa Cruz. Todo depende de su estado.
- ¿Tan mal está? - volvió a preguntar Javier.
- No lo sé, ya te digo, tienen que evaluarla. Pero, tranquilos, todo saldrá bien. Han
pasado mucho frío allá arriba. Sólo será un fuerte catarro. Es lo mínimo que podía
pasar. Cuando llegó aquí estaba completamente empapada y embarrada. Lo único que pueden
hacer ahora es cambiarse y comer algo caliente. En cuanto podamos saldremos todos de
aquí.
- ¿Y nuestro cuarto? - preguntó Javier.
Estaban en el centro principal y la habitación trasera correspondía al otro grupo, es
decir, al grupo de Dácil y Daniela. Su habitación se encontraba en otro recinto,
separado de este, por tan sólo unos pocos metros.
- Se lo tragó la tierra. De milagro este aguantó, todavía no sé como - comentó Paco.
- Es culpa mía... - dijo Dácil en un hilo de voz.
Daniela se sentó a su lado intentado consolarla, aunque poco podía hacer. Javier volvió
a explicarle que nadie tenía la culpa de nada excepto, quizás, la propia naturaleza.
- Ella no dejó un momento de preocuparse por ustedes. Incluso en sus delirios les
nombraba. Sobretodo a ti - dijo Paco mirando directamente a Dácil - No se preocupen
seguro que no es nada grave.
Los ojos de Dácil volvieron a humedecerse. Mirando a los hombres de protección civil
preguntó:
- ¿Cuándo saldremos de aquí?.
- Van a enviar otro jeep. Tardará más de media hora en llegar. Normalmente tardan diez
minutos pero el trayecto es muy diferente ahora. Todo ha cambiado - comentó uno de
ellos - Deberíais llamar a vuestras familias han de estar muy preocupados.
Durante media hora más permanecieron allí. Todos habían logrado contactar con sus
respectivas familias tranquilizándolas, excepto Dácil. Eso no era nada raro para ella,
su familia se trasladó a Madrid hacía dos años. Pero ella no quiso y se quedó en un piso
compartido mientras estudiaba. En cuanto se puso a trabajar en el banco alquiló un piso
sola. El contacto con sus padres se reducía a una llamada por semana, como mucho.
Cuando por fin llegó el ansiado jeep ya los tres llevaban ropa seca y habían desayunado
algo caliente. El cuerpo parecía recuperarse poco a poco, pero el cansancio acumulado y
el no dormir en toda la noche no ayudaba en nada.
A medida que se adentraban en el pueblo se daban más y más cuenta de la desgracia que
acababa de pasar. No sólo el monte cambió con la tormenta sino que también el aspecto
de las casas y de las calles de aquel hermoso lugar, que hacía sólo dos días era tan
acogedor, se convirtió de la noche a la mañana, en algo parecido a un escenario de
guerra. Casas derrumbadas o inundadas, calles cubiertas de montañas de lodo donde la
gente escalaba para poder entrar en sus casas, en aquellas pocas que quedaron intactas,
al menos en apariencia. Se notaba la desesperación y el cansancio en las caras de las
gentes.
LA BODA
Capítulo XII
Los pensamientos la llevaban muy lejos de allí. Sus ojos fijos en algún punto de la
pequeña pantalla del ordenador indicaban que su mente no estaba donde se encontraba su
cuerpo. Despegó sus manos del teclado y cogió el teléfono. Marcó el número que, en dos
días, ya se había aprendido de memoria y esperó. La voz de Javier sonó al otro lado.
- ¿Diga?.
- Hola Javi.
- Hola Dari, ¿qué tal?.
- Trabajando, desgraciadamente. ¿Cómo está hoy?.
- Mucho mejor. Ya no tiene delirios y la fiebre le ha bajado un poco, pero aún no está
conciente. El médico dice que en una semana, más o menos, se pondrá bien.
- ¿De verdad? - dijo Dácil sin ocultar su alegría.
- ¿Crees que te mentiría en algo así?. En cuanto se despierte lo primero que haré será
hablarle de ti. A eso ponle el cuño.
- Gracias, Javi. Eres un cielo.
- Dime algo que no sepa.
- Presumido - se rió.
- Espera un momento, creo que hay alguien que quiere hablar contigo.
- ¿Quién? - preguntó sorprendida.
- Hola cariño - la voz de Daniela sonaba dulce.
- Hola Dani. ¿Qué haces ahí?. ¿Estás preocupada por Tania? - le preguntó
sarcásticamente.
- Sí, eso también.
- ¡Serás guarra!.
- Oye, modera tu lenguaje. Te recuerdo que trabajas en un banco.
- No hace falta que me lo recuerdes, como olvidarlo - dijo suspirando.
- ¿Cuándo crees que volverás?.
- Me han destinado en Fuerteventura por tres meses. No he podido hacer nada. Sólo
queda rezar a que cuando acaben vuelva con ustedes. De todas formas he tenido suerte.
Lo normal en los traslados son seis meses. Aquí hay muy poco que hacer. Sólo echarles
de menos - La resignación se notaba en su voz.
- Seguro que vuelves - le contestó Daniela intentado animarla - Ha sido algo repentino.
Parece que lo hacen adrede. El fin de semana pasó lo que pasó, ven que estás bien, y
ala, te mandan a otra isla. Y en dos días ya estás viviendo lejos de aquí.
- Sé que suena raro. Al fin y al cabo sólo la conozco de un día, pero tengo ganas de
ver a Tania. De estar ahí cuando se despierte.
- Te entiendo bien. Hace el mismo tiempo que conozco a Javi y me pasa lo mismo. Jamás
me había sentido así, ¿y tú?.
- Nunca. ¿Crees que esto es normal?.
- No lo sé, Dari. Sólo sé que es así y punto. No hay que darle más vueltas. Sólo
disfrutar mientras se pueda.
- Pues ya me dirás como lo hago estando tan lejos.
- Pronto despertará y podrás hablar con ella. Yo te aviso. Sería algo así como una
relación a distancia, ¿no?.
- Eso nunca funciona.
- ¡Así me gusta!, ¡Qué no decaiga el ánimo!. Me encanta hablar contigo, siempre tan
optimista.
- Vale, vale. Voy a pensar en positivo.
- No pasa nada por intentarlo - la animó su amiga.
- Gracias, Dani. Tengo que dejarte. ¿Me avisarás cuándo despierte, verdad?.
- ¿Quién? - fingió sorpresa.
- Dani.
- Claro que te avisaré. ¿Por quién me tomas?.
- Hasta pronto, loca.
- Hasta luego, cariño.
Salió del trabajo a las 3 de la tarde y se dirigió al hotel dónde el banco le había
pagado una habitación a la espera de que pudiese encontrar un piso. El hotel era con
pensión completa, así que almorzó y decidió empezar a buscar un apartamento. Preguntó al
recepcionista del hotel y esté le indicó que su propia hermana trabajaba en una
inmobiliaria y seguro que podía ayudarla. Le explicó dónde se situaba la empresa y
salió en su busca.
Tuvo que preguntar un par de veces a varios transeúntes pues no conocía el pueblo.
Finalmente la encontró descubriendo que se hallaba en una de las calles principales.
Entró dispuesta a preguntar por la hermana de aquel recepcionista tan amable.
- ¿Puedo ayudarla? - preguntó una mujer mayor que no parecía estar de muy buen humor.
- Sí, estoy buscando a Marta.
- Marta - llamó a su compañera.
Una chica que se encontraba justo en la mesa de al lado, giró la cabeza al oír su
nombre. Tenía el pelo rubio y largo y los ojos verdes. No había duda que era la hermana
del recepcionista pues su parecido era innegable.
- Sí - contestó.
- Preguntan por ti - dijo la mujer sin levantar la vista de los papeles.
- Hola - le saludó la tal Marta. Sonreía amablemente y eso hacía aumentar aún más su
belleza natural - ¿Tú eres Dácil?.
- Hola, sí - contestó.
Se sentó en el sitio que le indicaba Marta, frente a ella.
- Mi hermano me acaba de llamar. Me comentó que estás buscando piso.
- Sí. Me han trasladado aquí y no puedo estar eternamente en el hotel.
- ¿Trabajas en un banco?.
- Pues sí.
- Todos son iguales.
- ¿Has trabajado en bancos?.
- Hice prácticas en uno pero no me gustó nada.
- Chica lista.
- Gracias - se rió.
Marta buscaba en el ordenador cuando, de repente, pareció acordarse de algo.
- Si te interesa, mi vecina se muda y quiere alquilar el piso. Es justo aquí al lado.
Dos edificios más allá. Es un piso algo más pequeño que el mío, pero está muy bien. Con
los vecinos no vas a tener problemas - se rió.
- ¿Cuánto pide?.
- Tendría que llamarla. Si estás interesada puedo hacerlo ahora y podemos ir a verlo.
Si es que la encuentro, claro.
- No tengo prisa, pero por mí no hay problema.
Dos días más tarde estaba completamente instalada en el piso que Marta le había
conseguido. Estaba muy bien de precio y quedaba cerca del banco. Era algo pequeño pero
suficiente para ella.
Hoy había sido un día raramente duro de trabajo. En aquel pueblo habían pocos habitantes
pero era día de pago de impuestos y todo el mundo parecía tener algún negocio. Además
se unía con el pago de las pensiones. Abrió la puerta del piso y se echó en el sofá. Ni
siquiera tenía ganas de almorzar. Estaba a punto de quedarse dormida cuando el timbre
del teléfono la sobresaltó.
- ¿Sí?.
- ¿Estabas dormida? - preguntó Javi.
- Hola, Javi. Algo así - se incorporó inmediatamente imaginando el motivo de la
llamada - ¿Tania está bien, verdad?.
- No sé. Espera un momento.
- Sí, estoy bien. Dari.
La voz de Tania la paralizó. El corazón dejó de latir y tuvo que recordarse a si misma
que tenía que respirar. No podía articular palabra.
- Oye, ¿estás ahí?.
- Espera.
Tania se quedó sorprendida y miró el auricular que tenía en la mano. Dácil, por su parte,
intentaba coger aire y relajarse, para poder hablar como una persona normal.
- Hola, Tania.
- Vaya, me alegra oír tu voz.
- Me has cogido por sorpresa. ¿Cómo te encuentras?, ¿cuándo te despertaste? - se
reprendió a si misma por parecer una histérica.
- Me desperté esta mañana. Quería llamarte al trabajo pero Dani me dijo que mejor te
llamase a tu casa.
- Menos mal que a veces piensa - sonrió.
- ¿Quieres que le diga eso? - se rió Tania.
- ¡Ah!, veo que el sentido del humor no se te ha quitado. Aunque pensándolo bien, ni
siquiera sabía que lo tenías.
- Hay muchas cosas que no sabes de mí.
- Lo mismo digo.
- Y... - Tania pensó un momento antes de preguntar - ¿Quieres saberlas?.
- Por supuesto - esperaba que su voz no hubiese sonado demasiado entusiasta. Pero, por
otro lado, tampoco importaba si era así - ¿Cuándo sales de ahí?.
- Esa pregunta te la tendría que hacer yo a ti.
- Al menos hasta dentro de tres meses no podré contestarte. Ha sido una putada.
- Sí que lo ha sido, pero no me gusta que hables así.
- Vaya, no sabía que fueses tan remilgada.
- No quiero salir con alguien que habla así.
El comentario la cogió por sorpresa y sin darse cuenta tragó saliva bruscamente, lo que
le provocó un ataque de tos.
- ¿Eh, estás bien?. No te me ahogues ahora - dijo Tania.
- Estoy .....bien. ¿Siempre eres tan directa?.
- Para las cosas que quiero, sí.
Tania estaba disfrutando con aquella conversación, parecía poner nerviosa a la rubia y
eso significaba que le afectaba. Mientras tanto, a la afectada volvía a darle otro
ataque de tos.
- Vale, me callaré. No quiero terminar contigo antes de empezar - Tania sonreía.
- ¿Te estás burlando de mí?.
- Yo, pobrecita. Aún estoy convaleciente - se rió.
- Vale, te estás burlando de mí - Dácil se quedó seria de repente - Oye, hay algo que
tendría que decirte.
- Ya lo sé - dijo Tania cambiando su tono burlón a uno más serio.
- ¿Qué sabes?.
- Javi, me ha contado todo. Sé donde fuiste y por qué era tan importante.
- No debí irme de esa manera. Fui una estúpida.
- No, fui yo la estúpida. Dari. Tenía que haber confiado en ti. Pero sólo fue el
instinto. No quería que te pasase nada.
- Sin embargo, fue a ti a quién te paso. Y por mi culpa.
- Oye, no llores - Tania podía escuchar los sollozos de la rubia - Ya ha pasado todo.
Tenemos una vida por delante, ¿vale?.
- Sí, pero no gracias a mí. Saliste ayudarme y podías haber... podías haber - no
lograba continuar la frase.
- Ni lo pienses, Dari. No quiero que pienses eso. Volvería a correr detrás de ti sin
pensarlo.
- Yo no entiendo nada - Daácil hablaba aún sollozando.
- ¿El qué no entiendes? - preguntó algo extrañada Tania.
- A penas nos conocemos y ya me hablas como si me quisieras o algo así. Y, lo que yo
siento por ti, es raro.
- ¿Es raro lo que sientes por mí? - preguntó extrañada.
- Me refiero que no es normal, estar loca por alguien que sólo conoces de un fin de
semana. Y ni siquiera un fin de semana completo. Más bien de un día.
- Dari, yo no sé muy bien que siento. Pero si sé que siento algo y te lo diré cuándo
lo descubra. Por ahora sólo quiero conocerte, ¿vale?.
- Vale.
- Y no quiero que pienses que esto es culpa tuya. Yo soy la loca que salió corriendo
detrás de la única persona que sabía lo que hacía, ¿de acuerdo?.
- No estoy...
- No me repliques.
- ¿Esto va a hacer así siempre?.
- ¿El qué?.
- Si discutimos y yo quiero decir algo, tú me dices - cambió la voz intentando
imitarla - No me repliques.
- Si es necesario. ¿Me estás imitando?.
- Yo, Dios me libre . Oye me encantaría estar así toda la tarde pero tienes que
descansar y el teléfono te va a salir una pasta. Además yo no tengo nada de comida y
tengo que ir a comprar.
- Por el teléfono no te preocupes que lo paga Javi - dijo Tania mirando al moreno que
acababa de volver a la habitación. De fondo se escuchó un: - ni hablar - y un - cuelga
ya.
- Vaya, parece que no le gusta mucho la idea - se rió Dácil - Ya te llamo yo mañana,
¿ok?.
- Más te vale. Hasta luego, Dari.
- Hasta luego... - pensó un momento - Tan.
Capítulo XIII
Habían pasado dos meses desde que salió del hospital. La neumonía aguda la dejó
debilitada pero, poco a poco, recuperaba sus fuerzas. Todas las noches hablaba con Dácil
y ese era el momento más esperado. Pasaba todo el día, en la empresa de informática,
pensando en oír su voz. Poco a poco sus sentimientos eran más fuertes y se moría por
volver a verla.
Sin embargo, habían prometido no verse hasta que pasasen esos tres meses. El comienzo
había sido demasiado rápido y no querían estropearlo precipitándose aún más. Era una
decisión que no acababa de entender pero la respetaba.
Después de dos meses el médico por fin le dio permiso para ir al gimnasio. Era algo que
hacía todas las noches antes de todo aquello, y lo echaba de menos. Con los años había
conocido mucha gente allí, gente que incluso la llamaron cuando estuvo hospitalizada,
preocupados por su salud.
Hoy le tocaba a Dácil llamar y lo haría a las 21:00. Tenía tiempo de sobra. De todas
maneras no podía hacer demasiado ejercicio aún. Haría algo de aparatos, algo suave. Se
vistió con unos pantalones cortos negros y ceñidos y una camiseta larga. No dejaba ver
demasiado sus curvas pero ella no iba a lucirse, sólo quería hacer ejercicio. En cuanto
llegó al gimnasio muchas personas la saludaron. El dueño fue el primero indicándole los
ejercicios que eran mejor para ella en estos momentos.
- Hola Tania. ¡Cuánto tiempo!.
Levantó la vista desde el banco en el que se sentaba mientras realizaba sus habituales
ejercicios con las pesas. Comprobó que se trataba de Silvia. Era una mujer ciertamente
atractiva y no era un secreto para nadie que era gay. Los hombres no hacían más que
lamentarse. Tenía el pelo castaño, liso y largo, que ahora recogía en una cuidadosa
coleta y los ojos negros. Siempre le había gustado pero nunca tuvo el valor suficiente
de pedirle una cita. Ahora con Dácil, ya no era necesario.
- Hola, Silvia. ¿Cómo estás? - se levantó, saludándola con un beso en la mejilla que
igualmente fue correspondido.
- La pregunta sería más bien, ¿cómo estas tú?.
- Mucho mejor. Gracias por llamarme. Me gustó mucho.
- De nada mujer. ¿Ya puedes hacer ejercicio?.
- Sí, pero poco a poco. De hecho, debería parar ya. Llevo una hora - dijo recogiendo
su toalla del suelo y la botella pequeña de agua que siempre llevaba consigo, en el
gimnasio.
- Yo acabo de terminar la clase de step. Y por hoy es suficiente.
De repente, se sintió un tanto incómoda. Se dirigían a las duchas y, por primera vez,
dudó si hacerlo. Siempre intentaba ser respetuosa con las demás mujeres pero con Silvia
nunca había coincidido a la hora de cambiarse. Decidió quitarle importancia y ducharse
sin más. Silvia pareció entenderlo igual y no la miró un solo momento. Al menos
directamente.
- ¿Te apetece tomar un café o algo? - le preguntó Silvia que se terminaba de vestir
atándose los tennis - Hace tiempo que no hablamos y hay muchas cosas que contar.
- No sé si puedo - contestó dudando Tania - ¿Qué hora es?.
- Las ocho y cuarto, ¿has quedado?.
- Algo así. Tengo una llamada importante a las nueve.
- No te preocupes, tienes tiempo.
*****
Dácil terminó de prepararse la cena que consistía en recalentar las sobras del almuerzo.
Miró el reloj y vio que faltaban diez minutos para las nueve. No podía esperar para oír
su voz así que decidió llamarla. Cogió el teléfono y escuchó el timbre sonar al otro
lado. Sonó hasta que saltó el contestador. No dejó mensaje pues siempre le ponía
nerviosa hablar con una máquina de esas. Era raro que no estuviera pero sabía que iba a
ir la gimnasio.
- Estará a punto de llegar - dijo en voz alta y se rió de si misma - Estoy algo
desesperadilla.
En ese momento, sonó el timbre de la puerta. Se sobresaltó pues no lo esperaba. No podía
ser más que Marta. Miró a través de la mirilla y efectivamente comprobó que se trataba
de la rubia.
- Hola Marta - la saludó sonriendo.
- Hola guapa. Vamos a ir al bar a tomar algo. ¿Te apuntas, verdad?.
Gracias a Marta conseguía salir de vez cuando. Si no fuera por ella los fines de semana
serían mortales. Fue una suerte encontrarla y se había convertido en una gran amiga.
- Tengo que llamar a Tan.
- ¿Te toca a ti hoy?. - Marta no había hablado nunca con Tania pero sabía todo lo que
la rubia le había contado de ella.
- Sí.
- ¿A qué hora?.
- Pues ya. Habíamos quedado a las nueve.
- Tú sabes dónde está el bar, ¿no? - le preguntó sonriendo.
- No sé, es que hay tantos - dijo burlonamente.
- Te esperamos abajo, ¿vale? - le sonrió - Cuidadito con lo que se hace.
- Ojalá pudiera hacer algo - se lamentó Dácil.
Marta se rió y salió del piso. Dácil comprobó una vez más la hora y volvió a llamarla.
No obtuvo respuesta y el contestador volvió a saltar.
- Maldito trasto - le gritó y colgó - Espero que no se haya quedado grabado - sonrió
al pensar en el mensaje que le acababa de dejar a Tania.
*****
Tania se acercó al sofá donde la esperaba Silvia. Se sentó acercándole una cerveza. La
conversación se había alargado demasiado ya que la vida de la chica había cambiado mucho
y tenía serios problemas. Para empezar la muerte de su madre de un ataque al corazón
había supuesto un duro golpe. Al recodarlo comenzó a llorar.
Tania se acercó a ella y la abrazó. Silvia se apoyó en su hombro y, poco a poco, se fue
aferrando más al cuerpo de la morena. Los sollozos no cesaban y Tania le dio un suave
beso en la frente en un intento por calmarla. Ese gesto fue malinterpretado por Silvia
que se incorporó un poco para mirarle a los grandes ojos azules y, a continuación,
besarla suavemente. Hacía mucho tiempo que Tania no sentía los dulces labios de una
mujer y, por un momento, se dejó llevar. Tras un minuto reaccionó. No sabía bien que
decir. El sonido del teléfono la sobresaltó.
- Dios mío, ¿qué hora es? - preguntó mirando ella misma el reloj.
- Las diez menos cuarto - Silvia pareció acordarse también - Tu llamada.
- ¿Cómo he podido olvidarla? - se preguntó a si misma sorprendida.
- ¿No vas a cogerlo?.
- Claro, es que... No sé que voy a decirle.
- ¿A quién?, ¿quieres que lo coja yo?.
- No.
El contestador volvió a saltar y esta vez Dácil se atrevió a dejar un mensaje.
- Hola Tan. Soy yo. Llevo llamándote desde las nueve como habíamos quedado. Por favor,
llámame. Estoy preocupada. Sé que ibas al gimnasio y... llámame. No me dejes así...
- Hola Dari - finalmente Tania no pudo aguantar más y lo cogió.
- ¿Tan?, ¿estás bien?.
- Sí, estoy bien. No te preocupes - su voz temblaba un poco. El beso con Silvia era
demasiado reciente.
- ¿Dónde has estado? - la voz de Dácil era ahora diferente - Llevo llamándote desde
las nueve.
- Lo sé, es que... - no le salían las palabras.
- ¿Ha pasado algo?.
- Tania, yo mejor me voy - la voz de Silvia sonó clara y la morena se quedó pálida -
Adiós, Tania.
- Adiós - fue lo único que la morena acertó a decir.
- Tania, ¿quién era?.
- Silvia.
- Oye, yo no soy celosa, pero si eso es lo único que me vas a decir, no sé que pensar
- dijo Dácil extrañada.
- Es una amiga del gimnasio. Ha tenido problemas y la estaba ayudando.
- ¿Por eso te has retrasado? - le preguntó - ¿Qué le pasa?.
- Son muchas cosas.
- Y esas cosas no podían esperar unos minutos - Dácil comenzaba a molestarse con todo
este asunto - Llevo tres cuartos de hora llamándote. Habíamos quedado a las nueve.
- Lo sé, Dari. Lo sé - No sabía que decirle, ella misma no acababa de entender
demasiado bien lo que acababa de pasar.
- Para mí son muy importantes estas llamadas, ¿sabes? - su tono era de enfado - Y
creía que para ti, también lo eran.
- Y lo son, Dari. Espero durante todo el día oír tu voz.
- Pues cualquiera lo diría.
- Dari... - Tanía se debatía por dentro - Quiero tener una relación sincera contigo.
- ¿A qué viene eso? - Dácil se temía lo peor.
- Ha pasado algo esta noche.
En cuanto pronunció esas palabras se arrepintió de haberlas dicho. Ya no había vuelta
atrás y ahora tenía que darle una explicación. Tenía que convencerla de que no había
sido importante, de que no había supuesto nada para ella. Que sólo había sido un beso.
Dácil permaneció muda hasta que logró reunir la fuerzas necesarias para preguntar.
- ¿Qué ha pasado, Tania?.
- Me encontré con Silvia en el gimnasio y me invitó a tomar algo. Me dijo que hacía
tiempo que no hablábamos, y eso era verdad. Fuimos a un bar y comenzó a llorar
contándome algunos de sus problemas. Decidí traerla a casa para tener más intimidad.
- ¿Intimidad? - preguntó severamente la rubia. Tania se lamentó por haber elegido mal
las palabras.
- Me refiero para no tener que llorar en público y contar sus penas en un sitio dónde
cualquiera podía escucharla.
- Pues que no las cuente - dijo secamente.
- Minutos antes de llamar tú...
- ¿Cuándo?, ¿la cuarta o la octava vez? - preguntó con sarcasmo. Tania cogió aire.
- Ella comenzó a llorar y la abracé para tranquilizarla. Le di un beso en la frente
pues no paraba de llorar. Ella debió interpretarlo mal porque me miró y...
- ¿Y qué?.
- Me besó.
Dácil permaneció callada un momento antes de preguntar.
- ¿Le devolviste el beso?.
- Durante un minuto no me aparté. Hace mucho tiempo que nadie me besaba. Dari yo sólo
pensaba en ti.
- ¿Antes o después de mi llamada?.
- Dari, te lo he contado porque no quiero ocultarte nada. Yo sólo puedo pensar en ti.
- ¿Me quieres, Tania? - las lágrimas resbalaban por la cara de la rubia.
- Sabes que eso sólo lo sabré cuando te vea, cuando pueda verte.
- Yo no necesito verte para saberlo - dijo Dari - Esa es la diferencia entre tú y yo.
- Dari, yo...
- Tania, quizás deberíamos dejar de llamarnos. Dentro de un mes terminaré aquí y con
toda seguridad volveré.
- ¿Ya te lo han dicho?.
- Sí. Pensaba darte una sorpresa pero ya ves, la sorpresa me la he llevado yo.
- Dari, escúchame - le rogó.
- Tania, ya he escuchado demasiado. Te agradezco, sin embargo, tu sinceridad. Pero
ahora mismo no quiero hablarlo. Nos veremos dentro de un mes y ya veremos, ¿vale?.
- No. No vale. No quiero perderte.
- No me has perdido. Sólo será mejor esperar - las lágrimas no abandonaban el rostro
de la rubia - Hasta dentro de un mes, Tania - se despidió.
- Dari... - la llamó pero inútilmente. Acababa de colgar el teléfono.
Las lágrimas cubrieron esta vez el rostro de la morena. ¿Por qué se lo había dicho?. Se
sentía culpable y necesitaba desahogarse. La quería pero no iba a decírselo por teléfono.
Era algo demasiado importante. Necesitaba mirarla a los ojos. Unos ojos que si no
fueran por las fotos que se mandaron mutuamente ni sería capaz de recordar con claridad.
Los había visto sólo unas horas, en realidad. Y algunas de esas horas, estaban a
oscuras. Se dirigió a su cuarto y se echó sobre la cama llorando. Unas horas más tarde
el sueño lograría vencerla.
Capítulo XIV
Dácil no lo pensó un momento. Se vistió y bajó, dónde Marta y los demás la estaban
esperando. Se los encontró en la mesa de siempre y la rubia le había guardado un sitio.
A pesar del maquillaje, sus ojos algo rojos aún, no podían disimular.
- Hola. Ya creía que no ibas a bajar - le dijo Marta - ¿estás bien?.
- ¿Te ha pasado algo? - preguntó Jaime. Era amigo de Marta desde la infancia, al igual
que su novia, Karla, que se sentaba junto a él.
- No, tranquilo. Bajonas que le dan a una - acertó a decir.
- ¿La morriña, eh? - preguntó esta vez Karla - Ya te queda menos, mujer.
- Un mes - suspiró.
La rubia procuraba no mirar a Marta pues esta la miraba fijamente. Estaba claro que no
la creía. Disculpándose ante sus amigos, Marta se levantó y dijo que quería hablar con
Dácil. Esta se extrañó pero la siguió. Se dirigía hacia el paseo junto a la playa. La
noche era cálida, a pesar de estar aún en Abril. La ligera brisa proveniente del mar se
agradecía. Cuando estuvieron lo suficientemente alejados, Marta fue la primera en
hablar.
- ¿Qué ha pasado, Dácil? - le preguntó sin dejar de caminar - Y no me digas que tienes
morriña. ¿Conseguiste hablar con tu novia?.
- ¿Mi novia?. Yo no la llamaría así.
- ¿Y cómo la llamarías?.
- La verdad, no lo sé.
- ¿Hablaste con ella? - Marta caminaba a su lado sin mirarla.
- Después de llamarla como una loca desde las nueve hasta las diez menos cuarto.
- ¿Por qué tan tarde?. - Estaba visto que tenía que sacarle poco a poco lo sucedido.
- Se encontró con una amiga del gimnasio con quien hacía tiempo que no hablaba. Y, por
lo visto, tenían mucho que contarse - se rió sarcásticamente.
- ¿A qué te refieres?.
- No quiero hablar más de eso.
- Vale, si no quieres no me lo cuentes.
Permanecieron un rato paseando hasta que llegaron al final de la avenida y decidieron
regresar. Dácil no hacía más que darle vueltas a lo ocurrido.
- No volveré a llamarla - dijo sin más.
- ¿Por qué?, ¿lo han dejado? - esta vez Marta se paró para mirarla.
- ¿Dejado?, ¿el qué?, ¿una relación telefónica?.
- Sabías que iba a ser así desde el principio. Al menos hasta que estuvieras aquí.
- Lo sé. Lo que no sé, es lo que ella siente por mí.
- ¿Tú la quieres?.
- Sí. ¡Y no me hace falta verla para saberlo!. Simplemente es así.
- ¿No necesitas verla? - preguntó algo confusa Marta.
- Vale, claro que necesito verla y besarla y abrazarla. Pero, por ahora, esto es lo
que tenemos. O lo que teníamos - dijo con pena en la voz.
- ¿Qué ha cambiado?.
- Ella ha cambiado - Dácil se paró mirando a Marta - No quiero hablar más de esto,
vale. Lo mejor será que me vaya.
- ¿Estás segura?.
- Sí.
- Vale. Te acompaño. Yo también estoy cansada. Mañana es sábado y voy a dormir como
una bendita. Por cierto, pronto tendremos fiesta.
- ¿Fiesta?, ¿dónde?.
- En casa de Jaime.
- ¿Y eso?.
- Es el cumpleaños de Marcos, el hermano.
- Ah, vale - dijo sin entusiasmo. Ahora no podía pensar en fiestas.
Llegaron al edificio y subieron por la escalera hasta el tercer piso. Cada una se
dirigió a su piso pero Dácil se volvió para mirar a Marta.
- Oye, ¿te apetece pasar un rato?.
- ¿Estás segura? - le preguntó Marta algo confusa.
- Claro, ¿por qué no?.
- Vale, pero sólo un rato.
Ambas entraron en el apartamento y Dácil se dirigió a la pequeña cocina seguida de
Marta. Abrió la nevera y cogió el único licor que tenía en el piso. Era licor de crema
catalana, uno de sus preferidos.
- ¿Quieres? - le ofreció a la rubia.
- Claro. Me encanta ese licor.
- A mí también.
Se sentaron en la pequeña mesa frente a dos vasos. Dácil miró a su amiga.
- ¿Puedo hacerte una pregunta?.
- Claro - contestó Marta un tanto dubitativa.
- ¿Por qué no sales con nadie?.
- ¿Cómo? - la pregunta la cogió por sorpresa.
- No sé. Te miró y veo una mujer muy guapa y sexy, y, sin embargo, estás sola. Ni
siquiera sé, si eres gay o no.
- Eso es algo que nadie sabe. ¿Por qué te lo voy a decir a ti? - de repente, estaba a
la defensiva.
- Tranquila, no pasa nada. No contestes si no quieres. Sólo me faltaba enfadarme
contigo hoy.
- Perdóname tu a mi. Yo lo sé todo sobre ti y tú no sabes nada de mí, ¿no?.
- Algo así. Pero no hace falta si no quieres. Total yo me iré dentro de un mes.
- Te echaré de menos. Espero que me escribas o me llames de vez en cuando.
- ¿Más llamadas? - se rió Dácil y miró a Marta - Yo también te echaré de menos,
guapetona. Te escribiré y te llamaré, las dos cosas - Dácil puso sus manos sobre las de
Marta y notó como está se ponía tensa. Decidió apartarlas.
- Tú te vas dentro de un mes, ¿verdad? - le preguntó Marta.
- Sí, te lo estoy diciendo - dijo Dácil bebiendo y vaciando el vaso que se había
servido.
- Entonces, no pasará nada si te lo cuento - se quedó pensativa.
- Puedes contarme lo que sea. ¿A quién se lo voy a decir?. Y, créeme, aunque pudiera
contárselo a alguien, sea lo que sea, nunca lo haría.
- Yo... estoy con alguien.
- ¿Cómo? - la confesión la cogió por sorpresa. Nunca veía a Marta con nadie en actitud
amorosa.
- Lo que oyes. Tengo pareja.
- ¿Desde cuándo?.
- Desde hace un año, más o menos.
- ¿Y, bien?, ¿quién es tu novio?.
- Novia, en realidad.
Dácil soltó sobre la mesa el vaso que se disponía a llevarse a los labios. Le entraron
ganas de reírse pero decidió que no era el momento, y aguantó.
- Así que estamos en el mismo lado, ¿eh? - no podía evitar sonreír.
- ¿Te hace gracia? - le preguntó seria.
- La verdad, sí. Pero, ¿por qué no me dijiste nada?. Si hay alguien que te puede
entender aquí, soy yo. Y no es un juego de palabras.
- Exacto, ahí está el problema. Sólo tú lo comprendes.
- Creo que no lo entiendo tanto, después de todo. ¿Nadie lo sabe?.
- No.
- ¿Me vas a decir quién es?.
- Es mi jefa.
- ¡Esa pedazo de morena con curvas de infarto!.
- Dímelo a mí - Marta miró a Dácil y ambas se rieron.
- Por lo menos, no tienes mal gusto.
- ¿Cómo es Tania?.
- Se parece a tu novia. También es morena de ojos azules. Pero mejor - le sonrió
burlonamente.
- ¿Por qué mejor? - sonrió Marta.
- Ella tiene mejor gusto que la tuya - se rió.
- Graciosa - Marta la miró a los ojos - Te brillan.
- ¿El qué?.
- Los ojos, ¿qué va a ser? - se rió un momento - ¿Qué pasó realmente, Dácil?.
- Besó a la amiga del gimnasio.
- ¿Cómo lo sabes?.
- Me lo dijo ella.
- Espera, espera. ¿Ella besó a la amiga y te lo dijo? - preguntó sorprendida.
- Más bien fue la amiga quien la besó a ella. O, al menos, eso me dijo.
- Y, ¿por qué te iba a mentir? - esta vez fue Marta la que cogió la mano de Dácil -
No tenía porque decirte nada de nada y, sin embargo, te lo dijo.
- Me dijo que quería tener una relación sincera conmigo.
- En mi opinión, eso la honra.
- De todas formas, creo que nos vendrá bien estar sin hablarlos durante este tiempo.
- Es arriesgado. Y más con esa amiga revoloteando por ahí - dijo Marta.
- Y, ¿ustedes dos cómo lo hacen?.
- ¿A qué te refieres? - preguntó Marta abriendo los ojos.
- Tranquila, mujer. Me refiero a que cuándo se ven y esas cosas. No debe ser fácil.
- Nos vemos siempre en su casa.
- ¿La quieres?.
- Más de lo que nunca pude imaginar.
- No pueden estar siempre ocultándose.
- Lo sé.
- ¿De qué tiene miedo?.
- No es ella, soy yo - dijo la rubia visiblemente avergonzada.
- ¿Cómo?.
- Ella quiere que salgamos por ahí. Que nos olvidemos de todo y vivamos nuestras vidas.
- ¿Y qué tiene eso de malo, Marta?.
- En mi caso, todo. Mi familia no sabe nada y mis amigos tampoco. Este es un pueblo
pequeño, ¿sabes?. No sé lo que serían capaces de hacernos. Son muy brutos.
- ¿Y por qué no se van a vivir a otro lado? - le preguntó Dácil - La vida es corta,
Marta. No se puede dejar de vivir sólo por el que dirán. Si tanto miedo tienes,
lárguense de aquí. Ella podrá abrir otra inmobiliaria, digo yo.
- Eso es justo lo que estamos sopesando.
- Pues es lo que deberían hacer.
Continuaron un rato hablando hasta que el sueño les pudo. Se despidieron y cada una se
quedó en su piso.
Se despertó demasiado temprano para ser sábado. La luz del sol aún era tenue y a penas
entraba por la ventana. La cabeza le daba vueltas, tanto por el alcohol de la noche
anterior como por Tania. Se debatió un par de horas entre volver a llamarla o no hacerlo.
Finalmente se levantó y cogió el teléfono situado en el salón.
- ¿Diga?.
- Hola Dani, ¿te he despertado?.
- ¡Dari!. Me alegra escucharte. No me has despertado aunque sigo acostada. Ahora mismo
pensaba llamarte.
- Me he adelantado, entonces.
- ¡Tengo un pedazo de notición! - el entusiasmo en la voz de su amiga era notable.
- ¿Qué ha pasado? - preguntó intrigada.
- ¿Cuándo vas a volver al final?.
- El 25 de mayo estaré ahí.
- No, vas a venir antes - dijo Daniela riéndose.
- ¿Por qué?, ¿se puede saber qué te pasa?.
- Estarás aquí el 16 de mayo.
- Me vas a decir por qué, pesada - comenzaba a impacientarse.
- ¡Me caso!.
- ¡¡¿Qué?!!, ¡¡¿qué has dicho?!!.
- Lo que has oído preciosa. Nos vamos a casar.
- ¿Pero quienes?.
- ¡Cómo qué quienes!, ¡Javi y yo!, quien va a ser.
- ¿En serio? - no salía de su asombro.
- Claro que es en serio.
- Me has dejado sin palabras, no sé que decir - dijo la rubia confusa.
- Creo que con felicitarme es suficiente.
- Por supuesto, felicidades.
- Gracias - contestó una voz masculina.
- ¿Javi? - preguntó Dácil con sorpresa.
- Quieres soltar el teléfono, tonto - oyó decir a Daniela - Dari, eres la primera que
lo sabe.
- ¿La primera?.
- Sí, me lo acaba de pedir ahora mismo.
- ¿Ahora mismo?.
- Bueno, hace un ratito.
- No, hace un par de horas - oyó decir a Javier riéndose.
- ¿Te quieres callar? - preguntó Daniela.
- Pero si no he dicho nada - dijo riéndose Dácil.
- No es a ti. Es al idiota este.
- ¡Así tratas a tu futuro marido!.
- Oye, si interrumpo algo, yo ya me doy por enterada, ¿vale? - dijo Dácil.
- No que va. Ya no interrumpes nada.
- Ah, ¿ya han terminado entonces?.
- Sí... - escuchó la risa de la rubia al otro lado - ¡Serás guarra!.
- Y dime... - logró decir Dácil - ¿dónde es?.
- Será en la iglesia de Buenavista. Queríamos en el albergue pero aún no está
operativo.
- ¡Vaya, qué romántico!.
- Hablando de romanticismo, ¿qué tal con Tania?.
- No quiero hablar de eso, ahora - dijo apagando su tono de voz.
- ¿Qué ha pasado? - preguntó preocupada la morena.
- Nada grave, no te preocupes. Te lo cuento otro día. Tú disfruta del momento, ¿vale?.
- ¿No me lo vas a contar?.
- Hoy, no. Pero tranquila, no estamos enfadadas ni nada de eso. Anda cuelga ya. Y
cuidadito con ver al novio demasiado que trae mala suerte.
- Creo que ya es tarde para eso.
- Ah, ¿quién es la guarra ahora?.
- ¡Cuidadito de lo que dices de mi futura esposa!.
- Dile a ese que se calle o hablo con su futura suegra - chilló Dácil.
- Vale, ya me callo - se rió Javier.
- ¿De verdad que estás bien? - volvió a preguntar la morena preocupada por su amiga.
- De verdad de la buena, boba. Ya hablamos más adelante y me cuentas con más detalle,
¿ok?.
- Vale. Te quiero, guapa.
- Y yo a ti.
- Yo también te quiero preciosa - se rió Javi.
- ¡Cuánto amor se respira en el aire! - bromeó Daniela.
- Hasta luego, tortolitos.
- Hasta luego - dijeron a dúo.
Capítulo XV
Era imposible llegar a tiempo para la ceremonia religiosa. Había empezado hacía quince
minutos y aún les quedaba una hora de camino. Marta intentaba arreglarse un poco el
maquillaje mientras Dácil conducía atenta a las señales para no despistarse. Aunque
había estado varias veces en esta parte de la isla nunca había conducido ella, y no
estaba segura de saber bien el camino.
Llevaba apuntado en un papel las indicaciones que Daniela le había dado por teléfono.
Incluso le explicó dónde era la casa de los suegros, los padres de Javier, dónde se
celebraría el banquete y la fiesta, más tarde. Se alegraba de haberlo anotado pues
irían directamente a la casa. Estaba nerviosa y no sólo por llegar tarde sino por
volver a verla. Se moría por volver a ver sus ojos. Por perderse en su mirada azul. Más
aún, se moría por besarla. Sentir sus suaves labios por primera vez.
- ¿Estás segura de conocer el camino? - preguntó Marta.
- Creo que sí. De todas formas está bien señalizado.
- Es la primera vez que estoy en esta parte de Tenerife. Es diferente. En realidad, es
precioso el paisaje.
- Espera a ver Masca y la zona de Teno.
- ¿Lo vamos a ver hoy?.
- Hoy no pero ya te llevaré algún día - dijo Dácil sonriendo.
- Oye, gracias por invitarme. Me hacía falta salir de allí.
- Siento lo que ha pasado con tu novia.
- No pasa nada. Ha sido culpa mía.
- Perdona que te lo diga, pero creo que te ha hecho un favor y aún no lo sabes.
- Lo sé, créeme. Por fin he podido hablar con mis padres y con mi hermano. ¿Sabes que
mi hermano lo sabía?.
- ¿Cómo podía saberlo? - preguntó Dácil extrañada.
- No lo sabía, en realidad. Pero lo intuía. No le cogió por sorpresa. Supongo que me
conoce mejor de lo que yo pensaba.
- Suele pasar - sonrió Dácil.
- Sin embargo, le echo daño, Dácil.
- Tienes que hablar con ella.
- Lo sé.
- ¿Sabe dónde estás?.
- Le dejé una carta explicándoselo todo. Incluso le pedí disculpas.
- ¿Qué le dices en esa carta?. Si se puede saber, claro.
- Le he abierto mi corazón y espero que sepa verlo. Le digo cuanto la amo. No podría
vivir sin ella, ¿sabes?.
- Creo que sé como te sientes.
- ¿No estás nerviosa?.
- Yo, no. ¿Por qué? - apartó la vista de la carretera un segundo para mirarla de reojo
- Estoy cardiaca. Me muero por volver a verla.
- ¿Sabes qué le dirás?.
- Lo llevo pensando todo el viaje, pero es inútil. Sé que cuando la tenga frente a mí,
no voy a poder decir ni la cuarta parte de lo que he pensado.
- Tengo ganas de conocerla.
- Y yo de que la conozcas.
- ¿Crees que he hecho bien viniendo?. Debería haberme quedado con Elisa.
- No le des más vueltas. Sólo será un fin de semana, el lunes ya estarás allí otra vez.
- Tienes razón, supongo - de repente, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
- ¡Eh!, ¿qué te pasa? - preguntó Dácil cogiéndola de la mano.
- ¿Cómo pude abofetearla?. Soy una cobarde.
- Siento decirte que en eso tienes razón.
- No supe reaccionar. Estaba allí en la fiesta de Jaime con todos mis amigos. La llevé
como a una amiga más y, de repente, me da un tremendo beso delante de todos. Sentí el
silencio a mi alrededor. Sólo pude fingir que a mí no me gustó, que yo no era así. -
sollozaba mientras hablaba - Fui una cobarde. Una imbécil cobarde.
- Pero te diste cuenta de eso. Al final lo confesaste. Todas pasamos por algo así,
tarde o temprano, ¿sabes?.
- Ya, pero ella no estaba allí para verme o para oírme. Salió sin decir nada, sin
correr, caminando normal. Eso me demostró lo que le había dolido.
- Tranquila. Todo saldrá bien.
- No lo sé, Dácil - el llanto se hizo más fuerte.
- ¿Qué pasó con tu familia?.
- Aún es pronto. Tendrán que acostumbrarse poco a poco. De todas formas me gustaría
vivir con ella lejos de allí, eso también se lo puse en la carta - sollozó - Si es que
me sigue queriendo.
- ¿Cómo no te va a querer?. Le costará un poco pero acabará perdonándote. Ya lo verás.
Parece buena persona e inteligente.
- Y lo es. Tiene un corazón de oro - dijo Marta con claro signo de admiración en su
voz.
- Oye, ¿qué decía ese cartel?.
- ¿Cuál? - Marta abrió los ojos y empezó a mirar a un lado y al otro de la carretera.
- Espero estar en el camino correcto.
- ¿Qué hora es?. Ya está anocheciendo, deben ser las siete.
- Las siete menos diez.
- Ya habrá terminado la ceremonia. Tendremos que ir directamente a la casa - dijo
Dácil con resignación.
- ¿Está también en Buenavista?.
- Es un poco más arriba, en El Palmar. De día es muy bonito, ya lo verás. Coge el
papel donde apunté la dirección y léemelo, por favor. Espero haberlo apuntado bien.
*****
Unas 100 personas se agolpaban a la entrada de la iglesia dónde los novios, convertidos
ya en matrimonio, acababan de salir. Uno a uno los fueron felicitando. Tania permanecía
apartada del gentío, mirando una a una las caras de los invitados. Buscaba una en
especial pero no la veía por ninguna parte. Se preguntaba si sería capaz de recordarla
cuando una voz la devolvió a la realidad.
- ¿No piensas felicitar a mi hermano? - preguntó Carlos.
- ¿Sabes la cantidad de veces que lo he felicitado ya?, ¿dónde está la imbécil de tu
novia? - le preguntó sonriendo.
- La imbécil de su novia te ha oído. Y ha de decirte que pronto dejará de serlo - dijo
Cristina, que se incorporaba al dúo, sonriendo.
- ¿El qué, imbécil? - preguntó con sarcasmo Tania.
- ¡Graciosa!. No, novia. También vamos a casarnos - dijo abrazando a Carlos.
- ¡Dios mío!, ¿es qué ya nadie vive en pecado?, ¿a dónde vamos a llegar? - dijo Tania
riéndose - ¡Esto es una epidemia!. Y a ver, ¿cuándo va a ser ese gran día?.
- En septiembre - dijo Carlos.
- Felicidades chicos - dijo la morena abrazándolos a los dos - Me alegro un montón.
- ¿Seguro?. Vas a tener que vestirte de largo.
- Ah, no, Cris.
- Ah, sí, Tan - dijo su amiga - Serás la madrina.
- Sabes que no me gustan nada esas cosas.
- Por eso mismo - dijo Cristina sonriendo con picardía.
- ¡Asquerosa!.
- Y bien, ¿dónde está? - preguntó Carlos mirando entre la gente.
- Creo que no ha venido - en su tono se notaba la decepción.
- ¿Qué dices?, ¿cómo no va a venir?. Es la boda de su mejor amiga - dijo Cristina.
- Claro que viene. No seas tonta - dijo Javier sonriendo.
- ¡Eh!, ¿cómo va eso? - le preguntó Carlos a su hermano - Te noto distinto.
- Soy un hombre nuevo, tío. Ahora soy el cabeza de familia.
- No. No es eso. Creo que sé a lo que se refiere tu hermano - dijo Tania mirándole con
falsa atención - Tienes cara de hipoteca.
- ¡Qué graciosos están todos!.
- ¿Dónde está la condenada, es decir, tu esposa? - dijo Cristina sonriendo.
- Vale ya. Vamos a ir a sacarnos las fotos de rigor. ¡Como odio eso!. Deberían ir para
la casa. Ya la gente se está yendo.
- Vamos para allá, entonces - dijo Cristina llevándose a Tania y a Carlos, uno a cada
lado.
Media hora más tarde llegaron a la casa. Carlos dejó el coche en el garaje ya que era
la casa de sus padres, y tenía sus privilegios.
- Así da gusto venir a una boda, ¿eh?. Con garaje y todo - sonrió Cristina.
- A mí lo que más me ha gustado es que no se exigiese etiqueta ni nada de eso. Ir a
una boda en vaqueros para mí es lo mejor que hay.
- Pues con la nuestra lo llevas claro - le dijo Cristina.
- No me lo recuerdes.
- Mis padres son sencillos. No le gusta nada eso de vestirse de largo. Por eso
decidieron hacer el banquete aquí. Hay hasta una barbacoa, ahí detrás.
- Ah, estupendo. Me muero de hambre - dijo Cristina abrazando a Carlos mientras
entraban en la casa.
Serían unos 50 invitados al banquete y la mayoría había llegado ya. Quisieron una boda
lo más sencilla posible y Tania se alegraba por ello. La casa no era demasiado grande
pero disponía de un jardín enorme detrás, dónde habían dispuesto las mesas y toda la
comida. La gente parecía agradable. Algunos llevaban guitarras y ya habían empezado a
cantar para alegría del padre de Javier que, sin dudarlo, se unió al grupo con una copa
de vino en la mano. "Empezamos pronto" - pensó Tania y sonrió.
Se sentó en una de las tres mesas alargadas de madera, junto a sus amigos. No dejaba de
mirar a cada persona que veía. Pasado un rato se conocía las caras de todos los
presentes. Y ninguna era ella. En su cara se notaba la decepción.
- ¿Cuánto haces que no hablas con ella?.
- ¿Dónde está Carlos? - le preguntó Tania.
Cristina señaló, con cara de resignación, hacia el grupo de guitarras. Vio a Carlos
junto a su padre dispuestos ambos a empezar una nueva canción.
- Creo que son tal para cual - sonrió Cristina.
- Sí, tu quéjate, pero se te cae la baba - sonrió Tania.
- No puedo evitarlo, tía - Cristina dejó de babear con su novio y volvió la mirada
hacia su amiga - No me has contestado.
- Un mes, más o menos.
- ¿Qué le vas a decir?.
- Nada porque no va a venir. Creo que ya no quiere verme. La he perdido.
- Eso no es verdad - la animó Cristina.
- Tienes razón, Cristi. No se puede perder lo que nunca se ha tenido.
- No me refiero a eso, idiota. Ella te quiere. Te lo ha dicho.
- Hace tiempo ya de eso.
- ¿Tú la sigues queriendo?.
- Siempre la he querido. No quería decírselo por teléfono y eso ha sido mi perdición -
Tania bajó la mirada y una lágrima rodó por su mejilla.
- Ah no, señorita. De eso nada. ¿Te vas a poner a llorar en una boda? - la abrazó.
- No puedo evitarlo.
Cristina miró a su alrededor y vio como algunos se estaban dando cuenta de la situación.
Decidió llevarla dentro y le hizo señas a Carlos. Este la vio y asintió con semblante
serio, indicándola que la llevara a su cuarto.
*****
- ¡Aja!. Ya hemos llegado - dijo Dácil, feliz por haber localizado la casa.
- Y sólo hemos tardado unas dos horas - dijo Marta con sarcasmo - Lo tuyo no es tomar
notas, ¿eh?.
- ¿Hemos llegado o no? - le contestó sonriendo - Venga, no perdamos más tiempo.
- ¿Tienes prisa?.
- ¿Tú qué crees?. Necesito verla.
Salieron del coche y caminaron un poco hasta llegar a la puerta principal. Toda la
carretera estaba plagada de coches aparcados a ambos lados, así que tuvieron que dejar
el coche unos metros más atrás.
- Oye, yo no conozco a nadie. ¿Qué hago cuándo estés con Tania? - le preguntó la rubia
algo nerviosa.
- Tranquila, no estarás sola - "Espero habérselo explicado mejor a la jefa. Si no, no
encontrará nunca este lugar" - pensó Dácil sonriendo.
- ¿Por qué sonríes así? - le preguntó Marta extrañada por la expresión de su cara.
- Por ver a Tania. Sólo por eso.
- ¡Ey!, ¡las rubias! - la voz de Daniela sonó alta y radiante.
Ambas se giraron sorprendidas y vieron a la pareja que les saludaba dentro de un
flamante mercedes negro que se dirigía al garaje de la casa. Se acercaron para
felicitarles.
- ¡Qué pedazo de novia más guapa! - dijo feliz Dácil - ¿No te vas a cambiar?.
Javier y Daniela bajaron del coche aún con los trajes de novios. Llegaban de sacarse
las fotos para el álbum y sus caras estaban radiantes. Daniela le dio un fuerte abrazo
a Dácil cubriéndola de besos.
- ¡Eh!. Que tu marido se va a mosquear - se rió.
- Tan pronto me vas a poner los cuernos. Mujer, espera a que por lo menos terminemos
el banquete - Javier miró a Marta - Tú debes de ser Marta, ¿no?.
- Sí, y tu Javier.
- El mismo. ¿Cómo lo has sabido? - se miró a si mismo de arriba abajo sonriendo.
- Intuición femenina - sonrió Marta.
- Además de guapa , simpática - Javier recibió una mirada de reojo de Daniela.
- ¿Qué?. Si tu me pones los cuernos con una rubia yo también puedo hacer lo mismo, ¿no?.
- Vete a cambiarte ya, anda - Daniela le dio una palmada en el trasero.
- Así me gusta. Que sepa quién manda - dijo Dácil riéndose. Recibió otro abrazo de
Javier y lo felicitó una vez más.
- Hola Marta - saludó Daniela - Por fin nos conocemos. Ya tenía ganas.
- Y yo.
- Venga todo el mundo pa' dentro - miró a Dácil - No la hagas esperar más.
- Nos fue imposible ir a la iglesia.
- Lo sé tranquila. Lo importante es que están aquí - le sonrió Daniela.
- Y aún no sé cómo - dijo Marta.
- ¿Es qué se han perdido?.
- Dejémoslo y vayamos a comer - Marta le guiñó un ojo Dácil.
Daniela entró por el garaje, con cuidado de no manchar el traje, mientras que ellas
se dirigieron a la puerta principal que ya había abierto Javier. Entraron en un amplio
recibidor. A la izquierda habían unas escaleras de madera que comunicaban con la
segunda planta y un pequeño pasillo, en cuyo final, debía de estar la cocina por los
olores que de allí salían. Frente a ellas estaban abiertas unas grandes puertas
correderas de cristal que mostraban un gran salón. Algunas personas se encontraban allí
sentadas o de pie hablando. La mayoría eran personas mayores para las que, seguramente,
hacía demasiado frío fuera.
Un señor muy amable les indicó que pasaran por allí. Y les señaló las mesas que estaban
dispuestas en la parte de atrás. No se veían demasiadas personas así que Dácil pensó
que no sería difícil verla. Las piernas le temblaban de sólo pensarlo.
- Hola, tú eres Dácil, ¿verdad? - preguntó un chico de mediana estatura y moreno.
- Sí, soy yo.
- Hola, soy Carlos.
- Hola Carlos. Ahora que te veo si recuerdo un poco tu cara del albergue.
- Vaya, pues tienes memoria fotográfica. Yo no puedo acordarme de la tuya.
- Ella es Marta.
- Hola Marta - sonrió.
- Hola - contestó la rubia tímidamente.
- Vamos a sentarnos - miró a su alrededor - No veo a las chicas pero seguro que
aparecerán de un momento a otro.
- ¿Chicas? - preguntó impulsivamente Dácil.
Carlos se limitó a sonreír y se sentó con ellas a la mesa.
*****
Llevaban un rato en la habitación y Cristina comenzaba a impacientarse. Los dormitorios
estaban en la planta alta y el cuarto de Carlos daba para el jardín.
- ¿Estás mejor? - preguntó Cristina a su amiga.
Ambas se encontraban sentadas en la cama. Tania asintió con la cabeza y se dirigió a la
ventana. Apartó un poco las cortinas para poder mirar al gentío que no paraba de comer
ni de cantar. Su corazón dio un vuelco al verla sentada en una de las mesas. La localizó
al instante. Su pelo rubio era inconfundible si no fuera por la otra cabellera rubia
que se sentaba a su lado.
- ¿Qué pasa? - preguntó Cristina levantándose al no obtener respuesta de la morena -
Vaya, que guapa está. ¿Ves cómo ha venido, tonta?.
- Pero, no está sola.
- Claro que no. Esa es Marta, la amiga suya de Fuerteventura.
Tania se apartó de la ventana y volvió a sentarse.
- Se puede saber que te pasa ahora.
- No sé, las veo muy juntas. Se estaban riendo y...
- ¿Y qué? - le encaró Cristina - Seguro que está buscándote.
- No lo parecía.
- Mira que eres pesada. ¿Quieres qué hable yo con ella?.
- Podrías. Me darías tiempo para pensar.
- Pareces una chiquilla de quince años, por dios. Vale voy a bajar , ¿y tú qué?.
- Bajaré dentro de un rato.
- ¡Qué va!, ¡Yo no puedo contigo!.
Cristina salió de la habitación y bajó las escaleras, dirigiéndose al jardín. Sin
embargo, se quedó dentro del salón y con la mano llamó a Carlos. Este la vio y fue a su
encuentro. Hablaron durante un momento y, después, se dirigieron a la mesa dónde las
dos rubias comenzaban a comer algo.
- Chicas, esta es Cristina, mi novia - dijo Carlos.
- Hola, yo soy Marta .
- Y yo soy...
- Dácil, ¿quién si no?. Tenía ganas de conocerte.
- Y yo a ti.
- Oye, Daniela quería hablar contigo de no sé qué - le dijo Cristina a Dácil - Carlos
te quedas con Marta, ¿verdad?.
- Por supuesto - dijo sonriendo y guiñando un ojo a su novia.
Cristina llevó a Dácil al interior de la casa. La rubia comenzó a subir las escaleras
primero. En ese momento, Daniela salía de la cocina, y Cristina la vio. Le hizo señas
apresuradas para que no saliese aún y que después le contaría. La morena se extrañó
pero le hizo caso. Ya se enteraría más tarde.
- ¿Qué pasa? - preguntó Dácil, cogiendo a Cristina con las manos en alto.
- Nada, saludando a unos amigos - le contestó.
- ¿Dónde está Daniela?.
- Ahí dentro - dijo Cristina señalando la puerta cerrada de la habitación de Carlos -
Entra sin miedo.
- ¿Tú no vas a entrar? - le empezaba a parecer extraño todo esto.
- A mí no me necesita - sonrió la morena - Yo me voy abajo con los demás.
Capítulo XVI
Tania reunía fuerzas en el interior del cuarto. No sabía que iba a decirle. La volvió a
ver y todos sus sentidos le recordaron lo que sentía por ella. Estaba más guapa que
cuando la conoció. Más guapa que en la foto que le había enviado.
Se levantó para mirarla nuevamente a través del cristal antes de bajar y enfrentarse a
ella. Se extrañó de ver sólo a Carlos y a Marta. No había rastro de Dácil por ninguna
parte pero tampoco de Cristina. "Estarán en la cocina, a lo mejor" - pensó. Aprovechó
el momento para fijarse en Marta. Era una mujer guapísima. De eso no cabía la menor
duda. Su largo pelo rubio era precioso y parecía tener los ojos claros, aunque a esa
distancia no podía asegurarlo. El ruido de la puerta del cuarto al abrirse la sacó de
sus pensamientos y se giró, para ver con estupor como Dácil aparecía tras ella.
- ¿Qué pasa D...?.
No pudo terminar la pregunta al ver la figura alta y morena que la miraba junto a la
ventana. Durante unos eternos segundos ninguna supo que decir. Permanecían, allí de pie,
sin reaccionar y sin apartar la mirada la una de la otra. Dácil fue la primera en
recuperar el habla.
- Tania.
- Hola Dácil.
- Te estaba buscando. ¿Qué haces aquí arriba?.
- ¿Me buscabas?.
- Sí.
Dácil cerró la puerta y volvió a mirar los azules ojos de la morena. Tania buscaba las
palabras en su mente pero sólo una le volvía una y otra vez a sus labios. Se apartó de
la ventana y se acercó despacio a Dácil, sin apartar por un momento la mirada de
aquellos ojos verdes que tanto había ansiado. La rubia, a su vez, también caminó hasta
que ambas se encontraban, cara a cara, en el centro de la habitación.
- Perdóname.
La palabra salió como un susurro entre sus labios. Dácil pudo escucharla con claridad,
aún así, quiso asegurarse.
- ¿Cómo?.
- Silvia quería algo conmigo y yo fui una imbécil. No me di cuenta. Aquel beso...
Dácil cogió su cara con ambas manos y con decisión la besó. Un cosquilleo recorrió el
cuerpo de ambas. Apretaron sus labios antes de volver a separarse.
- ¿Qué decías? - preguntó Dácil con dulzura.
- Que aquel beso... - necesitaba decirlo pero no la dejó.
Esta vez fue más profundo y la rubia saboreaba aquellos labios como si de caramelo se
tratase. Era lo más dulce que nunca había probado y no lo iba a dejar escapar así como
así. Tania tomó las riendas de la situación y se separó para mirarla fijamente a los
ojos.
- ¿Qué pasa? - preguntó Dácil sorprendida.
- Ahora ya puedo decirlo - dijo la morena con una dulce sonrisa.
- ¿El qué?.
- Te quiero.
Las piernas de la rubia comenzaron a temblar y dejó de respirar durante un segundo. Al
ver la sorpresa en su cara, Tania volvió a besarla con una pasión como nunca había
sentido. La estrechó entre sus brazos y, poco a poco, Dácil fue dejándose llevar. Sus
manos recorrían la espalda de la morena mientras sus labios no dejaban de unirse una y
otra vez, hasta que les tocó el turno a sus lenguas. El deseo crecía por momentos de
manera incontrolable hasta que la rubia se separó.
- Espera, esp...
Los labios de la morena cubrieron nuevamente los suyos impidiéndola hablar. Luchando
consigo misma volvió a separarse.
- Estamos en una boda, ¿recuerdas?. Esta no es nuestra casa.
- Mierda, es verdad - se lamentó la morena.
- Eh, no me gusta que digas eso. No quiero salir con alguien que habla así - Dácil
sonrió repitiendo las palabras que una vez le dijera la morena.
- ¿Ah, no? - Tania la abrazó por la cintura - ¿Y con quién quieres salir?.
En ese momento, escucharon deslizar un sobre por debajo de la puerta. Ambas se
sorprendieron y Dácil dejó los brazos de Tania para recogerlo. En el sobre ponía:
"Para la pareja". Abrió el sobre y la rubia leyó:
"No se preocupen por la boda y tampoco se preocupen por que alguien entre. Como
suponemos que no se han fijado, la puerta está cerrada con llave, así que ni pueden
salir ni nadie puede entrar. Carlos les regala la habitación por esta noche. Tampoco se
preocupen por los padres, la voz de mi padre/suegro es inconfundible y seguro que ahora
la oyen. Mi madre/suegra no se despega de él. Aprovechen el tiempo como quieran. Pero,
eso sí, no hagan nada que nosotros no haríamos."
FDO: Javier y Daniela.
"P.D.: Dácil no te preocupes por Marta. Quién tu sabes ha venido."
- ¿Qué significa eso? - preguntó Tania extrañada.
- Creo que nos han regalado la habitación - la miró a los ojos - Para lo que queramos.
- Ya. Pero, ¿qué eso de Marta?.
- Es una historia larga. Te la contaré luego - la volvió a mirar con picardía.
- ¿Luego de qué? - preguntó la morena con falsa inocencia.
La rubia se dejó caer sobre la cama y se echó boca arriba. Con un dedo llamó a la morena
que aceptó la invitación con agrado. Suavemente pegó su cuerpo al de Dácil sintiendo
cada punto nuevo en que se unían. Comenzó a besar suavemente y despacito la cara de la
rubia mientras esta acariciaba cada trozo de piel de la morena que quedaba a su alcance.
Rozó con su lengua los labios de la rubia aumentado la libido de ambas. Se incorporó
sentándose sobre sus caderas. Sin dejar de mirarla se desabrochó uno a uno los botones
de su camisa y se la quitó con suavidad, dejándola caer al suelo. La rubia se incorporó
a su vez y comenzó a besarle por el cuello y el busto. Tania sujetó su cara y la obligó
a mirarla para seguidamente besarla con pasión.
Dácil desabrochaba con destreza el sujetador de Tania y lo tiraba a un lado. Al mismo
tiempo, y sin dejar de besarla, la morena la desnudaba a ella quitándola finalmente su
propio sujetador. La rubia luchaba por poner a la morena debajo. Le costó pero lo logró.
Una vez acostada comenzó a desabrochar los ajustados vaqueros, bajándolos junto con sus
bragas. Cuando la tuvo completamente desnuda se paró un momento para observarla. Tenía
un cuerpo fantástico y su ropa no le hacía justicia. Se terminó de desnudar ella misma
con cierta prisa. El deseo era cada vez más fuerte y no podía ni quería frenarlo. Por
fin, era suya. Por fin, podría tenerla, sentirla y amarla con toda su alma y todo su
ser.
Dos cuerpos femeninos desnudos luchaban sobre el colchón por poseerse el uno al otro.
La morena se giró quedando nuevamente sobre la rubia. Bajó su boca hacia los erectos
pezones y lamía uno mientras con la mano apretaba el otro. Siguió besando aquellos
pechos mientras deslizaba su mano derecha hacia el centro de la rubia, el cual desde
hacía un rato se encontraba completamente empapado. Introdujo un dedo en su interior y
lo movió. Levantó la cabeza para observar la cara de su amante. En realidad, no era
necesario, pues sus gemidos eran señal de su aprobación. Aquellos sonidos la estaban
volviendo loca y todo su cuerpo se estremecía.
- Schsss - le dijo suavemente - Contrólate. Los de abajo cantan fuerte pero no tanto.
- No puedo. Es tan... es tan... - no encontraba las palabras y el deseo era tan fuerte
que le nublaba la razón - No te pares.
- ¿Quieres otro? - le preguntó acercándose a su oído.
- Sí.
La besó e introdujo un segundo dedo, moviéndolo con más fuerza. Los gemidos de la rubia
eran demasiado fuertes y temía que se pudieran oír, así que decidió taparle la boca con
la otra mano. No fue por mucho tiempo pues Dácil sintió el orgasmo casi inmediatamente.
Su cuerpo se tensó y se convulsionó durante un momento. La morena no dejaba de mirarla.
Su cara era el reflejo del placer y estaba más guapa que nunca.
- ¿Cómo estás? - le preguntó.
- En el cielo - la rubia se abrazó a ella y volvió a besarla - Ahora me toca a mí.
- Escucha.
- ¿Qué? - prestó atención - No oigo nada.
- Exacto, no están cantando -.
Unos golpes en la puerta las sobresaltaron.
- Chicas.
La voz de Cristina se escuchaba como un susurro. Tania se levantó y se acercó a la
puerta.
- ¿Qué pasa, Cris?.
- No quiero interrumpir pero van a partir la tarta y sería raro que no estuviera
ninguna - dijo en voz baja - ¿Pueden bajar?.
- Enseguida bajamos, no te preocupes.
- Vale. Oye tengo que abrir y darte la llave. Sino no podrán salir.
- De acuerdo.
Cristina giró la llave y abrió la puerta lo suficiente para pasar la mano por ella y
dar la llave. No le apetecía nada ver aquel panorama. No tenía nada en contra pero
verlo, eso era otro cantar.
- Gracias - dijo Tania.
- Por favor, no tarden.
- Ya Dácil está casi vestida.
- Vale, vale. No me des detalles.
Tania escuchó a Cristina bajar las escaleras y se rió. Dácil había escuchado toda la
conversación . Tenía puestos los pantalones y se abrochaba el sujetador. La morena se
acercó y la abrazó por detrás.
- Hola.
- Vístete, que se van a mosquear - sonrió la rubia girándose para mirar a los ojos
azules - No he podido terminar contigo.
- Tranquila lo harás - le sonrió con picardía y se despegó de ella recogiendo sus
propios pantalones.
- ¿A qué te refieres? - Dácil terminaba de vestirse poniéndose las botas. Le parecía
que había algo más detrás de esas palabras.
- Espera la estoy buscando - dijo Tania que se había puesto los pantalones y buscaba
algo en los bolsillos.
- ¿El qué?.
- ¡Aja!. Aquí está.
De su bolsillo sacó una pequeña llave que blandía en el aire para sorpresa de la rubia.
- ¿Qué es eso?.
- Una llave.
- Ya veo que es una llave - Dácil se acercó a Tania - ¿De qué?.
- Del paraíso.
- ¿Cómo?.
- No te lo he dicho pero mi hermano tiene una casita rural muy cerca de aquí. Este fin
de semana me la ha dejado - dijo la morena sonriendo y volviendo a abrazar a Dácil.
- ¿En serio? - los ojos verdes le brillaban.
- Sí.
- Entonces, ¿qué hacemos aquí?.
- Bueno, esto tiene su morbillo - le guiñó un ojo.
- ¿Cuándo nos vamos? - la besó nuevamente - Tengo ganas de ti.
- ¡Uau!. Me apetece comerme algo dulce y no estoy pensando en la tarta precisamente.
Esta vez Cristina no aguantó y al comprobar que la puerta no estaba cerrada con llave,
la abrió. Se encontró con la pareja abrazada y besándose. Dácil estaba totalmente
vestida mientras que Tania aún permanecía desnuda de cintura para arriba. Se tapó los
ojos con la mano y les gritó lo más bajo que pudo:
- ¿Quieren bajar ya?. ¡Están empezando a preguntar!.
- Vale. Ya está. Puedes mirar. Ya me estoy poniendo la camisa - se rió la morena.
- Oye, ¿y Marta? - preguntó Dácil.
- Yo que sé. Aquí todo el mundo desaparece. Ha venido alguien y se ha ido. Pregúntale
a Daniela.
- No hace falta. Me alegro por ella.
- ¿Por qué? - preguntaron casi a la vez Tania y Cristina.
- Bajemos ya. A mí si me apetece algo de tarta.
Salieron del cuarto y bajaron las escaleras. Todo el mundo andaba por la casa con un
plato de tarta en la mano. Las tres se dirigieron al jardín. Los cantores habían vuelto
a las andadas y el sonido de las guitarras inundaba el lugar. En el centro Daniela
seguía repartiendo trozos del gran pastel. Ambas se acercaron a ella y Cristina se
sentó junto a Carlos.
- Vaya. Deben de tener hambre - La recién casada les guiñó un ojo.
- Oye, ¿sabes tú algo de la tal Marta? - a la morena le empezaba a intrigar todo esto.
- ¿Algo cómo qué? - preguntó inocentemente Daniela mientras le servía un trozo de
pastel en un plato y se lo acercaba a la morena.
- Ya te contaré, pesada - le sonrió Dácil.
Tania miró el trozo de pastel de su plato y después miró a Dácil. Justo en el momento
en que Daniela le daba un plato con tarta a la rubia, esta puso la mano delante.
- ¿Nos podrías guardar un par de trozos para más tarde? - le preguntó sonriendo Tania
mientras cogía la mano de una sorprendida Dácil.
- ¿Más tarde?.
- Sí, por ejemplo - le guiño un ojo a su amiga - Para mañana.
- Claro - Daniela miró a una y después a la otra - Largaos - les sonrió.
La pareja salió, no sin antes despedirse de sus amigos, rumbo al coche que Dácil había
dejado aparcado fuera. Entraron y lo puso en marcha.
- ¿Sabrás dónde es, no? - le preguntó Dácil una vez se incorporó a la carretera.
- En realidad, nunca he estado allí.
- ¿Cómo?.
- Tranquila, apunté el recorrido en este papel.
- ¿Un papel?, ¡Oh, dios mío!.
FIN