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IDENTIDAD
Por: Nira
Me quedé completamente inmóvil sin poder apartar la vista de ti. El tiempo se detuvo
para mí, igual que mi respiración. Todo a mi alrededor dejó de existir y sólo estábamos
tú y yo. Te vi desaparecer en el portal, con los ojos clavados en la puerta que se
cerraba a tu paso.
Desde hace 10 años has sido el fantasma de mi vida. Te he llevado conmigo, fuera donde
fuera e hiciera lo que hiciera. Pero por mucho que lo intentara no podía tocarte. Aún
así te veía. Siempre te veía en mi interior. Te he sentido y te siento dentro de mí
como si formaras parte de todo lo que soy. Y, en cierto modo, es así. Lo que soy te lo
debo a ti. Lo que siento ahora, te lo debo sólo a ti.
Durante un instante fugaz aquel fantasma cobró vida. No he sabido nada de ti en todos
estos años y de la manera en que te fuiste no era descabellado pensar en tu muerte. Mi
mente así lo creía más mi corazón se lo negaba una y otra vez.
Ahora nada de eso importa. Allí estabas, entrando tranquilamente en el portal, ajena a
lo que estaba ocurriendo tan sólo unos metros atrás. Desapareciste tras la puerta y por
mi mente pasó la idea y el deseo de correr hacia ti. Decirte que por fin te había
encontrado y que mi amor seguía intacto, igual que el primer día. Deseaba volver a
tocarte, volver a mirarme en tus ojos y perderme en ellos para siempre. En vez de eso
me quedé inmóvil. Algo me impedía ir hacia ti. Ese mismo algo que me obligó a volver
sobre mis pasos y entrar en mi propio portal.
El destino es, en ocasiones, cruelmente irónico. Diez años preguntándome dónde estarías,
con quién y si serías feliz. Sólo tenía que cruzar la calle, mi calle, donde vivo desde
hace cuatro años, para encontrar la respuesta.
Si lo pienso bien no debería extrañarme pues así fue como te conocí. Necesitaba alguien
a quien amar y sólo tenía que subir un piso para encontrarlo. Justo encima de mí. Es
irónico, todo esto es cruelmente irónico.
Hace un mes que te vi y no dejo de mirar tu portal. Sin embargo, no te he vuelto a ver.
Ya no sé que hacer. He averiguado que vives en la segunda planta pues te asomaste a la
ventana durante un breve momento hace dos semanas. Te miraba pero no me vistes. Esa
cabeza rubia era inconfundible para mí. Tantas y tantas veces la acaricié y tantas y
tantas veces la besé que acabé memorizando cada centímetro.
Hay algo que sí puedo hacer y lo haré. Dejaré que el destino haga el resto. Espero no
interrumpir tu vida o estorbar en tu felicidad. Si es así, perdóname. Si sé que eres
feliz será suficiente para guardar todo mi amor en una maleta y llevarla como compañera
de viaje durante el resto de mi vida.
*****
Era sábado por la mañana y se permitió el lujo de dormir hasta el mediodía. Escuchó
ruido de cacharros procedentes de la cocina y se dirigió hacía allí desperezándose.
- Buenos días - dijo saludando a su compañera de piso que vaciaba un paquete de
spaghetti en el interior de un cazo, lleno de agua hirviendo.
- Buenas tardes, será. Dormilona.
- Es sábado, no me eches la bronca, Mari - Acentuó el nombre pues sabía que a su
compañera y amiga no le gustaba nada que la llamaran así.
Marisa la miró de reojo un momento y volvió la vista hacia el cazo, fijándose que todos
los fideos estuvieran en su interior.
- ¿Qué estás...?, no, no me lo digas, los sábados es el día del spaghetti, ¿verdad?
- Veo que ya me vas conociendo. No es por nada, es que no me apetece cocinar los sábados
y esto es fácil y rápido, ¿prefieres otra cosa?
- Es usted muy amable pero sabes que me encanta el spaghetti.
- Lo sé.
- Entonces es que tú también me vas conociendo.
Verónica le sonrió mientras salía de la cocina en dirección al baño. Algunas personas
no reaccionan hasta tomarse un café después de levantadas. El café de la pelirroja era
la ducha.
Marisa lo sabía y sonrió mientras daba vueltas a la fritura que cocinaba en la vieja
sartén. Se sorprendía de lo bien que se llevaban cuando sólo hacía un mes que se
conocían. Aún no entendía que la impulsó a contestar a aquel anuncio en la prensa. Su
desconfianza natural era completamente contraria a la idea pero era el momento idóneo.
Necesitaba urgentemente un cambio de aires y cuando escuchó la dulce voz de Verónica a
través del teléfono, supo que al menos, lo intentaría.
La primera vez que se vieron fue en la cafetería del parque. Ella tenía razón. Su larga
melena rizada y pelirroja era inconfundible y no le fue difícil localizarla entre las
mesas. Era una chica llamativa y no pasaba desapercibida para nadie. No sólo se trataba
de su pelo sino que sus grandes ojos verdes y su esbelto cuerpo también ayudaban. Más
tarde fueron al piso y al final del día, Marisa lo tenía decidido. Fue, como poco,
sorprendente. Ella, que tardaba una semana para decidir sobre la necesidad de comprarse
o no unos zapatos, allí estaba decidida a compartir piso con una chica que sólo hacía
cuatro horas que conocía.
Ahora se alegraba profundamente de haber sido tan impulsiva por una vez en su vida. Su
mundo había cambiado radicalmente. Tenía un motivo para seguir adelante aunque ese
motivo era un tanto dudoso. Verónica era algo más que una compañera de piso para ella,
incluso algo más que una amiga. Su homosexualidad no era un secreto para nadie y menos
para Verónica. Siempre valoró mucho la sinceridad, era el mejor modo de evitar problemas
futuros. Pero la pelirroja tenía novio y era claramente hetero. No podía cambiarla,
nada puede cambiar eso. Su propia familia lo intentó con ella en incontables ocasiones.
Ellos nunca lo entenderían pero la respetaban y eso era lo único que ella buscaba y
esperaba de los demás.
Estaba acostumbrada a tener miedo por sus sentimientos. Toda la vida lo había tenido.
Pero, en esta ocasión, era distinto. Podía perder una amistad por algo que jamás
ocurriría. No podía dejar que pasara eso por mucho que le empezaba a afectar cuando el
novio pasaba alguna que otra noche en el piso. Tenía que aguantar por ella. De todos
modos ocultar sus sentimientos era una constante en su vida.
Escuchó el ruido del secador de pelo que indicaba que la ducha terminó. Los spagettis
tardarían unos cinco minutos más en cocerse, así que se dirigió al cuarto de baño.
- Vero - la llamó. Al no tener respuesta elevó un poco la voz - ¡Vero!
- ¿Qué?, perdona es que no te oía - apagó el aparato.
- Lo sé. Voy a bajar un momento para ver si hay correo. No hemos mirado en toda la
semana.
- Vale, ¿y los fideos?
- Le quedan cinco minutos aún. Tranquila no tendrás que cocinar, me da tiempo - Marisa
sonrió guiñándole un ojo pues sabía que a su amiga no le gustaba nada la cocina.
- Gracias, mami - El ruido del secador volvió a inundar el cuarto.
- De nada, hija .
Salió del piso y bajó las dos plantas que la separaban de la entrada dónde se situaban
los buzones. Buscó el suyo y lo abrió sacando del interior varias cartas y folletos
publicitarios.
- Hola.
Una voz a sus espaldas la saludaba. Se giró para ver al anciano que vivía en el piso de
al lado. A pesar de su avanzada edad vivía solo y su carácter afable hacía que fuera
conocido y querido en todo el edificio.
- Hola Juanillo - le contestó sonriendo.
- ¡Qué barbaridad, cuánto correo!. Qué suerte, a mí sólo me llega publicidad.
- No se crea que a nosotras también. La mayoría son catálogos.
- ¿Vas a coger el ascensor? - Marisa siempre utilizaba las escaleras pero sabía que al
anciano le daba miedo subir solo, así que decidió acompañarlo.
- Claro. Mire ya está aquí - dejó pasar al viejo y entró apretando el botón de la
segunda planta.
- Gracias, mi niña. Estos trastos me ponen nervioso. Hace unos años me quedé encerrado,
y estuve más de veinte minutos. Creí que no saldría nunca de allí.
- Pues ya hemos llegado, sanos y salvos.
- Menos mal.
Cada uno se dirigió a su puerta y Marisa entró, no sin antes despedirse de Juan, que
buscaba con paciencia las llaves en los bolsillos de su pantalón. El ruido del secador
continuaba así que dejó las cartas sobre la pequeña mesa de la cocina y apagó el fuego,
pues a su juicio los fideos habían tenido tiempo suficiente de cocerse. Sacó un puñado
y los separó depositándolos en otro caso más pequeño, mientras que en el grande vació
el contenido de la sartén.
- ¿Por qué haces eso? - la voz de Verónica le asustó, sobresaltándose.
- Avisa, por dios.
- Perdona hija, es que eres muy sensible - se rió.
- Estos son los míos, les pongo muy poquita salsa. No me gusta con tanta - mintió.
- ¿Desde cuándo?, ¿estás a dieta?
- Tengo que bajar unos kilos.
- ¿Tú crees?, estás muy bien así - Verónica se sentó en una de las tres sillas que
rodeaban la mesa y la miró de arriba abajo. Marisa se ponía cada vez más nerviosa - No
le hagas caso a Diego, ¿vale?, a veces es un poco... - se calló.
- ¿Un poco qué?
Marisa necesitaba escuchar algún defecto sobre aquel chico. Era tan guapo como guapa
era la pelirroja y se acababa de licenciarse en ciencias políticas quedando el segundo
de su promoción. Era algo así como el chico perfecto.
- Nada... no seas cotilla. En serio que no te hace falta.
- Gracias pero no soy cotilla, tú has empezado - La pelirroja no le contestó.
- ¡¿Hemos recibido todo este correo?! - preguntó sorprendida mientras cogía el montón y
miraba una a una las cartas.
- Sí, pero es todo publicidad - Marisa se sentó en una silla, frente a su amiga.
- ¿Quién es Patricia Alonso? - preguntó mientras miraba extrañada.
- Ni idea, se habrán confundido.
- La dirección es la nuestra.
- Déjamela y la pongo otra vez encima de los buzones. Alguien debe saber quién es.
- Vale - contestó la alta mujer sin darle mayor importancia.
El resto del día lo pasaron estudiando cada una en su habitación. Marisa cursaba 4° de
biología y Verónica pretendía terminar Turismo en el mes de junio pues sólo le faltaban
tres asignaturas para lograrlo.
*****
Es la segunda carta que te escribo y se me hace tan difícil como la primera. Son
tantas las cosas que desearía decirte, que desearía que supieras que no encuentro las
palabras. Cualquier frase se me hace corta y no logra transmitir ni la mitad de lo que
siento.
No sé si podré aguantar sin verte, ni hablarte. A veces creo que sabes que estoy aquí e
intentas evitarme. Hace dos meses que no te veo y me estoy volviendo loca. Tan loca
como al principio cuando me dejaste sin decir nada. Saliste de mi vida sin avisar y sin
avisar vuelves a ella. ¿Qué se supone qué debo hacer?.
He estado todos estos años sin ti y ahora que te he visto no puedo pasar ni un minuto
más. Esto no tiene sentido, ningún sentido. Tú has sido lo mejor y lo peor que me ha
pasado. No debería ser así. No debería haber sido así.
¿Cómo sigo ahora?, ¿cómo volver a mi vida?, ¿cómo volverte fantasma de nuevo?. Te amo
como nunca creí poder hacerlo y tu cuerpo ha dejado un vacío que nadie ha conseguido
llenar. ¿Cómo decir que no a mi corazón?, ¿cómo decir que no a mi cuerpo?, ¿cómo decir
a mi mente que no eres un fantasma?.
*****
Diego y Verónica llevaban dos horas encerrados en la habitación y Marisa no podía
soportarlo por más tiempo. Cogió sus libros y decidió acercarse a la biblioteca de la
facultad. Suavemente tocó en la puerta del cuarto y avisó.
- Vero, me voy a la biblioteca.
- Vale - una mezcla de risas entre femenina y masculina se escuchaba tras la madera.
Cuando se disponía abrir la puerta principal una voz la detuvo.
- Oye, ¿no te habremos echado, verdad?
Las rodillas le temblaron y temió que no pudiese aguantar. Allí, de pie, apoyada en la
pared, estaba la mujer más sexy que había conocido. Envuelta en una fina sábana y con
el pelo alborotado, la miraba con la sonrisa más atrayente que hubiese visto nunca, y
un brillo en los ojos que la obligó a apartar la mirada, para evitar la gran tentación
de salir corriendo y besarla apasionadamente. Hizo un esfuerzo por controlar su voz
antes de contestar.
- No, es que he quedado - lo cual no era del todo falso pues varios compañeros de clase
le habían dicho que iban a estudiar aquel día hasta tarde.
- ¿Seguro?
Dio un par de pasos hacia ella y el movimiento hizo que la sábana se abriese un poco,
dejando a la vista uno de sus muslos. Marisa no pudo evitar mirar fijamente. Verónica
pareció sorprenderse un momento para un segundo después taparse con rapidez.
- Lo siento, no... no me di cuenta. Perdona, de verdad, es que a veces se me olvida que
tú... vamos que tú... - un ligero tono rosado asomó en sus blancas mejillas.
- No, tranquila. No pasa nada - dijo la morena nerviosa - Es culpa mía, no debí mirarte
así... me voy... diviértete.
- Sí, tú también - de repente se encontraba incómoda - quiero decir, que aproveches el
tiempo.
Marisa se giró para sonreírle y seguidamente desapareció cerrando la puerta tras ella.
Verónica tardó un momento en reaccionar y volvió donde su novio le esperaba. Lo
encontró tumbado de lado, en la cama, sin nada que cubriera su desnudo cuerpo.
- ¿Qué ha pasado ahí fuera? - le preguntó rodeando con sus brazos la almohada y
cambiando de posición estirándose boca abajo.
Verónica se sentó sobre la cama sin mirarle. Su mente le daba mil vueltas y no lograba
aclararse ni calmarse.
- Creo que a Marisa le gusto - dijo al final con un tono extraño en la voz. La risa de
Diego hizo que girase la cabeza para mirarle.
- ¿Lo crees?, pues te has caído de un guindo, tía.
- ¿Qué quieres decir?
- A ver, es bollera, tú estás buenísima, ¿qué más quieres saber? - se levantó situándose
detrás de ella y rodeándola con los brazos - Además hay que ver como te mira, te come
con los ojos.
Verónica se despegó de su abrazo y se levantó, sentándose en la única silla de la
habitación, aún cubierta por la sábana.
- ¿Qué? - preguntó Diego extrañado - ¿Tengo que preocuparme?
- ¿Cómo?, no, no - le contestó algo confusa- Es que me ha cogido por sorpresa, eso es
todo.
- Quizás deberías cambiar de piso, con esa no estás segura. Aunque pensándolo bien - se
volvió acostar boca arriba cruzando los pies - si al final te decides, avísame, por
favor.
- Cállate, ¿cómo qué cambiar de piso?. Es lesbiana, no una pervertida que me venga a
violarme por la noche. En todo caso, debería hablar con ella - se quedó pensando un
momento - pero no sé cómo, ni qué decirle.
- Dile lo mismo que le dirías a un tío que no te gusta - la sonrisa no se borraba un
momento de la cara de Diego - porque no te gusta, ¿no?
- Pero, ¿qué dices?
- No le des más vueltas, Vero, y vuelve a la cama - le pidió.
- Y si salimos a dar una vuelta?. Necesito algo de aire, llevamos dos horas aquí
encerrados - le contestó con una sonrisa pícara.
- Vale, nos vendrá bien coger algo de fuerzas - dijo y suspiró.
Se levantó finalmente de la cama en busca de su ropa. Verónica le miro. Su cuerpo era
un regalo para los sentidos de cualquier mujer. Era monitor en el gimnasio de un amigo
y las mujeres se lo comían con los ojos. Su forma de vestir no dejaba lugar a dudas de
que él mismo se sentía orgulloso. Sus camisetas eran una segunda piel y sus pantalones
siempre marcaban. Sus ojos azules y su forma de mirar podían conseguir que acabara
haciendo lo que le pedía. Llevaba dos años con él pero lo que más les unía era el sexo.
Como persona resultaba algo arrogante y egoísta pero también podía ser muy tierno si se
lo proponía. Lo que ocurría en contadas ocasiones.
Verónica había pensado en dejarle más de una vez pues lo que no soportaba era que, a
veces, la hacía sentir como un objeto a juego. Presumía de ella con sus amigos y eso,
al principio, le gustaba. Pero ahora no se fiaba de lo que su novio podía contar de
ella por ahí. Cada vez que le iba a buscar al gimnasio observaba que algunos la miraban
demasiado por eso decidió no volver más.
Media hora más tarde Verónica regresaba sola al piso. La conversación con Diego fuera
de la cama se reducía a simples comentarios que, la mayoría de las veces, tenían que
ver con el aspecto de tal o cual persona.
Cuando entró al piso vio a Marisa sentada en el sofá revisando el correo que acababa de
recoger. Se extrañó de verla tan pronto. La miró fijamente decidiendo si era el momento
para hablar o si era mejor no darle importancia y dejar pasar el tiempo. Definitivamente
la segunda opción la atraía mucho más en aquel momento.
- Hola, ¿qué pronto has vuelto, no?
- Hola, es que se me quedó la calculadora aquí y cuando volví no me entraban ganas de
volver a salir - fue la mejor excusa que se le ocurría en aquel momento y se lamentó
por ello.
- ¿Quién te ha escrito? - preguntó, sentándose a su lado en el sofá , pero no demasiado
cerca.
- A mí nadie, a Patricia Alonso.
- ¿Otra vez?
- Sí, además abajo seguía la primera que recibimos y la he subido también. Le pregunté
a Juanillo ya que es el que más tiempo lleva viviendo aquí. Por cierto, ¿sabes cuánto
lleva?
- ¿Cuánto? - era la misma Marisa de siempre y se alegró.
- 20 años. No sabía que este edificio era tan viejo.
- ¡Vaya!, y, ¿qué te dijo?
- Que no sabe quién puede ser. Aquí no ha vivido nadie con ese nombre. Por lo menos, en
los 20 años que lleva viviendo aquí.
- ¿Y la anterior inquilina?
- Se llamaba Sara, no sé qué.
- Qué raro.
En la cara de Verónica se dibujó una media sonrisa y miró a Marisa fijamente. Esta se
dio cuenta y le devolvió la mirada. Al ver su cara, sabía que pasaba por la mente de la
pelirroja.
- No, olvídate. De eso nada - le dijo levantándose y dejando las cartas en la pequeña y
redonda mesa de centro.
- Venga, mujer. ¿Qué va a pasar? - le suplicó.
- No pienso dejarte abrir las cartas y va en serio. Es la intimidad de una persona
además podemos devolvérselas - pensó un momento - Sí, podemos y lo haremos.
- No, no podemos y no lo haremos. No hay remitente, no sabemos quién es - dijo Verónica
que se había levantado rápidamente para comprobarlo - así que...
- Así que nada - Marisa le arrebató las cartas de sus manos - Voy a dejarlas abajo.
- Pero, tía, es que eres... eres - dijo molesta. No encontraba las palabras.
- ¿Qué soy? - Marisa se paró para mirar a esos ojos verdes que tanto le afectaban.
- Una cortalotes - fue lo único que se le ocurrió y se extrañó. Solía ser más elocuente.
- Vale, vamos a hacer una cosa - dijo la morena intentando calmar el ambiente - Voy a
dejarlas abajo por si alguien las recoge. Si nos vuelve a llegar otra y estas dos
siguen abajo las abrimos, ¿vale?.
- Ahí abajo puede cogerlas cualquiera - protestó mientras se acercaba peligrosamente.
- Es mi última oferta - le dijo dando un paso atrás.
- Y, ¿por qué tienes tú el mando? - Verónica se encontraba ya demasiado cerca y sus
ojos la miraban brillantes.
- Porque yo tengo las cartas - la miró dando otro paso atrás - Vero... Vero.
Verónica salió corriendo tras Marisa que consiguió esquivar su mano. El piso era
demasiado pequeño para escapar así que tras dar un par de vueltas al salón, Verónica
atrapó a la morena abrazándola por detrás. Esta estiró todo lo que pudo el brazo para
dejar las cartas fuera de su alcance. Pero Verónica era más alta que ella y podía
alcanzarla, no con demasiada facilidad. Sin embargo, no quiso. Se divertía y no quería
para tan pronto.
Marisa aprovechó el segundo de despiste y se sentó en el sofá encima de las cartas.
Verónica de un salto se puso a su lado intentando hacerle levantar el muslo, debajo del
cual estaba lo que buscaba.
- Levanta.
- No.
- He dicho que levantes.
- No.
- Puedo obligarte.
- Lo sé.
- Levanta.
- Noooo.
- Marisa...
En ese momento ambas se dieron cuenta de la posición en la que se encontraban. Verónica
se sentaba sobre los muslos de Marisa mirándose cara a cara y a los ojos. Durante un
momento ninguna reaccionó hasta que la morena decidió entregarle las cartas antes de
hacer lo que pasaba por su mente y arrepentirse después.
- Toma, vas a aplastarme - sonrió intentando quitarle hierro al asunto.
- ¿Eh?... - no podía reaccionar hasta que sus ojos se fijaron en las cartas - He ganado
al final - dijo levantándose y sentándose en un lado del sofá.
- No has ganado, me he rendido - la pelirroja la miró de reojo - Es diferente.
- Lo que tu digas. Ahora no sé si abrirlas - se quedó mirando los sobres que sujetaba
en su mano.
- ¿Cómo que no?. Pues ahora yo si quiero - dijo quitándole una de las cartas.
- Vale, vamos a hacer una cosa. Tu lees una y yo leo la otra.
- Me parece bien. Creo que la tuya es la primera.
- Sí - la abrió con suavidad y sacó de su interior un folio cogiéndolo con cuidado por
una de sus puntas.
- ¿Es que piensas sacarle las huellas? - ambas se rieron - Cógelo bien, mujer.
- A ver qué dice, me mata la curiosidad.
- ¿En serio? - un delicado codazo en un costado fue la repuesta que recibió.
Hola Patty,
Supongo que sigo siendo la única persona que te llama así por lo que sabrás quien soy.
Debe ser toda una sorpresa para ti. Perdóname por escribirte. Sé que no debo pero mi
voluntad me ha fallado. Tanto años llevo sin poder mirarte, sin poder sentirte, sin
poder hablarte que no he podido resistirme. Aunque sea por carta sé que me escuchas.
Podrás tirarla a la basura o podrás guardarla, eres libre. Siempre lo has sido. No
pretendo interrumpir tu vida pero tú si lo hiciste con la mía, Patty. Entraste en ella
igual que saliste y mi mundo se vino abajo. Tú lo cambiaste, tú me cambiaste. Tu amor
fue todo mi mundo ayer. Y mi amor por ti es todo mi mundo hoy.
Creí que con los años disminuiría o incluso desaparecía todo lo que siento. Pero esos
sentimientos encontraron un lugar vacío en mi corazón y allí han permanecido ayudándome
a vivir con cada latido. Por ti. A no derrumbarme por ti. A seguir por ti. Por si algún
día decidías regresar a mí.
Disculpa mi torpeza al escribirte. Siempre fuiste la poeta, la escritora y no yo. Sólo
quiero decirte que te quiero. Es increíble como dos palabras tan simples pueden abarcar
tanto. Pero, así es, todo se resume en eso. Así de sencillo: te quiero, te quiero, te
quiero.
Ambas permanecieron en silencio durante un buen rato. Marisa miraba la carta que quedaba
sin abrir, en su mano. Nunca habían leído una carta semejante.
- ¿No hay ninguna firma? - preguntó Marisa.
- No, eso es todo - contestó Verónica que seguía mirando el papel - Es mejor de lo que
esperábamos, ¿eh?
- No lo entiendo.
- ¿El qué?
- Por qué no la firmo.
- Marisa, ¿crees que esta tal Patricia puede recibir cartas así a diario?. Además la
llama Patty y parece que nadie la llama así.
- Sea quien sea debe quererla muchísimo.
- A mí me da pena.
- ¿El qué?
- Él cree que ella ha recibido su carta. Ha puesto todo su corazón en ella y, sin
embargo, nunca la va a recibir.
- ¿Abro esta?
- Por supuesto, puede que nos aclare un poco más.
- Puede ser ella - dijo Marisa tímidamente.
- ¿Ella?
- Sí, puede ser ella quien la ame.
Verónica se quedó parada un momento sin saber qué contestar. Al final decidió no echar más
leña al fuego.
- Puede ser - fue lo único que contestó.
Amada Patty,
Mi carta anterior no demuestra lo que siento en estos momentos por eso me he decidido a
escribirte una vez más. Espero ser capaz de expresarte todo lo que me has hecho sentir.
Cuando volví a verte hace 2 meses todo por lo que había luchado durante estos diez años
de ausencia se vino abajo. Tu falta ha sido mi refugio. Sé que es difícil de entender
pero siempre mantuve la esperanza de volver a encontrarte. Tú fuiste mi fé, mis fuerzas.
No sé por qué te fuiste sin más explicación que una casa vacía. Quería odiarte por
abandonarme, por dejarme sola y llevarte mi amor contigo. Pero comprendí que no podía,
era imposible que te hubieses llevado mi corazón. El dolor me recordaba que seguía allí,
que tu amor seguía conmigo.
No he vuelto a enamorarme y no volveré a hacerlo pues un amor no se puede tapar con
otro. Hay que vaciar el corazón para volver a llenarlo y yo no he podido vaciarlo de ti.
Sigues tan presente como el primer día.
Desde el día en que te conocí me partiste el corazón pero tu amor lo recomponía una y
otra vez. Diez años sin ti son demasiados, Patty, demasiados. Necesito que vuelvas a
recomponerlo con tus besos, con tu piel y con tu deseo que tantas y tantas veces sentí
en mi cuerpo.
Tuya para siempre,
Gari
- Vero, no podemos quedarnos con estas cartas ni podemos tirarlas.
- Y, ¿qué podemos hacer?. No sabemos quién es Patricia Alonso y nadie lo sabe.
- No lo sé, pero debería recibirlas. Hay demasiado amor en ellas como para tirarlas sin
más. Y parece que durante un tiempo fue correspondido.
- Al parecer tenías razón.
- ¿En qué?
- Era ella... son dos mujeres.
- Sí - dijo la morena volviendo a mirar la firma - Gari, es un nombre raro , ¿verdad?
- Debe ser un apodo o un diminutivo. ¿Qué nombre de mujer empieza por G.?
- Gertrudis.
Ambas se rieron.
- Tal vez sea algún nombre extranjero - dijo la pelirroja.
- Tal vez.
- Patty y Gari. ¡¡Hace 10 años que no se ven!! Y aún no la ha olvidado. Y eso que, por
lo visto, la abandonó. Quizás esta Patricia no quiera saber nada de nuestra amiga Gari.
Al fin y al cabo la dejó tirada.
- Da la sensación de haber sido un amor intenso y algo tan intenso no puede ser sólo
por parte de una - Al hablar Marisa miraba fijamente a Verónica sin darse cuenta. Ésta
desvió la mirada avergonzada recordando lo que había pasado hacía sólo unos minutos.
Pensó durante un instante y finalmente se decidió.
- Marisa, tenemos que hablar - Verónica miraba al frente y la expresión de su cara había
cambiado al igual que su tono de voz.
- ¿No lo hacemos ya? - a Marisa la cogió por sorpresa.
- No. Tenemos que hablar... de algo.
- ¿De qué? - la morena se puso tensa pues empezaba a sospechar por dónde iban los
tiros.
- Mejor será que te lo pregunte directamente - cogió aire - ¿Qué sientes por mi?
Marisa palideció. Su mente no reaccionaba y no lograba articular palabra. Permaneció un
momento callada. Momento que a Verónica le pareció una eternidad.
- Bueno, somos amigas, ¿no? - dijo con la mirada clavada en el suelo pues temía que sus
ojos la traicionaran.
- Supongo, no lo sé. Dímelo tú.
- Te lo estoy diciendo, ¿a qué viene esto?
- Una vez me dijiste que la sinceridad era algo muy importante para ti, que no soportabas
mentir ni que te mintieran, ¿verdad?
- Verdad - una lucha feroz había empezado dentro de la cabeza de la morena. ¿La verdad
o su amistad?.
- Te lo volveré a preguntar, ¿qué sientes por mi?
- Esto viene por lo de antes, ¿no?, por lo del pasillo.
Verónica se volvió hacia ella y poniendo una mano en su cara la obligó a mirarla.
- Dímelo.
El teléfono sonó en ese momento y Marisa dio gracias a quién llamaba fuera quien fuera.
Aquel golpe de suerte sólo retrasaría, en realidad, lo inevitable. Pero, al menos, le
daba tiempo suficiente para pensar en algo. Sin embargo, la llamada fue demasiado corta.
- ¿Quién era?
- Diego. Quiere salir esta noche pero a mí no me apetece - Verónica volvió a sentarse a
su lado pero Marisa habló antes de que la pelirroja pudiese decir nada.
- Vero, tú sabes que yo soy gay y llevo algún tiempo sin pareja ya. Si te hice sentir
incómoda, lo siento. De verdad, perdóname. Puedo buscar otro piso si así te sientes
mejor, no quiero perder nuestra amistad.
- No, no quiero eso. Es que me sentí algo confusa y... será mejor que dejemos el tema.
Marisa suspiró aliviada y anotó para si misma ser más cuidadosa en el futuro.
- ¿Qué hacemos con las cartas?
- No lo sé.
- Creo que deberíamos buscar a esa Patricia.
- Sí. Con el nombre de Gari poco podemos hacer.
- Más bien nada - se rió Marisa.
- Será mejor cenar algo y ya lo pensaremos más tarde.
*****
Ya no puedo dormir. Me has vuelto a robar el sueño. Me levanto de madrugada, a mirar
por la ventana, esperando verte en cualquier momento y es imposible. Me desespero y me
vuelvo a enfadar contigo y conmigo. Mi vida se está yendo por esta ventana. Y no me lo
merezco, Patty. Siempre hice todo lo posible por ayudarte, todo lo que estaba en mi
mano y tú me lo devolviste desapareciendo sin más. No entiendo como puedo seguir
amándote como te amo.
Te extraño en mi vida y en mi cama. Recuerdo las noches que pasábamos juntas, tus
abrazos, tus besos, tu cuerpo junto al mío. Cómo me hacías sentir y me siento sola,
cada vez más sola. Y, sin embargo, no lo estoy. Tengo los amigos de siempre que ya no
saben que hacer. Ellos sí que están enfadados porque han sufrido el daño que me hiciste
y yo no puedo olvidarte. No lo entienden y no les culpo, yo tampoco lo entiendo.
Al principio nunca creí que fuese verdadero amor sino la sensación de ser casi una
heroína para alguien. Cuando me necesitabas siempre estaba allí y eso era muy a menudo.
Y tú, ¿dónde has estado cada vez que te he necesitado?. Viviendo tu vida al margen de
todo lo que dejaste atrás. Me pregunto si me recordarás o si pensarás en mi alguna vez.
Sé que es poco probable. Creo que yo nunca te importe pero tú no has dejado de
importarme desde la primera vez que te vi.
Sé que no quisiste formar parte de mi vida, ni compartir la tuya conmigo Sólo deseo que,
al menos, tú, hayas encontrado la felicidad. Lo deseo con todo mi corazón aunque no sea
a mi lado.
*****
- Yo no sé que mas hacer - confesó Marisa - Sólo nos falta pegar carteles de búsqueda
con su nombre.
- Tienes razón, yo ya estoy cansada - le contestó Verónica que cerraba la puerta
principal y se sentaba en el sofá a su lado.
- Hemos ido al ayuntamiento y a la policía. Pero tengo la sensación de que no nos han
hecho demasiado caso.
- Puedes estar segura de eso.
- ¿Qué hacemos?
- No sé tú, pero yo voy a ducharme. He quedado esta noche. Por cierto, ¿por qué no te
vienes?
- No pienso salir de lámpara contigo y con Diego.
- Diego y yo lo hemos dejado. Ayer me decidí y se lo dije. No le aguantaba más con
tanta arrogancia.
- ¿De verdad?
Marisa intentó disimular su alegría con poco acierto, pero no le importó. Estaba
contenta no sólo por lo que sentía por ella sino porque no soportaba a aquel tío.
Verónica se merecía a alguien mejor. Incluso mejor que ella.
- Sí, bueno. ¿Qué?, ¿te apuntas?
- En ese caso me lo pensaré. ¿Quiénes van?
- Solo chicas, te gustará - dijo irónicamente.
- ¿Ah, sí?. Y, ¿dónde van?
- A tomar unas copas por ahí. Vamos por los bares, nada más.
- ¿No les importará que vaya yo?
- Qué va, son buena gente. Anímate que no muerden - pensó un segundo - al menos delante
de la gente, en la intimidad nunca se sabe.
- Vale, vale, me apunto, déjalo ya - Marisa sonrió pues las tensiones que surgieron
entre ellas un par de semanas atrás parecían haber desaparecido.
Unas cuantas horas mas tarde entraban en un bar con tres chicas que estudiaban con
Verónica. Eran divertidas y Marisa sintió que no desentonaba en el grupo. Decidió
pasarlo bien aquella noche. Se lo merecía después de pasar tanto tiempo encerrada
estudiando. Su vida se distribuía, últimamente, entre la Universidad y el piso.
Se sentaron en una mesa al fondo desde donde podían controlar todo el lugar. Fue una
suerte que otro grupo la dejase vacía justo cuando ellas pasaban por delante, pues el
bar estaba abarrotado de gente. Enseguida una camarera las atendió y en un momento cada
una tenía su vaso en la mano. Verónica pidió su acostumbrado redbull con licor de
melocotón. No conocía a nadie que pidiese eso pero no estaba mal. Marisa pidió sólo una
cerveza pues el alcohol no era lo suyo.
Estuvieron charlando animadamente y gritando pues en estos sitios es imposible hablar
civilizadamente. Verónica se levantó dispuesta a bailar y dos de sus amigas la siguieron
hasta el centro del bar donde una muchedumbre intentaba moverse. Sonia se quedó con
ella y a Marisa no la cogió por sorpresa. Durante toda la noche, desde el momento en
que la pelirroja se la presentó, no había dejado de mirarla hasta el punto que la
morena se sintió incómoda en un par de ocasiones. Era demasiado obvia y ella no estaba
acostumbrada a este tipo de cosas.
Sonia no era fea. En realidad, no estaba nada mal. Tenía el pelo castaño claro y liso
que le caía sobre los hombros y los ojos marrón verdoso. Su cara era redonda pero no
rechoncha, sus rasgos eran finos y muy femeninos. Al igual que su cuerpo. Llevaba una
falda corta y unas botas altas de cuero negro de modo que al sentarse, sus muslos
asomaban envueltos en unas medias negras de rejilla. Su camisa era ajustada y cruzada
de forma que su brazo y hombro derecho quedaban descubiertos. Su maquillaje era suave y
sus labios brillaban ligeramente.
- ¿No te gusta bailar? - le preguntó acercándose a su oído para no gritar demasiado.
- Sí, pero ahora no me apetece - le contestó Marisa mirándole a los ojos.
Sonia le gustaba pero su mirada volvió sobre Verónica que bailaba junto a un amigo que
acababa de encontrar. Hablaba con él, riéndose. Marisa aprovechó para mirarla a su
antojo. Bailaba bien, de eso no había duda. Aquella noche no se vistió tan sexy como
era costumbre en ella. Quizás hoy se estaba desahogando de algún modo. Sintió la mirada
de Sonia sobre ella así que bajó los ojos hacia el vaso de cerveza que tenía enfrente y
bebió un trago.
- ¿Te puedo hacer una pregunta? - Sonia volvió a acercar sus labios a su oído.
- Claro - Marisa cogió nuevamente el vaso que acababa de depositar en la mesa y bebió
otro poco.
- ¿Te gusta Vero?
- ¿Cómo?
- Sé que eres gay, ella nos lo ha dicho.
Marisa la miró y decidió pagarle con la misma moneda.
- ¿Y tú?, ¿eres gay?
Sonia sonrió pero no pareció sorprenderse con la pregunta.
- No.
- ¿Seguro?
- ¿Por qué?
- No has dejado de mirarme en toda la noche.
Marisa se sorprendió a si misma. No solía ser tan lanzada pero hoy se sentía fuerte y
decidida. Y la cerveza la ayudaba. Llamó a la camarera y pidió, esta vez, un Martini
blanco.
- Creí que no te gustaba el alcohol - le dijo Sonia que no dejaba de mirarla un segundo.
- Ahora me apetece. No has contestado a mi pregunta.
- ¿Ah no?. Y, ¿cuál era?
Sonia jugaba y ella sentía ganas de participar en el juego. Hacía demasiado tiempo que
no se sentía así.
- ¿Eres gay?
- Sí que te conteste a eso.
- Sí, pero no te creo - la miró a los ojos y se acercó un poco a ella - No me has
quitado ojo.
- Porque creo que eres guapa y sexy - le dijo sin tapujos.
- ¿Y miras así a todas las tías que te parecen guapas y sexys?
- No.
- ¿Por qué a mi sí?
- Porque tú me atraes.
La respuesta fue tan directa que Marisa terminó de golpe el resto del Martini que le
quedaba en el vaso.
- Vaya, pues yo diría que eres gay.
- ¿Y tú?, ¿ves algo que te guste? - sonrió y añadió - a parte de Vero, claro.
Decidió ignorar el último comentario y contestar a la pregunta.
- Que me guste, no sé. Que deseo, seguro - volvió a mirar fijamente a los ojos de Sonia
mientras deslizaba una mano sobre su muslo.
- Guau - dijo - Me gustan las chicas decididas.
- ¿Sí?, ¿pero si no eres gay?
Marisa no podía creer lo que estaba haciendo, ella no era así. Pero llevaba tanto tiempo
reprimida que le era imposible controlarse y menos con una mujer como aquella.
- Vale, vale, ¡Touché! - Sonia bajó la mirada hacia su muslo donde permanecía la mano
de Marisa - Soy bisexual, ¿contenta?
- Mucho, ¿y tú? - Marisa movió su mano acariciando el muslo.
- Excitada - Sonia se acercó más a ella pegando su boca en su oreja - ¿vamos a tu piso?
- Tendré que... - pensó en todas las veces que Diego había estado en el piso y decidió
que no tenía que pedir permiso a nadie. Aquello se lo merecía - Vamos.
- ¿Sabes una cosa?, Verónica no ha dejado de mirar para acá. Seguro que se imagina algo
pero, aun así, creo que deberías decírselo.
Marisa se levantó cogiendo de la mano a Sonia que la aceptó de buen grado, y caminó en
dirección a la pelirroja que intentaba disimular bailando. Se acercó a ella y le dijo:
- Vero, Sonia y yo nos vamos al piso - le mostró una pícara sonrisa.
- ¿Al piso?
No les había quitado ojo y sabía que algo pasaba pero nunca creyó que Marisa aceptase a
Sonia. Al menos, tan rápido. Sólo podía asentir.
- Vale, intentaré no llegar muy pronto - le devolvió la sonrisa sin demasiada convicción.
Se despidieron y las siguió con la mirada.
Nada más cerrar la puerta del piso Sonia se abalanzó sobre ella por detrás. La abrazó
por la cintura mientras le besaba el cuello y la pegó contra la pared. Sus manos
curioseaban por todo su cuerpo centrándose especialmente en sus nalgas que apretaba con
fuerza. Su libido crecía por momentos y se dio la vuelta para encararse con su
inesperada amante. Le subió la corta falda hasta alcanzar su culo y lo apretaba con
idéntica fuerza. Sus bocas se besaban apasionadamente chocando una y otra vez, rozando
sus lenguas en el interior y en el exterior.
Sonia desabrochaba la camisa de Marisa con habilidad quitándosela con impaciencia. Con
la misma rapidez le desabrochó el sujetador que dejó caer al suelo. Su boca buscó el
camino que le llevaba desde sus labios hasta el pezón izquierdo de la morena lamiendo
todo a su paso.
Marisa la obligó a levantarse y la dirigió al cuarto donde se tumbó en la cama con la
respiración a cien por hora. Sonia se bajó la cremallera de una bota y se la quitó
repitiendo lo mismo con la otra. Se quitaba las medias de rejilla mientras Marisa
terminaba de desnudarse. Una vez se encontró totalmente desnuda ayudó a Sonia con su
camisa, comprobando, como ya en el bar había hecho, que no llevaba sujetador.
Sonia la tumbó sobre la cama y se sitúo encima de ella sintiendo todo el peso de su
cuerpo. Sus pechos duros chocaban con los suyos apretándolos. Sus lenguas volvían a
encontrarse y la mano de Sonia buscaba una y otra vez los pechos de Marisa mientras
ella hacía lo mismo con los de Sonia. Esta se despegó un poco para ver mejor el cuerpo
desnudo de su amante. Le gustó lo que veía y comenzó a besarlo rozándolo con la lengua
bajando por el cuello y deslizándose hasta sus pechos donde se entretuvo un momento con
cada uno, chupando. Los gemidos de Marisa no dejaban lugar a duda de que aquello le
gustaba. Decidió seguir bajando tropezándose con el ombligo y el comienzo del pubis.
Pero no se paró. En vez de eso siguió bajando hasta el centro, lamiéndolo sin cesar y
aumentando el placer de la morena que completamente excitada gemía cada vez con más
fuerza. Entre gemidos se escuchó un nombre de mujer que hizo detenerse a Sonia.
- Vero... Vero...
Marisa se incorporó al sentir el brusco parón. Por un momento no se dio cuenta de lo
que pasaba hasta que reconoció el nombre que acababa de pronunciar. Sonia se sentó
sobre la cama.
- Lo siento... dios mío, lo siento - Marisa se sentó junto a ella.
- No hay nada que sentir. Nos acabamos de conocer y no sabes nada de mí - se levantó
dispuesta a vestirse.
- No te vayas, por favor, yo... - no sabía que decir.
- Oye, no pretendo que me jures amor eterno, ¿sabes?. En otras circunstancias no me
hubiera importado, créeme, pero tú me gustas y... lo dejé con mi novio hace poco
precisamente por algo parecido, es sólo eso - la voz de Sonia sonaba amarga.
- Lo siento, lo siento mucho.
Sonia terminó de vestirse y se acercó a Marisa dándole un suave beso en los labios.
- No pasa nada, vale - se giró para irse pero se paró un momento - ¿sabes que Vero es
hetero, verdad? .
- Sí, lo se muy bien - Marisa dudó - no le digas nada de esto, por favor.
- No soy tan cabrona, ¿por quién me tomas?. Quiero que sepas que no hago esto muy a
menudo. A decir verdad no lo había hecho hasta ahora.
- Pues parecías muy segura.
- Tú eras la segura.
- ¿Yo?, por dios, sólo me he acostado con una mujer en mi vida - dijo suspirando.
- ¿En serio?, no lo parecía. Escúchame, Vero ha dejado a Diego y me alegro, era un
cretino. No quiero decirte nada con esto pero hoy la he visto distinta y cuando
estábamos tonteando no te quitaba ojo. Sólo eso. Tengo que irme, Marisa. - se levantó
para irse pero se paró a mirarla nuevamente - Para sólo haber estado con una mujer has
estado muy bien - le guiñó un ojo sonriendo y salió de la habitación y del piso.
Marisa se puso el pijama y se dirigió a la cocina dispuesta a prepararse un café. No
eran horas pero la cabeza le empezaba a dar vueltas tanto por el alcohol como por todo
lo que acababa de pasar. Vació un poco de café frío que guardaba en un cazo pequeño, y
lo puso a calentar sobre el fuego. Se sentó intentado no pensar demasiado pero su mente
volvía una y otra vez sobre el cuerpo de Sonia.
Una vez se terminó el café se dirigió al salón dejándose caer sobre el sofá. Cogió el
mando de la tele pero no la encendió al ver las dos cartas que reposaban en la mesa.
Las abrió y las volvió a leer intentando encontrar algo más.
- A ver - se dijo a si misma - Llevan 10 años separadas, eso esta claro. Y Patricia
dejó a Gari, además sin decirle nada. Un día va y desaparece. ¿Cómo alguien que ama
tanto puede irse sin más?. Debió de existir algún motivo poderoso. O tal vez sólo Gari
sentía verdadero amor. Y entonces, ¿por qué no la buscó?. Quizás, sí lo hizo pero no la
encontró. Y, ¿por qué, ahora?. ¿Por qué precisamente ahora se decide a escribirla?. Es
obvio que cree saber dónde vive, ¿por qué no viene a buscarla?. Puede pensar que está
con alguien. Sí, por como habla lo cree. Pero no lo sabe. Si tanto la ama, ¿no vale la
pena arriesgarse?. No entiendo nada.
- ¿Estás hablando sola?
Marisa se sobresaltó tanto que tiró las cartas al suelo. Giro rápidamente la cabeza
para ver a Verónica, de pie, apoyada sobre la pared.
- ¡Dios, que susto me has dado!
- Lo siento. ¿Dónde esta Sonia? - preguntó mirando para atrás.
- Ya se ha ido - Marisa pensaba en cómo contestar a las inevitables preguntas que
vendrían ahora.
- ¿Tan pronto? - Verónica se extrañó.
- Sí - decidió no ser muy clara.
- Y, ¿qué tal?
- Bien.
- ¿Sólo bien?
- Muy bien.
- No me vas a contar nada, ¿eh?
- ¿Qué quieres saber?
- Pues, si te gustó, al menos.
- Sí.
- Vale - Verónica comprendió que la morena no estaba por la labor de contar nada pero,
aún así, siguió intentándolo - No conocía esa faceta tuya.
- ¿Qué faceta? - Marisa recogía las cartas y las guardaba en los sobres tranquilamente,
intentando disimular.
- Tu faceta de loba de la noche - se movió sentándose junto a la morena en el sofá.
- No soy ninguna loba.
- ¿Ah, no?. Entonces, ¿qué fue lo que vi?. Esa mirada salvaje y esa mano apretándole el
muslo... - calló, pues estaba confesando que lo había visto todo con demasiado detalle.
Además su tono era más grave de lo que deseaba.
- Vaya, ya veo que te fijaste - Marisa la miró con una media sonrisa dibujada en su cara.
- Yo, y todo el bar. Deberías ser mas discreta - Verónica se levantó. Empezaba a
enfadarse y no sabía, exactamente, el motivo.
- ¿Cómo tú con ese amigo tuyo?. Acabas de dejar a tu novio y ya vas a por otro. ¿Quién
es la loba? - Marisa se asustó de su propio tono.
- A ti que te importa - Verónica caminaba por el pasillo seguida de la morena. Se paró
al llegar a la puerta de su cuarto - Es sólo un amigo y tiene novia. Me la presentó.
Estaba con él, allí. Yo no le voy robando los novios a nadie. ¿Sabes que Sonia sí tiene
novio?.
- Sí que lo sé y también se que lo dejaron. Es tu amiga, y no lo sabes?.
Marisa entró en su habitación y la pelirroja entró con ella. Se quedó mirando la cama
desecha.
- Vaya. Pues sí que ha habido juerga.
- Oye, ¿por qué has venido tan pronto?. ¿Querías cogernos en faena o qué?.
- Te recuerdo, guapa, que este es mi piso y entro cuando me da la gana - su voz subió
un par de tonos de golpe - a mí no me interesa ver a dos mujeres haciendo guarradas.
- Este piso es tan tuyo como lo puede ser mío. Las dos pagamos un alquiler. Y yo, en mi
cuarto y en mi cama, hago lo que me da la gana - Se sentó sobre la mesa intentando
pensar por qué estaban discutiendo.
- Una pregunta, ¿todas las lesbianas hacen lo mismo?. Es decir, ¿conocen a alguien en
un bar y en diez minutos ya se la están tirando?.
- Te estás pasando.
- ¿Yo, me estoy pasando?. Eres tú la que se ha tirado a una amiga mía sin decirme nada.
- Pero, bueno, ¿es que tengo que pedirte permiso acaso? - miró al suelo sin entender lo
que estaba pasando.
- Marisa...
- Vero, para. Paremos ya, vale - Marisa se pasó una mano por sus cabellos - Por....¿por qué estamos discutiendo?.
Verónica se sentó junto a ella en la cama.
- No lo sé - intentó tranquilizarse y tras un minuto continuó - Perdóname, debe ser
todo esto de Diego y la tensión de los exámenes. He debido cogerla contigo.
- Perdóname tú a mí. Sólo me preguntaste que tal me había ido y yo salté como una
fiera.
- Creo que fue al revés, pero da igual - le dio un ligero abrazo y se dirigió a su
propio cuarto - ¿Vas a volver a verla?.
- Quizás.
- ¿Te gusta mucho?
- Apenas nos conocemos pero creo que sí, me gusta - Marisa miró a la pelirroja y en su
mirada vio algo que no logro identificar. "Pero no tanto como tú" - pensó - Vero...
- ¿Sí?.
- Tú sabes que yo no soy así, ¿verdad?.
- ¿Así?, ¿cómo?.
- Bueno, yo no acostumbro a hacer estas cosas. Es la primera vez que me enrollo con
alguien que apenas conozco.
- No tienes que darme explicaciones, Marisa.
- Lo sé - le sonrió - pero quería que lo supieras.
- Y lo sé.
*****
Hoy he entrado en el edificio y subí a la segunda planta. Miré tu puerta pero nada
indicaba que estuvieras allí. Ya no sé si estás. No te he vuelto a escribir nada porque
no encuentro que decirte. Necesito volver a verte una vez más. Sólo una más.
No soy capaz de seguir así, Patty. Me planté delante de tu puerta y la mano me temblaba
cuando la acerqué al timbre. Rezaba porque nadie me viese y alguien ahí arriba me
escuchó, porque no me tropecé con nadie hasta que ya me iba. Cuando al final reuní las
fuerzas suficientes mi dedo apretó el timbre y el sonido pareció desvanecerse en el
interior del piso. Nadie contestó a mi llamada. La historia se repetía una vez más y yo
seguía perdiendo.
Es irónico, todo es irónico. ¿Por qué alguien me escucha cuando rezo para no ver a nadie
y me ignora cuando rezo por verte a ti?. No sé que he echo pero debió de ser algo
realmente malo para merecerme sufrir así. Así, por ti. Sólo por ti.
*****
Marisa salió del cuarto después de estar cuatro horas seguidas estudiando. La vista y
la mente no le daban para más y decidió tomarse un descanso. Se acercó al salón donde
Verónica veía una película, echada en el sofá.
- ¿Qué estás viendo?.
- Aún no lo sé. Acaba de empezar pero parece estar bien. ¿Terminaste de estudiar? -
Verónica levantó los pies para que Marisa se sentase y una vez lo hizo los volvió a
bajar apoyándolos sobre los muslos de la morena.
- Digamos que me he tomado un merecido descanso. ¿Qué?, ¿estás cómoda? - le preguntó
sonriendo.
- Sí. ¿Te molesta?.
- No que va, estoy de los más relajada - dijo con ironía.
- Vale, ya los quito.
- No hace falta, mujer.
- Pues los dejo... pero no te aproveches - sonrió.
- Entonces quítalos - hizo ademán de quitárselos de encima.
Ambas rieron. Las cosas habían vuelto a la normalidad y las dos decidieron olvidar la
discusión que mantuvieron varios días atrás.
- ¿No te ha llamado nadie al móvil? - preguntó inocentemente la pelirroja.
- ¿Al móvil?. No, ¿por qué?.
- Por nada. Es que me pareció escucharlo antes.
- No me ha llamado nadie - Marisa se extrañó un poco pero no le dio mayor importancia -
Tenemos que ir a comprar. La nevera empieza a escasear.
- Y la despensa también. Vamos ahora - se levantó apretando el botón del mando que
apagaba el televisor - Me equivoqué. Esta película es un asco.
Salieron del piso y bajaron las escaleras encontrándose con Juan en el portal. Le
acompañaba una joven que nunca habían visto por allí y menos en compañía del anciano.
No conocían a ningún familiar suyo y se sorprendieron.
- Hola, chicas - el anciano las saludaba con la mejor de sus sonrisas.
- Hola Juanillo - dijeron casi a la vez.
- ¿Dando una vuelta? - preguntó la morena.
- Sí - miró a la joven que le acompañaba y le dijo - Mira, Sara, estas son las dos
chicas de las que te hablé. Mis vecinas.
- Hola - dijo con una sonrisa amable.
Era una mujer agradable. Llevaba el pelo rubio corto y tenía unos ojos verdes que no
pasaban desapercibidos para nadie.
- Yo soy la antigua inquilina. ¿Qué tal os va con el piso?.
- Ah, usted es Sara... - Marisa se enfadó consigo misma por olvidar su apellido una vez
más - Nos va bien, gracias.
- ¿Dónde van, chicas?.
- A comprar, Juanillo. Esta tía me vacía la despensa en cuanto me descuido un poco -
dijo Verónica sonriendo.
- Es que la niña aquí presente no come nada, ¿sabe?. La pobre, que pena me da - le
contestó con sarcasmo.
- Haya paz, haya paz. Hay que comer sano. No vayan a comprar esas porquerías que comen
los jóvenes hoy en día. Cuando lleguen a mi edad se van a lamentar de no haber comido
unos buenos potajes, como dios manda - Juan no perdía una oportunidad para dar su
opinión sobre la juventud actual.
- Estas chicas se ven muy sanas, Don Juan - comentó la rubia - Seguro que comen bien.
No me había dicho que tenía unas vecinas tan guapas. Que callado se lo tenía.
- Claro que te lo había dicho pero es que los jóvenes no escuchan lo que decimos los
ancianos - la rubia se rió guiñando un ojo a las dos. A pesar de sonreír, sus ojos
reflejaban tristeza.
Se despidieron y cada uno siguió su camino. El anciano y la joven hacia el ascensor y
las dos amigas hacia la puerta principal del edificio. De pronto, Verónica se acordó de
algo y se giró rápidamente.
- Oiga, Sara, espere un momento. Por casualidad, sabe usted quién es Patricia Alonso?.
El grito del anciano desde dentro del ascensor las asustó. Juan sujetaba a la joven
que parecía querer desmayarse.
- ¿Qué ha pasado? - preguntó Verónica algo asustada.
- Espere, yo le ayudo - dijo Marisa sujetando a la joven y liberando del peso al anciano
cuyas fuerzas ya no eran las de antes - Sara, ¿está bien?.
Sara pareció reaccionar y poco a poco se incorporaba.
- ¿Qué ha pasado? - preguntó sorprendida por encontrarse sujeta por la morena - Vaya.
Me he desmayado, ¿no?.
- Sí, ¿está bien? - le volvió a preguntar.
- Sí, sí, gracias. No sé lo que me ha pasado, perdone.
- No tienes que disculparte mujer - dijo el anciano - Ni que fuera culpa tuya. ¿Estás
mejor?. Vamos a casa y te preparo un té o lo que quieras.
- Será lo mejor - la rubia miró fijamente a Verónica.
- Perdone que le pregunte otra vez pero es importante para nosotras. ¿Conoce usted a
Patricia Alonso?
- No, no la conozco. No sé quién es - su contestación fue brusca. En ese momento la
puerta del ascensor se cerró.
- Que tía rara, ¿no? - miró a Marisa.
- Sí, pero, parece amable.
- ¿Amable, eh?. ¿No será que es guapa?.
- Oye, tú te crees que yo me voy enamorando de todo el mundo que veo - dijo Marisa
mientras salían del edificio.
- ¿Quién habla de amor? - preguntó guiñándolo un ojo.
- Déjalo, anda, y vete pensando que compramos.
Eran las cuatro de la tarde y el supermercado no estaba muy lleno aún. Cogieron un
carro y se dispusieron a recorrer los pasillos. La lista era amplia pues llevaban ya
tiempo sin hacer una compra grande. Marisa era la más organizada y lo llevaba todo
escrito en un papel mientras que Verónica iba improvisando según lo que veía. Por esa
razón, al cabo de media hora el contenido del carro era mas de golosinas que de otra
cosa.
- Deja de meter tantas porquerías - se quejó Marisa.
- Me recuerdas a alguien, Juanilla - dijo recordando las palabras del anciano.
- Ja, ja. Vamos a coger un par de cajas de leche de ahí.
Justo cuando se habían decidido por una marca, sonó el móvil desde el interior del bolso
de Marisa. Lo abrió lo mas deprisa que pudo y cogió el aparato, en cuya pantalla, sólo
aparecía un número de móvil que ella desconocía.
- ¿Si? - preguntó. Una voz que no identificaba pero que le era familiar le contestó al
otro lado.
- ¿Marisa?.
- Sí, soy yo.
- Hola, soy Sonia.
- ¿Sonia?. Que sorpresa.
Se quedó parada pues no se lo esperaba. Hacía una semana que no hablaba con ella. Desde
el asunto en el piso.
- Sí, ¿qué tal estás?.
- Bien. Ahora estoy comprando algunas cosas en el supermercado. Y tú, ¿cómo estás?.
- Bien. Oye, ¿te gustaría tomar un café después o lo que quieras?.
- Tengo que estudiar pero - se lo pensó un segundo antes de contestar - podíamos quedar
mañana si quieres.
- Por mí, vale. ¿Te viene bien a las seis?.
- Sí, perfecto - Se fijó en Verónica que miraba de reojo algo seria.
- Quedamos en el bar del otro día, ¿te parece?.
- Perfecto. A las seis, ¿no?.
- Sí.
- Hasta mañana, entonces.
- Hasta mañana.
Volvió a guardar el móvil en el bolso. Continuaron comprando en completo silencio. Sólo
se interrumpía para discutir si llevar una marca u otra. De repente, Marisa, se acordó
del comentario que Verónica había echo en el piso. Ni siquiera le preguntó quién la
llamó y eso era demasiado raro en ella.
- ¿Sabes quién me ha llamado? - le preguntó.
- No, ¿quién? - Verónica miraba distraída unas latas de atún.
- Sonia.
- ¿Sí?.
- Me pregunto como sabía mi número de móvil.
- Se lo di yo.
- Ah, ¿y tu das mi móvil sin consultarme? - no estaba enfadada para nada pero quería
romper aquel silencio que comenzaba a ser incómodo.
- Tratándose de Sonia no creí que te importase.
- Y no me importa.
- ¿Entonces?.
- Mujer, como te has quedado tan callada.
- ¿Vas a verla?.
- Hemos quedado para mañana. Sí, voy a verla.
- Y... ¿piensas salir con ella? - Verónica miraba ahora la sección de las legumbres con
extraño interés en las lentejas.
- Bueno, si quedo con ella será para salir con ella. Al menos, mañana - fingió pensar
un momento - Aunque a lo mejor no salimos del bar.
- Sabes a lo que me estoy refiriendo, graciosa.
- Tal vez.
- ¿Tal vez?.
- Me lo pensaré... No, en serio. Al menos, voy a intentarlo. No tengo demasiadas
oportunidades últimamente.
Subieron al segundo piso cargando toda la compra en el ascensor. Al abrirse la puerta,
Marisa se apoyó en el hueco de la puerta para no dejar que se cerrara y ayudaba a
Verónica a sacar todas las bolsas del interior. Verónica cogió unas cuantas y se
dirigió hacia el piso, tropezándose en el pasillo con una mujer alta de cabello largo y
oscuro, que caminaba rápidamente sin apartar la vista del suelo. Se asustó un momento
pues no la esperaba y no la había visto nunca por allí. Marisa también la miró mientras
bajaba las escaleras con rapidez.
- Y esa, ¿quién era? - preguntó Verónica que recogía más bolsas mientras Marisa
terminaba de sacar las últimas.
- Ni idea. ¿Iba llorando?, lo parecía.
- No sé, casi no le vi la cara. Parece que Juanillo tiene muchas visitas femeninas
últimamente - Verónica se rió ante la idea.
- Jesús, como pesa esto. Que manía de comprar tantos refrescos.
- Pero qué quejica eres.
Dos horas mas tarde terminaron de ordenar toda la compra en la cocina y se sentaron en
el sofá cansadas. Marisa cogió el mando del televisor por una vez y buscó en algún
canal, algo que mereciera la pena ver.
- ¿Esa no es Angelina Jolie? - preguntó Verónica - ¿qué película es esta?.
- No tengo ni idea. Tiene pinta de yonqui, ¿no?.
- Tiene muy mala cara. ¿Por qué va vestida así?. Es como de japonesa.
- Sí, pero a esta tía, le queda todo bien.
- ¡Y que lo digas!.
- No, no. Si vas a babear mejor vemos otra cosa.
- Oye, tú babeaste viendo a Tom Cruise. Pues yo tengo derecho a babear viendo a Angelina
Jolie y a... ¿esa no es Elizabeth Mitchell?.
- Ajá, ahora si que no me libro. ¿Te gusta esa tía, eh? - Verónica miró fijamente la
pantalla - Pero, ¿es qué esas dos están liadas?. ¿Se puede saber qué película es esta? -
volvió a preguntar.
- Una que no me voy a perder por mucho que te quejes - Marisa se acomodó estirándose en
el sofá y levantando los pies sobre una silla.
Le encantaban las dos actrices y encima en esta estaban juntas. Fuera cual fuera, iba a
disfrutar. Lo sentía por Verónica o quizás no. En la siguiente escena ambas mujeres se
duchaban luciendo sus sexys cuerpos desnudos.
- Lo que faltaba - se quejó Verónica.
- Calla... ¡Jesús, qué cuerpos!.
- Eh, sin comentarios, por favor.
- Vale.
Verónica se calló también durante un segundo para después comentar:
- Ya sé que película es esta. Es sobre la modelo esta... sí mujer, la que murió...
- ¿Te quieres callar?. Me estás contando el final.
- Vale, vale. Dejaré que disfrutes un rato. ¡¡Cómo os poneis las bolleras de sensibles!!,
¡¡Hay que ver!!. - como respuesta un cojín tropezó accidentalmente con su cara.
Verónica se sentía cada vez más rara a medida que la película avanzaba. Ahora tocaba
una escena en donde ambas protagonistas se abrazaban después de una discusión y era un
abrazo tierno. Claro que el personaje de Angelina Jolie estaba totalmente drogada pero
no dejaba de tener su encanto. Por un momento la idea de dos mujeres abrazándose de ese
modo no le parecía ni sucio ni raro. Es más se sorprendió al darse cuenta que deseaba
hacer lo mismo con la morena que compartía el sofá con ella.
El resto de la película le sirvió para pensar en lo que estaba sucediendo en su interior
desde hacía algún tiempo. Antes, incluso, de dejarlo con Diego. Recordaba con exactitud
el momento preciso en que empezó a sentirse así. Fue cuando salió al pasillo, aquella
vez, envuelta en una sábana para disculparse ante Marisa. En aquella ocasión, se dio
cuenta de que a Marisa le gustaba y observó con sorpresa, que le gustó la manera en que
la morena miraba su cuerpo, cuando la sábana en un descuido, destapó uno de sus muslos.
Miró a Marisa que no perdía detalle de todo lo que ocurría en la película. No era muy
guapa pero su buen corazón y su extraordinaria forma de ser lo compensaba con creces.
No tenía tampoco un buen cuerpo pues de hecho le sobraban algunos kilos, pero tampoco
estaba mal. Algo le decía que sabía bien como utilizarlo a pesar de su poca experiencia.
La película se estaba terminando. La modelo, Gia, se estaba muriendo de sida y ahora se
despedía del amante y amor de su vida. Le entraron ganas de llorar al ver como el
personaje de Elizabeth Mitchell se ilusionaba al pensar en volver con ella después de
una larga separación. Pero Angelina Jolie no podía besarla debido a su enfermedad.
Entonces se pensaba que se transmitía con el beso. Marisa dejaba que una lágrima le
resbalase por la mejilla.
- ¿Estás bien? - le preguntó sonriendo.
- Joder, para una vez que ponen una película gay, una va y se muere de sida. Es muy
triste - Marisa se secó la lágrima y miró a Verónica observando una expresión extraña
en su cara - ¿Y, tú?, ¿estás bien?. Te noto rara.
- ¿Eh? - "deja de mirarla así", se dijo a si misma - Sí. Es que... también me da pena.
- Veo que al final te gustó, ¿eh? - se levantó dispuesta a acostarse.
- No está mal pero es un tanto amarga - también ella se levantó. Sintió una tentación
muy fuerte de seguir a Marisa hasta el cuarto y... "deja de pensar en eso, ¿te has
vuelto loca?".
Llevaba un rato acostada sin poder dormir. Sólo daba vueltas una y otra vez. Estaba
nerviosa. Por su mente pasaba una disparatada idea que intentaba desechar pero que cada
vez volvía con más fuerza. Ella no era una persona cobarde, siempre le echó valor a la
vida, pero esto era distinto. Las consecuencias podían ser muy grandes.
Escuchó los pasos de Marisa en dirección a la cocina. "Parece que ella tampoco puede. Y
si... no, duérmete. Olvídate de eso". Se dio la vuelta mirando hacia la pared y cerró
los ojos para obligarse a dormir.
Media hora más tarde, no pudo aguantar más y se levantó. Entró en el cuarto de Marisa
dónde podía verla acostada perfectamente. Siempre dormía con la persiana levantada de
manera que el cuarto quedaba iluminado. Ella no podía dormir con tanta claridad, siempre
lo dejaba completamente a oscuras, y no entendía como alguien podía dormir así.
Volvió a dudar sobre lo que iba a hacer pero tenía que saberlo. Marisa había quedado
con Sonia al día siguiente. Aún estaba a tiempo. Se acercó a la cama y se sentó en ella.
Marisa sintió el peso e intentó girarse pero Verónica se lo impidió.
- Tranquila, soy yo, Vero. No te vuelvas, por favor - le pidió en un susurro.
- Pero, ¿qué pasa?, ¿estás bien?.
Marisa hizo un esfuerzo por no volverse y volvió a echarse de lado quedando de espaldas
a Verónica.
- Sí. Escucha...
- ¿Por qué hablas en susurros?, ¿a quién vas a despertar? - Marisa se rió y Verónica la
imitó.
- Vale, déjame hablar. Esto es muy difícil para mí...
- ¿Pero qué...?
- Déjame hablar, por favor.
- Vale, vale.
- Necesito decirlo de un tirón. Diga lo diga no me interrumpas hasta el final, ¿vale?.
- Sí - Marisa permanecía de lado y de espaldas a la pelirroja.
Verónica la observó y cogió aire. No sabía por dónde empezar y se estaba poniendo cada
vez más nerviosa. Pero eso daba igual. Ya no podía echarse atrás. Era tarde para eso.
- Verás... - decidió empezar por el principio - Supongo que te acordarás de lo del
pasillo. Cuando salí con la sábana y me viste...
- Sss... - Marisa quiso contestar pero se acordó de las palabras de su amiga y se calló.
No sabía dónde quería llegar.
- Al principio me sentí incómoda pero por un momento me gustó como me mirabas - estaba
resultando difícil, muy difícil - Sé que te suena raro, pero... desde ese momento, no
dejé de pensar en aquella mirada. Tengo... tengo sentimientos que nunca había tenido.
Al menos, por una mujer.
- Vero... - Marisa estaba de piedra.
- Déjame terminar, por favor. Está siendo más difícil de lo que esperaba. He soñado que
estaba contigo... así en la cama y no sé que significa todo esto. Estoy hecha un lío, o
lo estaba hasta hoy. Al ver esa película he sentido ganas de abrazarte y... de algo que
nunca pensé... sentí... sentí ganas de besarte.
El silencio inundó la habitación. Ninguna de las dos se atrevía a hablar. Marisa
intentaba asimilar todo lo que escuchaba y Verónica pensaba en lo que quería decir y
cómo decirlo.
- Necesito averiguar que es todo esto, Marisa, o me volveré loca. Puedo afrontar lo que
sea pero necesito saberlo.
Marisa no se movió ni contestó. Por un momento, Verónica temió que se hubiera dormido.
- Marisa, ¿estás despierta?.
- Sí - fue lo único que logró decir. ¿Cómo podía dormirse después de una bomba como
aquella?.
Verónica se levantó de la cama y miró la espalda de Marisa. Sin pensarlo levantó las
sábanas y se metió bajo ellas, acostándose de lado frente a la espalda de la morena.
Esta no se movió del sitio.
Verónica no lo dudó, pues ya había arriesgado demasiado para echarse atrás. Pegó su
cuerpo contra el de la morena pasándole el brazo por la cintura. Se incorporó un poco
ayudándose con el codo del brazo que le quedaba libre, y que apoyó contra la almohada.
Con la mano apartó dulcemente el pelo que caía sobre la cara de Marisa. Se acercó y
deposito un suave beso sobre el cuello de la morena.
A Marisa, se le había parado el corazón y todos sus sentidos, de golpe. No creía lo que
estaba pasando.
- ¿Esto es un sueño? - preguntó confusa.
- Quieres que lo sea?.
Verónica besó esta vez una de las mejillas mientras apretaba el abrazo en la cintura.
Pegaba su cuerpo aún más al de la morena sintiendo su temblor bajo la piel.
- No - Marisa se giró quedando boca arriba y con la cara de Verónica muy cerca de la
suya.
A estas alturas la pelirroja se dejaba llevar por sus sentimientos, sin pensar.
Dulcemente rozó los labios de Marisa con los suyos esperando su reacción. Esta no tardó
en llegar pues la morena llevaba meses soñando con un momento así. Marisa abrazó a la
pelirroja cogiéndole la cara con una de sus manos y acercando su boca a la suya. Sus
labios se tocaron una vez más pero esta vez no se separaron. En vez de eso se apretaron
más y más.
La morena recorría el cuerpo con el que tantas veces soñó, acariciando y apretando los
sitios que más había deseado. Su pasión crecía por momentos pero, de repente, sintió
que Verónica se levantaba bruscamente y se sentaba en la cama.
- "No, por favor. Otra vez no". - pensó.
- Lo... lo siento. Dios mío, perdóname - Verónica estaba sinceramente avergonzada.
- ¿Por qué?, ¿qué he hecho?. Si he sido brusca, lo siento. A veces no me doy cuenta...
- No eres tú, es que... no puedo - los hombros de Verónica temblaban ligeramente lo que
indicaba que lloraba.
- Es pronto, aún. No pasa nada - Marisa la abrazó pero Verónica se levantó tan
bruscamente como antes - No debes avergonzarte. Todo lleva su tiempo. Iremos con calma,
¿vale? - la voz de Marisa sonaba tranquilizadora pero también asustada por la reacción
repentina de la pelirroja.
- No, no lo entiendes - Verónica no sabía como decirlo - Marisa, creo que no puedo
estar con una mujer. Todo esto ha sido un error.
- Tienes razón, no entiendo nada de nada - empezaba a darse cuenta de lo que pasaba -
Vienes aquí y me dices que sientes algo por mí. Te metes en mi cama, me besas y abrazas
y ahora dices que no puedes estar con una mujer. ¿A qué viene todo esto?, ¿estás
jugando conmigo?.
Verónica volvió a sentarse en la cama y cubrió las manos de Marisa con las suyas.
- No, por dios, claro que no. Perdóname, lo siento. - Verónica procuraba buscar las
palabras adecuadas pero sabía que, en este caso, no existían - Me he dado cuenta de que
sólo eran fantasías. Perdóname. No me daba cuenta. De verdad que creía que me gustabas
de esa manera. Pero yo no soy gay. Lo siento. No me odies, por favor.
- Ahora mismo no sé qué sentir ni qué pensar.
La confusión en estos momentos era demasiado grande para poder razonar. Esta vez fue
ella la que rechazó bruscamente el abrazo que le ofrecía Verónica.
- No me odies, Marisa, por favor. No quiero perderte. Estaba confusa, sólo eso.
- ¿Sólo eso?, ¿y yo?, ¿es qué sólo piensas en ti? - Marisa sacó sus manos de entre las
de Verónica - ¿Sabes por qué nunca te abordé, ni te dije lo mucho que me gustabas?,
porque temía por nuestra amistad. Pensaba que si lo sabías me rechazarías incluso como
amiga. Prefería tenerte así a no tenerte, a no verte. Eso es amor, Verónica. Tú no te
has preocupado, siquiera, por nuestra amistad. Sólo tenías que saberlo y ya está. Te
importó una mierda lo que yo pudiera sentir. Ni pensaste en eso, ¿verdad?.
Verónica no sabía que contestar. Era verdad. No lo pensó lo suficiente para darse
cuenta de lo que podía perder si salía mal. Había actuado impulsivamente y egoístamente.
- Sal de mi cuarto.
El tono de voz de la morena la asustó y la miró fijamente.
- ¿Qué?
- Ya me has oído. Sal de mi cuarto - al ver que Verónica no se movía, le gritó - TE DIGO
QUE TE VAYAS, ¿ESTÁS SORDA O QUÉ?.
- Lo siento - Verónica se levantó.
- ¿Eres capaz de sentir, Verónica?.
Marisa jamás la había llamado por su nombre completo. Desde el primer día utilizó el
diminutivo de Vero. Fue en ese instante cuando se dio cuenta de que aquello no pasaría
de la noche a la mañana. Puede que no pasase nunca. Le había echo daño, más del que ella
misma pudiera imaginar.
*****
Esta noche está siendo especialmente dura. Siento frío en mi interior mientras miro
a través de la ventana. Estos cristales son mi vida y mis ojos desde que te volví a ver.
Hoy estoy llorando. Los pañuelos no me dan abasto. Veo sombras a través de tu ventana y
de la cortina. Está demasiado oscuro para saber quién eres tú, pero hay dos personas,
de eso no hay duda. Estás con alguien en tu cuarto y mi corazón vuelve a estallar en
mil pedazos.
¿Cuándo dejaré de sentirme así?. ¿Por qué tuve que conocerte?. ¿Por qué dejaste que me
enamorara de ti si después me ibas a dejar así?. Es cruel, Patty. Muy cruel.
Ya no puedo aguantar más. Dejo la ventana y me acuesto en mi cama preparándome a una
noche más de insomio y de recuerdos. Recuerdos de nuestra vida juntas. Cuando mi amor
significaba algo para ti, si es que alguna vez lo sentiste. Ya no sé que pensar. Sí fue
real o sólo fruto de mi amor ciego. Sólo sé que mi corazón late por ti y así será
siempre.
*****
Marisa abrió su armario para buscar algo de abrigo. Se decidió por una rebeca gruesa y
una bufanda que su madre le había regalado. Los alegres colores de la rebeca era lo que
necesita en estos momentos. Las lágrimas le brotaron en varias ocasiones a lo largo del
día y no podía seguir así. En media hora iba a ver a Sonia y tenía que animarse.
Intentaba no pensar en lo que ocurrido la noche antes pero era imposible. Se levantó de
la silla donde llevaba todo el día y caminó por el pequeño cuarto. Su pelo pelirrojo le
caía por la cara descuidadamente pues ni siquiera se lo había peinado esa mañana. La
sensación de arrepentimiento le oprimía el pecho. ¿Cómo pudo actuar así?. La amistad
con Marisa le importaba y mucho. No era verdad lo que la morena le dijo, pero tenía
toda la razón en pensarlo. Ella sabía muy bien de los sentimientos de su amiga y
también sabía que le había roto el corazón. Sentía un miedo atroz al pensar que esa
amistad, que tan espontáneamente surgió entre ellas, hubiera desaparecido
definitivamente por su culpa. No lo iba a permitir aunque tuviera que humillarse y
arrodillarse suplicándole perdón. Marisa no se merecía lo que le había echo. Y se
odiaba a si misma.
El sonido del timbre sorprendió a cada una en su cuarto y sumida en sus propios
pensamientos. Verónica fue la primera en reaccionar y salió al pasillo. Marisa abrió la
puerta de su habitación y la vio. Decidió volver por su bolso y dejar que ella se
ocupara, fuera quien fuera.
La pelirroja miró por la mirilla de la puerta principal y se extrañó, al ver en el otro
lado a la misma mujer rubia que acompañaba al anciano Juan, cuando se encontraron en el
portal.
- Hola - dijo al abrir.
- Hola.
A pesar de su apariencia tranquila, los ojos verdes de la mujer no dejaban de mirar a
todas partes, delatando su estado real de nervios. Parecía estar buscando las palabras.
- ¿Está usted bien?, ¿puedo ayudarla en algo?.
- En realidad, sí.
- Si busca a Juan, creo que a esta hora siempre pasea por el parque. No creo que tarde
en volver.
- No. No busco a Juan, es que... necesitaba hablar contigo.
- ¿Conmigo? - se extrañó Verónica.
- Sí, bueno, no... es decir, con las dos, creo.
- Perdóneme, ¿quiere pasar?.
- Será lo mejor.
Verónica se apartó dejando que la mujer entrase en el piso. Su sorpresa crecía por
momentos. Sorpresa, que compartía ahora con su compañera de piso. La morena se quedó
parada en el pasillo al ver a la mujer rubia. Había escuchado algo de la conversación y
no entendía nada de lo que pasaba. La mujer rubia la miró y esta, como respuesta, la
invitó a pasar al salón y sentarse.
- Pase, pase. El piso es pequeño pero en el salón estaremos bien - dijo la morena
indicándole el camino.
- Lo sé muy bien - sonrió la mujer.
- Claro que lo sabe. Usted vivió aquí antes que nosotras - dijo Verónica devolviéndole
la sonrisa.
- Por favor, trátame de tú. No soy mucho más mayor que ustedes.
Sara se sentó en el sofá en el que tantas veces se había echado a ver la tele o,
simplemente, a pensar. Tenía mucho en lo que pensar. Verónica se sentó al otro lado
mientras que Marisa escogía una silla. Iba a llegar tarde pero la curiosidad la estaba
matando. No saldría sin saber, por qué aquella mujer necesita hablar con ellas. ¿Le
pasaría algo a Juan?.
- ¿Está bien Juanillo, verdad? - preguntó la morena.
- Sí, muy bien. Es un hombre muy bueno. Me ha ayudado mucho - se pasó una mano por su
corto pelo rubio y pensó cómo hacer la pregunta.
- Sí, le tenemos mucho cariño - dijo Verónica - ¿Quiere..., es decir, te apetece algo
de beber?. Tenemos refrescos o café. También compramos algo de té, me parece.
- No, tranquila. No quiero nada - volvió a acariciarse el pelo con la mano intentando
tranquilizarse - Supongo que les parecerá raro que yo esté aquí. No las conozco ni
ustedes a mí, creo.
La forma en que dijo la última frase no pasó desapercibida para ninguna de las dos.
Había algo de desconfianza en su voz y no llegaban a comprender porque una extraña iba
a desconfiar de ellas. Por un momento ambas se miraron pero no podían enfrentarse,
aunque sólo fuese por algo como aquello. Enseguida desviaron las miradas hacia la rubia.
- Sólo quería preguntarles... - Sara no hacía más que tocarse el pelo en un claro signo
de nerviosismo e incomodidad - ¿Por qué están buscando a Patricia Alonso?
Ambas se quedaron perplejas por la pregunta. Verónica recordó la reacción de la mujer
cuando se lo preguntó. Casi se desmaya.
- Entonces, ¿la conoce? - le preguntó.
- Sé quién es.
- Verás - Marisa cogió aire para explicárselo - Hemos recibido dos cartas para ella. Sé
que no debimos hacerlo pero las leímos. Nadie sabía nada de esta mujer y pensamos que
para tirarlas, por lo menos veríamos de qué se trataba.
- Después de leerlas - siguió Verónica - entendimos que era importante que las recibiera.
Son cartas que demuestran mucho amor y merecen ser leídas por su destinataria.
- Estuvimos buscando en el edificio - prosiguió la morena - preguntando en la policía e
incluso en el ayuntamiento. Pero nadie nos dijo nada.
- Por eso le pregunté en cuanto me acordé. No sabíamos que hacer con esas cartas.
Sara las miraba confusa. No sabía si creerlas o no. Por otra parte, ¿por qué le iban a
mentir si ni siquiera las conocía?.
- ¿Puedo ver esas cartas?.
- Bueno... - Verónica dudó un momento y miró a Marisa quién también parecía dudar -
Podemos enseñárselas pero no creo que sea justo que las lea.
- Ustedes las leyeron, ¿no?.
- Sí, pero...- no sabía cómo contestar a eso.
- Perdone que se lo preguntemos otra vez. ¿Conoce usted a esta Patricia?.
Marisa se ponía nerviosa. El tiempo pasaba y Sonia debía de estar preguntándose por ella.
- Sí. La conozco y sé dónde encontrarla... - de repente se calló recordando lo que las
chicas le habían contado - ¿amor?, ¿eran cartas de amor?.
- Sí, de mucho amor, diría yo - dijo Marisa - Nos emocionamos cuando las leímos. Hay
sentimientos muy personales en ellas por eso nos parece tan importante que Patricia las
reciba.
- ¿Quién las escribió?.
- Espere - dijo Verónica que empezaba a impacientarse - Le traeré una.
- Vero... Verónica - la llamó Marisa. Pero la pelirroja se dirigió a la cocina sin
volver la cabeza.
Cogió una de las cartas al azar y la llevó al salón. Marisa la miraba fijamente. Era
obvio que no estaba de acuerdo con su forma de actuar pero algo le decía que confiase
en aquella mujer. A pesar de lo extraño de todo esto, le entregó la carta.
- ¿Por qué se las enviaron a ustedes? - preguntó Sara observando detenidamente el sobre
que la pelirroja le acababa de dar.
- Creo que por alguna razón la mujer que la escribió piensa que aquí vive esa tal
Patricia - dijo Marisa.
Sara se quedó petrificada al oír las palabras de la morena. Finalmente logró controlarse
y preguntar:
- ¿Has dicho mujer?.
- Sí. Es una mujer la que le escribe. También nos extrañó un poco pero esas cosas pasan.
Más veces de las que una se imagina - Marisa miró con amarga sonrisa a Verónica. Esta
no pudo devolverle la mirada.
- ¿Cómo se llama esa mujer? - Sara parecía más nerviosa, aún, que antes.
- ¿No quiere leerla? - preguntó Verónica al ver como la rubia dejaba la carta a un lado
del sofá.
- ¿Cómo se llama ella? - volvió a preguntar. La impaciencia en su voz era notable.
- Gari - contestó la morena - Creemos que es un diminutivo pero...
Marisa se calló al ver como Sara se llevaba las manos a la cara y comenzaba a llorar.
Su llanto era amargo y ninguna de las dos sabía cómo reaccionar. Verónica se acercó a
ella y la rodeó suavemente con los brazos en un intento por calmarla.
- Sara - Verónica hizo que la rubia levantase un poco la cabeza. Sospechaba algo desde
hacía un rato y era el momento de preguntárselo - ¿eres tú Patricia Alonso?.
Sara levantó la vista hacia la pelirroja y después hacia la morena. En la cara de
Marisa se reflejaba que ella había pensado lo mismo. La pregunta no la cogió por
sorpresa. Sin embargo, la mujer no sabía cómo responder. Finalmente se dejó vencer.
- Sí.
- Pero...
- Creo que me vendría bien ese té, ahora - sonrió a la pelirroja que la miraba perpleja.
- Ya te lo traigo yo - dijo la morena que se levantó en dirección a la cocina. Pero
antes, sin mirar a Verónica, añadió - ¿quieres tú otro?
- Creo que será mejor un café. Pero, tranquila, yo me lo preparo - Verónica se levantó
también - Sara... o Patricia. Puedes leer la carta si quieres. De todas formas es para
ti.
- Nosotras estaremos en la cocina, ¿vale?.
La rubia les sonrió. Su sonrisa era tan amable como la del día en que la conocieron en
el portal, junto a Juan. Agradecía que la dejaran sola un momento. Lo necesitaba. La
carta que volvía a tener en su mano, le quemaba. Marisa reapareció en escena con la
otra carta y se la dio.
- Esta fue la primera que recibimos. Si las vas a leer mejor será empezar por esta.
- ¿Crees que... debo hacerlo? - la voz le temblaba.
- Sí, deberías - Marisa volvió sobre sus pasos pero se detuvo - Quizás quieras leerlas
en la intimidad.
- Ella me las envió aquí y aquí voy a leerlas - miró a Marisa a los ojos - Si no les
importa, claro.
- Por supuesto que no. Voy a preparar el té.
- Gracias.
Verónica la esperaba en la cocina sentada en una silla. Su cara reflejaba su confusión
y, al mismo tiempo, su emoción por todo aquel asunto. Ninguna de las dos recordaba, en
aquel momento, lo que había pasado entre ellas.
- Dios mío, esto es increíble. Parece una película - dijo, nada más entrar Marisa, en la
cocina.
- Pero, ¿quién será esta tía? - la morena se sentó en otra silla apoyando los brazos
cruzados en la mesa.
- Patricia Alonso, supongo. No entiendo nada.
- ¿Por qué se habrá cambiado el nombre?. ¿Estará huyendo de algo?. Quizás está huyendo
de Gari y llora por que la ha localizado - la desconfianza de Marisa volvía a la luz.
- No creo que sea eso. Ella vivía antes aquí. Por lo menos ya sabemos porque las cartas
la envió a esta dirección. Sabía que vivía aquí pero no sabe que ya se ha mudado.
- Y tampoco sabe que ahora se llama Sara.
- ¿Te fijaste en su cara cuando le dijimos que eran cartas de amor?. Se quedó pálida.
- Pálida se quedó cuando oyó el nombre de Gari.
- Espero que pueda contarnos algo más.
- Sí. No entiendo nada.
- Ni yo.
La conversación decaía a medida que ambas se daban cuenta de que hablaban como si no
hubiera pasado nada. Como si el incidente de la pasada noche nunca hubiera existido.
Volvían a hablar como las dos amigas que habían sido. Sin embargo, Marisa no podía
olvidar y los recuerdos amargos reaparecían en su cabeza y en su corazón.
- Será mejor que vaya calentando el agua - su voz se tornó seria.
- Sí, yo me prepararé el café.
Se levantó abriendo uno de los armarios, para sacar el bote de cristal donde guardaban
el café, hecho por la mañana. Después abrió otro de los armarios para sacar un pequeña
taza de su interior. Con cada movimiento evitaba rozar a Marisa que ya colocaba la
tetera al fuego.
El timbre del microondas sonó indicando que el café ya estaba caliente. Cogió la taza
con cuidado y se puso dos cucharadas de azúcar. Le gustaba muy dulce. Marisa se había
vuelto a sentar esperando que el agua se calentase.
Mientras miraba el café decidió sacar el tema otra vez. Le dolía demasiado. Tenía que
recuperarla. Al menos, lo intentaría con todas sus fuerzas.
- Marisa, sé que no quieres hablar pero...
- ¿No has hablado ya demasiado? - la morena miraba la tetera.
- He sido una imbécil y una egoísta, lo sé. Estoy sufriendo por haberte echo daño.
- ¿Tú estás sufriendo?. Vuelves a ser egoísta.
- Sé que no me va a ser fácil pero haré lo que sea por recuperar tu amistad. Es más
importante para mí de lo que crees. Podrás insultarme todo lo que quieras...
- Ah, ahora te gustan los insultos. ¿Sabes ya, lo que te gusta o no te has decidido?.
Ya eres mayorcita. Deberías saberlo a estas alturas.
- Vale, a eso me refiero - Verónica se levantó y se situó frente a la morena obligándola
a mirarla - ¿Quieres pegarme?. Pégame y desahógate. Creí sentir algo que no fue verdad.
Confundí el amor que te tengo como amiga por algo más. Fue sólo eso. Y lo siento, lo
siento.
- Eso es, repítelo una y otra vez. Al final lograrás creértelo.
- ¡Joder, no he matado a tu madre, Marisa!. No te he robado ni te he pegado. Sólo creí
estar enamorada de ti, ¿es eso un crimen?.
- Has jugado con mi corazón. ¿Sabes cuántas veces he pensado en meterme en tu cama como
tú lo hiciste en la mía anoche?. ¡Coño!, ¿sabes cómo me sentía cuándo te oía gemir con
Diego?.
Marisa jamás decía una sólo palabrota. Su enfado era latente y comenzaba a subir el
tono de voz. Verónica comprendió que no iba a ser tan fácil.
- Me odio por todo eso. Cuando estaba con Diego no sabía lo que sentías.
- Exacto, no lo sabías porque no te lo dije. No quería perderte.
- No creo que fuera sólo eso, Marisa. Sentías miedo al rechazo.
- Sin embargo, tú si sabías anoche que no te rechazaría. Por eso te lanzaste a probar,
a ver qué pasaba. Sentías curiosidad, y qué mejor que la bollera de al lado, que sabes
que está loca por ti.
El agudo sonido de la tetera las interrumpió. Verónica dejó su taza sobre la mesa
incapaz de beber nada y sacó una bandeja. Marisa colocó sobre ella dos tazas y dos
cucharitas junto con el azucarero. Añadió la tetera al conjunto y salió de la habitación.
Cuando entraron en el salón, Patricia estaba de pie junto a la ventana. La primera
carta estaba abierta sobre el sofá. Miraba hacia el exterior y pareció no darse cuenta
de que las dos chicas habían vuelto.
- ¿Estás bien? - le preguntó Verónica, acercándose un poco a ella.
- ¿Eh?, perdona. No les oí llegar - se secó la cara con las manos. Sus ojos rojos
demostraban que había llorado, y mucho.
- Aquí tienes un té. Sólo tenía de limón, espero que te guste - Marisa dejó la bandeja
y separó el té de la invitada.
- Gracias, me gusta cualquier té - Patricia volvió a sentarse. Cogió la carta que había
dejado y la miró fijamente.
- No quiero parecer entrometida - dijo Verónica - Es que llevamos mucho tiempo dándole
vueltas a esta historia, y... bueno - por una vez se quedó sin palabras. No sabía cómo
preguntar.
- Quieren saber de qué va todo esto, ¿no? - la rubia sonrió con tristeza mientras
soplaba suavemente el té caliente intentando enfriarlo un poco.
- Estamos intrigadas - dijo Marisa sentada en la misma silla - ¿Quién es Gari?.
- En realidad, se llama Gara. Sólo yo la llamo así.
- Igual que sólo ella te llama Patty - dijo Verónica.
- Sí - al escuchar ese nombre de nuevo otra lágrima resbaló por su mejilla. No pensaba
que le quedasen más - Ella es... ella fue...
- ¿Tú novia? - preguntó la morena.
- Algo así. No fue una relación fácil. - Patricia se quedó mirando la segunda carta que
aún no había leído.
- ¿Quieres leerla?. Podemos dejarte sola otra vez - le dijo Verónica.
- No. Algo me dice que debo leerla en mi casa. Sería como si estuviera con ella a solas,
otra vez.
- ¿La quieres? - preguntó, una vez más, Marisa.
- Nunca he querido a nadie como la quiero a ella. Daría mi vida por ella.
- Y, entonces, ¿por qué la abandonaste?.
- Porque di mi vida por ella.
- No lo entiendo - dijo Verónica - ¿Qué pasó?.
- Quizás estamos preguntando demasiado. En realidad no es asunto nuestro - dijo Marisa
que terminaba su té.
- No importa. Me viene bien hablar con alguien - cogió aire secándose las lágrimas con
un pañuelo que Verónica le había dado - Parecen buena gente y se han preocupado
demasiado por todo esto. Por favor, les pido que lo que voy a contar no salga de este
cuarto.
- Con nosotras puedes estar tranquilas - dijo Marisa.
- Don Juan es el único que lo sabe. Me sigue llamando Sara por ayudarme. Le quiero un
montón. Es como un padre para mí.- hablaba con tristeza - O como una madre debería
decir. Mi padre era un cielo pero mi madre... es como si nunca la hubiese tenido.
- ¿Por qué te cambiaste el nombre? - preguntó Verónica. Su curiosidad crecía por
momentos y no podía callarse.
- Déjala hablar - dijo Marisa con brusquedad. Verónica la miró y, por un momento, le
iba a contestar. Pero se lo pensó mejor.
- No sé por dónde empezar.
- Por el principio estaría bien -dijo Verónica intentando quitar tanta tensión.
- Supongo - volvió a coger aire y comenzó - Mi familia siempre fue muy estricta.
Pertenecíamos a la clase media pero mamá tenía sueños de grandeza. Se codeaba con la
alta sociedad sin tener donde caernos muertos. Nos obligaba a asistir a fiestas y
conocer a gente bien, como ella decía. Conoció a una familia que tenía un hijo cinco
años mayor que yo. Él me gustaba, al menos, al principio. Parecía simpático y me
regalaba joyas. Siempre me hacía regalos caros. No sólo a mí sino a mi madre también.
Recuerdo que a mi padre no le hacía ninguna gracia. Se sentía ofendido y con razón. Él
nunca pudo regalarle cosas así a mi madre. Pero se mató a trabajar toda la vida, para
que ella viviese la suya, lo mejor posible.
Paró un momento para beber un poco de té pues los recuerdos se le apelotonaban en la
cabeza.
- Salimos un par de veces pero había algo en él que no me acababa de convencer. Un día
le dije a mi madre que iba a dejarle. Se puso echa una fiera. Me gritaba que mi futuro
se iría a la mierda, que nunca podía conseguir a nadie mejor y que nadie me podría
ofrecer lo mismo que él. En ese momento, yo tenía 20 años y mi madre nos tenía dominados
a mi hermano y a mí. Me entró miedo y continué con él - se calló un momento - Tres años
más tarde nos casamos. ¡Qué imbécil fui!.
Volvió a beber de la taza terminándose el té que, a estas alturas, era más bien té
helado.
- ¿Tú madre estaría orgullosa, no? - le preguntó con sarcasmo Marisa.
- No sabes cuánto. Nunca la vi tan contenta.
La mirada de Patricia no dejaba lugar a dudas de lo que sentía por su progenitora en
aquellos momentos.
- Cuatro años más tarde conocí a Gari.
- ¿Cómo fue? - preguntó Verónica interrumpiéndola - Perdón, sigue. No lo puedo evitar.
La rubia la miró sonriendo.
- Mi marido trabajaba en el negocio familiar de joyas. Pero algo pasó con Hacienda y se
arruinaron de la noche a la mañana. Por lo visto existía demasiado dinero sin
justificar. Nunca supe bien que pasó pero creo que hubo algo de drogas por medio. No lo
sé. El caso es que mi suegro fue a la cárcel y mi marido se quedó en paro. Sus supuestos
amigos dieron la espalda a la familia como si de leprosos se tratasen. Yo estaba
trabajando de profesora. Él no quería que lo hiciera. Ahora no sé qué hubiera sido de
nosotros si le llego a hacer caso y me quedo en casita como una buena esposa. Vivíamos
gracias a mi sueldo y él no podía soportarlo.
- ¡Hombres!. No pueden soportar que una mujer gane más que ellos. Me parece absurdo.
Deberían alegrarse cuando le suben el sueldo a la esposa. Siempre supone más dinero en
casa. Pero no, ellos piensan con la entrepierna y se ofenden - dijo Verónica.
- Veo que los conoces bien - dijo la rubia sonriendo.
- Sí, los conoce muy bien - el sarcasmo en el tono de Marisa era evidente.
- Cuando yo termine, les toca a ustedes - dijo la rubia mirándolas.
- ¿A nosotras? - preguntó la morena.
- Las he oído discutir en la cocina. Lo siento, pero el piso es pequeño. Era imposible
no escucharlas.
- Es un asunto privado - dijo Marisa.
- Lo mío también y se los estoy contando.
- Lo siento, tienes razón - se disculpó la morena - Ya veremos.
Verónica, que permanecía en silencio sentada en el sofá junto a la rubia, acercó una
silla y descansó los pies sobre ella. Se abstuvo de hacer comentario alguno.
- Ya veo que te estás acomodando - dijo la rubia.
- Sí, parece que va para largo - sonrió.
- ¿Por dónde iba?.
- Ganabas más que tu marido - dijo Marisa.
- Ah, sí. Tuvimos que mudarnos y nos fuimos a vivir a un bloque de apartamentos modesto.
Es decir, modesto para él para mi estaba bien. Y allí conocí a Gari. Nosotros vivíamos
en el tercero y ella en el segundo.
- Y, ¿cómo fue? - esta vez la pregunta la hizo Marisa.
- Ah, veo que cada vez les interesa más.
- ¿Cada vez?. He pensando en este tema muchas veces. Y nunca conseguía entender nada de
nada - dijo Marisa.
- La encontré... - pensó durante un segundo antes de seguir - No, fue ella la que me
encontró a mí.
*****
Pasado
Gara tuvo que subir a la azotea por la escalera. El ascensor seguía sin funcionar. Se
alegraba de hacer ejercicio ya que, desde su casa hasta lo alto del edificio, habían
ocho pisos.
Llevaba el cesto de la ropa sucia vacía, por lo que subía ligera. Eran las diez de la
noche, una hora poco habitual para recoger la ropa. Sin embargo, en ella empezaba a ser
normal. Nunca se acordaba por más que dejaba el cesto a la vista. Más de una vez tenía
que volver a tenderla en el balcón de su casa, debido a la humedad de la noche.
Abrió la puerta y salió al exterior. Al fondo vio su ropa. Como era lógico no había
ningún otro tendedero con ropa. Se rió de si misma y de su poca cabeza para las cosas
de la casa. Dejó la puerta abierta pues la luz de la escalera del edificio era la única
que podía iluminarla.
Cuando sólo le quedaba un juego de sábanas por recoger, escuchó algo. Se quedó parada y
agudizó el oído. De vez en cuando se encontraba con alguna parejita por allí. La azotea
tenía algunos rincones ideales para ese tipo de cosas. De noche no se podía ver si
había alguien o no. Al no volver a escuchar nada siguió con su tarea.
Otra vez el mismo sonido la interrumpió. Ahora era más claro. Parecía un sollozo, pero
por más que se esforzaba, no lograba ver a nadie. De repente en una esquina vio lo que
parecía un pie. Se asustó, pues no sólo parejas podían encontrarse en la azotea. A veces
encontraba alguna que otra jeringuilla.
Esta vez el sonido del llanto fue claro. Alguien lloraba sin control. Decidió acercarse
con cuidado.
- ¿Hay alguien ahí? - preguntó con cautela.
- No... no se preocupe... estoy bien - la voz de la chica sonaba entrecortada a causa
del llanto.
- No lo parece - decidió acercarse un poco más - ¿Le pasa algo?.
- Por favor, déjeme en paz - le suplicó.
Estaba muy cerca de ella cuando vio unas gotas de sangre en el suelo. Se asustó y le
preguntó:
- ¿Está usted herida?.
- No, estoy bien. Váyase, por favor.
- Lo siento, pero no puedo. Aquí hay sangre y además está fresca. No está bien y no
puedo dejarla así. No me lo perdonaría - se sentó junto a la chica.
Enseguida, esta reaccionó y se levantó deprisa. A la luz pudo verla mejor. Era una
chica joven, más bien baja con pelo largo y rubio. Sin embargo, no le pudo ver la cara
pues se la tapaba con las manos.
- Espera. Quiero ayudarte - le dijo lo más suave que pudo - Déjame ayudarte.
- ¿Quién eres tú?, y, ¿por qué quieres ayudarme?. No me conoces - dijo con amargura en
su voz.
- Me llamo Gara y es verdad, no te conozco. Pero veo que no estás bien, ¿por qué no iba
ayudarte?.
- Porque puede perjudicarte. No quiero cargar con más desgracias - el llanto volvía a
aparecer en la joven.
- ¿Cómo te llamas?.
- Tú vives en el segundo, ¿verdad? - preguntó, sorprendiéndola.
- ¿Cómo lo sabes?.
- Te he visto - hablaba sin mirarla directamente. Siempre ocultándose de la luz de la
escalera.
- ¿Vives aquí?, no me suena haberte visto.
- Sí, sí que lo has hecho. Pero nadie se fija en mí. Procuro que no lo hagan es mejor
para ellos... y para mí - en su voz había miedo.
- Si no me dices lo que te pasa, no podré ayudarte. ¿Estás sangrando? - se levantó
intentado acercarse a ella. Pero cada vez que lo hacía ella huía.
- ¿A quién le importa eso? - se rió. Su risa era amarga para ser tan joven.
- A mí.
- ¿A ti?, y, ¿quién coño eres tú?. ¡DÉJAME EN PAZ! - esta vez gritó y salió corriendo
hacia la parte de atrás de la azotea escondiéndose en otra esquina.
- No importa cuanto te escondas, ¿sabes?. Siempre te van a encontrar.
- ¿TE HA MANDADO ÉL, VERDAD?, QUIERE CONTROLARME - sus gritos podían haberse escuchado
en toda la calle, si no estuvieran a 11 pisos de altura.
- Oye, cálmate. Así no vas a conseguir nada. - decidió no volver a acercarse. Eso
parecía empeorar más las cosas - No sé de qué me estás hablando. Yo he venido a recoger
la ropa.
- ¿A estas horas?.
- Es lógico que no me creas, visto así. Si me conocieras sabrías que esto me pasa a
menudo. Y, últimamente, más.- se rió de si misma una vez más - Tiendo la ropa y,
después, me olvido. Y, aquí me ves, como una idiota a las diez de la noche con la
bañadera a recoger la ropa - hablaba intentando que se tranquilizara y parece que lo
conseguía.
De repente lo que había sido un llanto se convirtió en una risa. Era un comienzo.
- Sí, tú ríete. A mí no me hace ninguna gracia, ¿sabes?. Estoy en mi casa, al final del
día, con mi pijamita puesto y cenada. Me echo en el sofá a ver la tele para relajarme.
Y, de repente, allí está. La veo muerta de la risa.
- ¿A quién? - preguntó curiosa la rubia.
- A la maldita bañadera esta, en mitad del cuarto. A veces creo que se vacila de mí.
Observa cómo me recuesto y enciendo la tele, y allí está, pensando: "No te acomodes
demasiado que aquí estoy yo". Y se parte de risa.
- Estás loca - dijo la rubia riéndose.
- Posiblemente, no te extrañes. Pero esta loca ha conseguido hacerte reír.
- Sí, y eso no es nada fácil.
- Ya veo. Y ahora que ya sabes más sobre mí y mis locuras, podrías decirme, al menos,
tu nombre, ¿no? - se sentó en el frío y sucio suelo de la azotea, no muy cerca de la
chica.
- Patricia - dijo.
- Tienes una voz dulce, cuando no lloras, ni gritas, insultando a las vecinas que
recogen la ropa de noche.
- Siento haberme puesto así.
- ¿De qué tienes miedo? - De repente la rubia se levantó asustada.
- He de irme. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?.
- No lo sé, pero...
Patricia se había levantado y la luz la iluminaba por completo. Pudo ver que era una
mujer muy guapa. O, al menos, debía serlo debajo de aquellos moratones que le cubrían
la mitad de la cara.
- Dios mío, ¿qué te ha pasado?.
La rubia no contestó. Salió corriendo y se metió en el edificio. Ella la siguió y la
vio correr, prácticamente, saltar, mientras bajaba las escaleras. Sólo pudo ver como se
marchaba. Fue un breve momento pero aquella chica tenía algo. Algo que la hacía
preocuparse por ella y querer saber más. Aquellos moratones no indicaban nada bueno,
eso estaba claro. Necesitaba ayuda y ella iba a buscar la manera de hacerlo.
*****
Habían pasado ya dos días desde aquel encuentro y no la había vuelto a ver. Miró en los
buzones y el nombre de Patricia aparecía dos veces. En el tercero y en el séptimo. En
el tercero iba unido a un tal Diego Martín, mientras que en el séptimo eran cuatro, lo
que parecían el matrimonio con los dos hijos. No sabría cuál era hasta que por
casualidad se encontró con la Patricia del séptimo en el ascensor. Entró agarrada de la
mano de su madre, pues no tendría más de seis años. No hizo falta preguntar pues ella
misma se presentó. Era una niña muy despierta y no paró de hablar hasta que se bajó con
su madre que pedía disculpas por su hija. Con una hija así de encantadora no tenía por
qué pedir disculpas a nadie, más bien debía dar las gracias. Así se lo hizo saber.
Estaba claro que la Patricia que buscaba vivía en el tercero. Justo encima de ella. Se
quedó sorprendida, una vez más, de las casualidades de la vida. Pero, al mismo tiempo,
comenzaba a entender lo que pasaba. Los conductos de los baños estaban comunicados y, a
través de las rejillas del aire, se escuchaban, a veces, las conversaciones de los
vecinos.
Ella no solía prestar atención hasta una noche. Salía de la ducha y escuchó unos gritos
de mujer a lo lejos. Se quedó quieta escuchando y oyó lo que parecía un golpe seco en
el suelo. Alguien o algo se había caído. Siguió con su tarea sin preocuparse más. A
partir de aquella noche siguió escuchando alguna que otra discusión.
Aquella noche veía una película echada en su cama. Vivía sola por propia voluntad.
Siempre fue muy independiente y a nadie le extrañó que, en cuanto se puso a trabajar,
buscase un piso para ella sola. Aunque fuese de alquiler. Llevaba tres años viviendo
allí y le gustaba su independencia. Disfrutada de ella, por ahora.
Se estaba quedando dormida cuando alguien tocó al timbre de su puerta. Se sobresaltó y
tardó un segundo en reaccionar. Se levantó poniéndose la bata por el camino y
preguntándose quién demonios tocaba a su puerta a aquellas horas. Miró el reloj de la
cocina antes de mirar quién era. "Son casi las 12 de la noche, ya puede ser importante"
- pensó.
Su sorpresa fue mayúscula al ver a la rubia al otro lado. Abrió la puerta y se asustó
al verla. Tenía el labio superior partido y un hilo de sangre le bajaba por el mentón.
El hinchazón de los moratones que había visto aquella noche, había disminuido, pero aún
se notaba algo del color morado en su mejilla.
- Pasa, pasa... no te quedes ahí - le dijo, empujándole suavemente con una mano para
animarla a entrar.
- Siento molestarte - parecía avergonzada y asustada. Era incapaz de apartar la vista
del suelo.
- No seas tonta. ¿Qué te ha pasado?.
Intentó hablar pero el llanto se lo impidió. La morena la abrazó para intentar
tranquilizarla y la llevó hasta el sofá del salón. La obligó, con delicadeza, a
sentarse. La chica la abrazaba con fuerza y no dejaba de llorar. Esperó hasta que se
desahogase del todo.
- Sé que es muy tarde, perdóname. No sabía donde ir - dijo pasándose las manos por la
cara intentando secarse las lágrimas.
- Espera, espera - Gara cogió un paquete de pañuelos de una de las estanterías del
cuarto y sacó uno, dándoselo.
- Gracias.
- Cómo sigas dándome las gracias, voy a parecer una santa por abrirte la puerta y darte
un pañuelo - Ese comentario hizo reír a la rubia.
- Siempre consigues hacerme sonreír. Y no es tarea fácil.
Por primera vez, Patricia miró directamente a los ojos de Gara. Se quedó impactada al
ver el profundo azul que los coloreaba. Hasta ahora no se había percatado de la belleza
de la mujer que acababa de abrazar. Su largo pelo negro le caía por la espalda
realzando, aún más, si es que eso era posible, aquellos ojos. No pudo contenerse y se
lo dijo.
- Tienes los ojos más bonitos que he visto nunca.
Gara no contestó inmediatamente. También se había fijado en los verdes ojos de la rubia
y en lo mucho que le gustaba tenerla cerca. Apenas la conocía pero su corazón le dio un
vuelco cuando la vio al abrir la puerta.
- Los tuyos tampoco están mal.
- ¿Los míos? - Patricia se avergonzó de su aspecto - Tengo la cara echa un cristo y es
el primer piropo que me dicen en meses. Más bien diría en años.
- ¿Qué te ha pasado? - Gara se preguntó cómo podía haberse olvidado de eso. Por un
momento sólo la veía a ella y nada más.
- Tengo que pedirte un favor.
- Lo que quieras - En verdad estaba dispuesta a hacer lo que fuera por aquella mujer.
No sabía por qué pero lo haría.
- Necesito quedarme aquí esta noche.
Gara se sorprendió de la petición. En primer lugar, Patricia no podía saber que ella
vivía sola. O, quizás, sí. Existían vecinas muy cotillas en aquel bloque.
- ¿Por qué? - su pregunta le salió más brusca de lo que esperaba e intentó suavizarlo -
Verás, no me importa que te quedes. De verdad, que no. Pero, tú vives con alguien, ¿no?.
No quiero interferir en una relación.
- Ya veo que has estado investigando. Hace dos días ni siquiera sabías si vivía aquí y
ahora sabes hasta con quién vivo - la rubia pareció disgustarse - No quería molestarte.
Pensé que querías ayudarme. Al menos, eso dijiste.
- No te vayas - Patricia se levantó pero Gara la cogió de la mano impidiéndola irse -
No quería decir eso. Si necesitas quedarte aquí esta noche puedes hacerlo. Es más
quédate todo el tiempo que necesites. No tienes por qué explicarme nada.
La rubia se sentó de nuevo, sin soltar la mano de la morena. Es más la apretaba
dulcemente. La miró de nuevo a los ojos. Por un momento, pensó que podía estar así el
resto de su vida. Nunca se había fijado en una mujer pero aquella tenía algo especial.
Algo que la atraía desde el primer momento en que la vio entrar en la azotea, aquella
noche.
- Gracias. De verdad que lo necesito.
- Pero, déjame curarte al menos. Sigues sangrando.
Con un dedo limpió un poco de la sangre que le quedaba en el mentón. El roce la hizo
temblar. Sin querer miraba fijamente la boca de la rubia. Patricia, a su vez, luchaba
consigo misma por los sentimientos que amenazaban con controlar su voluntad. Al sentir
el suave roce del dedo en su piel, y la mirada en sus labios, una fuerza irresistible
la atraía hacia ella. Observó esos dulces labios que la llamaban. Pero logró controlarse,
al menos, por esta vez. Si algo así volvía a pasar no respondía de sus actos. ¿Qué le
estaba pasando?. Tantos golpes la estaban trastornando. Eso debía ser. Volvió a pensar
en ello y se echó a llorar de nuevo.
- ¿Te he hecho daño? - preguntó asustada la morena. No entendía la reacción de la rubia...
Patricia se abrazó a ella con fuerza y Gara no pudo evitar devolverle el abrazo. Se
moría por saber qué estaba pasando. ¿Cómo alguien podía hacer sufrir a aquella criatura
tan hermosa?. No lo entendía. Pero se temía que su marido tuviese algo que ver en esto.
No pudo evitar preguntárselo.
- Sé que te dije que no tenías que darme explicaciones, pero no puedo evitarlo.
Gara seguía abrazándola con fuerza y Patricia hacía lo mismo mojándole la camiseta del
pijama.
- ¿Es tu marido, verdad?. Él que te pega, quiero decir.
Patricia se separó extrañada. Miró a Gara sorprendida.
- Llevas puesto el anillo de bodas.
La rubia no supo que contestar. No quería mentirle pero tampoco quería hablar sobre
ello y Gara pareció entenderlo. Apenas se conocían pero sentía que conectaban.
*****
Presente
- ¿Tu marido te pegaba? - preguntó Verónica con irritación en la voz.
- Sí.
La rubia miraba al suelo recordando aquellos momentos y volvió a llorar. Esta vez
lloraba en silencio. Las lágrimas le resbalan por la mejilla sin que, en su cara, se
reflejase ningún sentimiento. Aprendió a llorar así durante su matrimonio. Si él la oía
llorar era mucho peor. No soportaba sus falsas disculpas. Una y otra vez se arrepentía
para volver a pegarla al día siguiente, o incluso en el mismo día. Daba igual, siempre
encontraba alguna excusa para justificarlo.
- Llegué a pensar que en verdad me lo merecía.
- ¡¿Cómo vas a merecerte una paliza?! - Esta vez saltó la morena.
- Nadie se lo merece y ahora lo sé. Pero cuando vives con alguien así... - paró para
secarse las lágrimas que no paraban de brotar - Te hace sentir como que no vales nada.
No tenía a quién acudir, mi familia no me creía. Mi madre incluso me decía que algo
habría echo yo para enfadarle así. Debía de haberse casado ella con él y no yo.
- Dijiste que tenías un hermano, ¿verdad? - dijo Verónica.
- Sí, pero él no sabía nada. Siempre se lo oculté. Es el único hombre de mi vida. Tiene
diez años menos que yo y siempre me he comportado con él como una madre. Supongo que lo
intentaba, ya que nuestra madre no lo hacía.
- ¿Qué pasó aquella noche?.
La cara de Patricia se iluminó al volver a pensar en Gara. Los ojos le brillaban cuando
hablaba de ella.
- Gari se portó genial conmigo. Siempre lo hizo - pensó un momento antes de continuar -
Yo dormí en su cama y ella en el sofá. Intentó convencerme para que lo denunciara pero
yo no podía. Creía que podía arreglármelas sola. Al día siguiente era sábado y no tenía
que ir a trabajar. Por la mañana me levanté muy temprano pues no quería molestarla y me
fui a mi piso.
- Sin avisarla - dijo Marisa.
- Sí - Patricia la miró - Sé lo que estás pensando, pero todo lo hice por su bien. Era
necesario.
- No te estoy juzgando. No soy quién para hacerlo.
- No, ella nunca juzga - dijo con claro sarcasmo Verónica.
Marisa la miró y decidió no contestar. No era el momento de empezar una discusión.
Todavía quedaban muchas cosas por aclarar de todo aquel asunto.
- ¿Qué pasó después de eso? - preguntó Verónica que también decidió dejar el tema, por
ahora.
Patricia no pudo contestar pues el timbre de la puerta sonó con fuerza. Marisa pareció
darse cuenta de quien era y se levantó rápidamente...
- ¡Dios mío! - exclamó.
Abrió la puerta y frente a ella estaba Sonia. En su cara se podía ver preocupación.
- ¡Sonia!. Lo siento, es que me olvidé... quiero decir... me despisté - No encontraba
como explicárselo.
- ¿Quién es? - preguntó Verónica desde el salón.
- Ya veo. ¿Sabes qué hora es?. Habíamos quedado hace cuatro horas - en su tono de voz
había más decepción que enfado.
- Lo siento, es que ha surgido algo y... pasa, por favor.
Sonia se lo pensó un momento pero decidió pasar. Por lo menos saldría de allí con alguna
explicación, fuera la que fuese. Verónica apareció en escena.
- Sonia, ¿qué tal?. Pasa.
Pensó en llevarla al salón pero Marisa se lo impidió. Quería hablar con ella en su
cuarto y Verónica se dio cuenta de la situación.
- No ha sido culpa de Marisa, de verdad. Ella te lo explicará.
Sonia siguió a Marisa hasta su cuarto y cerró la puerta. Verónica se fue hacia el salón
donde, una Patricia algo confusa, esperaba.
- ¿Pasa algo? - preguntó la rubia.
- No, nada. ¿Por dónde... - lo pensó mejor antes de continuar - No, será mejor esperar
a Marisa. Si me cuentas más que a ella va a ser peor.
- ¿Qué pasa entre vosotras?. No pretendo ser entrometida pero, no sé, tal vez pueda
ayudarlas.
- ¿Entrometida?. Las entrometidas somos nosotras, en todo caso. Nos estás contando tu
vida como si nos conociéramos desde hace años.
- Me viene bien, la verdad. - Patricia volvió a mirar la carta - ¿Cómo es posible que
aún me quiera?.
- Parece mucho más que eso. Eres el amor de su vida.
- Y ella lo es de la mía.
- ¿Por qué la dejaste?.
- No podía hacer otra cosa. La quería demasiado y aún la amo.
- No lo entiendo.
- Lo sé, es difícil. Te lo contaría pero todavía Marisa no ha vuelto.
- Ya. ¿Quieres comer algo?. Debes de tener hambre. Yo, desde luego, la tengo.
- Creo que voy aceptar tu invitación. Lo de ellas dos parece que va para largo - dijo
la rubia señalando a la puerta cerrada de la habitación.
Verónica la acompañó a la cocina dónde le ofreció una silla para que se sentara.
- ¿Qué te apetece?
- No hace falta que prepares nada. ¿Tienes galletas o algo así?. No es que tenga
demasiada hambre.
- Tengo un bizcochón de chocolate que está buenísimo. Al menos, a mí me gusta - le dijo
la pelirroja sonriendo. Se dirigió a uno de los armarios y lo abrió sacando el dulce en
cuestión.
- Tiene buena pinta - dijo la rubia que cogía el trozo que Verónica la ofrecía -
Gracias.
- A mí me encanta.
- ¿Sabes que tienes un pelo precioso?. A Gari le gustarías.
- ¿De verdad?.
- Sí, le gustan las pelirrojas.
- Yo prefiero los morenos, aunque algunos rubios no están mal.
- Ah, ya veo - la rubia la miró extrañada - Por la conversación que escuché antes
pensaba que eras...
- ¿Gay?. No escuchaste mucho entonces.
- No, tenía cosas en las que pensar - terminó su trozo y se dispuso a partir otro más.-
Al final tenía más hambre de la que pensaba. Cuéntame tú, mientras esperamos.
- No hay mucho que contar tampoco. Marisa si es gay y descubrí por casualidad que yo le
gustaba. Llevamos sólo unos meses compartiendo piso pero siempre hemos sido muy amigas.
Hasta anoche.
- ¿Qué pasó anoche? - la rubia la miraba intrigada.
- Fue culpa mía. Desde que me di cuenta que le gustaba, algo en mí se encendió. Confundí
mi cariño de amiga por algo más y anoche quise comprobarlo. Sin avisarla me metí en su
cama pero me di cuenta que yo no soy así. No soy gay.
- Y ella se enfadó.
- Sí, y mucho. ¿Quieres un poco de agua? - preguntó ya que la rubia se había comido dos
trozos de bizcochón sin nada con qué bajarlo - Tiene razón, ¿sabes?. Tiene toda la razón.
Ella nunca intentó nada conmigo porque ponía nuestra amistad por encima de todo y, sin
embargo, yo no hice lo mismo.
- Quizás tenías que haber hablado con ella antes de meterte en su cama. Las palabras
ayudan mucho. - cogió el vaso de agua que la pelirroja le ofrecía - Gracias.
- Sí, ahora me arrepiento. Yo tenía novio hasta hace muy poco y siempre lo traía aquí.
Delante de ella. Ahora entiendo lo que tuvo que pasar. Nunca me di cuenta.
- Que la persona que quieres se acueste con alguien delante de tus narices, debe ser
frustrante.
- Y qué lo digas. Pero estoy decidida a compensarla de alguna manera. Para mí es muy
importante nuestra amistad. Una amiga así nunca la tuve antes y no sé si volveré a
tenerla.
- La amistad hay que cuidarla como el mayor de los tesoros. No debe abandonarse.
- Y el amor tampoco.
Patricia la miró. Ella misma había dudado muchísimas veces sobre el por qué lo había
echo. Y cada vez que lo hacía pensaba en él y en lo que estaba pasando en aquellos días.
Siempre llegaba a la misma conclusión. Fue lo mejor para las dos.
- ¿Quién es la que está con ella?.
- Sonia. Es una amiga mía. La otra noche se acostaron o eso creo. Algo debió de pasar
porque Sonia tardó una par de días en llamarla y eso no es normal en ella. Es una chica
muy atenta y siempre da una impresión equivocada.
- ¿En qué sentido? - Patricia bebió un poco de agua. Al parecer la suya no era la única
historia en aquel piso.
- Todo el mundo piensa que es una lanzada. Una echada para adelante por su forma de
vestir. Pero no lo es, en absoluto. Es muy buena persona y muy sensible. Debe de estar
mosqueada.
- ¿Con Marisa?, ¿por qué?.
- Hoy habían quedado en verse a las seis.
- ¿A las seis?, ¡Pero si son las 10 de las noche!. ¿Se le olvidó?.
- No, apareciste tú. Supongo que la intriga fue más fuerte. Llevamos pensando mucho
tiempo en esas cartas.
- Así que la culpable soy yo - dijo la rubia avergonzándose - Quizás debería hablar yo
con esa Sonia.
- No. ¡Qué va! - Verónica miró el reloj y en su cara se dibujó una sonrisa - Por lo que
tardan puede que estén haciendo las paces.
La rubia se rió y casi escupe el agua que acababa de beber. Se acordó de todas las
veces que Gari la había echo reír a ella.
*****
Marisa miró a Sonia atentamente. Esperaba que lo hubiese entendido. Ella se había
sentado en una silla mientras que Sonia decidió hacerlo en la cama. Escuchó atenta toda
la historia y parecía más relajada. Pero tenía la misma expresión de decepción que
mostró al entrar.
- Entiendo que fue una sorpresa pero eso no justifica nada - dijo mirando el móvil de
Marisa sobre la mesita de noche - Tenías que haberme llamado. Lo hubiera entendido.
- Tienes toda la razón - Marisa se sentó al lado de la morena y cogió su móvil de la
mesita - Ya sé porque no oí tus llamadas. Está sin batería - dijo mostrándoselo.
- Me he sentido como una imbécil allí plantada. Y ya van dos.
Marisa la miró extrañada sin comprender porque decía eso. Se acordó de la noche con
ella y como se había ido. Y lo entendió.
- No me he portado bien contigo - desvió la mirada centrándola en algún punto en el
suelo del cuarto - Es la primera vez que me pasa esto. Nunca he dejado colgada a nadie.
Si hubiera sido al revés ahora te estaría gritando.
- Marisa, tú me gustas. Supongo que por eso esperé tanto y, por eso, estoy aquí. De
otra forma te aseguro que yo también gritaría. Es más ni siquiera hubiera venido.
Dejaría de hablarte, sin más.
- Lo siento. La verdad es que... - dudó un momento - llevaba todo el día pensando en
esta cita. No sabía qué ponerme.
- ¿Cita?. Así que lo considerabas una cita - Sonia la miró con una leve sonrisa en sus
labios.
- Pues, sí. El caso es que... - volvió a dudar. No estaba segura de contárselo - pasó
algo anoche.
- ¿Anoche?.
- No debería contártelo. Si lo hago es porque me gustaría...
- ¿Qué? - Sonia la miró fijamente.
- Salir contigo.
- Vale, a mí también. Pero que tiene que ver.
Marisa cogió aire. Ese día estaba dando demasiado de si.
- Anoche Vero se metió en mi cama - Marisa la miró y Sonia desvió la mirada - Espera,
déjame terminar. Tú sabes lo que yo siento o sentía por ella y me dejé llevar. Pero
ella paró de repente. Se equivocó.
- ¿Cómo que se equivocó?, ¿en qué se equivocó, de cama? - la expresión de Sonia había
cambiado por completo.
- No, espera. Ella pensó que lo que sentía por mí era algo más que amistad y descubrió
que no era así. Ella no es gay.
- Vale - Sonia se levantó - No sé que pensar Marisa. Creo que esto es demasiado
complicado, ¿sabes?.
- Sonia, yo también descubrí que no era ella la que quería tener en mis brazos.
- No sé si creerte. Yo... - Sonia se dirigió a la puerta cogiendo el pomo con su mano.
Lo giró, pero antes de abrir, se volvió para mirarla - Marisa, yo quiero estar contigo
pero así no. Cuando lo tengas claro, me llamas, ¿vale?. Esto es demasiado y no quiero
empezar así una relación.
- Sonia, no. Otra vez, no.
- Eso lo tendría que decir yo, ¿no crees?.
Sonia salió del cuarto y se dirigió a la puerta principal. Miró a Verónica que se
levantaba para hablar con ella, pero no la esperó. Salió del piso sin decir nada,
cerrando la puerta tras ella.
Verónica miró a Marisa que llegó justo cuando la puerta se cerraba. No sabía si salir
corriendo pero decidió que era mejor hablar con ella mañana. Con más calma.
- ¿Qué ha pasado? - le preguntó Verónica.
- Tú. Has pasado tú, como siempre.
- Pero, ¿es qué se lo has contado?.
- ¿Qué quieres?, ¿qué empiece una relación con mentiras?. Quizás ese sea tu estilo pero
no el mío.
- Lo siento.
- Últimamente es lo único que dices.
El timbre de la puerta sonó una vez más. Marisa no dudó ni un segundo y abrió la puerta
con rapidez.
- Sonia...
- No, me llamo Airán.
Las dos se quedaron mirando fijamente y con sorpresa al joven que estaba frente a ella.
Era alto y se veía fuerte. Los ojos verdes y el pelo rubio llamó la atención de
Verónica. Marisa quiso decirle que no babease pero los ánimos ya estaban caldeados por
si solos. El joven sonrió mostrando una sonrisa inconfundible y que ambas comenzaban a
conocer.
- Creo que mi hermana Patricia está con ustedes. Si no me equivoco - Airán decidió
hablar ya que ninguna reaccionaba.
- Hola. Sí, está aquí. Pasa si quieres - dijo Verónica cuando consiguió despertar.
- Gracias, pero...
- Hola Airi - Patricia apareció en la puerta completando el trío - Chicas yo me voy.
- ¿Cómo que te vas? - preguntó Marisa.
- Tranquilas, volveré por aquí. Hay mucho que contar y necesito vuestra ayuda - le dio
un beso y las gracias a cada una - Airi, ellas son Marisa y Verónica.
Airán le dio un beso a Marisa a modo de saludo y otro a Verónica. Se quedó mirando
fijamente a la pelirroja hasta que su hermana le cogió del brazo.
- Adiós - dijo Verónica.
- Adiós. Encantado de conocerte.
Marisa cerró la puerta. La cabeza le daba mil vueltas con todo lo que había pasado.
Verónica parecía sentir lo mismo por su expresión.
- Vaya día - dijo la pelirroja.
- Sí.
- ¡Y vaya pedazo de tío!.
- Eres increíble - dijo Marisa. En su tono se reflejaba su enfado - Me has jodido la
noche y la única posibilidad en años de tener una relación normal. Y tú me dices lo
bueno que está ese tío.
- Oye, ¿qué te dijo Sonia exactamente?.
- Déjame en paz. Me voy a dormir si es que puedo. La cabeza no me da para más.
- Vale. Ya hablaremos mañana.
Marisa no la escuchó pues acababa de cerrar la puerta de su habitación. Se acostó en la
cama sin desvestirse y pensó en Sonia. Ahora mismo la historia de Patricia era lo que
menos le importaba. Quería recuperarla. Aunque esa no era la expresión correcta. No se
puede recuperar lo que nunca has tenido. Y quería tenerla.
Se había dado cuenta que le gustaba más de lo que pensaba. Una y otra vez, en su mente,
aparecían las imágenes de la noche en que la conoció. No la iba a dejar escapar. Quería
volver a sentirla.
*****
Esta noche he creído verte de nuevo. Después de cenar volví a mi particular rincón
junto a la ventana y, en ese momento, te metías en un coche. La verdad, no sé si eras
tú. Fue demasiado rápido. Pero quiero pensar que eras tú, que te he vuelto a ver.
Salí corriendo sin pensarlo un instante, aún con la bata puesta. Bajé las escaleras y
me acordé de ti. Las bajé saltando como hiciste tú cuando nos conocimos. Con la misma
desesperación. Tú buscabas tu salvación y yo busco la mía.
Al llegar, el coche ya partía calle abajo y sólo pude mirar como se iba. Sin darme
cuenta salté al centro del asfalto y escuché un ruido de frenos. No sé qué pasó después.
Ahora estoy en el hospital y no puedo moverme. Un collarín me cubre el cuello y me
obliga a quedarme quieta.
Pero el collarín no es lo único que me mantiene acostada. Algo pasa con mis piernas,
Patty. ¿Por qué no me esperaste?, ¿con quién ibas?. Es una locura. Todo esto es una
locura y no puedo evitarlo, Patty. Quiero encontrarte pero no sé cómo llegar a ti.
*****
- ¿Qué haces que no estás vestida? - preguntó la pelirroja.
Marisa levantó sorprendida la vista de su libro. Llevaba todo el día estudiando y había
perdido la noción del tiempo.
- ¿Qué hora es?.
- Son ya las cinco de la tarde. ¡Date prisa!. Yo tengo que irme ya.
Verónica llevaba puesto un traje de falda y chaqueta bastante formal. No era para nada
su estilo pero, a su juicio, era el más apropiado para una ceremonia como aquella. Ya
se lo cambiaría después para asistir a la cena y baile que tenían programado para más
tarde.
- Vaya, pareces una ejecutiva - se burló Marisa.
- Es horrible, lo sé. Pero mi madre me mata si me ve llegar con el vestido negro que
pienso ponerme después.
Hablaba mientras se miraba detenidamente en el espejo que la morena tenía en el cuarto.
Era el único en que podía verse, más o menos, de cuerpo entero.
- Gracias por asistir, Marisa. Creí que no aceptarías la invitación.
- No te confudas, Vero. Aún estoy enfadada contigo pero no quería perderme tu graduación.
- Bueno, es un comienzo. Yo tengo que irme ya, me están esperando - miró a Marisa que
aún no se había levantado de la silla - ¿Vas a ir verdad?.
- Sí, pesada. Vete ya.
- ¿Seguro?. Es a las 6 y aún no estás lista.
- Yo no soy la que me gradúo. No me hace falta vestirme de etiqueta.
- Es necesario si vas después a la cena. Porque, vas a la cena, ¿no?.
Marisa la miró un momento pensativa. Iría a la ceremonia pero lo de la cena no entraba
en sus planes.
- Ya veré - Verónica la miraba fijamente - Es todo lo que puedo decirte ahora mismo.
Vete ya o llegarás tarde.
Verónica se despidió cogiendo su bolso y saliendo del piso. Marisa se quedó en su
cuarto, aún sentada. Lo único que la movía en aquellos momentos a ir era la posibilidad
de volver a ver a Sonia. Llevaba dos semanas intentando hablar con ella pero era
imposible. Ni siquiera Verónica lo había conseguido.
Después de ducharse y peinarse, sacó del armario un vestido largo color vino. Había
decidido intentarlo otra vez si es que Sonia aparecía finalmente. Y para ello
utilizaría todos sus recursos. Se vistió y se calzó los zapatos de tacón que se compró
en las pasadas navidades, para la fiesta de fin de año. Se dirigió hacia el baño y
vació en el lavabo el neceser donde guardaba todo el maquillaje, que se reducía a una
barra de labios, coloretes y rimel. No solía pintarse nunca y además no le entusiasmaba
la idea. Pero aquella noche lo intentaría.
Una vez que terminó, regresó a su cuarto para meter lo necesario en el pequeño bolso.
Miró su imagen en el espejo y se armó de valor. Más que a una ceremonia de graduación
parecía que iba a ir a una fiesta de gala. Decidió que era mejor presentarse al final,
cuando se dirigirían al hotel donde se celebraría la cena y la fiesta. Cogió el abrigo
largo y negro que su madre le había regalado para su cumpleaños y se dirigió al salón
donde se sentó en el sofá al tiempo que encendía la tele.
En la pantalla se sucedían los nombres de los actores, técnicos y demás trabajadores de
la película que llevaba más de dos horas viendo. Por lo menos la veía a ratos cuando
conseguía abrir los ojos lo suficiente. Se levantó deprisa al darse cuenta de la hora
que era. Quizás era ya demasiado tarde. Salió corriendo del piso y bajó las escaleras
todo lo rápido que sus tacones le permitían. Al salir a la calle miró a un lado y a
otro en busca de algún taxi. Por suerte pasaba uno en ese momento.
Quince minutos más tarde se encontraba caminando, casi corriendo, por el pasillo que
comunicaba con el salón de actos donde la ceremonia se estaría celebrando. Abrió la
gran puerta del salón y observó con disgusto que ya había finalizado. Sólo pequeños
grupos quedaban aún. Escuchó una voz conocida a sus espaldas.
- Hola Marisa. - Se trataba de Raquel, una de las amigas de Verónica. Y también de
Sonia.
- Hola, creo que he llegado tarde - dijo casi resoplando.
- Eso me temo. Me has cogido de casualidad. Nos ibamos ya para el hotel - dijo
señalando a un grupo detrás de ella - ¿Tú vienes no?.
- Pues sí, esa era mi intención. ¿Has visto a Verónica? - La idea de ir a la cena no
era tan mala después de todo.
- Claro que sí, durante toda la ceremonia - le contestó riendo - Ya se ha ido para allá,
creo que te estaba buscando. Parecía preocupada.
- Lo supongo.
- Vente con nosotros. Llevamos dos coches y hay sitio de sobra.
- ¿No te importa? - Era lo mejor que podía hacer en estos momentos.
- Claro que no. No seas tonta.
Llegaron al hotel media hora más tarde. Se trataba del hotel Paraíso, uno de los más
lujosos de la zona y empezaba a entender por qué. La recepción era majestuosa. Una gran
fuente daba la bienvenida en el centro del espacioso lugar junto con una gran lámpara
de araña que colgaba del techo. Era inmenso. En la entrada se encontraban letreros con
los diferentes actos que tendrían lugar aquella noche. La cena se celebraría en el
salón Hawai.
- Vaya, esto es precioso - dijo maravillada Raquel.
- ¿Dónde estará ese salón?- dijo Mar, una de las chicas del inesperado grupo al que se
había unido.
- Por aquí señoritas - dijo un chico alto y moreno cuyo nombre no conseguía recordar en
este momento.
Marisa siguió al grupo por la escalera que conectaban directamente con el salón en
cuestión. Al entrar observaron que las grandes mesas redondas estaban ya dispuestas a
lo largo de toda la sala. La mayoría de ellas se hallaban ocupadas y un gran murmullo
llenaba el lugar. Buscó a Verónica y a Sonia. Todavía no sabía si ella estaría allí
pues no se había atrevido a preguntar.
- Las chicas han reservado una habitación. No las veo por ninguna parte así que estarán
arriba cambiándose. - le dijo Raquel sonriendo - Son unas presumidas.
- Allí hay una mesa libre, cabemos todos - dijo otra de las chicas de cuyo nombre se
acordaba tanto como el del chico moreno.
Se encontraba algo confusa. Acababa de conocer a aquella gente y ella ni siquiera se
había graduado ni estudiaba lo mismo que todos los allí presentes. Raquel vio la duda
en su cara y decidió ayudarla.
- Oye, si quieres te acompaño a buscar la habitación de las chicas. Estarás más cómoda
con ellas.
- No será necesario, las chicas ya la han encontrado a ella.
La voz de Verónica sonaba radiante. Marisa se volvió para verla con el vestido negro
que había mencionado en el piso. Era muy escotado y por encima de la rodilla. Le
quedaba ceñido al cuerpo marcando su esbelta figura. En otro tiempo se le hubiese caído
la baba ahí mismo pero ahora sólo tenía ojos para otra persona.
- ¡Guau, vaya vestido! - le dijo.
- ¿Te gusta? - le contestó la pelirroja sonriendo - ¿Se puede saber dónde te habías
metido?. Pensaba que ya no vendrías.
- Se me hizo tarde.
- ¿Cómo se te puede haber echo tarde? - le recriminó sin demasiada convicción - No pasa
nada. Lo importante es que estás aquí y que nos vamos a correr una juerga esta noche de
hacer historia.
La cogió por el brazo y la dirigió a la mesa dónde otras amigas ya estaban sentadas.
Marisa le dio las gracias a Raquel y sentó en la mesa junto a la pelirroja. No dejaba
de mirar a los lados en busca de Sonia, pero no había ni rastro de ella por ninguna
parte.
- ¿Es que no piensas quitarte el abrigo? - le preguntó Verónica - Por cierto, tú
también estás muy guapa. Siempre te digo que deberías maquillarte más a menudo.
- Gracias - dijo mientras se levantaba de nuevo para quitarse el grueso abrigo - La
verdad es que aquí hace calor. Se está bien.
- La que está bien eres tú - dijo la pelirroja admirando el vestido que lucía la morena
- Estás guapísima.
- Y qué lo digas. Me encanta el vestido - dijo Eva, otra de las amigas de Verónica que
ya conocía.
- Gracias. ¿Qué vamos a cenar?.
- No tengo ni idea, pero que lo traigan ya. Me muero de hambre - dijo Verónica.
Se acercó un poco a Marisa para preguntarle en voz baja:
- ¿A quién buscas? .
- ¿Por qué? - dijo intentando disimular.
- No paras de mirar a todos lados. Sonia fue a la ceremonia pero no sé si vendrá a la
cena - dijo sonriendo.
- Bueno, no... no pasa nada - No se le daba nada bien eso de disimular. Como actriz, de
seguro, que no podría vivir.
Verónica la miró un momento. Antes de comenzar la ceremonia de graduación tuvo el tiempo
suficiente para hablar con Sonia de todo lo ocurrido. Pareció sentirse aliviada y
contenta tras la charla. Creía que vendría a la cena pero no conseguía verla por
ninguna parte.
La cena transcurrió entre risas y manjares. Un suculento postre de chocolate y menta
hizo las delicias de los presentes, sobre todo de la pelirroja, amante como era de lo
dulce. Marisa consiguió durante un buen rato despejar su mente de Sonia y dejarse
llevar por la animada charla que mantenían.
La fiesta se celebraría en otro de los salones y allí se dirigieron en cuanto terminó
la cena, junto con una centena de recién graduados, deseosos de desahogarse después de
tanta biblioteca.
Llevaban dos horas bailando y Marisa comenzó a notarlo en sus pies. No estaba
acostumbrada a llevar tacones y los tobillos comenzaban a quejarse. Decidió que era el
momento de sentarse un rato.
- Vero - gritó al oído de la pelirroja - Voy a sentarme un rato.
Verónica le sonrió sin contestarle. No sabía si la había entendido o no, pues la
pelirroja llevaba unas cuantas copas encima. Le señaló una mesa pequeña y alta, rodeada
por dos taburetes que estaban libres. Eso sí pareció entenderlo. Se dirigió hacia la
mesa y se sentó, dejando escapar una bocanada de aire a modo de aprobación, cuando
apoyó sus pies en una pequeña barra del taburete.
Observó a la gente que la rodeaba con la esperanza de ver una cara conocida. Le parecía
verla en cualquier parte pero en cuanto se fijaba un poco se daba cuenta que su mente
la traicionaba. Giró su cabeza a la derecha pues le pareció verla bailar con alguien,
pero se equivocaba nuevamente. Cuando volvió a su posición original comprobó que
alguien le había colocado un vaso con hielo, y un líquido transparente que juraría era
Martini. Y ese alguien estaba sentado con ella.
- Hola.
Levantó la vista para ver lo que tanto buscaba. Frente a ella se encontraba una Sonia
espléndida, más guapa aún que el día en que la conoció. Tenía puesto un vestido de
asillas escotado de color marrón claro que hacía juego con su color de piel. El pelo
suelto y el maquillaje que realzaba sus ojos completaban una imagen que apenas la
dejaba reaccionar.
- ¡Sonia! - exclamó - Creí que no habías venido.
- ¿Es qué me estabas buscando? - su mirada era intensa como cuando la miraba en aquel
bar.
- En realidad, sí - no tenía sentido mentir a estas alturas.
- ¿Por qué?.
- Quería hablar contigo.
- ¿De qué?.
- Dejamos algo pendiente tú y yo.
- ¿En serio?, no lo recuerdo - Sonia no dejaba de mirarla con la misma intensidad y
Marisa comenzaba a ponerse cada vez más nerviosa.
- ¿Estás jugando conmigo?.
- Sí - dijo sonriendo.
Marisa la miró fijamente y decidió ir a algún lugar más tranquilo para hablar. Allí era
imposible sin gritarse la una a la otra.
- Pensé que te apetecería uno - dijo Sonia señalando el vaso.
- Sí, gracias. Creo que será mejor ir a algún lugar con menos ruido - le ofreció.
- Me parece bien - Sonia cogió el vaso y se levantó.
Salieron a uno de los balcones que rodeaban el gran salón. Hacía frío pero en ese
momento ninguna de las dos podía pensar en eso. Sonia se situó frente a Marisa
apoyándose en la barandilla. La morena la miraba sin saber por dónde empezar. Había
pensado en ese momento durante las dos últimas semanas y ahora no recordaba la
conclusión a la que había llegado.
- Sonia...
- ¿Sí?.
- Quiero que entiendas... - su mente buscaba las palabras sin cesar - que tengas claro...
- ¿Sí?.
- Lo que yo siento por Verónica no tiene nada que ver con lo nuestro.
- ¿Lo nuestro? - preguntó sonriendo.
- Quiero decir que Verónica es una amiga para mí y la quiero como tal. Estuve hecha un
lío durante demasiado tiempo hasta que apareciste tú.
- ¿Yo?.
- ¿Te estás burlando de mí? - el tono de Sonia la empezaba a poner más y más nerviosa.
- Dios me libre- al ver la cara de la morena añadió - En serio, no me burlo de ti. Sólo
estoy esperando.
- ¿Esperando? - preguntó extrañada Marisa.
- Sí.
- ¿Esperando a qué?.
- A que te decidas y me beses de una vez.
Marisa se quedó, definitivamente, sin palabras. Su mente intentaba asimilar las últimas
palabras que acababa de escuchar pero su corazón se le adelantó al ver como Sonia se le
acercaba. Sin pensarlo, acercó sus labios a los de la morena, encontrándose a medio
camino. Un suave beso las unió un segundo, en el que el tiempo pareció detenerse.
Cuando volvió a abrir los ojos vio a Sonia a escasos centímetros de su cara. Deseo
tenerla allí mismo como tantas veces imaginó. Lo que escuchó a continuación le confirmó
que Sonia pensaba lo mismo.
- Ahora recuerdo que sí que dejamos algo pendiente Yo diría incluso que a mitad. - le
dijo sensualmente- Me gusta terminar lo que empiezo.
- ¿Aquí?.
- No, ¡¡¿quieres que nos echen por escándalo público?!! - sonrió - Tu amiga, a la que
tanto quieres, me ha dado la llave de su habitación.
- ¿Verónica?.
- ¿Es que hay otra más? - la miró burlona.
- No, ¿cuándo... - los labios de Sonia le impidieron terminar la pregunta.
- Eso ahora no importa. ¿Me acompañas? - dijo rodeándola y entrando de nuevo en el
salón.
Marisa la siguió sujetando el vaso que Sonia le dejó. Bebió un buen trago antes de
entrar en el salón y dejarlo sobre una de las mesas. Subieron en el ascensor junto con
una pareja de ancianos. Cada una se apoyó a un lado del ascensor mirándose de frente y
dejando a la pareja en el medio. Sonia la miraba descaradamente de arriba abajo igual
que se mira una apetitosa comida antes de saborearla. Imaginando cómo sabrá y por dónde
empezará. La respiración de Marisa era cada vez más rápida haciendo que su pecho
subiese y bajase repetidamente.
El ascensor se paró de golpe en el cuarto piso donde se bajaron los ancianos ignorantes
de lo que pasaba a su alrededor. Al cerrarse la puerta, Marisa intentó acercarse a Sonia
pero esta negó con la cabeza. Estaba claro que quería recrearse. Sus ojos brillantes y
su boca entreabierta la estaba volviendo loca.
Una vez entraron en la habitación la escena volvía a repetirse. Pero esta vez era
diferente. Marisa no podía pensar en nadie más que no fuese la mujer que ahora mismo la
desnudaba, besando cada pedazo de piel que iba quedando libre de ropa. El vestido que
descansaba sobre el sofá y los zapatos tirados en el suelo eran testigos de cómo Sonia
despojaba a la morena de la única ropa que le quedaba. Dejó caer el tanga al suelo y
besándola apasionadamente la dirigió a la cama, obligándola suavemente a caer sobre ella.
Marisa permanecía acostada, completamente desnuda y boca arriba, observando como Sonia
se desnudaba. Miraba sin tapujos el cuerpo que en breves momentos iba a ser suyo y
sonrió. Tenía todo lo que podía desear. Sus pechos era firmes y de un tamaño ideal,
como a ella le gustaban. Su cintura y sus caderas la llamaban y temía no poder
controlarse un segundo más.
No tuvo que hacerlo pues Sonia se situó sobre ella apoyándose lentamente. Dejando, que
poco a poco, ambos cuerpos llenos de deseos el uno por el otro, se tocasen. La besó con
pasión, saboreando cada rincón de su boca y bebiendo de aquellos labios que tan dulces
le parecían. Marisa pareció despertar de golpe y se giró bruscamente situando a Sonia
debajo de ella. Esta vez iba a ser ella la dominante. La besó mientras las manos de
Sonia le acariciaban la espalda descendiendo hasta sus nalgas y apretándolas.
Marisa movía sus caderas arriba y abajo como respuesta. Sus manos buscaron los pechos
de Sonia y los encontró duros. Se soltó de aquellos labios arrebatadores y buscó los
duros pezones que sus manos tocaban. Los lamió y saboreó sin control. Los gemidos que
salían de la garganta de la morena la animaban a seguir y lo hizo descendiendo su mano
hasta alcanzar el centro de su cuerpo y de su placer. Movía su mano arriba y abajo al
tiempo que se sentaba sobre el muslo de la morena. El movimiento se hizo uno. Su mano y
su cadera sobre el muslo se movían al mismo tiempo. Sus gemidos se mezclaban con los de
su amante aumentando aún más el placer. Placer que estaba apunto de estallar.
- Sigue... - gimió Sonia.
Levantaba las manos apretando los pechos de Marisa. Se movían al compás del movimiento
que su dueña imponía.
- No te pares...
- No pienso hacerlo, cariño.
- Estoy a punto - le contestó entre gemidos.
- Y yo.
El estallido no se hizo esperar. Ambas temblaron ante la oleada de placer que recorría
sus cuerpos. Aún temblando Marisa se acostó al lado de su amante pegando su cuerpo
contra ella. Permanecieron abrazadas durante un buen rato en completo silencio.
- Vaya - dijo Sonia - Ha estado muy bien.
- Sí - era lo único que la morena podía decir. Estaba completamente de acuerdo.
- Oye, ¿con cuántas mujeres decías que te habías acostado? - preguntó Sonia girando la
cabeza para mirarla.
- Con una.
- ¿Seguro? - recibió un cariñoso pellizco en un costado - ¡Ay!, vale, vale. Es que ha
sido fantástico, sólo eso.
- ¿Y tú?.
- ¿Yo, qué?.
- ¿Con cuántas te has acostado?.
- ¿Mujeres?.
- No, mantas - le contestó Marisa burlonamente.
- Hasta con seis.
- ¿Con seis mujeres?.
- No, con seis mantas - se rió.
Las manos de Marisa comenzaban a buscar posibles puntos flacos de la morena, centrándose
en los costados dónde parecía tener más cosquillas.
- Dímelo.
- Vale, vale. Con una, pero para ya.
- Igual que yo, entonces - paró volviendo a acostarse y abrazando a su amante.
- No, tú te has acostado con dos.
- Bueno, contándote a ti, sí.
- Exacto.
- Espera - Marisa se incorporó para mirarle a la cara- Quieres decir que...
- Sí, tú has sido la primera. Me he acostado con dos hombres pero con ninguna mujer
hasta ahora - Marisa la miraba extrañada - ¿No me crees?
- Es que se me hace raro. Cuando nos conocimos te abalanzaste sobre mí sin dudarlo y
hoy parecías tan segura de ti misma.
- Supongo que soy buena actriz - Esta vez se incorporó Sonia apoyándose en el cuerpo
desnudo de Marisa - Verás, la primera vez que te vi, me quedé impactada. Tenías y
tienes algo que me atrae muchísimo. No sé lo que es pero no me puedo resistir.
- Si me diesen 1 euro por cada vez que me dicen eso...- se rió Marisa.
- Cállate y déjame terminar.
- Iba a decir que sólo tendría un euro - sonrió.
- Idiota - se acercó y la besó con dulzura - Llevaba mucho tiempo deseando estar con
una mujer pero no soy alguien que se vaya con cualquiera.
- Menos mal.
- Eso quiero que lo entiendas.
- Y lo entiendo. Yo tampoco soy así.
- Y me alegro de eso... - Sonia la miró pícaramente - ¿Ya has descansado?.
- Espera, espera. Hay una cosa que no entiendo.
- ¿El qué?.
- ¿Cómo que tenías la llave del cuarto?.
- Ya te lo dije, me la dio Vero.
- Sí, ¿pero cuándo te lo dio?.
- En la fiesta.
- ¿Quieres decir que ella sabía que andabas por aquí y no me dijo nada?.
- Exacto.
- Creo que esta vez la voy a matar. En serio - Marisa se incorporó quedándose sentada.
- ¿Matar?, deberías invitarla a cenar. Ella es la que ha hecho que estemos juntas
ahora.
- ¿Ella?, ¿por qué?.
Sonia se levantó, sentándose al lado de Marisa.
- Yo estaba muy enfadada con ella y contigo. Bueno, contigo estaba más decepcionada que
molesta. Vino a hablarme hoy justo antes de la ceremonia y me aclaró todo lo que había
pasado. Me dijo lo que tú estabas sintiendo y eso me animó a buscarte. No estaba segura
de que fueras a la cena pues no apareciste en la entrega de diplomas.
- Se me hizo tarde.
- No me lo jures. ¿Siempre llegas tarde?.
- Últimamente, sí.
- Hace un minuto, no. Por lo que yo sé.
Sonia se volvió a acostar y Marisa la miró sonriendo. Se acostó apoyando su cabeza en
su pecho mientras Sonia la rodeaba con el brazo dándole un beso en la frente.
- Entonces, tengo que darle las gracias a Vero o pedirle perdón, al menos.
- Sí. Ella es muy buena amiga y por un malentendido como este no merece la pena perder
una amistad así.
- Lo sé.
Permanecieron en silencio durante un rato cada una sumida en sus propios pensamientos y
disfrutando de la cercanía que las unía. Sonia fue la primera en hablar.
- Por cierto, ¿qué pasó con esa tal Patricia?.
- ¿Patricia?, pues aquella noche apareció el hermano y se fue. Te tuviste que tropezar
con él por el camino porque fue al momento de tú salir.
- No me acuerdo, ¿cómo era?.
- Alto y rubio.
- ¿Alto y rubio?, me hubiera fijado si veo a un tío así.
- Algo parecido dijo Vero. Pero no me gusta que lo digas tú.
- Ah, ¿eres celosilla?.
- No, pero no me obligues. En fin, se fue con ese "tío así" - Sonia se rió - No la
hemos vuelto a ver y a este paso creo que nos vamos a quedar con las ganas.
- Pero, ¿se llevó la cartas?.
- Sí.
*****
Hoy he vuelto a mi ventana. Hoy he vuelto a ti y más que nunca. El tiempo que he
estado en el hospital me ha servido para recapacitar. No sé con quién estás ni siquiera
si estás con alguien. Eso ahora me da igual. Sólo quiero volver a formar parte de tu
vida.
Aquí estoy, sentada en la ventana, mirando tu piso, tu edificio, tu portal, con la
esperanza de verte una vez más. Te quiero demasiado para estar así el resto de mi vida.
Necesito formar parte de la tuya aunque sólo sea a través del amor de la amistad. Al
fin y al cabo es otra forma de amar. Me dolería el cuerpo como me lleva doliendo todos
estos años por no tenerte, pero aún así, estoy decidida a intentarlo. No he elegido
aún el momento. Es muy difícil hacerlo. Vives en mi y yo, necesito vivir en ti.
No puede ser pero creo que sí. Debe ser él. Ha crecido mucho pero aún tiene tu sonrisa.
Veo a tu hermano salir de un coche que termina de aparcar en frente de mi portal. Está
cruzando la calle y parece sonreír. Pero, ¿a quién?. No te veo y no veo a nadie asomado
en tu piso. Está sonriendo a alguien que está dentro del portal. Seguramente serás tú,
pero es inútil. Por más que lo intento no logró verte.
*****
- ¡¡Arriba dormilona!!
Verónica se despertó de golpe sin entender a qué venía tanto alboroto.
- ¿Qué... qué pasa? - preguntó aún dormida.
- ¡¡Son ya las once de la mañana!!, y te espera un suculento desayuno.
- ¡¡¡¿¿Las once??!!!, ¿estás loca?. Es sábado y me acosté hace cuatro horas. Déjame
dormir, por piedad - le rogó - ¿Desayuno?, ¿qué desayuno?
- El que te he preparado y el que tienes aquí - sabía que no podía resistirse.
Marisa le acercó la bandeja que llevaba, a la cara. En ella había un gran jugo de
naranja, tostadas, mantequilla, mermelada, croissants pequeños, una taza de café con
leche caliente y azúcar. A Verónica se le salían los ojos y su estómago empezaba a
reaccionar con lo que estaba viendo frente a ella.
- ¿Y esto?.
- Es por haberte portado tan bien.
- Ah... a propósito, ¿desde cuándo estás aquí?. Anoche te dejamos en el hotel - poco a
poco comenzaba a despertarse - Mejor dicho, las dejamos en el hotel.
- Sí, pero esta mañana, Soni a tenido que ir a su casa. Tenía un par de cosas que hacer
- dijo sonriendo. Los ojos le brillaban.
- ¿Soni? - se rió la pelirroja - Espera, ¿qué es eso?, ¿son ojeras?.
- Digamos que he dormido poco.
- Ya lo veo - la sonrisa de Verónica le cogía toda la cara - ¿te fue bien entonces?.
- No, que va, pero gracias por preguntar - la miró sonriendo - Me fue muy bien, Vero.
Me fue genial, en realidad.
- No sé si quiero que me lo cuentes - dijo Verónica - Voy a desayunar.
Marisa se rió y puso la bandeja sobre las piernas de la pelirroja.
- ¿Quiere esto decir que ya estamos en paz? - le preguntó a la morena.
- Y tanto. Creo que me he enamorado.
- Vaya, yo pensé que ya lo estabas.
- ¿Ah, sí?.
- Sí - dijo dando buena cuenta de uno de los croissant.
- Pues ahora lo estoy más.
- ¿Vas a volver a verla?.
Sabía que aquella pregunta sobraba pero quería ver si sacaba algo más que bien y genial
a la morena.
- Por supuesto, esta tarde. - Marisa se recostó en la cama al pensarlo.
- Me alegro por ti.
- Y yo - miró a la pelirroja que se preparaba una tostada con mermelada - Y a ti, ¿qué
tal te fue anoche?.
- Bueno, me divertí muchísimo y conocí a un par de tíos. Pero nada. Sigo igual. Quién
si se fue acompañada fue Raquel, y bien acompañada además.
- Me alegro por ella, entones.
- ¿Y, qué?.
- ¿Qué de qué? - la miró extrañada.
- No me vas a contar nada más.
- No tengo por costumbre hablar de mis relaciones íntimas.
- Porque nunca las tenías. Es hora de empezar una nueva costumbre.
- Ni lo sueñes - se levantó dispuesta a salir del cuarto - Pero te diré que estuve muy
bien. A ella le gustó.
- ¿Sí?, ¿y por qué le gustó? - Verónica se reía pero su pregunta no tuvo respuesta. Ya
la morena había desaparecido - "Pedazo de desayuno me ha preparado" - pensó.
Verónica siguió durmiendo después de desayunar, algo que Marisa jamás podría entender.
Sin embargo, era propio de su amiga. Se alegraba doblemente aquella mañana, por un lado,
empezaba una relación con un guapa mujer que además era un encanto, y, por otro lado,
recupera a su amiga. Era un día feliz.
Decidió bajar a buscar el correo. La correspondencia tenía que estar atascando el buzón
pues llevaban dos semanas sin ir. Al llegar vio que tenía razón. Lo recogió y volvió al
piso. Entró en él directa al sofá, para repasar lo que traía.
- Catálogo... catálogo... comida a domicilio... del banco para mí... del banco para
Vero... reparaciones a domicilio... ¿Y esto?.
Miró con sorpresa el sobre que tenía en la mano. Se dio cuenta que le era familiar y al
darle la vuelta lo comprobó. Era una carta para Patricia Alonso.
Sabía que Verónica dormía pero no pudo aguantar. Salió corriendo y abrió la puerta del
cuarto de la pelirroja, para despertarla.
- Vero, Vero, mira esto - la zarandeó.
- Pero, ¿qué... qué pasa ahora?.
Se despertó mirando a todas partes. La cara de dormida y asustada, junto con los pelos
alborotados hizo reír a la morena.
- Vaya, me alegra hacerte feliz. ¿Se puede saber qué coño pasa que me tienes que
despertar así?.
- Tranquila, fiera. Mira esto - le entregó el sobre.
- ¿Es lo que pienso? - dijo frotándose los ojos.
- Sí, otra carta para Patricia. ¿Qué hacemos ahora?. No podemos abrirla, ya sabemos
quien es.
- Pero llevamos dos semanas sin saber de ella. Yo ya me estoy preocupando.
- Y yo, pero... - pensó un momento - no podemos abrirla.
- Lo sé - dijo la pelirroja - Vaya manera de empezar el día.
- Y si le preguntamos a Juanillo. Seguro que él debe saber cómo encontrarla.
- Ya, pero prometimos no decir nada.
- Y ella prometió volver.
La conversación se interrumpió al escuchar el timbre de la puerta.
- A lo mejor es ella - dijo Marisa.
- Pues ya sería casualidad - contestó volviendo a acostarse.
- Tranquila, no te muevas. Ya voy yo - dijo Marisa riendo.
- Si voy yo sale corriendo, sea quien sea - le gritó.
Marisa se encontraba ya frente a la puerta principal. Miró y se sorprendió al tiempo
que sonreía, al pensar en Vero. "Si llega a abrir le hubiera dado un pasmo".
- Hola. ¿Tú eras el hermano de Patricia, verdad? - lo sabía de sobra pero algo tenía
que decir.
- Sí, y tú eras... - no lograba acordarse.
- Marisa.
- Ah, sí. Marisa, perdona.
- ¿Cómo está tu hermana? - "Seguro que el nombre de Verónica sí que lo recuerdas, eh" -
pensó.
- Bien, gracias. Me ha pedido que venga y que la disculpe por no hacerlo ella.
- Pero, ¿le pasa algo?.
- No, nada malo.
- Bueno, pues pasa. No te quedes en el pasillo - le dijo extrañada por la situación -
Ah, ella es Verónica, ¿te acuerdas de ella?.
Verónica se había levantado pues la curiosidad podía con ella. Ahora se arrepentía y
cómo se arrepentía. Allí estaba él, con sus increíbles ojos verdes que la hacían
olvidar todo lo que la rodeaba, y su sonrisa que tanta amabilidad trasmitía. Y allí
estaba ella con su pelo rojo de punta, legañas en los ojos y su pijama de ositos
completamente desgastado, con una pierna del pantalón hasta la rodilla y la otra hasta
el suelo. Marisa apenas podía contener su risa.
- Hola, ¿cómo estás?.
- Bien. Este... perdona un momento - salió casi corriendo en dirección al baño.
- Es que anoche fue su graduación y nos acostamos tarde - sintió la necesidad de
disculparla.
- Ya veo. Y a ti no te gusta dormir.
- Algo así - Marisa sonrió para si misma - Pasemos al salón, estaremos más cómodos.
Airán pasó delante de ella sentándose en el sofá como le indicaba la morena. Se había
fijado que en su mano llevaba un sobre y se preguntaba qué sería o si tendría algo que
ver con su presencia allí.
- ¿Estás mirando el sobre, verdad?. Precisamente estoy aquí por esto - dijo levantándolo -
Mi hermana me pidió que se los trajera.
- Antes de continuar deberíamos esperar a Vero - dijo volviendo la vista hacia el
pasillo - A Verónica, digo. Ella está tan interesada en todo esto como yo.
- Y como yo - dijo Airán sorprendiéndola - Yo tampoco sé mucho sobre todo este asunto.
- ¿Pero si es tu hermana?.
- ¿Tienes tú hermanos?.
- Tengo dos, un hermano y una hermana.
- ¿Y te lo cuentan siempre todo?.
- Pues no. A decir verdad, no.
- Entonces lo entenderás - Airán le sonrió - Verás, si sé lo que le pasó a mi hermana
pero nunca me dio demasiados detalles. Hay cosas que no comprendo.
En ese momento apareció Verónica en escena. Ahora se parecía más a ella misma. Había
logrado dominar su melena y se había vestido con unos vaqueros y un camiseta. Saludó
nuevamente y buscó una silla para sentarse.
- Airán me estaba contando que había traído ese sobre para nosotras. De parte de
Patricia, ¿no?.
Airán parecía intentar responder pero no le salían las palabras hasta que al final pudo
controlarse.
- Sí, eso es. Mi hermana me pidió que la trajese y - dejó de mirar a la pelirroja un
momento, para centrarse en la morena - que estuviera presente cuando la leyesen.
- ¡¡Qué extraño!!, ¿por qué? - preguntó Verónica.
- Yo sé la vida que llevó Patri, pero me enteré muy tarde. Ayer ella me contó partes de
su vida que yo desconocía. No sabía que hubiese amado a alguien que no fuera su marido
y menos que ese alguien...
- Fuera una mujer - le ayudó Marisa.
- Exacto. No tengo nada en contra de eso pero... ha sido duro enterarse de golpe.
- Lo entiendo - dijo la pelirroja, mirando a Marisa.
Durante un momento se hizo el silencio. Ninguno sabía muy bien cómo empezar.
- Bueno, pues tendremos que leerlo - dijo Verónica mirando el sobre que Airán había
dejado en el sofá.
- Yo no sé si podré. Ahí está toda la historia de mi hermana y...
- Dime una cosa, Airán - le interrumpió Verónica - Tú, supongo, conocerías al marido de
tu hermana.
- Claro.
- ¿Sabías que le pegaba?.
- Como digo me enteré muy tarde pero no sabía los detalles. Lo que me contó el otro día
fue muy duro para mí. No se pueden imaginar lo que supuso saber que la persona a la que
más quiero en este mundo, sufrió tanto en silencio. Nunca me gustó Diego.
- ¿Qué fue de él? - preguntó esta vez Marisa.
- Quizás deberíamos leer esto, primero. Supongo que nos aclarará muchas cosas - dijo el
rubio.
- Será lo mejor - le contestó Verónica que no dejaba de mirar a aquel hombre.
Se sentía atraída por él y no podía evitarlo. Tenía un cuerpo que para si lo hubiese
querido el arrogante de su ex novio. Pero en nada se parecía a él. Airán se veía
humilde y su sonrisa podía derretir a cualquiera.
- Vero - la llamada de Marisa la sacó de sus pensamientos. La morena le sonreía -
¿Quieres empezar tú a leer?. Esto va para largo.
Marisa había vaciado el sobre sacando de su interior varias páginas escritas a mano por
delante y por detrás. Iba a ser largo, desde luego, pero aún no se sentía preparada
para leer delante de ellos. O, mejor dicho, de él.
- Empieza tú, por favor - le suplicó.
- De acuerdo. Empezaré yo - dijo Marisa.
Observó que las hojas estaban numeradas y se disponía a leer cuando Airán la
interrumpió.
- Perdona, se me olvidaba una cosa - dijo levantándose y sacando de su bolsillo un
papel doblado. Verónica no le quitaba ojo. - Esto me lo dio Patri - dijo mientras lo
desdoblaba - Me dijo que lo leyera primero.
- Adelante.
- Dice: "Queridas Verónica y Marisa. Perdónenme por no estar allí pero no he podido.
Los recuerdos son demasiado dolorosos para mí. Espero que lo entiendan. La historia
comienza donde lo dejamos. Había pasado la noche en casa de Gari y a la mañana siguiente
volví a mi piso mientras ella, aún, dormía".
*****
Pasado
Se despertó sintiendo un sudor frío que resbalaba por su piel. Miraba a su alrededor
intentando averiguar donde se encontraba. Poco a poco fue recordando y el ritmo de su
corazón, antes frenético, comenzaba a calmarse. Miró el reloj y decidió seguir acostada
un ratito más. Su cabeza descansaba de nuevo sobre la fría almohada pero ese breve
instante de paz, duró poco. Se levantó repentinamente comprobando que aún llevaba
puesta la misma ropa de la noche anterior. Se alegró de no tener que perder el tiempo
vistiéndose y salió de la habitación en busca de la puerta principal.
Al pasar por el salón oyó una respiración. Acostada en el sofá dormía Gara. Se acercó
para contemplarla en su sueño y poder fijarse con calma en aquella mujer, que tanto
empezaba a significar para ella. No pudo evitar la tentación y suavemente depósito un
tierno beso en su frente. Se dirigió a la puerta y salió del piso sin dejar de mirarla.
Volver a su casa fue despertar a la realidad. Era demasiado temprano para que él
estuviera levantado así que prefirió ir a la cocina y prepararse algo para desayunar.
Estaba nerviosa y esta vez si conocía el motivo. Lo conocía perfectamente. Era miedo.
Miedo a que se despertara. A su reacción. Miedo a todo lo que significaba vivir en esta
celda que, una vez, fue su casa. Ahora era su prisión. Pero su condena había durado
demasiado tiempo. No podía continuar pagando por algo. Al principio se preguntaba por
qué pero ahora era inútil hacerlo. Algo, era cualquier cosa que le valiese como excusa.
Era mirar al hombre que le vendía el pan. Era calentar demasiado la sopa. O, simplemente,
no contestar a sus gritos. Algo era llorar.
Al entrar se asustó al verlo sentado, mirándole. En sus ojos reconoció aquel algo. Se
quedó inmóvil sin apartar la vista del suelo, esperando. Sólo podía esperar, y rezar
que esta vez no fuese demasiado duro.
- He soñado contigo - dijo él, con voz grave- Ella no dijo nada - ¿Me has oído?.
- Sí.
- ¿No quieres saber qué es lo que soñé? - se giró en la silla en un claro gesto de que
no tardaría en levantarse de allí.
- ¿Qué soñaste? - No se atrevía a mirarle.
- Soñé que te tirabas a ese vecino cachas del segundo - esta vez se levantó.
- No he estado con nadie - dijo bajito.
- Lo sé, cariño - sonreía de eso no había duda - Lo sé, sólo era un sueño. Nada más que
un sueño - caminó hacia ella - ¿Sabes una cosa?. No quiero saber qué hiciste anoche. No
me interesa.
Se quedó parado frente a ella y con la mano la obligó a mirarla. Por alguna razón,
Patricia sólo podía pensar en Gara. Era lo único que le daba fuerzas en este momento.
Pero no debía hablarle de ella. Sólo Dios sabe lo que haría.
- No me interesan lo que hacen las putas como tú.
Un sonido como el de un enorme crujido retumbó en su cabeza. Sintió que su cuerpo caía
pero la pared la detuvo. Cerró los ojos y siguió esperando. Esperó cada golpe, cada
grito, cada insulto. Esperó hasta que no pudo aguantarlo más.
No sabía cuanto tiempo había pasado. Estaba acostada en la cama y abría sus ojos
lentamente. Comprobó que su ojo derecho apenas podía abrirlo. No estaba sola. No lo
veía pero sabía que estaba allí. Siempre estaba.
- ¡¡Ves lo que me haces!! - le dijo entre sollozos - Yo sólo quería disculparme. Te
llamé anoche pero nadie sabía nada de ti. Tu madre acaba de llamar y estaba muy
preocupada. Le dije que anoche dormiste aquí. Que saliste a cenar y se te hizo tarde.
Èl estaba sentado a la derecha de la cama, en una silla. Hablaba y hablaba pero no le
entendía una palabra. No le interesaba nada de lo que pudiera decirle. Le dolía todo el
cuerpo y, sin embargo, sólo quería saber qué hora era. Por extraño que parezca sólo le
interesaba saber la hora para preparar el almuerzo. Las últimas palabras que su marido
pronunció, como excepción, le dejaron una sensación de alivio.
- ¡¡He tenido que mentirle a tu madre!!. ¡¡Y no me gusta tener que mentir a tu madre!! -
gritó estampando el jarrón de la cómoda contra la pared - No quiero tener que volver a
hacer nada de esto, nunca. No me obligues más o la próxima será peor - se quedó callado
un momento - No hace falta que mires el reloj. Hoy tengo almuerzo con mi madre. Le he
dicho que te encontrabas mal y que no vas a poder ir.
Diego se levantó y abrió el armario sacando el traje azul que siempre se ponía para
comer con su familia. Ella no dejaba de mirar a la pared con su ojo izquierdo. El único
que podía abrir lo suficiente. Después de diez minutos Diego ya estaba preparado para
irse.
- No sé a que hora vendré, cariño - se acercó y le dio un beso en la mejilla que la
hizo emitir un leve quejido - ¿Te duele mucho?. Si no fueras como eres, no estarías así.
Si te portas bien te prometo que te compensaré - Esta vez el beso fue en los labios.
Sólo podía sentir nauseas - Te quiero.
Escuchó como cerraba la puerta y se quedó completamente quieta, sin dejar de mirar a
algún punto fijo en la blanca pared del cuarto. Aquellas palabras no significan ya nada
para ella. ¿Qué quería decir "te quiero"?. Si alguna vez lo supo ahora no lograba
recordarlo.
Escuchó el timbre de la puerta, sorprendiéndola. No podía ser Diego pues siempre se
llevaba la llave. Una voz contestó a su pregunta.
- ¡¡Policía, abran!!.
El timbre volvió a sonar insistente. Dudó si levantarse. Por un momento pensó que era
su salvación. La verían tal y como quedaba después de uno de sus "arrebatos", como él
los llamaba. Lo denunciaría. Y, ¿después, qué?. Tendría que volver a vivir aquí, con él.
Una nueva voz la hizo estremecer.
- Patty. Soy yo, Gara. Sé que estás ahí, abre.
Haciendo un gran esfuerzo y aguantando el dolor, se incorporó y se sentó dejando los
pies colgando. Buscó sus zapatillas pero no las encontró. El timbre volvió a sonar y el
policía volvió a llamarla.
- ¡¡Policía!!!, ¡¡señora si está usted ahí, abra, por favor!!.
Descalza intentó caminar lo más deprisa que pudo. Sólo podía arrastrar los pies,
buscando apoyo en la pared.
- Señora, aquí no hay nadie - oyó decir al policía.
- Estoy segura de que está ahí. ¡¡Patty no tengas miedo!!, ¡¡yo te ayudaré!!.
Patricia se deslizaba ahora por el pasillo rezando para llegar a tiempo. A estas
alturas todos los vecinos estarían esperando pero no le importó. Había una posibilidad
de salir de este infierno y no la iba a dejar escapar fácilmente.
- Es inútil. Aquí no hay nadie - dijo esta vez una voz femenina. Debía ser la otra
policía - Tenemos que irnos.
- No, esperen sólo un minuto - rogó Gara.
- Ya voy - dijo Patricia demasiado bajo para que alguien pudiera escucharla. Cogió aire
y repitió un poco más alto - Esperen.
- Señora, ¿está usted ahí? - preguntó la policía.
Patricia acababa de alcanzar la puerta principal. Hizo un último esfuerzo y la abrió.
- Patty, ¿estás...? - Gara no puedo terminar la pregunta pues rápidamente tuvo que
sujetar el cuerpo de Patricia que se desplomaba por el esfuerzo realizado.
*****
Presente
- Airán, ¿estás bien? - preguntó Verónica. La cara del rubio reflejaba la rabia que
sentía por dentro en estos momentos.
- ¡Dios, he sido un imbécil! - se levantó dirigiéndose a la ventana.
- Tú, no sabías nada - dijo la pelirroja reuniéndose con él y mirando a través del
cristal - Ella sólo quiso protegerte.
- ¿Protegerme?, ¿y a ella, quién la protegía? - se pasó una mano por su pelo liso - Le
partiría la cara si pudiese.
- ¿No saben dónde está? - preguntó Marisa que permanecía sentada, con las hojas en la
mano, observando la escena.
- Murió hace un par de años - se giró para mirar a la morena - Por lo visto tuvo un
accidente de tráfico o algo así. Debería haber muerto en la cárcel.
- Voy a traer un poco de agua - dijo Marisa levantándose - Aunque pensándolo bien,
deberíamos comer algo. Ya son más de las dos.
- ¿Qué tal si pedimos unas pizzas? - preguntó Verónica. A pesar del sobrado desayuno,
su hambre parecía llamarla una vez más.
- Me parece genial. ¿Quieren alguna en especial?.
- A mí me da igual, ¿y a ti? - le preguntó al rubio.
- ¿Eh?... - estaba a mil kilómetros de allí - Sí, sí, la que ustedes quieran.
- Vale - dijo Marisa dirigiéndose al pasillo.
Airán miraba fijamente a través de la ventana, sin prestar atención a nada en concreto.
- ¿Qué edad tenías entonces? - le preguntó Verónica que permanecía junto a él en la
ventana.
- Dieciséis o diecisiete, más o menos - dijo con voz amarga.
- Eras muy joven - No podía apartar la vista de él - Debe de quererte mucho para
haberte ocultado todo esto.
- Y yo a ella.
Airán desvió la mirada de la ventana para centrarse en los ojos grises de Verónica.
Aquellos ojos empezaban a afectarle demasiado.
- Fui un ingenuo.
- No podías hacer nada.
- Podía haberle devuelto los golpes que le dio a Patri - dijo con rabia - Perdona estoy
algo enfadado en este momento. Sobretodo conmigo.
- Lo entiendo.
- Ya están pedidas. ¿Quieren refrescos o cerveza? - preguntó la morena a la pareja.
- Para mí mejor algún refresco - dijo Verónica.
- Para mí una cerveza.
Marisa se dirigió a la cocina en busca de las bebidas.
- Ya bebí demasiado anoche - dijo sonriendo.
- Por cierto, felicidades - le contestó el rubio - Ya me dijo tu compañera lo de tu
graduación.
- Gracias. Se me hace un poco raro no tener nada que estudiar.
- ¿Qué estudiaste?.
- Turismo.
- ¿Turismo? - sonrió - Yo tenía que ir ayer a esa graduación, ¿sabes?.
- ¿A mí graduación? - preguntó sorprendida.
- Sí, una amiga mía también se graduaba ayer y estudió Turismo.
- ¿Cómo se llama?.
- Sonia.
Verónica no pudo evitar reírse al escuchar el nombre de su amiga. No conocía a otra
Sonia en Turismo.
- Conozco a una Sonia - le dijo sonriendo.
- Yo también.
La voz de Marisa les sorprendió. Traía una bandeja con las bebidas y sonreía tontamente
al oír ese nombre que tanto significaba para ella en estos momentos.
- ¿Sonia López? - preguntó con sorpresa el rubio.
- La misma - Verónica sonreía mirando a Marisa - Es amiga de él, ¿sabes?.
- ¿En serio? - la cara de morena era un poema - Y,... ,digo yo,... bueno... ¿de qué la
conoces? - acertó a preguntar.
- Estudió conmigo en el colegio.
- ¡La vueltas que da la vida!, ¿eh, Marisa? - preguntó divertida la pelirroja.
- Y que lo digas.
La morena no sabía qué decir. Desconocía si Sonia había hablado con sus amigos o con su
familia de lo que sentía. Decidió no decir nada, por el momento. Miró a Verónica que
negó con la cabeza en señal de que ella tampoco hablaría del tema. En su interior se lo
agradeció.
- Qué casualidad - dijo el rubio que se disponía a sentarse nuevamente en el sofá - Te
hubiera visto si llego a ir ayer. Seguro que estabas guapísima - sonrió a la pelirroja,
cuya cara mostraba unos ligeros tintes rosados, de repente.
- Y qué lo digas - Ahora le tocaba el turno a Marisa - Tenías que haberla visto. Estaba
muy sexy con su vestido negro ceñido y escotadísimo.
Verónica la fulminó con la mirada y Marisa abrió tranquilamente su refresco de naranja,
vaciando el contenido en un vaso, sin dejar de sonreír.
- Lo dicho, tendría que haber ido.
El rubio no dejaba de mirar a la pelirroja. Estaba intentando imaginársela con aquel
vestido, pero desechó la idea, pues se estaba poniendo demasiado nervioso.
- ¿Y por qué no fuiste? - preguntó la pelirroja - Perdona, me estoy metiendo donde no
me llaman - dijo avergonzada.
- No, no importa - Airán dejó el vaso de cerveza sobre la mesa - Ayer vino mi hermana a
verme y a entregarme el sobre. Estuvimos un rato hablando. Después de eso me quedé sin
ganas de ir.
- Perdonad, un momento - dijo Marisa levantándose de golpe - Ahora vengo.
- Vale - dijo Verónica extrañada.
Marisa entró en su cuarto buscando su móvil por todos lados. Finalmente lo encontró
sobre la cama. Se sentó en ella y lo cogió seleccionando un número de teléfono. Sonó un
par de veces antes de que alguien contestara.
- ¿Sí?.
- Hola, preciosa.
- ¿Eres tú Ana?.
- No soy Ana - dijo Marisa extrañada.
- Ah, entonces debes ser Laura.
- No... no soy Laura - comenzaba a molestarse un poco, hasta que escuchó una risa al
otro lado de la línea - ¡Serás idiota!.
- Hola, guapa. Ya sabías que eras tú.
- Ya, ¿y cómo estás?, además de graciosa - dijo con una sonrisa.
- Echándote de menos.
- ¿A quién?, ¿a Laura o a Ana?.
- No sé, las dos están muy buenas pero ninguna me ha llevado nunca a una habitación de
un hotel de lujo.
- ¡Ah!. Me echas de menos por el interés, ¿es eso, no?.
- ¿Dónde nos vemos?, ¿en tú cama o en la mía?.
- ¡Como son la mujeres, siempre pensando en lo mismo! - se rió - Mejor en la mía.
- ¿En serio? - preguntó sorprendida.
- Sí. Pero no estaremos en mi cama. Será más bien en el sofá.
- ¿Te gusta probar sitios nuevos, eh?. No sabía eso de ti.
- Bueno, es verdad. Pero no es por eso, tonta. Está aquí el hermano de Patricia y... -
pensó antes de continuar - Me gustaría que lo conocieras. ¿Vienes a comer?.
- ¿El hermano de Patricia? - preguntó extrañada.
- Sí. Hemos pedido unas pizzas, ¿te apuntas?.
- Acabo de almorzar.
- No importa, vente cuando quieras.
- Vale, voy para allá. Chao, guapísima.
- Adiós Elena... digo, Sonia - se rió.
Dejó el móvil y volvió al salón, donde Verónica y Airán no dejaban de hablar un momento.
"Hacen buena pareja" - pensó. De repente, se sintió incómoda. Sin querer, le había
preparado una pequeña encerrona a Sonia y aquello no le gustaba. Regresó al cuarto y
decidió volver a llamarla.
- ¿Marisa?.
- Sí, escucha. Quería prepararte una sorpresa pero será mejor que te lo diga. Podrías
molestarte y no quiero pasar por eso otra vez.
- A mí me suelen gustar las sorpresas, ¿sabes?.
- Tú conoces a ese tío.
- ¿A qué tío?.
- Al hermano de Patricia.
- ¿En serio?, ¿cómo se llama?.
- Airán... Alonso, supongo. Por lo visto estudió contigo en el colegio y tenía que ir a
tu graduación...
- ¿Airán?, ¿ese era el alto y rubio con quien casi me tropiezo?.
- Exacto.
- Claro que lo conozco, es un buen amigo. ¡Qué sorpresa! - pensó antes de continuar -
Espera un momento, entonces Patricia es Patri - se quedó callada.
- ¿Estás ahí?.
- Sí, es que intento asimilar todo lo que eso significa. ¿Patri tuvo una novia?, y ¿su
marido le pegaba?. No sé qué es más difícil de entender.
- ¿Conociste tú a su marido?.
- No, pero Airán me hablaba de él. No le gustaba nada. Dios mío, si Patri era un
encanto... ¿y tuvo novia?.
- Tan difícil se te hace creer eso.
- Pues sí. Ella sabía de mi bisexualidad pero nunca me dijo nada. Creo que la voy a
matar en cuanto la vea. ¿Cómo no pude reconocer el nombre de Patricia Alonso?. Soy
imbécil.
- Ya tendrás tiempo de pensar en todo eso. Sólo quería avistarte.
- ¿De qué?.
- ¿Airán lo sabe?.
- Supongo que no. Pero le conozco bien y seguro que no le importará. Es un tío genial.
- Vero parece pensar lo mismo.
- No me digas, ¿le gusta?.
- Ya la verás, me tiene el suelo del salón echo un asco. No para de babear.
- ¿Y a él?.
- No lo sé, no lo conozco. Pero no para de mirarla.
- Estaría bien.
- Eso creo yo.
- Ahora sí que voy para allá volando.
- ¡Ah!, ¿antes no?.
- También. ¿Sabes que te vas a gastar una pasta en teléfono como sigas así?.
- No me daba cuenta hablando contigo.
- Suele pasar.
- Hasta ahora, idiota.
- Hasta ahora, guapa.
Marisa entró en el salón y se sentó sin percatarse en los dos pares de ojos que la
miraban.
- Por casualidad, ¿has hablado con alguien? - preguntó sonriendo Verónica.
- ¿Por qué? - preguntó sorprendida.
- No, por nada. Quizás por la sonrisa que traes.
- ¿Tienes novio? - preguntó el rubio que mordía un trozo de pizza.
Miró a la mesa donde descansaban tres cajas de troceadas pizzas. Su estómago comenzó a
quejarse nada más verlas. Cogió uno de los trozos antes de contestar.
- No, tengo novia - le miró sonriendo.
- Ah - el rubio pareció sorprenderse pero no le dio importancia. Sonia tenía razón
después de todo.
- ¿Y tú? - preguntó Verónica antes de darle tiempo a su mente para pensarlo mejor.
- No - contestó el rubio mirándola a los ojos. Una idea se le pasó por la cabeza y
preguntó con algo de miedo - ¿Y tú?.
- Tenía, pero ya no.
- Ah - el rubio suspiró para si. "Al menos no es gay" - pensó - ¿Hace mucho que lo
dejaste?.
- Un par de semanas. Era un imbécil.
- Y que lo digas - dijo Marisa. Miró a Verónica y le guiñó un ojo.
Estuvieron charlando entre mordisco y mordisco hasta que ya no quedaba nada sobre la
mesa. En ese momento, Marisa volvió a coger el sobre sacando de su interior las hojas
que había vuelto a guardar.
- ¿Tenemos fuerzas para seguir? - preguntó a los presentes.
- Esta vez voy a leer yo - dijo Verónica que empezaba a tener más confianza.
- Vale.
Marisa se levantó entregándole las hojas y señalándole por dónde se había quedado antes.
La pelirroja observó la letra, era redondeada y muy clara. Le gustaba.
*****
Lo he decidido, Patty. He abierto el armario y estoy buscando la ropa adecuada. Pero
ninguna lo es. Tengo miedo de tu reacción. No tendrías porque odiarme pero, a lo mejor,
hice algo que desconozco. Que nunca te atreviste a contarme. O, quizás, te traeré
recuerdos muy dolorosos. Y, eso no, no quiero hacerte daño.
Estoy en el baño y me miro al espejo, a los ojos. Son del mismo azul que tu decías
adorar, ahora no lo sé. Sin embargo, los años han pasado. Seguimos siendo jóvenes pero
no tanto, Patty. No sé siquiera si volverás a fijarte en mí. Si querrás, al menos,
intentarlo.
Anoche soñé contigo. Nos encontrábamos en un camino. Tú estabas frente a mí y me
sonreías. Tu sonrisa era tan dulce como siempre. La cara se te iluminaba y con ella el
maravilloso verdor de tus ojos. Tu pelo brillaba a la luz del sol. Estabas tan cerca
que podía tocarte. Te acerqué mi mano pero ni siquiera te rozaba. Era inútil. Mientras
más me esforzaba más te alejabas. Seguías sonriéndome y eso me animaba. Pero me sentía
frustrada y grité.
*****
Pasado
Salió del ascensor y giró hacia la izquierda para adentrarse en el largo y frío pasillo.
Guardaba la esperanza de poder hablar con ella. Tenía algo importante que decirle y
esperaba que estuviera despierta. No necesitaba mirar los números de las habitaciones
para encontrar la suya. Después de dos semanas se había aprendido el camino de memoria.
Se situó frente a la gran puerta mitad blanca y mitad gris. En ese momento una enfermera
la abrió sorprendiéndola.
- Su prima está despierta - dijo con entusiasmo.
- ¿Desde cuándo? - preguntó sin poder disimular su alegría.
- Desde esta mañana. Ha preguntado varias veces por usted. Pero entre, entre, no se
quede ahí.
La enfermera siguió su camino contenta por haber dado la noticia. Llevaba dos semanas
en un estado de semi-inconciencia. Su despertar había sido una gran noticia. Entró
nerviosa, pues no sabía cuál iba a ser su reacción al verla.
La vio con los ojos cerrados y, por un momento, pensó que seguía igual. De repente, los
abrió y la miró. Su respiración se detuvo... Una sonrisa se fue formando poco a poco en
la cara de la rubia, al tiempo que una lágrima rodó por su mejilla.
- Hola... prima - dijo en voz baja.
- Hola.
Se quedó clavada en el sitio sin poder moverse. Patricia la observaba y se dio cuenta.
Levantó una mano, ofreciéndosela para que se acercase a ella. Necesitaba tocarla. Gara
la aceptó y se acercó. Se sentó en la silla que estaba a un lado de la cama y la cogió
de la mano.
- ¿Cómo te encuentras? - preguntó preocupada. Patricia le apretó la mano.
- Bien, aunque un poco... cansada.
- Es normal. Poco a poco cogerás fuerzas.
- ¿Qué ha pasado?. El médico me contó algo pero...
- No hables tanto, no es bueno - le sonrió.
- Eso será difícil - dijo devolviéndole la sonrisa.
No podía dejar de mirarla por un segundo. Sus ojos la atraían y sentía unas enormes
ganas de besarla.
- No sé si te acordarás de todo. Fui a tu casa con dos policías y cuando abriste la
puerta te desmayaste.
- Algo recuerdo. ¿Pero por qué...?
- ¿Por qué llamé a la policía?. Por el conducto del baño a veces escucho lo que pasa en
el piso de arriba. Ese día escuché casi todo lo que pasó y no dudé un segundo en
llamarles. No podía quedarme quieta oyendo como te pegaba. Fue horrible.
- ¿Dónde está él? - el miedo volvió a la cara de Patricia.
- Tranquila, no está aquí. No lo permitiría - levantó la mano que apretaba y la besó.
Patricia pareció relajarse un momento y sonrió con ternura.
- ¿Qué pasó?.
- La policía vio tu aspecto e inició una investigación. Hay una orden de alejamiento
contra él.
- ¿Cómo? - Patricia no salía de su asombro.
- Escucha, hay otra cosa. Tengo un sitio donde podrías quedarte. Es el piso de un amigo
que se va a trabajar a Estados Unidos por seis meses. Es muy buen amigo mío y no dudó
en dejármelo para que se lo cuidara. Está muy lejos del edificio.
- No sé, Gari. A lo mejor, es un tanto... precipitado.
- ¿Gari? - preguntó la morena sonriéndole.
- Perdona, es que tiendo a... llamar a la gente... con diminutivos - dijo algo
avergonzada y visiblemente cansada.
- Tranquila, no pasa nada. Me gusta Gari. Puedes llamarme así, si tú quieres. Pero yo
te llamaré - pensó un momento - Patty.
- ¿Patty? - se rió.
- Sí, ¿trato hecho?.
- Vale.
- Tienes que descansar, Patty. Voy a bar a la cafetería a comer algo y subo en un
momento, ¿vale?.
- Vale.
Intentó apartar su mano pero la rubia se lo impidió. En vez de eso hizo un esfuerzo por
acercársela a la cara y la besó. Gara se acercó y le dio un beso en la mejilla a cambio.
- Descansa - le susurró.
Aquellas palabras sonaron como las de un ángel a oídos de Patricia. Le sonrió y la
soltó. Cerró los ojos para intentar dormir un poco.
Gara la miró un momento y salió de la habitación. Un par de enfermeras la felicitaron y
ella les dio las gracias. Cogió el ascensor y apretó el número 0, pues la cafetería se
hallaba en la planta baja.
Al llegar pidió un bocadillo y un café con leche mientras buscaba alguna mesa libre. Al
no hallarla decidió comer en la barra. Junto a ella estaba sentado un joven rubio que
daba buena cuenta de uno de aquellos dulces del mostrador. Tenía buena pinta y decidió
pedir uno más tarde.
De repente el chico la miró y ella se quedó petrificada. Era la viva imagen de Patricia,
con sus mismos ojos verdes. No tuvo duda cuando además le sonrío. Esa sonrisa era
inconfundible. Si Patricia tenía un hermano ese era el chico que tenía al lado.
La cabeza le daba vueltas mientras se comía su bocadillo de tortilla. Calló en la
cuenta de que no sabía nada de la familia de Patricia. Ni siquiera había pensado en
avisarles. ¿Qué creía?, ¿qué era huérfana?. En el fondo no podía creer que su familia
dejase que todo aquello pasase. La voz del chico la sorprendió. No hablaba con ella,
más bien contestaba a la mujer que se sentaba en el otro lado.
- ¿Por qué no me habían dicho nada? - le preguntó con rudeza.
- No queríamos preocuparte. Diego me lo dijo esta mañana - le contestó la mujer más
vieja.
Esas palabras dejaron a Gari pálida. Al oír el nombre de Diego no tuvo duda alguna de
que se trataba de la familia de Patricia. Pero eso significaba que él sabía dónde
encontrarla. Dejó el bocadillo a mitad y salió disparada hacia los ascensores. Al llegar
al piso 8º se dirigió lo más deprisa que podía sin llamar la atención a la habitación
820. Encontró la puerta cerrada pero pasó sin llamar.
- ¿Qué quieres tú?.
La voz de Diego la asustó. Sabía quién era pues se había cruzado con él en un par de
ocasiones. Miró a la rubia que le negaba con la cabeza intentando que él no se diera
cuenta.
- Hola. Me he enterado que estaba aquí y quise venir a visitarla - dijo con la mejor
compostura que podía.
Diego la miró sonriendo sarcásticamente.
- No sabes mentir. Sé que tú llamaste a la policía, zorra.
- Y puedo volver a hacerlo - ya no podía controlarse - Hay una orden, ¿recuerdas?.
- Una orden no me va a separar de mi mujer y tampoco lo hará una tortillera como tú. Ya
me he enterado que lo tuyo son los bollos pero ella - dijo señalando a Patricia - es una
verdadera mujer y aquí no tienes nada que hacer.
- Tú tampoco...
La voz de Patricia la interrumpió.
- Gara - la llamó. En sus ojos había súplica - Será mejor que te vayas.
- Patricia, él no puede estar aquí.
- NI TU TAMPOCO, ¿QUIÉN COÑO ERES PARA ESTAR AQUÍ?, ¡¡YO SOY SU MARIDO!! - gritó.
- Gara, por favor - volvió a suplicarle la rubia - Vete.
Aunque su corazón le pedía quedarse y sacar a patadas a aquel tipo de la habitación, no
podía ignorar las súplicas de Patricia. Además la familia que se había encontrado en la
cafetería no tardarían en llegar. Por el momento era lo mejor.
- Me voy pero no te dejaré sola - la miró a los ojos fijamente, antes de salir.
Caminó por el pasillo y se paró a la altura de la sala de espera. Sacó unas monedas del
bolsillo y cogió el auricular de la cabina telefónica que se hallaba colgada en la pared.
Se concentró en la llamada sin percatarse que la madre y el hermano de Patricia pasaban
a su lado en ese mismo momento.
*****
Presente
Verónica dejó de leer al escuchar el timbre de la puerta. Marisa se levantó de un salto.
Sin mirar abrió la puerta para encontrarse al otro lado, con una cara desconocida que
la miraba con una mezcla de extrañeza y sorpresa.
- Hola - dijo Marisa.
Reconoció a la mujer que una vez se encontraron en el pasillo cuando volvían de hacer
la compra. Quizás buscaba a Juan.
- ¿Busca usted a Juan?
- ¿Juan? - le preguntó extrañada a la mujer.
- Sí, a Don Juan.
- No conozco a ningún Juan o Don Juan.
- Ah, disculpe.
- Buscaba a... estaba buscando... - reunía fuerzas para poder preguntar y estaba
visiblemente nerviosa- ¿Vive aquí Patricia?.
- ¿Patricia? - la pregunta la dejó en schock por un momento.
- Perdone, creo que me he equivocado - la mujer alta y morena dio media vuelta pero a
medio camino se paró.
- Espere un momento - Marisa salió tras ella. No podía irse así como así - ¿busca usted
a Patricia Alonso?.
Al escuchar ese nombre se giró y centró toda su atención en Marisa que permanecía de
pie, en mitad del pasillo, sin salir de su asombro. Por un momento, se fijó en la mujer.
Era muy alta y con un largo pelo negro que le caía por la espalda. Pero lo más
llamativo, era sin duda, sus ojos azules. Una idea le pasó por la cabeza y no podía
abandonarla. Sin pensarlo, le preguntó:
- ¿Es usted Gara?.
La mujer le clavó la mirada sin decir nada. No sabía como reaccionar pero una sensación
muy rara le invadió. No podía quedarse allí. No podía enfrentarse. Sin decir una
palabra giró y se fue lo más deprisa que pudo. Marisa salió tras ella y la llamó, pero
fue inútil. La alta mujer despareció de su vista.
- No se van a creer quién era - dijo cuanto volvió al salón.
- ¿Quién? - preguntó Verónica con curiosidad.
- ¿Te acuerdas de la mujer que nos encontramos en el pasillo el otro día?. ¿Cuando
volvíamos del supermercado?.
- ¿Aquella morena alta?.
- La misma.
- ¿Qué quería? - preguntó sorprendida.
- Estaba buscando a alguien - Marisa se sentó en el sofá.
- ¿A Juan?.
- ¡Qué va! - miró esta vez al rubio - Preguntó por Patricia.
- ¿Por mi hermana? - dijo incrédulo.
- No puede ser. ¿Y dónde está?- dijo la pelirroja.
- Se fue. Salió huyendo en cuanto le pregunté si se llamaba Gara.
- ¿Le preguntaste si se llamaba Gara?, ¿y qué dijo?.
- Nada, no dijo nada. Se fue. Pero tenías que haber visto cómo me miró. Estoy casi
segura de que era ella.
Airán se levantó de un salto hacia la ventana. La abrió y sacó la cabeza mirando a un
lado y al otro de la calle. No vio a nadie que se ajustase a esa descripción.
- ¿Cómo era? - le preguntó a la morena mientras volvía a cerrar la ventana.
- Muy guapa. Fue lo único que me dio tiempo de ver.
En ese momento, el timbre volvió a sonar. Pero esta vez fue Airán quién salió disparado
hacia la puerta, sin que a ninguna de las dos amigas le diese tiempo a reaccionar.
- Hola... ¿Sonia?.
- Hola golfo - dijo la morena. Ella al contrario que él, si esperaba encontrárselo -
¿Siempre abres así la puerta de las casas de los demás? - le preguntó sonriendo.
- No, es que...
- No me esperabas, ¿verdad?.
- Hola Sonia - dijo una voz entusiasta.
- Hola guapa - se acercó a Marisa y le dio un rápido beso en los labios.
- Así que, ella es tu novia - dijo Airán que no ganaba para sorpresas - Esta siendo una
tarde muy reveladora.
- ¡Y qué lo digas!.
Marisa cerró la puerta mientras los demás volvían al salón, donde Verónica recibió con
un fuerte abrazo a Sonia.
- Hola cuñadita.
- Pero, ¿qué dices? - le contestó la morena riendo.
- Para el carro - le dijo Marisa que se incorporaba al grupo.
Unos diez minutos más tarde Sonia ya estaba al tanto de todo lo que Marisa no le había
contando aún. Miraba a Airán sin saber muy bien que decirle.
- Lo siento, cielo - le dijo. Se acercó a él y lo abrazó.
- No pasa nada, tía. Es increíble, ¿verdad?.
- Yo estoy alucinada. Tu hermana es un cielo de mujer, no sé cómo ese hijo de puta podía
hacerle eso - Sonia estaba visiblemente molesta con todo el asunto.
- ¿Sigo leyendo? - preguntó Verónica.
- Espera - dijo Marisa mirando a Diego - ¿Qué les digo Diego a ustedes para que fueran
al hospital?. Por que ni tú ni tu madre sabías nada de la paliza, ¿verdad?.
- El muy cabrón nos dijo que la habían atropellado.
*****
Pasado
- ¿Patty? - la voz de Gara sonaba muy preocupada.
- Hola - dijo Patricia al otro lado del teléfono. La seca respuesta le hizo sospechar.
- No estás sola, ¿verdad?.
- No, pero ya estoy algo mejor.
- ¿Él está ahí? - preguntó incrédula.
- Sí, saldré en un par de días.
Las respuestas de Patricia no dejaban lugar a dudas de que intentaba disimular. Diego
tendría que estar muy cerca de ella.
- No lo entiendo, ayer llamé a la policía. ¿No aparecieron?.
- Sí, si que vinieron. Ayer estuvieron mi hermano, mi madre y mi marido.
- Y, ¿cómo sigue él ahí?.
- No, ese viaje quedó anulado, Luis.
- Quieres decir que... - intentaba entender sus respuestas en clave - ¿se anuló la
orden de alejamiento?.
- Exacto.
- ¿Quién es, Patricia? - la voz de Diego se oía de fondo.
- Es Luis, mi compañero de trabajo - le contestó - Perdona, es mi marido. Saludos de
Luis, Diego.
- Dile que tienes que descansar - contestó con voz grave su marido.
- No puedo hablar mucho - dijo la rubia.
- ¿Cuándo sales de ahí?.
- El jueves, el médico me ha dicho que ya estoy mejor.
- ¿Vas a volver al piso?.
- Patricia, cuelga ya - la voz de Diego demostraba su malestar.
- Tengo que dejarte. Gracias por llamar - acentuó las últimas palabras y colgó.
Comprobó que su marido no la miraba. Ladeó la cabeza y dejó que una lágrima le resbalase
por su mejilla. Nada de aquello había servido. Todo volvía a ser igual. Recordaba la
cara de su hermano pequeño al verla el día anterior. Él no podía enterarse de nada de
esto y mentirle fue muy duro. Menos mal que su madre se lo llevó cuando vino la policía.
No sé que le habrá dicho pero conociendo a su madre habría salido airosa de la situación.
Ella la había visitado aquella tarde, antes que Diego. En aquel momento se encontraba
sola en la habitación pues su compañera estaba paseando con su marido por el pasillo.
Envidiaba su relación y la familia que siempre le venía a visitar. Era gente muy
agradable y se notaba que se querían. Eran, o al menos, parecían ser una verdadera
familia.
La visita de su madre la había hundido moralmente. Ella seguía defendiendo a Diego,
después de haberle contado la verdad de su situación. Decía que a un hombre como aquel
había que cuidarle. Algún día heredaría mucho dinero, si no de sus padres, sí de sus
tíos. Era absurdo. Todo aquello no tenía ningún sentido.
Gara sujetaba el teléfono en su mano, sin acabar de reaccionar. ¿Qué había pasado?,
¿cómo podía seguir todo igual?. Se quedó varios minutos en la misma posición hasta que
decidió colgarlo. Sin pensar cogió la llaves del coche dirigiéndose a la comisaría
dónde se había presentado la denuncia.
*****
Hacía dos días que Patricia había regresado al piso con Diego y nada podía hacer para
evitarlo. Al menos eso le indicó la policía. La denuncia tenía que presentarla la esposa
pero sabía que no lo haría. Ella sola no sería capaz de hacerlo.
Desde su vuelta permanecía la mayoría de las horas en el baño, escuchando. Por la mañana
desayunaba allí y al regresar por la tarde del trabajo lo primero que hacía era
dirigirse al baño. Por lo menos, sabía que Patricia no había vuelto a recibir ninguna
paliza ni se oían gritos. Pero eso no la calmaba, en absoluto.
Era de noche y decidió ver alguna película para dejar de pensar. Se sentó en el sofá,
pero antes de encender el televisor, se percató del objeto que descansaba en el centro
de la habitación. Allí estaba la bañadera que le indicaba, una vez más, que se olvidó
de recoger la ropa. A regañadientes y enfadada consigo misma, la cogió junto con las
llaves y salió del piso en dirección al ascensor.
Sintió un aire frío en la cara cuando salió a la azotea del edificio. Por lo menos, no
estaba lloviendo. Sería el colmo. Una a una fue recogiendo la ropa húmeda. La ropa de
más abrigo estaba más bien mojada. Se maldecía a si misma por ser tan despistada. En el
balcón de su casa tardarían una eternidad en secarse.
- Sabía que podía encontrarte aquí.
Se giró rápidamente para ver a la mujer que ocupaba su corazón. Patricia le sonreía y
ella no pudo evitarlo. Corrió a su encuentro y la abrazó con fuerza. El abrazo le fue
correspondido con ansia.
- ¿Estás bien? - preguntó con preocupación.
Patricia rompió a llorar. Su llanto se debía tanto a su sufrimiento como a la mucho que
la había echado de menos. Lo mucho que había deseado volver a verla y abrazarla. Se
separó para poder mirarla a los ojos. Esos ojos azules que la inundaban de paz. Con una
de sus manos acarició la mejilla. La atracción que sentía era ya irresistible y acercó
su cara. Rozó sus labios con los de la morena que temblaban y no sólo por el frío que
empezaba a hacer. Ambas apretaron los labios deseando que aquel momento no parase nunca.
- Llévame contigo, Gari - sus ojos suplicaban.
- ¿Estás segura? - la morena volvió a besarla. La tentación era más fuerte que ella.
- ¿Sigues teniendo el piso de tu amigo?.
- Sí.
- No puedo seguir con él. Antes no tenía otra opción pero ahora estas tú. Es contigo
con quien deseo estar - la miró a los ojos mientras le acariciaba la cara y los cabellos
- No sé que me ha pasado, Gari. Nunca había sentido algo así. Por Dios, nunca me había
fijado siquiera en una mujer y ahora...
- ¿Ahora qué? - Gara la miraba fijamente mientras acariciaba su corto pelo rubio.
- Siento que... siento que... - No podía creer lo que estaba a punto de decir.
- Te quiero - dijo Gara.
Las palabras de la morena la sorprendieron y la llenaron de una alegría que hacía tiempo
que no sentía. Eso era lo que ella iba a decir.
- Te quiero - le dijo a su vez.
Esta vez el beso fue más largo. La pasión se apoderaba de ellas sin poder controlarla.
Se abrazaban sintiendo la una el calor de la otra.
- Creí que lo había olvidado.
- ¿El qué? - preguntó la morena que no podía dejar de besarla una y otra vez.
- Lo que significa querer a alguien.
Gara se apartó bruscamente de Patricia. Su mirada ya no se centraba en la rubia sino en
una figura que se acercaba lentamente a ellas. No podía ver exactamente de quién se
trataba, pero la voz de la rubia la sacó de dudas.
- Diego.
Aún sin mirarle, pues se hallaba de espaldas a él, podía sentir su presencia. Su cuerpo
lo sentía antes que ella misma y reaccionaba tensándose.
- Así que estabas aquí, ¿eh? - su voz sonaba sarcástica - Sabía que me la pegabas con
alguien pero nunca creí que te fueran estas guarras. Podías habérmelo dicho. Nos lo
hubiéramos pasado muy, pero que muy bien.
- Déjanos en paz, Diego - la voz de la rubia sonaba inusualmente grave.
- Ella se viene conmigo, te guste o no - le dijo a la morena.
Gara se situó delante de Patricia adoptando una posición defensiva, frente al hombre
que la miraba con una rabia, como nunca había visto.
- TÚ NO VAS A NINGUNA PARTE, PUTA.
Patricia se acercó a él en un gesto que sorprendió a los tres. Sentía fuerzas renovadas
y ahora sí existía algo por lo que luchar. Alguien creía en ella y alguien la amaba lo
suficiente para defenderla en cualquier situación.
- Me voy con ella.
No gritó pero su tono de voz era igualmente amenazadora. Se sorprendió a si misma y las
piernas comenzaban a temblarle al ver el odio reflejado en los ojos de Diego. Pero, de
repente, algo cambió. Diego miró fijamente a Gara que se situaba justo detrás de la
rubia y su expresión se tornó cínica.
- ¿Quieres irte? - preguntó sin dejar de mirar a Gara - Hazlo.
Se apartó dejando el camino libre hacia la puerta de la azotea. Gara cambió de posición
situándose frente a la rubia y la cogió fuertemente de la mano. No se fiaba de aquel
cambio repentino de actitud. Caminó sin dejar de mirar a los ojos de Diego que seguían
clavados en ella y parecían haberse olvidado de Patricia. Llegaron hasta la puerta pero
antes de abrirla la voz de Diego volvió a detenerlas.
- Esto no es el fin, bollera - esta vez miraba a Patricia.
- No te atrevas a acercarte - la voz de la morena sonó firme.
- Vigila bien los pasos de tu novio, Patricia. Yo sigo siendo tu marido, te guste o no.
Si te vas es porque yo te lo permito. Nada más que por eso. Eres mía y volverás a
hacerlo.
- Jamás - replicó la rubia.
La morena abrió la puerta y, en ese momento, en que Gara no miraba, el gesto de Diego
dejó helada a la rubia. Desplazaba su dedo de un lado a otro de su garganta en claro
gesto de amenaza de muerte. Creía que se refería a ella, sin embargo, Diego miró a la
espalda de Gara.
*****
Presente
La habitación se quedó completamente en silencio. Verónica era incapaz de seguir leyendo.
Soltó la hoja a un lado del sofá donde se sentaba y cogió su vaso de agua que
descansaba en la mesita del salón. Airán volvió a levantarse y dirigirse hacia la
ventana. No podía disimular la rabia que sentía en esos momentos.
- ¿Crees que Diego fue capaz de...? - preguntó Verónica.
- Entonces, yo, ¿qué ví?, ¿un fantasma? - le contestó Marisa.
- A lo mejor no era Gara - dijo Sonia que apretaba cariñosamente la mano de la morena.
- Estoy segura que era ella. Tenías que ver su cara cuando se lo pregunté. Además
coincide perfectamente con la descripción.
- ¿Tú hermana se fue a vivir con Gara? - preguntó Verónica.
Airán permanecía frente a la ventana. Mantenía un puño cerrado demostrando su
frustración. De repente, pidió disculpas y salió del cuarto abriendo la puerta principal.
- Airán, espera - Verónica salió tras él.
Ambos salieron del piso dejando a dos desconcertadas Marisa y Sonia.
- Tiene que estar echo polvo - dijo Sonia.
- Yo lo estoy y casi no la conozco - le contestó la morena.
*****
- Airán - le llamó Verónica.
- Vero, déjame sólo, por favor - el rubio se paró a mirarla - Necesito estar sólo.
- ¿Quieres que vayamos a tomar un café? - No le iba a dejar escapar.
Airán la miró y una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Era una mujer testaruda de
eso no había duda. Sin poder resistirse a la pelirroja asintió con la cabeza. Verónica
se acercó y le dio un suave beso en la mejilla, al tiempo que bajaban por las
escaleras rumbo al portal.
En la esquina había una pequeña cafetería donde iban, a veces, ella y Marisa, en las
frías y aburridas tardes de domingo. En muchas ocasiones coincidían con aficionados al
fútbol que se reunían para ver algún partido de la liga. Eso no les importaba, sobre
todo, a Verónica. Le gustaba el fútbol y gritaba como la que más con algún penalti o
alguna falta, para vergüenza de Marisa. Se sentaron en una pequeña mesa del fondo y
pidió dos cortados.
- ¿Quieres algo de comer? - preguntó Verónica - Son ya las 6 de la tarde. Debes de
tener algo de hambre, ¿no?.
- No puedo pensar en comer ahora - dijo Airán.
- Siento todo esto.
- Tú no tienes la culpa - le sonrió. Verónica sentía dar un vuelco al corazón con cada
sonrisa suya.
- Debe de ser muy duro.
- Lo es. Aún no puedo entenderlo, ¿sabes? - la miró y decidió continuar al ver su
expresión interrogante - No sé dónde estaba yo cuando todo esto sucedía. Hablaba con
ella a diario. Siento que me mintió.
- Eso es un poco injusto, ¿no crees? - dijo Verónica cogiendo el cortado que el camarero
le entregaba.
- Ya lo sé, pero no puedo evitarlo.
- ¿Cuándo te enteraste de esto?.
- Cuando me dijo que se iba de viaje - dijo tomando un sorbo del cortado caliente.
- ¿De viaje?, ¿a dónde?.
- Un día apareció por casa. Mi madre no estaba y ella lo sabía - se quedó callado un
momento - Esa es otra. ¡¡¡Mi madre sabía todo esto!!!, y lo defendía. ¿Cómo podía
defenderlo?.
- Eso sí que no lo entiendo. ¿No has hablado con ella?.
- Murió hace unos años. Siento que todo el mundo me ha mentido. Me siento engañado.
Apoyó los codos en la mesa mientras se pasaba una mano por sus cabellos. Verónica puso
su mano sobre la del rubio. Este la aceptó de buen grado y volvió a sonreírla. Su
corazón dio otro vuelco.
- Decías algo de un viaje - acertó a decir la pelirroja.
- Sí. Mi hermana se fue a vivir a Francia. Al principio iba a hacer un viaje de relax,
de turismo. Pero un buen día nos llama y nos dice que se queda a vivir allí. A lo mejor
se fue con esa tal Gara.
- ¿Te parece mal lo de Gara?.
- Lo que me parece mal es que no me contase nada de eso. Al parecer era la persona más
importante de su vida y yo no tenía ni idea de nada.
- Ya veo. Pero lo dudo.
- ¿El qué?, ¿qué yo no sabía nada? - preguntó sorprendido.
- No. No creo que se fuese con Gara de viaje. ¿Cuándo volvió?.
- Hace dos años, más o menos.
- Pero, ¿cuánto tiempo estuvo?.
- Unos 7 u 8 años.
- Entonces no pudo irse con Gara. Según las cartas llevan diez años sin verse.
- Es cierto. Otra cosa que no entiendo.
- Ella no te comentó por qué se iba de viaje. O, al menos, ayer cuando hablaste con ella,
no te dijo por qué hace diez años que no la ve.
- Ayer me dijo todo eso de las cartas que habían recibido. Me habló un poco de ella
pero no me dijo nada más. Me dijo que todo estaba ya escrito y que mañana lo sabría.
Imagínate, me entero de la vida de mi propia hermana en casa de unas desconocidas.
- La verdad es que sí. Es un poco extraño - dijo un tanto abrumada.
- No quería molestarte - Airán le apretó la mano y la miró fijamente intentado que lo
comprendiera.
Se miraron a los ojos durante unos segundos que parecieron eternos. Verónica sintió su
corazón latiendo con fuerza y se lanzó sin pensar. Se acercó y le dio un suave beso en
los labios al sorprendido rubio.
- Perdona - dijo avergonzada al volver a su posición original.
- No, tranquila - la miró con una sonrisa dulce - Está bien.
- ¿Seguro?.
- Y tanto - la miró un instante - Oye, quizás, podríamos... no sé.
- Dime - dijo Verónica intentado darle ánimos.
- Salir algún día a tomar algo o algo así. Digo, cuando todo este lío termine.
- Claro.
- ¿Vale?.
- Vale.
- ¿Siempre eres tan lanzada?.
- No te creas.
- Menos mal.
En esta ocasión fue el rubio quien se acercó a ella dándole un beso algo más largo. Al
separarse le sonrió y Verónica le devolvió la sonrisa.
- Deberíamos subir. Aquellas deben estar desesperadas por continuar con la historia -
dijo Verónica levantándose.
- ¿No lo habrán leído ya?.
- No, qué va. No se lo perdonaría a Marisa - le contestó sonriendo.
Verónica abrió la puerta del piso, sorprendiéndose del silencio que allí reinaba. Dejó
pasar a Airán que se dirigió al salón mientras ella cerraba la puerta. Chocó, de
repente, con la espalda del rubio que se había parado en seco.
- Ay, perdona - le dijo.
Marisa y Sonia se sorprendieron levantándose de golpe del sofá. No los habían oído
entrar y se habían dejado llevar.
- La verdad, no se os puede dejar solas - se rió Verónica.
Ninguna de las dos contestaron demasiado avergonzadas como estaban. Menos mal que no
habían pasado de los besos.
- ¿Por qué habéis tardado tanto? - preguntó Marisa.
- ¿Nos echabais de menos? - le preguntó sarcásticamente la pelirroja.
- Nos hemos quedado a mitad de la historia - le contestó bruscamente la morena.
- Parece que no sólo eso se ha quedado a mitad - se rió esta vez Airán - Perdón - dijo
tras las frías miradas que recibió de la pareja.
Verónica lo miró divertida y lo animó a sentarse en el sofá.
- ¿A quién le toca? - preguntó Marisa mirando al rubio - Ya hemos leído yo y Verónica.
- ¿Te sientes con fuerzas? - le preguntó la pelirroja.
- Creo que sí. La peor parte parece haber pasado, ¿o no?.
La pregunta quedó en el aire mientras él recogía las hojas que Verónica le daba.
*****
Pasado
La imagen de Diego no se le iba de la cabeza. Su mirada amenazante no dejaba lugar a
dudas de sus intenciones. A estas alturas él era capaz de cualquier cosa. Pero su
amenaza no fue para ella sino para Gara. La mujer que ocupaba su corazón y que le había
devuelto la vida. La mujer que ahora le abrazaba, sentadas en el sofá de una nueva casa,
de una nueva ilusión por seguir adelante.
- ¿Cómo te sientes, Patty?. Estás muy callada.
- Te quiero - era lo único que podía decir en esos momentos.
- Yo también, pero no te he preguntado eso.
- Este piso está mejor que el mío.
- Y que el mío - se río.
- Los nuestros son iguales, tonta.
- Bueno, lo eran. Ahora es el nuestro.
Gara empujó suavemente de la barbilla de la rubia... Los ojos verdes la miraban llorosos.
- Tranquila, todo va a ir bien - la besó dulcemente.
- ¿Seguro?, él puede aparecer... - otro beso le impidió continuar.
- No hables de él ahora, ¿vale?. Aquí solo estamos tu y yo. Y así será para siempre -
volvió a besarla esta vez profundizando un poco más.
Patricia sólo podía dejarse llevar. Los labios de la morena eran demasiado dulces para
pensar en nada más. Poco a poco se incorporó sentándose sobre Gara sin separar sus
labios ni un segundo. Sus bocas chocaban una y otra vez mientras una oleada de
sensaciones recorrían sus cuerpos. No existía nada más que la boca que besaban. Nada
más que el calor que sentían.
Las manos de Gara acariciaban una y otra vez la espalda de la rubia. Sus lenguas
comenzaban a buscarse y no tardaron en encontrarse saboreando cada rincón. Los dedos de
Patricia se perdían enredados en la larga y negra melena. La morena se levantó sujetando
a la rubia en un abrazo. Se dirigió, a través del pasillo, hasta el dormitorio principal.
Al llegar la soltó y ambas se quedaron de pie mirándose, junto a la gran cama que
constituía el centro de la habitación. Patricia bajó la mirada.
- ¿Estás bien? - le preguntó dulcemente la morena cogiéndola por los hombros.
- Sí. Es que... estoy un poco nerviosa - dijo tímidamente.
- No tienes por qué estarlo, cariño. Yo sólo quiero estar contigo. Si algo no te gusta
o no quieres hacerlo, no tenemos por que. Sólo quiero sentirte - dijo besándola en la
frente.
Patricia la miró dulcemente. Nadie le había hablado de aquella manera nunca. Sus manos
acariciaron suavemente la camisa de la morena al tiempo que desabrochaba cada botón que
encontraba a su paso. Gara tragó saliva al sentir el roce tierno de la rubia. Uno a uno
fue separando cada botón. Abrió un poco la camisa observando el busto de la morena. Le
quitó tranquilamente la prenda por los hombros dejándola caer al suelo. Lo mismo hizo
con sus pantalones hasta que Gara se quedó únicamente en ropa interior.
La observó de arriba abajo. La ropa que llevaba no le hacía justicia. No demostraba el
esbelto cuerpo que ocultaba. Notaba su pecho subiendo y bajando incesantemente. Era
señal de que la morena empezaba a excitarse al sentirse observada por los ojos de la
rubia. Con una mano le acarició la cara bajándola después por el cuello, el busto y
deteniéndose en su barriga un segundo. Volvió a subirla pasándola por la espalda y
ayudándose con la otra mano le desabrochó el sujetador. Se lo quito suavemente
observando como sus pechos caían un poco al sentirse libres. Lo dejó caer junto con las
otras prendas.
Su mano repitió el recorrido parándose esta vez en el pecho derecho. Lo acarició
rozándolo con delicadeza y sintiendo como el pezón respondía de forma casi automática.
Con cada caricia apretaba un poco más animada por el sonido de la respiración de la
morena que se agitaba cada vez más y cerraba los ojos al contacto.
Patricia se apartó quitándose la camiseta que llevaba, seguida de su falda y dejando
caer ambas prendas junto con las de Gara. La morena miraba fijamente cada uno de sus
movimientos admirando el cuerpo que iba a ser suyo. Una parte de ella aún no podía
creerlo. La rubia terminó quedándose completamente desnuda frente a ella. Sus ojos
verdes llenos de deseo la miraban sin tapujos. Se acercó ella y se agachó para bajarle
las bragas. Se levantó muy despacio dando cortos besos a lo largo de la piel que se iba
encontrando. Subió por uno de los muslos besándolo y continuó por la barriga. Sus manos
viajaban lentamente acariciándole el cuerpo. Se paró en sus pechos besando uno y
después el otro con delicadeza.
La pasión comenzaba a inundarla y su boca se abrió para llenarse del seno de la morena
mientras su lengua jugaba con su pezón. Gara acariciaba la cabeza rubia animándola.
Sujetándola suavemente la obligó a separarse y acercarse para darle un apasionado beso.
Abrazadas cayeron sobre la cama. Rodaban mezclándose ambos cuerpos, sin saber dónde
empezaba una y dónde terminaba la otra. Gara giró dejando a Patricia bajo ella. Sin
dejar de besarla situó uno de sus muslos obligándola a abrir las piernas. Comenzó a
moverlo apretándolo contra el centro de la rubia. Esta comenzó a gemir. Ese sonido la
animaba aún más y moviéndose con más fuerza mientras una de sus manos apretaba los
pechos de la rubia.
Las lágrimas aparecieron en los ojos de Patricia. De repente, cesaron los gemidos. El
cuerpo de la rubia se tensó pero Gara estaba demasiado excitada para darse cuenta.
- Gari... - dijo la rubia en voz baja.
La morena no pareció escucharla y se centraba en besarla una y otra vez, sin dejar de
moverse.
- Para... - Patricia se movió intentando que parara - ¡Gara, para!.
- ¿Qué... qué pasa? - preguntó sorprendida - ¿Te he hecho daño?.
- No - no pudo controlarse más y el llanto volvió a su garganta.
Se giró, acostándose de lado, y separándose del cuerpo de Gara. La morena no entendía
nada y sólo podía mirar como lloraba.
- Patty... dime qué te pasa, por favor.
- Abrázame, Gari. Por favor, abrázame.
Gara no lo dudo un instante y se acostó de lado pegándose al cuerpo de la rubia. La
rodeo con el brazo y se apretó a ella. Todo su cuerpo temblaba a consecuencia del llanto.
Decidió no preguntar y esperar a que se desahogara. Era obvio que lo necesitaba.
Permanecieron en la misma posición un buen rato hasta que Patricia pareció calmarse.
Esta se dio la vuelta y se abrazó al cuerpo de la morena.
- Tranquila, cariño - dijo Gara - Estoy aquí. No pasa nada.
- Lo siento - dijo aún entre sollozos.
- Tranquila.
- No es culpa tuya, Gari - apretó su abrazo - No es culpa tuya, es sólo mía.
- Dime que te pasa. Tus problemas también son los míos, cielo.
- Han sido muchos años. Sólo eso.
El silencio volvió a la habitación, esta vez sin llanto.
- ¿En qué piensas, Gari? - le preguntó ante su silencio repentino.
- Tengo miedo de preguntarte.
- Y yo.
- ¿Él... él te...?, ya sabes, ¿él... - las palabras se le atravesaban en la garganta y
era incapaz de decirlo.
- Sí - la rubia sabía exactamente a lo que se refería.
Esta vez era la morena la que lloraba.
- Gari, cariño - la llamó la rubia. Se incorporó para mirarla directamente a los ojos -
Mírame, por favor. Se me pasará. Yo te quiero, es sólo que todavía es pronto. Necesito
olvidar algunas cosas. No me odies por esto.
- ¿Cómo podría odiarte?. Lloro por que te amo con todo mi corazón. Y no lo entiendo -
la miró cogiéndole la cara con las ambas manos - Te miro y no lo entiendo. ¿Cómo pudo
pegarte?, ¿cómo pudo violarte?.
- A veces yo lo provocaba - dijo en un hilo de voz bajando la mirada.
- ¡Patty, mírame! - dijo firmemente Gara - No vuelvas a decir eso. Tú no provocaste
nada. No tienes la culpa de nada. ¿Me oyes?. La culpa es sólo de él - le acarició la
cara - Tú no tienes la culpa, ¿está claro?. Contéstame.
- Es duro, Gari - la miró mientras las lágrimas rodaban una vez más por sus mejillas -
No sé si podré algún día...
- Eso no importa, Patty. Eso ahora no me importa. Sólo me importas tú. Quiero que estés
bien, que te sientas bien contigo misma.
- Llevo odiándome demasiado tiempo, Gari. Me odio por lo jilipolla que he sido.
- No hables así.
- ¡¡¿Cómo me llamarías tú?!!. ¡¡¿Quién en su sano juicio se casa con un tipo así?!! -
se sentó sobre la cama soltándose del abrazo de la morena.
- Te equivocaste, Patty. Sólo fue eso, un error. Cualquiera puede cometerlo.
- ¿Y si lo estoy cometiendo otra vez? - la miró fijamente.
- ¿Cómo? - la morena se sentó sobre la cama. No sabía a lo que se estaba refiriendo -
¿qué estás diciendo?.
- No confío en mi misma, ni en mis decisiones. ¿Cómo saber que no me estoy equivocando
otra vez? - se levantó de la cama y se quedó de pie mirándola.
- Voy a fingir que nunca has dicho lo que creo que has dicho - dijo Gara volviendo a
acostarse.
- ¿Por qué ibas a ser diferente? - su voz sonaba triste.
Gara se incorporó y se levantó situándose frente a ella. Le agarró suavemente por los
hombros y la miró fijamente a los ojos.
- Por que yo te amo.
- Él también me decía eso.
- Mírame a los ojos, Patty. ¿No ves amor en ellos?.
- Yo no sé lo que es eso - se soltó de sus brazos y comenzó a vestirse. La morena la
paró.
- ¿Qué estás haciendo?, ¿te has vuelto loca?.
Patricia se volvió para mirarla.
- Eso mismo decía él siempre. Cada vez que me quejaba, cada vez que hacía algo que no
le gustaba. Me llamaba loca - volvía a llorar - ¡¡Me llamó loca delante de mi madre, la
primera vez que le hablé a ella de las palizas!!, ¡¡incluso mi propia madre me llamó
así!!, ¡¡me llamó loca en el hospital delante de la policía!!, ¡¡me llamaba loca cuando
no quería acostarme con él!! - se rió con amargura - En verdad, lo estaba. Estaba loca
si pensaba que con decirle que no, bastaba. Él siempre se saciaba. Daba igual lo que yo
sentía o si lloraba. ¡¡¡Le importaba una mierda!!! - calló de rodillas llorando.
Gara se arrodilló frente a ella y la abrazó lo más fuerte que pudo. Sus lágrimas se
mezclaban con los de la rubia.
- Yo no soy Diego, Patty. No lo soy. Te quiero, Patty. Nunca podría hacerte daño. Nunca.
Le besaba una y otra vez la cabeza mientras no dejaba de decirle lo mucho que la amaba.
Patricia pareció calmarse poco a poco. Con delicadeza la obligó a levantarse volviendo
ambas a la cama. Se abrazaron y lentamente se abandonaron en los brazos de morfeo.
*****
Presente
- ¿Ha sonado el timbre o me lo ha parecido a mí? - preguntó Airán.
- Sí, creo que ha sonado. Voy a ver - se levantó Marisa.
Miró pero no vio a nadie en el pasillo. Sin embargo, decidió abrir la puerta y
comprobarlo. Estaba segura que lo había oído.
- ¿Patricia? - preguntó sorprendida.
La rubia permanecía parada en mitad del pasillo. Tenía una extraña expresión en la cara.
Se acercó a ella.
- Hola Marisa - le dijo en voz baja.
- Hola, pero pasa. No te quedes ahí.
- Perdona, es que... ¿ha venido mi hermano?.
- Sí, claro. Ya llevamos un rato leyendo lo que escribiste. Nos queda muy poco - observó
que no se movía - ¿No quieres pasar?.
- ¿Cómo?, sí, claro, claro.
Estaba muy rara. Para empezar no había sonreído ni una sola vez y eso era muy extraño
en ella. Marisa dejó que pasase para cerrar la puerta después. Este fin de semana estaba
dando mucho de sí. Todos en el salón se quedaron parados al verla llegar. Airán fue el
primero en recibirla. Se levantó y se acercó ella. La miró a los ojos pero Patricia no
podía enfrentarse a su mirada y bajó la cabeza. En un gesto que la sorprendió, Airán la
abrazó con fuerza.
- Lo siento, Patri. Debiste contármelo pero sé que lo hiciste por mi bien.
La rubia sólo podía llorar y devolverle el abrazo a su hermano pequeño.
- Perdonad. Creo que deberían hablar. ¿Por qué no vais a mi cuarto? - comentó la morena.
Airán la miró sonriéndola.
- Creo que será lo mejor. Gracias.
*****
Hoy he estado en tu piso, Patty. Pero tú no estabas. No sé lo que está ocurriendo,
no entiendo nada. Había una chica morena y pareció reconocerme pero yo no la he visto
en mi vida. No puedo enfrentarme, es demasiado doloroso. Creí que podía, Patty. De
verdad que lo creía. Quería explicártelo. Hacerte entender el por qué de esta situación,
pero resultó inútil.
Estoy preparando la maleta. He decidido irme como lo hiciste tú, sin avisar. Sólo que
tú no te quedarás sola como me quedé yo. Ni siquiera sabrás que me he ido. Para ti todo
seguirá igual.
Aún guardo la foto que me diste en mi cartera. No sé si habrás cambiado mucho. Mis
amigos y mi familia me dicen que yo no he cambiado demasiado. Me ha salido alguna que
otra arruga pero nada más. Tus ojos seguirán siendo igual de verdes y tu sonrisa igual
de arrebatadora. Eso sería suficiente para mí, no pido más. No me hace falta más.
Tu amor también lo guardo en esta maleta. Es como si todo volviese a pasar. He de
aprender nuevamente a vivir sin ti. Ese es mi destino y he de aceptarlo y seguir
adelante. Pero es difícil, Patty. Mi corazón seguirá latiendo por ti, vaya donde vaya.
No hay lugar dónde esconderme. No hay lugar lo bastante lejos para olvidarte.
*****
- ¿Cuánto tiempo llevan reunidos? - preguntó Sonia.
- Tienen mucho que contarse - le dijo Marisa mirándola amorosamente a los ojos.
- Y vosotras, ¿qué? - preguntó sonriendo Verónica.
- ¿Nosotras qué de qué? - preguntó Marisa.
- ¿No tienen nada que contar?.
- Pero si ya lo sabes todo - dijo la morena.
- ¿Cómo que todo? - le inquirió Sonia.
- Me refiero a que sabe lo importante.
- ¿Lo importante?.
- Sí, que estamos juntas - le dijo mirándola fijamente a los ojos.
- Tranquila, Sonia, tranquila - intervino Verónica - No le he podido sacar nada.
- ¿Y qué quieres tú sacar, lista? - le preguntó a su amiga.
- ¿No creen que llevan mucho tiempo? - dijo intentando cambiar de tema.
- ¿Y tú qué? - aprovechó Sonia para preguntarle.
- ¿Yo qué de qué?.
- ¿Qué pasa con Airán? - le preguntó sonriendo.
- ¿Qué pasa con él? - le devolvió la pregunta inocentemente.
- Deberías verte la cara. Tienes el sofá perdido con tus babas. ¿Te has enterado de
algo de lo que ha leído? - dijo, esta vez, Marisa.
- De la mayor parte - le devolvió la sonrisa y miró hacia Sonia - ¿Y tú?, ¿desde cuándo
nos conocemos?, ¿por qué nunca me presentas a amigos como este y siempre tengo que
aguantar a pesados y babosos?.
- Bueno, lo tenía reservado - contestó Sonia mirando de reojo a Marisa.
- ¿Cómo qué reservado? - la morena la miró inquisidoramente.
- Es broma, es broma.
- Para que lo sepan - dijo la pelirroja - Hemos quedado.
- ¿En serio? - preguntaron casi a la vez.
Verónica se acercó a ellas y dijo en voz baja.
- Nos hemos besado en el bar.
- ¿Cómo en el bar? - preguntó Marisa.
- Schsss, grítalo más que Juanillo no te ha oído bien - le contestó sarcásticamente.
- Vaya intimidad la vuestra - dijo Sonia.
- Mira quién fue hablar. Tengo que recordarte cierta noche en cierto bar con cierta
morena aquí presente.
Los colores subieron con facilidad por la cara de Sonia y Marisa miró para otro lado.
- Creo que ya vienen - dijo la morena. Verónica volvió a su sitio.
Los dos hermanos aparecieron en escena. Ambos tenían los ojos hinchados en clara señal
de haber llorado.
- ¿Qué tal? - preguntó Verónica.
- Bien, hemos hablado un rato - dijo el rubio sentándose a su lado.
- ¿Cómo estás Patricia? - preguntó Sonia.
- Sonia, no podía creer que fueras tú - se levantó y le dio un tierno abrazo - Cuánto
tiempo verdad.
- Me he quedado de piedra con todo esto, tía. Lo siento mucho.
- Yo también, pero me alegro por vosotras - miró a Marisa y sonrió. Sonia apretó la
mano de la morena - Siento no haberte dicho nada de lo mío con Gari pero no podía.
- Patri, hay algo que no te he dicho - dijo Airán serio.
Patricia le miró extrañada y se sentó en el único sitio libre que quedaba, al lado de
su hermano, en el sofá.
- Antes tocó a la puerta una mujer y... - miró a Marisa.
- ¿Y? - preguntó Patricia desviando la mirada de su hermano a la morena una y otra vez.
Sin saber en quién fijarse.
- Verás, Patricia... - siguió Marisa.
- Puedes llamarme Patri - la interrumpió con una leve sonrisa.
- Vale, Patri. Al principio creí que venía a ver a Juanillo así que le pregunté. Pero
ella no lo conocía. Preguntó por ti.
- ¿Y quién era? - preguntó la rubia sin ningún tipo de expresión en su cara.
- No lo has entendido. Preguntó por Patricia.
La rubia la miraba fijamente. Claro que la había entendido. Sabía perfectamente quién
había estado allí y empezaba a entenderlo todo. El corazón comenzó a latirle con fuerza.
- Le dije si preguntaba por Patricia Alonso. Pareció asustarse y entonces, le pregunté
su nombre Si se llamaba Gara...
- ¿Y qué te dijo?.
- Me miró fijamente pero se fue.
- ¿Cómo era? - la rubia permanecía seria.
- Coincide con la descripción que de ella haces en lo que has escrito. Alta de metro
ochenta, más o menos. Muy guapa, con el pelo largo y negro y unos preciosos ojos azules.
Es lo que más llama la atención de ella, por encima de todo.
- ¿Llevaba puesta una camisa azul y unos vaqueros?.
Todos la miraron sorprendidos.
- ¿Cómo lo sabes? - le preguntó Marisa que era la única que la había visto.
- La vi - una lágrima rodó por su mejilla.
La habitación se quedó en completo silencio esperando que Patricia diera algún tipo de
explicación. Esperando a que reuniera las fuerzas necesarias.
- Vine hace un buen rato. Estaba al principio de la calle cuando me pareció verla salir
del edificio. Creí que era mi imaginación. En estos años me ha parecido verla tantas
veces que ya no confío en mis ojos. Mis ansias por verla eran más fuertes que mi
voluntad. Pero esta vez era distinto. - miró a su hermano a los ojos - Me quedé
paralizada cuando giró la cabeza observando si venían coches. Fue sólo un segundo pero
era ella. No supe reaccionar. Me quedé inmóvil viéndola cruzar la calle y me asombré
cuando entró en el portal de enfrente. En ese edificio. - dijo señalando por la ventana
el edificio marrón que se veía a través del cristal - Tenía las llaves de la puerta.
- ¡Dios mío! - dijo Verónica - ¡Vive ahí enfrente!.
- Cuando reuní las suficientes fuerzas me acerqué al portal justo cuando un hombre
entraba y pasé detrás de él - continuó la rubia - Miré en los buzones y allí estaba su
nombre, Gara Medina. En el 4º D.
- ¿Subiste a verla? - le preguntó Airán.
- No pude. Salí de allí y he estado paseando hasta ahora. Casi me había convencido de
que se trataba de otra persona hasta que me lo habéis dicho - se levantó y se dirigió a
la ventana.
- Eso de la ventana debe ser de familia - le comentó Verónica al rubio que le dio una
ligero codazo en un costado - ¡Ay!. Me recuerdas a alguien - dijo mirando a Marisa que
la sonreía.
Patricia miraba por la ventana buscando el cuarto piso e imaginándose dónde estaría. En
todos estos años no pensaba más que en volver a verla. En sentirla como entonces. Pero
ella y sus miedos lo habían estropeado todo. Había dejado pasar demasiados años. Y, sin
embargo, había estado allí y preguntado por ella. ¿Para qué la buscaba?, ¿se sentiría
igual que ella?. ¿Se sentiría perdida y vacía por dentro?. ¿Acaso sentiría sus mismas
ganas de abrazarla y besarla?, ¿de terminar lo que no pudo aquella noche?. ¡Cuánto se
lamentaba por aquello!. ¿Cómo pudo hablarle así y decirle aquellas cosas?. ¿Cómo pudo
llegar a compararla con Diego?. "¡Qué estúpida fui!, ¡qué cobarde!" - pensó.
- Patri, aún hay más - le dijo Verónica.
La pelirroja miró a Marisa que en ese momento recordó a lo que se refería su amiga.
- ¿Más? - la rubia se volvió a mirarlas.
- No es la primera vez que ella, es decir, Gara ha estado aquí.
- ¿Qué quieres decir? - preguntó esta vez sorprendida.
- Yo pensaba que preguntaba por Juanillo - siguió la morena- porque una vez nos la
encontramos en el pasillo cuando traíamos la compra del supermercado. Nos sorprendió
porque nunca la habíamos visto y pensamos que era alguna conocida o familia de Juan.
- Nos pareció que estaba llorando - añadió la pelirroja.
- ¿Llorando? - preguntó sorprendida Patricia.
- Patri - la llamó Airán - ¿por qué la abandonaste?
Patricia no podía reaccionar en aquel momento. La cabeza le daba mil vueltas y volvió a
mirar por la ventana. La buscaba con la mirada, ventana tras ventana. Decidió volver a
sentarse y terminar la historia antes de tomar una decisión. Se dio la vuelta y se
sentó junto a su hermano que la miraba con curiosidad igual que todos los allí
presentes.
- No la abandoné. - les dijo - No en ese sentido. Yo la amaba más que a nadie en este
mundo. La protegía.
- ¿De quién?, ¿de Diego? - le preguntó Airán.
- Déjame las hojas - le dijo al rubio.
Este se las entregó y le señaló por dónde se habían quedado. La rubia estaba demasiado
nerviosa para leer. Por alguna razón le entró una sensación extraña, como si tuviera
prisa.
- ¿Vas a leer? - le preguntó Marisa.
- Creo que no.
- Cuéntanoslo tú - le dijo Sonia - Si te sientes con fuerzas, claro.
- A lo mejor, no quieres - dijo la pelirroja - No lo hagas si no quieres. No tienes
porque darnos ninguna explicación.
- Tranquilas, no pasa nada - cogió aire antes de empezar - Al día siguiente ella se
levantó antes que yo. Era muy madrugadora.
- Más bien creo que eres tú la dormilona - se rió Airán.
Sólo intentaba darle ánimos y, por lo pronto, consiguió arrancarle una sonrisa a su
guapa hermana.
- Yo me desperté con una sensación muy extraña. Es difícil de explicar. Llevaba muchos
años despertándome con una pesadilla que nunca se terminaba. Lo primero que hacía era
intentar adivinar dónde estaba él y de qué humor estaría. Me despertaba rezando por
tener un día tranquilo. Lo que pocas veces ocurría. Pero esa mañana era diferente. Me
desperté contenta y deseando abrazar a Gari. Ella era lo primero en qué pensé. Quería
disculparme por las tonterías que le había dicho y que, en absoluto, sentía. Fue el
miedo y el recuerdo de Diego lo que me hizo hablar así. Después de buscarla me di
cuenta que había salido y vi una nota que descansaba sobre la cama. En ella me decía
que había ido a comprar algunas cosas pues la nevera y la despensa estaban
prácticamente vacías. - se calló un momento invadida por los recuerdos.
- ¿Estás bien? - le preguntó Sonia.
- Sí, es que...
Se quedó pensativa y se pasó una mano por su corto pelo rubio. Era un gesto propio de
los hermanos que indicaba que algo le rondaba por la cabeza. Y, así lo entendió, Airán.
- Patri, ¿la sigues queriendo? - le preguntó.
Patricia le miró y no pudo evitar darle un beso en la mejilla.
- Con toda mi alma, Airi. - le miró mientras le acariciaba la cara.
- Entonces, ¿qué haces aquí? - le inquirió su hermano.
- ¿Crees que debo...? - preguntó dudosa.
- Patri, ella ha venido a buscarte. No sé cómo sabía que estabas aquí, quizás te vio un
día como tú la acabas de ver ahora, y...
- ¿Y por qué no le dijo nada? - preguntó Verónica.
- Por la misma razón por la que Patri no le dijo nada a ella, hoy. Sin embargo, te
envió las cartas - le dijo Marisa.
- Y te sigue queriendo. De eso no hay duda - la ayudó Sonia.
Patricia se levantó de un salto y le dejó las hojas a su hermano. Le abrazó y sin decir
una palabra, salió del piso. Cruzó el pasillo y bajó las escaleras con decisión. Al
llegar al portal sintió temblar las piernas. Puso la mano en el manillar de la puerta
apretándolo. Pero su cerebro no terminaba de darle la orden para abrirla. En vez de eso,
se apartó y se apoyó en la pared respirando con fuerza. Intentando calmarse y pensar
qué decirle.
Los cuatro saltaron a la vez hacia la ventana del salón, pero no la vieron salir. Airán
hizo el gesto de ir a buscarla para convencerla.
- No, Airán- Verónica lo paró cogiéndole del brazo con suavidad - Es cosa suya. Sólo
ella ha de tomar esa decisión.
- Tienes razón - dijo Marisa - Ya nos hemos metido demasiado en su vida.
- Y, digo, yo - dijo Verónica - ¿no podríamos meternos un poquito más?
- ¿A qué te refieres? - preguntó Sonia.
- Aún nos quedan hojas - dijo Airán cogiendo las hojas en cuestión.
- Bueno, sólo quedo yo por leer - dijo Sonia.
Se levantó y cogió las hojas que su amigo le entregaba con gusto. Volvió a sentarse
junto a Marisa, no sin antes darle un suave beso.
*****
Pasado
Los demás clientes empezaban a impacientarse. Llevaba pensándolo varios minutos pero,
en realidad, no sabía los gustos de Patricia. Decidió finalmente llevarse un surtido
variado de la sección de charcutería y que ella misma se sirviera. Por su cuenta le
gustaba todo lo que veía así que no se iba a tirar nada.
Caminaba como si flotara en una nube. Nunca se había sentido como se sintió esta mañana
al despertar. Ella dormía a su lado plácidamente, como si nunca hubiera sufrido por nada.
Con los músculos de la cara completamente relajados parecía un ángel e irradiaba dulzura.
La acarició suavemente los labios, rozándolos con un dedo. En un gesto involuntario
Patricia lo besó y pareció susurrar algo. Gara se acercó al oído y le dijo muy bajito:
te quiero.
- Señora... ¡Señora! - la cajera comenzaba a impacientarse igual que las demás personas
que hacían cola detrás de ella.
- Oh, lo siento - dijo disculpándose.
Llegó al piso cargada de bolsas. Tocó el timbre pero al comprobar que Patricia tardaba,
decidió buscar las llaves en su bolsillo. "Qué dormilona" - pensó.
- Patty - la llamó una vez hubo entrado y cerrado la puerta.
Llevó todas las bolsas a la cocina y las depositó sobre la mesa redonda situada en el
centro de la habitación. Volvió a llamarla y se extrañó. Salió de la cocina rumbo a la
habitación con la idea fija de despertarla. Era sábado y pensaba disfrutar el día libre
con su rubia favorita.
- Patty - volvió a llamarla dulcemente.
- Ya voy... hola - contestó abordándola en el pasillo.
La miró un momento y sonrió. Tenía la mitad del pelo de punta y llevaba la camisa que
le había prestado y que le quedaba algo grande, al revés.
- Estás preciosa .
- Sí, seguro. Debo tener un pinta horrorosa - se acercó a ella y le dio un rápido beso
dirigiéndose a la cocina.
- Vaya, hay hambre, ¿eh?.
- Sí, siempre me levanto con hambre. ¿Qué has comprado?.
- Demasiadas cosas - dijo observando todo lo que había sobre la mesa.
Sin embargo, Patricia no miraba las bolsas. Tenía la mirada como perdida en algún punto
de la pared.
- ¿Qué te pasa?.
- ¿Eh? - pareció despertar de golpe - Oh, nada, nada. Es que aún estoy dormida.
- Así que te gusta dormir - Gara se acercó a ella sonriendo. Necesitaba abrazarla
urgentemente.
- Por que no vas guardando todo esto... - dijo algo nerviosa - Necesito una ducha.
- Vaya, tan pronto empiezas a escaquearte del trabajo - miró como salía al pasillo -
Espera, espera. Tengo que encenderte el termo. Creo que es eléctrico pero no automático.
- ¡Prefiero una ducha fría! - gritó desde el cuarto de baño.
- ¿Seguro?.
- ¡Sí!.
- Vale.
El comportamiento tan distante de Patricia comenzaba a preocuparla. No sabía que pensar
pero después de lo de la noche anterior seguramente sólo necesitaba tiempo. Abrió el
armario y comenzó a llenarlo con las diferentes latas de todos los tamaños que había
comprado. Se agachó mientras guardaba algunos botes en el estante de abajo. De repente,
le pareció oír el ruido de la puerta principal, al abrirse y cerrarse.
- ¿Patty? - no obtuvo respuesta y se levantó rápidamente.
Salió al pasillo encontrándose con Patricia que se dirigía al baño.
- Patty, ¿has abierto la puerta? - le preguntó extrañada.
- Sí, es que me pareció que alguien tocaba.
- Yo no he oído nada.
La rubia no le respondió pues se había metido ya en la ducha. Gara volvió a la cocina
pero cambió de idea, volviendo al cuarto de baño. Entró, pues Patricia había dejado la
puerta abierta.
- ¿Necesitas ayuda? - preguntó con picardía.
Patricia no la esperaba y pegó un grito.
- Oye, tranquila, tranquila, soy yo.
- Me has asustado.
- Lo siento, no era mi intención. ¿Estás bien?.
- Sí, ¿por qué? - sus contestaciones eran secas.
- No sé. Te noto algo rara. ¿Es por lo de anoche?.
Patricia cerró el grifo y abrió un poco la cortina para mirar a los ojos de la morena.
- Quizás sea eso - la miró fijamente - Gari, quiero que sepas lo mucho que te quiero.
Nunca he sentido lo que siento estando contigo. Y quisiera sentirme así para siempre.
- Yo también, Patty - se acercó a la rubia dándole un dulce beso.
- ¿Qué vamos a desayunar?.
- ¿Qué sueles desayunar, cariño? - le acarició la cara - ¡Qué fría estás!. No sé como
puedes ducharte con esa agua helada.
- Suelo desayunar cereales.
- ¿Cereales?. Pues es lo único que no he comprado, ¿en qué estaré pensando? - dijo
abriendo un poco la cortina para verla mejor.
- Tengo hambre, ¿sabes? - le dijo la rubia con una sonrisa.
- Por esa sonrisa iría al fin del mundo - la besó nuevamente.
- Con que vayas al supermercado me conformo.
- Vale, ahora mismo vuelvo.
Salió del piso y fue directa al supermercado. Saludó a la cajera que la miraba con mala
cara. Pero eso le daba igual, era feliz. Llegó a la sección de los cereales y lamentó
inmediatamente no haberle preguntado cuales le gustaban. Ella no solía comerlos así que
no tenía ni idea del sabor de ninguno de ellos. Decidió coger los clásicos, sin azúcar
añadida, ni chocolate, ni miel, ni fibra, ni nada de nada. Sólo cereales.
Regresó al piso y entró directa a la cocina. No escuchó el agua del grifo por lo que
Patricia había terminado su fría ducha. "Si ahora no está despierta, no sé cuándo lo
estará" - pensó sonriendo. Sacó del armario un cartón de leche entera, uno desnatado y
otro semi-desnatado. Sonrió viendo todo lo que había comprado. Puso sobre la mesa un
tazón y una cuchara, y se fue en busca de Patricia.
- Patty - la llamó mientras se dirigía a la habitación - La señora ya tiene el desayuno
preparado - dijo poniendo voz de sirvienta - O casi.
Al llegar a la habitación no la vio, así que miró en el baño. Volvió a llamarla esta
vez más alto pero no obtuvo respuesta. Recorrió la casa cuarto por cuarto sin encontrar
rastro de la rubia.
- ¡Patty! - comenzaba a ponerse nerviosa - Si estás jugando, no me gustan nada este
tipo de juegos. Nunca me gustó el escondite, ¿sabes?. Me pone muy nerviosa.
Seguía sin obtener respuesta. Los latidos de su corazón crecían por momentos. Se acordó
del único lugar en que no había mirado: el balcón. Suspiró pues seguro que estaba
mirando el paisaje. Había una buena vista del parque. Se acercó con cautela con
intención de asustarla. Sin embargo, ella fue la asustada. Allí tampoco estaba.
*****
Presente
Patricia permanecía apoyada en la pared del portal, sin dejar de mirar el edificio de
enfrente, a través de los cristales de la puerta. Cogía aire una y otra vez para darse
fuerzas. Intentaba pensar en las veces que la había besado y la había tenido entre sus
brazos. No fueron muchas pero sí intensas. Necesitaba sentirlo otra vez. Valía la pena
arriesgarse. Si ella la rechazaba se quedaría igual que ahora. No perdería nada.
En el fondo sabía que eso no era cierto. Tenía mucho que perder. Podía perder la
ilusión que tantas fuerzas le había dado a lo largo de estos años. Seguramente Gara la
había buscado para pedirle explicaciones. Tenía que odiarla por abandonarla sin más. Ni
una nota ni una sola palabra. Fuiste a comprar cereales y yo salía corriendo del piso.
¿Cómo podría perdonarme algo así?. Yo no sé si lo haría.
El destino decidió por ella pues vio salir a Gara del portal de enfrente. Se quedó
helada y el corazón dejó de latir por un momento. Allí estaba, tan guapa como siempre.
Llevaba algo en la mano. Algo que no lograba ver pero que, sin duda, debía de ser muy
pesado.
De repente, vio con asombro como un taxi se paraba delante de ella. Gara le dio al
taxista una gran maleta mientras ella cargaba con un enorme bolso. Se iba. Se marchaba,
pero, ¿a dónde?. Su corazón fue más rápido que su razón y, sin pensar, salió a la calle.
Se paró en la acera mirándola fijamente. Gara miraba como el taxista metía sus maletas
en la parte de atrás. Cuando el hombre cerró el maletero, la vio.
Sus ojos se encontraron. Ninguna era capaz de reaccionar y el mundo que las rodeaba
dejó de existir. Ojos verdes y azules se enfrentaban en un duelo entre el amor y el
rencor. Sólo la voz del taxista las devolvió a la realidad.
- Señora, ¿nos vamos? - le preguntó desde el interior del coche.
- ¿Puede esperar un momento? - le pidió.
- Desde luego.
Gara caminó en dirección a Patricia que era incapaz de mover un solo músculo. Una vez
estuvo frente a ella sintió como el corazón quería salírsele del pecho.
- Hola - dijo Gara.
- Hola - le contestó la rubia sin dejar de mirarla.
- ¿Cómo estás?.
- Bien, supongo, no lo sé - una sonrisa nerviosa asomó en su cara.
Gara le devolvió la sonrisa, dándose cuenta que la de Patricia seguía intacta. Tan
dulce como siempre. Al igual que sus verdes ojos seguían mirando con la misma intensidad.
Una intensidad que la hacía temblar todo el cuerpo.
- Y tú, ¿cómo estás?.
- Te he escrito.
- Lo sé.
- ¿Has leído las tres?.
- Sí. ¿Las tres has dicho?.
- La última te la mandé ayer.
- No, esa no la he recibido. Bueno no me la han dado las chicas.
- ¿Las chicas? - preguntó extrañada.
- Sí, yo no vivo aquí y... es una historia muy larga.
- ¿No vives aquí?. Pero si te vi... - se calló. No sabía como seguir.
- Vivía hasta el año pasado. Y tú, ¿vives ahí enfrente?. Es increíble que no nos
hallamos encontrado.
- Yo sí te encontré. Incluso fui a buscarte - la voz de Gara sonaba triste.
El silencio volvió a surgir entre las dos. El taxista volvió a llamar a Gara.
- Tengo que irme - dijo sin mirarla.
- ¿Dónde vas?.
- Me mudo a casa de mi madre. Estoy cansada de vivir sola. Patty... - la miró un momento
y dudó - Patricia, yo...
- Puedes seguir llamándome Patty, me gusta - le sonrió.
Volvieron a mirarse a los ojos y Patricia casi no podía contener las ganas de abrazar a
Gara y decirle todo lo que sentía por ella.
- No te vayas - fue lo único que acertó a decir.
- ¿Cómo? - le preguntó Gara sorprendida.
- No te vayas, Gari, por favor. Tenemos mucho de que hablar - se acercó a ella y la
cogió de la mano.
- ¿Ahora tenemos que hablar? - la miró inquisidoramente. Los sentimientos comenzaban a
aflorar sin que pudiera controlarlos - Entonces no quisiste hablar. Te fuiste sin más.
¿Por qué no hacer yo lo mismo? - se soltó de la mano de la rubia.
- Todo eso tiene su explicación, déjame...
- No sé si quiero, Patty. El taxi me está esperando y va a empezar a cobrarme si no lo
ha hecho ya. Adiós.
Patricia se quedó parada viendo como Gara se metía en el taxi. No pudo controlar las
lágrimas que brotaron con total libertad por sus mejillas. Gara permanecía sentada y ni
siquiera la miraba. Esto no podía acabar así. Se acercó al taxi para intentar hablar
con ella, pero en ese momento, el taxista arrancó el coche y se fue.
Patricia sólo podía mirar como giraba en la esquina, plantada en mitad de la calzada.
El pito de un coche detrás de ella la obligó a moverse. Caminó hacia el portal y entró
en él.
- Dé la vuelta, por favor - le dijo Gara al taxista.
- ¿Cómo? - preguntó el hombre sorprendido.
- Dé la vuelta. He cambiado de opinión.
No entendía como pudo reaccionar así. Debía de ser por el dolor que había padecido en
su corazón durante todos estos años. Necesita hablar con ella más que nada en este
mundo. Y ella también parecía necesitarlo. No podía acabar así. Tuvo que pasar algo
para que ella se fuese como se fue.
Patricia se asustó al escuchar unos golpes en el cristal de la puerta del portal. Se
giró para ver quien era. Sin dudarlo corrió hacia ella y la abrió, sorprendiendo a Gara.
La abrazó con fuerza y la morena no sabía como reaccionar. Permanecía con los brazos
abiertos sin tocarla.
- Sólo quiero saber qué pasó - dijo secamente.
La rubia la miró y se separó.
- Lo siento. Ha sido un impulso. ¿Quieres subir?.
- No dices que no vives aquí.
- Sí, ya. - sonrió - es una larga historia.
- Además, no puedo dejar las maletas en la calle - dijo señalando al taxista que dejaba
el último bolso sobre la acera con cara de pocos amigos - Y tampoco puedo pedirle que
las suba él. Sería el colmo.
Patricia se rió. Parecía como que todo había vuelto a la normalidad. Que no había pasado
el tiempo. Un atisbo de esperanza se asentó en su corazón.
Una vez entraron en el salón de la casa de la morena, Patricia se sentó en un sillón y
Gara en otro quedando frente a frente. La morena fue la primera en hablar.
- Tenemos muchas cosas que contarnos.
- Es increíble todo esto. No me puedo creer que esté aquí contigo - Patricia sonreía y
Gara sentía revivir - No sé por dónde empezar.
- Por qué, es lo que más ansío saber. - Gara apartó la mirada de los ojos de Patricia -
¿Por qué me abandonaste?.
- No me quedó otro remedio, Gari.
Al oír otra vez su nombre en boca de Patricia el corazón le dio un vuelco y los ojos se
le humedecieron. Desvió la mirada intentando que ella no se diera cuenta. Pero Patricia
lo había visto.
- No te importa que te vuelva a llamar así.
- No, Patty - le sonrió - No lo entiendo. Yo te quería muchísimo. Estaba dispuesta a
darlo todo por ti. Hubiera dado mi vida.
- Lo sé. Pero yo no lo podía permitir.
- ¿Qué no podías permitir?, ¿qué te quisiera?.
- No, que dieras tu vida.
- No te entiendo.
- He de contarte lo que de verdad ocurrió aquella mañana.
Gara tragó saliva. La miró muy seria pues no sabía a qué se refería. Pero iba a conocer
el motivo de su abandono. Lo que tantas y tantas veces se preguntó durante los últimos
diez años. Al fin lo sabría. Y de boca de la mujer que más amaba en este mundo. Al verla
otra vez y hablar con ella, los sentimientos volvieron a aflorar. Pero ahora eran más
fuertes pues sabía que podían superar el paso del tiempo.
*****
Pasado
Se despertó con la rara sensación de la tranquilidad. A partir de ahora tendría que
acostumbrarse y sonrió al pensarlo. Acababa de leer la nota que Gara le había dejado
sobre la mesa. Estaba comprando en el supermercado. Se miró al espejo para reírse de si
misma. No sólo por la pinta de recién levantada con medio pelo de punta y el otro medio
aplastado. También se reía por la cara de colegiala enamorada que se le había puesto.
Oyó el timbre y no dudó un momento en salir corriendo para abrirle. Sin mirar abrió la
puerta y ese fue su mayor error. Diego entró cerrándola con brusquedad. Patricia no
podía reaccionar y él la sujeto con fuerza por el cuello.
- Hola cariño. ¿Me echas de menos verdad? - le apretaba cada vez con más fuerza y la
empujó, tirándola al suelo.
- Diego... - no lograba controlarse. El miedo se apoderó de ella.
Él se calló y parecía escuchar algo. Ella se percató de que lo que escuchaba era el
ruido de una persona acercándose. Escuchó también ruido de bolsas y no tuvo dudas de
que tendría que tratarse de Gara. Diego la cogió por un brazo llevándola a la habitación
del fondo: el dormitorio principal. La sujetó de espaldas y la agarró por el cuello.
Escuchó el sonido del timbre y sintió algo frío en la garganta. Supo que era un cuchillo
y pensó que había llegado su fin.
- Escúchame - le dijo Diego al oído - No voy a matarte a ti pero si mataré a la bollera
de tu novia.
- Diego...
- Cállate, puta.
Oyó como Gara abría la puerta y apretó aún más el cuchillo en la garganta de la rubia.
Si se movía un milímetro el afilado acero le cortaría.
- No le hagas daño - dijo despacito y muy bajito.
- Será rápido - le susurró.
- Iré contigo. Te quiero.
Oyó como Gara la llamaba. Diego aflojó un poco.
- ¿Crees que soy jilipolla?. Pero vale, déjala y no la mataré.
- La dejaré.
- Yo me iré y quiero verte salir en diez minutos o te juro que encontraré la manera de
acabar con ella - le susurró al oído.
Gara se acercaba por el pasillo. Tenía que evitar que viera a Diego porque entonces
estaría perdida. Salió a su encuentro, y se dirigió con ella a la cocina, alejándola
todo lo que podía del dormitorio. Hablaba sin prestar atención a las palabras. Sólo
podía pensar en cómo salir de aquella situación. Tenía que dejarla o Diego la mataría.
Y era muy capaz de hacerlo. Decidió que la excusa de la ducha le daría tiempo.
Se metió en la ducha y abrió el grifo. No aguantaba el agua fría pero ahora lo necesitaba.
Miró hacia la cocina desde la puerta del baño comprobando que Gara no podía verles.
Avisó a Diego y cruzaron el pasillo. Abrió la puerta y él salió volviendo a repetir el
gesto de cortarle el cuello. Cerró la puerta y corrió hacia el baño.
El agua helada le caía por el cuerpo pero era incapaz de sentir nada. La iba a
abandonar y no podía decirle nada. Iría en su búsqueda y sería su muerte. Diego era
capaz de todo. Estaba completamente loco.
Con la absurda excusa de desayunar unos cereales logró que Gara saliese del piso y del
edificio. Observó que no los había comprado. Rápidamente salió de la ducha sin apenas
secarse. Se vistió y se fue. Pensó en dejar una nota pero no sabía que decirle. No había
tiempo para pensar.
Al salir a la calle vio a Diego en la acera de enfrente sonriéndole. Las lágrimas la
invadieron y casi no la dejaban ver. Iba a partirle el corazón y no se lo merecía.
Pensó en su cara cuando volviese al piso y no la viese. Prefería saberla viva y a salvo.
Eso era lo único que le importaba.
*****
Presente
Patricia lloraba sin parar y no dejaba de pedirle perdón una y otra vez. Gara se levantó
y la abrazó con fuerza.
- Lo siento, Gari.
- Soy yo quien lo siente. Si supieras las cosas que he pensado. Como pude ser tan tonta
y no darme cuenta.
- Yo te amaba como nunca había amado a nadie - dijo entre sollozos, se separó y miró a
los ojos azules de la morena - Y aún te amo.
Se acercó y la besó tímidamente. Gara no dijo nada sólo podía concentrarse en volver a
sentir el tacto de sus labios. Le devolvió el beso con todo el amor que llevaba dentro
y volvió a abrazarla.
- Te quiero, Patty. Te quiero. Te quiero - no podía dejar de decírselo.
- Si supieras cuanto he sufrido por ti.
- ¿Por qué no volviste a buscarme?.
- Huí a Francia. Estuve viviendo allí hasta hace dos años. Mi hermano me dijo que se
había enterado de la muerte de Diego. Pensé en buscarte, deseaba tanto volver a
sentirte. Pero no podía. Creí que me odiabas y que estarías con alguien, después de todo
este tiempo.
Volvieron a besarse una vez más. Sus cuerpos temblaban por el cúmulo de sensaciones que
experimentaban y que tanto habían deseado.
- Dios, yo pensaba lo mismo.
- ¿Cómo podías pensar que te odiaba?.
- Te fuiste sin más y después de la noche que habíamos pasado. No sé, creí que te
habías arrepentido. Que no querías estar conmigo.
- Era lo que más deseaba en este mundo.
- ¡Qué tontas hemos sido!.
*****
- ¿Dónde se habrá metido? - preguntó impaciente Airán.
Se apartó de la ventana que empezaba a convertirse en su lugar preferido. Llevaba
mirando un buen rato sin ver ni a su hermana ni a nadie parecido a la tal Gara.
- Si la ha encontrado, tienen mucho de que hablar - dijo Verónica desde el sofá donde
permanecía aún sentada - Esto va para largo.
- ¿Qué hora es? - preguntó Marisa.
- Las diez y media, casi.
- ¿Las diez ya? - preguntó sorprendida la pelirroja - Con razón tengo hambre. ¿Qué
tenemos en la cocina?.
- No sé, algo debe de haber - dijo Marisa levantándose - Voy a preparar aperitivos. A
ver que encuentro.
- Te acompaño - dijo Sonia haciéndole señas a Verónica para que continuase sentada.
La pareja despareció tras la puerta de la cocina y Airán volvió a sentarse en el sofá
junto a Verónica.
- ¿Cómo te sientes? - le preguntó la pelirroja.
- Después de haber hablado con ella, mejor.
- Ya no piensas que todo el mundo te miente.
- Fue por mi bien - la miró a los ojos - pero si que me mintieron.
Se miraron fijamente. Verónica podía perderse en aquellos ojos verdes. Sentía una
atracción muy fuerte hacia el rubio y constituía un auténtico esfuerzo no lanzarse
hacia delante y besarle. Lo había echo ya en el bar y sería precipitado repetirlo. Sin
embargo, Airán parecía no pensar igual. Acercó despacio su cara sin dejar de mirar a
los ojos grises de la pelirroja. Buscó sus labios y la besó.
- Tú, ¿no me mentirías, verdad?.
- No podría.
- Ah, ¿te parezco sexy? - le preguntó con una sonrisa pícara. La pelirroja se
sorprendió pero le devolvió la sonrisa.
- Sí.
- Estás mintiendo - volvió a besarla.
- No.
- Entonces, ¿soy sexy?.
- Sí.
- ¿Mucho?.
- Bueno, los he visto mejores - la pelirroja le devolvió el beso sonriendo.
- Ahora sí que estás mintiendo - se rió.
- Cállate y bésame.
Sonia abría los armarios buscando algo para preparar. Decidió sacar unas galletas y
algunos paquetes de papa fritas. Marisa preparaba unos sandwichs.
- ¿Os gustan los huevos? - preguntó en alto.
- A mí sí - contestó Verónica desde el salón, riéndose.
- ¿Y a Airán?.
- No sabría que decirte - volvió a contestar Verónica.
- ¡Qué graciosa!.
- Oye, ¿qué pasa ahí al fondo? - preguntó Sonia en alto.
- Poca cosa - se volvió a reír la pelirroja.
- Pues sí que están de fiesta, ¿eh? - dijo Sonia.
- Eso parece - contestó - Yo los dejo así. Creo que habrá suficientes.
- ¿Te gusta la cocina? - le preguntó Sonia abrazándola por detrás.
- Me gustas más tú.
- ¿Ah, sí?.
- Sí.
- Demuéstramelo.
Marisa se dio la vuelta quedando frente a Sonia que intensificó su abrazo. Se besaron
varias veces. Cada beso más largo que el anterior. Marisa cogió un sándwich y le dio un
mordisco.
- Sí, me gustas más tú - lo saboreó un poco y tragó - Definitivamente.
- Pues yo tengo hambre - dijo Sonia mordiendo el otro lado del sándwich.
- ¿Qué tipo de hambre? - sonrió la morena.
- Lo dicho, ¡¡No se os puede dejar solas!! - dijo Verónica entrando en la cocina y
sorprendiendo a las dos mujeres abrazadas.
- Ya está otra vez la lámpara esta - se quejó Marisa.
- Pues sí, debo ser la lámpara porque tengo más luces que tú. ¿Sabes qué has olvidado
algo? - dijo mirando a su compañera de piso.
- ¿El qué? - Marisa la miró extrañada.
- ¿No recibimos algo más esta mañana?. Antes de que pasase todo esto. Cuando me llevaste
ese maravilloso desayuno a la cama.
- ¿Qué desayuno a la cama? - le preguntó Sonia.
- Eh, dejad los celos para más tarde. ¿Dónde está la carta? - le preguntó Verónica.
- ¡¡¡Es verdad!!!. Esta mañana recibimos otra carta para Patricia - dijo Marisa saliendo
de la cocina.
- ¿Otra carta? - preguntó Airán que se acababa de incorporar a la reunión.
- Alguien, podría, por favor, explicarme lo del desayuno.
- Sonia - Verónica la miró sonriendo - Fue un regalo por arreglar lo vuestro.
- ¡¡Ya la he encontrado!! - dijo emocionada Marisa - Vamos al salón.
- Un regalo, un regalo - Sonia refunfuñaba por lo bajo mientras les seguía hasta el
salón.
Esta vez Marisa y Sonia ocuparon el sofá mientras que la otra pareja se sentaba cada
uno en una silla. Marisa miraba el sobre que sujetaba.
- ¿Deberíamos leerla? - preguntó Sonia - Es una carta para Patricia.
- Tiene razón, no es como lo que ella nos escribió. Esto lo escribió Gara para mi
hermana. Debería leerla ella.
En ese momento sonó el timbre de la puerta.
- Ese timbre nunca había sonado tantas veces como hoy - sonrió Marisa levantándose.
- El pobre ha trabajado mucho - se rió Verónica.
- Deben de ser ellas - dijo Sonia, pero la voz de Marisa la corrigió.
- ¡¡Juanillo!! - dijo Marisa sorprendida al abrir la puerta - Sólo faltabas tú.
- ¿Por qué lo dices? - la voz del anciano sonaba sorprendido.
Verónica se levantó de golpe para ir a la puerta a recibirlo.
- Hola mi niña - la saludó Juan al verla- ¿Puedo pasar?
- ¿Pasar? - preguntó extrañada Marisa.
- Sí. Tengo un mensaje para vosotras.
- ¿Un mensaje?.
- Sí, me lo acaban de dar.
- ¿Se lo acaban de dar?.
- Podemos estar así toda la noche, pero creo que sería mejor si entrase, ¿no? - se rió
el anciano.
- Claro, claro. Perdone - dijo Marisa avergonzada.
El viejo entró dirigiéndose hacia el salón. Conocía perfectamente el piso por las veces
que Patricia lo había invitado a tomar un café por la tarde. Marisa y Verónica se
miraron. No entendían nada, pero eso hoy no era raro. Había sido una constante a lo
largo de todo el día.
- Estos son Sonia y Airán - les presentó Marisa - Airán es...
- El hermano de Patricia, lo sé. - le miró sonriendo - Eres su viva imagen, hijo. No
puedes negarlo.
- Sí, siempre me lo han dicho - contestó algo confuso. No sólo no sabía quién era sino
que además había llamado a su hermana por su verdadero nombre.
Juan tomó asiento en el sofá junto a Marisa y Sonia, mientras que Airán y Verónica
volvían a sus sillas.
- ¿Cuál es ese mensaje? - preguntó Verónica curiosa.
- Todo a su tiempo, jovencita - dijo con la tranquilidad que siempre acompaña a las
personas de avanzada edad - Hoy han tenido muchas visitas, ¿verdad?.
- Y qué lo digas, Juanillo.
- He oído ese timbre infinidad de veces.
- Sí - dijo Verónica que empezaba a ponerse nerviosa. Juan la miraba con una sonrisa
pues sabía lo impaciente que era - Yo también he tenido visitas.
- ¿Ah, sí? - contestó Marisa. Miró al anciano que parecía divertirse con todo aquello y
decidió seguirle el juego - ¿A quién ha recibido hoy?.
- Pues hace sólo unos minutos he recibido una visita inesperada. Una vieja amiga ha
venido a verme. Y me ha dado una gran sorpresa.
- ¿Qué sorpresa? - preguntó Verónica.
- Me ha dado un mensaje para ustedes - el anciano sonreía divertido con todo este
asunto.
- Y..., ¿cuál es? - preguntó de nuevo. La pelirroja ya no sabía como sentarse.
- Dice que pueden leer la carta.
El anciano miró una por una las caras de sorpresa y sonreía. Ninguno sabía que decir.
Marisa miró la carta que había dejado sobre la mesa. La cogió y se la mostró a Juan.
- ¿Se refiere usted a esto?.
- No lo sé. Yo no la he visto.
- Pero si ha visto a mi hermana, ¿no?.
- No. En realidad, no conocía aquella chica - Quería mantener un poco más el misterio.
Estaba disfrutando con todo el asunto.
- Pero, ¿no era una vieja amiga? - preguntó esta vez Sonia quien también parecía
impacientarse.
- Sí, pero nunca la había visto.
- No lo entiendo - dijo algo molesta Verónica.
- Era Gara, ¿no? - preguntó Marisa.
- Veo que hay alguien que piensa - el anciano la miraba sin borrar por un momento la
sonrisa.
- Y, ¿dónde está mi hermana, entonces?.
- Eso lo diré luego.
- ¿Luego de qué?. Don Juan me está usted poniendo de los nervios - dijo Verónica
levantándose.
- Siéntate, muchacha. Luego de leer la carta, me refiero.
Amada Patty,
Esta es la tercera carta que te escribo y la última. Ya no puedo más. No puedo seguir
viviendo en este piso. No puedo pasar los días mirando por la ventana esperando verte.
Sí, Patty, vivo enfrente de ti. El destino nos ha vuelto a unir igual que nos vuelve a
separar.
Esta es una carta de despedida. Me voy. Tengo que continuar con mi vida. Perdóname por
ser tan cobarde. No tengo valor para enfrentarme a ti. No podría soportar que me
rechazaras una vez más. Pero aquella vez ni siquiera fue un rechazo. No quisiste hablar
conmigo. Y no lo entiendo, Patty, por dios que no lo entiendo. Te amaba con todas mis
fuerzas y quería demostrártelo pero tú no me dejaste. Aún te amo y lo haré siempre.
Debo irme, Patty. Perdóname por haber irrumpido así en tu nueva vida. Nunca debí
escribirte y no volveré hacerlo. Debo seguir con mi vida y aceptar que tú no formarás
parte de ella. Al menos físicamente porque en mi corazón estarás siempre.
Tuya,
Gari
*****
La voz de un ángel la llamaba dulcemente. La sentía junto a su oído y no podía escuchar
nada más. Sólo podía dejarse llevar y acudir a su llamada. Abrió los ojos despacio
acostumbrándose a la luz. Era tenue pues aún era de noche y la única iluminación
procedía del pequeño pasillo que quedaba a su derecha.
A medida que abría los ojos tomaba conciencia de su situación. Su cabeza descansaba
apoyada en su hombro y las manos entrelazadas se apoyaban en sus muslos. Notó una suave
presión en su cabeza y el tacto de unos labios.
- ¿Cuánto tiempo he dormido? - preguntó casi en un susurro.
- No mucho.
- ¿Cuánto queda?.
- No mucho.
- ¿Sabes decir algo más? - la miró sonriendo.
- Te quiero.
- Eso me gusta más.
Le cogió la cara con una de sus manos acariciándola y se acercó besándola suavemente.
- Creí que había sido un sueño.
- No lo es, amor mío. Estoy aquí contigo.
- ¿Te he dicho alguna vez que podría perderme en el azul de tus ojos?.
- Sí. De echo me lo han dicho muchas veces.
- ¡Serás tonta! - le dio un suave golpe en el muslo.
- Eso también me lo han dicho muchas veces - volvió a besarla.
La azafata del avión pasó con una bandeja ofreciendo bebidas. Gara no quiso nada pero
Patricia pidió un jugo de manzana.
- Disculpe, ¿sabe cuánto queda? - preguntó Gara mientras la azafata le servía el jugo a
la rubia.
- Unos veinte minutos - dijo sonriendo.
- Gracias.
Gara seguía mirando a la azafata mientras atendía al resto de los pasajeros.
- Vaya, no está nada mal.
A Patricia se le salió el jugo por la nariz.
- ¿Cómo?.
- Es broma, es broma - le dio un suave beso en la mejilla - Sólo quería ver tu reacción.
Yo sólo te quiero a ti.
- Más te vale - le sonrió.
- Estoy emocionada - dijo la morena mirándola a los ojos.
- Yo también. Tranquila, todo va a salir bien. Nos queremos y eso es lo único que
importa.
- No, es que nunca he estado en París.
- ¡Serás... - los labios de Gara sobre los suyos la impidieron continuar.
- En serio, ¿dónde nos vamos a quedar?.
- Tengo amigos en Francia - la miró sonriendo - Yo también tengo amigos con pisos,
¿sabes?.
- Me gusta una mujer con piso. Es algo sexy.
Ambas se rieron.
- Y, ¿dónde me vas a llevar?.
- Al cielo - la miró con picardía.
- Me encanta cuando esos ojos verdes me miran así. En serio, ¿qué vamos a ver?.
- Después de dos o tres semanas te llevaré al museo del Louvre, la torre Effail y esas
cosas.
- ¿Después de dos semanas?, ¿por qué?.
- Porque en dos semanas sólo verás las paredes del piso.
Patricia le sonrió. Miró a su alrededor comprobando que nadie las veía. La besó
apretando los labios mientras que con una mano le apretaba el muslo. Gara abría los
ojos comprobando igualmente que nadie miraba. Cogió la mano libre de la rubia y se la
llevó al pecho. Patricia pareció sorprenderse pero no se apartó. En vez de eso
profundizó aún más el beso explorando con su lengua cada rincón de la boca de la morena.
Subía su mano despacio por el muslo mientras con la otra acariciaba el pecho. De
repente, se separó.
- Entonces, ¿qué quieres ver de París? - le preguntó Patricia sonriendo.
- El color de las paredes.
FIN
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