Disclaimer general: Los personajes son nuestros, basados en los de RenPics y MCA Universal Studios, así que no nos vengan a cobrar ningún copyright, que son propios, ¡ala! Por cierto, quizá les suene un tanto familiar en un comienzo, pero luego se sorprenderán, créannos.
Agradecimientos Lane: ¿Se le puede agradecer a una enciclopedia un fanfic? ¿Sí? Ah, bueno, pues en ese caso yo agradezco especialmente la colaboración de mi interminable fuente de sabiduría con sello "Salvat", que tan gratamente me ha brindado la información necesaria para saber que en una isla desierta no todo son palmeras, mar y arena, juas!
Dedicatorias Lane: A mi niña (ya se yo y tú quien eres). Que si el amor es ciego a mi me ha tocado el gordo en la primitiva contigo, ¡jeje!
Agradecimientos Thaleez(Gabrielle PIB): Creo que a mi curiosidad, por querer saber siempre un poco más de lo que, a mi edad, corresponde naturalmente. También a Lane, por tener santa paciencia conmigo y mi tiempo, que suele pasar mas lento que el de los demás.
Dedicatorias Thaleez(Gabrielle PIB): ¿A quién más? A ti, amor, por ser todo un cielo, por dejarme muda cada vez que quiero hablarle al mundo de lo maravillosa que eres, por regalarme un año completo de eterno amor y felicidad... y por querer escribir conmigo.


ENCRUCIJADA

LANE & THALEEZ

Segunda parte

Capítulo VI
"Y qué raro eso de tener debilidades..."


-No, no porta nada, es un término para... bueno... para decir que es llevable.

-Llevable - remarqué algo sarcástica.

-Sí, o sea... - Stefanía se rascó pensativa una sien mirando al cacharro ese antes de volver a encararme- Que te lo puedes llevar a todas partes.

-Ya.

-¿Qué?

-Nada.

-No, di, ¿qué pasa?

Alcé la mirada y dejé de estrujar las hierbas para observar a Stefanía. ¿Cómo decirlo finamente?

-Me parece... estúpido.

Alzó las cejas y me devolvió la mirada con vivo interés.

-¿Por qué?

Me encogí de hombros y seguí trinchando la aliaria en el mortero.

-Por esa regla de tres, todas las cosas llevables tendrían que llamarse portátil, ¿no crees?

No pude verla porque no levanté la mirada del cuenco de madera, pero en mente la pude ver perfectamente vacilando y haciendo aquella típica cara de pasmo que ya la caracterizaba. Pongo la mano en el fuego y no me la quemo a que, incluso, se le había abierto la boca.

-Eeerr... bueno, sí, pero...

-¿Lo ves? - Meneé la cabeza- Es una chorrada.

-¡No es una chorrada! - Se escandalizó sobresaltándome un poco, la verdad. Alcé una ceja y la miré atorando cualquiera actividad- ¡Es mi vida! - Creo que entonces fui yo la de cara de pasmo. Stefanía bajó un poco avergonzada la cabeza y acarició el supuesto "portátil" que reposaba en su regazo- O sea... Que es muy importante para mí - Murmuró al fin.

¿Cómo podía una cosa tan... inútil ser la vida de alguien? No pude alcanzar a comprender las pocas expectativas de vida que Stefanía parecía tener, su conformismo y simpleza al afirmar una cosa tan... inverosímil. Mi vida era mucho más que un cachirulo de esos. Era la tierra que pisaba y me daba hogar y calor, eran los árboles que me protegían de la tempestad y me alimentaban generosos con sus frutos, era el mar que refrescaba mis días más calurosos y me ofrecía también parte de sus manjares, era la flora entera y también la fauna. Mi vida era la isla, y por muchísimas razones.

La observé con franca curiosidad intentando comprenderla, y al no poder, quise que me ayudara. ¿Qué razones podría tener Stefanía para que esa cosa fuera su vida?

-¿Por qué? - Pregunté, desviando ceñuda la mirada hacia sus dedos, aun acariciando aquella máquina.

-¿Por qué? - Repitió, supongo que extrañada por el tono en el que lo hizo.

-Eso pregunté - Clavé mis pupilas en las suyas para absorber cualquier tipo de respuesta.

-Pues... pues porque sí - Volvió a prestar toda su atención a su estimado portátil, hablando casi para ella misma- Además con él puedo conseguir cualquier tipo de información y lo más importante: puedo escribir. Mira, ¿¡quieres ver lo que he estado escribiendo estos días!?- Preguntó alegre y, repentinamente, esperanzada.

Apunto estuve de sonreír, pero en cuanto reparé en sus palabras me levanté rígida como un mástil de barco y decidí, tajante, no continuar con la conversación. Eché un poco de agua caliente en el cuenco de madera y le preparé el brebaje a Stefanía antes de prepararme yo misma para salir. En todo momento, sentí su mirada desconcertada por mi comportamiento clavada en cualquiera de mis movimientos, pero no me importó, me limité a hacer lo que debía. Me abrigué con una capa de pieles más y me até en el pecho una cuerda cruzada que sujetaba varias flechas a mi espalda. Cogí el arco y me dirigí a la entrada de la cueva sin mirarla en ningún momento.

-Ahí tienes el brebaje y queda algo de fruta en la otra cueva para cenar.

-Kate, un momento, yo... ¿dije algo que no debiera?

-No me esperes.

*****

Hacía ya una semana entera que no había dejado de llover. Y no parecía tener el temporal ninguna intención de dejar de hacerlo, puesto que cada vez las lluvias eran más intensas y, prácticamente, insoportables. Me quedé en la entrada de la cueva, sentada en una roca que, por lo que recuerdo, siempre había estado allí. Me gustaba permanecer justo allí cuando no podía dormir o, simplemente, no quería. Era como una cura de mente, una saneamiento de alma. Me encantaba, sinceramente, y en especial cuando las inclemencias del tiempo azotaban con lluvias torrenciales la isla.

El cielo era todo un espectáculo y yo la espectadora deslumbrada de honor. A veces, intentaba imaginarme con los rallos formas, figuras... Y por lo general siempre acababa viendo a mis padres por todas partes, entre las nubes, la llovizna y los destellos eléctricos de luz. En esos momentos me sentía en paz, un dulce sosiego y una cálida templanza realmente abarcadores inundaban todo mi ser y casi me hacían sentir allí arriba, yaciendo en esas esponjosas nubes húmedas y chisporroteantes.

Lentamente, una sonrisa fue apoderándose de mis labios y meneé la cabeza dejándola caer. "Lo que engañan a veces los ojos..." pensé divertida, aunque afortunada porque los míos me engañaran justo con aquellas imágenes. A veces me habían llegado a absorber de tal manera que hasta el Sr. Nilson se alarmaba, se me subía al hombro y empezaba a darme pequeñas bofetadas con sus diminutas manitas para que despertara. Entonces lo cogía y le estampaba un señor beso, repentinamente llena de alegría y energías. Puede que los rayos me las dieran y la visión de mis padres las potenciaran. No lo sé, pero era realmente agradable. La adrenalina se me disparaba totalmente descontrolada.

Miré atrás y vi como Stenfanía descansaba entre mantas y el Sr. Nilson. Sonreí aun más e hice algo que aun hoy día no puedo explicar, aunque tengo la ligera impresión que fue la magia del momento, volviendo a sentir la adrenalina por vena correr rauda y jovial. Me levanté y muy cautelosamente me fui acercando a la cama de Stefanía. Ya supuse que el Sr. Nilson con sus orejotas de mega hercios se daría cuenta, pero en cuanto me miró extrañado y abrió la boca me llevé un dedo a los labios y lo hice callar. Parpadeó varias veces, atónito por mi comportamiento supongo, mientras yo me agachaba y empezaba a amontonar polvo de tierra. Cuando tuve bastante la puse en el cuenco del brebaje que le había preparado a Stefanía antes de irme esa misma noche y con dos dedos empecé a mezclar la disolución. Pronto obtuve los resultados deseados y ahogué una risilla prediciendo el efecto de mi inminente travesura.

Me incliné sobre el rostro dormido de Stefanía y me mordí el labio inferior para no reír cuando le pasé los dedos por una mejilla, coloreándola de rojo tierra. El Sr. Nilson salió rápido de debajo las mantas y me observó con ojos muy abiertos, atento a todos mis movimientos, a veces ladeando la cabecita para que lo mirara y le diera algún tipo de explicación. Yo sólo le guiñé en una ocasión un ojo y me encogí de hombros sonriendo con picardía. No podía darle ninguna explicación porque simplemente no podía dármela a mí misma.

Me llevé una mano a la boca sintiendo el estómago contraerse cuando al fin observé la cara garabateada de Stefanía. ¡Dios mío! Hacía muchísimo que no me aguantaba la risa. Años, exactamente. Me caí atrás mientras intentaba respirar con normalidad y no hacer el menor ruido, pero es que me resultaba imposible. La escena era tronchante: el Sr. Nilson apoyando sus manitas en un brazo de Stefanía mirando muy de cerca mi obra de arte con curiosidad. Le había transformado el rostro al de una rata.

-¡Ppfff....! -se me escapó un principio de carcajada cuando la fría nariz del Sr. Nilson topó con la de Stefanía y ésta murmuró molesta entre sueños sacudiendo una mano ante su cara.

El Sr. Nilson me miró parpadeando un ojo y luego el otro, como ya era habitual en él, y luego volvió a observar a Stefanía. Yo empecé a retroceder, arrastrándome por el suelo, empujando mi cuerpo con los pies y aun con una mano firmemente aferrada a mi boca. No podía más, tenía que salir de allí y estallar a carcajadas o mi estómago convulso reventaría.

A la mañana siguiente el careto de Stefanía aun era mucho más cómico, puesto que se le había resecado parte de la pintura y parecía que se caía escarchada la piel a trozos. Cuando se despertó me concentré en el pescado que estaba lavando para cocinarlo y desayunar, incapaz de mirarla sin empezar otra vez a troncharme de la risa.

-Uhmm... Buenos días - dijo con la voz una tanto pastosa, desperezándose.

Tosí un poco para disimular una risa cuando el Sr. Nilson, que estaba fuera comiendo unos cuantos frutos secos, corrió hasta Stefanía y se le plantó delante, observando su rostro al milímetro. Supongo que aun no se había dado cuenta hasta entonces que a Stefanía se le "caía la piel".

-Hey, ¿qué te pasa a ti hoy?

Cerré los ojos girando rápidamente la cabeza en dirección contraria para que Stefanía no me viera reír.

-¡AHGFS! -gritó agudamente.

Volví la mirada hacia ella y entonces sí que no pude más y solté una limpia carcajada cuando vi al Sr. Nilson con un trozo de "piel" en sus deditos, mostrándoselo a una escandalizada Stefanía.

-¡KATE! ¡Qué se me cae la piel! - Me anunció histérica tocándose con cuidado las mejillas.

Solté el pescado y me tiré, irremediablemente, por los suelos pataleando entre risas. En la vida había visto una estampa igual, simplemente me moría de la risa.

-¡No te rías! ¡Qué horror! ¡Ayúdameeeee!

Hasta el Sr. Nilson se puso a chirriar con ella dando saltitos por su alrededor. En cuestión de segundos se montó un pollo que ni cuando despertaba a gritos a mis padres en mitad de la siesta. ¡Qué jaleo!

Ese fue el primer día en el que Stefanía sería victima y conocedora de mi retorcido sentido del humor, sentido que ni por asomo sabía yo poseer. La ayudé a lavarse la cara mientras ella refunfuñaba ceñuda y resentida. Pero sé que en el fondo tampoco la enojé tantísimo como pretendía exteriorizar, puesto que al final se le escapó una sonrisa que rápidamente escondió alzando su portátil y ocultando su rostro tras él. Que poco me pensaba yo que precisamente esa sonrisa sólo era fruto de su maquiavélico plan de venganza.

Cactus. ¿Alguna vez habéis comido cactus? No lo hagáis los que aun conserváis en perfecto estado el paladar. Que envidia me dais... Y cuánto maldije a Stefanía aquel día, vomitando cactus hasta por la nariz. Para que os hagáis una pequeña idea, comer cactus o beberlo, da igual, es exactamente lo mismo que comer una ensalada de algas aliñada con colonia barata. Sí, colonia, colonia. Y de la barata. Hasta se me remueven las tripas al recordar la pastosidad aquella que inocente de mí comí creyéndola una espléndida y muy apetecible sopa de verduras.

Me había pasado la mañana entera en la playa, pescando y nadando un poco. Me gustaba, lo solía hacer muy a menudo, incluso con mala mar. Dos salmonetes fue toda mi pesca, pero eran tan grandes que me sentí como si hubiera pescado medio mar. Tan contenta yo que se los mostré a Stefanía a modo de disculpas por mi broma pesada y ella removiendo su venganza en una enorme cazuela con una sonrisa que a priori se me antojó preciosa, pero como la odié a la primera cucharada que me llevé a la boca. Stefanía había cocinado un cactus entero con hojas de morera, o qué sé yo lo que era aquella asquerosidad, con varios gusanos como guarnición. A mí es que me parecieron trozos de carne flotando, además que tampoco me fijé mucho en ellos con el hambre que tenía. Pero vamos, que me di cuenta de inmediato de la carne que exactamente eran cuando los vomité medio segundo después de engullirlos.

¿Y lo que escuece cuando se te va el vómito por la nariz? Se me saltaron hasta las lágrimas de las arcadas de asco que me entraron... ¡Las lágrimas! Ni falta hace decir que no dirigí ni palabra ni mirada alguna a la despiadada y rencorosa de Stefanía. Vamos hombre, ¡faltaría más! Una cosa era jugar con fango y otra muy, pero que muy, muy, distinta era jugar con mis intestinos. "¡Será posible la niña esta...!".

Sin embargo, y muy a mi pesar, tuve que reconocer que tenía parte de razón, al fin y al cabo era yo quien había empezado. Y también tuve que reconocer que Stefanía, a parte de ser la criatura más vengativa de la tierra, era probablemente una de las más buenas también. Al menos que yo conociera. Aunque si tenemos en cuenta que por aquel entonces mi vida social estaba muerta, enterrada y soterrada bajo mil capas de tierra, uhm... El caso es que, lo fuera o no, a mí me lo pareció cuando se tragó sus risotadas y me ayudó con el mal trago (nunca mejor dicho) casi de inmediato. Supongo que no había pensado que llegaría tan lejos su pequeña travesura. Sé que le supo mal, que realmente estaba arrepentida de lo que había hecho, pero mi orgullo mal herido era incapaz de perdonarla sólo porque me lanzara una de sus cándidas miraditas de santa purificada.

Ay, y cuanto las usaba. O más bien, abusaba. Y qué raro era aquello de tener debilidades. Nunca me acostumbré ni pude admitir que realmente las miradas de niña inocentona de Stefanía tuvieran tal efecto devastador en lo que mis habituales enfados se refería. Bastaban esos ojitos brillantes y esa sonrisita de porcelana para que un hormigueo de templanza me hiciera cosquillas en mis enfurecidas hormonas y mis furiosas neuronas.

Me empecé a dar cuenta el día en que me rompió el viejo palo que desde pequeña guardé y atesoré como oro en paño. Ah, y cuantas batallitas y aventuras había corrido con mi fiel bastón-espada-vara. No fue de extrañar que cuando Stefanía se lanzó a mi cama y lo partió con el peso de su cuerpo a mi me entraran los sudores de la muerte. Como siempre, lo había dejado bajo mis sábanas para cuando me fuera a dormir tenerlo cerca por si salía algún indeseado improvisto.

¿Sabéis aquello de sacar humo por las orejas? Bien, pues creéroslo, porque yo no saqué humo, no, yo es que directamente me convertí en una locomotora exprés en toda regla. Abrí la boca al principio de incredulidad, la cerré con rabia para morder con fuerza y cuando la fui a volver a abrir se me atragantó todo resquicio de reprimenda en la garganta cuando tropecé con la atormentada mirada de Stefanía. Parecía un cachorrito apaleado, mojado, temblando y con frío medio sollozando. Parpadeé y casi, casi, me froté los ojos para ver si es que veía mal. Pero no, Stefanía se había convertido en cuestión de segundos en la cosita más terriblemente perdonable de toda la isla. ¿Qué digo isla? De todo el sistema solar entero.

Y lo peor de todo es que lo sabía. Ya lo sabía. Sabía que con esa dichosa miradita a mi es que me derretía el alma. "Maldita sea, ¿por qué diablos tendrá que ser tan adorable?".

-Eh, señor Nilson... ¿Por qué? - Acaricié a mi fiel confidente por detrás de la oreja y meneé la cabeza- Así no hay quien pueda...

-¿Quién pueda qué?

Resoplé cerrando los ojos para no mirarla y caer en el embrujo. "Te estás volviendo una blandengue" me recriminé casi abatida. "Blandengue, que eres una blandengue".

-¿Kate...?

Y que raro eso de tener debilidades...


Capítulo VII
"Decisiones difíciles"


-Estás muy callada, incluso para ser tu...

Jugaba con el Sr. Nilson mientras él se bañaba en el lago de detrás la cabaña del árbol. Agachada en la orilla, mis manos lo salpicaban sin ni siquiera darse cuenta.

"Ha sido un incordio. No ha parado de molestarte durante todo el mes. Es mejor así, estarás más tranquila" me garantizaba una vocecilla interior que vagamente escuchaba ya.

-¿Kate?

No estoy muy segura de donde se encontraba mi mente en esos momentos. Quizás divagando en parajes que se me antojaban indeseables aunque ineludibles. Quizás buceando por primera vez en lo que me pareció un mar de sentimientos entrechocados y confusos. O quizás, simplemente, es que no estaba.

Desde esa mañana, cuando me di cuenta de lo que mis ojos divisaban rastreando el horizonte como de costumbre desde lo alto de nuestro árbol, un remolino devastador de incertidumbre se había apoderado por completo de mis tranquilos y serenos cabales. Si algo pudiera definir mi estado por aquel entonces, estando sin estar en cuclillas chapoteando con el Sr. Nilson, era la contradicción. Yo era, sin duda, su personificación.

-Kate, ¿me estás escuchando?

Trece años conviviendo conmigo misma eran muchos años. El Sr. Nilson alivió muchísimos momentos de nostalgia que asfixiaba y soledad que aterrorizaba, pero seguían siendo trece largos y angostos años sola. Los primeros fueron muy duros, una cría de ocho años a duras penas consigue sobrevivir provista de todo conocimiento en medio de una isla, pero yo sólo contaba con las clases de lectura que me daba mi madre desde los cuatro y las de supervivencia de mi padre. No me quejo, puesto que gracias a ellas, efectivamente, sobreviví. Sin embargo he de reconocer, una vez más, que en absoluto fueron fáciles de sobrellevar aquellos primeros años. Ya fuera por mi corta edad rodeada de la vieja y traicionera fauna y flora, por mi frágil y débil cuerpo infantil para demasiados obstáculos que saldar y proveerme de comida, o por el simple hecho de la inmediatez de mi orfandad y el hecho de no haber tenido consuelo alguno en tan fatídicos momentos.

-Kate, ¿estás bien...?

Recuerdo que al principio, enterrados ya mis padres, estuve cinco días sin separarme de sus improvisadas tumbas, en lo alto de la montaña central de la isla. Me resistía a creer que ya no estarían nunca más conmigo, que todo se había acabado, que estaba sola en una isla que se me antojaba desierta e indescubierta por la humanidad. Sentí la angustia calar hasta el más hondo de mis sentidos y el dolor aferrado a mi desazón marchitando cualquier resquicio o intento de resurgimiento. Me hundía, como los cuerpos sin vida de mis padres lo hicieron en la húmeda tierra, mi alma se hundía con ellos sintiendo el insoportable peso de toneladas de dolor y desamparo sobre ella.

Lloré lo que nunca jamás había llorado ni lloraría desde entonces, hasta que sentí, columpiándome en una total indiferencia, que si derramaba una sola lágrima más mi cuerpo fallecería por deshidratación. Y, sin embargo, lo deseé. Llegué a tal desesperación y agonía, que deseé que la muerte se me llevara junto a mi sufrimiento y me reuniera junto a mis padres. Pero también la deseé, a ella, a la muerte, por puro egoísmo y cobardía. En la cumbre de mi catarsis, me confesé incapaz de sobrevivir un día más con la pena que me colmaba el alma y, débil, supliqué compasión rogando por mi propia muerte. Pensaba que sería incapaz de vivir sin mis padres y con su muerte. Simplemente, no podría...

Pero eso fueron los primeros días, los primeros años, puesto que de mi sufrimiento nació, poderosa y señorial, mi rabia. Una rabia que me daría fuerzas suficientes para continuar con dignidad la vida que mis padres recién fallecidos me dieron culminando así su mutuo amor. Rabia por lo injusta que había sido su muerte, rabia por no saber entenderla ni digerirla ni asimilarla ni quererla, detestándola y odiándola con toda mi joven alma. Rabia, infinita y encolerizada rabia, por aquellos quienes los mataron a cuchilladas mientras yo, aterrada, me escondía en la cabaña.

-¡Kate! Me estás asustando, ¿¡qué te pasa!?

De repente, volví con demasiada intensidad a la realidad que me rodeaba. Aturdida, me descubrí sacudida por Stefanía, que me chillaba desde no sabía muy bien cuando. Miré confusa a mi alrededor y sacudí instintivamente la cabeza intentando recuperarme de mis tormentosas ensoñaciones.

-¿Estás bien? - Me preguntó angustiada, aun agarrándome con fuerza los hombros.

Stefanía, después de estar yo trece años sumida en el rencor y más tarde en el olvido, había significado para mi vida un cambio radical. Ese, para mí inexplicable, torbellino de alegría que relucía en cada una de sus sonrisas y resonaba por toda la isla en cada una de sus limpias carcajadas, esa vitalidad innata, ese sentido de la vida, esa capacidad de expresión desenfadada y despreocupada... Todo cuanto hasta entonces descubrí de Stefanía, me paralizó en cuanto reparé en ello. Era tan diferente a mí, estaba tan llena de lo que yo escaseaba. Brillaba con luz propia y, lo que más me sorprendía, sin ni siquiera darse cuenta.

"Volverá toda la isla a su silenciosa tranquilidad, ¿la recuerdas? Porque es eso lo que has deseado durante todo el mes... A parte de taparle la boca con una almohada y atarla a un árbol para que deje de revolotear a tu alrededor, claro", insistía el duendecillo egoísta y burlón de mi interior, esforzándose en que yo no doblara el porte y sucumbiera a mis nada normales sentimientos. "Además, recuerda lo empalagosa que es y lo que te irritan sus besitos y preguntitas estúpidas. ¡Recuérdalo!".

Stefanía no vivía la vida, si no que la adoraba tanto que la disfrutaba y exprimía al máximo. En cambio yo me limitaba a dejarla pasar, sin la menor contemplación e, incluso, con aburrimiento. Ella canturreaba todo el día, incluso bajo el agua, hasta que caía rendida. Yo refunfuñaba y me quejaba por lo bajo todo el mismo día, en especial debajo el agua, hasta... bueno, hasta que también caía rendida. Ella parloteaba de aquí para allá, hablando hasta con las flores y, en ocasiones, incluso con las piedras. Yo apenas despegaba los labios para bostezar.

-Sí, estoy bien - Me levanté, cansada de tanta cavilación contradictoria, para dirigirme a un claro del bosque alejado de ella, por primera vez en mi vida, deseando la soledad antes que la compañía.

"No te dejes engatusar, vuelve a la paz por la que durante tantos años has luchado. ¿Te vas a rendir ahora por una cotorra besucona como ésta? ¡Vamos, hombre! Ya tienes al Sr. Nilson si quieres compañía...", me repetía una y mil veces el ya incordioso duendecillo.

Recuerdo una noche, de esas ya cuatro semanas que llevábamos juntas, que me descubrí totalmente fascinada por su personalidad, su salero, su desenvoltura. Estaba enseñándole a hacer fuego y luego a saber como reavivar y mantener una fogata. Desde el primer momento, sentí su ansiosa mirada clavada en mis movimientos, absorbiendo cual esponja cualquiera de mis actos o palabras. Si hubiera podido, hubiera travesado mi piel si eso significaba conseguir más conocimiento.

El caso es que una vez impartida la lección, rápidamente me cogió de las manos las piedras con las que yo había hecho fuego y se puso a imitar todo cuanto yo hubiera hecho para lograrlo. En su concentración, chasqueando las piedras sobre un amasijo de maleza resecada, inconscientemente sacó la lengua y se la mordió repetidas veces evidenciando sus esfuerzos. Permaneció lo que a mí me pareció una eternidad ahí, arrodillada frente a lo que pretendía ser una futura fogata, y hasta que no la consiguió encender no desistió ni un segundo de su empeño.

Pero eso no fue lo que más me sorprendió, aunque valoré muy positivamente su persistencia casi ciega. Lo que más me conmocionó fue lo que hizo después, estoy segura, con toda la naturalidad del mundo (o al menos del suyo). Corrió hacia mí, que estuve todo el rato sentada en una roca observándola, y se colgó de mi cuello haciendo que las dos cayéramos hacia atrás. No fue el repentino y, para mí, forzoso acercamiento, no fue el hecho de acabar golpeándome dolorosamente la cabeza con la raíz saliente de un árbol. No, no fue nada de eso lo que me conmocionó en aquellos instantes. Fue el hecho de que después me besara por todo el rostro y me agradeciera alegre y dichosa mis enseñanzas. Su inocencia y espontaneidad fueron las que me llegaron como un faro hasta el más hondo y oscuro rincón de mi recién deslumbrada alma.

No lo entendí en aquel primer momento, tardé varios días en acostumbrarme a sus muestras de cariño desinteresadas y, para ella, tan naturales. Pero yo no estaba, en absoluto, ni familiarizada ni abierta a esas dichosas muestras físicas o, siquiera, verbales. En realidad, yo nunca las había necesitado y me costó muchísimo entender por qué, para ella, eran tan necesarias e, incluso, casi vitales. Por supuesto, rehuí cada una de ellas, nunca di el brazo a torcer y le ofrecí alguna de las mías. ¿Acaso yo tenía?

Bueno, no, miento, eso no es verdad. Recuerdo una ocasión en la que sí mostré cariño hacia ella, o al menos algo que se le parecía... Aunque no he logrado, por mucho que lo he intentado, averiguar porque exactamente lo hice.

Haría unas... no sé, quizás tres semanas que convivíamos en la isla. Más o menos ya nos habíamos acostumbrado la una a la otra. Ella respetaba mi territorio tanto físico como psíquico así como yo el suyo. De ese modo, aunque al principio me resistía por puro orgullo, se nos hizo costumbre el compartir las tareas del día. Una de ellas la comida. Yo pescaba o cazaba y ella, como se empeñó a la semana de estar en la isla, se ocupaba de cocinar. Hacía cosas muy raras que poco a poco me iría enseñando para que adquiriera yo cierta cultura básica culinaria.

Ese día, en concreto, me hizo machacar unas cuantas olivas y, con su jugo, empezó a freír un trozo de conejo que yo había cazado, con tan mala fortuna que un salpicón de aquel aceite tan especial cayó en toda la cabeza del curioso del Sr. Nilson, que no dejaba de meter el morro en la sartén. Empezó a chillar como un cosaco, ventándose con las manos la cabeza recién achicharrada. Yo lo cogí y Stefanía intentó curarlo, pero el Sr. Nilson estaba tan agitado y nervioso que la mordió. Entonces fui yo la que le tocó curarla a ella.

Le lavé la herida, muy superficial por otro lado, y antes de vendarla fue cuando ocurrió. Pasé mi índice por el contorno de la piel rasgada y me maravillé, aunque ya la hubiera tocado muchas otras veces casualmente, por la suavidad de su piel. Tanto, que deseé envolver su mano con la mía y abarcar tanta superficie de piel como pudiera y así transmitirle todo mi consuelo. Nada que ver con aquella primera vez que le curé el tajo de su muslo e, incluso, le salvé la vida. Ahora, por un pequeño rasguño, me descubrí incluso preocupada por ella, deseando sinceramente que sanara con mucho más brío que cuando la vi debatirse entre la vida y la muerte aquellos primeros días.

En cuanto recapacité en lo contradictorios que empezaban a ser mis pensamientos, me sentí extraña y, como siempre, fruncí el ceño y me concentré en el vendaje que ya envolvía su mano eludiendo cualquier intento de acercamiento. Sin embargo, lejos de molestarse o extrañarse, ella apretó su mano con la mía y, al levantar la mirada un tanto desconcertada, me sonrió con lo que me pareció ternura. O quizás fue compasión, compasión al ver que yo era incapaz de hacer lo que a ella le salía tan natural y fácilmente. No lo sé, y creo que tampoco quiero saberlo. Pero nunca olvidaré aquel momento, aquel instante cuya envergadura emocional me superó y abrumó con demasía.

-Kate... - un susurro amortiguado por la mano de Stefania me hizo girar y encararla.

Llorosa, me miraba medio emocionada y sorprendida... y quizás también con un tenue alo de tristeza. Volví a mirar hacia el frente y cerré los ojos al agachar la cabeza.

"Al fin te vas a librar de ella, alégrate. ¡Escucharon tus plegarias!", chirriaba casi histérico el duende, dando incluso pataletas para que lo escuchara. "¡Es insoportable, tu misma lo has pensado mil veces!".

-¿Has... lo has...? Tu... Tu lo sabías, ¿verdad?

Entonces fue cuando supe que Stefanía también había visto, en el horizonte, lo que yo vi a primera hora del día. Inspiré con pesar y luego traté de amortiguar con determinación cada una de mis emociones, esas de las cuales traté de librarme durante toda la mañana. Eran irracionales, eran egoístas, eran, incluso, precarias. No las quería. Nunca las quise. Pero ahí estaban, confundiéndome y haciéndome sentir cosas que ni debía ni quería.

-Sí, llegarán al anochecer - Contesté haciéndome la despreocupada y deseando realmente sonar como tal - Si quieres te ayudo a recoger tus cosas, aunque no sean muchas...

Con mis manos, y sin que ella lo viera, formé puños tratando de aceptar la inminente partida de Stefanía con toda la serenidad y templanza del mundo. No comprendía por qué me afectaba tanto, si la había estado deseando durante todo el mes... ¿verdad pequeño duendecillo? Librarme de la impertinente y charlatana niñata sabe-lo-todo que no dejaba de molestarme día y noche. Intenté recordar todo lo negativo que me hubiera conseguido hacer sentir Stefanía. Lo intenté con todas mis fuerzas. Me sorprendí al no ser capaz de recordar nada.

"¡Ahgfs! ¿¡Y se puede saber qué te he estado diciendo yo todo el rato!? ¡Olvídame, no volveré a ayudarte nunca más! ¡Ingrata, más que ingrata!", se enfadó el duende.

-¿Por qué no me lo has dicho?

Me encogí de hombros y me levanté, cogiendo un palo y encaminándome hacia la playa, sin prestarle mucha atención, pues sabía que si me acercaba mucho a Stefanía vería lo que yo no quería ni ver en mi interior. Lo que mi duende me reprochaba...

-Quería darte una sorpresa - Mentí- Llevas semanas hablando de que en un momento u otro tu padre volvería a por ti, ¿no? Bien, pues ahí lo tienes...

A partir de entonces, sentada yo en un lugar apartado de la playa, lejos de donde el barco atrancaría, la sucesión de los hechos se vuelve truncada e indefinida. Sólo recuerdo un momento de cordura, y fue justo cuando advertí que ya estaba siendo hipnotizada por el va y ven de las olas lamiendo las cálidas orillas de la isla. Dejé gustosa que el suave murmullo que emitían las alegres burbujas adormeciera mis sentidos, mis pesares, mis tormentos y mis males. La incesante pero sosegada repetición de cada oleaje, la tenacidad y persistencia con la que el mar se empeñaba en acariciar las suaves arenas de la isla, esa atracción básica y elemental pero a la vez sublime tierra-mar, esa crispación oceánica ante la indiferencia terrenal...

De inmediato, aquella fantástica escena, el mar, la tierra, la fuerza de su atracción, abrumaron delicadamente mis ensoñaciones y me permitieron ser cómplice testigo de su efervescente amor platónico, increíblemente absoluto pero trágicamente imposible. Lo sentí olear en mi pecho, sentí su frustración, su urgencia, su bravura y, casi sin darme cuenta, lo hice mío, me apoderé de su fuerza de atracción y la desaté en el fondo de mi propio océano tormentoso y agitado, renovando las aguas de su exasperación tantos años recluidas y presas de mi autocontrol.

En cuanto abrí los ojos, me sentí atravesada por tanta energía sobrenatural que lo creí imposible. Me sentí aterrada, al principio me asusté por lo desconocido pero pronto mis miedos, mis temores, fueron diluyéndose, disipándose, desvaneciéndose en una tibia brisa de tremenda y absoluta comprensión. De pronto y casi mágicamente, lo vi todo claro, el mar me lo había susurrado y la tierra escrito sobre su tenue manto dorado.

Por segunda vez, sentí vida en mi interior y comprendí el por qué, ese por qué que estaba a diez metros de mí, abrazada a su padre como sólo la fuerza del cariño consigue unir a dos cuerpos, dos seres, dos almas... Comprendí que mi interior me había estado avisando desde el primer día, cuando al abrazarla y sentirme abrazada, me gritó en una carente pero imperiosa sinfonía que sin ella, aquí dentro, no había vida. Y ahora volvía a avisarme, igual de sutil pero imperiosamente, que si la dejaba ir, aquí, en mi pecho, aquí dentro no habría vida. No como la que entonces sentía, no con ese brío, esa fuerza, ese ardiente poderío.

Miré entonces hacia el cielo, paulatinamente oscureciéndose, escuchando el eco de mis recién redescubiertos sentimientos y traté de ponerles nombre.

En treinta días nos habían pasado muchas cosas, nada trascendentales para alguien que haya vivido mínimamente civilizado, pero yo no era uno de esos alguienes y, por lo tanto, para mí cada una de esas vivencias fue un cachito de la vida que pude y nunca tuve. Stefanía me había aportado conocimientos de muchísimas cosas de las que yo ni siquiera sospechaba su existencia en este mundo, en este mío que se reducía, o según como se mire se ampliaba, en mi pequeña isla, mi amada y adorada isla. Pero sobretodo, Stefanía había despertado una parte de mí que, igualmente, también yo desconocía.

A pesar de lo que mi duende, ese innato ego interior, pudiera reprocharle o echarle en cara, yo sabía que Stefanía me había hecho mucho más bien que mal. Con tan sólo meros aunque cruciales detalles lograba llenarme, sin ni siquiera darse cuenta, de líquida y abarcadora paz: una flor en mi pelo, una sonrisa cómplice deslumbrando en la oscuridad de la noche y la tenue luz de una fogata, una mirada apreciativa enmascarando una adorable timidez mal disimulada, una caricia mal recibida pero ofrecida con todo el encanto y la ternura que le nacían sin la menor dificultad o pudor, un apacible apretón de mano transmitiendo sosiego en momentos de ofuscación...

¿Un nombre? Pues, por aquel entonces, para mí había sido el gozo de poder al fin dialogar con un ser humano después de tantos años, su proximidad y cercanía que tanto me turbaban a veces y relajaban en otras, la extraña comprensión que parecía establecerse entre las dos con sólo una mirada furtiva a primera instancia, profunda y abarcadora después.

Es cierto que en ocasiones me irritaba, pero quizás más por mi culpa e intolerancia que por la suya. Aunque al principio sentí una irrefrenable curiosidad hacia ella, de inmediato me sobrevino un imperioso sentimiento de temor, casi pánico. ¿Quién era ella? Tenía un arma... ¿Qué pretendía? ¿Por qué se acercaba tanto? Y, sobretodo, ¿por qué le había yo salvado la vida? Como ya he dicho, lo desconocido me asustó tanto como me atrajo al principio. Tuve miedo, ese miedo irracional que a veces me atormentaba de pequeña ante cualquier ser que yo no reconociera como familiar después de la muerte de mis padres. La desconfianza hizo tremenda mella en mí y mantuve las distancias durante muchos días antes de darme cuenta de cuan inofensiva era Stefanía y cuanto bien me hacía.

Y cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde...

*****

Sonriente, la vi mirarme por encima del hombro del que supuse sería su padre, a quien seguía estrujando entre sus brazos. Bajé la mirada y observé mis pies avanzando por la arena con inercia propia, puesto que en realidad deseaba alejarme tanto como pudiera de aquella escena. Ahora que conocía la naturaleza de mis sentimientos, no supe qué hacer con ellos. ¿Qué haría? ¿Qué pretendía? ¿Rogarle que no se fuera? No podía hacer eso, simplemente no podía. Era una sandez, una tontería, una completa estupidez.

-¡Kate! - Exclamó con esa alegría y desenfado retumbando en su vocecilla casi de cría- ¡Mira papá, esta es Kate!

El hombre, bastante corpulento, se giró 180 grados y supuse que después me estaría mirando, pero en realidad no lo pude ver, yo preferí no abandonar la vigilancia de los hombres que revoloteaban por mis tierras. Me había olvidado completamente del hecho de que se volvían a profanar mis tierras, sumida como estuve en mis pensamientos. Me alertó haber bajado la guardia tan fácilmente, aquello no era, en absoluto, propio de mí.

-¡Vaya! La famosa Kate, he estado dos horas oyendo decir mil maravillas de ti - Tendió una mano y me la quedé mirando, luego miré a Stefanía y asintió con la cabeza instándome a recordar sus clases de buenos modales.

Aunque sabía que entonces debía estrechar la mano que él me ofrecía, no lo hice. En su lugar lo miré directamente a los ojos e intenté desmantelar su risueña mirada que se me antojó casi de inmediato tan falsa como hipócrita. De éste sí que no me fiaba, aunque yo también hubiera estado largo tiempo oyendo hablar mil alabanzas sobre él. En realidad, no tenía motivos para desconfiar de él y, sin embargo, lo hice desde el primer momento.

Parpadeó un poco desconcertado por mi comportamiento y no sabiendo muy bien qué hacer con su mano suspendida inútilmente en el aire. Yo me limité a dar media vuelta e irme bosque adentro. Quería vigilar con más seguridad y perspectiva cualquiera actividad sospechosa del barco que se llevaría a Stefanía lejos de mí. Y con la secreta intención de alejarme del ser en concreto que la arrancaría de mi lado. Sin embargo, encaminándome hacia donde me propuse, pude sentir la sorprendida y quizás molesta mirada de Stefanía clavada en mi nuca, pero no me importó. ¿Le importaba acaso a ella yo? Se iba, sin más. Le había salvado la vida, ofrecido techo y comida, y ahora se iba, sin más, y, por lo visto, completamente feliz y dichosa por al fin hacerlo.

Aun sabiendo que aquello era lo mejor para ella, que yo, indiscutiblemente, no le podría ofrecer lo que su mundo le brindaba sin la menor dificultad, que debía alegrarme por su deseado reencuentro con su padre, por la inmediatez de su partida y regreso a su morada que seguro extrañaba, me descubrí incapaz de no sólo no admitirlo, sino de detestar todo aquello. Pero también sabía que no tenía ningún derecho a pedirle que se quedara, ninguno... Y aquella tajante verdad empezaba a corroerme por dentro. Lo mejor que podía hacer era empezar a digerirla, mal me pesara, y a hacerme a la idea de que pronto volvería a convivir con mi propia soledad y la del Sr. Nilson.

Durante mucho tiempo, hasta bien entrada la noche, estuve en mi cabaña controlando la actividad que se había establecido en la playa. Habían decidido pasar la noche en la isla y partir al alba. No me gustó, aquello no me agradó en absoluto. La agonía del adiós se alargaba y, por si fuera poco, Stefanía, la eterna parlante, no me había vuelto a dirigir ni su palabra ni siquiera su presencia.

Ella siempre dormía en la que había sido mi cama de niña y yo en la de mis padres. Pero aquella noche, como yo ya supuse, no vino a dormir. Aunque pensé que quizás sí vendría a ver qué tal estaba y, por lo menos, darme las buenas noches como ella siempre se emperraba. Aquella costumbre no la tenía con mis padres, la primera vez que oí hablar de ella fue por boca de Stefanía cuando en la tercera noche, mucho más recuperada de su mal trance en la pierna, me dio el primer beso de buenas noches. De inmediato me alejé de ella dándole bofetadas al aire para que ella también lo hiciera, como espantando moscas. Más adelante optaría por besarse las yemas de los dedos y luego posarlas en una de mis mejillas para no incomodarme.

No pude dormir, me quedé sentada en la cama de mis padres acariciando en mi regazo al plácidamente dormido del Sr. Nilson quien, sorprendentemente, no había salido en toda la tarde de la cabaña. Quizás él también presagiaba que aquellos hombres, aquel barco, se iba a llevar a Stefanía, su nueva y queridísima amiga.

-Tu tampoco quieres, ¿eh chiquitín? - Susurré a la oscuridad de la noche.

Ronroneó entre sueños y sonreí acto reflejo. Sin darme cuenta, besé una de sus manitas y la posé después en una de mis mejillas. El Sr. Nilson... No sé qué habría hecho sin él, él sí que nunca me abandonaba, siempre a mi lado tan fiel y entregado como el más devota de mis fieles. Por un momento, se me llenaron de lágrimas los ojos mirándole la carita de rasgos relajados y abandonados a la placidez de los sueños sintiendo en mi pecho un irrefrenable y nada eludible amor por él.

-Sr. Nilson... - Susurré casi sin oírme a mi misma, mientras seguía acariciándolo.

Parecía como sí Stefanía, con toda su sencillez y naturalidad, me hubiera abierto la puerta de las emociones, de los sentimientos, como sí la venda que me puse a los ocho años ante las tumbas de mis padres hubiera caído desatada por los cálidos dedos de Stefanía y, de nuevo, mi alma volviera a sentir y mi corazón a latir. Me di cuenta cuando, paseando mi mano por su dorso, reparé en que nunca le había dicho o hecho ver al Sr. Nilson cuanto lo quería. Cuanto lo amaba, en realidad, y cuan agradecida estaba de su mera existencia a mi lado todos aquellos años. Todos aquellos tan difíciles para ambos...

Una suave aunque inesperada caricia rozó mi mejilla derecha y enjuagó la única lágrima que había osado derramarse de mis humedecidos ojos. Levanté muy lentamente la mirada a sabiendas de lo que me encontraría pero, a medio camino, me pudo la emoción del momento y volví a posarla sobre el Sr. Nilson. La mano ajena resbaló de mi mejilla hasta mi mentón y me obligó delicadamente a alzar la mirada que yo no quería despegar de cualquier lugar que no fuera el que sabía acabaría mirando... o quizás perdiéndome.

-Mírame, Kate...

Sin embargo, cerré los ojos con fuerza y otra lágrima rodó por la misma mejilla, cuyo destino no sería otro que un dulce y casto beso enjuagándola. Esta vez, a diferencia de todas y cada una de las otras, no me retiré, no me alejé e, inexplicablemente y sintiéndome incluso débil, permanecí inmóvil, temerosa de que si hacía el más mínimo movimiento el contacto se desvanecería. La mano que aun sujetaba suavemente mi mentón volvió a instarme a alzar la cabeza y mirada. Y, como una cría obediente y recién derrotada, lo hice.

No esperaba verme reflejada en los ojos de Stefanía, igual o incluso más brillantes y enrojecidos que los míos. Me cogió una mano y me la apretó cuando en mi pecho volvió a latir con arrebato mi corazón, al sentir el de Stefanía latir en su mirada. Vi la vida en ella, la vida que me sacudió el alma abrazada a ella aquel primer día y la misma de hacía unas horas sentada en la arena, escuchando el callado murmullo del mar y el silencioso canto de la tierra. Vi, maravillada, la misma luz y fuerza que sabía ella también advertiría en mi mirada. Deseé atesorarla y guardarla para toda la eternidad en su y mi pecho, el mejor refugio que por aquel entonces se me antojó. Anhelé poderle transmitir cuan poderosos y desenfrenados sentía mis sentimientos y preguntarle si así sentía a los suyos. Pero no me atreví, sólo me quedé prendida de aquel encontronazo de miradas, ese trasvase de carismáticas e hipnotizantes luces, reflejo de lo que yo sabía eran nuestras almas.

Un ronquido deshizo el hechizo del momento y, perplejas, volvimos a la realidad mirando las dos extrañadas a mi regazo. Reímos irremediablemente al ver espatarrado al Sr. Nilson, boca arriba y durmiendo a la pata ancha. Le tapé la nariz y emitió, molesto, un ronquido mucho más fuerte, haciéndonos entonces troncharnos de la risa. "No, desde luego nunca me abandona éste, no..." pensé divertida.

-Mi ranita peluda... - Murmuró aun entre risillas, Stefanía, inclinándose para besarle la cabecita.

Y, sin darme cuenta, estreché su mano que aun sostenía la mía. Acto reflejo volvió a mirarme un poco temerosa de lo que iba a encontrarse. Le sonreí y me pareció que el alivio la hacía devolverme el gesto con total sinceridad. Hasta entonces no había reparado en su ubicación, me sorprendió el tenerla arrodillada justo a mi lado cara a mí. ¿Cómo no la había oído llegar? Observé su rostro levemente enrojecido, aunque no supe si por la risa o el llanto... o intento de llanto. Suspiré volviendo a mi particular realidad.

-Partís al alba, ¿verdad?

El silencio cayó como una losa pesada y casi insoportable sobre nosotras. Me pregunté si había dicho algo malo, al fin y al cabo sólo era la verdad... ¿verdad? Fruncí el ceño cuando desvió la mirada de nuevo hacia el Sr. Nilson debilitando el enlace de nuestras manos. "¿Verdad?"

-¿Stef? - Rápidamente levantó la mirada y me miró sorprendidísima, con sus verdes ojitos abiertos de par en par- Err... digo, Stefanía - Rectifiqué un tanto incómoda, desviando entonces yo la mirada.

-Sí... - La oí sisear no muy convencida, quizás aun reparando en mi desliz verbal... ¿o fue mental?

-He dejado ahí todas tus cosas - Señalé su mochila sobre la que fue mi cama de pequeña y la suya durante ese mes.

Por toda respuesta volvió a apretar mi mano y se deslizó hasta sentarse como yo, apoyada en la pared sobre la cama de mis padres. Sentí su brazo arder contra el mío.

-No quiero dejarte aquí... - Murmuró tan bajito que tuve que inclinarme un poco para oírla- Aunque ya sé que no abandonarás la isla por nada del mundo, siempre me has dicho que ésta es tu casa y que no vas a alejarte de ella - "Cierto" pensé- Pero, Kate, yo...

-Stefanía, tu padre ha venido a recogerte, gracias a Dios - La interrumpí casi de inmediato- Yo no tuve la misma suerte en su día, aprovecha que puedes y vuelve a retomar la vida que tenías en la ciudad.

-No es eso, es que... me gustaría que tu...

-No, no voy a dejar la isla.

Suspiró, supongo que estaba siendo demasiado impertinente. Decidí dejarla terminar, aunque ya me temía lo que diría.

-No te pido que la dejes, te pido que vengas conmigo durante una temporada - Sentí entonces su mirada clavada en el perfil de mi rostro, levemente inclinado para observar al Sr. Nilson- Kate, me has salvado la vida, te la debo, me siento en una deuda difícilmente saldable contigo - alzó la mano que le quedaba libre y la posó en la parte superior de mi brazo, gesto muy suyo por otra parte- Al menos déjame intentar... intentar devolverte el favor de haberme dejado conocer tu mundo. Déjame enseñarte el mío durante unos días, unas semanas... - Permanecí en silencio, puesto que me vi incapaz de encontrar las palabras adecuadas para responderle- Kate, no puedo creerme que nunca hayas sentido curiosidad por saber qué hay más allá de estas aguas, qué hay ahí afuera - Acarició lentamente mi brazo y apretó por enésima vez nuestras manos- Cual es el mundo de donde vinieron tus padres...

Mis padres, el mundo de mis padres. Claro, por supuesto que siempre me pregunté cual había sido, qué orígenes precedían a mis adorados padres que me explicaron de todo menos de su pasado, de nuestro pasado. Había muchísimas inquietudes carcomiendo mi interior acerca de porqué fuimos a parar a aquella isla, porqué nunca se hablaba de nada más que no fuera el presente, porqué empalidecían mis padres cuando les preguntaba acerca de ello... Por qué... Por qué... Por qué...

-Es... es difícil, Stef... - Balbuceé a duras penas, sintiéndome casi mareada por lo contradictorios que eran mis sentimientos. Una vez más.

Conocer el mundo de mis padres, hallar si es que aun me quedaba familia, parientes, lo que fuera... Saber qué había más allá del horizonte que yo tan bien conocía y ya empezaba a aborrecer. Y sobretodo, tener la garantía y seguridad de que Stefanía estaría a mi lado, de que no iba sola, de que no me daría de bruces contra lo desconocido sin su amparo. En conjunto, era una oferta muy tentadora la de Stefanía. Pero aun tenía miedo...

-No quiero dejarte aquí, has hecho tanto por mí, te debo la vida, Kate.

-No me debes nada, ¿vale? - Salté de repente molesta porque Stefanía sólo me quisiera a su lado por haberle salvado la vida. Como si se sintiera obligada. Yo no la deseaba cerca de mí por nada más que ella misma. Me dolía, mal me pesara, que yo sólo fuera una deuda a saldar para ella- No te salvé la vida para que me lo pagarás con un viaje al extranjero, ¿sabes? No significó nada por mí, ¿vale? Por mí como si te hubieras muerto... - mentí, más por mi creciente enfado que por cualquier otra cosa.

-Kate, atrévete a decirme que te vas a quedar igual cuando me haya ido. Atrévete a decirme que no ha significado nada este mes juntas para ti. Dime que te ha dado igual vivirlo o no, dímelo y te juro que no te molestaré más... - Permanecí, una vez más, en silencio, no sabiendo muy bien cómo contestar debidamente, pues temía asustarla si respondía con la verdad, si le hablaba de cuanta vida me daba su mera presencia- Kate... - volvió a llamarme, pero yo sólo desenlacé nuestras manos y volví a acariciar en silencio al Sr. Nilson- Está bien, siento haber sido una carga este mes, siento que lo hayas tenido que vivir. Siento no haber significado nada para ti - se levantó ofendida y, antes de que yo pudiera decirle que me había mal interpretado, ella se volvió hacia mí y gritó entre lágrimas- ¡Pero que sepas que para mí ha sido el mejor mes de mi vida!

Continuará...


Indice Fan Fiction

Página Principal