Disclaimers: Mis personajes son eso: Mios, pero todos saben que se basan en Xena y Gabrielle que para bien o mal pertenecen a MCA/Universal and Renaissance Pictures. Nerón junto a uno que otro por ahí pertenece a la historia de la humanidad así que en parte estoy en mi derecho al utilizarlo.-

Dedicado a quienes van a leer el final de esta historia, pues, obvio, significa que leyeron lo demás y algo les gustó. A Iris por estar pendiente de que nada me pase en las protestas de la universidad (jeje, un abrazo) a Marc por una agradable conversación por messenger, a Shaolli, a mis amigos, a quienes me han escrito y han ayudado a mi ego (jeje), a Tom y a mi abueli... por siempre, la luz de mis 21 años de vida...

kiaeve@hotmail.com


AMOR, FUEGO Y TRAICION EN ROMA

Autora: Kiaeve

Décima parte

El viento golpeando su rostro, esa sensación que tanto disfrutaba la dañaba, esta vez el viento del atardecer destrozaba su perfil. Con su corazón agitado sólo escuchaba su entrecortada respiración y los galopes veloces del caballo que Antonio le había cedido. Aún no reaccionaba del todo. Debía ser un mal sueño. Cuando sus sentidos lograron captar lo que ocurría en el exterior notó que de manera inconsciente había dirigido al animal hasta la casa de Valentina, se encontraba en el exterior escuchando a lo lejos la amena conversación que se desarrollaba, le pareció escuchar entre las voces la risa de Adriana y tuvo que aferrar con todas sus fuerzas las riendas del corcel para no caer en la tentación de golpear la puerta y unírseles en la reunión... tenía tantas ganas de marcharse junto a ella, deseaba en esos momentos con todas sus fuerzas que los destinos cambiaran el suyo. Y allí se quedó por momentos, afirmando las riendas y concentrándose lo suficiente como para lograr distinguir la risa de la rubia, sabiendo que pasara lo que pasara ese dulce sonido la acompañaría por el resto de su vida, con una sonrisa irónica dejó el lugar no sin antes soltar un "lo siento" que se perdió en el viento, que jamás alcanzó los oídos de Adriana.

Llegó finalmente a la casona Escevola, desmontó de un salto y sin prestar atención a los sirvientes caminó apresurada hacia su habitación, una vez allí buscó entre sus cosas y encontró los viejos protectores de plata que solía usar en sus antebrazos, su respiración era agitada y apenas estuvo consciente de lo que hacía hasta que se vio en el espejo luciendo los protectores, ¿acaso su padre estaba con ella? ¿la acompañaba en ese momento?... 14 largos años pero todo cambiaba en un día ¿cómo un hombre podía tener dos facetas? ¿cómo podía deshacerse una una vida para comenzar otra?, Lea bien sabía que no era posible abandonar el pasado y que por el mismo se encontraba en aquella situación.

- Eres mi padre- murmuró dando la espalda a su imagen- no importa lo que haya pasado hoy vengaré tu muerte y... ¿es eso lo que deseas?!!!- gritó con fuerza mientras nuevamente se enfrentaba a su reflejo- ¿eso?

*****

Antonio guió a sus hombres hasta la parcela que escondía a Nerón, sin embargo la entrada en ésta fue más pacífica de lo que esperaba y no encontraron mayor resistencia. Recorrieron el lugar y fue el mismo Antonio quien encontró el cuerpo ensangrentado del emperador, tirado en el piso del patio y dando muestras evidentes que la causa de muerte había sido suicidio. Antonio Vero se sorprendió pues nunca imaginó que Nerón tendría ese final, que tuviera el valor para dominarse y enterrar el puñal en su cuello, desde una esquina apareció un tembloroso hombre quien lo único que pudo decir fue ¡qué gran artista pierde el mundo!, el militar lo empujó sin prestarle más atención que la necesaria pero no pudo evitar preguntar:

- ¿Nerón te ha ordenado que dijeras eso?

El hombre movió la cabeza afirmativamente y a la señal de Antonio se marchó. El final grotesco concordaba con los actos precedentes, era adecuado a un vanidoso demente quien en catorce años de reinado dejaba tras de sí un saldo mas bien contradictorio; con sus generosidades había colmado a la plebe de espectáculos y otras gracias, había acostumbrado a la mayoría del pueblo romano a apreciar las faltas y los crímenes de sus gobernantes igual que en otro tiempo sus virtudes. Con Nerón muerto de los 32 años para la mayoría de los romanos se extinguía la dinastía Julia-Claudia, sin embargo Antonio sabía que había dos Claudios que aún no se enfrentaban. "Ahora tú".

*****

Amelia y Fillipo se habían despedido con un abrazo y la promesa de encontrarse al otro lado del Tíber cuando los primeros rayos del sol asomaran, el griego esperaba llevar también a sus padres, nadie mejor que él entendía la dicha de una familia reunida.

No había olvidado del todo a su esposa, a la primera mujer con la que quiso construir una vida supuso que nuca la olvidaría pero Amelia le entregaba cosas nuevas, su juventud hacía que él mismo se sintiera más joven, esta vez todo iba a resultar bien, esta vez construiría una vida y no dejaría que nada ni nadie se la arrebatara, pero antes... pero antes debía saldar cuentas con el pasado, debía tomar la espada por última vez, por última vez.

Una suave brisa acompañaba los pasos del griego esa noche, caminando pausado se dirigía al otro extremo de la ciudad, a la casa de Cornelio Sixto, a la casa del hombre extranjero que con autoridad recién adquirida tomó con sus manos la vida de quienes Fillipo amaba en Grecia. Vestido con la tradicional túnica se protegía del viento con una capa que además disimulaba la espada que llevaba al cinto, se paseaba por las calles inadvertido a los ojos de aquellos que aún estaban despiertos. Se sentía seguro, no consideraba la real posibilidad de muerte, no consideraba los guardias que pudiesen haber en la casa, o la defensa que tal vez el ex soldado opondría, pero así como no consideraba el peligro tampoco consideraba las consecuencias, quemaría la propiedad y sabía que algunos morirían en el incendio, así también sabía que otros aparte de Cornelio quizás morirían en sus manos, ¿no era acaso la joven Augusta hija de aquel hombre? Sin embargo ya estaba entrando en una especie de trance en el que sólo visualizaba su objetivo.

Un grupo de jóvenes pasó por su lado vociferando la última noticia, el rezagado del grupo chocó contra él pero sin enojarse se levantó y tomó por los hombros a Fillipo quien inmediatamente llevó su mano a la empuñadura de la espada.

- Tranquilo, tranquilo amigo!!- se defendió sonriendo- ¿Sabes la última noticia?
- ¿De qué hablas?- preguntó algo más relajado.-
- Nerón ha muerto, los pretorianos lo asesinaron ¡somos los primeros en informarlo!- exclamó orgulloso para después salir corriendo tras sus amigos-
- Después de todo no falta tanto para que amanezca.- murmuró y apresuró el paso, sin duda si Cornelio se enteraba de la noticia buscaría escapar lo antes posible.-

*****

Era muy tarde pero no tenía sueño, muy tarde para que una señorita romana estuviera en pie, pero se estaba divirtiendo. "Después de todo nunca es tarde para eso".

La comida se había terminado hacía unas horas pero a los comensales no hacían mayor caso a aquello, estaban pasando un agradable tiempo juntos. Los amigos de Valentina disfrutaban las historias que Adriana contaba, historias simples con finales caóticos para Quinto, historias en las que la personalidad desafiante e infantil de la rubia resultaba encantadora. Valentina se dejaba arrastrar por la atmósfera pero se prohibía bajar la guardia, entre risas miraba a los hombres que Marco Nerva había puesto a su disposición, aquellos hombres que disfrutando de la comida y la conversación ahora estaban ubicados en las esquinas y cerca de las ventanas, aquellos hombres que ante cada movimiento en el exterior empuñaban la espada... demasiado obvio. Sus compañeros cristianos no estaban enterados de todo pero Valentina les había dejado claro que Adriana no debía salir de la casa y ellos prometieron cumplir.

Aún así... demasiado obvio.

- ¿Cuánto falta para el amanecer?- preguntó alzando su voz Adriana.-
- No lo suficiente- contestó desde la esquina uno de los hombres de Cayo.-.

Los ojos color miel de Valentina encontraron a los verdes de Adriana. Obvio.

*****

Cayo sólo había llegado a su casa por la tarde para recoger una bolsa con sus cosas y saludar a su madre. Antes de salir se encontró con Cayo Mario Enobarbo, su padre, allí frente a frente sintió la imperiosa necesidad de decirle cuánto lo necesitó cuando niño, cómo lo extraño en sus viajes, que nunca deseó unirse a las legiones, que había sufrido y él nunca le ayudó... tantas cosas que se desvanecieron cuando lo único que su padre pudo articular fue el saludo de rigor, ¿hace cuánto tiempo que Cayo no aparecía por la casa?... y sin embargo no hubo más que el saludo habitual.

- ¿No me preguntas a dónde voy?- se atrevió a preguntar Cayo.-
- Ya lo sé, vas donde Escevola, pasas todo tu tiempo allí- contestó desinteresado.-
- ¿Y si no fuera donde Quinto?
- Entonces no irías a ningún lado, ambos sabemos que estás junto a él por su hija y francamente me parece que haces el ridículo... te rechazó una vez... y otra...
- ¿Qué ves en mi cuando me miras padre?- interrumpió.-
- Veo a mi hijo- contestó seguro.-
- ¿Y si no lo fuera? ¿Si tan sólo nos encontráramos en el senado, qué verías?
- Cayo... al paso que vas nunca llegarás al senado.
- ¿¡Qué verías!?- gritó haciendo que los sirvientes interrumpieran sus labores para luego recomenzar, siempre pendientes de lo que finalmente parecía la reacción del joven Cayo. Llevaban mucho esperando por eso.-
- ¿Realmente quieres saberlo?, a tu edad yo estaba casado y mantenía una familia, si te viera un día cualquiera tendría lástima de un perdedor como tú.
- He logrado mucho... eres el único que no lo ve.
- Y sin embargo pareciera que es la única opinión que te importa... ¿irónico, cierto?

Cayo soltó el golpe, no pensó realmente, simplemente siguió la trayectoria de su puño hasta que éste golpeó el rostro de su padre. Cuando vio que el hombre caía supo que el lazo que aún les mantenía unidos se había roto para siempre, ese delgado hilo había finalmente cedido.

- ¡¡Ya no tienes familia!!- gritó Cayo Mario mientras se levantaba.-
- Excelente, ya no tendrás que preocuparte de tu hijo que es un fracaso.
- Te arrepentirás de esto.
- No... apenas ponga un pie fuera de esta casa ya no me arrepentiré de nada, me haz liberado al fin- buscó con la mirada hasta que finalmente encontró a su madre oculta tras una columna.- Madre- la llamó y cuando llegó junto a él besó cariñosamente su frente- no te preocupes, si algo sé es que este hombre te ama... soy yo el que no cumple sus expectativas, nos vemos.

Uno de los esclavos se adelantó y abrió la puerta por él sonriéndole mientras salía.

- Buena suerte señor- se atrevió a decir.-
- ¿Lo he hecho como esperaban?- preguntó sonriendo sinceramente.-
- Lo hemos visto crecer señor y estamos orgullosos de usted.

Cayo no contestó, levantó el bolso con las cosas que había sacado de la casa pero de inmediato el esclavo quiso ayudarlo sintiendo el peso del equipaje.

- Pareciera que lleva su antiguo uniforme de guerra señor.
- No, tan sólo la espada.

*****

Nerva tenía su futuro planeado, aparecería con el sol de la mañana como una nueva figura en Roma, se esforzaría más, aprendería más y algún día ocuparía un puesto en el senado.

Una de las familias que apoyaba la rebelión lo había tomado como un hijo más, Julio Cocceo le había prometido adoptarlo no sólo porque ambos eran contrarios a Nerón, sino también porque él había visto en Nerva una inteligencia admirable, un anhelo de servir a Roma que hace mucho no advertía, además y aunque Marco nunca lo hubiese recordado Julio Cocceo había sido amigo de su padre. El muchacho se había levantado y había conseguido mucho... él lo convertiría en Senador si era lo que Marco deseaba.

Galopaba sin forzar al caballo hasta la casa de Tácito en las afueras de Roma, una propiedad construída exclusivamente para el descanso de éste y su familia. Finalmente Tácito moriría terminando así con la espera de catorce años, pues mientras Lea fijaba su venganza en Quinto, Nerva tenía preparado el filo de su espada para Tácito el soldado quien siguiendo las órdenes de Escévola se había dirigido a su casa esa terrible noche en Nápoles y había eliminado a su padre, incendiado su propiedad y arruinado su joven existencia. Esa noche la obligación sería liquidada. Él nunca había olvidado.

Vestía una toga celeste y sólo una pieza de tela que cubría su cuello y su boca a modo de bufanda lo ayudaba contrarrestar el viento que abofeteaba su rostro, pero él no sentía frío, no temblaba, no se sacudía cuando el viento soplaba más fuerte cada vez que el caballo aceleraba, no, él en esos momentos se encontraba en África, en Cartago, junto a su madre, jugando con Lea, compartiendo con sus amigos.

El recuerdo de su madre era un constante consuelo, el saber que se encontraba sana y con salud en la provincia Cartaginesa le animaba a seguir y a finalizar su búsqueda lo antes posible. Deseaba consolidarse en Roma para luego llevar a su madre junto a él, se prometió que haría posible el día en que Josefa pudiese pisar suelo italiano sin problemas, sin miedo, sin dolorosos recuerdos. Ese día estaba cerca.

La propiedad de Tácito ya estaba a la vista, detuvo el galope y le dedicó un momento de contemplación, allí, tan cerca de lograr lo prometido una duda invadió su mente, algo le inquietaba ¿acaso no estaba preparado?... no, era algo más, algo que no involucraba simplemente a Tácito.

Se cubrió bien la nariz y la boca y luego hizo correr al caballo.

*****

Adriana no le quitaba los ojos de encima a Valentina, la cristiana evitaba cruzar palabra con ella y se limitaba a sonreír nerviosa y a seguir la conversación de sus amigos, tratando de no prestar atención al silencio que la rubia guardaba.

Gritos en el exterior detuvieron la conversación y ahora todos silenciosos trataban de escuchar el por qué de la gente corriendo, cantando, lamentándose o simplemente dejándose arrastrar por los otros. No tuvieron que permanecer así por mucho, pronto comprendieron que el emperador había muerto.

Los cristianos se abrazaban, finalmente el hombre que los había perseguido y asesinado se encontraría ante el dios verdadero para ser juzgado. Adriana se abrió paso entre los abrazos hasta llegar a la puerta, estaba claro, si Nerón había muerto era porque Antonio había comandado sus tropas y si eso pasaba, si eso pasaba desencadenaría el fin. Lea y los demás lo sabían ¿Por qué Lea había mentido? ¿Por qué se dejó conducir hasta ese momento?... lo vio en los ojos de Lea pero no quiso creerlo, era una despedida.

- Señora no puede salir, es peligroso afuera- uno de los hombres mandados por Nerva se interpuso en su camino.-
- Entonces acompáñeme... debo ir a casa.
- No puede salir.
- Aprecio la preocupación pero me iré de todos modos- dijo tratando mantener la calma mientras avanzaba hacia el hombre.-
- No, no lo harás- la mano de Valentina afirmaba delicadamente el hombro de la rubia.-
- Valentina ¿qué es lo que pasa?
- Ya lo sabes, no puedes salir de aquí hasta que amanezca.
- Lea...
- Lo siento, era la única manera.
- Yo...
- Si tuvieras la oportunidad correrías a tu casa para comprobar que el momento que tanto temes ha llegado y entonces, entonces tendrías que tomar la decisión más difícil de tu vida, tendrías que elegir entre observar como Lea Claudia asesina a tu padre, permanecer impotente ante los acontecimientos o... interponerte y tratar de salvarlo lo que te llevaría a tu muerte o a perder a Lea...
- Suena una decisión que sí debería tomar.
- Lea quiso evitarlo...

Adriana comenzó a dar vueltas por la sala .

- ¡¡No, no, no!! ¡Lo que ella ha hecho es quitarme una oportunidad!- gritó dando por terminado su andar.- ¡¡Ella no tiene derecho, no lo tiene!!
- ¡¿Entonces eliges?!... ¿¡en ese preciso instante tendrías la voluntad necesaria para enfriar tu cabeza y tomar la decisión de tu vida!?- exclamó abriendo los brazos y esperando su respuesta.-
- ¡¡¡Claro que puedo!!! ¿Por qué todos me protegen?
- Porque no has demostrado que puedas protegerte por tus propios medios- las palabras de Valentina fueron dichas suavemente y quizás no eran del todo sinceras pero en esos momentos sintió que al decirlas ponía el punto final a un capítulo de su vida.-
- ¿Disfrutas este momento, verdad?
- Si- no había razón para mentir.-

Valentina no reaccionó a tiempo y recibió de lleno la bofetada que la rubia descargó. Los demás ocupantes de la casa que hasta ese momento rondaban alrededor de ellas tratando de actuar lo más normal posible desaparecieron al escuchar el chasquido, todos excepto el hombre que vigilaba la puerta quien al menos había volteado y se movía incómodo.

- ¿Contenta?- preguntó la cristiana.-
- No del todo.
- ¿Qué harás?
- Me largo de aquí Valentina.
- No...
- ¡¡Me voy de aquí!!- Adriana levantaba la voz nuevamente.-
- Eso es algo que no puedes hacer.
- ¿¿¡Y qué puedo hacer!??- preguntó alterada acercándose más a la cristiana- ¡si ni siquiera creen que puedo tomar una decisión como ésta!
- ¿Y puedes?- preguntó mientras nuevamente Adriana se dirigía a la puerta.-
- ¡Claro que puedo! ¿Qué les pasa a todos?
- Entonces dime- agregó volteando.- ¿tu padre o Lea? ¿Ves como asesinan a uno u a otro?
- No es así.
- ¡Decide!- la presionó hasta el límite.- demuéstranos a todos que puedes tomar una decisión y mantenerla y vivir con ella y lidiar con las consecuencias y seguir tranquila si decides caminar a tu casa y enfrentar lo que tan sólo imaginas, debes preguntarte a quién amas por sobre todo y cuánto amas, porque no hay una respuesta simple para esto, nadie quiere elegir de esta forma y todos lo sentimos por ti, pero así es tu vida en estos momentos así que...
- ¡Mi Padre!- gritó desesperada ante la presión de la cristiana.- ¡elijo a mi padre!, ¡¡¿Cómo no podría elegirlo?!!- preguntó mientras las lágrimas aparecían en sus ojos.- Es el hombre que me dio la vida, el que me ha protegido, el que...- se quedó en silencio por un segundo y luego las lágrimas simplemente bañaron su rostro.- ella, ella me elegiría a mi ¿verdad?- preguntó sintiéndose una traidora.-

Valentina se adelantó y la sostuvo cuando las piernas de Adriana desfallecieron.

- ¿Me elegiría a mi, verdad?
- No... no lo sé- pero la respuesta para eso era obvia.-
- Yo creo que sí, sin pensarlo se enfrentaría a todos por mí... y yo... yo la abandono sin más.
- No es fácil.
- ¡Pero yo la amo!... debería ser fácil- dijo aún apoyada en Valentina.-
- Tranquila.
- Creo que ahora entiendo por qué me tienen acá... no soy fuerte, ¡mírame! Y Lea lo sabe, sabe que la negué, sabe que no estaremos juntas porque no podré ni siquiera verla, nunca estaré con ella sabiendo que ha matado a mi padre porque ¿lo hará cierto?
- Lo hará- contestó mientras sentía como la rubia se aferraba con más fuerza de aquel abrazo.-

*****

Fillipo llegó finalmente a la casa de Cornelio y algo debía andar mal pues la gran puerta principal estaba entre abierta. Demasiado simple, ¿qué había pasado? ¿Acaso Cornelio ha escapado?

Ingresó a la propiedad pasando por el atrio y recorriendo los pasillos. Nada, sólo las antorchas y lámparas. Golpeó algunas puertas pero nadie respondió, al parecer todos se habían marchado. No podía ser cierto.

- ¡¡Augusta!!- llamó a la hija de Cornelio, la persona que sin duda reconocería su voz.-

Siguió caminando hasta que distinguió luz en uno de los cuartos, mientras se acercaba el silencio permanecía imperturbable.

- Quien sea el que esté ahí... asómese a la luz- la voz de Cornelio sonaba tranquila.-


Fillipo ingresó en lo que descubrió era el estudio de Cornelio, sin embargo sus cosas estaban desordenadas, en el gran escritorio en el que el dueño de casa estaba apoyado papeles y pequeñas bolsas de cuero estaban dispersas. Al griego no le pasó inadvertido el que todas las cosas de valor parecían haber desaparecido, era obvio que aquel despacho debió estar adornado con lujo.

- Fillipo de Grecia si no me equivoco ¿verdad?- preguntó tranquilo.-

Fillipo se sorprendió al descubrir cuánto le había gustado ser llamado "Fillipo de Grecia".

- Me conoce porque fui invitado en la casa de Quinto Escevola.
- No tienes que recordármelo, llegaste junto con el chico que desposará a la hija de Escévola- explicó con indiferencia y al ver que su interlocutor nada decía, continuó.- Bueno, esos son los planes de Quinto- sonrió.- ¿cuáles son los tuyos?
- Tal como usted... pretendo marcharme.
- ¿Es muy evidente?
- Sí.
- Ordené a mi familia y a los esclavos que partieran primero, que se adelantaran... nos iremos a las provincias, nos embarcaremos a Bretaña.
- Espero que haya abrazado a los suyos antes que partieran... usted señor no los verá más.
- ¡Justo lo que esperaba!- exclamó con naturalidad- por eso estas bolsas son mi salvoconducto- dijo abriendo una y vaciando su contenido que consistía en monedas de oro y plata.- Nerón ha muerto, me adelanté a los acontecimientos y dispuse los arreglos para mi salida de Roma antes del hecho... sabía que vendrían a buscarme pues siempre apoyé al emperador... pero nunca imaginé que fueras tú ¿Acaso eres un espía opositor?
- Opositor si... espía... no necesariamente. No me comprarás, tu dinero no me sirve... sólo tu sangre.
- ¿Perdón?

Fillipo desenvainó y caminó desafiante hasta Cornelio quien a pesar del miedo que sentía no mostraba expresión en su rostro.

- Morirás.
- No entiendo, no entiendo, cualquiera aceptaría mi dinero y me dejaría ir... los simples saqueadores se conformarían con desmantelar mi propiedad- dijo mientras retrocedía lentamente.-
- Bueno, no soy un simple saqueador, soy un jurista griego que un día hace mucho juró que acabaría con tu vida y la de los tuyos... afortunadamente para tu familia tuviste la idea de mandarlos primero.
- ¡¿Quién realmente eres?!- exclamó asustado cuando su espalda tocó la pared y supo que no podría escapar.-

Fillipo de Grecia agarró la toga del hombre frente a él y lo aprisionó contra la pared sin posibilidad de moverse.

- Muchos romanos mataron a mis amigos y los persiguieron cuando se negaron a aceptar al idiota de Nerón en el trono... pero tú, tú encarcelaste a mi esposa y la asesinaste junto a otras en una ejecución pública esperando que yo y otros nos mostráramos... ¡y cómo quería hacerlo!- lo soltó- no fue tu espada pero fue tu orden.
- Yo... yo creí que era correcto... yo... mis superiores en Roma me reprendieron por eso...
- No es suficiente ¡¡no es suficiente!!- se alejó unos pasos sosteniendo la espada con fuerza.- Para ella no es suficiente.
- Todo por una simple mujer...

Con eso Cornelio selló su destino. Fillipo enterró el filo en el corazón del hombre, de forma certera y limpia de modo que no hubo un gran derrame de sangre. Cornelio murió al instante.

El griego decidió no extraer la espada y dejarla en el cuerpo del sujeto, la espada se quedaba con él así como el rencor. Dejó la habitación mientras mentalmente asimilaba lo ocurrido... había terminado, finalmente era libre para empezar otra etapa de su vida.

Tomó una de las antorchas del pasillo y se dirigió al patio central, allí dejó que el fuego consumiera los arbustos y luego recorrió cada cuarto alrededor de ese patio encendiendo la madera, cuando estuvo seguro que el fuego no se extinguiría e irremediablemente consumiría la casa desde el interior arrojó la antorcha y encaminó su salida.

Estaba a salvo, el trayecto desde el patio hasta la salida aún no era alcanzado por las llamas que poco a poco crecían.

- ¿Qué...?

En la entrada una figura conocida acababa de aparecer.

- Augusta... creí que te habías marchado.

La mujer no contestó, simplemente pasó junto al griego pero no pronunció palabra.

- Si entras te será imposible salir- continuó Fillipo.-
- ¿Lo haz matado?
- Sí.
- Yo pude evitarlo, le advertí pero no escuchó y yo... yo no insistí... es mi culpa.
- No...
- Es mi padre, aunque me cueste la vida... necesito verlo.

Ya no intentó convencerla, vio como se marchaba tranquila hacia su encuentro con las llamas, por un momento quiso correr tras ella y sacarla de allí a la fuerza pero no tenía derecho.

Abandonó la casa y se perdió entre la gente, algunos habían notado el fuego, otros simplemente pasaban de largo. Se cubrió con la capa y se perdió en las calles de Roma.

*****

Entró a la propiedad sin problemas, se había presentado a los guardias como un mensajero que llegaba desde la ciudad a informar las últimas noticias al señor Tácito, los guardias mostraron desconfianza al principio pero la convicción con la que Nerva hablaba era arrolladora.

Tomó su tiempo para recorrer el camino que llevaba desde la entrada principal hasta la entrada de la casa propiamente tal, la vía era bordeada por olivos y robles, al menos esos fueron las especies de árboles que alcanzó a distinguir. Era una villa hermosamente diseñada, rodeada de lujos y tan sólo a algunas leguas de Roma.

Bajó de su caballo con agilidad y lo dejó asegurado y disfrutando de la hierba rica de aquel lugar.

- ¿Qué desea?- la voz de una mujer que llevaba una lámpara e iba elegantemente vestida le dio la bienvenida.-
- Busco al señor Tácito... traigo importantes noticias desde la ciudad.
- ¿Qué ha pasado?
- Sólo le puedo informar al señor.
- Yo soy una de sus hijas- afirmó con orgullo.-
- No lo creo- contestó.- ¿Qué hace una joven como usted despierta estas horas?
- No puedo dormir, y cuando eso ocurre recorro la casa.

Marco Nerva hizo una reverencia lamentando el encuentro con aquella joven.

- Debo hablar con su padre.
- ¿Problemas?
- ¿Me conduce hasta su padre por favor?- insistió.-
- Duerme a estas horas.
- Es imperativo que lo vea.
- Lo despertaré entonces,- sonrió- pero primero- dijo observándolo de pies a cabeza- sígame.

Lo llevó hasta una habitación que parecía ser el despacho del dueño de casa, con garbo encendió las lámparas de la habitación dejando al mensajero en el lugar.

- Estará aquí enseguida...
- ¿Me dice su nombre por favor?
- Porcia.
- Muy bien Porcia- dijo disfrutando aquel momento junto a ella- no se duerma aún.
- ¿Por qué?

"Porque qué así tendrás tiempo para correr de las llamas."

- Sólo... sería agradable verla a mi salida.

No quiso prestar demasiada atención a los detalles de aquella habitación, no quiso interrumpir el estado mental al que estaba llegando, la joven Porcia ya lo había hecho y de cierta manera derribó la muralla que él había construido para esa ocasión; ahora intentaba organizar todo en su mente otra vez.

Lea apareció en su mente y junto con ella todos las emociones que producía en él, Lea con su admirable figura, Lea con la palabra precisa, Lea con la sonrisa perfecta, Lea con su mirada triste... triste.

La puerta se abrió y Tácito hizo su entrada, su vestimenta estaba desordenada dejando muy en claro que se había vestido rápido, su expresión era de molestia más que de preocupación por lo que el supuesto mensajero podría contarle, por un momento Nerva se preguntó qué era lo que exactamente Porcia le había dicho al despertarlo.

La puerta se cerró y Tácito se tomó su tiempo en ajustar la vista a la habitación.

- ¿Qué demonios acontece en Roma para que un simple mensajero interrumpa mi sueño?- la voz del hombre era de claro disgusto y Nerva dedujo que Porcia sin duda había sido reprendida por su padre.-
- Importantes noticias...- se acercó hacia su interlocutor.-
- ¡Habla, habla!

Marco Nerva no habló, con un rápido movimiento dejó desnudo el filo de su espada y apuntó al hombre frente a él quien había palidecido.

- ¿Qué...?

No lo dejó decir nada más, con velocidad y precisión cortó el cuello del hombre, fue una herida mortal pero que no acabó instantáneamente con su vida. Era obvio que Tácito se desangraría en su habitación imposibilitado para pedir ayuda.

Mientras se retorcía en el suelo afirmando su garganta intentando detener la sangre, Tácito no quitaba su desesperada mirada del hombre que permanecía en silencio observando la agonía a la que era sometido. ¿Acaso conocía ese rostro?

- Soy el hijo de Graco Nerva- dijo con calma mientras que los ojos de Tácito casi se salían de sus órbitas.- Lo traicionaste, lo asesinaste en su propio hogar, yo estuve allí y juré vivir para hacer este momento posible.

El niño, el hijo de Graco, él y su madre escaparon a tiempo y en realidad Tácito no se interesó en buscarlos, no tenía tiempo pues apenas ordenó a sus hombres prender fuego a la casa fue en busca de Octavio y su familia. Nunca pensó que sobrevivirían.

Nunca supo cuánto tiempo había pasado realmente desde el corte en la garganta hasta la muerte de Tácito, nunca quiso saberlo a decir verdad, ¿cuánto tiempo estuvo contemplando la dolorosa muerte de aquel hombre? Tras convulsionar finalmente Tácito había fallecido.

Marco Nerva despertó de un trance, sacudió su cabeza y con las ropas del hombre muerto limpió la espada, entonces cuando se disponía a romper una de las lámparas de la habitación con el objeto de dejar que el fuego se propagara su propia voz lo detuvo. Recordó lo que días antes había afirmado a su amiga, recordó que con convicción había dicho que su venganza se terminaba y se limitaba a Tácito, recordó que había prometido que por su mano sólo habría de morir el hombre ya asesinado, ¿Por qué provocar más muertes indirectas?... además... además estaba la joven Porcia.

Dejó la habitación deseando subir al caballo luego y largarse de allí, pero cuando desataba la cuerda que mantenía enlazado al animal Porcia apareció nuevamente.

- ¿Qué hace aquí todavía?- preguntó mientras terminaba de desatar la cuerda.-
- Fue su petición...- preguntó extrañada y sin dejar de sonreír.-
- Si, si... y es un agrado verla otra vez.
- La noticia era importante ¿verdad?
- ¿Eh?
- La que debía comunicar a mi padre... han tardado mucho.
- Si, importantísima... es hora de irme.
- No... por favor, ya cumplió su orden... supongo que podrá acompañarme.
- Debería ir a su habitación, no es hora para que recorra la casa.
- No tengo sueño... por favor...
- Marco, mi nombre es Marco.
- Por favor Marco.

A pesar entender lo peligroso que era quedarse allí, algo le impidió negarse a la suave petición de Porcia, todos dormían, todos menos ellos y el lugar era agradable y tranquilo.

- No por mucho- contestó.-
- Excelente.

Era una estupidez de grandes proporciones, era quizás la única estupidez que había cometido desde su viaje a Cartago, pero quería escuchar la voz de su acompañante, quería dejarse llevar por la tranquilidad del lugar... estaba en paz y sin embargo la persona a su lado estaba a un paso de sufrir, era una cruel situación.

Se sentó junto a la mujer que no debía tener más de veinte años y le dedicó una sincera sonrisa, la madrugada era bella, la situación era absurda.

*****

Lea rezó, no sabía por qué ni a quién rezaba, era la primera vez en años que lo hacía y se dijo mentalmente que debía darle crédito a Fillipo por eso. El griego era un creyente y en muchas ocasiones a través de los años de amistad que los unían le había recomendado el rezar, el pedir, el agradecer, el acercarse más a aquellos o a quien dominaba desde lo alto nuestros destinos... Lea seguía sin creer en ello, seguía renegando de aquella seguridad, de aquel refugio, y sin embargo en la soledad de su habitación se había arrodillado y había rezado a la vida, al dios de Valentina, a los dioses de Fillipo, a la muerte, a su padre, había hablado a quien la escuchara.

Dejó la habitación que había sido su hogar por tantos meses sin remordimiento, sin temor, iba vestida con una túnica gris y áspera, muy diferente a la ropa que había usado todo el tiempo que llevaba en Roma. Recorrió los familiares pasillos de la gran casa con la espada en una mano y determinación en el corazón, disfrutando el eco de sus pasos y con cada uno de ellos dejando que un recuerdo invadiera su mente; el de la primera vez que su padre la dejó tomar una espada, el de su madre persiguiéndola a través de la campiña para darle un baño, el de la primera vez que caminó por esos pasillos acompañada de Adriana... Adriana.
Finalmente llegó a la habitación de Amelia pero no necesitó tocar la puerta, apenas la mujer sintió pasos se adelantó a abrirla. No se dijeron mucho, todo era evidente, juntas caminaron otro trecho más hasta llegar a la habitación de Teodosia, la madre de Amelia.

- ¿Qué ocurre?- preguntó desconfiada al ver a Lucio portando una espada.-
- Deben dejar la casa, se rumorea que el emperador ha muerto y que quizás asalten algunas residencias, el señor Quinto y yo saldremos al último- guardó silencio por un instante- juntos protegeremos la casa- finalizó.-
- Pero...
- Madre empaca luego y avisa a los otros, no hagas ruido.
- Está bien Teodosia- dijo con amabilidad Lea- el señor Quinto ha dado la orden, si algo malo pasa, usted y los suyos estarán seguros, se encontrarán con mi amigo Fillipo al otro lado del río.

La mujer se tranquilizó al ver la seguridad de Lucio.

Lea se quedó con la familia de Amelia apurando el paso y cuidando que se mantuvieran lo más silenciosos posible, era cierto que sus habitaciones estaban lejos de la parte central de la casa y mucho más de la habitación de Quinto que era la que más cerca de la entrada se ubicaba, pero no permitiría que algo saliera mal.

Los caballos con el equipaje salieron por el establo guiados por los hombres de la familia de Teodosia para encontrarse con ellas en la calle, ella y Amelia salieron por la puerta principal.

- No deje que nada malo le pase al señor Quinto- pidió Teodosia ya cuando se marchaba.-
- Nada- fue la respuesta de Lea.-

Las vio perderse por las calles romanas y entonces ingresó nuevamente a la residencia, afirmó con aún más fuerza la espada y tomó una de las antorchas que iluminaba la entrada, se encaminó hacia el lugar que más importancia tenía para ella en el lugar: el jardín construído por la madre de Adriana, ese mismo jardín en el que había pasado tan buenos momentos, era una metáfora de lo que estaba a punto de perder.
Se demoró más de lo esperado en llegar, después de todo no era capaz de abandonar toda impresión y guardaba en sí un sentimiento de negación hacia todo lo que estaba ocurriendo.

El jardín a la luz de la luna era hermoso, Lea levantó la tea y comprobó que el viento se negaba a soplar en ese lugar, sintió que todo era una confabulación, un complot que la naturaleza había armado contra ella esa noche; así el fuego tardaría más en propagarse, y sin embargo por un momento le pareció una situación que podía usar a su favor, de esa manera no debería preocuparse por el tiempo que emplearía en acabar con Quinto. Como acariciando las flores el fuego las consumió lentamente, la morena esperó hasta comprobar que éste se extendería lento pero seguro. Arrojó la antorcha y se dirigió hasta la habitación en la que Quinto dormía.

Se detuvo frente a la puerta y golpeó.

- ¡Excelente!, eres muy educado: tocas antes de entrar y matar a alguien.
- Cayo- lo reconoció instintivamente, cuando se fijó bien en éste observó el brillante filo de la espada que Cayo llevaba.-
- No está allí, puedes comprobarlo si quieres, te doy tiempo.

Lea dio una patada a la puerta abriéndose ésta de golpe, Cayo tenía razón; no había nadie allí.

- ¿Qué haces aquí?
- Escuché a la cristiana hablar con Augusta, no oí todo pero si lo suficiente, la una le advertía a la otra. Siempre supe que no eras de confianza pero ¿esto? ¿traicionar al hombre que te trató como a un hijo?
- No entiendes Cayo, ahora vete de otra forma tendré que matarte- endureció su tono de voz.-
- ¿No quieres saber dónde se encuentra?... yo le advertí y le dije que se marchara a un lugar seguro, estaba decepcionado, no creyó que fueras tú un traidor pero igualmente se fue.
- ¿Dónde está?
- Es obvio que no te lo diré, pero buen intento así que te mereces esto: está en el único lugar en el que se siente seguro... no gastes tiempo tratando de entender, morirás de todas formas.
- No quieres hacer esto, luchar contra ti sólo me retrasará.
- ¡Mírate!, no durarás mucho, tu hombro herido es un estorbo, va a ser fácil para mi.
- ¡¿Por qué haces esto?!, ¡no es tu pelea!- gritó apuntándolo con la espada.-
- ¡Claro que lo es!, llegas como un desconocido y te ganas su confianza, engañas a Adriana y quieres matar al hombre que es un padre para mí... ¡Es mi pelea!
- Si deseas a Adriana es tuya, mataré a su padre y me largaré de aquí, así que no pelees y aprovecha la oportunidad que te doy- "que te doy".-
- ¡¡No quiero tus sobras!! Tu y yo... uno morirá es la única manera.

Cayo se abalanzó sobre Lea quien a duras penas pudo esquivar el golpe, se observaron por un momento, sin decir nada, sin demostrar lo que pasaba por sus mentes, allí estaban frente a frente en el corredor. La morena había asumido la realidad que se le presentaba, Cayo tenía razón, debían luchar, debían enfrentarse y uno de ellos tendría que morir, y sin embargo a pesar de saber que el hombre estaba en lo correcto no ansiaba manchar sus manos con su sangre, al fin y al cabo el fondo de la rivalidad entre ellos era Adriana y ella jamás estuvo contemplada en sus planes.

- Vale la pena- dijo Cayo rompiendo el silencio.-
- ¿Qué es lo que vale la pena?
- Morir por ella... es obvio que nunca estuvo en tu mente cuando llegaste aquí el tener que pelear por una mujer, pero vale la pena este momento.

Lea asintió. Cayo sonrió al tener razón, por primera vez en mucho tiempo su corazón se agitaba por una razón diferente a la presencia de Adriana, estaba motivado y deseaba aquel encuentro, a pesar de estar conciente que de todas formas perdería a la rubia... ya la había perdido de todas maneras, si él ganaba Adriana jamás le perdonaría el haber matado al único amor de su vida y si perdía... bueno si perdía era evidente que no vería otro amanecer. Pero se sentía impulsado por una nueva fuerza, el haber enfrentado a su padre y aceptado su verdad lo volvieron fuerte y Lea notaba aquello, sabía que Cayo había estado a cargo de las legiones en el Danubio y hace un momento había comprobado la fuerza de su embestida, además tenía razón: su brazo izquierdo era prácticamente un estorbo a la hora de blandir la espada así que sabía que aceptar el enfrentamiento podría resultar fatal.

Contempló a Cayo y vio la determinación en sus ojos... la única manera de salir rápido y viva de la situación era aprovechando la fuerza del hombre y dando golpes certeros.

- Vale la pena- corroboró la morena.-

Cayó embistió nuevamente pero esta vez los metales chocaron, una y otra vez Cayo Enobarbo atacaba intentando lograr un rápido final y una y otra vez Lea Claudia se defendía esquivando o respondiendo. Lea se vio acorralada contra una columna de mármol más de una vez y salía de aquella situación con habilidad, incluso una vez Cayo fue acorralado pero a diferencia de Lea que necesitaba usar la velocidad para escapar de aquellas situaciones él simplemente aplicaba más fuerza y la empujaba.

Estuvieron defendiendo y atacando demasiado tiempo pero ninguno mostró señales de cansancio a pesar de sentirlo, finalmente se separaron y aprovecharon el momento para descansar sus músculos.

- Esto... puede durar para siempre- murmuró Lea para sí pero las palabras igualmente llegaron a los oídos de Cayo.-
- No tienes tanto tiempo- replicó- ... jamás llegaras a Quinto.
- Proteges... a quien... no... deberías- dijo jadeando.-
- Protejo a quien me ha dado todo.
- Pues él... me quitó todo.

Cayo no comprendió totalmente lo que Lucio había dicho pero en aquellas palabras encontró la razón de la llegada de los extranjeros orientales.

- Fillipo y tú buscan lo mismo- sentenció.-
- Distintas personas mismo fin- dijo irónica.-
- Todo lo relacionado contigo es una mentira.
- Todo excepto el motivo que me trajo aquí... y lo que siento por Adriana.
- ¡¡¡¡Ya basta!!!!

Nuevamente Cayo atacó pero está vez encontró a Lea cansada, logró herir la mano que sostenía la espada haciendo que ésta cayera al suelo. Lea estaba indefensa.

- ¿Te dolió?- preguntó con burla.-
- No tanto como duele tu corazón.

Cayo levantó la espada para atacar pero Lea esta vez corrió a su encuentro lo que desconcertó al hombre, desarmada lo único que le quedaba a la morena era defenderse con sus manos. El filo de la espada falló su blanco y Lea logró atrapar el puño que la sostenía de esa manera presionó lo más fuerte que pudo y consiguió que Cayo soltara también su espada. Ahora se golpeaban de la mejor forma en que podían, cayeron al suelo ambos intentando alcanzar una de las espadas tiradas en el lugar.

La mano del hombre apretó con fuerza el hombro de Lea quien con su otra mano presionaba la mandíbula de éste, finalmente Lea logró revertir la situación con una patada y se separaron por momentos, los dos se fijaron en la espada más cercana y se proyectaron para tomarla en primer lugar... Lea se estiró al máximo y logró atraparla, rodó en si misma y aún en el suelo quedó frente a Cayo apuntando su garganta.

Lado a lado y cansados respetaron por un momento el silencio, nunca habían estado tan cerca el uno del otro, nunca, ni físicamente pues sus rostros eran separados sólo por algunos centímetros ni emocionalmente ya que ambos en ese momento admiraban la resistencia del otro en un enfrentamiento que evidentemente había concluido, sus corazones marcaban el mismo ritmo.

- Termina- dijo finalmente Cayo sintiendo como al pronunciar esa palabra el filo de la espada se hundía en su garganta.-

Lea se separó sin dejar libre el cuello del hombre, intentó levantarse pero su cuerpo no le obedecía con la rapidez que ella deseaba así que desitió y simplemente retrocedió a la posición original, sabía que un mayor esfuerzo la obligaría a dejar la espada de lado para así ponerse de pie y no dudaba que Cayo aprovecharía ese momento... si eso pasaba estaba muerta.

Entonces, no comprendiendo muy bien el motivo, invirtió la espada y la afirmó por la hoja.

- ¿Qué haces idiota?- preguntó Cayo aliviado al no sentir el corte en su cuello.-

Por respuesta obtuvo un golpe rápido, seco y directo en su caja torácica, la empuñadura de la espada le había impactado dejándolo sin respiración por un momento que le pareció eterno.
La morena se levantó con todo el tiempo de sobra que la desesperación de Cayo le dio, una vez en pie sonrió antes de darle una patada en el costado consiguiendo con eso que el color volviera a las mejillas del hombre y con suerte fracturando una costilla.

- Necesitaras un médico- comentó disfrutando el momento.-
- Por... por qué, no...
- No eres tú- contestó- ... encontraré a Quinto yo solo.
- No pue... des...- articuló con dificultad ya que el aire aún no volvía del todo y su desesperación por exigir su muerte no ayudaba.-
- No me creas un buen vencedor... te recomiendo que cuando huelas el humo intentes levantarte y escapar, de otro modo, bueno... ya sabes, te cocinarás- dijo sintiendo la superioridad que se tiene al mirar a un hombre hacia abajo.-

Se encaminó hacia la salida sintiendo el cansancio con cada paso que daba, sabía que se había librado por poco y que había perdido tiempo valioso pero su interior se alimentaba de la victoria anterior. Atrás dejaba a Cayo intentando recuperarse del golpe y de la humillación de haber sido perdonado por quien más odiaba, lo justo era una muerte en combate pero sintió que ésta no era la solución a los problemas del hombre, Cayo debía buscar su propia verdad, seguir su propio destino, ahora estaba forzado a ello, tal y como ella había sido forzada a no dar la espalda al suyo.

- ¡Alto ahí!- una voz fuerte, poderosa y conocida la obligó a detenerse y a voltear lentamente.-

Debió sorprenderse pero no fue así, Antonio estaba junto a Cayo. ¿En que momento había llegado? ¿Por dónde había entrado? Cayo parecía contarle lo ocurrido y aunque Lea sabía que debía marcharse y encontrar a Quinto la obligación de no postergar lo inevitable la mantuvo en el lugar, no espero que fuera en ese momento ni de esa manera pero finalmente los hermanos lucharían. Volvió tras sus pasos acercándose lentamente preparándose para una confrontación que aparentemente sería de dos contra uno.

*****

Marco Nerva se deshizo de la ensoñación que lo rodeaba, se levantó abandonando así la agradable compañía de Porcia y sin pronunciar palabra alguna comenzó a desatar los estribos de su caballo.

- Marco... ¿Qué haces?
- Me voy.
- ¿Pasa algo malo?- preguntó preocupada mientras se levantaba.-
- Creo que recordé algo.
- ¿Crees?
- No estoy seguro- contestó sin dejar de hacer lo que hacía.-
- Pero...

Nerva finalmente desató las amarras, dio media vuelta y besó cariñosamente en la frente a Porcia, luego sin decir más montó su caballo.

- Espero verte por aquí...
- Porcia quiero que sepas que no lo lamento.
- ¿Por qué dices eso? ¿Qué es lo que no lamentas?
- No lamento el haberme detenido y acompañarte aquí... y tampoco lamento lo que hice, ve al despacho de tu padre y entenderás- Porcia había perdido su color- sin embargo- agregó al mismo tiempo que trataba de mantener quieto al animal.- sí lamento el dolor que te causaré.

El caballo corría a todo lo que daba, Nerva intentaba aclarar su mente deseando estar equivocado y llegar a tiempo si es que no lo estaba, sentía aún el perfume de Porcia y era verdad que no lamentaba el tiempo junto a ella en esa absurda noche.

Apuró aún más el ritmo de su corcel invadida por la desesperación de llegar a tiempo, consideró que era su culpa no haberlo recordado.

*****

Antonio observó el andar pausado de Lea mientras le tendía una mano a Cayo y ayudaba mientras éste se ponía en pie.

- Debiste matarme cuando pudiste, ahora es demasiado tarde- dijo confiado sabiéndose protegido por un guardia pretoriano.-
- Él tiene razón- continuó Antonio desenvainando su Gladius Hispanicus- debiste matarlo.

Y diciendo esto hizo el movimiento más inesperado de todos: enterró el filo en la espalda de su compañero, Cayo se desplomó al instante sin comprender, en sus últimos momentos de conciencia, el por qué alguien tan respetado como Antonio Vero estaría del lado de Lucio... estaba muriendo.

- ¡No!- gritó al ver lo que sucedía, pero aún sin moverse, no podía dar paso en falso.-
- No te preocupes, es un favor- dijo luego que Cayo quedara inmóvil en el suelo.-
- No era necesario- continuó Lea.-
- El hombre quería morir, enfrentarse a ti fue solo un medio, una excusa para lograrlo.
- No debió ser de esta forma, no... no era necesario- repitió.-
- No le quedaba nada, le quitaste a la mujer que ama, le quitaste al hombre que honra y ni siquiera respetaste su manera de morir... yo creo que si era necesario, siempre creíste que él era el que sabía de sus planes, el que había manipulado a Flavio, el que amenazaba al grupo... sólo viste lo que te convenía. Lo odiabas y deseabas su muerte.
- Dejé que lo que siento por Adriana me cegara impidiéndome ver la verdad, quería que Cayo fuera el culpable...- confesó.-
- He esperado mucho.
- Pues no esperes más.

La cortina del tan esperado enfrentamiento se había abierto finalmente, cada golpe, cada respuesta llevaba en sí la rabia, el dolor y la decepción de dos simples personas destinadas a vivir ese momento. Lea intentaba ordenar en su mente la información y los sentimientos esparcidos y deshechos: sus padres, Quinto, Nápoles, Josefa, Nerva, Cartago, Fillipo, Adriana, Antonio, todos ellos rondando en su interior, todos ellos como su piedra de toque, todos ellos siendo la raíz que la mantenía conectada a la realidad que enfrentaba en esos momentos. El hombre que en ese instante quería matarla era su hermano, su sangre era la misma... "los hermanos deben cuidarse entre ellos" le había dicho Fillipo.

Antonio Octavio Vero decidió usar su apellido materno, decidió renegar del hombre que por unos años llamó padre, decidió olvidar los momentos que pasó junto a él y dedicar su vida a vengar a su madre y estaba a punto de conseguirlo, pero también sabía que podría haberlo hecho unos años antes, sin embargo... no hubiese sido lo mismo.

Esa noche siguió al capitán Escevola hasta la propiedad de Octavio, esa noche cuando Quinto había dudado en seguir las órdenes de Nerón fue él quien le infundió valor para enterrar su espada en el pecho de un hombre desarmado. Antonio había escuchado claramente las últimas oraciones de Octavio, había escuchado cómo el hombre pedía por su esposa e hija y esperó que en sus últimos momentos recordará en aquella oración a la familia que había dejado y sin embargo nada, entonces se arrodilló junto al cuerpo de Octavio y confesó que era su hijo y le juró a ese cuerpo sin vida que algún día su adorada hija moriría en sus manos. Momentos después cuando se ofreció como voluntario para, bajo las órdenes de Tácito, atrapar y dar muerte a las mujeres que habían escapado estaba decidido a conocer a las que tanto protegía su padre pero cuando reconoció sus ojos en los de Lea... supo que era un encuentro que debía esperar, supo que si la dejaba ir se encontrarían de alguna manera, así que cuando la niña corrió él no había forzado su caballo y convenció a los otros que no valía la pena perseguir a una simple muchacha cuando cosas más importantes sucedían a su alrededor, la simple niña jamás se convertiría en un peligro.

- Lindos protectores, ¿robados?
- De mi padre.
- Tu padre no te enseñó a elegir tus peleas- dijo cansado.-
- Tu padre tampoco- respondió Lea igualmente cansada, respirando con dificultad.-

Antonio atacó nuevamente y Lea trató de evitarlo pero no pudo, dio la orden a sus piernas pero éstas no le obedecieron porque en el momento en que Antonio blandía la espada le pareció ver que su padre lo hacía, lo único que pudo hacer fue protegerse con su propia arma. En ese momento Antonio y Octavio eran malditamente parecidos.

El impacto al defenderse la arrojó contra un pilar y allí se quedó dejando que su cuerpo se deslizara por éste, estaba perdida.

- ¿Cansada?- Lea ni siquiera lo miró.- bueno estoy seguro que Cayo te mantuvo ocupada.
- ¿Cuándo llegaste?
- Digamos que alcancé a ver tu acto de bondad al tratar de darle a este tipo otra oportunidad- apuntó con el dedo el cuerpo de Cayo que se encontraba inerte a unos metros tras él- ... pero claro, ya estabas cansada... ¡ah! y para evitar otra inútil pregunta: entré por el establo, alguien lo dejó abierto y... tu adorado jardín ya está consumido en llamas, aunque el fuego tardará en llegar a esta área.
- ¿Cómo está Sabina?
- Mi esposa está bien.
- ¿Sabe la clase de hombre que es su marido?

Antonio sonrió de la misma manera en que ella había sonreído anteriormente antes de golpear a Cayo, así que suponiendo lo siguiente cerró los ojos y recibió el golpe en la cabeza. Ahora todo daba vueltas y era difuso a su alrededor.

- No te preocupes - dijo mientras la levantaba con facilidad y la dejaba de pie apoyada en la columna- ya terminará tu vida... sólo quiero que estés en pie para que recibas tu muerte tal cual tu padre, yo estuve allí- Lea intentó moverse pero había perdido el sentido de orientación y apenas lograba enfocar sus ojos.-

Antonio afirmó el cuello de Lea con fuerza, cortando así su respiración, con la otra mano preparó la espada, todo llegaría a su final.

Lea apenas podía respirar pero sus ojos ya estaban enfocados y distinguían el brillo en los ojos de Antonio... "Padre" intentó murmurar, estaba perdida... un hermano mataría a otro, cerró sus ojos y esperó...

*****

Antonio observó el andar pausado de Lea mientras le tendía una mano a Cayo y ayudaba mientras éste se ponía en pie.

- Debiste matarme cuando pudiste, ahora es demasiado tarde- dijo confiado sabiéndose protegido por un guardia pretoriano.-
- Él tiene razón- continuó Antonio desenvainando su Gladius Hispanicus- debiste matarlo

Y diciendo esto hizo el movimiento más inesperado de todos: enterró el filo en la espalda de su compañero, Cayo se desplomó al instante sin comprender, en sus últimos momentos de conciencia, el por qué alguien tan respetado como Antonio Vero estaría del lado de Lucio... estaba muriendo.

- ¡No!- gritó al ver lo que sucedía, pero aún sin moverse, no podía dar paso en falso.-
- No te preocupes, es un favor- dijo luego que Cayo quedara inmóvil en el suelo-
- No era necesario- continuó Lea-
- El hombre quería morir, enfrentarse a ti fue solo un medio, una excusa para lograrlo.
- No debió ser de esta forma, no...no era necesario- repitió-
- No le quedaba nada, le quitaste a la mujer que ama, le quitaste al hombre que honra y ni siquiera respetaste su manera de morir...yo creo que si era necesario, siempre creíste que él era el que sabía de sus planes, el que había manipulado a Flavio , el que amenazaba al grupo...sólo viste lo que te convenía. Lo odiabas y deseabas su muerte.
- Dejé que lo que siento por Adriana me cegara impidiéndome ver la verdad, quería que Cayo fuera el culpable...- confesó-
- He esperado mucho
- Pues no esperes más.

La cortina del tan esperado enfrentamiento se había abierto finalmente, cada golpe, cada respuesta llevaba en sí la rabia, el dolor y la decepción de dos simples personas destinadas a vivir ese momento. Lea intentaba ordenar en su mente la información y los sentimientos esparcidos y deshechos: sus padres, Quinto, Nápoles, Josefa, Nerva, Cartago, Fillipo, Adriana, Antonio, todos ellos rondando en su interior, todos ellos como su piedra de toque, todos ellos siendo la raíz que la mantenía conectada a la realidad que enfrentaba en esos momentos. El hombre que en ese instante quería matarla era su hermano, su sangre era la misma ... "los hermanos deben cuidarse entre ellos" le había dicho Fillipo.

Antonio Octavio Vero decidió usar su apellido materno, decidió renegar del hombre que por unos años llamó padre, decidió olvidar los momentos que pasó junto a él y dedicar su vida a vengar a su madre y estaba a punto de conseguirlo, pero también sabía que podría haberlo hecho unos años antes, sin embargo... no hubiese sido lo mismo.

Esa noche siguió al capitán Escevola hasta la propiedad de Octavio, esa noche cuando Quinto había dudado en seguir las órdenes de Nerón fue él quien le infundió valor para enterrar su espada en el pecho de un hombre desarmado. Antonio había escuchado claramente las últimas oraciones de Octavio, había escuchado cómo el hombre pedía por su esposa e hija y esperó que en sus últimos momentos recordará en aquella oración a la familia que había dejado y sin embargo nada, entonces se arrodilló junto al cuerpo de Octavio y confesó que era su hijo y le juró a ese cuerpo sin vida que algún día su adorada hija moriría en sus manos. Momentos después cuando se ofreció como voluntario para, bajo las órdenes de Tácito, atrapar y dar muerte a las mujeres que habían escapado estaba decidido a conocer a las que tanto protegía su padre pero cuando reconoció sus ojos en los de Lea.... supo que era un encuentro que debía esperar, supo que si la dejaba ir se encontrarían de alguna manera, así que cuando la niña corrió él no había forzado su caballo y convenció a los otros que no valía la pena perseguir a una simple muchacha cuando cosas más importantes sucedían a su alrededor, la simple niña jamás se convertiría en un peligro.

- Lindos protectores, ¿robados?
- De mi padre
- Tu padre no te enseñó a elegir tus peleas- dijo cansado-
- Tu padre tampoco- respondió Lea igualmente cansada, respirando con dificultad.-

Antonio atacó nuevamente y Lea trató de evitarlo pero no pudo, dio la orden a sus piernas pero éstas no le obedecieron porque en el momento en que Antonio blandía la espada le pareció ver que su padre lo hacía, lo único que pudo hacer fue protegerse con su propia arma. En ese momento Antonio y Octavio eran malditamente parecidos.

El impacto al defenderse la arrojó contra un pilar y allí se quedó dejando que su cuerpo se deslizara por éste, estaba perdida.

- ¿Cansada?- Lea ni siquiera lo miró.- bueno estoy seguro que Cayo te mantuvo ocupada.
- ¿Cuándo llegaste?
- Digamos que alcancé a ver tu acto de bondad al tratar de darle a este tipo otra oportunidad- apuntó con el dedo el cuerpo de Cayo que se encontraba inerte a unos metros tras él.-... pero claro, ya estabas cansada...ah! y para evitar otra inútil pregunta: entré por el establo, alguien lo dejó abierto y...tu adorado jardín ya está consumido en llamas, aunque el fuego tardará en llegar a esta área.
- ¿Cómo está Sabina?
- Mi esposa está bien
- ¿Sabe la clase de hombre que es su marido?

Antonio sonrió de la misma manera en que ella había sonreído anteriormente antes de golpear a Cayo, así que suponiendo lo siguiente cerró los ojos y recibió el golpe en la cabeza. Ahora todo daba vueltas y era difuso a su alrededor.

- No te preocupes - dijo mientras la levantaba con facilidad y la dejaba de pie apoyada en la columna.- ya terminará tu vida...sólo quiero que estés en pie para que recibas tu muerte tal cual tu padre , yo estuve allí- Lea intentó moverse pero había perdido el sentido de orientación y apenas lograba enfocar sus ojos.-

Antonio afirmó el cuello de Lea con fuerza, cortando así su respiración, con la otra mano preparó la espada, todo llegaría a su final.

Lea apenas podía respirar pero sus ojos ya estaban enfocados y distinguían el brillo en los ojos de Antonio..."Padre" intentó murmurar, estaba perdida...un hermano mataría a otro, cerró sus ojos y esperó...

**

Fillipo apareció en la casa de Valentina cansado pero tranquilo, su amiga lo recibió con un abrazo y le sirvió comida y vino, en la casa de la cristiana nadie dormía.

- ¿Todos han muerto?- preguntó Valentina.-
- Por mi propia mano Cornelio lo ésta y... su familia se encontraba fuera pero... Augusta llegó cuando me iba e insistió en ver a su padre.
- ¿La mataste?- preguntó consternada.-
- No... pero debe estar muerta... la casa estaba casi completamente en llamas cuando ingresó, aunque tal vez... pero, bueno, ya sabes, no es probable.
- ¿Qué hay de los demás?
- Nada aún.
- ¿Y Adriana?... ¿No la habrás dejado salir verdad?
- ¡Claro que no!... ella colapsó, se desmayó hace ya bastante tiempo, creo que es mejor así.
- Es mejor así... bueno- dijo levantándose de la mesa- es hora de la despedida, mientras antes salga de aquí mejor.
- Desearía juntarme con ustedes al otro lado del río.
- No puedes, lo siento- Fillipo se despidió con un prolongado y cariñoso abrazo.-
- ¿Cuánto esperarás en ese lugar?
- Hasta el primer rayo de sol... si mis amigos no llegan pues... tengo una familia ahora, no puedo...- intentó justificarse.-
- Lo entiendo, ve y consigue una vida en paz... Nerva y Lea lo entenderían.
- Ten cuidado- agregó tomando su mano- muchas casas arderán hoy no sólo la de Quinto y la de Cornelio... tan sólo... mantente alejada de problemas y...
- Lo sé- dijo abrazándolo nuevamente- ... ve con los tuyos, saluda a Amelia en mi nombre... ¡Y escribe!
- Ella vendrá... ya sabes lo que siempre he creído: los dioses la protegen.

Valentina observó a su amigo mientras se marchaba, cuando en definitiva volvió al interior de su casa sintió su pecho oprimido al saber el destino de Augusta.

*****

Escuchó la hoja de la espada rasgar el aire y por primera vez en mucho tiempo reconoció el miedo que sentía, reconoció en su interior lo asustada que estaba... no quería morir, una vez le había dicho al griego que despreciaba la muerte, que esa era la única manera que tenía de enfrentar el día a día, no obstante en esos momentos se estremeció ante la posibilidad de no contemplar otro amanecer, la vida la llamaba...

Percibió la proximidad de la espada, sabía que pronto ésta se enterraría en su pecho, es por eso que demoró en abrir sus ojos cuando escuchó el eco del metal chocando con el suelo ¿es que Antonio había decidido perdonarle la vida?, sólo una fracción de segundo había sido necesaria, lo que sus ojos vieron al abrirse jamás lo habría esperado.

Antonio caía lentamente de rodillas frente a Lea, en sus ojos también se distinguía sorpresa y desesperación, de su cuello brotaba la sangre que en esos momentos empapaba su ropa militar. Cuando Lea logró apartar la vista del hombre que se desangraba a sus pies descubrió que su salvador no había sido uno de los dioses que según Fillipo la protegían, que tampoco había sido el dios de Valentina, que en un vuelco del destino el hombre que la había salvado era el que creía muerto, Cayo estaba de pie afirmando una ensangrentada daga, sus ojos se cruzaron por un momento y antes que pudiese hablar se desplomó gritando de dolor.

Sólo habían sido unos segundos, un lapso insignificante del tiempo. Lea que hasta entonces parecía sólo una espectadora era incluída nuevamente a la escena por Antonio quien desde el suelo tiraba de su túnica. Lea se incorporó y acomodó al hombre, cuidadosamente recostó su cuerpo.

- Toma... el... anillo- dijo apenas audible. Lea sacó el anillo de Octavio del dedo de su hermano.-
- Antonio...
- Deshazte de él... y del tuyo.
- Pero...
- Tener estos anillos gemelos só... lo... sólo.
- Sólo nos ha traído dolor- completó sabiendo exactamente a lo que Antonio se refería, para él significaba la búsqueda de venganza, significaba la injusta responsabilidad que su madre le había impuesto; para ella representaba el último recuerdo de su familia, el inicio de una dolorosa travesía.-
- Amo... amo... a mi esposa.
- Lo sé, lo sé.
- Hermana- dijo haciendo un último esfuerzo, elevando el tono de su voz. Levantó su mano y ésta fue aferrada por la de Lea- si tuviera otra opor... tu... nidad ganaría nuestra pelea.
- Si tuviera otra oportunidad- rebatió Lea- jamás la pelearía.

Antonio esbozó una sonrisa y con ella su fuerza se escapó, Lea cerró sus ojos, después de todo su hermano había muerto, después de todo entre ellos pudo haber sido diferentes, después de todo... nada.

Un quejido la sacó de sus pensamientos, a un paso se encontraba Cayo, abandonado al dolor y a su suerte. La morena no evitó la mueca de sorpresa cuando lo escuchó quejarse... ése hombre se negaba a morir. Se acercó a su lado.

- Tranquilo...
- Lo estoy.
- ¿Por qué me ayudaste?
- No eres tu... es mi momento, además... moriré de todos... modos por su culpa, no podía dejarlo... así.
- Como sea... gracias por tu "momento"- dijo alzando su ceja izquierda.-
- Idiota.
- Hueles eso- se detuvo un instante para definir bien de qué se trataba- es humo.
- Me estoy muriendo, hombre... ya no tengo olfato- contestó con sarcasmo.-
- Te sacaré de aquí.

Se levantó y sabiendo lo que estaba a punto de hacer no evitó la carcajada al tomar a Cayo de los brazos, el hombre pretendió reclamar pero ya era muy tarde: era arrastrado por Lucio hasta la salida.

- Esto es... humillante- pronunció cuando dejó de ser arrastrado y se vio en el jardín a la entrada de la casa.-
- Voy por Antonio- lo dejó Lea ingresando nuevamente a la residencia.-

"No iré a ningún lado... ¿por qué me avisas?...idiota."

Tras un momento Lea apareció en el lugar arrastrando el cuerpo de Antonio, Cayo notó cómo Lucio miraba al hombre muerto, percibió sin duda el lazo que parecía haberlos unido en vida... tuvo el convencimiento que sin su intervención Lucio no habría sobrevivido y lamentó eso, si alguien merecía continuar en el mundo ése era él.

Los galopes de un caballo desbocado se escuchaban cerca, Lea se agachó y esperó que el jinete los pasara de largo, lo cual era probable si consideraba la velocidad a la que se aproximaba. Pero no, el caballo se detuvo justo frente a la casa, el jinete se bajó y Lea no podía distinguirlo, pero la voz familiar de Nerva la llamaba, afortunadamente Nerva era el jinete.

Lea se dejó ver y abrazar por su amigo, de inmediato éste se fijó en los hombres recostados y ensangrentados que estaban en el piso y apartó a Lea un momento.

- Tuve el presentimiento que estabas en peligro, pero veo que has manejado bien la situación.
- No, tienes razón, estuve a punto de morir.
- ¿Cayo?
- No, fue Antonio... Cayo... él salvo mi vida el muy estúpido.
- Antonio... lo recuerdo, fue a cenar un par de veces a la casa invitado por mi padre, cuando lo vi por primera vez su cara era familiar pero yo era un niño... no estaba seguro... yo...
- Él era el traidor... nunca lo vi. Él planificó todo, se burló de Flavio y lo mandó a la muerte aquella vez y...
- No fue sólo tu error... entonces estaba en lo correcto, si él no mencionó que me conocía era por algo... o bueno... sólo presentí que estabas en peligro... pero veo que llegué tarde.
- ¿Todo salió bien en la villa de Tácito?
- Perfecto- confesó.-

Lea volteó y observó a Cayo tranquilamente contemplar las estrellas.

- Hazme un favor- le pidió a su amigo.-

Se acercó nuevamente a Cayo, con una rodilla apoyada en tierra lo volteó y revisó la herida en su espalda, aún le parecía increíble el que se hubiese levantado simplemente, aunque lo más increíble por siempre sería el hecho que ese hombre le había salvado la vida. Lo dejó en su posición original, dejando que el hombre volviera a contemplar las estrellas.

- ¿Puedes resistir?- le preguntó finalmente.-
- ¿Qué...?
- ¿Quieres verla?- no necesitó decir de quién hablaba.-
- Sí.
- Mi amigo te llevará al lugar donde Adriana se encuentra... así podrás hablar con ella tal vez, pero debes mantenerte despierto, si cierras tus ojos, es decir, con toda la sangre que has perdido es probable que...
- Resistiré.
- Ahora... ¿me dirás el lugar en donde se encuentra Quinto?

Cayo dibujó en su rostro compungido una sonrisa de superioridad.

- No- dijo con firmeza y se deleitó al ver la sorpresa de Lucio. "Idiota".- Amo a Quinto... como un hijo ama a su... padre y...
- ¿Y?- en su voz se notaba la esperanza.-
- De verdad... nunca me agradaste... nunca.
- Me parece bien- continuó Lea frustrada- eres un hombre que se mantiene firme hasta el final.

Marco Nerva se encargó de instalar a Cayo en el animal, su intención era llevarla recostado pero Cayo Enobarbo se había negado, decidió que podía cabalgar sentado así que se ubicó adelante del jinete sosteniéndose de los estribos, intentando mantener el equilibrio concentrado en la imagen de Adriana... ella no podía verlo llegar de otra forma.

- ¿Y ahora qué harás?- preguntó Nerva antes de montar.-
- Buscar a Quinto.
- Pero...
- Déjamelo a mí- se acercó nuevamente a Cayo para comprobar que estaba bien, desde el punto de vista de la medicina sería casi imposible que resistiera el agitado y brusco viaje en caballo, pero claro, desde ése punto de vista Cayo debería estar muerto.-

Nerva finalmente subió al animal y estaba preparado para partir cuando el brazo de Cayo se estiró como buscando algo, Nerva se detuvo y entonces Lea distinguió que era ella a quién buscaba, se acercó, alargó también su mano y la dejó apretar por la de Enobarbo.

- Gracias- murmuró Cayo.-
- Nada personal- contestó sin emoción.-
- Nada... personal- corroboró Cayo de la misma manera.-

*****

Valentina sentía que cada vez le era más difícil respirar, nerviosa daba vueltas por la casa intentando calmarse, estaba asustada, temía por sus amigos, temía por Lea... A ratos iba a comprobar que Adriana aún dormía, tranquila y ajena a la angustia que invadía el lugar.

Rezaba a su dios cuando uno de los hombres que por orden de Nerva protegían la casa se acercó.

- Señora...
- Dime.
- No sabemos si dejarla entrar pero quiere hablar con usted.

Valentina no esperaba aquello, nunca esperó encontrarse con la persona que estaba ingresando a la casa en esos momentos, pero estaba feliz de verla... lastimada, sucia y con su rostro tiznado y cansado... Augusta estaba con vida.

- Augusta...- saludó Valentina con calma y prudencia.-
- Decidí vivir... encontré un escape y me arriesgué...
- Fillipo me advirtió... supuso que estarías muerta.
- No debí salir de la casa en primer lugar, debí quedarme junto a mi padre...
- Lo siento.
- No sufrió... no entiendo y nunca comprenderé el por qué de su muerte, quizás algún día me expliques- Valentina asintió- pero agradece en mi nombre a tu amigo... fue un golpe limpio, mi padre no sufrió.

Valentina olvidó la compostura y también dejó de pensar en Lea por un momento, y prácticamente corrió a abrazar a Augusta Sixta quien cansada y desconsolada se dejó envolver, jamás pensó que esa noche terminaría así. Se dejó llevar por la suavidad de Valentina que con calma le ofrecía agua y frutas mientras al mismo tiempo le entregaba paños y agua tibia para que limpiara su rostro.

La llegada de Augusta había revitalizado a la cristiana, le había mostrado un camino más claro y menos complicado... las cosas resultarían bien.

*****

Lea caminaba sin rumbo fijo, simplemente recorría las calles de una ciudad que no tardaría en despertar, repasaba en su mente la muerte de Antonio, su enfrentamiento con Cayo y el extraño final que éste había tenido, nunca se simpatizaron, deseaban la muerte del otro y sin embargo se habían ayudado en momentos inverosímiles, en circunstancias extraordinarias... y aún así siempre se odiarían. ¿Dónde estaría Quinto?... se detuvo en seco cuando al hacerse la misma pregunta por enésima vez creyó ver la respuesta, "el lugar en donde se siente seguro". Comenzó a correr en dirección a ese lugar y en su carrera tan sólo se detuvo para apropiarse de un caballo dejado sin resguardo por su dueño quien era uno de los que comenzaba a propagar la noticia de la muerte del emperador.

La muerte de Nerón significaba la eventual reunión de los Senadores... si era así debía apresurarse pues el Foro Romano se encontraba a sólo unas cuadras del Senado y en el Foro Romano sin duda se encontraba Quinto.

*****

Adriana despertó asustada, no recordaba donde se encontraba, no reconocía el lugar, ni el aroma ni nada... tardó un momento en comprender lo que le había pasado, el desmayo que había sufrido... Lea.

Se abrigó con un manto y abandonó la habitación que, supuso, era de Valentina y apareció en la sala.

- ¿Augusta?- su voz denotaba incredulidad, caminó vacilante hacia la mujer y al ver su rostro cansado y lastimado no tardó en comprender lo que había sucedido, el padre de Augusta era un gran amigo del suyo... destinos cruzados.-

Augusta no explicó demasiado, tan sólo lo suficiente y ni Valentina ni Adriana consideraron prudente indagar más. El silencio que compartieron desde entonces no fue incómodo pero si interrumpido por ruidos en el exterior que las alarmaron: galopes y gritos buscando a Valentina. Al mismo tiempo se levantaron de la mesa y pese a las precauciones de los hombres se mostraron sin reparo en la entrada para ver y creer la llegada de Nerva. La cristiana se estremeció, por un instante pensó que su amigo se encontraba herido de muerte ya que sus ropas estaban manchadas de sangre, fue la reacción de Adriana la que calmó su preocupación; la rubia no se había fijado tanto en el jinete como en la persona que se aferraba a los estribos intentando no caer: Cayo estaba muriendo.

Marco Nerva descendió con cuidado y con ayuda de sus hombres trasladó a Cayo hasta el interior de la casa, una vez allí abrazó a Valentina y contó su parte de la historia mientras Adriana se arrodillaba junto a Enobarbo y Augusta escuchaba tranquilamente.

- Adriana...- las palabras se agotaban poco a poco.-
- Tranquilo Cayo, tranquilo- dijo al mismo tiempo que intentaba calmarse también.-
- Te amo...
- ¿Quién...?
- No fue él- se adelantó a la pregunta, debía dejarle en claro a pesar de su orgullo que su muerte no era responsabilidad de Lucio, pero que la de su padre sí lo sería.- ... el soldado traicionó a... todos.
- ¿Antonio?
- Terminé salvando su vida... a Lucio... ¿puedes creerlo?- aferró la mano de la rubia con fuerza- mi momento de verdad.
- No... no hables... tranquilo.
- No estoy tranquilo desde que te... conocí- confesó- pero ahora te veo y...- su cuerpo sufrió un espasmo lo que produjo un grito desgarrador de dolor por parte del hombre que hizo que todos se estremecieran.-
- ¡No... no hables!- lo reprendió Adriana al ver que Cayo se esforzaba por seguir hablando.-
- Tu padre... está en el Foro... si él lo encuentra... lo mata... pero ya... ya lo sabes- por su expresión comprendió que Adriana conocía los planes de Lucio Claudio "¿y aún así lo amas?"-
- Cayo...- las lágrimas se deslizaban por su rostro.-
- Y aún así lo amas... y aún así te amo...

No hubo otro espasmo u otro grito, simplemente dejó de respirar y sus ojos se cerraron, al fin y al cabo después de luchar innumerables batallas en su vida Cayo descansaba, Cayo había muerto junto a la mujer que amaba... Cayo Juliano tal vez había encontrado paz.

Adriana derramó verdaderas lágrimas, sintió verdadero dolor... se sentía culpable, culpable por no haberlo amado, por no haber sido más amable... se sentía culpable aunque sabía que no debía estarlo, las cosas nunca habían sido simples entre ellos aunque una vez había estado a un paso de contraer matrimonio con él, aunque alguna vez le pareció que podría enamorarse de él... no importaba... lloraba.

Nerva no estuvo mucho tiempo con ellos, una vez que todos escucharon su versión de la historia se despidió de las mujeres y sus hombres dispuesto a seguir con el plan y a encontrarse con los otros apenas la luz de una nueva mañana apareciera. Pero estaba preocupado, Adriana no parecía estar presente, sumida en sus pensamientos no reaccionaba del todo, la muerte de Cayo había sido terrible pero sus últimas palabras devoraban su interior... "Y aún así lo amas".

- El foro- dijo la rubia apenas Nerva se había marchado y mientras aún se encontraban afuera de la casa observando como éste se perdía en las calles.-
- ¿Qué?- esta vez fue Augusta la que preguntó.-
- Mi padre está en el foro... yo debo ir.
- ¡No!- Valentina habló con fuerza.-
- ¡No puedes detenerme!- gritó alejándose de ellas.-
- Adriana por favor...

Pero la rubia ya no lo escuchó, estaba consciente de las consecuencias de aquello pero ella debía estar en ese lugar junto a su padre y junto a Lea, nunca se perdonaría el no hacer nada.

- Déjala- dijo Augusta evitando que Valentina mandara a los hombres tras la rubia que en esos momentos emprendía una carrera desesperada. Augusta Sixta en su introversión y silencio entendía perfectamente lo que Adriana sentía.-

*****

A pesar de la prisa se dio el tiempo para atar su caballo y así asegurar una rápida huída, una vez hecho eso acarició a su animal y también al que estaba junto a éste... el caballo de Quinto sin duda.

Subió las escaleras espada en mano llevando consigo el anillo de Antonio en su anular izquierdo y el de ella al cuello, su corazón latía más y más rápido. Subió el último peldaño y desde allí abarcó con la mirada los edificios que rodeaban el lugar, luego de ese momento para ella ingresó finalmente al famoso Foro Romano, un abogado como Quinto debía sentirse seguro en él y así era, allí estaba. En la base del edificio, rodeado de gradas y escaleras, el abogado exponía su caso frente al Pretor y afirmaba la verdad de sus palabras... allí, sin multitud, ni Pretor, ni partes en el juicio Quinto Escevola esperaba la llegada de su verdugo.

Lea descendió cada escalón muy lentamente hasta finalmente encontrarse con él.

- No quise creerlo, pero aquí estás- Lea no respondió.- ¿Asesinaste a Cayo?- Lea continuó en silencio- ¡¿¿Quién eres tú??!- exclamó mostrando su espada.-

Lea empuñó su mano izquierda y la estiró dejando que Quinto distinguiera el anillo.

- Un fantasma- contestó al ver la reacción del hombre frente a la joya.-
- Te traté como a un hijo... traidor.

Lea atacó, golpeó con su puño el rostro de Quinto quien no alcanzó a reaccionar y perdió el equilibrio aunque sin caer, Quinto entonces reconoció esos ojos.

- Un fantasma- murmuró.-
- Mereces morir... traidor, mientras construías tu fama y fortuna otros eran destruídos por tus actos... mereces morir ¡en guardia!!

Escevola obedeció y la contienda daba inicio pero Lea descubrió que los golpes sonaban vacíos, que no era un duelo deseado por ambos y que por lo mismo no era justo.

- ¡Pelea!
- Lo hago- confirmó Quinto.-
- ¡No!... ataca a matar- continuó mientras descargaba un ataque que Quinto evitó con eficacia.-
- Es... es lo que deseo...- reconoció devolviendo el golpe- pero ¡no puedo!

Lea se enfureció y sin pensar en la técnica comenzó a lanzar golpes a diestra y siniestra, de un lado para otro, como poseída por algo superior a ella, furiosa porque el hombre al que debía matar no la odiaba de la misma manera. Quinto comprendió lo que intentaba hacer y no tuvo más alternativa, respondió con la misma fuerza e intensidad, sus años eran más pero estaba descansado y la experiencia en combate le permitía pensar en momentos en que su contrincante no lo hacía. Tras otro frenético golpe Quinto respondió con un embate que casi alcanza el abdómen de Lea y logró que resbalara y cayera.

Quinto estaba cansado pero no hizo movimiento alguno ni se esforzó en tomar ventaja, simplemente se mantuvo en guardia esperando que se levantara.

- Lo siento... nunca me he enorgullecido de lo que hice, alguna vez lo creí necesario pero ahora...- Lea se incorporaba nuevamente.- Me informaron de sus muertes... y sin embargo aquí estás... niña.
- Niña- corroboró.-
- Tienes sus ojos, me miran de la misma manera desde hace 14 años... no he descansado.
- Pues ahora... descansarás- volvió a atacar.-

Esta vez Quinto fue el que no resistió y se desplomó.

- ¡Tú!... ¡¡¡no tengo nada y es por ti!!! ¡Destruiste mi vida!- gritó apuntándolo con la espada, arrodillándose junto a él.-
- Destruí muchas- afirmó- pero sólo tú estás aquí, lo tienes todo.
- ¡¡No tengo nada!!... Mi padre... mi madre... llevo muchos años sin vivir.
- Pero haz renacido estos últimos meses...
- ¡¡No te atrevas!!
- Lo he visto... cada vez que estás junto a mi hija...- inmediatamente después de ese comentario el filo de la espada rozó su cuello.-
- Ella no tiene importancia ahora.
- La tendrá cuando me mates...
- ¡Calla!
- Amo a mis hijas y amé a mi esposa... todo lo que hice lo hice pensando en algo mejor... me he arrepentido, sé que no soy perfecto... nadie es perfecto.
- ¡No busco perfección!
- Parece que lo haces... ves en tu padre, en Octavio el camino a seguir... nadie es perfecto.
- ¡¡¡Muere!!!- gritó dirigiendo la espada al cuerpo del hombre, después de tanto tiempo el final había llegado.-

*****

Amelia había sugerido a su familia que adelantaran el viaje hacia ostia, que en el trayecto ella y Fillipo los alcanzarían, por lo que en ese momento ellos eran los únicos que se encontraban del otro lado del puente esperando la llegada de sus amigos.

El griego estaba intranquilo, su mirada no se desviaba de un imaginario punto fijo creado en su mente, punto en el que de un momento a otro vería aparecer a sus amigos. Amelia compartía su intranquilidad pero a diferencia del griego sus pensamientos iban dirigidos a Adriana.

Finalmente un caballo apareció ante sus ojos que no debieron esforzarse en distinguir pues la oscuridad de la madrugada daba paso al claro del amanecer. A pesar de ver a un viejo amigo el sentimiento de intranquilidad no lo dejó en paz, Marco Nerva galopaba hábilmente pero de Lea no había rastros y si ella no aparecía con el primer rayo de sol su obligación era abandonar el lugar.

Cuando Nerva llegó hasta ellos no dijo nada, sin desmontar dio la mano a su amigo e inclinó la cabeza saludando a Amelia, antes que Fillipo pronunciara su nombre Nerva se encogió de hombros, dejando en claro que no sabía que era lo que pasaba con Lea y procedió a informarle de lo sucedido en la casa de Quinto.

- Hombres, no pierdan la calma... ellas aparecerán- dijo finalmente Amelia al ver la preocupación en sus palabras.-

Fillipo sonrió...

*****

La ciudad ya despertaba con las noticias de la muerte de Nerón, en las esquinas ya empezaba a reunirse gente comentando lo sucedido, pero eso ya no importaba, Adriana finalmente había llegado al Foro.

Subió las escaleras a toda velocidad, en una carrera frenética ¿Qué era exactamente lo que debería hacer cuando llegara? ¿Cuál debía ser su reacción? ¿Hacia quién se inclinaría su corazón?... la respuesta a la última pregunta pareció encontrarla cuando al llegar hasta los últimos escalones una figura ensangrentada apareció para recibirla: Lea tenía la mirada perdida, no llevaba espada y en su rostro se podía distinguir el camino que las lágrimas habían marcado a través del polvo y la sangre.

Adriana dejó de correr y respirando agitada emprendió el camino hasta su encuentro con la morena, pero nada, no hubo palabras, no hubo gestos, no hubo emoción, simplemente un espacio vacío entre ellas. La rubia pasó a su lado comprendiendo el destino que su padre había sufrido, pero no intentó confrontarla... cuando la dejó atrás y escuchó sus pasos alejarse supo que jamás amaría de la misma manera, su corazón se había roto.

Traspasó finalmente la entrada del Foro y al bajar la mirada se encontró con una imagen terrible, su padre yacía en el suelo en un chaco de sangre. A pesar de querer bajar rápidamente la impresión pareció congelar sus piernas, debió esperar unos segundos que le parecieron interminables para que su cuerpo reaccionara.

Cuando llegó junto a su padre éste tenía el rostro amoratado y manchado de rojo producto de las heridas en su boca y nariz pero el charco de sangre provenía de una herida en su brazo derecho de la que no dejaba de brotar. Adriana revisó el cuerpo de su progenitor tratando de identificar la herida mortal para así intentar detenerla mientras buscaba ayuda pero Quinto se lo impidió.

- Hija...
- No hables toda estará bien, tan sólo...
- Todo va estar bien- corroboró tosiendo- ... viviré.
- Pero... estas perdiendo mucha sangre, padre... yo...
- Es sólo espectáculo.
- Pero...
- La herida en mi brazo... no es mortal, toma una espada y rasga mi, mi toga... venda la herida y... Ticio lo arreglará.

La rubia no comprendía las frías y directas órdenes que su padre le daba. Hizo lo que le pidió y limpió la sangre de sus vías nasales para que así pudiera respirar mejor.

- Nadie es perfecto- dijo Quinto- ... la niña lo entendió.
- ¿Niña?
- El fantasma... tu Lucio.
- Lea- afirmó Adriana- mi Lea.
- Soy un buen padre pero quizás no... no un buen hombre... lo que hice es imperdonable- Adriana se estremeció ante la confesión de su padre- robé su infancia y la de otros... pero nada es blanco o negro... un buen hombre puede serlo y al mismo tiempo puede haber cometido un hecho imperdonable...
- Padre...
- Casi nos cuesta la vida... pero comprendió y yo pagué... su espada no daño ningún punto vital tan sólo, tan sólo produjo mucho dolor y liberó mucha sangre... perdonó mi vida y lo hizo por...
- Escogí estar junto a ti...
- Es una elección injusta... mi acto de penitencia es dejarte ir...
- ¿Ir?
- Junto a ella. Yo viviré... pero no, no quiero hacerlo sabiendo que mi hija no lo hace...
- Yo...
- Soy un buen padre... no un buen hombre... y por ser un buen padre he sido perdonado por... por Octavio...
- Escogí estar... junto a ti- confirmó negándose a las posibilidades.-

*****

El primer rayo de sol pasó a través de las nubes y guió el camino de Lea hacia el Tíber, estaba agotada y confundida... tantos años para finalmente perdonar la vida del hombre al que juró matar... pero no había sido ella por sí sola, muchos elementos se habían confabulado en su decisión final, el reflejo de su padre como el hombre sabio y justo no era realmente ese, la figura de Antonio como su contraparte, la visión que Nerva tenía del futuro de Roma, el amor de Fillipo por Amelia, la tenacidad de Valentina y por supuesto el amor que ella misma sentía por todos ellos y por Adriana.

Al ver a Adriana en el Foro no había encontrado las palabras precisas pues su mente aún asimilaba lo ocurrido, el ingenioso vuelco del destino, simplemente optó por lo que le pareció lo mejor... marcharse y no verla jamás, en esos momentos sintió que nunca podría hacerla feliz.

Cabalgaba deseando encontrarse con los suyos al otro lado del Tiber, hacía sólo unos momentos se había despedido de Valentina prometiendo juntarse en Cartago al cabo de un año, prometiendo no perder contacto, prometiendo recordarse... y ella lo cumpliría.

Finalmente divisó a sus compañeros y apuró el galope... no tardó en cruzar el puente y en llegar junto a ellos. Nerva y Fillipo la ayudaron a descender del caballo y la asfixiaron en un abrazo protector.

- Estoy, estoy bien- dijo cuando se liberó del abrazo- ustedes me mataran así.
- ¿No estás herida?
- Sólo adolorida y cansada.
- ¿Y?- preguntó Fillipo.-
- Nada... todo está como debe estar... Quinto está vivo.
- ¿Qué?
- No lo explicaré- contestó.-
- ¿Y Adriana?- interrogó Amelia.-
- No- dio como lacónica respuesta- ... me despedí de Valentina, todo está en orden... ella está bien, pero creí que no los encontraría.
- A pesar de los planes estos dos no querían marcharse... inventaban excusas para continuar esperando- dijo con burla Amelia quien recibió la mirada inquisidora de Nerva y Fillipo.-
- Tan sólo sabía que llegarías tarde... desde niña eres así- agregó Nerva.-
- Amelia y yo debemos partir...

Fillipo abrazó nuevamente a sus amigos y besó en la frente a Lea... su hermana menor, su compañera de desastres, uno de sus retos más grandes... la observó detenidamente y le agradó ver la mujer en la que se había convertido, una mujer capaz de cambiar lo que siempre fue por amor... Lea merecía amor.

- Yo... yo debo partir también... pero mi camino va a Cartago, me quedaré un tiempo con Josefa- habló la morena.-
- Entonces esta es la despedida... es hora de volver a la ciudad, Lea dile a nuestra madre que todo esta bien, que prometo traerla aquí lo antes posible.- Nerva siempre se había referido a Josefa como la madre de ambos.-
- Debo decirle también que pretendes ser Senador... ¿eh?

Lanzó una carcajada sincera pero no de burla o incredulidad, si Marco se lo proponía llegaría a ocupar un puesto en el senado, aunque en esos momentos después de una larga y penosa noche Lea Claudia jamás imaginó que su amigo de infancia llegaría más allá de lo imaginado, que el hombre llamado Marco Nerva se convertiría en el año 96 y hasta el 98 en el Emperador Marco Cocceo Nerva. A los 60 años de edad sería elegido por el Senado para suceder a Domiciano y educaría a otro grande destinado a gobernar después de él: Marco Nerva Trajano... o simplemente Trajano, el primer provinciano en ocupar el trono pues era español. Sería, como lo prometió, un Emperador de paz cuya principal obra fue el poner orden en la burocracia, confiscar los bienes de Domiciano y sacrificar de buen grado su fortuna personal a favor del estado que tanto había defendido frente a Lea.

- Toma- el griego le arrojó una bolsa de cuero- no llegarás muy lejos sin dinero... - sonrió- ven a visitarnos niña.

Lea vio partir a Fillipo y a Nerva en direcciones opuestas y se había quedado allí, esperando, esperando la señal que autorizara su partida, esperando... El día ya había empezado, ya las calles se repletaban de ciudadanos, esclavos y libertos, la vida continuaba, era sin duda señal de que debía continuar la suya, montó su caballo y comenzó el galope en dirección a las Galias, partiría desde el puerto de Nicaea o quizás retrasaría su partida y trataría de encontrarse con Pértinax y Máximo, sus amigos soldados que tanto influencia habían tenido en el levantamiento.

Expuso su rostro al sol, un rostro limpio, sin rastros de sangres o lágrimas, un rostro que Valentina había limpiado con cariño... nadie elegía de quien se enamoraba, antes pensaba lo contrario pero en esos momentos... en esos momentos ésa era su verdad, Cayo no eligió sufrir por Adriana, ni Augusta, ni Valentina por ella o Flavio morir por Isabela, ni Fillipo contemplaba a Amelia, así tampoco nunca pensó cambiar de la forma en que lo hizo por Adriana.

- ¿A dónde crees que vas?!- un grito trémulo casi no se escuchó entre los galopes, pero hizo que Lea detuviera de inmediato su animal.-

La rubia no controlaba muy bien al caballo, en realidad parecía que el corcel la controlaba a ella, alcanzó a Lea y se interpuso en su camino, la morena no dijo nada, simplemente se deleitó en silencio, contemplando la temblorosa y cansada figura...

- Dije... ¿a dónde vas?- repitió con superioridad.-
- Lejos de Roma... por ahí.
- ¿Por ahí?- preguntó divertida- ¿... crees que pueda acompañarte?
- Nada me haría más feliz- confesó acercando su caballo al de la rubia, buscando estar lo más cerca posible de ella.-
- Lea... gracias, por todo, por...
- Nadie es perfecto- Adriana inmediatamente asimiló las palabras de su padre.-
- ¿Volveremos?
- Prometí visitar a Valentina...- Adriana no evitó fruncir el entrecejo- y tu podrás visitar a tu padre... pero tranquila... no volveremos pronto, así que espero que te hayas despedido.
- Lo hice... Lea... ¿Por qué no...?
- Si mataba a Quinto... toda esperanza de tenerte se perdería... y estar contigo es lo único que me queda...- se acercó aún más inclinándose hasta besar a la rubia.- Espera aquí- le dijo luego del beso.-

Tomó la dirección a Roma, llegó hasta la orilla del río y tiró de la cadena que llevaba al cuello, tomó el anillo que había pertenecido a Antonio pasó la cadena a través de éste, de esa manera ambos anillos quedaban sujetos.
Los contempló un momento, la verdad yacía con ellos, la verdad y la traición... empuñó y sin arrepentirse los arrojó al fondo del río Tiber... descansarían allí junto con los recuerdos de los que se redimía, el peso sobre sus hombros desapareció.

Volvió junto a Adriana quien la miraba sin entender qué pasaba, sin entender por qué había abandonado su más preciado recuerdo familiar.

- Hace mucho tiempo, unos niños en épocas distintas, con vidas distintas juraron vengarse de alguien o algo... pero no era su responsabilidad... nunca lo fue- dijo Lea finalmente- tenemos tiempo... te explicaré todo, el viaje es largo.
- Eh... ¿me dirás a dónde vamos?
- Estaba pensando ir a Cartago, pasar una temporada allí, conocerás a Josefa... le agradarás. Después quizás vayamos a Grecia a visitar a Fillipo y Amelia- los ojos de Adriana brillaban.-
- Me parece excelente.

Lea rodeó con su caballo el de la rubia y se inclinó nuevamente para besarla. El camino era claro, la dirección era la correcta, aferró la mano de Adriana dispuesta a no soltarla jamás.
Esa noche el destino la había protegido de la muerte, esa noche Lea Claudia no había tomado la vida de nadie, sus manos estaban limpias, lo más limpias que merecían estar. Cualquier acto injusto, aún cometido por una justa causa, lleva en sí una maldición... y ella no deseaba estar maldita, ni transmitir sus errores, ni abandonar a quienes amaba. Ella era Lea Claudia, no hija de Octavio, no descendiente de Augusto... simplemente Lea.

Era un nuevo día en Roma.

FIN

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¡Uf!... ¡¡fin!!, después de mucho realmente deseaba terminar la historia... creo que aún tengo mucho en la cabeza, quizás una continuación (pero todos sabemos que las segundas partes no se caracterizan por ser las mejores, salvo claro... El Imperio contraataca,) quizás otra historia que en mi mente parece buena... pero si empiezo a escribir no me comprometo a terminar... después de casi dos años. Bueno... empecé esta historia buscando escapar de lo que me rodeaba, me aferré a ella como un salvavidas, intentando evadir el dolor que la muerte de un ser querido me provocaba, la agonía de despertar y salir de la cama, e ir a la universidad y etc etc, (bueno así que recomiendo escribir, ese es el punto)... pero ya no necesito escapar o evadir, todo está en orden en mi vida así que quizás esto sea el fin... espero que haya sido un buen final, para mi lo es... ya saben... comentarios a mi correo... y... ¡¡¡Viva Chile!!!
Buenas noches y que tengan un placentero mañana.
(música de coldplay de fondo)


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