Había pasado un mes desde aquel momento en el que Lea y Adriana finalmente se rendían
ante sus sentimientos, un mes dedicado a conocerse, a comprender sus diferentes puntos
de vista, a cuidarse mutuamente, un mes dedicado a amarse. También se acercaba la
llegada de Nerva, todo tiene su tiempo.
- ¡No!- exclamó mientras caminaba apresurada a su habitación.-
- ¡Si!- le respondió fuerte y segura la voz que la perseguía.-
- ¡No!- repitió con energía continuando su huída.-
- No creas que en tu habitación estarás a salvo...
Lea y Adriana daban un singular espectáculo, la morena escapaba sin voltear a ver a la
rubia que le seguía el paso y no dejaba de sonreír. Acercándose a la habitación Lea se
detuvo en seco haciendo que la rubia chocara contra su espalda; Valentina y Antonio
llegaban en esos momentos, estaban frente a frente y la sorpresa del encuentro daba
paso a un silencio incómodo. Lea y Valentina habían tenido la conversación que tanto
habían postergado, la cristiana reconoció finalmente que aunque seguía enamorada de ella
había dado un paso atrás por el bien de la amistad que esperaba mantener- "Tu harías
lo mismo por mí... no quiero que este amor se convierta en egoísmo"-
- Apuesto a que ellos están de mi parte- dijo finalmente Adriana rompiendo la tensión.-
- ¿Y de qué se trata la discusión?- preguntó Antonio.-
- ¿Qué hace que Lucio quiera esconderse?- siguió Valentina, riendo.-
- ¿No creen ustedes que ya es hora de un corte de cabello?
Antonio y Valentina estallaron en risas.
- Muy cierto, muy cierto... no querrás que piensen que eres un bárbaro ¿no?- agregó el
militar sin dejar de reír.-
- ¡Bah!- fue la respuesta de Lea.-
- Adriana tiene razón, debes despejar tus ojos y no dejar que el cabello llegue a
tocar tus hombros... es la usanza y debes seguirla- complementó la cristiana.-
- Señorita- dijo Antonio haciendo una reverencia.- si necesita ayuda con este "bárbaro"
estamos aquí para ayudar.
- Y ustedes... ¿qué hacen aquí de todos modos?- preguntó Lea quien se sentía
completamente perdida.-
- Nerva llega mañana ¿no es así?- la morena asintió con cautela y una expresión de
preocupación se dejó ver en sus ojos cuando instintivamente miró a Adriana.-
- Si...
- Bueno y es por eso que tenemos esta pequeña discusión... me imagino que su amigo
querrá verla presentable ¿no es así?- la rubia se adelantó, demostrando que no temía lo
que podría acontecer.-
- Tienes razón... bueno nosotros queríamos pasar la tarde con ustedes... conversar-
agregó Antonio.-
- Y ya que estamos aquí... no nos molestaría ayudarte con el cabello de este joven-
rió Valentina.-
- Bueno, bueno... sé que hay unas tijeras en tu habitación y ya que estamos acá...
- Esta bien... pueden pasar y buscar las malditas tijeras... pero no les ayudaré- se
resignó mientras abría la puerta y dejaba que los demás entrarán.-
- Fillipo nos ayudará, estoy segura que...- Adriana había quedado congelada al igual
que Antonio y Valentina que observaban sonrojados el interior de la habitación.-
- Qué les pasa... entren, en...
Ahora Lea quedaba con la boca abierta al ver a Fillipo y Amelia recostados en la cama
cubiertos sólo por las sábanas. Amelia había ocultado su rostro en el pecho del griego
y éste intentaba cubrirla con movimientos torpes que no hacían más que dejar su
lastimado cuerpo al descubierto.
- Yo... yo... las tijeras- articuló Lea mientras caminaba por la habitación con los
ojos tapados por su mano y buscaba a tientas.-
- ¿Al fin te cortarás ese cabello?- preguntó el griego intentando parecer natural
mientras seguía cubriéndose.-
- Ah... si, si... pero- encontró finalmente las dichosas tijeras.- creo que tienes
cosas más interesantes que hacer- rió y se encaminó a la salida aún con sus ojos
cubiertos.- ... estaremos en el jardín de Adriana.
Fillipo suspiró aliviado.
- ¿Ya se fueron?-la voz de Amelia parecía salir de ultratumba.-
Antes de que pudiera responder la puerta se abrió nuevamente haciendo que el griego
volviera a tomar las sábanas, la cabeza de Lea se dejó ver con su negra cabellera
cubriéndole los ojos y una gran sonrisa en su rostro.
- Pensé que estabas muy lastimado, pero veo que está mejor, cuando logres levantarte
ten la cortesía de acompañarnos... Amelia tu también tienes que ir- en una carcajada la
cabeza de la morena desapareció cerrando la puerta.-
Fillipo besó la cabeza de Amelia.
- Vamos... si se van a reír que lo hagan frente a nosotros- dijo finalmente.-
Y allí estaban, el grupo conversaba amenamente mientras Adriana recortaba una y otra vez
el cabello de Lea. Valentina y Antonio se habían recostado en la grama, Fillipo y
Amelia estaba sentados en una de las bancas tomados de las manos y Lea se encontraba
condenada en otra de las bancas de mármol que adornaban el jardín mientras temía toda
vez que Adriana amenazaba con cortar su cabeza. El griego y la liberta habían contado
su historia y ésta era simple: estaban enamorados, los cuidados de Amelia y la unión
que surgió de la comprensión y el entendimiento hacían que quisieran estar juntos para
siempre, sin embargo ambos estaban concientes de las dificultades que encontrarían en
el camino.
- ¡Listo!- dijo finalmente Adriana dejando las tijeras a un lado y desordenado
cariñosamente el cabello de Lea.-
- Excelente- bufó la morena, mientras invitaba a Adriana a sentarse a su lado.-
- Y... ¿Piensan casarse?- preguntó Antonio a Fillipo.-
- Yo quiero pero...
- Pero están mis padres... yo, no sé que dirán ellos, piensan que debo tener una dote
adecuada pero...
- A mi no me interesa la dote, lo sabes, sólo deseo estar contigo- rebatió el griego.-
- Y además... no quiero dejarlos, no sé que pasará con ellos luego que... que ustedes
hagan lo que deban hacer...
Fillipo la contempló enamorado, la mujer de cabellos castaños y tez blanca sentada junto
a él le había dado tanto en tan poco que la sola imagen de ella sufriendo lo destrozaba.
- Mis padres son gente trabajadora... están orgullosos de haber sido manumitidos por
el señor Quinto y desean lo mejor para él... son leales... desde niña tuve la suerte de
ser amiga de Adriana y se jactan ante los demás que su hija sepa leer y escribir.
- Yo le enseñé- agregó Adriana.- aprendíamos al mismo tiempo.
- Mmmm me pregunto que dirán mis padres cuando sepan que su hija se convirtió y ahora
es una cristiana, ellos son uno de los pocos devotos a los dioses que quedan.
- Bueno los dioses y los mitos ya no importan mucho en este tiempo- sentenció Lea,
recibiendo como respuesta a su intervención un codazo de Adriana.-
Valentina rió.
- Bueno, uno de los buenos recuerdos que tengo de ellos es de cuando me llevaban al
templo de Juno y de Isis en Cartago. Los extraño.
- Cuando mi madre murió me sentí devastada- dijo Adriana.- debido a los viajes y
asuntos de mi padre éramos muy cercanas... ella hizo que construyeran este jardín...
- ¿Te pareces a ella?- se atrevió a preguntar Valentina.-
- Mi padre dice que sí... el cabello rubio y los ojos verdes son de ella
definitivamente.
- Gracias a dios mi rostro se parece más al de mi madre... jajaja...- agregó la
cristiana.-
- Tienes razón en eso... mi padre siempre lamentó que sus hijos no sacaran sus rasgos-
intervino Fillipo.- sin embargo mis hermanas... ellas eran iguales a él.
- ¿Siguen con vida?... tus padres- peguntó Adriana.-
- Si, viven en Corinto desde siempre, es por eso que no fueron rastreados ni
considerados peligrosos cuando se desató la rebelión en Grecia, mi padre es agricultor
y mi madre maneja el telar de manera excelente... ya están viejos así que... espero
verlos pronto, de seguro te querrán- dijo a Amelia.-
- Octavio estaba orgulloso- habló Lea.- estaba orgulloso porque su hija había nacido
con sus ojos.
- ¿Hija única?- preguntó Antonio.-
- Si, mis padres se conocieron tarde, él era veinte años mayor que ella, yo nací
cuando mi madre, Elia, tenía 27 años y Octavio unos 47. Nos amábamos, éramos una gran
familia, él decidió que llevaríamos una vida tranquila en las provincias así que se
instaló en Nápoles cuando conoció a mi madre y allí se quedó al mando de la provincia.
Nunca le gustó Roma para vivir y cuando yo nací jamás se apareció por estos lados.
- Hija del gran Octavio Claudio- dijo de pronto Antonio.-
- ¿Lo conociste?
- No, aunque yo serví en Nápoles unos meses... para entonces tu padre ya...
- ¿Y que hay de ti Antonio Vero?- preguntó Fillipo.-
- Dicen que tengo los ojos de mi padre- todos voltearon y observaron sus ojos notando
el azul desgastado que los bañaba.-
- ¿Dicen?- preguntó Lea.-
- No lo conocí, murió cuando yo era niño, murió en campaña, de tres hermanos yo fui el
único con sus ojos.
- ¿Y que hacen tus hermanos?
- Ellos murieron, el mayor en servicio en el Danubio cuando sólo tenía 16 años y el
otro por enfermedad... soy un sobreviviente.
- Entonces si estamos solos, nosotros dos sobrevivientes... deberíamos ser hermanos
¿no?- intervino Lea- cuando esto termine nos visitaremos y yo malcriaré a tus hijos y...
seremos hermanos de armas ¿que te parece amigo?
- Creo que merecemos ser hermanos de armas- respondió con entusiasmo el soldado.-
levantándose y haciendo que la morena se levantara con él y en un exagerado gesto en
medio de las risas de sus amigos se abrazaron y declararon su hermandad.-
- ¿Qué dices Fillipo?- preguntó Lea.-
- ¿Eh?
- ¿Quieres ser nuestro hermano mayor?- preguntó Antonio sin dejar de sonreír.-
- No estoy seguro de querer tenerlos como hermano y hermana- dijo mientras con
dificultad se levantaba.- pero está bien, así si algún día necesito dinero recurriré a
ustedes- y tendió su mano para tomar la de ellos.-
Adriana siguió el ejemplo y tomó la mano de Amelia abrazándola y deseando lo mejor para
su "hermana", pues en el fondo eso es lo que eran, su lazo era de hermandad. Valentina
por su parte sonreía y observaba el conjunto que formaban Fillipo, Antonio y Lea, ese
abrazo que entre bromas significaba algo más, reparó en sus rostros y se sorprendió del
parecido que verdaderamente existía entre Antonio y Lea, tal vez era que compartían el
color de sus ojos o el cabello oscuro, tal vez simplemente eran más parecidos porque
eran romanos puros, no como Fillipo cuya ascendencia griega era evidente ni como ella;
una africana de Cartago. En eso estaba cuando sintió que tomaban sus manos, Amelia a su
izquierda y Adriana a su derecha.
- Esperamos que puedas querernos como a hermanas- se atrevió a decir Adriana.-
Valentina se aferró a aquellas manos, sólo dios hacía posible que esos desarraigados se
encontraran. Estaba en familia.
*****
Marco Nerva se hospedó en casa de Valentina, había llegado temprano hasta el punto final
de su recorrido que había abarcado desde Cartago pasando por Hispania, las Galias,
Grecia y Siracusa hasta finalmente arribar a Roma, el corazón del imperio. Lucía
diferente, había perdido algo de musculatura, cortado su cabello y el cansancio parecía
haber opacado el brillo que sus ojos- de un café claro- solían tener. Era por poco más
alto que Lea, de cabello castaño y rizado. Mantenía constantemente una expresión grave
en su rostro, pero cualquiera con un poco de sagacidad notaba que cuando hablaba con Lea
está expresión cambiaba y se dejaba ver ternura y tranquilidad, paciencia y
escepticismo... expresiones de cariño incondicional. Él se había enamorado de su amiga,
desde niño intuyó que sus destinos estarían unidos por algo más profundo que la simple
amistad que sus padres compartían, y cuando sus vidas fueron trasformadas por la mano de
un hombre que se creía divino asumió la obligación de proteger a aquellas dos mujeres
tan importantes para él. Con el tiempo comprendió que el matrimonio que soñaba no se
concretaría, al menos no con la mujer que él quería, Lea era en cierto modo
inalcanzable, nunca serían más que amigos.
Nerva recibió con agrado las atenciones de Valentina, escuchando su historia y la de su
dios, conoció a Antonio el Jefe de la guardia pretoriana que tan convenientemente se
había unido a la causa y esperó paciente la llegada de Lea, la única a la que realmente
ansiaba abrazar. La morena se presentó sola esperando que luego Marco Nerva la
acompañara a casa de los Escévolas, se presentó sola para tomar la responsabilidad de
todo lo ocurrido con Flavio, con Fillipo y con Adriana, obviamente había mucho que
explicar y aunque Nerva sabía noticias y rumores de lo ocurrido y aunque estaba
dispuesto a reprender a su amiga cuando la vio aparecer no pudo hacer más que lo que
deseaba: abrazarla.
Mientras Lea relataba lo ocurrido Nerva mantenía su mirada en el suelo, con sus brazos
cruzados recibía toda la información, de alguna manera se había convertido en el líder
de un movimiento que había surgido con ellos en Cartago, había tomado las riendas de
algo que lo superaba, no podía recordar cuando fue que sus amigos empezaron a hablar de
él como un superior, empezaron a tratarlo como líder y en esos momentos cuando su amiga
y amor de su vida contaba lo sucedido con un tono en su voz que revelaba respeto y
subordinación se sintió fuera de lugar... Lea lo respetaba pero ella jamás se había
subordinado ante nadie, ella era una líder innata, ¿qué había pasado en cuatro años?,
su amiga se sentía culpable ¿Por qué? ¿por las acciones de otros, por no contener lo
incontenible, por estar enamorada?... si, estaba enamorada, y por lo mismo decidió no
atormentarla más y perdonar sus imprudencias...
- ¿Cuándo me llevarás con Fillipo?- preguntó luego que Lea terminara de hablar.-
- De inmediato si lo deseas, la tarde es tranquila en la casona.
- ¿Conoceré también a tu Adriana?
- Si así lo deseas.
- Claro que sí, ella es parte de tu vida y tu vida es prioridad para mí.
Lea se sonrojó.
- Josefa manda sus saludos, está molesta porque no te haz comunicado con ella.- Nerva
sonrió.-
- ¿Cómo se encuentra?
- Está bien, como siempre... convencida de que hizo un mal trabajo con nosotros- soltó
una agradable carcajada.-, espera vernos pronto.
Dejaban la casa de Valentina, camino a la Casa de Quinto Escévola, al despedirse de
Antonio, Nerva le dio un sólido apretón de manos y pareció recordar algo.
- Antonio Vero ¿cierto?
- Si- afirmó el soldado sin saber el por qué de la pregunta.-
- ¿Nos hemos visto antes?
- No lo creo.
- Disculpa entonces, he visto tantos rostros que se confunden en mi cabeza.
- No te preocupes.
Pero Marco Nerva se sentía preocupado.
*****
Cuando Lucio apareció junto con su amigo de infancia Quinto, hombre desconfiado por
naturaleza, no hizo más que confiar. Nerva lo notó al instante y disfrutó estrechar la
mano del hombre materialmente responsable de la muerte de su padre, mal que mal era
Quinto Escévola quien estaba al mando de los hombres que traicionaron a sus comandantes,
disfrutó la confianza que vio en su rostro, como un animal que ignora que se convertirá
en el sacrificio a los dioses. Sintió que poseía cierto poder sobre ellos.
Al estrechar la mano de Cayo Juliano Enobarbo recibió el resentimiento de aquel hombre
que deseaba encontrar su lugar en la vida ciudadana y reconoció en Augusta la tristeza
del amor no correspondido. Todos tenían algo que ocultar, algo por qué sufrir.
Adriana observaba la complicidad que existía entre Fillipo, Lea y el recién llegado
Nerva, allí estaban finalmente reunidos los recuerdos. Le pereció que Marco Nerva era
atractivo, su cabello rizado caía perfectamente y su túnica y toga de color azul le
daban cierta elegancia que ella no estaba acostumbrada a ver. Al igual que Lea su tez
era algo más morena que la del romano promedio, sin duda sus años en la provincia
africana de Cartago le habían dado ese exótico tono. Se habían saludado con amabilidad,
la rubia ansiaba conocer al hombre que alguna vez le propuso matrimonio a Lea.
- ¿Y cuáles son tus planes?- preguntó Adriana.-
- ¿Planes?... es una buena pregunta- contestó Nerva.- sólo he tenido un plan en mente
desde hace 14 años, pero finalmente encontré otros.
- ¿De qué tratan?- prosiguió Fillipo.-
- Quiero ser senador.
- ¡Debes estar bromeando!- exclamó Lea más seria de lo que hubiese querido.-
- No... comprendí que si lo que deseamos es acabar con Nerón y en el fondo con esta
dinastía imperial el nuevo emperador, el nuevo gobierno debe ser resguardado y creo que
puedo ayudar siendo el jurista que soy y convirtiéndome en senador.
- Terminarás apoyando a un nuevo sujeto que se creerá divino y asesinará a quienes
estén en su contra.- rebatió con desagrado la morena.-
- Somos romanos Lea- se produjo un tenso silencio.- yo nunca renegué de ello de la
forma en que tú lo hiciste, creo en Roma y en el gobierno que se forjó tras siglos de
historia.
- Una república que degeneró en un emperador disfrazado de ciudadano- continuó su
amiga.-
- ¡Que así sea entonces!, pero que ese emperador sea verdaderamente un ciudadano
depende de la gente que lo regule y es por eso que quiero ser senador... mi ira sólo se
dirige hacia Nerón y aquellos que personalmente asesinaré... pero eso es todo, no
derramaré más sangre que esa.
- Roma me traicionó, traicionó a su mejor servidor- continuó refiriéndose a su padre.-
- No fue Roma... fue un hombre.
- ¿Y cuando decidimos incendiar la Roma de los ciudadanos? ¿Cuándo Valentina y muchos
pudieron haber muerto?
Adriana cruzó su mirada con la de Fillipo y comprendió el origen de la quemadura que
Valentina tenía en su brazo, entendió que las explicaciones que buscaba luego de tal
comentario debería exigirlas al griego, comprendió que debía dejar pasar aquello...
sabía desde antes de quien se había enamorado.
- Fue la Roma del hombre la que incendiamos, no la de los ciudadanos... la historia lo
recordará como el trastornado que quemó su ciudad para luego levantar templos y edificios
para su placer...
- A los infiernos la historia...
*****
La esperaba en uno de los pasillos de la casa, apoyado en un pilar se daba ánimo para
lograr hacer lo que se había propuesto, estaba asustado, como un niño indefenso. Cayo
la esperaba, necesitaba que Adriana pasara por aquel pasillo, se detuviera y posara sus
hermosos ojos sobre él. Su corazón amenazó con escapar de su pecho cuando vio a la
figura que tanto deseaba acercarse lentamente.
- Adriana- llamó tranquilo.-
- ¿Qué quieres Cayo?- preguntó la rubia, pero en su voz no había enojo, sólo
impaciencia.-
- ¿Por qué no me amas?- preguntó tranquilo.-
- No, no otra vez lo mismo- y con eso para ella la conversación había terminado, se
hizo aun lado y continuó su caminar.-
¡¡¡No, no otra vez!!!... nuevamente Adriana se marchaba dejándolo humillado, vulnerable,
¡cómo la odiaba en esos momentos!, pero sólo en esos momentos, al día siguiente su
imagen volvería aparecer en su mente al despertar y sería la última que viera antes de
dormir. Había estado tan cerca, tan cerca de contraer matrimonio, tan cerca de tomarla
como esposa, tan cerca de conseguir la verdadera estabilidad en su vida, tan cerca de
encontrar paz ¡Por qué lo había engañado así? ¿Por qué había jugado así con él? ¿Por qué
esperó hasta el último minuto para dejarlo?... humillándolo, dejándolo emocionalmente
dañado. Tuvo que soportar la mirada inquisidora de su padre y las palabras de lástima
de su madre... él odiaba esas palabras, esa mirada... no debían tenerle lástima, había
conseguido todo y sin embargo... eso no parecía importante.
Ya no más. No dejó que Adriana se marchara, la tomó por el brazo e hizo que la rubia
quedara frente a él para luego tomarla por los hombros y atraerla hacia logrando
presionar sus labios contra los de ella, en un intento de beso desesperado.
- ¡Idiota!- dijo Adriana luego de soltarse de aquel beso.- ¿Pretendes conseguir mi
afecto así?
- ¿Por qué no me amas?- preguntó aún manteniendo sus hombros aprisionados.-
- ¡¡Suéltame!!- gritó.-
- ¡¿¡Por qué no me amas!?!- desesperó en un grito- ¡¡contesta de una vez!!- continuó
empujándola y soltando finalmente sus hombros.- ... nunca me haz dado una respuesta a
eso- dijo más tranquilo.-
- No te amo... no puedo explicar por qué, así como tampoco puedo explicar por qué amo
a - tuvo que detenerse para decir el nombre correcto.- Lucio.- temblaba, estaba asustada
y sólo quería salir de allí.-
- Adriana...- murmuró Cayo estirando su mano y acariciando el rostro de la rubia quien
lo miraba asustada pero desafiante.-
Se acercó con la intención de besarla nuevamente pero a pesar de saber lo que pasaría
Adriana no pudo moverse.
- ¡¡Déjala!!- Lea corría desde el extremo del pasillo, sin dar tiempo para reaccionar
a Cayo quien recibió de lleno el golpe certero en el rostro que Lea le propinó.-
Cayo pareció despertar de un trance se levantó con sus ojos puestos en Lea, decidido a
atacarla... y así fue, se enredaron en golpes mientras Adriana intentaba separarlos. La
morena recibió duros golpes en su estómago, golpes que devolvía con igual intensidad,
hasta que Cayo recordó cual era la parte más débil de su contrincante: al esquivar un
golpe directo a su mentón estiró su mano y presionó con fuerza el hombro izquierdo de
Lea, quien pareció desfallecer por el dolor, pero evitó caer y volvía a liarse en la
pelea.
Quinto y Cornelio finalmente aparecieron atraídos por los gritos a favor y en contra de
un grupo de gente reunida; sirvientes, mensajeros, niños.
Cornelio atrapó a Cayo y lo sostuvo evitando que volviese a la riña, Lea logró calmarse
cuando Adriana tomó su mano y la besó. Finalmente Cayo recuperó la compostura, se soltó
de los brazos de Cornelio mientras se arreglaba sus ropas. Lea se acercó con
tranquilidad hasta quedar frente a él quien seguía siendo vigilado desde cerca y estiró
su mano esperando que éste la imitara... con recelo aceptó el apretón pero éste duró
más de lo necesario, Cayo se inclinó y en voz baja le dijo al oído:
- Esto no se queda así...
- ¿Quieres saber por qué no te ama?- dijo Lea en el mismo tono de voz.- ... tu no eres
yo.
*****
15 Días después...
La noticia se extendió rápidamente: el procónsul de las Galias, Galba, se había
sublevado, había movilizado sus legiones y se preparaba para marchar a Roma, pronto se
sabría también que el procónsul de Hispania se unía a los rebeldes, Máximo y Pértinax
habían cumplido con su parte, habían instado a sus generales y cónsules a terminar con
un gobierno que no los favorecía, ahora ellos como soldados recibirían su paga: la
muerte de Nerón y su promoción a cargos superiores.
El pueblo aún no tomaba conciencia de la magnitud de este movimiento y no le auguraba
futuro pues, a pesar de ser Nerón un pésimo gobernante, les había dado espectáculos y
entretención... para muchos eso era suficiente. Sin embargo en las clases senatoriales
y adineradas el temor se sentía, por una parte temían aquellos que habían secretamente
impulsado la rebelión, aquellos adinerados que se habían sumado al movimiento
provincial Cartaginés que iniciara un grupo de amigos y por otra temían las familias
beneficiadas y partidarias de la administración del emperador... Quinto Escévola había
sido uno de ellos, gozó de la gracia del emperador desde que éste había asumido como
tal, sabía a que precio lo había logrado y los fantasmas del pasado volvían a acosarlo,
la voz de aquellos hombres asesinados a su orden y por supuesto, la voz de aquel hombre
asesinado por su propia mano: Octavio Antonio Claudio, el hombre al que desde niño había
admirado... pero debía superarlo y la única manera de lograrlo era la muerte ¿o acaso
no era necesario?, por un momento había pensado que no lo era pero entonces la voz de
ese muchacho, ese joven soldado le abrió los ojos.
"¡Señor!... ¡¡¡¡son sus órdenes señor!!!!... ¡el emperador lo quiere muerto!
Pero... si está desarmado... no es necesario.
¡¡¡Si no acaba con él usted nunca será el que debe ser!!!"
Y entonces actuó, clavó la espada en el pecho de un hombre que no podía defenderse, en
un hombre que luchaba con uñas y dientes por soltarse de sus captores, en un hombre que
en último momento rezó a los dioses por su esposa e hija... ambas finalmente muertas.
¿Qué había pasado después?, cierto, sus hombres lo habían celebrado haciendo que
vistiera el manto de comandante de las legiones, manto que anteriormente había vestido
el hombre muerto en el suelo, no recordaba muy bien ese momento, la primera orden que
había dado fue la de quemar la hacienda de Octavio y mientras todo sucedía en un abrir
y cerrar de ojos a su mente acudieron las imágenes de su esposa y de sus hijas
esperándolo en Roma, sobre todo la de la menor: Adriana, entonces pidió tal y como
Octavio lo había hecho momentos antes a los dioses para que nunca las abandonaran ni
dejaran que averiguarán la verdad del cómo su padre había conseguido el manto de
comandante.
Continuaba aún en ese trance cuando le pareció ver que el joven soldado quien momentos
antes lo había animado a cumplir con sus órdenes se arrodillaba ante el cuerpo de
Octavio y lo cubría con su capa mientras parecía buscar algo en su mano y, al no
encontrarlo, parecía contarle algo... es lo que Quinto creyó ver, pero nunca se fió de
los pocos recuerdos de aquella noche y nunca deseó confirmarlos con Cornelio o
cualquiera de los que seguían junto a él desde ese momento, ni siquiera con el joven
soldado al que había visto más de una vez en Roma... más de una vez al igual que sus
fantasmas.
*****
- Entonces sólo debemos esperar que el senado lo margine de la ley- dijo Nerva.-
- Los pretorianos esperan mis órdenes- afirmó Antonio.- a mi señal lo buscarán y
sacarán del palacio.
- Excelente!- exclamó Fillipo.-
- ¿Y cuándo terminará todo?- preguntó Lea.-
- Cuando Nerón muera, cuando corra la voz de su muerte- comenzó a explicar Nerva.- las
familias comprometidas intentarán escapar pero los sorprenderemos y no tendrán tiempo.
Todas y cada unas de las personas consideradas peligrosas por nosotros en esta ciudad
serán asesinadas.
- Y sus casas incendiadas- complementó Valentina.-
- Respecto a eso... ya saben que mi casa es única y exclusivamente la de Cornelio-
dijo el griego.- por lo tanto con su muerte termina mi historia aquí... le diré a Amelia
que me espere junto a su familia del otro lado del Tíber y de allí partiremos a Ostia
para luego embarcarnos y desembarcar en el Pireo.
- ¿Te llevarás también a su familia?- preguntó burlesca Lea.-
- Claro que sí, ellos son importantes para Amelia y por lo tanto para mí... será más
complicado el viaje pero lo lograremos si salimos con tiempo... Amelia intenta
convencerlos pero cuando vean que esa casa se hace pedazos no lo dudarán más.
- Me alegra que quieras rehacer tu vida- habló Valentina.-
- Ah... y tu mi amiga.- continuó Nerva.- te quedarás en tu casa y no te moverás de
aquí, cinco de mis mejores hombres cuidarán tu vida... pasarás inadvertida si
simplemente te quedas en tu hogar, no te encontrarás con nosotros del otro lado del
Tíber.
- Pero...
- Nada de peros...
- ¿Qué harás tu Lea?- preguntó Antonio.-
- Me encargaré de Quinto...
- ¿Y Adriana?
- No se quedará sin hacer nada... ni siquiera sé si querrá irse conmigo.
- Podríamos secuestrarla- dijo con todo normalidad Valentina haciendo que sus amigos
la miraran extrañados.-
- Si Lea no le dice cuando ocurrirá todo, entonces sería factible traerla aquí, a mi
casa y simplemente... no dejarla salir... no va a ser fácil considerando que matarás a
su padre, pero si todavía desea verte se encontrará contigo y Fillipo y Amelia del otro
lado del río.
Valentina había hablado con serenidad y sarcasmo... eso era extraño en ella pero no
dejaba de tener razón, nunca se dijo que esto no sería doloroso y Adriana había aceptado
los hechos, claro que nadie sabía como reaccionaría ante ellos.
- Esta niña tiene razón- Fillipo rompió el silencio.-
- ¡Hey!- fue el reclamo de la cristiana ante el apelativo de "niña".-
- No está mal... quizás necesite ayuda con el tiempo...- empezó a hablar Lea.-
- Yo puedo ayudar, ir contigo... yo encenderé el fuego y tu harás lo tuyo- ofreció
Antonio.- ... claro que antes debemos asegurarnos que la familia de Amelia no esté allí.
- No estarán- afirmó Fillipo.-
- ¿Y los pretorianos?- preguntó Nerva.-
- Tengo a mis hombres de confianza, podrán encargarse de todo.
- No... tu estarás con tus hombres- habló fuerte Nerva.- Lea hará lo suyo sola... de
otra manera jamás estará satisfecha. De la misma manera en que yo iré a casa de Tácito
y lo mataré.
- ¿Y que hay con Cayo?- preguntó Lea.- estoy segura que él sabe de esto, creo que sólo
espera el momento para actuar.
- Sólo debemos esperar entonces... esperar...- cualquiera pudo haber dicho aquello.-
*****
Nerón quedó paralizado, sus amigos y favoritos lo habían dejado caer, Tigelino, su
consejero fue el primero en ponerse a salvo, la guardia pretoriana lo traicionó también
bajo las órdenes de Antonio Vero. Se había despertado a medianoche hallando el palacio
vacío: los criados habían desaparecido, ni un solo cortesano en las salas, los
centinelas habían huído... las ratas habían abandonado el barco. Sólo cuatro sirvientes
fieles quedaron junto a su César y por ellos fue conducido a una quinta fuera de Roma.
A primeras horas de la mañana el emperador había tomado conciencia de lo ocurrido y
esperaba en actitud teatral lo que el Senado declararía, pero nunca, ni en sus peores
sueños imaginó que él, un César, sería puesto fuera de la ley y condenado al castigo de
los asesinos: flagelación hasta la muerte... Pero al fín y al cabo era un asesino.
Antonio había dispuesto que su guardia capturara a Nerón al anochecer, ingresarían a su
villa y lo encarcelarían, pero por supuesto, eso era teoría pues Nerón no saldría vivo
de aquel lugar. Esa misma noche ciertas deudas serían saldadas.
*****
- Deberíamos contraer matrimonio.
- ¿Eh?- Lea levantó la mirada disfrutando del cielo despejado de aquel día y a pesar
de no creer en dioses le pareció un buen augurio.-
- Ya escuchaste.- replicó la rubia abandonando su posición recostada junto a Lea para
sentarse y adoptar una actitud seria.-
Se encontraban en su lugar favorito, el jardín en el que tantas cosas habían pasado, se
encontraban estiradas en la grama abrazada la una de la otra, Lea sabía que ese
tranquilo lugar ya no estaría al amanecer y por lo tanto decidió que sería bueno pasar
la mañana allí.
- ¿Hablas en serio?
- Si.
- ¿Y por qué?- preguntó sonriendo.-
- Bueno... te amo... esa es una buena razón, además mi padre espera que termine siendo
la esposa de Lucio, no tendrá problemas en aceptar el compromiso.
- No creas que disfruto decepcionarte... pero si no te has enterado yo no soy
exactamente Lucio.
- Muy graciosa...
- Tu padre no tendría problemas pero yo si.
- ¡¡¿Qué?!!- exclamó Adriana con una mueca.-
- Te amo pero el matrimonio especifica la unión de un hombre y una mujer... ejem, creo
que ya haz notado de sobremanera que no cumplimos ese requisito.
- Pero nadie lo sabría...
- Yo lo sabría, tu lo sabrías... uno que otro por ahí- lanzó una carcajada.- ... además
no pienso vivir siendo Lucio por siempre...
- Lo sé, pero... quiero estar contigo siempre.
- Lo estaremos... a pesar de todo y no necesitamos fingir en una ceremonia.
- Mmmm, podríamos hacer algo para enojar a Cayo.
- La idea me parece excelente... pero ¿Qué estás pensando?
- Anunciar a mi padre el compromiso y luego nos largamos de aquí... quiero que me
lleves a Atenas...
- Eso sería suficiente para arruinar cualquier momento de felicidad que Enobarbo pueda
tener- dijo Lea disfrutando la idea de arruinar la mente de Cayo.-
- ¿Qué te parece mañana? Mmmm en la cena, mi padre invitará a sus amigos, estarán
todos... será perfecto.
- Será perfecto- afirmó la morena, sabiendo que eso jamás sucedería, todos esos amigos
de los que Adriana hablaba no estarían para la cena del día siguiente, ni siquiera su
padre estaría y pensándolo así ¿Cuáles eran las probabilidades de vivir juntas por
siempre? Adriana evadía la realidad de forma encantadora.-
- Nerón se ha retirado a su villa en las afueras de Roma... queda poco tiempo ¿Verdad?
Lea no sabía si se refería al poco tiempo para ellas o al poco tiempo junto a Quinto...
tal vez ambos y de ser así el tenían poco. A pesar de todo Adriana estaba consciente de
lo que pasaba.
- Queda poco para Nerón- respondió cauta.-
- Bueno, entonces celebraremos mañana en la cena ¿cierto?- dijo mientras volvía a
recostarse y a abrazar a su amor.
- Como desees... molestaremos a Cayo- y la besó intentando borrar el mal sabor que su
mentira le había dejado: no habría mañana en la casa Escévola y tal vez como
consecuencia no habría mañana para ellas.
*****
Valentina mataba el tiempo dando vueltas por la casa, esperaba que Adriana apareciera
de un momento a otro, aunque claro que eso era relativo pues estaba con Lea y ella
mejor que nadie sabía que junto a Lea el tiempo no existía. Su misión consistía en
recoger a la rubia y llevarla a su casa, Adriana se había mostrado muy interesada en
conocer a otros cristianos por lo que ante la invitación a cenar junto a ellos la
respuesta había sido un rotundo si. Todo eso era parte del sutil secuestro que se
llevaría a cabo, llegado el momento la salida quedaría prohibida para Adriana, todo con
la intención de evitarle un sufrimiento mayor, aunque no parecía justo, alguien como
ella sufriría más estando inhabilitada.
¿Qué pasaría después de aquello?, una etapa de su vida estaba por terminar, una etapa
que le había dado y robado algo en iguales proporciones: le había robado a Lea, pero
bien sabía que nunca la tuvo realmente cerca y por otro lado le había dado una vida
espiritual plena, sentía que en las palabras del Nazareno encontraba las respuestas a
sus infinitas preguntas. Quería volver a Cartago, y quizás lo hiciera por algunos meses,
pero consideraba que su lugar estaba en Roma, algo importante le esperaba allí... para
bien o para mal.
Finalmente se encontró en el patio de los arbustos, agradable a esa hora de la tarde, y
decidió matar el tiempo allí, quedarse en un solo lugar; la rubia se iría con ella de
todas formas.
- Hola.
La cristiana volteó para encontrar la figura de Augusta quien la miraba con una
expresión divertida en su rostro, ella le devolvió una sonrisa a la mujer alta y de
cabello cobrizo que acababa de llegar.
- ¿Qué haces?- preguntó Augusta.-
- Espero... Adriana esta invitada a mi casa esta noche, cenará con mis amigos.
- Han cambiado las cosas por aquí, ¿no es así?, hace algunos meses tu y ella se
detestaban... pero las cosas siempre cambian ¿no?
- Si, es cierto, no somos grandes amigas pero compartimos un agradable tiempo juntas.
- Entonces todo cambió cuando dejaron de discutir por su amor- afirmó sentándose junto
a Valentina.-
- Ser discreta no es tu punto fuerte ¿no?... sabes mucho.
Ambas nunca habían intercambiado tantas palabras, hasta ese momento esa era la única
conversación que habían mantenido directamente y no entre un grupo de personas, sin
embrago se simpatizaban.
- Sé lo suficiente... pero ella ha demostrado que está enamorada.
- Es verdad, Adriana ya no es la misma.
- No me refería a ella- sentenció Augusta.-
- ¿Qué...- intentó disimular su asombro.-
- Me refiero a la mujer, como sea que se llame, que se hace pasar por Lucio.
- No... no, no... se de qué hablas- pero la expresión en su rostro decía lo contrario.-
- Lo sé, cuando Lucio resultó herido y todos ustedes se encargaron de cuidarlo, bueno...
de cierta manera también me preocupé porque Adriana se veía mal y eso simplemente me
mataba, pero tu debes entender eso tan bien como yo ¿cierto?, un día decidí botar el
orgullo e ir a su habitación para acompañarlo y ver cómo evolucionaba... toqué la puerta,
pedí permiso para entrar pero resultó que fui en uno de los pocos momentos en que Lucio
estuvo solo, de todas formas entré y me quedé allí unos momentos, entonces lo escuché
delirar, lo escuché llamar a familiares y a Adriana... pero su voz era menos grave y
cuando pidió agua entre sueños, me acerqué para darle de beber unos sorbos y... bueno,
comprobé que era "ella".
- Lea- confesó en voz baja Valentina, mirando hacia todos lados.- se llama Lea.
- Lea...- repitió mecánicamente.-
- ¿Por... por qué no dijiste nada? ¿Por qué no la pusiste al descubierto?
- No lo sé... me pareció estupenda la idea que Adriana rechazara a Cayo y engañara a
todos con otra mujer así que... lo dejé seguir. Además si ella ha venido así a esta casa
debe ser por algo, pero durante este tiempo he estado tan adormecida que no tuve ganas
de investigar... sólo dejo que los acontecimientos transcurran.
Valentina contempló con admiración a la persona frente a ella, Augusta era noble, pero
no sólo por el hecho de haber nacido en una cuna noble, sino por que era un admirable
ser humano, tal vez exageraba pero en esos momentos eso era lo que Valentina sentía.
Tras ese adormecimiento Augusta había ocultado su tristeza y cuando finalmente tuvo
todo a su favor no tomó ventaja de la situación ¿Por qué?... porque ella se consideraba
así misma como un testigo.
- Augusta- habló finalmente la cristiana tomando su mano.- no llegues a tu casa hoy,
no te quedes a dormir en ella... aléjate de este mundo por un momento.
- ¿Qué dices?
- Por favor- rogó sinceramente.-
- No entiendo ¿qué pasa?
- No puedo... es lo único que puedo decirte, no estés ni en tu casa ni en ésta... no
estés en tu círculo familiar.
- ¿Me estás advirtiendo, verdad?
Valentina movió su cabeza afirmativamente.
- No dejaré a los míos... no importa que pase- su actitud era desafiante y sin embargo
algo en su interior se remecía.-
- Entonces no los dejes- contestó Valentina algo frustrada.-
Augusta se levantó con cuidado sin soltar la mano de su interlocutora y sonrió con
cansancio.
- Te veo mañana por la mañana ¿te parece?
Valentina observó mientras se marchaba sabiendo que no se verían a la mañana siguiente...
*****
Adriana se había marchado ansiosa de hacer mil preguntas y compartir con aquellos que
hasta unos meses eran insignificantes para ella: los cristianos. Estaba feliz. Fillipo
por su parte pasaba lo que quedaba de tarde con Amelia.
Lea por el contrario decidió salir por sus propios medios y recorrer parte de la ciudad
a pie, tal vez la caminata despejara sus sentidos y la preparara para el momento con el
que soñó durante 14 años. ¿Era ansiedad la que sentía? ¿Nervios? ¿o tal vez era miedo?
La ciudad era enorme y bella, por un momento se lamentó el no haberla conocido. Se
encontraba admirando cada rincón de la urbe cuando sintió un suave galope tras ella.
- Quería ver cuanto te demorabas en notar que te seguía- dijo Antonio saludando.-
- Hola... tan sólo pensaba... esta ciudad no esta mal ¿eh?
- ¿Quieres ver algo bello?- preguntó desde su caballo.-
- Ya lo he visto, se llama Adriana y está junto a Valentina hoy- contestó riendo.-
- Ven- le tendió la mano- te llevaré para que veas la ciudad desde lo alto... desde la
cumbre del Palatino la vista es hermosa.
Lea sonrió, tomó la mano de su amigo y montó con elegancia. Llegaron a poco andar a la
cima de una de las sagradas siete colinas y se quedaron allí, de pie sin hablar tan
contemplando el andar de las personas, los diferentes brillos de Roma.
- ¿Estás listo Antonio?
- Siempre... pronto dirigiré a los pretorianos hacia la villa en la que Nerón se
oculta. ¿Y tú?
- Disfruto lo que pasará. Estoy en paz.
- Entonces este es el momento preciso para intranquilizarte.- dijo el militar con una
frialdad no acostumbrada en su voz.- ... el momento en que finalmente encuentras paz y
yo... no te dejará tenerla.
- ¿De qué hablas?- preguntó alejándose instintivamente.-
Antonio la miró desafiante, tomó una pequeña bolsa que llevaba amarrada en el cinto y
se la lanzó a Lea, ésta aún sin comprender qué pasaba la abrió y dejó caer su carga en
la palma de su mano... de todas las cosas que pensaba encontrar jamás imaginó aquella.
Un precioso anillo dorado cayó en su mano, un anillo con el sello imperial de Augusto.
- ¿Y esto?- preguntó sin entender completamente qué pasaba, ese anillo se parecía
mucho al que llevaba en el cuello.-
- Lee la inscripción.
Su corazón se detuvo por unos segundos al leer la inscripción: "A mi sobrino Octavio,
que mi familia te proteja y a los tuyos. Livia.", inmediatamente llevó una mano a
su cuello para comprobar que su anillo seguía allí, y así era, lo arrancó de su cuello
para ver lo que su mente no comprendía ¿cómo era posible que existiera más de un anillo?
- ¿De dónde sacaste esto? ¿A quién lo robaste?
- ¿Robar?- Antonio estalló en risas.- mi madre lo guardaba... era lo único que le
quedaba de sus años pasados, era lo único que la mantenía viva... no el anillo en sí
sino no lo que representaba... ella jamás olvidó lo que le sucedió, jamás me dejaría
olvidarlo...
- ¿¡Qué significa!?- Lea exasperó tirando el anillo que Antonio le había dado,
siguiendo la trayectoria de la joya hasta que se posó en los pies del militar.-
- Yo tenía cinco años y recuerdo que mi padre nos dejó en la ruina, nos abandonó,
abandonó a su familia... yo tenía cinco años y recuerdo a mi madre llorar y sufrir el
desprecio de los suyos. Ese tipo nos dejó a nuestra suerte porque una zorra de las
provincias lo engañó y, y él se dejó engañar... como si este anillo con su magnífica
inscripción fuera suficiente para asegurar una buena vida. Livia dio a su sobrino dos
anillos, uno para su esposa y otro para él...
- ¡Mentira!... no sabes de lo que hablas... ¡¡¡Mentira!!!
- Puedes negar en tu cabeza todo lo que pase... pero yo no estoy aquí por nada,
investigar sobre cierto movimiento revolucionario, contactar a Flavio, dejarlo morir...
era mi voz aquella vez, yo era quien hablaba con tu amigo Flavio...
- Flavio...
- Él tuvo la sutileza de no decir nada y dejar el resto a ti... pero nunca viste más
allá de lo obvio... todo para finalmente acabar con tu vida, pero no, no ahora- movió
su índice de un lado para otro.- primero lo primero... no creas que traicionaré al grupo...
no, no... dirigiré a mis hombres, mataré a Nerón, pero eso no impedirá que
posteriormente te elimine... no después de tanto tiempo, no después de aquella noche...
cuando vi tus ojos y decidí dejarte ir... no valía la pena si no me enfrentaba en
iguales condiciones a ti.
- La noche del incendio...
- Si... recuerdas, tu y tu dichosa madre escapando... Haz lo tuyo, mata a Quinto...
pero antes de que el sol salga yo te mataré.
- Estás loco...
- Toma mi caballo y vuelve donde los Escévolas- dijo sin prestar atención a sus
palabras.- ... piensa un poco... tu sabes, digiere la información que yo tuve que
asimilar a los cinco años.
- No me matas ahora... cuando te conviene... mientes.
- Te dije que espero la igualdad de condiciones, además, tenemos cosas que hacer- se
agachó recogiendo el anillo y poniéndolo en su dedo anular-, tenemos mucho que
conversar. Siempre fue personal, para Fillipo, Nerva, para mi y para ti... hermana.
Lea subió al caballo y abandonó a toda carrera la tranquila colina, dejando a Antonio
con la sensación de tener la victoria en sus manos... estaban destinados a vivir en
conflicto. El error de un hombre señaló sus destino.
Continúa...