EL MONTE PERDIDO VIII

Lane

La conciencia hizo pugna e intentó barrer con su infalible y acostumbrado plumazo la locura en la que me había sumido el último de mis sueños. Aunque a juzgar por lo cruel que fue rendirse a las consecuencias de volver a la realidad y descubrir otra puñetera vez en mi vida que los sueños, malditos sueños, sueños son, decantó indiscutiblemente el término a pesadilla.

- Dios mío...

Había sido tan real. ¡Maldita sea, había sido tan jodidamente real! Y sin embargo, justo en la milésima de segundo en que se me abrieron los ojos de la sorpresa, albergando una temblorosa y frágil esperanza, en lo más profundo de mi inconsciente se encendió la lucecita de la mesilla y la voz cruel del duende que todos tenemos dentro anunció feliz los buenos y maravillosos días de vuelta a la realidad. Casi podía verlo dando un saltito de alegría y chocar sus talones en el aire en una escena tan surrealista como de dibujos animados.

Ofuscada y sintiendo un cosquilleo rabioso en las sienes, me incorporé y cerré los ojos de nuevo, aplastándolos contra mis manos al corroborar que nada había sido real. Sencillamente sábanas revueltas, una habitación a oscuras y un calentón traidor que me había manipulado como una marioneta entre realidad y fantasía. Con un trémulo suspiro liberé la presión en mis ojos y dejé las manos muertas sobre el regazo, distrayéndome momentáneamente con las curiosas lucecitas en la pantalla de proyección de mis párpados que luchaban para volver a proveer de toda visibilidad a mis pobre ojos espachurrados por el arrebato. Y de repente, me inundó el pecho una carcajada.

- Estás como una puñetera cabra, Cooper -me lamenté con diversión, a pesar de todo, incorporándome de la cama y rebuscando en mi maleta una bata.

¿En serio me había puesto tan cachonda una simple fantasía? Por el amor de Dios, aquello era delirante. No es que llegados a aquellas alturas de mi vida el sexo me pareciera tan escandaloso como a la monjita de Aline de hacia apenas un par de años, pero ciertamente nunca había llegado hasta tal extremo.

Oh, bueno, está bien, de acuerdo, quizás me hubiera pasado algo parecido en un par de ocasiones...

Todavía ahora se me sube la sangre como un volcán por el cuello hasta las orejas al recordar el bochornoso episodio en el supermercado de aquel 23 de marzo a las 10 de la mañana. No tenía leche, el día anterior se la fulminaron Elba y Louie cuando vinieron a pasar la noche en mi apartamento. Para ellos era una blasfemia en toda regla comer galletas Oreo sin mojarlas en leche previamente. Y para mí la blasfemia era empezar el día sin un buen tazón de café con leche, así que no tuve más remedio que salir a la calle en post del preciado lácteo si quería seguir siendo fiel a mis más sagrados principios de vida. En todo caso, seguía siendo un típico domingo por la mañana, la buena de Aline saliendo a comprar mientras su hermana y sobrino dormían a la pata ancha en su humilde apartamento. Hasta que llegué a la caja número 7 y al levantar la mirada, a todas luces parecida a la de un zombi en pleno Thriller de Michael Jackson, me encontré con la "nueva y simpática cajera". Se me abrieron tantísimo los párpados y tan rápido que bien podían haberme dado un par de vueltas al lóbulo ocular antes de volver a su sitio correcto.

De hecho, no estoy del todo segura que no lo hicieran...

Era preciosa, simple y llanamente, bellísima. Era el tipo de mujer que obligaba a un hombre (y a más de una mujer) a ponerse derecho y meter barriga. Muy alta, tal vez llegaba al metro ochenta, y rubia, pero no era esa la cuestión. Había algo más, algo que era como un olor, una vibración o... Quizás fuera su aura, de un envolvente y enigmático que aturdían. Era, en pocas palabras, una mujer a la que no se podía dejar de mirar, en la que no se podía dejar de pensar, sobre la que no se podía dejar de especular. El impacto de sus grandes ojos españoles me llegó como una bofetada caliente al igual que hacía un par de días me había propinado el horno al abrir su puertecilla y comprobar que el bizcocho que le estaba haciendo a la abuela ya estaba hecho. Me miró por una milésima de segundo con una leve sonrisa irónica ante mi reacción, aunque no estoy segura de lo que le debí parecer con esa cara de estúpida, quizás le pasara tan a menudo que había llegado a ser inmune tales reacciones de bobalicón y ensayado una y otra vez aquella sonrisa neutra y distantemente complacida. De todos modos, no puedo asegurar mi completa existencia en el mundo de los Mortales durante los segundos en que tardó en pasar todas mis compras por el indentificador láser mientras yo seguía anonadada cual niña pequeña al ver su mágica, deliciosa e imposible piruleta favorita. Quizás incluso ascendí un poco y rocé el Limbo de los hipnotizados.

Qué vergüenza, por amor de Dios...

Desde ese día siempre me ha dado reparo volver a pasar por la caja 7 y, de hecho, he dado mil y un rodeos para ir a cualquier supermercado antes que a ese, a pesar que es el más próximo a mi casa. Pero aun así, nunca hasta esa noche había sentido el peso del deseo o la fascinación tan a flor de piel. Tan intensamente que resultaba casi doloroso.

<¿Sabes como se arregla eso, Cooper?> se carcajeó el duende burlón. <¡Eso se arregla con un buen pol..!>.

Censuré de inmediato sus pensamientos, pero aun así algo más los detuvo al acto. El cuerpo, de pies a cabeza, se me estremeció y tensó cuando mi mano derecha rodeó el pomo de la puerta de la habitación y sentí un cosquilleo apenas perceptible en la palma. Un escalofriante flash back, una fantástica sensación de deja vú. De repente, volví a la primera noche que había pasado en el albergue y pude volver a sentir los delicados dedos de Jane rozar la palma de mi mano en un simple traspaso de llaves. Aferré la mano con todas mis fuerzas y traté de que el efecto no se desvaneciera como el sueño.

La pesadilla, Cooper. La pesadilla.

Eso, la pesadilla. Y en el momento exacto en el que el cosquilleo dio su último ramalazo sensorial en la palma de mi mano, sonreí al abrir la puerta y volver a encontrarme bajo la luz mortecina de la luna en plena media noche. Palpé por instinto las paredes del pasillo mientras avanzaba a tientas hasta donde recordaba había el salón principal del apartamento. No sé como poder expresarlo, ni siquiera sé por donde empezaría si tuviera la más remota intención, pero el caso es que no me sorprendió y al mismo tiempo no me sorprendió encontrarme a Jane recostada cómodamente en el sofá de mayor envergadura, con una copa en la mano y su mirada fija en mí.

- ¿Ahora es cuando dices aquello de "te estaba esperando"?

Su sonrisa fue tan lenta como el suave avance de una llama deslizándose por la superficie de una madera, risueña y peligrosa a la vez. Por instinto, o por lo que a mí ya me parecía rutina, mi corazón saltironeó de contento como antes lo había hecho mi duende. Jane inclinó ligeramente la cabeza y me observó sin ningún tipo de disimulo, a sus plenas anchas mientras yo seguía encaramada al marco de la puerta. De repente me asaltó un temor irracional: "Dios santo, sigo con el pijama puesto, ¿verdad?". Y casi bajo la mirada consternada para confirmarlo de no ser por el férreo convencimiento de no hacerlo, exigiendo volver a la cordura y recordar que el pijama, por más calentón que hubiera sido el sueño ("PE SA DI LLA") seguía exactamente donde me lo puse antes de acostarme.

En silencio, avancé en pleno escrutinio en acto de rebeldía, no queriendo ser del todo el cervatillo asustadizo ante los faros del Mercedes en el que de repente se había convertido Jane con ese ronroneo a medio encender. No, ya no. Como si de un recipiente se tratara mi cuerpo, sentí como un chorro tibio de placidez me inundaba por dentro y con un ligero toque de placer como los sentidos, a todas luces crispados por la repentina presencia de Jane, se adormecían como un bebé abrumado por los vaivenes de una cuna y la cálida mano que la mece. Me senté en el extremo opuesto del largo sofá sintiendo mi cuerpo a años luz de la escena que se estaba desarrollando. No me hubiera sorprendido en absoluto despertar en aquel preciso momento y volver a descubrir que la imaginación volvía a jugarme malas pasadas, porque lo cierto es que más bien me sentía como si fuera un espectador terciario, contemplando con placer la secuencia favorita de su película preferida.

Jane cubría su cuerpo con un ligero pijama de seda color ocre pálido, me pareció a la luz de las llamaradas de la chimenea ante nosotras, y una sencilla bata color canela que se arremolinaba sin envolverla del todo, dejando entrever la fina tira de su camiseta en su hombro derecho. Se había sentado sobre una pierna y dejado colgando la otra por el borde del sofá, moviendo inconscientemente (o quizás con premeditación) el pie desnudo en un compás que se me antojó delirantemente absorbente. Su piel lucía del mismo color del fuego y parecía gozar de un bronceado sano y completamente natural. ¿O realmente lo era? Imitándola sin ni siquiera darme cuenta, lo cierto es no pude evitar pasear la mirada por su cuerpo y mucho menos después de haber soñado con él estrechamente cercano al mío.

Contemplé la larga pierna expuesta, y me distraje con su piel tersa a todas luces sedosa al tacto. No siempre había que probar el chocolate fundido para saber que era sencillamente delicioso. Pero no fui conciente de mi ensimismamiento hasta que me descubrí totalmente anonadada con el pequeño pliegue que se formaba en la parte interna de su codo, el cual levantaba en angulo recto para sujetar en alto la copa. Sin darme cuenta, relamí por dentro mis labios pensando en lo mucho que me gustaría rozar con ellos esa zona frágil y tierna. O tal vez con la punta de la lengua.

Al fin alcé la mirada y me perdí en la suya, con matices inconfundiblemente divertidos. Sin embargo, no me acabó de gustar aquella mirada. Me recordaba demasiado a la mirada de la cajera, ensayada y neutra. Distante y, hasta incluso, cansada y aburrida.

- La verdad es que sí te estaba esperando -murmuró tras llevarse la copa de lo que me pareció vino a los labios y apenas sorber líquido.

Subí las piernas al sofá y las abracé sonriendo con satisfacción ante el comentario, que me sonó sospechosamente sincero a pesar de la supuesta burla subyacente en aquella mirada. No me había dado cuenta de lo fríos que tenía los pies hasta que la suave tela del mullido sofá casi los engulló y calentó.

- Siento decirte que esta vez me he dejado las cartas en York.

Jane rió con profundidad en su pecho un par de carcajadas sordas, como si lo hubiera hecho dentro de una habitación insonorizada amortiguándolas, y luego dejó con lentitud la copa en una pequeña mesilla delante del sofá, gesto que hizo que la bata se le resbalara y su único hombro expuesto se cubriera con sencillez. Se recostó de lado y apoyó un brazo en el respaldo del sofá, quizás para tener una mejor perspectiva de mí supuse. O quizás sólo se trataba de comodidad.

- Lo cierto es que aún tenemos pendiente una lectura de cartas, si mal no recuerdo -sonrió de nuevo y suspiró lánguidamente, desechando el humor por un segundo.

- Sí, aunque no hace falta ser ninguna pitonisa para saber como te irán las cosas, dado lo bien que pareces llevar tu vida hasta ahora.

Jane enarcó las cejas con curiosidad y se inclinó un poco más hacia delante.

- ¿Eso crees? -entornó ligeramente los ojos y me miró momentáneamente con lo que me pareció reproche, aunque por lo visto procuró disimularlo con otra de aquellas enigmáticas sonrisas casi irónicas-. ¿Crees que por tener un piso como este y un trabajo estable, las cosas me van bien?

- Bueno, ¿y qué otra cosa habría que pensar, si no? -repuse con evidencia.

Jane volvió a recostarse y murmuró algo ensanchando su sonrisa, que parecía un poco más real que las demás. Por primera vez. De repente, y también como un flash back, recordé la escueta discusión que habíamos tenido en el albergue apenas 12 horas atrás. ¿Realmente había ocurrido? A juzgar por el aspecto y conducta de Jane, una de dos: o realmente era una persona de fácil reconciliación o sencillamente había decidido desterrar de su mente aquel encontronazo y volver a empezar de cero.

Y la idea, más que acertada, me pareció una bendición de Dios.

También en ese momento me di cuenta de algo sorprendente: hasta entonces, no recordaba haber estado tan a gusto en presencia de Jane. Parecía que el adormecimiento momentáneo de mis sentimientos había ayudado. Agradecía infinitamente poder hablarle sin las estupideces de una adolescente enamorada ante su príncipe azul, con todo aquel arsenal de reacciones absurdas e injustificables, balbuceos y meteduras de para. Oh, y por el amor de dios, sin esos malditos calores y puñeteros sonrojos entrometiéndose comentario sí, comentario también.

- ¿Y qué hay de ti? -preguntó Jane, quien parecía gozar igualmente de la comodidad recién establecida-. ¿Te van bien las cosas?

- Bueno, no me quejo. Trabajo de lo que quiero en el lugar donde quiero. Supongo que eso tendría que valer.

- ¿Y vale?

<¿Y vale?> repetí mentalmente.

Toqueteé los dedos de mis pies mientras pensaba en ello por centésima vez en lo que iba de año. Lo cierto era que sí que estaba muy bien donde estaba trabajando, un pueblecito tranquilo, lectura diaria, clientes fieles y con verdadero interés literario, largas horas de charla realmente sustancial. Y luego estaba lo próxima que estaba de los que verdaderamente consideraba como los míos. A dos pasos, literalmente.

Pero...

Últimamente, siempre surgía ese dichoso "pero" cada vez que recapacitaba en la vida que estaba llevando. Y eso era un verdadero fastidio. ¿Habían cambiado tanto mis prioridades de vida como para encontrar todo lo que había logrado y valorado tantísimo el día en que lo conseguí repentinamente tan insustancial? ¿Inocuo?

- Supongo que hasta hace muy poco sí valía -le confesé a los dedos de mis pies, más que a nadie.

- Entonces acabas de responderte a ti misma -repuso suavemente Jane.

La miré un poco descolocada al principio, sin atinar en sus verdaderas palabras. En su significado, a fin de cuentas. Hasta que extendió los brazos y abarcó sin dejar de mirarme todo cuanto abastecía a su alrededor. Mordí mi labio inferior por dentro achicando los ojos.

¿Sentía lo mismo Jane acerca de su propia vida? ¿Haber logrado todo aquello que se propuso en la vida para luego encontrarse buceando en un mar de innecesidades? ¿Absurdidades?

Antes de que pudiera decir nada, Jane se me adelantó.

- La verdad es que no siempre lo que deseas en un principio es lo que acabas deseando al final. Recuerdo una vez, cuando apenas tendría 10 años, que me emperré en que Ben me comprara un bate de béisbol que había salido nuevo en el mercado. Ya, pensarás: vaya criaturada -Jane sonrió con sorna antes de proseguir-. Pero en fin, todos hemos tenido la época "'¡quiero uno, quiero uno, quiero uno!", ¿verdad?

Sonreí asintiendo mientras me dejaba envolver por la dulce atracción de su voz acaramelada, apenas un murmullo en la noche, parecía el suave crepitar de una hoguera en mitad del silencio de un bosque, una débil corriente marina en plena sesión de buceo.

- Ben me propuso que me lo comprara yo misma con mi propio dinero. Evidentemente, por aquel entonces yo no veía un centavo ni por asomo. Así que después de ayudar en un sinfín de tareas domésticas y... no tan domésticas, conseguí reunir el dinero suficiente para el bate de béisbol con el que apenas 7 meses antes soñaba todas las noches.

Hizo una ligera pausa acariciándose la rodilla doblada e hizo una extraña mueca que no supe del todo si era de autoburla o autocompasión.

- El problema es que cuando lo pude comprar, el equipo infantil de béisbol al que quería entrar, aunque fuera callejero y de barrio, ya se había completado. "No hay más plazas, Dowie, demasiado tarde" me dijo el padre de Charlie Hanlon, quien se ocupaba más que por diversión por ocupar su demasiado tiempo libre de jubilación a organizar campeonatos con los equipos de otros barrios.

Meneó la cabeza con las cejas en alto. Pese a su tono de voz sereno y casi adormilado, el lenguaje corporal del Jane sufrió un significativo cambio que no me pasó inadvertido: su espalda ya no tocaba casi el apoyadero de brazos del sofá en actitud relajada, la mano que acariciaba su rodilla había empezado a oprimirla distrayendo a Jane con los redondeles pálidos que dejaban sus dedos, observando como lentamente volvían a rellenarse del color sureño que lucía su piel. Y lo más revelador: Jane ya no me miraba, si no que parecía absorbida en la simpleza de aquellos redondeles. Fue entonces cuando me di cuenta de que aquella historia, más que una anécdota, probablemente era un trocito muy significativo de la infancia de Jane que, por lo que fuera, había decidido compartir conmigo. Al igual que hacía años, sin apenas conocernos, había sentido la necesidad de contarme lo de la separación de sus padres. A primera instancia y en superficialidad, la anécdota parecía simple, un mero recuerdo explicativo. Pero sabía que nada de lo que saliera de la boca de Jane era banal, simplista, de relleno.

Por la razón que fuera, estaba totalmente segura de ello.

- De todos modos, incluso mientras le estaba diciendo a aquel hombre que ya podía ser miembro del equipo porque tenía bate y guante, me di cuenta de que en realidad ya no quería entrar. Sólo habían pasado 7 meses, y mis prioridades ya habían cambiado, ¿te das cuenta? -y entonces me lanzó una mirada tan impropia de lo que me esperaba de ella, de la Jane de hierro inabarcable y casi inhumana, tan atónita e infantil que casi se me rompe el corazón-. ¡Imagínate como deben cambiar en cuestión de años! -murmuró volviendo a menear la cabeza en ademán perdido.

Fue exactamente por eso, por aquel sutil gesto de derrota, que supe de inmediato porque Jane había decidido contarme aquello. O al menos lo intuí. Aun así decidí arriesgarme.

- Jane -susurré con cautela.

- Dime.

- Has visto a ese hombre, al padre de tu amigo, en el albergue, ¿verdad?

Jane se me quedó mirando durante un lapsos de tiempo que me veo incapaz de definir y luego parpadeó confusa y con el entrecejo lentamente frunciéndose. Entornó los ojos, parecía estar analizándome con profundidad, pero a diferencia de la vez anterior, ahora parecía evaluar cuán peligrosa podía serle. O tal vez sólo estuviera intentando adivinar qué marca de rimel usaba.

<Sí, claro, cariño> una voz interior, que no se parecía en nada a la del duendecillo, suspiró exasperada. <El rimel, claro. Será eso>.

Empezaba a sentirme realmente incómoda y a pensar que verdaderamente había metido la pata hasta el fondo. Jane parecía sumida en un trance letargoso, a muchos kilómetros de aquel salón y, desde luego, a muchos kilómetros de mi pregunta. Me incliné hacia delante e hice lo primero que se me ocurrió para devolverla a la tierra: agarré su mano, apartándola un poco de su rodilla, y se la apreté con suavidad. Estaba fría como un témpano de hielo.

- Jane, ¿estás bi...?

- ¿Cómo lo has sabido? -me interrumpió, soltándose de mi mano.

- No lo sé -me retiré un poco, sintiendo con extraordinaria claridad como me adentraba poco a poco en arenas movedizas-. No pretendía molestarte, de verdad. Solo...

- ¿No lo sabes? -Jane, si cabe, frunció más el ceño, aunque no parecía un gesto de enfado, sino más bien de confusión y perplejidad-. ¿Cómo que no lo sabes? ¿Vas haciendo preguntas por ahí sin saber por qué muy a menudo?

- No es eso -me defendí algo aturdida por la reacción que, sin duda, ya no me parecía muy acorde con la Jane de apenas hacía 5 minutos-. ¿Es que he dicho algo malo?

- No -repuso, aunque tardó un significativo espacio de tiempo en hacerlo.

Nos quedamos un rato en silencio. Un insufrible y agonizante rato en silencio. Aquello no hizo más que aumentar las inquietudes que empezaba a albergar en torno a todo aquel asunto del albergue. No fue el espectáculo de terror barato que montó Ben aquella misma mañana, que sin duda alertaría a cualquiera con dos dedos de frente. Fue la actitud defensiva y apática que me acababa de demostrar Jane la que me hizo reaccionar por completo. Y la reacción fue simple: miedo. Aunque leve y casi imperceptible al principio, poco a poco empezó a enriquecerse cuanto más tiempo en aquel duro silencio permanecíamos.

- Jane -la llamé con temblor en la voz, cosa que no me sorprendió del todo, quizás tan sólo para librarme del aplastante silencio.

Cuando levanté la mirada, que había vuelto a bajar a mis pies por prudencia y escrupulosidad, escondiéndome de la de Jane, descubrí con alivio que su mirada desconfiada y cautelosa había dado paso a una que desde luego parecía mucho más amistosa. Y así lo corroboré cuando Jane hizo un intento de sonrisa para quitar espesor al ambiente repentinamente tenso.

- Lo siento, Aline. Supongo que todo este asunto también me ha afectado de algún modo. No es que sea de piedra, pero desde luego no soy tan sensible como Ben.

Amén, pensé sonriendo un poco.

Sólo un poco.

Jane exhaló casi de forma imperceptible y su sonrisa pareció extenderse hacia sus ojos, haciéndola mucho más auténtica.

- Al final me vas a hacer creer que quizás sí que sea cierto que tienes un don. Por un momento me has dado hasta miedo, creía que realmente me habías leído la mente.

<¿Y realmente, realmente Jane, no lo he hecho?> me descubrí rebatiendo mentalmente. Aparté el desvarío de inmediato.

- No, que va -deseché, agradecida por el cambio de rumbo de la conversación-. Mi abuela sí que hace esas cosas, es espeluznante, créeme. No se le escapa ni una... Un día le bastó con mirarme para saber que había sido yo de entre todos mis primos y primas quien había pegado un dedazo en la tarta de cumpleaños de mi hermana.

Y de nuevo advertí ese parpadeo, ese "clic" en el lenguaje corporal de Jane. Soltó una carcajada risueña y apoyó la cabeza en su brazo en alto, mirándome con serenidad, relajada. Casi podría decirse que con complicidad.

Casi.

- ¡No te rías, en serio que es horripilante! Louie suele decir que en una sala llena de señoritos, si se tiraran un pedo, mi abuela sabría en un parpadeo quien habría sido el guarrindongo. Además, es imposible jugar con ella a cartas, sencillamente imposible. Y te juro que he revisado su baraja una y otra vez en busca de cualquier señal que le pueda advertir sobre cual es cual. Pero nada, incluso jugando con una baraja nueva, sabe perfectamente cuales son tus cartas. ¡Incluso la jugada que estás pensando hacer!

Jane subió su pierna colgante mientras reía abiertamente y la estiró sobre el sofá, aproximando su pie a los míos. Aunque seguramente sin darse cuenta.

- ¿En serio? Dios mío, entonces nos podría resultar de mucha ayuda para la reunión de mañana -propuso, aunque con todo el risueño del mundo-. ¿Te imaginas? La pandilla cazafantasmas, capitaneada por la abuela lee mentes, el terror de todo ludópata.

Dios mío, ¿cómo podía dar aquellos tumbos de humor tan drásticos sin apenas marearse ella misma? Me fascinó casi con solemnidad el vapuleado carácter que parecía tener Jane, una facilidad de pasar de negro a blanco tan pasmosa que no parecía ni siquiera humana. Si no fuera porque lo había visto con mis propios ojos, si Jane hubiera reaccionado de igual modo en un plató de televisión de reallity show, sin duda y como todo espectador habría sospechado que todo aquello era un montaje, que todo estaba planeado. Ciertamente, parecía un caso de doble personalidad, a juzgar con malicia. Aunque yo prefería pensar que, aun arriesgándome a ser llamada ingenua o incluso tontainas, Jane tan sólo se estaba reprimiendo, disculpándose de una forma más profunda que con palabras por su anterior reacción casi injustificable.

Y aquello me gustó y a la vez me entristeció.

Por un lado demostraba un arrepentimiento más sincero y, por ende, un respeto hacia a mí que sin duda yo valoraba cual tesoro para un pirata Barba Blanca. Pero por otro, aquel cambio brusco de matiz, de rumbo, sólo demostraba un distanciamiento de confianza demasiado evidente. El momento de las confesiones había desaparecido, se había esfumado. La máscara se había vuelto a alzar y tenía la inquietante y nada agradable sensación de que la Jane que se la había vuelto a enmascarar, en el fondo, había cambiado su forma de verme. Que, de algún modo, no le había gustado en absoluto que hubiera percibido con tan aparente facilidad unos temores que a todas luces quería salvaguardar. Sospechaba que ahora, para Jane, ya no era una confidente potencial, sino una posible enemiga si decidía mal usar la información que le acababa de sonsacar sin previo aviso. Incluso podría pensar que, más que sonsacar, se la había literalmente robado.

- ¿Puedo hacerte una pregunta, Aline?

Desde luego, si es que existían verdaderamente unas palabras mágicas para desencantarme, Jane acababa de descubrirlas con todas las de la ley. Todos mis censores, supuestamente dormidos hasta entonces, se agitaron y pusieron de punta el vello de mi nuca. No es que tuviera nada que ocultarle, pero irónicamente era como repentinamente me sentí: como un ladrón pillado de infraganti, exactamente lo que sentí cuando mi abuela se inclinó hacia mí y sonrió con malicia antes de susurrarme de forma tenebrosa en el oído que para mí, aquella tarde de cumpleaños, ya se me habían acabado los pasteles y comilongas. De todas formas, creo que fue porque el tono que empleó Jane junto con aquella mirada entre burlona e inflexible, se pareció asombrosamente a la de mi abuela.

- Claro... -titubeé, intentando ocultar mi repentino nerviosismo-. Dispara.

De nuevo, Jane hizo una pausa exasperante de aquellas que, de haberse tratado de un serial o culebrón, hacían llover las uñas de cualquier teleespectador. Inspiré con profundidad y reprimí el ferviente impulso de comerme las uñas, efectivamente, cerrando las manos en puños prietos y casi de piedra. La sensación de haber sido descubierta, fuera lo que fuese que había hecho, se intensificó de forma alarmante cuando Jane ahondó la mirada y los rasgos de sus casi dulces facciones hasta entonces se endurecieron y adquirieron una inquietante severidad. Una mirada que duró un segundo, antes de convertirse en una tan casual que incluso podría confundirse con desinterés.

Sin embargo, mi corazón martilleó ensordecedoramente hasta sentírmelo en las sienes y en los puños de las manos.

- ¿Por qué no llamaste?

¡Santo dios, que porqué no llamé!

De haber podido apretar el botón de pause y congelar la escena e incluso a Jane mismo, hubiera soltado un profundo suspiro de alivio e incluso soltado alguna que otra carcajada histérica cuando hubiera sentido que el alma me volvía al cuerpo.

<¡Maldita sea, Cooper, quieres tranquilizarte de una vez!>

En aquel momento me sentí incluso hipócrita conmigo misma. Había sido capaz de tachar a Jane con doble personalidad, y mira cómo me estaba comportando yo. "¿Qué hay de ti, monada? ¿Te estás viendo?". Pues claro que me estaba viendo, hacía apenas un suspiro estaba sorprendiéndome a mi misma al descubrirme tan a gusto con Jane, casi con los sentidos adormilados, y ahora me ponía la crin como un gato aterrorizado de miedo tan sólo por una inofensiva e inocente pregunta.

¿Pero cuán inofensiva e inocente era dada la momentánea aunque inequívoca mirada recelosa de Jane? De nuevo, me sentí como un diminuto escorpión moviéndose entre arenas movedizas, dónde era tan sencillo dar un paso en falso y ahogarse como dar el paso adecuado y salirse airoso. Tan pero que tan fácil. Bajé la mirada al recordar el bochornoso espectáculo que le había montado en la colina del monte, delante del albergue. Y también recordé la mirada de odio que le había arrancado a Jane. Porque eso era exactamente lo que había provocado, remover con aguijón una herida que ni siquiera sabía existía.

Que ni siquiera podía creerme que existiera.

- Escucha, Jane, siento todo lo que...

- Sólo responde.

"... o besado los labios equivocados..." tronaron las palabras resentidas de Jane en mi mente, y por primera vez pareció que en mi interior yo misma hubiera provocado un "clic", ese parpadeo, una venda que caía de los ojos, y de repente lo vi todo con una claridad tan profunda que resultaba dolorosamente cegadora.

Había mal interpretado a Jane deliberadamente, dándole en mi angosta imaginación caracteres frívolos, malévolos, y todo por el resquemor de suponerme no correspondida. Que había sido una arrogante, una estúpida engreída, al pensar que todo el mal que sentí lo había provocado ella, no yo. La mala era ella, no yo. Pero lo cierto es que Jane no me había hecho absolutamente nada, y quizás eso era lo que a mí me molestaba. Me enfurecía. Preferí engañarme a mi misma y disfrazarme de corderito degollado y enamorado en manos de la siniestra señora de corazón de hierro, antes de observar con objetividad la situación y darme cuenta que, de hecho, Jane me había dado mucho más de lo que yo le había dado a ella. Y aun así, yo seguía en mis trece, ignorando su afecto porque sencillamente no era del tipo que yo quería. Menospreciándolo, de hecho.

¡Qué idiota había sido! ¡Qué ciega había estado!

¡Dios bendito, si por darme hasta me había dado su número de teléfono y por demostrarme, en aquel instante mismo me estaba diciendo, casi chillando con el disimulo amargo de su mirada, que no había sido un acto banal, sino tan simbólico como lo era el amor que yo misma le profesaba a ella!

¿Por qué, entonces, me había sepultado tanto en aquel amor platónico? Muy fácil, porque en ningún momento le di la más remota posibilidad a que fuera un amor correspondido. Me había parecido una idea tan, pero que tan, imposible que sencillamente no la había ni incluido en la baraja de posibilidades. Y entonces me había sumido yo solita en el desespero tormentoso del trovador medieval, aquel amante silencioso de corazón robado y maltrecho que cantaba en plena noche serenatas clandestinas y formaba versos de amor de la nada para su amada, quien lo escuchaba en lo alto de su balcón con aparente desinterés, vuelta de espaldas y mirando hacia el interior de la estancia para que nadie los descubriera. Gesto que el trovador, mártir hasta en las tártaras, no justificaba como vigilancia, sino como una prueba más del desprecio de su amada, resaltando así la índole de su relación: secreta, inabarcable, clandestina y, por supuestísimo, platónica e imposible.

Consternada por mi ineptitud y avergonzándome del egoísmo con el que había tratado todo aquel asunto, sin tener en ningún momento en cuenta los sentimientos de aquella de la que yo me quejaba que no tomaba en consideración los míos, un huracán de culpabilidad me azotó el pecho y me anudó la garganta.

- Tenía miedo... -me descubrí confesando en un especie de sollozo que bien podía haber pasado por un jadeo.

- ¿Miedo de qué, Aline? -preguntó con voz delicada, quizás dándose cuenta de lo repentinamente afectaba que yo parecía.

Me hervía el alma. Me sentía con la arena hasta el cuello y un quemazón profundo en el corazón que, si bien no trataba el tema con la suficiente pulcritud y delicadeza, podría abrirse no como una herida sino como una verdadera brecha. Había mucho en juego, sabía cuanto por mi parte. ¿Pero cuánto estaba arriesgando Jane?

- Hay veces que... que por más tiempo que pase, por mas cosas que vivas, veas o sientas, hay... hay veces que sencillamente lo que deseas en un principio, sigues deseándolo al final.

Jane guardó silencio, estaba dándome tiempo para responder con las palabras adecuadas. Sin embargo, aun no me atrevía a apartar la mirada de mis pies y no estaba realmente segura de qué quería decirle o a donde quería llegar con todo aquello. La palabras parecían, asombrosamente, tomar vida propia y encadenarse en frases que unas manos gigantes confeccionaban. Unas manos que no estaban en mi mente. Unas manos que escapaban completamente a mi autocontrol.

- Y eso da mucho miedo, ¿sabes? Porque, no sé... Quiero decir, ¿y si te estás equivocando? Y si... ¿y si lo arriesgas todo a un caballo? Puede darte una patada y mandar a la mierda años y años de tu vida. No hay garantías, y eso es lo que... -suspiré, perdida completamente-. Es mucha responsabilidad, de repente te encuentras apostándolo todo a una carta y ni siquiera has tenido tiempo de pensar qué te ha hecho sentir que esa carta es la elegida, la verdadera, la... la ganadora -meneé la cabeza con desespero cansado-. ¿Pero y si no lo es?

Me pasé una mano por el pelo, apartándomelo. Tenía calor, sabía que me estaba sofocando, sonrojando, arriesgándolo todo de una maldita vez a una carta. Una oportunidad. Y era esta, sabía que era ahora o nunca.

- Tenía miedo de lo que...

La voz se me atragantó y me cubrí el rostro con las manos, a punto de echarme a llorar sencillamente porque me sentía abrumada por la emoción, sobrecargada como un rayo cargaría a una diminuta pila alcalina.

<Ahora, Cooper, ahora o nunca>.

- Oh, dios mío, tenía miedo de lo que estaba sintiendo -y dicho lo cual, todo salió de carrerilla sin apenas un titubeo para respirar-. Pero no me atreví a apostar, ¿sabes? Porque... porque, no sé. Porque supongo que soy una cobarde, porque todo me venía tan de nuevo que... Santo dios, si apenas sabía qué hacer con todo lo que sentía, me veía incapaz de hacérmelas con todo lo que sentiría si arriesgaba y fracasaba. A veces deseaba arrancarme el corazón y dejar de una maldita vez de sentirme tan perdida, tan sola en... en lo que me parecía un mar tan tormentoso que me causaba pavor tan solo de pensar en ello. ¿Y lo que decías del tiempo? Pues no, definitivamente conmigo eso del paso del tiempo no funciona. No amansa para nada a la fiera que a mi me parecía que me había crecido dentro. Eso es... Una fiera, un animal, una bestia a la que a penas podía controlar a distancia y sin una maldita noticia tuya. Contacto cero.

- Aline.

- Un monstruo que me ha vuelto engreída y necia, que me ha cegado tanto como para poner mi bienestar antes que tener en cuenta el tuyo. No quería acercarme más a ti, Jane, porque si me había acercado tan poco y habías causado tal terremoto en mi interior, ¿qué pasaba si me acercaba más y descubría que, como ya pensaba, estaba sola en el sentimiento? ¿Sola con la bestia?

No sabía exactamente cuando había empezado a llorar, pero lo cierto es que no fue ningún impedimento para proseguir en mi envalentonada cháchara.

- ¿Sabes? He escrito muchas cosas malas de ti. Bueno, de ti exactamente quizás no. De la Jane que a mí me parecía que eras. Me lamentaba, y eso es asqueroso. Porque me lamentaba de algo que en realidad no había ocurrido. Supongo que he llegado a idolatrarte tanto que... al final resultaba doloroso incluso pensar en ti.

- Aline.

- Sí, lo digo en serio, me apabullaba tantísimo todo lo que sentía, que preferí distorsionar tu carácter y convertirte en alguien... en alguien odioso. Sí, eso, como me hacía tanto daño quererte, quise odiarte. Y como nunca me has dado un sólo motivo, pues me los inventé. Y supongo que de tanto decirlo, al final me lo acabé creyendo. Y por eso cuando ayer te vi y me...

- Aline...

- ¡Si ya lo sé! Oh, Dios mío, es que lo sé, seguro que ahora piensas que realmente soy un monstruo. O cuanto menos una tarada mental que se monta películas hasta de una hormiga que le pasa por delante y que...

Fue tan inesperado, estaba tan sumida en mi discurso fatalista, tan absorbida por la profundidad de mi desesperación para contarle todo a Jane, pero contarle todo de forma entendible, que tardé unos instantes en coger aire y saber qué estaba pasando. Me quedé estupefacta y desorientada, pero una caricia en la mejilla derecha volvió a colocar el mundo en su sitio. Me descubrí con el rostro lloroso entre las manos de Jane y con los ojos como platos cuando fui conciente de sus labios sobre los míos. Aquello no era un sueño, santo dios bendito y madre de dios benegloriosa, que no fuera un sueño.

Jane se apartó lentamente y entonces se me encogió el corazón al escuchar el eco que el chasquido de nuestro beso fluctuó en el aire al separase nuestros labios. Parecía tan lejano, incluso fantasmal que rápidamente parpadeé, en un intento desesperado por verificar que al cerrar los ojos y volverlos a abrir, Jane seguiría delante de mí, mirándome entre perdida y reencontrada a la vez. Dios mío, quizás estaba igual o más perdida que yo. Su semblante parecía impasible, casi serio, pero su rictus parecía luchar contra una sonrisa que tenía dificultades para darse a descubrir.

Aquello, pese al caos mental en el que debía estar, me hizo tanta gracia que no pude evitar echarme a reír.

- Por el amor de Dios, Jane, acabo de decirte que te quiero y me acabas de besar. ¿En serio te estoy viendo disimular una sonrisa?

Jane sonrió al fin y dejó caer su frente en mi pecho para amortiguar las risas que también a ella se le escapaban.

<¿Ves qué fácil era?>

La abracé y quedamos tumbadas en el sofá. Si antes me había parecido estar de pilas sobrecargadas, ahora sencillamente me salían chispitas de cada punta del pelo. Ya no era la pila, me había convertido en el rayo en persona. Me sentía gloriosa, valiente, incluso heroica. Había dado el paso de gigante al que tanto había temido durante todos aquellos años y había salido vivita y coleando.

Ahora era el turno de Jane, ahora tocaba escuchar su parte de la historia. O al menos, eso es lo que yo más ansiaba.

<Mentira, lo que más estás deseando es volverla a b...>.

Besé su coronilla con una sonrisa e inspiré con satisfacción el perfume de su cabello. Sentí a Jane tomar aliento y me preparé entonces para escuchar qué había ocurrido en el negativo de mi historia.

Inconscientemente, yo también tomé aliento para afrontarlo. Aunque, de hecho, aun me costaba creer que todo aquello no fuera un sueño...

Continuará...


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