EL MONTE PERDIDO VII

Lane

Cuando mi hermana y yo éramos pequeñas solíamos jugar con nuestras Barbies y Kens. Su amor era siempre a primera vista y verdadero, dichoso en su eternidad. No había concesiones para los amores que se rompían, amores de segunda oportunidad, amores que fracasaban sin empezar, que se intermitían. No, nuestros dos pequeños tortolitos de plástico fino eran almas gemelas desde el primer día en que salían de nuestras cajas de regalo de navidad o cumpleaños y su amor perduraba "hasta el infinito y más allá" mientras nosotras comíamos golosas y alegremente infantiles sus perdices, dada la resistencia de sus boquitas de labios pegados a abrirse.

Por aquel entonces, soñábamos con príncipes azules cuando mirábamos embobadas como el de la Bella Durmiente se dejaba valerosamente el pellejo con aquella bestia de dragón y ganaba la batalla y el amor de la doncella soñolienta. O con Peter Pan cuando una Wendy enamorada cosía sombras en sus zapatos mientras él la miraba picaron en su medio vuelo. Robbyn Hood y su infalible arco también asaltaba nuestros sueños despiertos. Sobretodo los de mi hermana que lo llegó a idealizar de tal modo que se pasó buena parte de su infancia vestida de princesa con orejas de zorro, mientras apretaba contra su pecho liso una foto enmarcada del susodicho holgazán Roba Ricos - Alma de Pobres.

En eso precisamente pensaba, en mi hermana sonriendo como solo la ingenuidad de los sueños de la infancia te hace sonreír, cuando volví a incorporarme al grupo. Los Rice ya habían hecho acto de presencia y fue entonces cuando me pregunté durante cuanto rato había estado yo absorta en el Monte Perdido para ni siquiera haber oído sus voces de salutación o bienvenida.

Mi particular Príncipe Azul supongo que había sido lo suficientemente contundente como para evadirme de tal forma.

- Hola, Quitina -me saludó Carl como solía hacerlo mi abuela, cosa que me sorprendió, aunque ínfimamente dado el sopor emocional en el que aun seguía yo flotando.

Carl seguía exactamente igual que siempre pero lo primero que advertí fue el distanciamiento que había entre él y Jennifer. Lo segundo en lo que pensé es que era más que seguro que se hubieran divorciado. Lo supe del cierto cuando observé a lo lejos el inequívoco vínculo que se estableció entre Anny y Louie al saludarse y ponerse al tanto de la noticia. Los bracitos de Anny se entrecruzaron tímidamente en la espalda de Louie mientras este le susurraba algo con extraordinaria serenidad.

Empecé a odiar a Disney, tan queridísimo por las pequeñas hermanas Cooper, y su estúpido mundo ideal de amores ridículamente eternos. ¿Dónde estaban esos en la vida real? Oh, por el amor de Dios, ¿cómo podían ser tan crueles de presentarles el amor a los niños a tan alto nivel de fantasía y eternidad, ponerles el listón tan alto, para darles después el tortazo de su vida al ver como la vida real resquebrajaba sus más tiernos e inocentes sentimientos de amor la primera vez que se daban cuenta que entre un alumno y una profesora no podía existir nada que tuviera que ver con la devoción conjunta que se profesaban el príncipe Felipe y la Cenicienta?

Contemplé a Jenny, entonces, y una vez más me costó reconocerla. Había engordado por lo menos 20 quilos. Quizás más. Se había abandonado descaradamente. Su cabello, resignado, se recogía en una insípida cola de caballo de un rojizo ceniza carente de brillo. Más bien parecía tan opaco como el propio color sin vida del albergue. Aunque lo que realmente me llegó a conmocionar fueron las lagañas sucias y de un verde casi mohoso que anidaban la mirada de Jenny, cuya existencia parecía ignorar, cuando se acercó a saludarme y sus ojos me transmitieron con un solo cruce de miradas que nunca más podrían dejar de ser acuosos. Sencillamente se habían vuelto alérgicos al llanto. A cualquiera razón para llorar.

Jennifer-ex-Rice nunca más volvería a ser feliz.

Suspiré y me senté junto a Anny cuando también me saludó, cogida de la mano reconfortante del caballeroso y protector de mi sobrino, quien me dirigió una mirada afligida para luego volverse a perder en el perfil del rostro de su amada en reciente desdicha. Le froté la espalda y no pude evitar darme cuenta de cómo y cuanto se había desarrollado su cuerpecito. Desde luego, una separación en mitad de la adolescencia era lo último que necesitaba Anny recién estrenada en el mundo de los complejos, quien advertí que encorvaba un poco más de lo normal la espalda para disimular de alguna manera sus aun diminutos pero incipientes pechos.

Ah, la adolescencia...

Anny sin duda fue quien debió provocar el sutil aunque irremediable oleaje de recuerdos de la mía propia cuando erré la mirada por centésima vez hacia las lejanías del monte. Recordé en especial un jueves en el parque de detrás de la escuela donde los chicos más populares y rebeldes se reunían para fumar y hablar de cosas prohibidas. El día que descubrí que definitivamente ya no era una niña fue aquel jueves en el que dejé de observarlos con admiración, con aquel cosquilleo en el estómago por estar haciendo tal desobediencia, y me apeteció a mi misma unirme a ellos. Aunque, por supuesto, Aline Cooper, una Cooper, nunca sería capaz de merodear por tan tentadoras y desorientadas desviaciones de la norma. De la correcta norma. Del "buen camino". Del "único" camino.

Mi abuela nunca me lo perdonaría. El solo hecho de enfrentarse a ella ya era suficiente como para despejarme la cabeza de fantasmas y diablillos descarriados.

- Hay que tener cuidado , chicos -nos advirtió Ben, sentándose junto a nosotros con aires confidenciales, dejando al resto de los presentes a un lado, casi como si nos estuviera contando un secreto sublime, una pista crucial.

- ¿Con qué? -preguntó Louie, de repente muy interesado.

Y quizás no era para menos.

- Con el albergue, Louie, con él...

Recuerdo que en ese momento, advirtiendo el cansancio también tan evidente con el que Ben parecía cargar, pensé que tenía que dejarme de tonterías sentimentales, de distracciones banales. Habíamos vuelto al monte por una razón mucho mayor y desde luego más importante que las de volver al pasado tortuoso de mi corazón, de todo cuanto tuviera que decir o sentir sobre y acerca de Jane. Creo que fue entonces, y solo entonces, cuando tome conciencia de la gravedad y extravagancia de todo aquello.

- Cuando os hemos insinuado que está como vivo, no iba en coña, ¿sabéis? -Ben se pasó una mano por el pelo un tanto canoso ya, evidenciando su incomodidad-. Yo he estado ahí dentro, he estado ahí, joder. Lo he sentido, juega contigo -nos señaló para dar más énfasis a sus palabras con mano temblorosa y casi retrocedimos los tres inconscientemente-. Mira, me sabe mal porque vosotros dos sois demasiado jóvenes para vivir esto. Maldita sea, todo el mundo lo es -exhaló-. Nadie está preparado para lo que hay ahí dentro.

- Ben, ¿de qué estás hablando? -interrumpí su cháchara fatalista, que ciertamente ya estaba poniéndonos los pelos de punta.

- De mis padres, Aline, de ellos. ¿Tu sabes lo que es tener que enfrentarme a sus espíritus?

- Yo no creo en eso -saltó Anny, escéptica.

- Yo tampoco lo hacía hasta que los tuve a dos malditas narices de mí.

- Ben, y no habéis pensado que...

- ¿Alucinaciones? -Ben se echó a reír, pero nunca creo que su risa me resultara más desagradable que en aquel instante casi de desvarío-. Hemos ido a hacernos una revisión general tanto yo como Jane cada vez que hemos intentado entrar y después salir de ese jodido teatro de muertos -explicó casi a modo de chiste.

Pero a ninguno de los tres nos hizo la menor gracia.

- ¿Y para qué crees que nos habrán reunido? -pregunté desviando un poco el tema, dado el creciente nerviosismo y casi histeria en el que Ben poco a poco se iba sumiendo-. ¿Qué demonios es eso de "La reunión de los elegidos"?

- Lo sé, lo sé... -esta vez Ben se rascó toda la cabeza por completo, casi con la desesperación de un leproso o infestado de prurito, y luego la apoyó en sus manos inquietas, mirando la hierba que aplastaba con sus camperas de gigante-. Hemos estado pensando en eso, lo único que tenemos en común fueron esas dos veces que coincidimos en el albergue. Pero ¿qué sentido tiene? -hizo una mueca de repudio, casi como si le enfermara recordar esos tiempos en concreto-. No pasó nada en especial...

- ¿Te parece poco un accidente de tráfico? -se molestó Anny, sorprendiéndonos a Louie y a mí, que la miramos con ojos renovados.

- Ya, pero ¿qué tendría que ver eso para que ahora el fantasma de mi padre atormente el albergue?

- Padres -corregí.

- ¿Eh? -Ben pareció vacilar, un segundo en el aire, una mirada perdida, hasta que volvió a respirar y entendió-. Oh, sí, claro, claro, mis padres.

- Piensas que solo fue Franck, ¿verdad?

Ben, si es que eso era posible, se hundió más en la desesperación. Era tan evidente todo el dolor y la confusión que llevaba dentro, que hasta parecía tener dolencias físicas cada vez que profundizaba más en aquel descerebrado tema. Probablemente no era conciente del gesto, pero el caso es que cada vez se agarraba la camiseta del pecho con más fuerza, como si lo ahogara y tratara de quitársela con desesperación. Fue entonces cuando me pregunté realmente por la naturaleza de las canas que peinaban su pelo.

- No puedo pensar en mi madre haciendo esto, ¿sabes? -meneó la cabeza y nos miró tan desolado que Anny me agarró de la mano también y la apretó para amortiguar el golpe que supuso el dolor de Ben contra nuestra entereza-. Creo que me estoy volviendo loco, creo que... oh, dios mío, necesito pensar que mi madre no tiene nada que ver con todo esto. Tiene que haber un significado, una razón suprema para...

- Ey, ey... -me acerqué a Ben y rodeé con un brazo su enorme espalda, a pesar de la inquietud que ya me producía estar cerca de ese nuevo y neurótico Ben-. La hay, ¿me oyes? Por eso estamos aquí, para terminar con lo que sea esto y dejar a tus padres descansar en paz. Mira, no sé de qué va todo esto, nunca en la vida he creído en los fantasmas ni en paranormalismos de esos, pero está claro que los hechos marcan evidencias: tenemos una albergues francamente acojonante, tenemos las notas, tenemos una cita... Lo que no tenemos es el móvil. Y, en mi opinión, tampoco tenemos sospechosos, porque esto podría ser una broma realmente muy pesada de algún descalabrado, un maldito chiflado -suspiré dándome un a pausa, no sabiendo muy bien si debía continuar dado el estado de Ben.

De haber sido clarividente y tenido la capacidad de ver el futuro, claramente en ese instante me hubiera mordido la lengua. Pero la mía era osada, y pronto me descubrí hablando de nuevo, sin remedio alguno.

- Ben, dime una cosa, ¿crees realmente que has visto los fantasmas de tus padres? Piénsalo bien, quizás quien quiera que sea que está haciendo todo esto, aprovechó un momento de miedo histérico, de tensión enfermiza, y con algún juego de luces o...

- ¡No, no, no, no! -negó Ben, apartándose de mí y cogiéndome de los hombros a velocidad de vértigo, mirándome con los ojos casi inyectados en sangre, arrebato que me cogió totalmente desprevenida-. ¿Es que no lo entiendes? Yo vi cosas ahí dentro, el albergue se aprovecha de tus temores más arraigados y los explota, los colisiona, ¡te hace trizas, joder! No se trata de tener miedo y ver cuatro luces, Aline. Se trata de tener los cojones por corbata, niña, de sentir el pánico cagándote los pantalones mientras ves escenas del pasado, ¡o hasta del futuro! Vi la muerte de mis padres, ¿sabes? ¡Estuve en ella!

- Ben... -intenté interrumpirlo al sentirme adoloridos los hombros.

- Como si fuera un maldito gusano más descomponiendo su cuerpo. ¡Yo vi y sentí eso, ostia! ¡Estuve comiéndome las entrañas de mis padres con cientos de larvas a mi alrededor! No puedes decirme que eso fue un puto juego de luces!

- Ben, me estás hac...

- ¡Suéltala, maldito tarado! -gritó Louie, quien luchó contra las garras de Ben para que me soltara.

Aquello se había salido de madre, Ben estaba descontrolado y no parecía muy dispuesto a soltarme dado que me había convertido en su punto de desahogo más inmediato.

Definitivamente, Ben Dowie tampoco volvería a ser el que era nunca más.

- ¡Eh, qué está pasando aquí! -oí en sordina la voz de Jane, pero tuve que cerrar los ojos y agarrarme a los brazos musculosos de Ben porque literalmente me había empezado a sacudir como una muñeca de trapo y la cabeza me daba vueltas como en una coctelera.

Por un momento, un flash back del accidente que tuvimos me vino a la cabeza y tuve que esforzarme seriamente, reprimiendo las ganas de vomitar.

- ¡Un gusano, un jodido y maldito puto gusano! -seguía chillando medio epiléptico Ben-. ¡Me comí los huevos de mi padre, me comí los putos huevos de mi padre!

- ¡Está loco, este tío está loco!

De pronto, en mitad de la histérica colectiva y del horrible mareo que me estaba entrando a mí, me descubrí liberada, como si pesara 20 toneladas menos al desprenderme de las garras de Ben y caí irremediablemente al suelo medio atontada. Mi sorpresa fue mayúscula cuando al volver la cabeza me encontré tumbada en la hierva junto al cuerpo inconsciente de Ben, aun balbuceando incoherencias entre hilos de baba espesa y hierba a medio masticar.

- ¿Estás bien?

Respiré hondo y al querer incorporarme supe de inmediato que me saldrían dos enormes moratones en los hombros cuando me crujieron todos los huesos del espinazo. Aun podía oír de lejos maldecir a Louie, también los trémulos murmullos de Anny intentando calmarle y que no asesinara a Ben. Pero de la voz que fui verdaderamente conciente fue, una vez más, una maldita vez más, la de Jane.

- ¿Andas dando puñetazos a todos los padres que se te cruzan por alguna razón en especial o es puro hobby?

Jane me ayudó a levantarme del suelo y por primera vez la vi sonreír con algo de contundencia. Aunque el gesto tan solo se quedó en una mueca, muy lejos de la sonrisa resplandeciente que le recordaba, cuando el mundo se llenaba de dientes.

- ¡Tche..! -encogió un hombro-. Gajes del oficio.

No quise preguntar nada más. Si algo sabía a esas alturas de la partida era que el trabajo de Jane era tan misterioso como incuestionable. Puro tabú. Así que me limité a devolverle la sonrisa, aunque a duras penas también. No es que estuviera muy entrenada en recuperarme de sacudidas como esa, la verdad.

- Oye, siento lo que ha pasado -empezó a disculparse, cogiéndome delicadamente una mano-. Últimamente está muy paranoico y le dan puntazos de desvarío. Todo este asunto lo ha absorbido.

- Tranquila, lo entiendo -medio mentí, medio verifiqué-. Jane, ¿puedo hacerte una pregunta?

- Todas las que quieras, pero primero salgamos de aquí, ¿de acuerdo? Os llevaré a las afueras, tengo un apartamento allí donde podremos pasar la noche hasta la mítica reunión de mañana.

Y sin soltarme de la mano, indicó a Carl que con ayuda de Louie trasladaran el cuerpo dormido de Ben al Jeep negro estacionado al lado de un sendero de arena que conducía a las entrañas del Monte Perdido, cuya propiedad sospechaba que era la única que seguían compartiendo los Rice, e inmediatamente después aconsejó a Anny y Jenny que también montaran en él dado que era el coche con más plazas. No protesté. Pudiera haberme soltado limpiamente de su agarre y no darle más importancia de la que tenía, pero ciertamente me sentía desconsolada después del fatídico episodio que acababa de vivir, o más bien sobrevivir, y me aproveché de aquel gesto tranquilizador. Lo aproveché y, dado de quien procedía, lo experimenté con profunda intensidad. Aunque no era ningún misterio que las manos de Jane me fascinaran, sí lo fue el hecho de que era la primera vez que ella me ofrecía el gesto.

Así que, una bendita vez más, me perdí en su contacto sedoso y levemente cálido.

- Veo que sigues con el mismo -comenté al ver el coche de Jane.

- Oh, sí, hasta que la muerte nos separe.

Cuando Jane me soltó la mano y la vi acariciar el techo del coche con un dedo, fue cuando empezó a caerme realmente mal el dichoso cacharro ese.

*****

El apartamento en cuestión era en realidad un espacioso ático lleno de luz. Daba la sensación de vivir literalmente en las nubes. Todas las habitaciones se cincelaban de diferentes tonos de azul y blanco marfil, menos la cocina que era completamente de un dulce y muy suave salmón y el enorme salón con chimenea incluida, más decorativa que otra cosa, de un ocre pálido. Solo entrar ya se respiraba un aire de lujo, de sobriedad, de entereza, de estar invadiendo la morada de un inquilino correcto, elegante, con exquisitos aunque no excesivos retoques glamurosos, sin llegar a la pomposidad.

Había suficientes habitaciones como para instalar a todos los inquilinos individualmente. No me extrañó en absoluto que Louie, por mucho que dijera que me adoraba, reclamara silenciosamente y con mirada algo culpable su intimidad. Su creciente intimidad de adolescente. Así que acabé mirando el techo de una habitación desconocida en medio de la oscuridad, intentando dormir sin muchas ganas.

Ni siquiera me molesté en estudiar la habitación. Era la de invitados, una de las miles que abarrotaban el apartamento, así que era tan probable que tuviera algo personal o significativo para Jane en ella como remota era la posibilidad, me pareció entonces, que las cosas entre nosotras fueran a volver a ser normales. Eso si es que en algún momento lo fueron.

Cerré los ojos y una melodía de piano invadió mis cavilaciones, haciéndolas más profundas, mucho más nefastas o dichosas en su afán de gloria. Era en esos instantes de intimidad silenciosa, cobijada bajo el negro manto idílico de la noche, a un paso del sopor del sueño y el sosiego de la realidad de mi respiración, cuando más elocuente se volvía mi mente. Cuando solía resolver los problemas de aritmética de joven. Cuando encontraba las palabras adecuadas para confesarle a mi madre que el jarrón de la tercera estantería lo había roto yo. Cuando el Ave María me salía de carrerilla, sin ningún tropiezo, sin tartamudeos, sin impedimentos, sin monjas escrutándome con la mirada. Cuando fantaseaba una y otra vez conversaciones con duendecillos verdes y burlones, con gorros y zapatos muy grandes, y les pedía tan sólo dos deseos, para que el tercero fueran otros tres. Y entonces, cuando me los concedían, sabía volar, con un dedo podía curar todas las heridas, hallaba el triangulo de las Bermudas y me imaginaba como la protagonista de "Contact" interactuando con seres de otro mundo, maravillada por su extraordinaria complejidad y al mismo tiempo el increíble parecido que suponía tendrían con nosotros...

Pero aquella noche no haría nada de eso. Ni siquiera pensaría en ello. Esa noche Jane invadió mis pensamientos y catapultó mi imaginación directamente hacia sus ojos. Fue lo primero que me asaltó cuando cerré los míos y deslicé las manos acariciando las sedosas sábanas que envolvían mi cuerpo. Imaginé que justo en aquel instante, en mitad de la oscuridad, como los de un felino, sus ojos arderían en furiosas llamaradas azul prístino para poder observarme a hurtadillas, para devorarme con la mirada, para recorrer cada centímetro de mi cuerpo desprotegido e indefenso y absorber poquito a poquito mi inocencia, dibujando el movimiento de mis manos sobre el colchón hacia una sensualidad prohibida.

Cuando abrí la boca y respiré con reparo y muy poco decoro, descubrí que por mucha fantasía que fuera, la realidad era que mi cuerpo empezaba a retorcerse en la cama invadido por una pasión casi furiosa. Una pasión que nacía tanto del amor como del despecho que sentía por Jane y su mirada eternamente fría, distante, calculadora. Empecé a pensar entonces que había jugado conmigo cruelmente, que todo lo había planificado para torturarme cuando me supiera prendida de ella y divertirse a mi costa. Yo habría sido un capricho, un descuido de los destinos, un asunto sin mayor importancia que la de engatusarme cada vez que me tuviera delante para condenarme después durante todo el tiempo que durara su ausencia. Como las vacas, fui marcada por Jane Dowie la primera vez que su mano acarició con maldita delicadeza la mía y, desde aquel mismo instante, yo llevaría ese símbolo como mi karma, como el matasellos de su propiedad, ahuyentando a cualquiera que osara intentar hacerme feliz con otra clase de amor.

A medida que iba aumentando el odio y el rencor, más insoportable sentía el roce de las sábanas y de una patada me las quité de encima.

Entonces imaginé, precisamente, sus manos. Había soñado tantísimas veces que me tocaban, que me acariciaban, que me apartaban un mechón, que recorrían dulcemente la superficie de mis labios, que de inmediato me enfadé. Me sentí traicionada. Y quizás fue porque fui conciente por primera vez que vivía un amor no correspondido. Que lo mal vivía. Que por mucho que imaginara, soñara o fantaseara, nunca se iba a producir nada de lo que a mí me mantenía en vida. Yo había pensado que el amor que sentía por Jane era tan profundo que me ayudaba a despertarme día tras día con nuevas ganas de luchar, de vivir la vida.

Pero lo cierto es que poco a poco me iba sumiendo en una sanción continua. Por su culpa, y como Disney, había despachado a gente que realmente habría estado dispuesta a amarme, a darme la felicidad en bandeja, a dejarme dormir entre nubes de terciopelo y prepararme el desayuno un domingo lluvioso por la mañana y apartar el libro que se habría caído en mi pecho al quedarme dormida, arropándome y apagando la luz de la mesita de dormir tras mirarme con arrobo y besarme en la frente con candor.

Jane Dowie me había destrozado la vida y a mí lo único que se me ocurría hacer era seguir amándola con toda la amalgama de absurdidades y ridiculeces que pudiera encontrar un amor platónico, imposible, fiel sumisa a su voluntad de castrismo.

Cerré los puños con fuerza y los estampé contra el edredón con rabia, mientras sollozaba sabiéndome completamente perdida, absolutamente condenada. Dios santo, ¿por qué yo? ¿Qué mal había hecho para merecer semejante tortura? ¿Por qué demonios tenía que seguir queriéndola si tanto mal me hacía?

Sin embargo, evoqué desobediente una vez más sus manos y me permití sin censuras sentirlas recorrer mi piel acalorada. Llorosa y desplomada, solo pude recurrir patéticamente a lo único que me quedaba de Jane: los sueños. En una ocasión leí un libro donde la protagonista, una muchacha desgraciada y socialmente nula, soñaba con un chico que en realidad no existía y se enamoraban. Al final, dado que tanta satisfacción le daba el mundo onírico y tan desgraciada la hacía el real, la chica decidía suicidarse para sumirse al sueño eterno y así poder gozar de una vida plena con su amor.

¿Era ese mi destino? ¿Enloquecer de amor hasta el punto de llegar a desear la muerte para estar con Jane?

Sus manos se deslizaron por mis pantorrillas y sentí escalofríos en los dedos de los pies. Las mías seguían empeñadas en hacer jirones de ropa, retorciendo las sábanas para acallar un deseo que nunca debía ser pronunciado ni mucho menos ver la luz del día, que sólo en aquellas horas nocturnas y clandestinas consentía yo que aflorara nimiamente. Volví a respirar con hondura cuando mis rodillas fueron cobijadas por tan tiernas palmas y unos besos cayeron en cascada rodeándolas, derritiéndolas, aflojándolas. Me estremecí con disgusto ensayado cuando aquellos dedos del diablo decidieron hacerme cosquillas al ascender con dolorosa lentitud por el último tramo de pierna hasta llegar a la vulnerable de mi ingle.

- Jane... -exhalé desamparada al poder de aquellas manos imaginarias cuando rodearon mi cintura y unos labios húmedos y cálidos se deslizaron una y otra vez por mi vientre.

Con leves succiones, iban extrayendo un poquito más de mi cordura, haciéndome abandonar descabelladamente a la locura de una pasión tan oculta como arrebatadora. Me ardía el corazón, me dolía el vientre, las entrañas, por aquellos instintos animales que aun trataba de controlar para no ir corriendo a la habitación de la Jane real y hacerle el amor ahí y ahora mismo. Me sentí profundamente perturbada, incapaz de adiestrar el amor creciente, sublime, puro y colosal que tan inexplicablemente le profesaba a Jane, ese tierno deseo de acariciarle una mejilla en contraste con aquel desenfreno intestinal de besarla con ardor, esa pasión casi abominable de tocarla sin reparos y esa avalancha de impulsos casi primitivos y bruscos de arremeter contra ella y todo el mal que me había hecho, de lacerarla y destrozarle el corazón para que supiera de una maldita vez qué era sufrir de amor.

El amor a menudo es ciego, jamás aprende ni quiere aprender del salvajismo al que se somete, a las atrocidades a las que se ve expuesto, a la crueldad del objeto de admiración, a su despotismo.

El amor herido que sentía por Jane en aquel momento era mi verdadera esencia, la llama llevada a su máxima intensidad azul, cuando sentí sus labios cubrir los míos y dar rienda suelta por fin a nuestro descarriado amor. La abracé con urgencia y lloré de angustia y felicidad cuando su lengua decidió marcar otro terreno en mi cuerpo, otra propiedad que jamás podría volver a entregarle a nadie más que a ella. Así se aseguró de hacerlo cuando me devolvió con la misma entrega el abrazo y profundizó hasta el alma el beso de mi encierro, de mi encarcelamiento.

Me dormí derrotada en sus brazos, con su respiración quemándome en el cuello, mientras mis manos recorrían una y otra vez su espalda y le susurraba una y mil veces todos los "te quiero" en los que hasta entonces me había ahogado. Hasta que al día siguiente despertara y descubriera que, al fin y al cabo, todo era producto de mi ensueño.

- Aline...

En mitad de la noche, bajo un cuerpo extraño, abrí los ojos y, como una losa de tonelada y media en mi pecho, la realidad me aplastó el corazón al oír inequívocamente el suave susurro de Jane Dowie en mi oído izquierdo.

*****

"Hasta el día en que te pueda olvidar, vida mía, hasta ese día, en la tumba, me vas hacerte amar, ¿verdad?"

Continuará...


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