EL MONTE PERDIDO VI

Lane

"Qué sentido tiene pensarte, buscarte, esperarte. Tal vez ya no seas la misma, seguro que yo no soy la misma, pero eso siempre te dio igual. Y encontrarte una noche de fiesta encendiendo un cigarrillo a solas, o hechando un vistazo sin interés a un puesto ambulante. Para qué sirve. Qué sentido tiene. Y estar ahora pensando en ti y escribirte esto, mientras probablemente tú duermes ajena a todo lo que no eres tú. O imaginar encuentros fortuitos y citas imposibles en días nublados, conservar recuerdos y sensaciones en vez de fotos y pulseras. Tocarte el codo, llamarte por el nombre. Sentir el temblor de mi voz y mirarte a los ojos para ver qué escondes al mundo. Y luego cuando te marchas quedarme en una nube negra, y buscar, buscar, pelearme con mi mala cabeza. Fingir que no pasa nada, ponerme la careta sonriente, y pedir otra copa; mezclarme con el ruido y las luces. Y pensar en el siguiente encuentro. ¿Para qué sirve tanto?

Por qué cuando pienso en ti duele. Siento un pinchazo, un temblor, un escalofrío, se me cierra la garganta y no me deja hablar como quisiera. Eso no se controla. Puedo amaestrar la mente, auto convencerme de que me haces mal, prohibirte un sitio en mi corazón, buscarme una vía de escape para cuando me acosa tu fantasma. Pero no consigo evitar esa borrachera de sensaciones cada vez que te veo en una fotografía. Cómo hacer para que te alejes de mi alma.

¿Cómo, si ya formas parte de ella?"

*****

Todo estaba en silencio, la calma de la tarde reinaba apacible en la pequeña y recogida estancia. Flotando en un vaivén lento y delicado, leves motas de polvo bailaban en el aire con superflua elegancia. Varios rayos de luz tenue se colaban por la única ventana existente, de vidrios aguados en amarillo, dándole una iluminación sosegada, hogareña, y cálida a la pequeña librería. Tan sólo unos suaves golpeteos contra una mesa perturbaban intermitentemente aquella paz dulzona, seguidos de tanto en cuanto por cortas exhalaciones y algún que otro suspiro.

Y así empezaron a transcurrir las horas lentamente aquella tarde, hasta que una puerta se abrió con molesto aunque familiar chirriar, troceando por unos instantes la neblinera paz. Acto reflejo, Aline dejó de escribir, alzó la mirada y sonrió gentilmente a la figura entrante.

- ¿Qué tal, Quitina? -retumbó en el aire cariñosamente.

- Aquí, haciendo cuentas -señaló los papeles en los que había estado trabajando durante varias horas, ninguno de ellos con un solo número, sin embargo.

Aline había cultivado una creciente afición-adicción a los pensamientos escritos de duerme-vuela. Últimamente se sentía desbordada por ellos y tenía la casi enfermiza necesidad de plasmarlos en palabras, de despojarse de algún modo material, físico, de ellos.

Dobló el papel, lo guardó en uno de los bolsillos de sus tejanos y pronto salió de detrás del mostrador y alcanzó a la tambaleante y fatigada anciana del brazo para ayudarla a sentarse en una silla cercana. Aline le frotó risueña un brazo a medida que se iba agachando ante la mujer de más edad.

- Y usted, ¿qué tal? ¿He oído campanas de boda? -indagó alegremente y sonrió aun más ante la mueca que el comentario dibujó en la cara de la resoplante anciana-. No me diga que ha venido a por un catálogo de novias.

- Ay, hija... ¿Tu te crees? -suspiró riendo la anciana, meneando la cabeza y reposando cansina las manos sobre su viejo e inseparable bastón de caminatas-. A mi edad estas cosas... ¡Si mi Josué levantara cabeza!

- Oh, venga ya, abuela -Aline la señaló acusadora-. Sé que en el fondo está dando saltitos como una colegiala enamorada, no disimule.

La mujer retumbó una risa profunda y rica en el pecho y estiró una mano marcada por el paso de los años para revolotear la rubia cabecita a su alcance. Aline sonrió reconociendo el aroma de su abuela, apresándolo con dulzor en el pecho. Nunca supo qué perfume era, pero su fragancia floral y almizclada surtía todas y cada una de las veces que llegaba al olfato de Aline el mismo efecto: un retorno, irrevocable por ninguna otra esencia, a su infancia, rodeada de mil amapolas en el inacabable jardín de su abuela mientras de una ventana cercana salían fluyendo densas en el aire sencillamente las más deliciosas aromas de la faz de la tierra. Aline nunca fue capaz de terminar el juego, cual fuera, en el que estuviera jugando: como si adquiriesen voluntad propia y autónoma, sus piernas corrían y corrían hasta saltar sobre el porche de la casa de sus abuelos y rebrincar hasta la cocina, donde una paraíso de tartas humeantes y esponjosamente exquisitas la esperaban junto a la figura divertida y sonriente de su abuela. "Un día te vas a pasar la casa de largo" se burlaba mientras meneaba la cabeza riéndose con ganas ante el afán desenfrenado de una Aline de seis añitos con la cara y las manos llenas de migas achocolatadas, intentando sonreír sin que las mejillas le explotaran.

- No, pequeña, no. Yo ya no estoy para esos trotes. Como decía mi bisabuela: "No cortes leña del..." -la anciana se detuvo pensativa, apoyando una mano en su mentón con expresión contrita-. Ay, será posible... "No cortes leña del..." -frunció los labios parpadeando-. "... del árbol caído"? -le preguntó a Aline no muy convencida, aunque finalmente meneó la cabeza con aire de derrota sonriendo un tanto afligida-. Creo que se me ha olvidado.

Aline no se contuvo y devolvió risueña la sonrisa, enternecida por la vergüenza de su abuela materna y recordando muy claramente que la timidez, en la familia Cooper, era una cuestión genética. Así que ella misma meneó la cabeza palmeando gentilmente una vez más el brazo de la señora Mills, restándole importancia al descuido.

- En fin, sea del árbol que sea, abuela -le dio un besito en la frente, se levantó y volvió tras el mostrador de su pequeña librería-. Yo creo que el árbol del señor Brown es de muy buena madera. He oído que tiene un rancho en Tensis, ¿lo sabía? -apuntilló con aparente inocencia.

Alzó la mirada para encontrarse con la esquiva de su abuela, resistiéndose a la tentación. Aline sonrió con anticipación, sintiéndose repentinamente esa niña seis añera jugueteando con fuego.

- ¿Ha oído bien, abuela? Eso significa más de doce cabezas a su entera disposición.

Atacó sin piedad, sabiendo que la pasión de su abuela por los caballos sobrepasaba incluso los límites de un amor platónico.

- Ya me la estoy imaginando -se engrescó la joven, teatralizando con emoción creciente la escena con sus manos-. Una puesta de sol al atardecer anaranjado, el viento cálido agitándole la melena y acariciándole el rostro mientras cabalga sobre un robusto ejemplar de un suave castaño aterciopelado, con la crin ennegrecida y mirada torva acerada.

Describió con devoción solemne el que sabía era el caballo de ensueños de la señora Mills, mirándola de soslayo a ver si reaccionaba. Aline intentó no sonreír ante el evidente cambio que habían tomado las facciones agrietadas de su abuela y el brillo juguetón que relucían sus ojos al imaginarse en escena, cual niña pequeña mirando un mágico e inalcanzable aparador de golosinas.

- ¿Se lo imagina, abuela? -preguntó a sabiendas de la respuesta-. Y, por si fuera poco, un jinete trotando a paso ligero a su lado, sonriéndole con desafío con la expectativa de una vuelta al rancho a la carrera.

Aline casi podía sentir el corazón palpitante de la señora Mills al trote envalentonada por sus propias palabras. Había dado en el clavo, puesto que bien reconocida era en York la fama competitiva de la señora Mills. Sólo había que desafiarla para sacarle el genio y las ganas, así de simple, de vivir, que ella ya fruncía su blanquecino ceño y se arremangaba las mangas y la falda dispuesta a demostrar que de agallas nadie la superaba.

- Ya sabe -continuó más suavemente-. Siempre es agradable tener a alguien al lado, abuela, con quien poder... uhm... compartir la vida.

La señora Mills salió de su trance alzando cejas canosas, mirando escéptica a su nieta, como si de repente Aline hubiera pronunciado las palabras mágicas para desencantar a su abuela.

- O un plato más en la mesa que me quita comida, un ronquido más en la cama que me quita sueño, unos calzoncillos apestosos más que me quitan tiempo y jabón de colada... -la anciana meneó una vez más la cabeza con vehemencia-. Que no, que no, hija. Y además, que yo nunca le haría eso a mi Josué.

Aline se quedó mirando largamente a su abuela, pensando que muy probablemente ya nadie le quitaría de la cabeza que su difunto marido velaba por ella, esperando que se reuniera con él, Allí Arriba. Quizás la mujer era feliz viviendo con ese pensamiento.

Otro hombre, sencillamente, ya no entraba en sus planes de vida.

Ah, bueno...

Un suspiro disimulado y vuelta a los papeles.

... ya tendría más ocasiones para embaucar y rehacer esos planes, ¿verdad?

- Por cierto, Quitina, hablando de pretendientes, ¿ya has hablado con Adam? -atacó en revancha la señora Mills con una sonrisa malévola.

En repuesta, una sonrisa lenta ensanchó los labios de Aline sin levantar la mirada de los papeles.

<Oh, abuela, copiona, más que copiona>

La señora Mills, de tez asombrosamente oscura como sus orígenes brasileños auguraban orgullosos ante una Inglaterra pálida y ahumada, a sus escasos veinte años emigró y formó familia en Londres. La falta de recursos por aquel entonces en Brasil y la inquieta vivacidad de una chiquilla de veinte primaveras de naturaleza impetuosa y envalentonada como la de la abuela de Aline habían obrado el milagro y, sin hacerla dudar un instante, la embarcaron en aquel trasatlántico que daría un giro de 180 grados a su vida.

Y no sólo encontró la felicidad laboral en el viejo Londres trabajando de pastelera, sino que además el cambio le brindó el amor de su vida al conocer al accionista y pensionista de Josué Mills. La dicha aconteció un fresco y asoleado día de abril, en la celebración de la comunión de una conocida de nueve añitos en común. ¿Quién se hubiera imaginado que el pequeño bicho de Sarah, la chiquitina con la que había entablado amistad desde buen principio y con la que se pasaba todas las tarde de domingo enseñando el arte y maestría de la pastelería, era la sobrina de tremendo y apuesto galán que le robaría el corazón al primer cruce flechado de miradas?

La señora Mills, desde luego, no lo hizo.

Y felices y comiendo perdices, trajeron al mundo a la madre de Aline, Amanda Mills Brown, la viva y jovial estampa del señor Mills. Amanda fue una niña, adolescente y joven modélica. La hija, estudiante y amiga perfecta. Así que no fue de extrañar que todos los que se le acercaban y conocían, se prendieran de ella y de su talante afable y desenfadado. De todos los pretendientes que le salieron ya desde pequeñita, escogió a Paul Cooper, un muchacho de la alta Escocia cursando una carrera de ingeniería en Londres. Lo primero que le cautivó a Amanda fue el asombroso rubio que lucía el joven de rostro permanentemente risueño. Sus caracteres, de inmediato, encajaron y se acoplaron a las mil maravillas.

Aline levantó la mirada y volvió a centrar sus pupilas en las de su abuela, descubriendo que la anciana la había estado observando. De nuevo, una sonrisa cómplice afloró en los labios de ambas mujeres.

La señora Mills siempre se había mostrado lo suficientemente protectora con Amanda como para dudar de las intenciones de cada joven que se acercaba y acechaba a su dulce y cándido retoño. El día que Amanda presentó en familia a Paul, entre él y la señora Mills estalló al instante, en el mismo portal de la casa, un desconfiado y pétreo desafío de miradas. Ella, estudiándolo y calándole hasta la última y más lúgubre de sus intenciones; él, demostrando su valentía y luchando en el duelo con fervor por el amor de su amada. Al final, y sorprendiendo a la joven y en tensión parejita de enamorados, la señora Mills estalló a carcajadas y pasó un brazo por los hombros de Paul entrándole en casa y dejando atrás a una más que agradecida y aliviada Amanda.

La señora Mills podía ser la madre más impertinente y la perfecta sargento de vida amorosa e incluso amistosa, pero nadie le quitaba el don que poseía para calar a la primera a la gente de corazón gentil y alma bondadosa. O, cuanto menos, a quienes como Paul eran demasiado ingenuos, e incluso faltos de picardía, para esas maldades pervertidas que con tanto recelo la señora Mills vigilaba que no llegaran siquiera a rozar la mente inocente e impoluta de su hija. Lo cierto es que la ecuanimidad de la señora Mills, la igualdad y constancia de sus ideas y la imparcialidad serena de sus juicios eran, francamente, unas de sus cualidades más abrumadoras.

Y de igual modo, hizo gala de ellas con Adam McFerri, uno de los pocos amigos verdaderos que Aline consideraba tener en York. Sólo que la diferencia era que Adam, como Aline estaba segura que su abuela ya sabía, era felizmente homosexual.

O homosexualmente feliz, según se mire, claro.

Aline suspiró, reclinándose en el mostrador y apoyando su peso en los antebrazos, mirando con cariño a su terca y sonriente abuela.

- No, aun no he hablado con él, abuela -respondió al fin con tranquila diversión.

Y, como siempre, entre abuela y nieta se estrechó un hilo de comprensión de un inquebrantable rotundo y absoluto, probablemente ambas inconscientes de la magnitud de esa afinidad, antes de que estallaran en alegres risotadas inundando de su cálida estimación la pequeña librería de Aline.

- ¡TACHAAÁN! -alborotó esta vez el aire, seguido o acompañado del estruendo de la puerta de la librería abriéndose a la par para dar paso a un rey de Saba con su fiel lacayo al lado-. Tranquilas, mis bellas damiselas, aquí llega la caballería. ¿Quién de estas dos preciosidades ha reclamado nuestro beato servicio?

Y con una reverencia exagerada, apoyando casi la frente en el suelo, el más alto de los dos postró una rodilla en el suelo y, con una sonrisa cegadoramente resplandeciente, cogió con delicadeza una mano de la señora Mills y la besó con gentileza. Ésta se echó a reír encantada y lo señaló mirando a Aline.

- ¿Ves? Este árbol sí que es de primerísima calidad. Serás tonta si dejas escapar esta madera maciza, niña.

- ¡Guay! -exclamó el lacayo con un salto impecable sentándose en el mostrador-. ¿De nuevo planes de boda? -preguntó divertido, estampándole un sonoro beso a Aline.

- Oh, callaos ya -rezongó Aline, aunque no menos divertida, con fingida irritación y con un ensayado visaje de ojos.

- Me parte el corazón, mademoiselle -dramatizó la madera en cuestión, dejando caer la cabeza y sollozando cual cachorrito de labrador agonizante por su reciente orfandad-. Yo que venía dispuesto a ofrecerle mi reino, mis tierras y la mismísima luna entera.

- -¡Oh, Quitina! -gimió la señora Mills, parpadeando y llevándose una mano al pecho-. ¡Pero que tonta, muy tonta, eh! ¿Pero no oyes lo que dice?

- Lo oigo, lo oigo, abuela... -murmuró sonriéndole a la reina madera de Saba con un brillo resentido en los ojos, quien devolvió la mirada con el correspondiente resplandor juguetón que lo caracterizaba.

Conoció a Adam más o menos al medio año de estar viviendo en Sycamore Place, en la parte de Bootham de York. Recién independizado y con tanta hambre como para comerse tres o cuatro mundos, al tercer día de instalarse en el apartamento vecino del de Aline, se le presentó en la puerta con esa sonrisa pícara que siempre divertía a sus labios gruesos agitando un botecito de cristal vacío. No parecía ser mucho mayor que ella y, desde luego, lo primero que advirtió a nuestra Aline fue el diminuto top pegado al torso del chico que dejaba en claro manifiesto un pecho y un abdomen bien curtidos de horas y horas de entreno. Aline se avergonzaría más tarde al pensarlo, pero lo cierto es que no pudo evitar echarle un repaso visual de desconcierto y aprecio de arriba abajo. Adam parecía un ciclista extraviado del tour de Francia con esas mallas rosa fluorescente, en conjunto (o no tan conjunto, la verdad) con el amarillo pollo del peto, arrapadas a unos muslos prietos y bien torneados. Casi esculpidos.

<Dios Santo, tengo a Adonis de vecino y yo sin enterarme> pensó con una ceja enarcada, bajando un poco más la mirada. Lo suficiente como para levantarla de golpe y sonrojarse hasta las orejas. <Madre de dios, ¿¡todo eso es suyo!?>.

- Me preguntaba si no sería muy indecoroso por mi parte pedirte sal antes de saber tu nombre -dijo juguetón y Aline no tuvo muy claro si realmente esas firmes caderas se habían contoneado en un leve toque de descaro mariposón o se lo había imaginado.

Más tarde sabría que la realidad en asuntos de Adam, claramente, superaba a la ficción, por muy imaginativa que Aline fuera.

En el preciso instante en el que Aline le devolvió la sonrisa un poco descolocada y le respondió con un "Vaya, y yo que ahora mismo iba a pedírtela a ti. Pero que indecorosos..." Adam decidió que no estaría mal tener una hermana pequeña. Y menos si era tan mona como la ricura de Aline y su enorme "pijamita" de mangas colgantes, con la sonriente cara de Pluto estampada en lo que debería ser el pecho de su dueña, pero que en realidad había decaído hasta su media tripita. Oh, y por supuesto ese tierno hombro al descubierto dada la envergadura del cuello de la prenda. Adam se preguntó si Aline se había perdido en ese pijama por alguna razón en especial o realmente tenía tan mala vista para las tallas.

- Mucho me temo, señora Mills, que no soy del agrado de su nieta, de gustos exquisitamente curvilíneos y redondeces claramente más incipientes que las mías.

En otros tiempos, Aline se hubiera sonrojado hasta las cejas fulminando con la mirada al descarado y bocazas de Adam, pero dado que ya era inmune a su humor punzante y directo, nuestra buena amiga Aline tan solo resopló arrojándole una bolita de papel cuando tanto Adam como la señora Mills estallaron a carcajadas por centésima vez a su costa. Aline giró sobre sus talones y palmeó su espalda, que rápidamente fue cubierta.

- Vamos, Louie, dejemos a estos dos plebeyos rezongando sus lindezas curvilíneas -repiqueteó el culete de su sobrino, pegado como una lapa a su espalda-. Hora de volver a casa.

- ¡Buuuh! -se quejó Adam, sacándole la lengua e incorporándose-. Aguafiestas...

- ¡Buuuh! -contestó Aline, pasando por delante de él hacia la puerta-. Te quedan tres hojas de cuentas, así que déjate de aguas y fiestas y empieza a darle a los números, guapo -se inclinó para darle un beso a su abuela y sonreírle en despedida, luego volvió a dirigirse a Adam-. Y por cierto, Susy va a llegar a eso de las cinco con las nuevas ediciones, asegúrate de que no falte ni una. La semana pasada esos National Geographic nos timaron cuatro.

- ¿¡Ha oído, señora Mills!? -exclamó el aludido excitado, cayendo de rodillas al suelo de nuevo, llevándose una mano a la boca ahogando un jadeo de gallina turuleta y palmeando una y otra vez la mano de la abuela de Aline-. ¡Me ha llamado guapo!

Esta vez no pudo evitar reírse del loco chiflado de Adam. Ah, dios, qué haría sin él.

- Hasta mañana, cabra.

- ¡¡Adiós, amorcito de mi corassao!!

*****

"Estos días siento especialmente tu ausencia, cuando el peso de los termómetros nos hace desear más noches sin dormir. Aquel taxista fumador de pipas que discute sobre cualquier tema me ha vuelto a sorprender con tus verdades desde el otro lado de la ventanilla de seguridad: "sobre la barra del local de la esquina alguien dejó un anillo de madera sobre una servilleta escrita; una mujer así merece realmente la pena..." y siempre he preferido colocar los libros que me regalas en la estantería de mi dormitorio. Le robo un segundo a cada hora para regalarte un soplo de aburrida teoría, unos y ceros, las luces apagadas y las trompetas con sordina. Conoces mis claves de acceso, mi mapa del tesoro, una canción con tu voz. Todo parece venirse abajo, menos un número de teléfono y una promesa de abrazo. Son días en los que tu cascabel es la ventana abierta entre kilos de papel desperdiciado."

*****

- ¿Sí? -respondió a la llamada de su móvil.

- Aline, lo he hecho... -anunció surcada de emociones dispares la voz de Elva Cooper.

Aline se paró en seco en mitad de la calle y Louie resbaló por su espalda protestando. Una sonrisa voló hacia sus labios y anidó eufóricamente en ellos. Elva, su eterna hermana sumisa, al fin había reaccionado. Después de tantos, tantísimos años de sufrimiento, aun estando separada.

- Oh, cariño, dime que no estás bromeando -suplicó sintiendo como las lágrimas decidían también encontrar hogar en sus ojos.

- No -gimoteó Elva, impaciente de felicidad nerviosa-. No bromeo, acabo de hacerlo...

<Hasta nunca, Marck Chalon>

Aline se despidió de su hermana quince minutos de conversación después, sacó un papel y un lápiz de su bolso y, ante la mirada ya aburrida de Louie, empezó a escribir mientras andaban hacia su apartamento.

"Termino de plancharte la camisa y ya me estás gritando que te prepare el desayuno para dentro de tres días, que te compre tirantes, calcetines a cuadros y una maleta en la que no quepan mis fotos. Te despides dando un portazo, vas a comprar excusas al estanco. Tienes ganas de huir porque te aprieta la corbata y te quedan grandes los zapatos. Vuelves con ganas de meterme en la bañera, de quitarme los piojos, de escupirme que te hace daño golpearme, pero que siempre ha sido un buen modo de hacerme comprender que no tengo alternativa. Te haces fuerte mientras me quemas las rodillas, mientras me sirves lejía en una copa de vino y me obligas a cepillarme las encías. Te marchas con tu traje descosido por el odio para pagar tus deudas con el juego, y yo me quedo apoyada en el espejo, tomando decisiones complicadas. Me decido, cargo mi pistola con siete balas y un prefijo. Después de todos estos años, aprieto el gatillo: he decidido denunciarte."

Satisfecha, se guardó el papel en el mismo bolsillo del pantalón que ya cobijaba otro escrito y miró de soslayo a Louie, a quien le pasó un brazo por los hombros y empezó a silbar de puro contento.
- Ya era hora, amiguito.
Louie la miró sin entender, aunque encantado de seguirle la corriente a la extrañamente alegre de su tía favorita. Bueno, de su única tía.
- ¿Hora de qué?
Aline lo miró con una sonrisa plena de oreja a oreja, se inclinó a besarle la coronilla y, de repente, se desenganchó y empezó a correr ante la sorpresa de Louie, quien se quedó momentáneamente quieto en el andén, con los ojos muy abiertos.
Pero qué...
- ¡Hora de que tu madre despertara a la vida! -exclamó Aline corriendo y riéndose a la vez, esquivando árboles, gentes, carros de la compra, buzones y hasta caquitas de perro-. ¡Vamos, tortuga, te echo una carrera!

*****

Como cada miércoles ocurría al anochecer, Aline y Louie entraron a trompicones en el apartamento de ésta, dejando un reguero de zapatos y revoltijo de chaqueta, llaves, paraguas y bolsos por el recibidor. Cinco minutos rebuscando con frenesí el mando del televisor por todo el salón, sin el menor miramiento o reparo en cuanto a la integridad de los sofás o muebles en el empeño, por supuesto. Luego un suspiro aliviado a coro al apretar REC y una marcha lenta aunque triunfal a la cocina donde al cabo de otros cinco minutos dos tazones de dimensiones monumentales saldrían de un microondas rebosantes de leche con merengue el uno y chocolate con nata el otro. Dos capuchinos a la Cooper, sin duda. Y, finalmente, dos sonrisas colosales cuando ciertos créditos se arrastraran por la negra pantalla y dos sorbetones sincronizados cuando la serie de la que Aline y Louie eran fervientes devotas empezara a emitir las nuevas y esperadísimas escenas para la audiencia aficionada.

Aunque, también como cada miércoles, ambos acabarían perdiendo la batalla al sueño antes de que dicha serie volviera a premiar a la audiencia con los créditos finales. Sin embargo, una lucecita roja brillaría amparando el sueño de sus soñolientos dueños, mirándolos desde dentro la cajita negra que habría bajo el televisor, asegurándose de que, al despertar, tanto la chica-pluto como el niño-morsa volverían a besarla agradeciéndole casi eternamente que hubiera seguido gravando por ellos.

Así pues, siguiendo con la tónica de todos y cada uno de los miércoles de Aline y Louie, finalmente, la lucecita parpadearía y se apagaría, adormeciendo el aparato con ella. El apartamento quedaría en silencio y, entre sueños, Aline se arrebujaría en el sofá haciéndose una fetal bolita humana, tapándose con la manta a cuadros de su abuela hasta la cabeza, destapando a su sobrino, quien no tardaría en arrebatarle a su turno la parte de manta que le pertenecía, empezando así una lucha que duraría hasta que uno de los dos abriera al fin un ojo al nuevo día.

Y así, como cada bendita noche, hubieran sucedido los acontecimientos si no fuera porque ésta, la de hoy, no sería gemela a la hermandad de noches que la precedían. Esta contaba con un aliciente, uno que en aquellos momentos tintineaba en el oído de Aline en plena batalla con Morfeo, que al fin había encontrado un claro y digno rival.

- Ya voooy -rezongó soñolienta, su mente en duerme-vuela con Morfeo refunfuñando su derrota, medio incorporándose y buscando el origen molesto de su reciente y nada deseado despertar-. Maldita sea, ¿dónde estás?

Bueno, quizás algo sí siguió siendo lo mismo aquella noche, puesto que Aline parecía hacerlo todo en cinco minutos. Así que después de ese quinteto, Aline auriculó el teléfono y volvió a acurrucarse quejumbrosa en su rincón preferido del sofá.

- Más vale que sea importante, porque espero que sepas que son las dos de la madrugada y que estás llamando a una pluriempleada con mucho, muchísimo sueño y con pocas, muy pocas ganas de discernir con las necesidades de su cuerpo -soltó de carrerilla, su humor ennegreciéndose a pasos agigantados.

Dios santo, solo le quedaban cinco horas de sueño, ¿es que el mundo se había vuelto sonámbulo?

El teléfono quedó muerto y, como si de repente Aline se despertara del todo, sofocó una exclamación y se incorporó para sentarse en el sofá angustiada, a sabiendas de lo que había dicho.

- ¡Oh, yo...! -balbuceó-. Perdón, perdón, yo no...

- ¿Quién es? -preguntó Louie, frotándose un ojo medio dormido medio despierto.

- Vaya, ¿una pluriempleada en armonía bastante dudosa con sus necesidades corporales? -le contestó al fin una voz burlona-. Y yo que pensaba que llamaba a la niña risueña y timidilla que conocí en el Monte Perdido -una risa grave-. Bueno, supongo que me he equivocado, discúlpeme señori...

- ¡Espera! -Aline sonrió de inmediato al reconocer la voz, en medio de una rotunda oleada de recuerdos-. Ben, ¿tienes idea, por remota que sea, de la hora que es?

Y entonces, como Aline ya se esperaba, resonó una carcajada limpia en su auricular que la hizo olvidarse de inmediato de su estado de soñolencia por completo. Trató de ignorar al recién espabilado de Louie, quien agitaba sus brazos al aire para que le pasara el teléfono.

- Ya sabes, niña, soy ave nocturna -respondió guasón-. ¿Qué tal, chiquitina? Cuanto tiempo, eh?

- Ah, demasiado -se lamentó-. Siento no haber podido ir, las cosas aquí se han puesto un poco feas.

- Bueno, lo importante es que estés bien. Nos tenías un poco preocupados, chiquilla. Por cierto, que humor gastamos, eh?

- Y vaya farras nos pegamos, eh señor Viva-La-Música-Que-No-Pare-Que-No-Pare?

Otra carcajada, esta vez más profunda seguida de un chasquido de lengua. Aline enroscó el cable telefónico en uno de sus dedos, incapaz de dejar de sonreír. Hacía un poco más de dos años y medio que no sabía nada de la familia Dowie.

Otra vez...

Aline sabía que había dado la peor excusa para no ir al Monte Perdido, pero se vio incapaz de confesar que, a pesar de desearlo con todas sus fuerzas, no pudo ir por falta de dinero. Una librería, había decidido y descubierto Aline, no daba para muchos más caprichos que un helado extra los domingos por la mañana. Sin embargo, seguía siendo mayor la satisfacción de leer hasta altas horas de la noche libros, libros, libros... y después más libros.

Aunque hay que decir que a pesar de todo, Aline había salvaguardado la esperanza al principio de que Madelane quizás la llamaría, pero entre unas cosas y otras, esa llamada nunca se produjo, supuso. Aunque no es que no hubiera podido llamar ella misma, que por tener tenía el número del albergue y, más importante aún, el personal de Jane.

Ah, Jane...

*****

"Nunca supe ni creo que sepa interpretar el significado que esconden todos los empeños de tu nombre al encender velas todas las noches de lluvia en el portal de mi cama. Pero por si acaso yo seguiré buscándote cera, no vaya a ser que un día salga el sol y entonces, y solo entonces, tu llama queme la cordura de mis sábanas."

*****

Aline suspiró apesadumbrada a sabiendas que, a pesar de la distancia y los años de lucha contra los recuerdos y sus sentimientos hacia Jane, la cordura de las sábanas de su corazón desaparecía a la mínima evocación del mero nombre de la mujer que había colonizado en ella más de lo que Aline quisiera reconocer por aquel entonces.

<¡Oh, maldita cobarde!> se reprochó meneando la cabeza, viendo en mente la tarjeta de Jane en el fondo del cajón de su mesilla. No se había atrevido, así de simple. Con mil y una excusas había justificado como impropio cada uno de los momentos en los que se decidía a llamar, alegando a la permanente indisponibilidad de Jane, a su más que probable vida ajetreada, a la estupidez de lo que le iba a decir...

Un carraspeo al otro lado de la línea telefónica la sacó de sus cavilaciones y Aline, secretamente, lo agradeció.

- Bueno, Aline, en realidad te llamaba porque... uh... bueno, verás...

Aline frunció el ceño extrañada y prestó atención al vacilante de Ben, advirtiendo su inesperada seriedad y el cambio de tono repentino en su voz, normalmente alegre, ahora incluso lúgubre.

<Oh, oh...>

- ... ha ocurrido algo...

*****

"¿Cuántas veces habré deseado desconocer la realidad para regocijarme en la dicha de la fantasía? ¿De tu fantasía? El mundo sería mucho menos mundano si la regalases. A veces, la vida es una piscina en la que nunca te has bañado hasta que alguien te da un empujón con el bate de las verdades y caes, y te hundes, y te ahogas y solo el húmedo suelo del fondo te despierta en el mundo de las sonrisas falsas de adultos y miradas frías sin perdón.

Hoy, aquí, sentada en un sofá repleto de ácaros desgraciados, he pensado en el tamaño que tenían mis zapatos cuando miraba el mundo desde los toboganes...

... hoy, aquí, medio estupidizada por el sopor de una verdad indisciplinada, he deseado volver a tener corazón de niña para olvidarme de la mente de adulta que a día de hoy debo soportar."

*****

- ¿Así que volvemos al Monte? -preguntó entre excitado y preocupado Louie, quien había observado con mucha atención el abanico de emociones que había surcado el rostro de Aline a fin de captar hasta el último detalle de su conversación telefónica, por otro lado un tanto extraña.

En teoría, que su tía le anunciara que en dos días regresaban al Monte Perdido era una muy pero que muy buena noticia, si recapacitamos en el hecho de que Louie no ha deseado nada con mayor intensidad a lo largo de su joven vida. El mero hecho de contemplar de tan cerca la posibilidad de volver a ver a Annie Rice le hacía latir a su adolescente corazón tan deprisa que Louie pensó que si iba un poco más rápido, tropezaría con él mismo. Así pues, ¿por qué su tía había cambiado su expresión tan bruscamente a mitad de la llamada y le había dado las buenas nuevas en un musiteo casi inaudible, perdida su mirada en los anuncios de madrugada sobre abdómenes firmes y métodos de reducción de peso milagrosos?

- ¿Aline? -silencio-. ¿Ocurre algo?

Un leve movimiento de cabeza le contestó y, todavía bifurcado en la contradicción de sus emociones, Louie tubo que volverse a dormir sin mayor información por parte de la repentinamente silenciosa de su tía.

La respuesta le llegaría justo en el momento en que por tercera vez, y después de dos días, Louie bajara del jeep que los habría trasportado del aeropuerto al Monte Perdido y levantara la mirada hacia el albergue.

O al que en su día lo fue.

Sin aliento y cogiéndose fuerte de la mano de Aline, Louie descubrió una inesperada oscuridad tenebrosa que reinaba bajo la copa de los árboles que anidaban sobre el albergue. Incluso en su sumisión en la penumbra, el albergue adquiría una impasibilidad poco natural que lo distinguía de los árboles circundantes. Del monte entero circundante. El follaje, con el paso de tiempo y el descuido humano, había crecido abundantemente oscureciendo el soleado claro donde hacía lo que parecían vidas se había construido el albergue alegre y acogedor que recordaba Louie. Ahora prácticamente era imposible distinguir la forma triangular de su tejado en ángulo.

Estaba claro que el albergue llevaba mucho tiempo vacío y, después de captar su carácter excéntrico, lo primero que nuestro pequeño Louie advirtió fue de lo poco hospitalario que parecía para cualquier nuevo inquilino. Una extraña y monolítica impenetrabilidad emanaba de cada ladrillo y tablón, pese al daño inflingido por el tiempo y el clima. Aunque lo más extraño de todo era que el albergue parecía que se hubiera pintado de arriba a bajo de negro.

Negro completamente.

¿Quién en su sano juicio habría pintado una casa de tres pisos de negro? Aquello parecía producto, pensó horrorizado Louie, de una mente macabra y claramente desquiciada. Ni siquiera el constructor más loco y misántropo convertiría una casa en la sombra de sí misma.

Cuando Louie se soltó de Aline, aun petrificada por la visión, llegó lo bastante cerca como para emitir un juicio fiable, lo cual era inquietantemente cerca, descubriendo que el albergue no se pintó de negro, sino que se había vuelto. El tono desteñido que había asumido le hacía sentir que quizá se había mostrado demasiado crítico en mitad del cataclismo emocional, del impacto visual. El albergue, dada la avanzada putrefacción de gran cantidad de sus vigas y tablones de madera, se había vuelto del gris plomizo de los cúmulos tormentosos y los mares lúgubres.

El negro, se dio cuenta Louie sobrecogido, hubiera sido preferible a esa falta absoluta de vida.

Con un escalofrío de disgusto, Louie se alejó del angosto y tétrico albergue y regresó junto a su tía, quien aun parecía estar absorta por la visión patética y degradada del que fue, Louie estaba seguro, uno de los sitios más queridos por Aline. Quien no parecía haberse dado cuenta de la mano que reposaba en su hombro izquierdo, amparándola de algún modo ante el inmenso sentimiento de pérdida, y que Aline mismo cubría con una de las suyas temblorosas.

Louie, en silencio y cabizbajo, se acercó un poco más y se unió a las dos figuras, sintiendo entonces él la calidez de aquella mano cobijando su propio desconsuelo.

*****

"Hoy he pisado descalza todas las miradas que me darán miedo dentro de tres días. El grifo de la bañera gotea y su eco acuoso me incita a ver mi reflejo más allá del espejo y su falsa rinoplastia. A veces creo que todos los sueños caben ahí dentro, en ese mundo de cristal ahumado por los vapores de una ducha fría. Que es en él donde las mariposas huelen a fresa y los atardeceres de árboles sonrojados chorrean sonrisas de ancianas recordando su vigésima primavera. Que es en él donde las zapatillas de bailarina alzan el vuelo y planean con los duendes del ensueño y las hadas del desamor. Que es en él donde parecen dormir todas las medias naranjas con sabor añejo que se ríen de mi corazón.

A menudo, mojada al otro lado del cristal, acerco una mano y una risa agujerea la punta de mi dedo más descarado, que ha osado rozar una gota condensada y ha querido apoderarse de su candela. Es entonces cuando me doy cuenta de la mano que se refleja apoyada en mi hombro. Desde el otro lado puedo ver como desprende nubes aterciopeladas que recorren mi cuello, tropiezan con una lágrima y tintinean una sonrisa en mis ojos enquistados de miedo.

Soy un reo comprendido en la silla eléctrica. Soy aquel cerdo que agoniza en el matadero con el hocico sucio de insultos de su amo. Soy la mujer sin rostro que llora de alivio al escuchar la puerta de su criminal de almas cerrándose con estruendo. Soy el callo en la mano agrietada del herrero que forja la bala que se pudrirá en un corazón sin perdón. Soy la oreja derecha sin lóbulo del dolor y el vello erizado de una carcajada déspota y carente de regocijo. Soy tres segundos perdidos aquella tarde de canicas y la hora y cuarto fundida en la pulpa de un melocotón rancio. Soy las aspas polvorientas de aquel ventilador olvidado en la oficina de correos. Soy el ácaro del polvo de mi condena, rebuznando con jolgorio el alivio de mi tormento de sirena ahogada, de cola barata de seda.

Alzo una mano y la pierdo en las nubes agridulces de tu consuelo, inspirando con una mueca patética de felicidad y dándome cuenta que, al fin y al cabo, todo lo que necesito está aquí, en este lado.

¿Qué por qué?

Eso solo lo sabe tu mano."

*****

Despacio, sintió como Jane Dowie apretaba su hombro y daba un paso adelante, acercándose más a la vulnerable figura de Aline Cooper, quien aun trataba inútilmente de reconstruir un mapa de emociones que ciertamente se había desorganizado apoteósicamente. Aline cerró los ojos y un sollozo se murió en su pecho cuando Jane se inclinó y empezó a hablarle tras insufribles eternidades en el tierno pabellón de su oreja derecha.

<Jane... Jane... Jane...> degustó el nombre su mente.

- Murieron hace más o menos año y medio -musitó, abarcando también con la mirada a Louie que la observaba claramente sin entender nada-. Ben no me informó del estado del albergue hasta que, a pesar de todos sus esfuerzos para que saliera adelante, el propio albergue se dejó morir al igual que sus difuntos propietarios.

Aline permaneció inmóvil, temerosa de que si hacia siquiera una inspiración más honda de lo normal, caería desplomada al suelo. ¿Cómo había podido suceder? ¿De qué iba todo aquello? ¿Por qué demonios se había tardado tanto en avisarla? ¿Valía la pena molestarse, siquiera?

Exhaló inesperadamente y se dejó envolver entre los intoxicantes brazos de Jane, que estaba segura que ya hacía mucho rato había sospechado de la inestabilidad de las piernas de Aline. Sencillamente no tubo más remedio que abandonarse a la extraña ambigüedad de sus sentimientos: destrozados e indecorosamente insufribles cuando miraban el tétrico albergue mortecino y pensaba en Madelane y Franck Dowie a diez metros bajo tierra compartiendo la misma putrefacción moribunda; y sentimientos de rendición, de cansancio, de vuelta a casa, de consuelo ante la bruma de la voz almizclada de Jane y la calidez prohibida de su cuerpo contra su espalda, de su pecho orondo presionando sus omóplatos en espeluznantes descargas eléctricas.

Desde luego, aquello no era lo mismo que luchar contra una tarjeta con un número de teléfono garabateado.

- No lo entiendo -interrumpió Louie, levantando su cabecita con mirada ceñuda-. ¿Estás insinuando que el albergue tiene vida propia como para "dejarse morir"?

Jane hizo una mueca y asintió despacio, entonces miró a Louie con expresión diurna y respondió sin separar sus labios de los suaves y perfumados mechones rubios de Aline.

- Estoy diciendo que el albergue parece haberse convertido en una especie de teatro para mis abuelos -suspiró ante la incredulidad de los ojos de Louie-. Lo sé, suena a película barata de terror, pero lo cierto es que tanto Ben como yo hemos tratado de reformar el albergue cuatro veces después de la muerte de mis abuelos, y las cuatro veces, después de un par de días, el albergue volvía a presentarse tal y como lo veis ahora.

Jane tenía razón, aquello sonaba a película de miedo pero que muy y muy barata. ¿El albergue un teatro de difuntos?

- El albergue quiere morir -musitó Aline ausente, acariciando las manos de Jane en su vientre con la mirada fija en el albergue-. Sencillamente quiere morir.

Louie y Jane dirigieron igualmente la mirada hacia él. Jane frunció los labios y besó la cabeza de Aline.

- Hay algo más... -anunció, alejándose de la joven y encaminándose hacia el albergue, seguida de inmediato por los otros dos -. Algo por lo que os hemos pedido que vinieras.

A Aline le sobrevino un ataque de náuseas que a duras penas logró contener en el estómago cuando el aire rancio y fermentado que circundaba el albergue entabló contacto con sus fosas nasales. Había una galaxia de polvo putrefacto rodeándolo, como si lo protegiera del aire fresco y limpio. Simplemente era asqueroso, nauseabundo. Olía a muerte, a carne podrida, al horripilante hedor de la sangre reseca y el vómito bilioso de hace tres o cuatro días de un perro o gato muerto.

- ¡Oh, Dios mío! -exclamó nasalmente Aline, tapándose desesperadamente la nariz e incluso la boca.

Jane sonrió ausente de humor, una mano en su nariz también, cuando los miró levemente por encima de un hombro.

- Lo sé.

Rebuscó en su riñonera y les pasó unas mascaretas dignas del mejor cirujano para que la experiencia fuera lo menos apestosa posible. Aline y Louie se las pusieron casi a la velocidad de la luz, pero se sintieron francamente decepcionados cuando se dieron cuenta que seguían oliendo más de lo que les hubiera gustado.

<Oh, bueno...>

El disgusto de sus entrañas y fosas nasales se vio delegado a un manifiesto segundo plano cuando Aline tuvo realmente ante sí a Jane Dowie, sentándose con aire derrotado, cansado, exhausto en uno de los escalones de la fachada del destartalado albergue. Justo en ese en el que la última noche Jane había concedido su mano a una Aline abrumada por las emociones descabelladas de un amor imposiblemente cercano. Aline sintió, una vez más, un sentimiento de pérdida, sintiendo esa noche, esa toma de manos y trasvase de sentimientos, a años luz de la forma distante y profesional de Jane del presente, a pesar del abrazo que le había brindado. Aline sabía que ese abrazo solo lo justificaba el impacto que el albergue dejó mella en ella y de lo evidente que tuvo que ser su estado de aturdimiento para que Jane se acercara. Entonces, y solo entonces, Aline fue conciente de cuanto, a pesar de las circunstancias, seguía prendida de esta mujer. De esta enigmática e inalcanzable mujer, sintiéndose condenada a su amor platónico.

Maldita sea, ¿es que nunca más podría volver a ser libre?

<No, ya tienes dueña> masculló su subconsciente, aplastando la estúpida rabieta de su débil mente enamoradiza.

Cuando Jane levantó la mirada a punto de hablar, Aline sintió y casi pudo oír un leve "clac" cuando sus miradas sencillamente encajaron.

- Ya hemos encontrado tres notas, dos de las cuales creemos ciertas, o salidas del mismo puño y letra -empezó a decir Jane, advirtiendo como Ben se había incorporado al improvisado "público" y rodeado los hombros de Aline en un saludo silencioso-. La tercera tiene distinta caligrafía y no tiene firma. El caso es que, verdaderas o no, esas notas han reclamado la presencia de los cuatro que ya estamos aquí y la de los Rice, que llegarán esta tarde si todo va bien.

Aline miró desconcertada a Ben, quien se había subido a Louie a la cadera y asentía lentamente con la cabeza de acuerdo con cada palabra que Jane recitaba, pareciendo incluso ensayadas. Aline suspiró y se pasó los dedos por el cabello. Oh, Dios, aun no podía creer que estuviera ocurriendo todo aquello. Demasiadas cosas en tan poco tiempo. Y demasiadas cosas, francamente, difíciles de creer, mucho peores de asimilar. Se sentía mareada por tantas contradicciones. ¿Cuánto de cierto y cuánto de falso había en toda aquella parafernalia fantasmalera? Apenas había asimilado la muerte de los señores Dowie, ¿cómo iba a poder con la resurrección misantrópica de sus fantasmas?

- Según firman las notas, proceden de Franck -titubeó Jane antes de corregirse-. Uhm... bueno, del fantasma, espíritu, alma o lo que sea de Franck... Y exige, más que pide, nuestra presencia aquí, en el salón del albergue a las 3:15 de la madrugada de mañana. Eso dice la primera nota, hallada debajo de uno de los retretes inundados de la segunda planta hace tres días al lado de una rata decapitada con el rabo calcinado. La segunda, entre las cenizas de la vieja chimenea, especifica los nombres de los que quiere que asistan a lo que dice ser "La reunión de los elegidos". La tercera suponemos que es de Madalane y no encaja muy bien con las de Franck, puesto que parece un aviso, una prevención, advirtiéndonos que no vayamos sin protección a la reunión.

Francamente, pensó Aline, aquello no podía estar sucediendo. Sencillamente, no podía. ¿Alguien la había metido en una película de Stephen King y no se había dado cuenta? Oh, santo Dios, solo esperaba no tener que protagonizar ninguna continuación de ninguna película que empezara con que alguien sabía una cosita de algún último verano...

Bajó la mirada, se alejó para tomar un poco de aire fresco al sacarse la mascareta y miró a lo lejos, de espaldas al albergue y a todo su tormento. Agradeció el viento que inesperadamente le echó el cabello hacia atrás y no pudo evitar sonreír con tristeza cuando, tras unos instantes a solas, volvió a sentir un peso familiar en su hombro izquierdo.

- ¿Porqué, Jane? -le susurró sin mirarla, cubriendo de nuevo aquella mano cálida que se empeñaba en consolarla-. ¿Por qué te acercas?

Quizás me lo imaginé, quizás la sonrisa trémula que advertí sin ni siquiera tener que girarme y verla fuera producto de mi tortuosa imaginación. Pero no me cupo la menor duda de que al subir mi mano y cubrir la suya, detecté una agradable presión de las yemas de sus dedos, un cariño que rebasaba la cortesía formal y, lo más exaltante, un titubeo, un atisbo de confusión y timidez ante mi inesperada pregunta, que rápidamente fue substituido por su voz rica en profundidad con obstinados tintes de misterio haciéndome cosquillas detrás del lóbulo derecho de la oreja.

- Porque me pareció que estabas demasiado lejos.

Lo último que quería era que jugara conmigo. Di un paso hacia delante y solté una profunda expiración, como si realmente intentara que mi cuerpo se despojara de las sensaciones que Jane me imponía con su presencia. Empezaba a sentirme arrullada por la situación, sabía que si respondía a su enigmática réplica acabaría abarcando temas que no estaba segura de querer tocar. De poderlo hacer siquiera. Temas que, sin embargo, me había estado preguntando durante demasiado tiempo como para que una respuesta igual de enigmática saciara tantos abismos de dudas. De sentimientos. De esperanzas. Quería la respuesta que necesitaba o no tener ninguna en absoluto. Las medias tintas, las medias palabras, supe en ese mismo instante que serían intolerables para el exigente y resentido de mi corazón.

Sencillamente, era o todo o nada.

- ¿Aline? -me llamó, pero no respondí, dejé que prosiguiera mientras me abrazaba el pecho y me perdía en la paisajística panorámica del monte-. Lo siento... -vaciló y la sentí dar un paso errante atrás-. No quería molestarte, quizás deseabas est...

- No me molestas -zanjé sonriendo irónica sin que me viera-. ¿Qué te hace pensar lo contrario? -pregunté sin poder reprimir el sarcasmo en mis palabras.

< Oh, vamos, Jane, estoy segura de que ya sabes lo que siento por ti. ¿A qué viene ahora este ataque de inocencia pudorosa?>

- Parecías absorta en tus pensamientos.

Uhm...

Buena respuesta.

Buena excusa.

- Supongo... -dije con desgana-. Muchas cosas en las que pensar.

- ¿Lo dices por lo del albergue? -preguntó poniéndose a mi altura y perdiendo la mirada junto a la mía-. Oh, sí... Te entiendo.

Giré muy lentamente la cabeza y observé largamente el perfil de su rostro pincelado con leves retoques matinales que sencillamente lo embellecían imposiblemente más. Sonreí terriblemente triste.

- No, Jane -solté una carcajada y volví a mirar al frente-. No creo que lo hagas.

Entonces fui yo quien notó su mirada clavada en mi rostro y me regocijé en el mero hecho de, al menos, haber podido captar su atención por una maldita vez en mi vida.

- No das muchas oportunidades para entenderte, ¿sabes? -rebatió y me sorprendió hasta al punto de tener que volver a mirarla para corroborar la repentina rabia que advertí en sus palabras-. Te recuerdo que no fui yo la que cortó lazos.

Estreché la mirada y la escruté críptica, resistiéndome a creerme que realmente Jane le hubiera importado nada que no la hubiera llamado. Resistiéndome a que jugara con mis sentimientos haciéndose la víctima para enmascarar la sencilla realidad de que no podía corresponderlos.

En ese momento me sentí aun más vacía y cavernosa por dentro que el propio albergue, sentí la inmundicia maldita de las cavidades mohosas y fétidas de mi corazón putrefacto y sentí con un leve atisbo de placer morboso y descarriado el veneno que Jane me había inyectado en vena desde el primer día y cruce de miradas. Estaba contaminada, condenada, maldita.

Para mí ya no existía cura, remedio o esperanza alguna.

Acaba de perder el control.

- ¿Y a ti qué más te da, eh Jane Dowie? -rebatí en creciente furia injustificada-. ¿Qué te importa a ti lo que piense o deje de pensar? Maldita sea, no me vengas ahora con jueguecitos sentimentales, vale? Sencillamente no juegues con esto -alcé la voz-. ¡No te lo consiento!

Se quedó unos segundos mirándome impasible, sin atisbo de emoción alguna en su rostro, hasta que abrió la boca, respiró someramente y decidió atacar.

- ¿Sabes? Realmente creía que valía la pena -masculló ofendida, o eso es lo que me pareció que aparentaba-. Que habíamos empezado algo por lo que valía la pena esforzarse, luchar. Qué estúpida fui... -rió entonces ella con mofa, enseriando al segundo después-. Pero ya veo que me equivocaba. Y encima me dice a mi que no juegue con eso, JA! -se jactó alejándose de mí con paso firme-. Como si ella nunca hubiera roto un plato, apostado al caballo equivocado... -se detuvo en lo alto de la colina que precedía el albergue y me miró con tal odio que estoy segura que si las miradas fusilaran, yo habría pasado a formar parte de la familia de los coladores en cuestión de micro segundos- ... besado los labios equivocados...

Dicho lo cual, se giró y desapareció.

*****

"En la pared el reloj marca la hora equivocada. La lluvia ha dejado la arena de la playa con tacto de exilio y vuelta a casa. El mar y el cielo se mojan entre sí. Más allá, entre las rocas, madera y ropa. Restos de un naufragio. El espejo devuelve la imagen distorsionada, y vuelve la sombra de la araña a oscurecer el futuro: hace años no necesitábamos cadenas. Las gotas se enfurecen tratando de atravesar el cristal. Ya no veo más allá de tus ojos: la luz se marchó envuelta en la noche. No queda nada. En la orilla, los tablones ya no se aferran a la realidad, y emprenden el viaje de las cigüeñas. El oscuro tiempo nos arrastra implacable. El ruido de la calle es sólo mi alma gritando. Quiero irme, pero ella me sigue: el nudo de la soga es difícil de soltar. Qué bien te queda ese jersey rojo. No me sonrías. No me apuñales. Vete, pero poco. Dame un respiro, quédate, pero disimula. Cómo pesan tus recuerdos sobre mi espalda. No te vi el otro día, a la salida de clase; cuéntame algo, ahora tengo que hacer las cuentas, dos horas seguidas. Cuando te ríes, el mundo se llena de dientes. ¿Qué tal con tus negocios? El viento se llevó las ropas de la playa, el tiempo te hace cada día más necesaria. Voy a tener que poner el reloj en hora, no te muerdas las uñas. ¿Otra vez sin reloj? Nos han dejado solas, no andes tan rápido, ha parado de llover, disculpa, ¿tienes fuego?. En la playa hace frío, te llamo el martes, el tiempo lo dirá, soy demasiado exigente, no voy a poder ir, he quedado con una amiga, has dado en el clavo, ponte bien el cuello de la camisa verde, qué miedo da el mundo cuando se refleja en tus ojos. No llores, es culpa mía, ¿crees que funcionará ese extintor?, déjame un libro que te haya gustado, no hace falta que me acompañes, sólo me siento bien a tu lado, quédate con lo bueno. Qué difícil es desprenderse de tu presencia. Róbame el aliento sin pedirme permiso, ahora que estoy convencida de apostarlo todo al número ganador. Déjame susurrarte cada brizna del acorde que inventé para ti, mientras hojeas una revista sin páginas interiores. Dame algo de tu tiempo, que el mío dura muy poco cada vez que me miras. Y busca debajo de las sillas, por si encuentras las puntas de los lápices que rompo al dibujarte."

Continuará...


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