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EL SEGUNDO SEXO

Autora: Paola

Camila caminó a casa agobiada por su clase del día siguiente. Su maestra era una fiera. Lo había escuchado de boca de sus amigas. Las veía salir con cara de martirio de las tres horas de clase con esta señora. Difícil. La clase era aburridora y difícil. La profesora: peor. Llovía. Al día siguiente de seguro llovería también. Sí, también llovió. No considerò necesario preparase para la clase pero estaba nerviosa. Decidió soltar su melena para que las gotas de agua la aplacaran. Más bien rellenita, de estatura promedio, la tez tan blanca y tan suave como si hubiera sido bañada en leche desde niña. Millonaria. Había sido bañada en leche desde niña.
Desde que la vio le atrajo. Dominaba la clase sin molestias. Amable pero ruda. Interesante. Con su cabello color azabache y sus ojos de un azul profundo que cambiaba con el reflejo de la luz, cual zafiro. Sus pensamientos divagaron hasta que la maestra empezó a pasar un sobre por la silla de cada uno de los estudiantes y les pedía que sacaran uno de los papelitos que había adentro. Ese papel tenía una pregunta. Esa pregunta era la clave para iniciar con pie derecho la clase. O para arruinarla. Cuando fue su turno, no respondió. “Pero ese no fue el error”, reflexionó. El error fue haber sido indiferente, despectiva. Se inclinaba a pensar que debía ser fuerte ante Lucrecia.
-Lucas es mejor. Lucrecia es un nombre como del siglo pasado y que hasta a mí me asusta. Se me parece al nombre de la mala de una telenovela.
-¿Cuántos años tiene? –preguntó Ricardo.
-Qué tonto, esa pregunta no se le hace a una mujer -contestó Angélica.
Camila se avergonzó pero se sintió también aliviada. Había pensado lo mismo, si Ricardo no se hubiera atravesado en su camino, de seguro le hubiera hecho esa pregunta.
-Bueno -contestó Lucas acostumbrada a medias a este tipo de situaciones-.Espero que sean igual de curiosos con la clase. Me gusta que participen y que vengan bien preparados. De vez en cuando les haré un quiz sorpresa para comprobar lectura o asistencia –Los chicos rezongaron- Créanme, muchachos: es absolutamente necesario. Me gusta tener suficientes notas para darle oportunidad de pasar a todos. No me gusta el llanto de final de semestre.
Risas.

Stupid Girl

-Me encantó la clase, es la primera vez que siento que he aprendido -Camila saltaba y hablaba fuerte con Angélica y con Ricardo porque sabía que Lucas caminaba atrás suyo. Le había gustado la clase, pero exageraba porque quería llamar su atención.
-Me alegra mucho que les haya gustado la clase. Que aprendan es lo más importante para un maestro.
Angélica aprovechó para entablar conversación con Lucas. ¿Cuántos años lleva en la docencia? “Dos”, ¿En qué universidades ha dictado? “En un par de la capital”, ¿Qué asignatura? “También literatura”, ¿Muy difícil el cambio? “No...”.
-Pero es que usted tiene algo en su manera de dictar la clase que atrapa al alumno- Camila había interrumpido una conversación que hasta el momento había abarcado a dos personas.
-Gracias.
-Sí, es...
Lucas se despidió de los tres. Habían caminado juntos hasta el parqueadero. Adiós a todos. Olvidó decirle que tiene un bonito color de ojos. Olvidó decirle que se alegra mucho de que sea su alumna. Olvidó decirle que es un poco extraña pero interesante. Bueno, hora de ir a casa. La próxima semana los vuelvo a ver. La vuelvo a ver.
Adiós, Lucas. Que tonta, no es capaz de llevar una conversación decente. Que pensaría, que estaba tratando de conquistarla. No, ese no es su tipo de gustos. ¿De dónde diablos sacó lo de los ojos? La próxima semana lo remediaría. Nada de halagos. Trabajo, sólo una relación de trabajo.

Dos días después de la clase, Camila se reunió con Angélica y Ricardo en el Gualilo, un lugarcito en la Universidad donde servían todo tipo de variedades de esta bebida tan apetecida por los estudiantes universitarios, los profesores, los poetas y los escritores. La nueva maestra. Siempre el tema de conversación. A Angélica no le había desagradado Lucas como persona, sólo la decepcionó perder la materia el semestre pasado. Angélica y Camila se habían conocido hace un año y medio en la universidad. Angélica regresaba luego de un viaje a la capital. Camila no estudió un semestre por problemas familiares. ¿Qué tal todos en tu casa? Le preguntaba Angélica siempre que la veía. “Mejorando”, mentía Camila. Ricardo había estudiado con Camila la carrera de Letras desde que comenzaron y a pesar de la atracción que sentía por Camila, las cosas no progresaron más allá de una simple, pero firme amistad. Ricardo era, en cierto sentido, un hombre atractivo por lo agradable y lo gracioso. Demasiado preocupado por cosas terrenales para Camila, que prefería los hombres que amaran la poesía y la literatura. Un par de novios. Quizá una chica que le llamara la atención. No tenía problemas con ello. Angélica lo sabía, solía hacerle bromas, pero Camila mantenía su bisexualidad bien resguardada de quien no mereciera saberlo. En la universidad, en cualquier caso, no había muchas mujeres interesantes. A excepción de Lucas. Otra vez.

Otro día de clase. Se ha puesto muy bonita. Que bien le sienta ese pantalón. Se ve más guapa con el cabello suelto. Otra vez. El día de clase. Me agrada su falda. Definitivamente le gusto. Trata de llamar mi atención. Espero que le guste lo que le voy a enseñar en clase hoy. Me gustan sus ojos verdes, siempre brillando. Pertenece a una familia acomodada. Eso es seguro ¿Pero por qué se deja manipular de Angélica?
-¿Tiene novio? -Le preguntó Angélica a Lucas antes de empezar la clase.
-Vaya, ¿pero por qué no vas más despacio? -comentó entre risas Camila, tratando de no parecer herida.
-Déjame -le contestó Angélica y se dirigió a su profesora buscando una respuesta. Hacía sol, mucho sol. Calor.
-No, no tengo novio.
-¿Y eso?
Camila sintió que saltaba del lugar en el que estaba parada. ¿Cómo iba a contrarrestar los efectos que Angélica estaba causando en Lucas. Un atracción que se mostraba abiertamente. En caso de que a Lucas le gustaran las chicas no tendría temor de enredarse con Angélica porque sabía que sería correspondida.
-¿De que signo es? -preguntó Angélica.
-Soy de Géminis.
-Oh, yo soy de Libra –respondió Angélica.
-Sabe, ya sé porque atrapa a sus alumnos, además de su dominio de la clase.
-¿Por qué? –preguntó Lucas, intrigada, pero atenta a que la mayoría del salón estaba ya acomodado en sus sillas y le urgía terminar pronto la clase para solucionar un problemilla pendiente.
-Porque tiene unos ojos azules preciosos.
-Oh- dijo Lucas, semi sonrojada por el comentario, pero poco concentrada en el asunto de escoger con cual de sus alumnas tendría un affair- Gracias.
Entró al salón. Bueno chicos, buenas tardes, vamos a comenzar la clase. Leyeron, supongo. Risas. Rabia. La había ignorado. Angélica se había divertido con la situación, con la palidez de las mejillas de Camila, con su despecho y su ira.
No participó en toda la clase. “¿Qué pasó? ¿No leíste?”. No iba a contestar a la pregunta de su profesora pero lo hizo. Un sencillo no. Terminó la clase y caminó con Ricardo a la cafetería. “¿Cómo es posible que le preste más atención a ella que a mí?” Ricardo se marchó enojado a su casa. Celoso. Y herido. “Qué boba”, pensó él. Esa mujer no le va a prestar ni cinco de cuidado. Camila regresó al salón para ver si Lucas aun estaba allí. Sí, pero estaba con ella, con Angélica. Conversando. Había pasado casi una hora y aun estaban conversando.
-¿De qué hablabas con Lucas ayer?- le preguntó a Angélica a día siguiente en el Gualilo.
-Cosas de mujeres. De ropa, de perfumes, de cosas.- Camila estalló. Hacía calor. Odiaba el calor. Hervía por dentro. Hervía.

Sólo se es feliz cuando llueve.

Luego de una semana extremadamente calurosa, llovió un viernes en la tarde. Camila caminaba con Ricardo hasta Blockbuster para alquilar una película.
-Mira, ¿no es Lucas?
-Sí -contestó Camila tratando disimuladamente de esconderse entre los estantes de películas.
-¿Vamos a saludarla?
-¡No!
Ricardo se quedó un poco desconcertado. Fue a pagar el alquiler de la película con el dinero que Camila le había dado.
-Hola, chicos.
Lucas los saludaba desde el estacionamiento mientras abría la puerta del auto y ellos salían.
-Hola -contestaron Ricardo y Camila a un mismo tiempo.
-¿No alquiló ninguna película?
-No -contestó fijándose en Camila y en la camiseta pegada después de la lluvia-. Sólo vine a asegurarme de que aquí esté una película que les voy a pedir que vean para dentro de un par de clases. Luego del examen.
-¿Examen? -preguntó Ricardo un poco preocupado.
-Claro, no creerás que íbamos a pasar el semestre sin exámenes -contestó Camila para hacer reír a Lucas.
-Buena respuesta.
Lucas se despidió y los dejó solos, lloviendo de nuevo. Camila sonrió. “Definitivamente todo mejora cuando llueve”.
“Sí, sólo soy feliz cuando llueve”, pensó Lucas mientras veía cómo se alejaba el hijo del casero que venía a cobrarle la renta. Lo amenazó con un arma. De juguete. Llovía. Pero sólo en su cabeza había ocurrido tal suceso. No había pistola, ni casero. Vivía en el segundo piso de una casa en un vecindario de clase media. Atormentada por su recuerdos, por su enfermedad.

Otra vez: niña tonta

-Muy bien, espero que todos hayan leído. Y si memorizaron, pues está bien, pero no será el arma principal en este parcial porque dejaré que saquen los apuntes. Lo que me interesa es que analicen.
-Podemos preguntar...- Angélica estaba lista para ganarse Lucas. ¿Por qué? Quizá dos motivos: le gustaba o tenia interés en pasar la materia utilizando el corazón en lugar de la cabeza. Probablemente Camila quería hacer lo mismo pero no lo reconocía. O no. Tal vez le interesaba aprender. Pero los elementos se juntan: una bonita maestra, una clase interesante, una bonita maestra, una facilidad para este tipo de temas, una bonita maestra...definitivamente se trataba de la maestra. De lo interesante e ilustrada que era. A la vez sencilla y hasta graciosa. No más graciosa que la misma Camila.
-Camila! ¿Quieres correrte dos puestos adelante?
Hacía unos cuantos llamados que su profesora estaba parada a su lado pidiéndole que se cambiara de lugar.
-Ah, sí. ¿A dónde?
-Uy pero viene drogada de tanto estudiar -dijo Angélica en voz alta. Risas de todo el salón.
-Ja,ja -Camila: a disimular como sea-.Por lo menos yo estudio.
-Yo también estudio y qué- respondió Angélica en tono burlón- Eso no me va a garantizar pasar la materia. Necesitaría un milagro.
-No necesitan milagros, sólo poner en práctica lo que se supone que han aprendido en clase -los chicos rieron- Ni se atrevan a decir que soy una ilusa -risas-.Y ahora concéntrense en el previo.
Si Angélica se levantó diez veces a preguntarle a Lucas asuntos relacionados con la prueba, Camila se levantó once. La competencia entre las dos por acaparar la atención de su profesora era feroz. La lucha no era por definir quién era la mejor y más sagaz alumna, si no cual de las dos era capaz de enamorar a su maestra, ya fuera para pasar la materia o no.
La última en salir de parcial fue Camila. Tenía el punto a su favor de que Ricardo la esperaría todo el tiempo que fuera necesario, al revés de Angélica, para quien cada segundo era un dardo en contra de su felicidad.
-Bueno -le dijo Lucas -Yo me tengo que ir. Así que...
Lucas se acercó a Camila. Tenía toda la intención de ayudarla pero algunos de sus alumnos estaban esperándola para invitarla a tomar un café. -Me tengo que ir. ¿Cómo vas? ¿te falta mucho?
Camila pone cara de martirio.
-Ay, Lucas -"¿Por qué tengo que gemir?", piensa.
-Déjame ver -se acerca al papel, le echa una ojeada- No, pero si te hace falta una frase. Vamos.
-Usted es por ir a tomar café -"La estupidez no se me pasa ni a golpes", pensó mientras caminaba con Ricardo hasta su casa.
Lo despidió.
-Oye, te va a ir bien -le dijo él y le dio un beso en la mejilla.
Camila afirmó con la cabeza y lo dejo marchar.

Su padre no estaba en casa. Según la joven que se encargaba del servicio de la casa, el hombre había salido en plan de negocios. “Y mamá va a aprovechar para traer a sus amantes” El asunto no era cuestión de amantes o de traiciones, si no de soledad. Todo a la mano, pero nadie cerca. Solo la joven del servicio, que se encerraba en su cuarto después de las ocho de la noche para ver la tanda de sus novelas favoritas y ella. En la soledad de su cuarto, frente a su computador, soñando con los fanfic’s que leía de internet. Las historias sobre heroínas y bardos de otras épocas, o de personajes que arriesgaban su vida por el amor. Nada de aquello sucedía en la realidad, sólo el silencio era palpable.

Sólo el silencio era palpable. Esa habitación miserable, esa casa desordenada, el diario y todos los recuerdos de su adolescencia regresaban a ella como lo único feliz, cuando no estaba enferma, cuando su cabeza le pertenecía y su escritura no correspondía del todo al delirio que sufría. Delirio. Psiquiatras. Medicinas. Enfermedad. De joven había sido muy hermosa. Aún conservaba su gracia y su porte, pero no tenía el control completo de su capacidad mental. Una ciudad mediocre, un pueblo grande era el mejor escondite. No tendría que utilizar su astucia con los editores, ni con sus colegas escritores, ni tendría que recibir visitas, ni soportar discípulos ociosos o compañía pretenciosa. No tendría que levantarse tarde sólo porque esa era la costumbre de los escritores. Podría levantarse temprano, dictar su clase. Estar tranquila. Vivir tranquila. Sola, pero tranquila.

Luego de una semana, en la cual Camila no se asomó por la oficina de Lucas, sus compañeros de clase estaban listos para recibir su nota. Una de las últimas en recibirla fue Camila. 4.8.
-No me puso 5 por la vaca que le dibujé, ¿cierto?
Lucas rió. De una manera clara, con un sentir cristalino. Estaba sintiendo lo que le sucedía a esta chica. La miraba y podía sentir que estaba con ella, que podría enfrentarse a sus colegas por esta joven y apoyarla. Pero a la vez quería llevársela a la cama sin contemplaciones, sin pensar que seguramente el asunto terminaría pronto y habría que decir frases lastimeras o probablemente fingir indiferencia hasta que a la niña rubia se le pasara el capricho que ella misma le había alimentado. También había algo más, algo que le interesaba. Quizá por eso no se negó a aceptar el café al que la invitó esa noche.
-Ya, no eche tanto cepillo -le dijo Angélica mientras estaban sentadas tomando el café. "A mala hora tenia que aparecerse", pensó Camila. "Es una bruja, apuesto a que lo vio en su caldo".
-No es cepillo, de verdad -dijo dirigiéndose alternativamente a Lucas y a Angélica- Es que estoy aprendiendo, por primera vez, me gusta la clase y presto atención.
-Pues me alegra mucho que sea a mi clase. Eso me complace mucho.
Al rato, Angélica se disculpó. El reloj siempre jugaba en su contra.
Camila se quedó conversando con Lucas. Pagó el café y la acompañó hasta el auto.
-Nos vemos -se despidió Camila junto a la portezuela.
-¿Cuándo? -se le escapó a Lucas. "No! Que paso en falso", pensó.
-Mañana -respondió Camila sin pensar. "Qué obvia. Definitivamente la prudencia es una de mis cualidades más ocultas".
-¿A qué hora? "Ya que importa".
-A las nueve en el Gualilo. "¿Por qué no la invito a un bar gay ya que estoy en este plan?", lo pensó, pero en voz alta.
-¿Qué? -preguntó Lucas entre risas.
Camila salió del apuro como mejor pudo. A pesar de los regaños en su casa y en la universidad, el día parecía una fiesta. Entra al baño en la noche, se baña, piensa en Lucas; "qué estará haciendo?". Se cambia, se pone la piyama, piensa en Lucas; "¿ya habrá comido?". Cena, ve televisión, piensa en Lucas; "Si existe un dios, por favor, que Lucas esté pensando en mí".

Problemas. El dinero no llega. Pregunta en la facultad por qué su cheque no ha sido girado. Las deudas. Las ocho treinta. La reunión de profesores de la facultad, Camila. La cita con los editores, las deudas, el cheque, las nueve treinta, Camila. No ha puesto atención a la reunión, no ha podido resolver lo del cheque, la casa, el arriendo, las deudas, las doce, Camila. Pasa el día y no resuelve ninguno de sus problemas. "No he podido ir, disculpa, tuve muchas reuniones, luego te lo compenso, Camila", una respuesta rápida, un toque ligero en la mejilla sonrojada por la rabia de la joven, una despedida a la ligera; demasiada ligereza para lo que hubiera querido hacer con Camila. ¿Y si la llevaba a su casa? ¿Y si le invitaba un café? ¿Y si la acercaba en el auto hasta su casa? ¿Y si con cualquier excusa la llevaba a su casa y le hacía el amor?

-Se te nota -le dijo Angélica- estás retragada. ¿Qué vas a hacer con Ricardo?
-¿Cómo que qué? Sólo somos amigos.
-¿Le vas a decir a Lucas?
Camila dudó la respuesta. Luego trató de matizarlo. Un mal calculo. No debió contarle a Angélica sus sentimientos por Lucas. Lo podría usar en su contra. Pero estaba decidida a ir con toda. ¿Y si le contaba? "No es capaz".

-A que no adivina. Tiene una fan enamorada.
-¿Qué? -preguntó Lucas entre divertida e incómoda por la confidencia que estaba a punto de escuchar y de la cual ya tenía conocimiento. -Yo no tengo fans, sólo me odian, pero con tal que aprendan es suficiente para mí.
-Es Camila. Está enamorada de usted.
Lucas lo sabía. Sonrisas y pensar en eso todo el día. Era cierto, a Camila se le notaba. Se sonrojaba cuando la veía, hacía todo lo posible por llamar su atención, comentarios suspicaces. Sí, ella le gustaba a esa joven. Ahora a planear una cita.

La clase de la semana tuvo como tema central a la literatura rusa. Leon Tolstoi, uno de sus principales exponentes fue vitupeado y alabado por los alumnos de Lucas. Camila participó como de costumbre. Angélica soltó algunos comentarios. Tanto Lucas como Camila los ignoraron. El trabajo de clase: ver una película.
-Usted también la tiene que ver -inquirió Camila a su profe.
-Sí, la tengo que alquilar para verla aquí porque no tengo VHS.
Camila esperó que Angélica se distrajera con uno de sus compañeros para lanzar el zarpazo.
-¿Por qué no la ve en mi casa? Tenemos una sala de cine muy linda. Parece un teatro.
-¿Podríamos verla todos? -dijo Lucas tratando de retrasar el momento. Luego arreglaría el asunto en caso de que Camila estuviera de acuerdo en invitar a los chicos a su casa. Sintió el fastidio de Camila. No quería lastimarla, pero estaba obligada a mostrar un interés meramente amistoso en su propuesta.
-A mis papás no les va a gustar tanta gente.
-Claro. El fin de semana está bien. El sábado. Te parece. En la tarde.
-Sí.
Camila entendía que Lucas tenía que provocar para ella un ambiente amistoso. Se despidió.
-¿Puedo compensar lo del café del otro día? -preguntó Lucas con sus ojos azules apuntado a Camila y compitiendo en belleza con su cabello azabache para robarse el corazón de la joven.
Camila lo pensó. Ricardo la esperaba. Pero no podía dejar pasar la oportunidad. Vaciló.
-En mi casa. Tengo que corregir unas pruebas del otro grupo. ¿Sí? Es cerca. -Lucas tenía que convencer a Camila. Estaba dudando. Hoy tenía toda la intención de besarla. De conversar sobre libros, de prepararle un café, de hablar sobre la clase, de besarla. Camila aceptó. Fueron en el auto de Lucas. Había que retrasar la salida para no despertar sospechas de sus compañeros. Camila no le comentó a Angélica para dónde iba. Se disculpó a medias con Ricardo. Lo vio sentirse, pero corrió a los brazos de Lucas. Sabía que a eso iba, a entregarse a Lucas. Probablemente no pasara entre ellas algo demasiado romántico. Quizás romántico pero no erótico. De cualquier manera, iba detrás de Lucas, la seguía. A sus brazos, a su mente, a su vida, a su intimidad, a su cama.

La casa de Lucas le pareció miserable. Una mujer como ella se merecía más que eso. Subió sin hacer comentario a las disculpas de Lucas por el desorden, por el estado de la casa. Prestó atención a su historia y casi la fuerza a contarle sobre sus deudas. No obtuvo mucha información pero lo que supo le sirvió para tomar la decisión de pagarlas por su maestra. ¿Cómo lo tomaría? Después, cuando fueran algo mas que amigas, la convencería entre besos de que aceptara su ayuda.
Lucas preparó el café. Sirvió panecillos. Hablaron de música. A Lucas le gusta el ska. A Camila lo clásico.
-Se nota la diferencia de clases -comentó Lucas. No demasiado afectada, pero notó que el corazón de Camila se sobrecogía.
-No es verdad. Sólo tenemos gustos distintos.
-Tenemos gustos cruzados. Debería ser al revés. Salgamos -dijo Lucas de repente-. Aquí hace mucho calor.
Se sentaron en las escaleras que daban a la calle. Las siete de la noche. Ni un alma por allí. Cuando menos ni un alma interesada en alguna de ellas dos. Simples escritores perdidos en el alcohol.
-Hay algo que me gustaría aprender, que usted no me ha enseñado -comentó Camila, tan cerca de su morena que podía sentir su aliento.
-No te puedo obligar a que me tutees -contestó Lucas un tanto divertida por la cercanía. También un tanto nerviosa.
-No eso, tonta- Camila se paralizó. Sintió un frió recorriéndole la espalda.
-Vaya, entonces soy tonta -respondió Lucas sin ofenderse. Divertida al ver lo que provocaba en su alumna y lo que esa chica provocaba en ella.
-No, perdón. No quise decir eso. No se ofenda. No te ofendas.
-Tranquila, no fue nada. ¿Qué quieres que te enseñe?
-Quiero que...
-Con una condición: me lo pides tuteándome.
-Dame un beso. Enséñame a besarte...a besar.
-Listo.
Lucas se acercó y la besó suave en los labios. Un beso mortal para Camila. Un roce venenoso. Ya no había como recuperarse. Lento, hacia arriba, hacia abajo, el vaivén de los labios haciendo una danza. Unos segundos que parecen minutos, unos segundos que parecen menos, apenas el asomo de la lengua.
-Y bien, ¿aprendiste algo?
Camila asintió con la cabeza. No sentía vergüenza. Contrario a su maestra que no podía evitar que el rojo se le subiera a su piel morena y le pusiera los vellos de punta.
Unos minutos tardó Lucas en convencer a Camila de que se marchara a su casa. Se negó a que le pagara el taxi. Un beso de despedida antes de detener el carrito que en esta ciudad es amarillo. Un beso en los labios. Un beso usando la lengua. Usando los brazos. Más profundo.

"Sucedió", pensó Camila mientras se duchaba. "Soy otra. No una más del montón. Soy de Lucas. Soy suya. Soy su preferida. Un momento. A penas fue un beso. Ninguna de las dos estaba drogada o ebria. No se puede sacar esa excusa. Un café no le hace perder el sentido a nadie. Un beso sí. Un beso de mi morena, sí. Que lindo que se oye: mi morena. ¿Cómo me dirá ella? Pensaré en un sobrenombre apropiado para llamarnos cuando estemos solas". Desayunó y vivió el resto del día pensando en eso, hasta la tarde cuando pasó por la oficina de Lucas.
-Estoy ocupada, corazón. Lee el correo que te envié.
"Soy una estúpida. 'Estoy ocupada, corazón'. Claro. Ni siquiera es capaz de dar la cara para decirme que todo fue un error. Eso siempre pasa. ¡Pero si lo he leído miles de veces en los fanfic! ¿Qué diablos estaba pensando?¿Que me iba a hacer caso?". Las manos le temblaban cuando abrió el correo electrónico. Duró eternidades.

Camila:

Hoy voy a estar muy ocupada y no voy a poder atenderte como te mereces. No te invito a mi casa porque voy a salir tarde. Con sinceridad, me da vergüenza que vayas porque es una pocilga. A puesto a que estabas pensando que te iba a decir o a escribir que me arrepentía del beso. Pues no. Mañana voy a estar a las nueve en el Gualilo. ¿Qué tal un frappè? ¿Es muy pronto para decirte que me gustaron mucho tus besos? "La próxima vez que vuelva a dudar de ella me mato", pensó Camila.

Ricardo la encontró en Internet , respondiéndole a Lucas. Tan pronto como Ricardo llegó, ella cerró las ventanas del computador.
-Quiero invitarte a tomar algo.
-Claro, Ricardo. ¿A dónde?
-Al Gualilo.
-Está bien, ¿pero por qué tanto misterio?
-Tengo que comentarte algo.

Una vez, en el Gualilo, Ricardo le contó a Camila lo que parecía ser de vida o muerte.
-Quiero escribir para el periódico de la universidad.
-Vas a sufrir -lo dijo entre resignada y segura.
-Claro que no, Camila. Sé que va a ser duro, pero voy a estar bien, porque voy a asumir el reto.
-Que terco, pero si eso quieres. Venga para acá un abrazo.
-Hola, muchachos –Lucas caminaba hasta la caja registradora para pedir su café del atardecer. “Mierda”, pensó Camila, que soltó de inmediato a Ricardo. Ambos fueron al encuentro con Lucas para hablar con ella. Lucrecia ya estaba hablando con la chica de la caja registradora. A pesar de su gusto por la soledad, Lucrecia era más bien una mujer agradable. Le gustaba conversar. No buscaba el diálogo, pero tampoco era hosca con quienes se acercaban a ella. Su belleza y su inteligencia hacían que no sólo sus alumnos si no sus colegas profesores se acercaran a ella con curiosidad. Camila, por el contrario, hablaba sólo con las personas que quería. Su padre la había enseñado a ser una joven prepotente, consciente de su posición social y su clase. Pero su temperamento era más bien soñador y romántico, sentimental. La pobreza del mundo la desvelaba. A Lucas sólo la desesperaba su pobreza. De hecho, muy pocas cosas tocaban en realidad su corazón.

-Hola, profe –la saludó Camila.
-Hola, muchachos. No van a dormir si toman tanto café.
-A que no adivina, Lucas –la inquirió Ricardo desplazando a Camila, que observaba la reacción de Lucas ante el abrazo que había visto. Lucas también la miraba y, sin embargo, le siguió el juego al joven.
-¿Qué?
-Pues voy a escribir en el periódico de la universidad. Críticas literarias.
-Que bien, felicidades.
Ricardo estaba feliz. Tenía una reunión con el director del periódico para conocer a sus redactores. Le pidió a Camila que lo acompañara y ella había aceptado con anticipación. No podía negarse. Su amistad con Ricardo la comprometía. Se despidió de Lucas con dolor, con real dolor por no quedarse a conversar con ella. Camino a la redacción tropezó con Angélica, que iba directo a hablar con Lucas.
-¿Para dónde vas? –le preguntó Camila cuando la vio dirigirse hacía Lucas.
-Voy a hablar con Lucas porque voy perdiendo la materia. Ya vi mis notas publicadas y yo tengo que hacer algo.
Lucrecia canceló la cita de las nueve en el Gualilo que le había propuesto a Camila por mail. Camila lo entendió porque ese dìa se el rector de la universidad solicitó con urgencia a los profesores de facultad de Filosofía y Letras para examinar un caso grave. Ricardo le comentó a Camila y a Angélica, luego de la reunión de los profesores, que habían encontrado a dos alumnos de la facultad haciendo el amor en el baño. Lucrecia le había dicho a Camila que en la clase del dìa siguiente cuadrarían una cita.

-¿Que tal los compañeros de redacción de Ricardo? –preguntó Lucas el día de la clase a Camila. No habían conversado sobre su beso desde el día que sucedió. No se habían comunicado por correo desde ese día. Camila estaba descorazonada ante el silencio que Lucas guardaba acerca de ambas.
-Me dan mala espina. No son buena gente. Son unos petulantes, unos creídos porque creen que saben más que nosotros y que su profesión es más académica, más responsable.
-Pues sí, la profesión de periodista requiere de mucha responsabilidad. Una responsabilidad que se debe ver todo los días.
-Muchos no la llevan a cabo.
Sí, muchos. Pero te aseguro que los reporteros rasos están condicionados por muchas razones que aunque no debieran entorpecer su labor, lo hace.
-¿Usted ha trabajado como periodista? –le preguntó Angélica, adherida a la conversación.
-Sí, cuando empecé a trabajar oficié primero como periodista. De hecho, esa es mi profesión de base. Todo lo que sé de literatura e historia obedece a estudios posteriores que he realizado. Y a la práctica.
La clase transcurrió serena. Preguntas, respuestas. Y lo tortuoso que resultaba para Camila el trato meramente profesional de Lucas. La miraba constantemente, Lucrecia le devolvía la mirada y ella asentía. Nada más. Demasiada distancia. A la mitad de la clase Lucas le pidió a su clase que formaran grupos: Camila, Ricardo y Angélica. Siempre los tres. Camila no prestaba atención a lo que se hacía en el grupo. De vez en cuando hacía algún aporte interesante. Lucas había salido del salón de clase para tomar un café mientras los chicos trabajaban. Camila, una vez finalizado el trabajo y ante la ausencia de Lucas, sacó uno de los fanfic que había impreso de su casa para leer en sus ratos libres.
-¿Qué lees? –le inquirió Lucas cuando llegó.
-Un fanfic. ¿Sabe que es eso?
-Claro. Es un tipo de escritos que nacen a partir de personajes ficticios aparecidos en la televisión. He estudiado el fenómeno. Es bastante interesante desde el punto de vista sociológico.
-Pues a mí me parece más interesante desde el punto de vista literario.
-Es posible que se encuentren algunas buenas piezas.
Lucas se dirigió a la clase para continuar con el tema. Camila sintió que había perdido una batalla intelectual con Lucas. Buenas piezas. Que insensible. Punto de vista sociológico. Profesora tenía que ser.
La clase terminó y Angélica y Laureano, uno de los tantos estudiantes interesados en Lucrecia la invitaron a tomar café. Camila resintió la ausencia de Ricardo, que salió corriendo para el periódico a redactar su nota. Sin más remedio, fue a su casa a leer. Se sintió un poco mal, quizá extraña, porque desde que Lucas había hecho su apreciación los veía con menos cariño. Cuanto pesaba la opinión de Lucrecia en ella.

Al dìa siguiente le envió un correo a Lucas con el texto del fanfic que estaba leyendo. Revisando el correo, en su oficina, Lucas riò divertida. Le había gustado el fanfic. “Vaya, ahora veo de dónde sacó la idea de que la besara”, pensó. Es interesante. Ella es interesante. Bonita. Inteligente. Educada. El complemento perfecto. Ese fin de semana era el dìa en el cual irìa a ver la película en casa de Camila. A las cuatro de la tarde, Camila sorprendió a Lucas en su casa. El lugar estaba desordenado, y sin precaución con la puerta.
-Te gusta vivir con las puertas abiertas –inquirió Camila cuando la pilló recostada en el sofá leyendo el fanfic que le había enviado y el cual había impreso en su oficina.
Lucas, sin mostrarse sorprendida, le preparó café y se lo sirvió junto a unas galletas. Comieron comentando el asunto del fanfic. No hubo discusiones. Camila habló cuanto pudo del fanfic, hasta que a las seis Lucrecia le recordó que había que ir a ver la película.
-Vamos en bici –sugirió Lucas.
-¿Es por el dinero?
-Claro que no. Ven, vamos en bici.
Sin darle demasiado tiempo a reflexionar sobre la idea, Lucas sacó la bicicleta que tenía en el patio de su casa, acomodó como pudo a Camila y fueron hasta la casa de la joven. Grande, lujosa. Fuera de la extravagancia. Elegante. Camila la invitó a pasar. Oscurecía. Llevó a Lucas hasta la sala de cine. Era semejante a un teatro, pero con sillas de terciopelo y sonido celestial. No muy alto, no muy bajo. La joven del servicio les trajo gaseosa y crispeta. Lucas rechazó esta última y se quedó con la gaseosa. La película empezó a correr por medio de un sistema articulado de control remoto. La chica del servicio lo activó y las dejó solas. Segunda Guerra Mundial. Tanto Lucas como Camila odiaban la guerra. Camila por la gente que moría, Lucrecia por la utilización de estos sistemas para la creación de los pueblos.

Durante toda la película permanecieron calladas. El documental tuvo un relativo final feliz. Salieron de la sala de cine un poco compungidas. Camila pudo verlo en el rostro de su profesora. No es eso lo que quiero para hoy, quiero que esté feliz conmigo.
-Vamos a escuchar a Edith Piaf.
-Pero si Edith Piaf es una cantante de 1940, no creí que tuvieras esos gustos. Eres bastante joven.
Camila se encogió de hombros y llevó a Lucas de la mano tras ella rumbo a la sala de música. Amplia. Con un gramófono antiguo. Su padre lo había comprado única y exclusivamente para su muñeca. Oyeron la melodía que embargó la casa de un momento para otro. Camila empezó a rotar por alrededor de Lucas en un baile lejano a esta época.
-Ven –le ordenó Lucas.
Pero Camila estaba en otro mundo. En un momento, entre nerviosa y divertida, Lucas trató de tomar a su muñeca por el brazo pero ésta se escabulló. Corrió hasta la puerta y continuó así por la escalera hasta llegar al segundo piso, a las habitaciones. Reía frenética. Lucas también, contagiada del delirio de la rubia y del suyo propio. Camila entró a su habitación y quiso cerrar la puerta, pero Lucas, más hábil, alcanzó a entrar antes de que cerrara.
Camila trató de escapar pero Lucas la alcanzó y caminó hacia atrás con la chica en sus brazos hasta que cayeron en la cama de la rubia. Dieron unas cuantas volteretas en la cama hasta que quedaron frente a frente. Cara a cara. Lucas, perdida en su delirio, viendo la frente adornada por cabellos amarillos, la besó. A penas un roce. Antes de dejarla se detuvo en su labio superior. Luego la miró a los ojos. Aprobación o rechazo. Aprobación. Veía en los ojos de la chica terror y angustia, pero estos mismos le certificaban que había sido aprobada.

Camila sumergió sus manos en el largo y lacio cabello de Lucas, mientras ésta se hundía en su cuello. Besaba su clavícula. Recorría la espalda con sus manos. Ninguna se atrevía a despojarse de lo que llevaban puesto. Aunque la ropa estorbaba, el nerviosismo era mucho. Camila no sabía dónde dejar sus manos, el azote de la lengua de Lucas en su boca, en su rostro, en su oreja, la distraía constantemente del problema de què hacer con sus manos. Las metió bajo la blusa le Lucas, que llevaba un pantalón de algodón y una blusa blanca también de algodón. Camila, un poco más arreglada, había enviado sus zapatos a la alfombra y con ellos los de su maestra. Ambas estaban nerviosas. El cabello de las dos se confundía en entre las manos de cada una. Las luces eran distantes. El murmullo de los pájaros aumentaba la sensación de pérdida de la conciencia. El calor, la humedad, estremecerse. No pensar. Sentir. Las manos recorriendo los muslos, la espalda, las piernas, los brazos. La boca recorriendo los mismos lugares. Lucas estaba trepada sobre Camila y aun sin desnudase sus manos traspasaron la barrera de la tela. De la ropa interior. Del pudor. Lucas abrió la blusa de Camila, blanca. No llevaba el sostén puesto. Acarició sus senos. Sintió la piel crisparse. Besó sus pezones, acarició su busto, su cintura. Sintió el miedo de Camila y lo llevó consigo tras el cierre de su pantalón, tras el botón que no quería salir. Luego lentamente con su boca beso y lamió todo su vientre mientras le ayudaba a bajar el cierre pantalón, Camila exhalaba aire de manera fuerte, y acariciaba el cuello de ella; habiendo abierto por completo el cierre, continuo con bajarle los pantalones sutilmente, besaba sus abdominales inferiores y fue hasta el vasto monte de su placer y deseo. Lento, un poco más rápido. Rápido. La lengua. Las caderas se mueven sin parar. El ritmo un poco más agitado. La piel se junta, también las caderas. Los pezones erectos. Un beso al llegar a la cima.


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