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Advertencia de violencia: Solo intercambios de palabras y uno que otro grito.

Advertencia de amor:
Amor del verdadero entre dos mujeres adultas. Si eres menor de 18 añoso por alguna razón no te gustan estas historias. ¿Qué te puedo decir?

Dedico esta primera parte de la historia mi joven compañera de lista Shyara, una dulce bardo que al igual que yo, cree de todo corazón, en el amor verdadero, ese que es capaz de traspasar todas las barreras, incluso la muerte. Sigue a tu corazón amiga, no te dejes vencer por nada, ni por nadie.

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LA MALDICION (PRIMERA PARTE)

FFMorgan

Era un hermoso y pequeño pueblo ubicado al sur de la cuidad de Atenas, a orillas del mar, adornado con grandes e imponentes caserones antiguos hechos de adobe, que aún conservaban su majestuosidad, parecía que la modernidad nunca había entrado a aquel paraíso terrenal, la plaza central estaba rodeada de grandes construcciones que guardaban celosamente la historia del lugar, una gran fuente en su centro que lanzaba enormes chorros de agua, que parecían subir hasta el cielo, árboles centenarios, doblados por su frondoso follaje, adornaban y daban vida a aquel lugar, se respiraba un aroma distinto, un arcoiris de flores enmarcaba el idílico paisaje, la joven dejo su bolso en el suelo, respiro hondo con los ojos cerrados, el único autobús que llegaba al pueblo una vez al día, la había dejado hacía apenas diez minutos, contemplo el paisaje emocionada durante un largo instante, era tal y como le habían contado, podía sentir la paz de aquel lugar escondido del mundo
- Es justo lo que necesito – pensó – Un lugar apartado del ruido de la cuidad, tranquilidad y belleza... Si existe el paraíso, debe ser como esto, es extraño que el mundo no sepa de este lugar, mejor para mí... - una voz la sacó de sus pensamientos
- ¿Doctora Brown? – Pregunto un hombre alto, de unos cincuenta a cincuenta y cinco años, voz profunda, tez blanca, pelo negro, ojos grandes, oscuros, profundos y limpios, una sonrisa franca y abierta, bien parecido, atlético, la joven no pudo evitar sentirse atraída por aquel “Dios griego” como lo bautizó en su mente -¿Es usted la doctora Angela Brown?
- Lo soy – dijo extendiendo su mano hacia el hombre que se apresuro a saludarla con cordialidad – ¿Y usted es...?
- Zoran Angus – se presento con una reverencia que causo mucha gracia en la joven doctora – Soy el Alcaide del pueblo, estoy aquí para darle la bienvenida y acompañarla a su nuevo hogar – hizo un ademán con la mano invitándola a caminar – Sígame por favor – pidió amablemente, la joven lo siguió divertida
- ¿Serán así todas las personas de este lugar? – penso mientras caminaba tras el hombre – Parecen sacadas del siglo pasado... Tanta caballerosidad no es común hoy en día... Creo que me va a gustar vivir en este pueblo después de todo, es justo lo que estaba buscando para mi vida, ejercer mi profesión en un lugar donde me necesiten y si logro que me quieran mejor aún.
- Espero le guste nuestro pueblo... – hablo el hombre – Este es el centro, la plaza y dos calles principales donde encontrará todo lo necesario, La oficina postal... La iglesia... Los bomberos... Policía... y por supuesto la Alcaldía, donde desempeño mis labores – dijo con una franca sonrisa – Es un pueblo pequeño, formado por tres familias, entre ellas la mía, es un pueblo netamente vitivinícola... espero que algún día venga a visitar mi casa y mi viñedo... – invito cordial – Hay gente que trabaja para nosotros, viven en nuestras tierras y serán sus principal preocupación, la mayoría vive bien... nos gusta mantener a nuestros empleados contentos...
- ¿La mayoría? ¿Alguien vive mal? – el hombre hizo una mueca de disgusto, negando con la cabeza – Ya se enterará... aquí todos saben la vida de todos, recuerde que “Pueblo chico...”
- “Infierno grande...” – terminó de hablar la joven ahogando una risita
- Justamente, vera que aquí se le hace honor a ese dicho, pero aparte de algunos chismes de las ancianas señoras... es un hermoso lugar para vivir – se detuvo frente a una casona, más pequeña que las otras al final de la calle principal, pero con el mismo estilo señorial, una placa de bronce con las palabras Hospital inscritas en ella – Llegamos a su casa – dijo abriendo la puerta e invitándola a pasar – Adelante doctora... – dejó las llaves sobre una mesa de centro – le mostraré el lugar, acompáñeme por favor – Le mostró la casa incluyendo la clínica donde atendería a los enfermos, el lugar estaba impecable, reluciente de limpio, equipado con todo lo necesario de un hospital – Debe hacerme llegar una lista con todo lo que necesite para Comenzar a trabajar, haré que se lo traigan lo más pronto posible, cualquier cosa que requiera... puede pedírmela y se la daré – apareció una anciana mujer de cabellos rubios blanquecinos atados en un moño – Señora Palm... Audri – saludo el hombre - ¿Cómo te encuentras hoy?
- Muy bien Zoran...
- Señora Palm... te presento a la doctora Angela Brown... doctora... la señora Audri Palm, su ama de llaves
- Mucho gusto en conocerla señora Palm – saludo mientras pensaba – Diablos... tendré hasta un ama de llaves... esto es mejor de lo que pense
- Hola querida niña... – saludo la anciana acercándose a la joven y mirándola a los ojos, la tomó de los hombros y la beso en ambas mejillas en señal de afecto – Me gusta esta niña Zoran... se ve en su mirada que es una buena persona... tiene un gran corazón... creo que esta vez acertaron muchacho – dijo dando unas palmaditas de cariño en la espalda del hombre que sonreía como un niño abochornado – Ella es la indicada para este trabajo... ahora vamos a acomodarte en tu cuarto mi niña... – dijo tomándola de un brazo, Angela levantó su bolso con dificultad por la rapidez de la anciana – Yo me encargo de ella ahora querido... ve y continua con tu trabajo – subieron por las escaleras y desaparecieron de la vista del hombre que suspiró con tranquilidad
- Hasta pronto doctora – grito Zoran
- Hasta pronto... – se escucho

La anciana la acomodó en una gran habitación con enormes ventanales, acogedora y cálida mientras hablaba sin parar, en poco tiempo estuvo al tanto de la vida de cada persona del pueblo, nombre, edad, profesión, gustos, todo, Angela sonreía, sentada en la cama, mientras la anciana le relataba sus historias, le gustaba esa mujer, la hacia sentir como en su casa, como si perteneciera a ese lugar desde siempre, una vez que hubo concluido de hablar, la dejó sola para que se pusiera cómoda, recordándole que la el almuerzo estaría listo en dos horas mas, salió de la habitación regalándole una caricia en la mejilla.
Angela se recostó en la cama, boca arriba con la cabeza apoyada en sus brazos cruzados, suspiro hondo, se sentía mejor que nunca, tranquila, cómoda, cerró los ojos sonriendo y sin saber como se quedó dormida profundamente.
Angela era una joven de veintinueve años, pequeña, menuda, rubia, con unos enormes ojos verdes transparentes, profundos, chispeantes, llenos de vida, una sonrisa siempre instalada en su dulce y hermoso rostro, parecía una niña, poseía un flamante y sacrificado titulo en medicina, había hecho su internado en un hospital de Atenas, en la sala de emergencias, le gustaba ayudar a la gente, salvar vidas, ese siempre había sido su objetivo, aunque en lo mas profundo de su ser, le hubiese encantado poder salvar almas, trabajó un año y medio en ese lugar, cuando hubo recibido su título, decidió que en la cuidad existían muchos médicos, ella quería algo diferente, un pueblo, lejos de la civilización, le atraía la idea de ser médico rural, uno de sus profesores, que había sido su mentor en la universidad, le comento de esta oportunidad, hizo los contactos necesarios y allí estaba ahora, en ese paraíso terrenal, dispuesta a dar un ciento diez por ciento de ella si se lo permitían.
Unos suaves golpes en la puerta la despertaron, oyó la voz dulce de la anciana anunciándole que el almuerzo estaba servido, se sentó en la cama estirando su cuerpo, el descanso fue reparador, no dormía tan profundamente desde... ya no recordaba desde cuando, pero de seguro se sentía renovada, alzo su cuerpo contenta y bajo a almorzar, la cena estaba deliciosa al igual que la compañía, la señora Palm era una excelente ama de llaves y contaba las mejores historias jamás oídas, la sobremesa duro más de lo previsto por ambas mujeres
- Eres una niña dulce y encantadora – los ojos de la anciana se empaparon de cariño, el rubor subió al rostro joven – Mírate pequeña... quedan pocas personas que se sonrojan por un simple comentario – la risa afloro en ambas bocas – Tu bondad y juventud le harán bien a este avejentado pueblo
- ¿Acaso no hay jóvenes aquí?
- No muchos cariño, la mayoría de los jóvenes ha... – pareció incómoda - emigrado a las grandes ciudades, aquí no hay oportunidades para las ansias juveniles, como verás mas adelante cuando te adentres en el vivir del pueblo, el único trabajo que puedes realizar es el de las viñas, para muchos de ellos no era un buen futuro, los hijos de las familias prominentes se van a estudiar fuera de aquí y generalmente no regresan eso ha hecho que ya casi no quedan descendientes...
- ¿Por qué?
- Porque los dueños de este lugar, es decir las familias que gobiernan, estamos... – tosió incómoda - Están unidas por lazos sanguíneos entre ellas, de una u otra forma todos son parientes cercanos o lejanos, así es que por eso buscan esposos o esposas en otro sitio... y ni pensar en casarse con lo hijos de los empleados, eso no está permitido por la tradición
- ¿Nunca se han enamorado...?
- Oh si... – sus palabras sonaron poco convincentes a oídos de la joven, quien penso que solo era su imaginación y continuó escuchando con gran interés - han existido casos de amores prohibidos, pero los han mandado lejos, hasta que entren en razón, al cabo de un tiempo de ausencia y de alejamiento el amor desaparece y el problema está solucionado
- El verdadero amor jamás desaparece – Sus ojos brillaron con una luz transparente, el corazón de la anciana se agrando de emoción, llevaba siglos sin ver esa chispa en la mirada de alguien, incluso hasta había olvidado como era, se sentía agradecida por este regalo de los dioses, por esta hermosa jovencita que llego a iluminar sus cansados y grises años de su ocaso, paso la mano por la frente de la muchacha que la miraba con asombro, nunca esperó que sus palabras lograran emocionar hasta las lagrimas a esa dulce anciana, le regalo la mejor de sus sonrisas
- ¿Crees en el amor verdadero mi niña?
- Por supuesto que creo en él, sé que algún día ese amor llegará a mi puerta y podrá entrar en mi corazón y mi alma, porque siempre la mantendré abierta
- ¡Nunca dejes de creer en eso! ¡No permitas que esa luz interior se apague! - la tristeza se coló en la gastada mirada solo por unos segundos, Angela pudo percibir un inmenso dolor escondido en esa noble mujer adornada con las hebras de plata que te traen los años sin pedirlas, sin pensarlo se levanto de su silla abrazando el menudo y anciano cuerpo con infinita ternura, deseaba poder traspasar todo esa energía que la hacía sentir viva, poder aliviar el gran pesar de la mujer, no sabía como se hacía eso, solo la estrecho en sus brazos por largos segundos, acariciando sus cabellos, aparto su cuerpo con extremada delicadeza y le sonrió tranquila, un suspiro escapo del pecho de la anciana que le devolvió la sonrisa, con sus dedos atrapo una lagrima que se escurría por el ajado rostro el cual sostuvo entre sus manos durante un instante
- ¿Sé encuentra bien?
- Sí... son solo cosas de vieja, dolores antiguos que aún no se olvidan, heridas que no han cicatrizado
- Lamento haberla hecho recordar cosa tristes – su voz fue una suplica apesadumbrada
- No te preocupes pequeña... cosas como estas, hacen que recuerde que aún estoy viva, que las emociones, los sentimientos, no me han abandonado por completo como a la mayoría de los habitantes de este lugar - Angela no entendía que hablaba, la mujer respondió a la pregunta aun sin formular – Ya te darás cuenta de lo que te digo hija mía, tienes un arduo trabajo que hacer, comenzaste bien conmigo y te lo agradezco, Zoran e Hipolito hicieron una excelente elección
- ¿El doctor Hipolito Pirell? – el asombro era evidente en su voz - ¿Lo conoce... él fue mi mentor en la universidad?
- Lo conozco mejor de lo que crees... Es un buen hombre
- Lo es... Es el mejor, siempre se preocupó por mí, me cuido, me protegió, nunca supe bien porque me escogió a mí de entre tantas personas que pasan por su vida...
- Porque tú mi niña... eres la elegida...
- ¿La elegida? – entrecerró los ojos mirándola sin entender a que se refería con la elegida - ¿La elegida para que? – esperaba una respuesta a su interrogante, la anciana se limito a menear la cabeza de un lado a otro, miró su reloj dando un respingo, se disculpó dejando a la joven perpleja en el comedor.

Angela subió a su cuarto intrigada y un tanto preocupada por el extraño comportamiento de la dama antigua “La elegida” se dijo mientras guardaba su ropa en la gran cómoda que adornaba su habitación “¿Qué habrá querido decir con eso? ¿Elegida para que?” Movió la cabeza tratando de apartar esos pensamientos “Quizá solo sean cosas de vieja como ella misma dijo hace un rato... las personas mayores suelen ser extrañas, tienen ideas locas en sus cabezas... será que los años desgastan tanto tu cerebro que termina haciendo un cortocircuito?” Asintió con la cabeza y con la boca estirada, segura de que esa era la respuesta a su pregunta, no le daría más importancia al asunto, si la anciana estaba media demente, solo con seguirle la corriente bastaría para lograr una buena convivencia y si existía algo que ella sabía hacer mejor que nada, era convivir con las personas, terminó de acomodar sus pertenencias y bajó a la clínica para ponerse al tanto de su futuro trabajo, revisó, guardo y etiqueto todo lo necesario, esta tarea la mantuvo ocupada hasta caer la noche, había tomado un bocado en medio de su trabajo y su estómago le reclamaba por mas alimento, como era costumbre en su vida, siguió a su estómago para aplacar sus gruñidos, la anciana le sirvió una deliciosa cena que devoró en un santiamén, esto hizo que la mujer se sintiera complacida por haber hallado a alguien que apreciara su arte culinario, fue poco lo que hablaron durante la cena, el cansancio de su cuerpo la invitó a retirarse a sus aposentos, recostándose en la cama, luego de haberse desvestido, se relajó, intentó leer algo, pero los párpados le pesaban, apago la luz de la lampara y casi de inmediato cayó profundamente en los suaves brazos de Morféo.

El sol de la mañana baño su rostro, entreabrió los ojos viendo una silueta que se movía sin hacer ruido, corriendo las cortinas, dejando que la luz y el aire puro del nuevo día, invadieran el cuarto, restregó sus ojos con las manos sentándose pesadamente en la cama
- ¡Buenos días señora Palm! - el sonido de su voz, indicaba que aún no se encontraba totalmente despierta
- ¡Buenos días mí Angel! ¿Te puedo llamar así verdad?
- ¿Así como? – aun medio dormida
- Angel...
- ¡Claro! – una risita asomo en su recién despierta carita de niña – Me gusta... ¿Por qué Angel?
- Porque eres un Angel mi niña... un Angel enviado por los dioses, para arreglar las cosas en este lugar – la rubia sonrió ante las palabras de la anciana, pensaba contradecirla pero guardo silencio ¿Quien era ella para desilusionar a una pobre viejecita que creía en esas cosas? Dejaría que pensara lo que quisiera, además ¿Qué daño podría causar si le seguía la corriente?
- ¿Qué hora es? – estiro su cuerpo con pereza
- Las nueve de la mañana... no quise despertarte antes, dormías tan plácidamente que no me atreví a interrumpir tus dulces sueños - puso una bandeja con un suculento desayuno ante la adormilada joven, que sorprendida y abochornada por tantos cuidados, no pudo sino balbucear un Gracias entrecortado – Espero que te guste el desayuno mi niña, cuando te hayas bañado bajas la bandeja y la dejas en la cocina – beso los cabellos de la aun asombrada rubia saliendo presurosa de la habitación. La joven atacó el desayuno con vehemencia, haciéndolo desaparecer en un abrir y cerrar de ojos, se vistió, bajó la bandeja y se dirigió a trabajar, abrió de par en par las puertas del hospital y se sentó con un libro en la mano a esperar a que llegara su primer paciente. Nadie apareció en todo el día, se sentía un tanto frustrada, la anciana la tranquilizó con suaves palabras de aliento mientras la alimentaba
- No me gusta estar sin hacer nada señora Palm... Quiero trabajar... No quiero que me paguen por estar sentada todo el día leyendo...
- Tranquila mi niña... Es tu primer día... No desesperes...
- Tiene razón... Es mi primer día aquí... – La miró con cara decidida – Pero si mañana no viene nadie a verme... voy a salir yo a buscar a mis pacientes – La anciana rió con ganas, acariciando el rostro firme de la pequeña, que creyó ver por un segundo una sombra de temor en los añosos ojos que volvieron a sonreír casi de inmediato
- Así me gusta... ¡Sabía que eras la indicada para este trabajo! – Elevó los brazos al cielo en una plegaria de agradecimiento – Gracias... ¡Oh dioses del Olimpo! Gracias...
- ¿Dioses del Olimpo... usted cree en ellos señora Palm?
- Por supuesto querida mía... – Los ojos de la anciana escrutaron la verde mirada por un instante – Creo en ellos... bueno en los pocos que quedan vivos aun...
- ¿Los pocos que quedan vivos? – No sabía si hablaba en serio o bromeaba
- ¿No sabes la leyenda niña?
- No... he leído sobre ellos... pero de ahí a creer que existen, hay una gran diferencia... No pretendo ofenderla... – intentó disculparse – Pero eso es un mito... solo eso...
- No me ofendes querida... es natural que pienses de ese modo... no todos saben la verdad...
- ¿Cuál es la verdad? – comenzó a preocuparse realmente por la estabilidad mental de la dulce anciana
- Dice la leyenda... – comenzó a narrar sentándose a su lado – Que hubo una poderosa guerrera... hermosa... valiente... con un noble y gran corazón, con un oscuro pasado... – miró a la joven para ver si la seguía en la historia – Quería redimirse... para eso comenzó a luchar por los desamparados, los protegía, defendiéndolos del mal, la guerrera tubo una hija, los dioses del Olimpo querían muerta a la pequeña, su madre la defendió luchando contra todos ellos... simuló su muerte, para que las dejaran en paz... Ares el dios de la guerrea amaba a la guerrera y creyéndola muerta, la hizo dormir por 25 años, cuando su hija fue bautizada, la guerrera obtuvo de dios el poder de matar dioses y acabó con la mayoría de ellos, solo unos pocos se salvaron, entre ellos Ares y Afrodita, la diosa del amor – un enorme suspiro escapo de su pecho - este pueblo está construido sobre los cimientos del templo más importante de la diosa, sus habitantes al correr de los siglos siempre han invocado su protección... dice la leyenda que Ares, celoso de la atención que prestaban a su hermana... – se esforzó por encontrar las palabras que se negaban a salir de su boca - la encerró en su templo, haciéndola desaparecer... desde entonces... este pueblo ha estado maldito... Sí... – respondió a la mirada de asombro de la joven – El amor se aleja de aquí... por eso se van los jóvenes querida mía... no por el trabajo... van buscando poder amar alguna vez en sus vidas, pero la maldición es tan grande, que nunca lo consiguen, vuelven aquí, decepcionados y tristes...
- ¿Eso sucede solo con la gente del pueblo? – quería ver hasta donde llegaba la locura de la mujer
- Solo con las familias de los fundadores... se supone que son descendientes directos de un hijo de Afrodita con un mortal... – Incluso a ella misma le sonó poco creíble esa explicación, pero trato de que la joven no se diera cuenta
- Pero usted me dijo que algunos se enamoraban... – quiso hacerla ver que se contradecía
- Los que no descienden de las familias originales pueden enamorase... pero...
- ¿Pero...?
- Solo si no han vivido mucho tiempo en este lugar... si permaneces mucho tiempo te sucede lo mismo que a los demás... Los descendientes no tienen la suerte de saber que se siente enamorarse... Sexo... lujuria... Odio... Deseo carnal... Miedo... Terror... Angustia... son las emociones que conocen... pero amor... ese amor de pareja del que hablamos... ninguno lo ha conocido, ni aquí... ni otro lugar... – la miró con una sonrisa preocupada – Otros han venido antes de ti mi niña... pero... al darse cuenta de lo que sucedía en este lugar... se han marchado antes de perder la capacidad de sentir amor – tomó entre las suyas las manos más jóvenes con una súplica en la mirada cansada – Pero tú... eres diferente mi niña... Tú lograrás romper la maldición que nos atormenta hace... – Su mirada se perdió en el tiempo – miles de años... ¿Verdad que lo harás mi niña? - la joven intentó tranquilizarla con un suave apretón de mano acompañado por una alegre sonrisa
- ¡Claro que lo haré señora Palm... no se angustie por favor... haré lo que sea para lograr que se sienta bien... Lo prometo! – arrepintiéndose de inmediato por hacer promesas que sabía eran imposibles de cumplir, la anciana respiró con tranquilidad, agradecida de que la joven estuviese dispuesta a ayudarla
- Gracias mi niña... – se retiró a la cocina dejándola completa y absolutamente descolocada.

La rubia se encontraba metida bajo las tapas, no lograba conciliar el sueño, le había tomado cariño a la anciana mujer y sentía una enorme tristeza al pensar que estaba loca de remate, recordó la leyenda y a su mente vinieron imágenes de una serie de televisión que alguna vez había visto “¿Cómo se llamaba...?” penso un momento “Ah... Xena... la princesa guerrera...” movió la cabeza en señal de preocupación “Su historia es igual a la serie... solo le falto mencionar a la amiga de Xena y estaría completa... Demonios... está peor de lo que yo creí... ¿Y si le pregunto si ha visto la serie?” Miró de un lado a otro cayendo en cuenta de que no había visto un televisor por ninguna parte “Quizá a ella no le gusta ver tele... y puede haberla visto en alguna de las otras casas... ¡Dios!... Y yo que creí que este era el paraíso terrenal... No todo lo que brilla es oro... recuérdalo niña... mañana iré a hablar con Zoran... quizá él pueda explicarme que le sucede a la señora Palm... Espero que pueda hacerlo...” – el sueño se hizo presente momentos más tarde, venciéndola por completo.

Al día siguiente se repitió el ritual del desayuno, no era mucho el hambre que tenía pero se comió todo para no hacer sentir mal a la buena mujer, terminó de desayunar y salió rumbo a la alcaldía, en el camino se encontró con varias señoras que la saludaron con amabilidad, le preguntó a la secretaria del Alcaide si podía recibirla, minutos más tarde fue el mismo Zoran quien salió en su busca invitándola a pasar a su oficina, Angela tomó asiento en un mullido y cómodo sillón de cuero negro antiquísimo, pero en perfectas condiciones, observó atentamente todo el lugar, decorado con un gusto exquisito, sobrio y elegante, le llamó la atención que todo en el lugar era muy... muy viejo, nunca había visto muebles parecidos a esos, “¿De donde los habrá sacado” pensó “¿Y como se encuentran en tan buenas condiciones después de tantos años?” Zoran se sentó frente a ella con una cordial sonrisa en los labios, esperando oír lo que la rubia tenia que decirle, tras un momento de incómodo silencio y viendo que la joven no parecía querer hablar, el hombre pregunto educadamente
- ¿Y que la trae por aquí tan pronto doctora... algún problema en la casa?
- No Zoran... – se relajó en su asiento – En la casa esta todo muy bien... la señora Palm es encantadora...
- ¿Lo es verdad? – sus palabras sonaron sinceras, su mirada se ilumino como la de un niño al hablar de la madre a quien adora
- ¡Oh si que lo es!... – se debatía entre decirle o no lo que sucedía, al oírlo hablar de la mujer sintió un poco de inquietud por sus propios temores – Es solo que... – rasco su cabeza incómoda, el hombre la invito a seguir con una sonrisa pacífica – Ha estado contándome algunas historias de este lugar... y bueno... creo que... – Zoran advirtió la dificultad que tenía para encontrar las palabras adecuadas
- Cree que está un poco... – la miro fijamente – ¿Ida... fuera de la realidad quizá?
- Por decirlo de un modo más delicado... así es... – rascó su barbilla inquieta - ¿Le molesta si fumo?
- Adelante... – encendió un cigarrillo nerviosa y aspiro una bocanada de humo, dejándolo salir por la boca y la nariz - ¿Le estuvo contando la historia de la maldición de este pueblo? – quiso saber con tranquilidad
- Pues sí... y lo cierto es que me impresionó bastante... sobre todo porque lo que me contó es lo mismo que pasa en una serie de televisión que daban hace un tiempo atrás – los ojos del hombre la miraron con inusual avidez – La serie se llamaba Xena... princesa guerrera – ni un cambio en la expresión de Zoran - ¿Alguna vez la vio?
- Lo siento doctora... en este pueblo no existe la televisión... supongo que lo habrá notado
- Bueno – realmente extrañada – pense que... solo la señora Palm era quien no la tenía... ¿No hay televisión en ninguna casa? – no podía creer que en pleno siglo veintiuno existiera todo un pueblo que no viera televisión, era digno del libro récord de Guines, no conocía una sola casa en donde no existiera un Televisor, esto no podía estar pasando, era lo más extraño que le había tocado vivir
- ¡En ninguna! – Aseguró con la misma calma – Es más, tampoco hay computadoras, bicicletas, ni automóviles – se disculpó educadamente y continuo hablando con cordialidad – Pero volviendo a su pregunta... No hemos visto jamás... – recalco la palabra – un programa de televisión, si la serie como usted la llama, es parecida a la historia que la señora Palm le contó... es simple casualidad o bien... la escribió alguien que estuvo en este lugar y la copió... – Angela se acomodó inquieta en su asiento, comenzaba a preocuparse de verdad, al parecer la anciana no era la única que estaba de atar En el pueblo – Si usted vio la serie... conoce bien la historia... ¿Verdad?
- Bueno... – trato de disculparse – La verdad es que no vi mucho la serie, solo uno que otro capítulo... Me gustaba bastante, pero no tenía mucho tiempo para ver televisión, pero la historia me la contó completa...
- ¿Qué opina de ella?
- Creí que le había dado mi opinión Zoran... por eso vine a hablar con usted... yo pensé que...
- Penso que era imaginación de una mente cansada y vieja... No se preocupe – viendo su evidente bochorno – A todos les sucede lo mismo al principio, cuando están un tiempo aquí... llegan a comprender que la señora Palm y el resto de nosotros no estamos locos – le obsequió una sonrisa tranquilizadora y amigable – Espero que nos de la oportunidad de probárselo... – la joven lo miraba atenta y desconcertada - ¿Cree que es mucho pedir?
- No... – carraspeo nerviosa – Creo que no es mucho pedir... supongo que no pierdo nada con intentarlo... ¿No?
- Sabia decisión de su parte... No se arrepentirá de haberse quedado... ¿Algo más? – poniéndose de pie y dando a entender que la conversación había concluido, al menos por ahora
- No... nada más, gracias – dio la media vuelta para salir de la oficina
- Ah... por cierto doctora... Siéntase con la total libertad de utilizar su computadora portátil... – se giró de golpe para mirar al hombre – La restricción es para nosotros, no para usted... si necesita cargar su batería puede hacerlo en la clínica sin problemas – continuaba sonriendo gentil – Que tenga un muy buen día doctora – se sentó a su escritorio examinando unos papeles, la joven salió del lugar aun más asombrada de lo que había entrado, cruzó la calle rumbo a la plaza, se sentó en un hermoso banco de madera mientras meditaba las palabras de Zoran, recién en ese momento cayó en la cuenta que en la casa donde llevaba durmiendo los dos últimos días, solo las habitaciones que formaban parte del hospital, tenían electricidad, “¿Cómo no me di cuenta antes?” recordó a la anciana encendiendo lámparas de petróleo o aceite, no tenia claro cual era el combustible que contenían, hasta la lámpara de su mesa de noche tenía una perilla que giraba bajando la llama, se rió asombrada, no entendía como todo esto había pasado inadvertido para ella “Esto es muy extraño... ¿Estaré volviéndome loca también? Usualmente me daría cuenta de algo así...”, paseo su vista por todo lo que la rodeaba, reparó en las carretas tiradas por caballos y sonrió, “Por lo visto no soy tan observadora como creí...”, a su mente llegaron los olores que había sentido el día que llego, justo antes de entrar a la calle principal, caballos... heno... una imagen de un establo, “Claro que había un establo” grito levantándose apresurada y corriendo hacia aquel lugar, llegó jadeante frente al edificio que albergaba los caballos
- Buenos días doctora – saludo respetuoso un hombre mayor que limpiaba el lugar - ¿Desea que le ensille un caballo...? Tengo una yegua muy mansa que le gustará – le señalo al animal que comía heno sin prestar atención a los humanos, Angela se acercó a ella y acarició su cabeza con ternura, era un bello animal de color blanco, fuerte, gallarda, reluciente, con una mansedumbre poco habitual en un caballo
- Buenos días señor...
- Puede llamarme Tobías doctora... todos me dicen de ese modo...
- Señor Tobías – saludo cortés
- Solo Tobías... sin el señor
- Lo siento... Tobías – sonrió, él le devolvió una sonrisa que llamó la atención de Angela, la misma sonrisa de la secretaria de Zoran y de las señoras con las que se había cruzado en la calle, una sonrisa sin emoción, una mueca de sonrisa – No puede ser – penso – debo estar imaginando estas cosas – acaricio nuevamente a la yegua con suavidad – Hola bonita... – saludo – No voy a dañarte linda... eres un animal bellísimo... ¿Cómo se llama ella Tobías?
- Negra – fue la respuesta
- ¿Negra? – Rió con ganas - ¡Qué extraño... ponerle Negra a un animal completamente blanco! Aunque viniendo de este lugar... nada debería extrañarme...
- Eso es bueno doctora...
- ¿Qué cosa?
- Que se adapte rápido a nuestras costumbres – el hombre le ensillo el caballo que ni siquiera se movió del lugar, una vez listo la ayudó a montar – Enséñale el pueblo Negra... y cuidado con tirarla... ¿Oíste? – el caballo relincha como respuesta – Bien doctora... deje que Negra la guíe... ella conoce el lugar... andando... – dio una palmada en el anca del animal que salió a suave galope del establo rumbo a las afueras, cabalgó por un hermoso y verde valle, en su camino divisó los viñedos que debían ser de las familias dueñas del pueblo, grandes y fértiles extensiones de tierras, coronadas por antiguos caserones que podrían albergar a varios regimientos a la vez
- Demonios Negra... – Hablo con la yegua – A esto se le llama vivir con comodidad... ¿Qué crees He? ¿Sabrán lo que significa no tener para comer? – La yegua relincho – Tienes razón bonita... Ni siquiera saben lo que es no tener... ja, ja, ja, ja Parece que tú y yo nos entendemos a la perfección... – otro relincho mas fuerte - ¿Te estás riendo conmigo niña? – La yegua parecía entender lo que le decía su nueva amiga – Bueno... ya puedo decir que aparte de la señora Palm... tengo otra amiga en este extraño lugar – el valle se extendía mas allá de su vista, apresuró un poco el paso de su amiga que comenzó a galopar, le gustaba la sensación, era como si la yegua y ella fuesen una sola, nunca había cabalgado pero nadie que la viera hacerlo ahora lo creería, el viento soplaba en su cara haciendo volar sus cortos cabellos, soltó las riendas y extendió los brazos hacia los costados dejando que el animal la guiara, cerro los ojos para poder utilizar sus otros sentidos, nunca había sentido tanta libertad, el mundo era suyo, suspiro intentando tragarse todos los olores a la vez, la yegua comenzó a aminorar el paso hasta detenerse por completo, abrió los ojos despacio, disfrutando del mágico momento que estaba viviendo, divisó a lo lejos la casa más grande que jamás hubiese visto, parecía sacada de un libro de historia, era un castillo – Guau... mira eso niña... – palmeo el cuello del animal que movió la cabeza de arriba abajo, recogió las riendas sin dejar de contemplar la maravillosa construcción, rió divertida, ¿Vivirá allí una hermosa princesa encantada esperando a que la rescaten de su prisión? – La yegua negó con la cabeza - ¿No? ¿Te crees muy lista...? – La desafió - ¿Quieres ir a echar un vistazo? – Volvió a negar con la cabeza - ¡Ya me decía yo que eras una... Cobarde! – La yegua alzó las patas delanteras haciendo que la joven casi cayera de espaldas - ¡OYE... eso es atacar a traición! ¿Con quien crees que estas tratando... niña? – la reprendió con suavidad
- Con una rubia chiflada que habla con las Bestias... – respondió una voz profunda a su espalda, Angela giró su cuerpo con rapidez buscando al dueño de la voz, su sorpresa fue enorme al descubrir que el dueño de esa profunda voz, era nada menos que una mujer montada en un negro corcel, no solo una mujer, una hermosísima mujer de largos y negros cabellos revueltos por el viento, su rostro dejaba ver unas facciones perfectas, como salidas del pincel de un artista, coronado por el par de ojos más azules del universo, ni siquiera el cielo podía compararse a ese azul, bellos, profundos e inmensamente... acerados y duros, un escalofrío recorrió su cuerpo, tanta belleza contrastaba con tanta frialdad, aun así, no pudo evitar dejar escapar una exclamación de asombro
- ¡Por los dioses... eres Hermosa...! – Tapó su boca de inmediato al darse cuenta de lo que había dicho en voz alta – Lo... siento... – se disculpo ruborizada hasta las orejas – Yo... no. yo...
- Deja de balbucear niña tonta – Gruño la morena beldad - ¿Qué demonios haces en mis tierras? – sus palabras eran verdaderas dagas punzantes
- No... – lucho por no balbucear nuevamente – No sabia que eran tus tierras... Lo lamento... – sintió que la rabia la invadía, que se creía esa mujer para tratarla de ese modo, como si ella fuese... una cosa, al demonio con ella penso, endureció el tono de su voz para continuar hablando – De haber sabido que eran tuyas... y que tú eres tan... “Agradable...” – sonrió despectiva - Ten por seguro que no me acerco aunque me ofrecieran dinero para hacerlo... – termino con una mueca de desdén en sus labios, la morena rió echando todo su cuerpo hacia atrás, su sonrisa era tan helada como su mirada
- ¡Excelente! La rubia chiflada... tiene facilidad de palabras... y no solo sabe usarla con las bestias
- Tranquila niña... – calmo al animal que estaba encabritándose – Cuando dijo bestias... no se refería a ti – la miró burlona – Hablaba de ella misma... – El filo de la azul mirada la hizo estremecer, pero no le daría la satisfacción de saberlo – Vámonos de aquí pequeña... – tiró las riendas de la yegua para hacerla avanzar, el negro animal se interpuso en su camino impidiéndole el paso
- No te he dado permiso para retirarte... – sonrió con maldad
- No necesito tu permiso para hacerlo... – desafió altanera – No soy de tu propiedad... por si no te has dado cuenta...
- ¿Eres la nueva doctorcita no?
- ¿Quién quiere saberlo?
- Yo
- ¿Y quien demonios eres tú? – mantenía la vista fija en ella, no dejaría que esta irritante mujer la intimidara
- ¡Soy la que paga tu mugroso salario! – Río sabiendo que ese había sido un golpe bajo - ¡Soy la dueña de medio pueblo y me debes respeto!
- ¡No te debo nada...! – Ahora sí estaba furiosa, las venas de su cuello se hincharon de tanta rabia - ¡Maldita estúpida arrogante! – El brazo de la morena se movió con rapidez dejando caer la fusta del caballo en pleno rostro de la joven haciéndola gemir de dolor, un marcado cardenal rojo asomó en el lugar donde había golpeado la fusta, la rubia alcanzo a detener la mano antes de recibir el segundo golpe, con una fuerza que no sabía que poseía le arranco la fusta de la mano arrojándola lejos, mientras luchaba consigo misma por no dejar escapar las lágrimas que colgaban de sus ojos, espoleo a su caballo y se alejó a todo galope de la malvada mujer sin mirar atrás, la morena la observo alejarse perpleja, nadie la había desafiado nunca antes, una mezcla de odio e interés asomo a sus azules ojos. La blanca yegua galopaba veloz con su angustiada carga, Angela, lejos ya de la mujer, dio rienda suelta a sus emociones, dejo fluir el llanto de sus ojos y de su alma, mientras acariciaba su dolido rostro, dejó a la yegua en el establo sin decir palabra alguna, entro corriendo a su casa, se sentó en un pequeño sillón escondiendo la cara entre sus piernas sollozando y gimiendo - ¡Maldita sea... es una maniática, una loca... deberían encerrarla en el manicomio...! - la anciana corrió a su lado angustiada
- ¿Qué pasó mi niña? ¿Por qué lloras? – La joven se abraza a la mujer llorando con fuerza – Tranquila pequeña... Tranquila mi Angel... Aquí estoy yo... nada te va a pasar ahora... Tranquila... – cuando se hubo calmado, la anciana notó la marca en su cara la cual estaba más roja que antes, la acarició con la yema de los dedos - ¿Cómo te hiciste esto mi Angel? – Los ojos de la doctora reflejaban dolor y frustración, secó sus lagrimas con rabia - ¿Fue ella verdad? – El temor era evidente en la vieja voz - ¡El demonio de cabellos negros te hizo esto! ¿No es así mi niña? – Asintió con tristeza, la anciana tembló persignándose apresuradamente, Angela le contó con detalles todo lo sucedido mientras almorzaban, la anciana se mostraba preocupada, puso un trozo de carne sobre el rostro de la joven – Esto evitará que se te inflame ese golpe mi niña... será mejor que te recuestes un rato para que descanses – la acompaño a su cuarto arropándola en la cama, beso la frente de su Angel y salió presurosa a ver a Zoran.

La señora Palm miraba ansiosa al hombre que caminaba de un lado a otro por su despacho, las manos cruzadas a su espalda, la mirada preocupada, un gesto de molestia en su frente arrugada, la secretaria entro, depositando una bandeja que contenía una botella de oporto y dos copitas, lleno ambas copas ofreciéndole una a Zoran y otra a la anciana, que agradeció con un leve gesto de cabeza, la mujer salió cerrando la puerta tras de sí, el hombre vació el contenido de la copa de un trago, el alcohol raspó su garganta haciéndolo tiritar, ella solo unto los labios en el oscuro líquido, saboreándolo despacio, el Alcaide se dejó caer pesadamente en un sillón frente a la mujer, paso ambas manos por su rostro con un gesto desesperado
- ¿Estas segura que ella esta bien?
- Esta bien querido... ahora duerme tranquila, le di unas hierbas en el té para relajarla, estaba muy nerviosa...
- ¿Asustada?
- No... No era miedo lo que tenía... era rabia e impotencia...
- Angel... ¿La golpeó?
- No... le quito la fusta y la arrojó lejos... pero si se enfrento a ella con palabras duras
- Deben haber sido duras para que la golpeara...
- Como si necesitara motivos para dañar a la gente... Recuerda que ella disfruta de ese tipo de cosas... La maldad esta en su alma...
- Lo sé... por eso me preocupa el hecho de que Angel la haya enfrentado... Nunca le ha gustado que la desafíen... puede querer hacerle aun más daño a nuestra pequeña
- Debes detenerla Zoran... Eres la única persona a la que por lo menos le presta algo de atención, sabes que a mí ni siquiera me escucha
- Sabe que no puede dañarme... que no le conviene que me suceda algo a mí o a ti...
- Pero Angel no esta libre de su crueldad... es nuestro deber protegerla... recuerda que somos los únicos que... – guardo silencio cuando la puerta del despacho se abrió, dando paso al hermoso demonio de cabello negro, la secretaria intento detenerla y fue arrojada con fuerza hacia fuera rodando por el suelo, con una sonrisa burlona los observó un instante lanzándoles flechas con la mirada, la miraron con una sonrisa apacible, la morena se mordió el labio con fuerza, sabía que no le temían y que no podía dañarlos
- ¿Dónde esta? – con voz gutural y profunda
- ¿Dónde esta quien querida? – Zoran pregunto pausadamente, la calma mostrada en su cara era asombrosa
- ¡No te hagas Zoran...!
- No me hago querida... soy... – fue un susurro – la anciana ahogo una risita, los dientes de la morena rechinaron de rabia - ¿Qué quieres Xelena? – mientras se servía otra copa de oporto, apurándola de un sorbo
- ¡Quiero a la rubia mal educada... – entorno los ojos con odio – que se atrevió a insultarme!
- ¿Qué hiciste tú... para ser insultada? – se oyó la dulce voz de la anciana
- ¡No hablo contigo maldita bruja... pedazo de excremento...!
- ¡Basta! – Corto firme el hombre - ¡No tienes nada que hacer aquí Xelena! – Señaló la puerta - ¡Por favor... retírate!
- ¡No pueden esconderla siempre di mi...! – Les guiño un ojo al salir - ¡La encontraré y le haré pagar su insolencia! – La anciana dio un respingo en el sillón, una maléfica sonrisa dibujo el hermoso rostro - ¡Sí vieja...! Encontraré a tu preciosa niñita... y sabrá quien soy realmente... – Le tiro un beso con la boca y desapareció con una risotada violenta. El hombre volvió a sentarse
- ¿Qué sucede Zoran?
- No lo sé Audri... Algo no me cuadra en esto...
- ¿Por qué?
- Porque este no es el estilo de Xelena...
- No comprendo que quieres decir...
- Xelena no amenaza a nadie... Ella actúa directamente... sin advertir lo que piensa hacer
- Tienes razón en eso... ¿Por qué habrá hecho algo así? – el hombre se toma la cara con una mano pensando
- ¿Por qué no la siguió a caballo si quería dañarla? Sabes bien que no hay mejor jinete en el mundo que Xelena... hubiese podido darle alcance con facilidad... sin embargo la dejó ir... me pregunto ¿Por qué lo hizo?
- No lo sé... – suspiro profundo levantándose del sillón – Será mejor que me valla... Angel puede despertar en cualquier momento... no quiero dejarla sola... – una sonrisa ilumina el rostro del hombre
- Le has tomado mucho cariño a esa pequeña ¿Verdad? – otra sonrisa igual en la cara de la anciana
- Es adorable... me robo el corazón su pureza, su candidez... su bondad y sobre todo la gran capacidad de amar... le sale por los poros...
- Te ha contagiado con su amor
- Por fin alguno de nosotros puede volver a sentir el amor en su alma querido... deberías venir más seguido a la casa... Te contagiaría también a ti
- Lo haré mi querida Audri – tomo las ajadas manos entre las suyas – No dudes que lo haré.


Continuará...


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