Renuncias: Estos personajes son míos, aunque están someramente basados en dos heroínas de la antigua Grecia. Ya sabéis a quienes me refiero. Por otro lado, los comentarios y hechos que se narran a continuación pueden recordaros a ciertas películas. No obstante, eso no quita que mucho de lo que se cuenta tenga algo de verdad. Juzguen ustedes.
Avisos: Este relato puede ofender a algunas personas por el contenido religioso. De antemano me disculpo por ello, pero no sé pretende en ningún momento atentar contra la doctrina de nadie, es solo un relato delineado con el mayor respeto posible.
Correo: gioconda91@hotmail.com
PRODIGY
Autora: Elora Danan Xenagab
“De los cientos de religiones que se profesan en el mundo, tan solo unas cuantas tiene en común la doctrina de la reencarnación, la idea de que el alma de una persona muerta se reencarna en otro cuerpo humano para iniciar una nueva vida como personas distintas.” (Vudú, magia y brujería. Douchan Gersi).
“Varones de Galilea... ¿qué buscáis que tanto miráis hacia el cielo? El mismo Jesús, a quien ahora habéis visto elevarse, bajará un día de igual manera.” (La Sagrada Biblia.)
“Y Santo Tomás, uno de los doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Dijeronle pues los otros discípulos: Hemos visto al señor. Él les dijo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mis dedos en sus llagas y mi mano en su costado, allí donde le hirió la lanza, no creeré. Pasados ocho días vino Jesús y dijo: La paz sea con vosotros. Luego dijo a Tomás: Alarga acá tu dedo y toca mis llagas, y tiende tu mano y métela en mi costado, y no seas más incrédulo. Respondió Santo Tomás: ¡¡Dios mío, perdóname!!. Jesús le dijo: Porque me has visto has creído; dichosos los que sin ver creyeron. (La Sagrada Biblia.)
Anabel miro con cierto temor aquel lugar. Era un gran edificio pintado de blanco y demasiado crudo. Daba grima acercarse más, pero era su trabajo y no podía simplemente dar la vuelta y marchar, como si todavía fuera la misma niña caprichosa de antes. Aquí el blanco perdía el símbolo de pureza que se le adjudicaba. El blanco de aquel edificio era de todo menos puro.
- Buenos días, ¿qué desea?.- Preguntó el hombre de recepción. Anabel se le quedó mirando un poco asqueada. Era un hombre obeso de mediana edad. Su cara estaba totalmente cubierta de feos granos y enrojecida. Se lo imaginaba como un pervertido malicioso.
- Soy la doctora Anabel Obrada, he venido a ver a la señorita Margarita González.- Explicó seria.
- Ahh, sí, ha venido a ver a la “Santa”. Raúl le acompañará.- Contestó el hombre con seriedad, llamando con un gesto casual a un joven que estaba en una de las habitaciones.Raúl era un joven simpático. Intentó sonsacarle algo de información acerca de la señorita Margarita, pero lo único que el chico sabía decirle es que a su parecer, Margarita no estaba loca y no había ninguna razón para que estuviera internada.
Raúl le señaló a Margarita, que estaba sentada en la sala de lectura, junto a una ventana, escribiendo algo fervorosamente. Anabel anduvo hacia la mujer. Se sorprendió al ver su figura. Se la había imaginado como una mujer morena, de piel olivácea y ojos oscuros, con cierto aire de loca fanática, pero en cambio tenía ante sí a una mujer con el cabello rubio y la piel tan blanca, que pareciera porcelana. Se acercó un poco más hasta que estuvo segura de que su presencia no era ignorada. Sin embargo la mujer rubia siguió escribiendo, como si las palabras las tuviera grabada o impresas en su mente y debiera soltarlas en el menor tiempo posible.
- ¿Señorita Margarita González?.- La mujer rubia se detuvo de pronto. Presentaba un aspecto calmado. Pasó un corto espacio de tiempo y la joven reaccionó. Dejó a un lado el lápiz y miró a la mujer con cierto recelo.
- ¿Quién es usted?.- Preguntó mirando a la mujer intensamente. Le sorprendió ver una cara tan hermosa y extraña en aquel lugar.
- Soy la doctora Anabel Obrada.- Contestó la morena alargando la mano para estrechársela. La rubia la ignoró.
- Otra loquera, estupendo.- Se quejó la rubia acomodándose en el respaldo de su silla.
- No, no. Verá, yo... ¿puedo sentarme?.- La rubia encogió los hombros indicando que le daba igual.- Trabajo para el Vaticano, investigo casos como el suyo...
- Espere, espere, ¿trabaja para el Vaticano?. ¿Se está quedando conmigo?.- Preguntó sorprendida la joven.
- No, no... estamos interesados en su caso.- Se defendió la morena.
- ¿Por qué?.- Preguntó la joven mirando con curiosidad a la otra mujer.
- Bueno, mi misión es descubrir si realmente esos estigmas que usted sufre son reales o...- la morena calló de repente.
- ¿O qué?.- Interrogó malhumorada la joven.
- O es usted quien se los ha causado.- Terminó de decir.
- Al menos no viene pensando de antemano que estoy loca.- Reflexionó la rubia.
- Por supuesto que no, señorita González.
- Llámame Magy.- Le dijo con media sonrisa amistosa.
- Estupendo, Magy. Necesito hacerle unas preguntas.- Dijo seria.
- Adelante.
- ¿Qué edad tiene?.
- 23 años.
- ¿Cada cuanto tiempo asiste a la iglesia?.- La rubia soltó una carcajada.
- No voy a la iglesia.
- ¿No va a la iglesia?, ¿Por qué no?.- Preguntó sorprendida la doctora Obrada.
- No voy a la iglesia porque no creo en Dios.- Explicó la rubia. Sorprendida, la doctora hizo un tachón en su pulcro cuaderno y dedicó media sonrisa a la rubia.
- Eso es todo, no necesito saber más.- La rubia frunció el ceño.
- ¿Qué quiere decir?.- Increpó.
- Verá, la gente que sufre estigmas son siempre personas muy devotas, fieles creyentes que asisten con mucha regularidad a la iglesia. Son tan piadosos que sufren las propias llagas de Jesús en sus carnes y son constantemente atormentados por visiones del infierno.- Explicó Anabel.
- ¿Y no hay excepciones?.- Preguntó la joven airada.
- No, lo siento, señorita González.
- ¿Entonces por qué me ocurre esto a mí?.- La rubia levantó la voz abatida.
- Debería preguntárselo usted mismo.- Agregó la morena levantándose de su asiento.
- ¡¡¡Usted no tiene ni puta idea de lo que estoy pasando, esto es un infierno!!!, yo no he pedido esto.- Recalcó casi sollozando. La mujer morena la miró con sobrecogimiento.- Sabe una cosa, yo no puedo haberme hecho esto, estoy contenta con ser como soy.- La rubia se levantó y desapareció saliendo de la sala.
Anabel se volvió a sentar, estaba muy desconcertada y atemorizada por el ímpetu que había demostrado aquella chica. Esas heridas... tenía que habérselas hecho ella... tenía que ser así... no podía ser de otra manera. Su mirada se detuvo curiosa en el papel en el que había estado escribiendo la joven. Lo miró y fue incapaz de comprender aquella escritura. Cogió el papel y se lo guardó en la chaqueta. Luego recogió su cartera y salió de aquel espantoso psiquiátrico.Marcos Guarana era un cubano experto en lenguas muertas. Era un hombre medio calvo, rechoncho y con gafas redondeadas que le daban un aspecto benevolente. Sorprendido echó un largo vistazo al escrito. Luego miró con una sonrisa enigmática a Anabel.
- ¿De donde demonios has sacado esto?.- Preguntó estupefacto.
- De una chica puerto riqueña que sufre estigmas.
- ¿En serio?. Vaya.- Dijo aun más sorprendido.
- ¿Por qué, qué dice?.- Preguntó Anabel invadida por un irresistible deseo de saber más.
- Es arameo.- Contestó el hombre aun sin salir de su asombro.
- La lengua de Jesucristo.- Sentenció la doctora.- ¿Y qué dice?.
- Dice: “No temas; yo soy el primero y el último, el viviente, que fui muerto y ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno.” Y luego dice: “Hecho está. Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin. El que era, el que es, el que vendrá.”
- Me suena mucho.- Reflexionó la alta mujer.
- Es del Nuevo Testamento, del Apocalipsis.- explicó Marcos.- ¿Estás segura de que lo escribió esa chica?.- Preguntó con cierto recelo.
- Yo misma la vi. ¿Puede saber una chica de 23 años arameo?.- Preguntó curiosa.
- Bueno, no es imposible, pero sí poco probable. El arameo, a parte de ser una lengua muerta es desconocida para la mayoría de la gente. Solo unos pocos eruditos la conocen con precisión, tanto como para usarla.- Aclaró Marcos.
- Debo decir que había algo extraño en ella, no sé...
- Quizás deberías volver a hablar con ella.- sugirió el rechoncho hombre.
- Creo que no le caigo muy bien.- Marcos rió a carcajadas.
- ¿Y cuando le caes bien a alguien?.- Preguntó con sarcasmo.
- Muy gracioso. Lo curioso es que no es creyente, era una joven extraña.- Recapacitó.
- ¿Recuerdas el caso del niño de México?. Como se llamaba... Juanito Cabreras... tampoco era creyente y sin embargo fuimos testigos de que aquellas llagas eran reales, no se las había producido él. Tu misma viste como la sangre brotaba sin razón aparente.- reflexionó Marcos.
- En aquel entonces éramos muy jóvenes, puede que solo fuera una farsa, Marcos.
- Mira Anabel, sé que fue aquel fenómeno el que hizo que te interesaras por esta materia hasta el punto de convertirte en una experta.- Refunfuñó Marcos.
- Mira, está bien... hablaré con ella... pero sé que será una perdida de tiempo.
- Y puede que quizás no lo sea.- Marcos sonrió bonachonamente a la alta mujer.Margarita odiaba aquel lugar, todo era frío y distante. Añoraba su pequeño y destartalado apartamento en la ciudad y deseaba volver a ser la persona de siempre. Ahora había un antes y un después en su vida.
Aun no comprendían porque le ocurría esto a ella. La extravagante mujer que había estado el día anterior allí le había dejado claro que no podía ser cosa de Dios. Pero, si no era Dios el que le hacía esto, quién era... empezaba a pensar que podía realmente estar enferma...
- Marga, tienes visita.- Anunció Raúl. Por la puerta de su habitación apareció la mujer morena.
- Otra vez usted. ¿Qué quiere ahora?.- Preguntó indiferente, sin incorporarse de la cama.
- Esperaré fuera.- Aclaró Raúl, notando el ambiente tenso. Anabel asintió amable y esperó a que él saliera.
- Creo que ayer fui muy brusca con usted...
- ¿Brusca?. Prácticamente me dijo que estaba más loca que una cabra.- Se quejó la rubia, mirándola airada.
- Realmente lo siento.- La alta mujer se sentó en una silla y miró con fijeza a la rubia.- Me gustaría ver sus heridas.- Rogó. La rubia levantó la vista extrañada.
- ¿Para qué?.- Increpó recelosa la joven.
- Por favor.- La rubia recapacitó un momento y al final se incorporó apesadumbrada, alargando sus muñecas. Anabel levantó las gasas y observó sendos orificios misteriosos. Cuando hubo visto los agujeros, la chica volvió del revés las manos y mostró que los orificios cruzaban completamente las muñecas. La morena miró a Margarita intensamente. Se dio cuenta de que el color de sus ojos era verde, como el verde esperanza, un verde esmeralda profundo y huracanado. – Tiene usted unos ojos preciosos...- Margarita sonrió divertida.
- Creí que había venido a ver los estigmas o lo que sea esto, no a ver mis ojos.- Anabel se incorporó en la silla incomoda.
- Lo siento, me distraje.- Argumentó turbada.
- ¿Y qué opina?.
- ¿De sus ojos?.- Preguntó sorprendida y turbada la morena. La rubia alzó las cejas divertida.
- De las heridas.- Contestó disimulando una pequeña sonrisa.
- Creo que... sus heridas están causadas por un objeto punzante...
- Dígame algo que no sepa.- Dijo molesta la rubia.
- Ayer... ayer escribió esto... ¿sabe lo que significa?.- La rubia encogió los hombros.
- ¿Lo escribí yo?.- Preguntó insegura.
- Así es, poco antes de mi visita.- Aclaró Anabel.
- No sé lo que significa, pero he escrito más como ese...- Dijo la joven, mostrándole una hoja rellena con la misma escritura.- ¿Sabe lo que es?.- Preguntó nerviosa.
- Es arameo... la... la lengua de Jesucristo.- La rubia no supo si reír o llorar.
- ¿Cómo puedo haber escrito eso si no tengo ni puñetera idea de arameo?. Dígame. ¿Sabe la respuesta?.- Preguntó con ironía.
- No, no tengo una respuesta... a no ser que usted mienta...
- No miento, nunca miento...- se defendió la joven iracunda.De repente Margarita sintió un intenso dolor de cabeza. Como si miles de púas estuvieran arañando su frente e incrustándose en la carne. No pudo reprimir un grito intenso de dolor. La vista se le nublaba y apenas si acertaba a ver a su alrededor. Veía a personas riéndose, sus caras eran malvadas, socarronas. Se sentía humillada, pero sobre todo rechazada. Iba olvidando el dolor, pero acrecentaba su tristeza. Tocó su frente insegura y notó que sangraba. Unos hilos de sangre surcaban su rostro con una lentitud pasmosa. Luego perdió el conocimiento.
Anabel miraba su rostro. Margarita tenía una cara infantil y aniñada, incluso se hubiera atrevido a decir que angelical. Miró con detenimiento su frente arañada, que ya casi no sangraba. Había sido increíble. Estaban tan tranquilas hablando y de repente se retorcía de dolor. Había sido, más que increíble, milagroso, pero también aterrador. La sangre había brotado de sus sienes como por arte de magia y era como si la joven estuviera a años luz de allí. Raúl había entrado turbado y la había mirado como si la culpara de aquello.
Limpió con una gasa las heridas de la joven y suspiró abrumada por los acontecimientos. Después del ataque la llevaron a la sala de cuidados médicos y Anabel no quiso separarse de ella, realmente se sentía culpable.
- Señorita, porque no va a comer algo, yo no dejaré de vigilarla.- Sugirió amablemente Raúl. Parecía que la mirada de culpabilidad había desaparecido.
- Bajaré un momento, necesito hacer una llamada.
- Como quiera.- Agregó Raúl.
Anabel bajó las escaleras con cuidado, estaba algo mareada y turbada. Llegó a un pasillo poco transitado y se dispuso a llamar a su hermano José Obrada.
- ¿José?.- Preguntó.
- Sí, soy yo, ¿Anabel?.
- Si. Hermanito, necesito que me hagas un favor.- Rogó la morena.
- Ah no, la ultima vez me metiste en un gran lío.
- Acaso no te pedí perdón.
- ¿Quieres que me acaben echando?.- Sugirió exasperado.
- No te resistas, acabarás haciéndome el favor, siempre lo haces.
- Ohhggg, a veces me sacas de quicio.
- Ahorrate el disgusto. Búscame todo lo que puedas acerca de Margarita González François.
- ¿Qué harás si me niego?.- refunfuñó el joven.
- Le diré a mamá que rompiste el cazo de la sopa.- José soltó una alegre carcajada.
- Te llamaré más tarde, besitos.
- Besitos.
El hermano de Anabel era un buen policía. Era difícil serlo con la de corrupción que imperaba en el cuerpo. A veces, Anabel se preocupaba por él, pero sabía que nunca se vendería por dinero.
La familia de Anabel era muy creyente y fieles a las doctrinas de la Biblia, si acaso, Anabel era la más rebelde. Su otro hermano, el más pequeño, estaba estudiando en el seminario de curas de la ciudad.
Anabel subió de nuevo a la habitación de Margarita. Raúl se había quedado dormido y la cama de la joven estaba vacía. Anabel se preocupó y recorrió la habitación con la mirada. Despertó a Raúl y le miró con reprobación.
- Me quedé dormido, maldita sea, lo siento.
- No vale de nada disculparse, ayúdame a encontrarla.- Raúl asintió avergonzado.
- ¿No huele a rosas?.- Preguntó extrañado mirando a la alta mujer.
- Déjese de tonterías y ayúdeme a buscar a Margarita.
Recorrieron la sala, y la encontraron en la guardería, jugando distraída y alegre con unos niños lisiados. Era sobrecogedor verla rodeada de tantos niños. Raúl sonrió complacido con la escena y susurró: “Dejad que los niños se acerquen a mi y no les estorbéis, porque de ellos es el reino de Dios”. Anabel hizo caso omiso a las palabras del joven y se acercó a Margarita. La llamó, pero ella la ignoraba y seguía sonriendo.
- Margarita, vamos, debes guardar cama.- Anabel la agarró por los hombros, pero la joven se resistió.
- He de hacer lo que he de hacer.- Contestó ida de sí la joven. Asustada, Anabel la zarandeó, pero Margarita consiguió deshacerse del agarre y anduvo hacia la cama del único niño que veía la escena tendido en su lecho. Anabel la observó sorprendida. Uno de los niños observó el interés de la joven por el chico lisiado.
- Es Pablo, está así desde que nació.- Explicó el niño con el semblante serio. Margarita tocó al niño en la frente y le acarició con dulzura, le sonrió y el niño respondió hipnotizado a su dulce gesto.
- Cúrame santa, cúrame.- Rogó el niño.
- No temas, solo cree y serás sanado.- Dijo la joven con un susurro.- Ahora levántate.- El niño no dudó en hacer lo que la santa le dijo y sus pies recobraron la vida que debieron haber tenido. Hecho a correr torpemente tras los otros niños.
Anabel observó a la rubia con admiración, se quedó tan perpleja como lo estaban los demás y solo reaccionó cuando vio que Margarita se había desmayado.Margarita despertó con un extraño sabor de boca, como a miel dulce y empalagoso. Respiró profundamente y abrió los ojos. A su lado estaba mirándole la mujer morena. Sonrió débilmente, pues se sentía muy cansada. La morena correspondió a su sonrisa y se acercó a cogerle la mano. Por un momento el gesto turbó a ambas.
- ¿Cómo te encuentras?.- Preguntó Anabel.
- Cansada, ¿qué ha pasado?.- Solo recordaba que había estado hablando con Anabel momentos antes.
- Curaste a aquel niño y luego te desmayaste.- Margarita abrió los ojos y parpadeó creyendo por un momento que aun seguía soñando.
- ¿A qué niño?.- Preguntó.
- Al niño lisiado, no andaba desde que había nacido y tu... no sé como... pero le curaste, con un simple roce de tu mano.- En aquel momento Anabel miró sobresaltada sus manos, que rodeaban con dulzura la mano de la joven.
- No recuerdo nada de eso... solo recuerdo que estabamos hablando y de pronto me dolía mucho la cabeza.- rememoró la joven.
- ¿No recuerdas nada?.- Preguntó incrédula la otra mujer.
- No. ¿Curé a un niño de verdad?.- Preguntó cayendo en la cuenta de la magnitud de aquellas palabras.
- Lo hiciste...- La charla fue interrumpida por el musical tono de un móvil.- Perdona.- Se disculpó Anabel saliendo de la habitación.
Anabel bajó las escaleras hasta el pasillo que había al otro lado de la guardería. Se quedó observando al niño que Margarita había curado y el niño le devolvió la sonrisa feliz.
- Enana, tengo lo que me pediste.- Anabel distinguió la voz dulzona, pero fuerte de su hermano José.
- ¿Qué descubriste?.- Preguntó emocionada.
- Te noto impaciente, ¿esa tal Margarita es alguien especial?.- Preguntó con cierto tono extraño.
- Déjate de tonterías, es una de mis pacientes.- Se defendió.
- Pues tu paciente esconde muchas cosas, empezando por su verdadero nombre.- Anabel parpadeó sorprendida.- Su nombre real es Emmanuele González François, es hija de un famoso banquero puerto riqueño y de una distinguida profesora de música francesa. Nació hace 23 años, el 25 de Diciembre del año 1980, en el hospital de París, en Francia. Sus padres se divorciaron en el 86 y la custodia la ganó la madre. Y aquí viene lo interesante, incomprensiblemente a los 12 años fue enviada a un internado en Puerto Rico y a se le cedió la custodia al padre.
- ¿Compró la custodia?.- Preguntó sorprendida Anabel.
- No, parece ser que hay una turbia historia.
- ¿Qué sabes?.
- Bueno, como sabía que me pedirías que buscara información sobre ello, me adelante y he descubierto que la madre intentó suicidarse más de una vez, fue internada en un psiquiátrico en el 93, su marido tuvo mucho que ver.
- ¿Alguna idea de por qué intentó atentar contra su vida?.- Preguntó Anabel cada vez más interesada.
- Pues decía ser asediada por visiones de demonios y seres que la instaban a matar a su hija, tétrico, ¿verdad?.
- Y que lo digas.
- Pues más tétrico te parecerá esto, cuando se la llevaron no paraba de repetir las mismas palabras una y otra vez.
- ¿Qué decía?.- Interrogó la morena.
- Decía: “El que tenga inteligencia calcule el número de la bestia, porque es número de hombre.” Me han entrado repeluses.- Dijo socarrón el hermano.
- Te debo una cena, José.- Contestó divertida Anabel, pero turbada por la cantidad de cosas que había averiguado sobre Margarita, es decir, sobre Emmanuele.
- Espera, aun ahí más, resulta que la niña sufrió varios intento de secuestro y asesinato, que fueron achacados a la fama de su padre y a sus turbios negocios con la mafia italiana, probablemente por eso se cambió el nombre y por eso su padre le pagó los estudios en Cuba. Bueno hermana, creo que este trabajo se merece dos cenas.- Anabel permanecía callada.- ¿Hermanita?.
- Sí, sí, lo que quieras, ahora tengo que dejarte, hablamos, besitos y gracias.- Dijo secamente Anabel, colgando seguidamente.Margarita miró sus rosadas manos, las llagas no le dolían, los arañazos de la frente parecían rezumar un olor floral, como a jazmín, pero resultaba fatigoso estar oliendo el mismo perfumen todo el tiempo. Recordó el cálido contacto de las manos de Anabel, se había sentido tan protegida y había sido tan familiar ese gesto. Empezaba a tener interés en la morena. Bajó de la cama un poco aturdida, tenía marea y el estomago un poco revuelto, pero pudo asomarse a la ventana. Hacia un sol espléndido y algunos niños jugaban en el parque que había al otro lado del psiquiátrico. Margarita sonrió, le encantaba verles jugar. Su infancia no había sido lo que se dice inocente o soñadora y feliz, como la de cualquier niño. No, ella estaba marcada por la locura de su madre. La odiaba, odiaba la forma en que la miraba una y otra vez. La mirada amorosa se tornaba de pronto en una maliciosa. Entonces, sin saber por qué ella corría y desaparecía, y por más que Margarita la buscaba no la encontraba. A veces se encerraba en el baño y se quedaba allí horas, murmurando, como si hablara con alguien. La primera vez que la encontró medio desangrada, no dejó de tener pesadillas. Luego aquel empecinamiento por desaparecer de la faz de la tierra se hizo casi cotidiano, y Margarita se preguntaba una y otra vez si ella era la culpable, quizás su madre estaba cansada de ella. En realidad, nunca supo los motivos.