Disclaimer: Estos personajes no son míos, son de Rob Tapert, aunque de tantos usarlos... nunca se sabe. Espero que os guste.
Dedicatoria: Se lo dedico a mis queridas amigas Aracely, Catalina Sofía, Xenahope, Jurissan, Gabrielle P.I.B., a Psico, y en especial a Lena, que me ha dado un nuevo motivo para seguir escribiendo. Por cierto, tu uber está de lo más.
Correo: gioconda91@hotmail.com
AL OTRO LADO DE LA CALLE.
Autora: Elora Danan Xenagab
Ella vive al otro lado de la calle. Todos los días la veo pasar bajo mi ventana y me quedo observándola hasta que se convierte en un punto lejano. Luego, vuelve, justo a la hora de comer. Se para ante la puerta y busca las llaves de la cancela en su bolso. Todos sus movimientos son calculados y seguros.
Llevo observándola desde que tenía 14 años. Al principio creí que era admiración. Alta, hermosa, misteriosa, elegante, inteligente... todos los complementos que una mujer desearía. Pero pronto me di cuenta de que buscaba algo más en ella, había un anhelo difuso pero intenso y amargo que no me dejaba vivir con libertad, el anhelo de verla cada día, de soñar con ella, con su sonrisa, sus labios. Me centré en su vida. Escribía sobre ella. La convertí en una heroína de la edad media, una reina de China, la hija de un senador de una galaxia lejana. Si supiera la de vidas que tiene en mis historias, pensaría que tengo poco de cordura.
A veces pienso que este es mi sino, nací para observarla, aun cuando ella desconoce mi existencia. No puedo dejar de sentirme frustrada por ello, pero mi timidez es mayor que cualquier intento de hablarle. Pensareis que soy cobarde. Tenéis razón, por qué mentirme, le temo. Quizás considero que no soy digna de ella.
Hoy he decidido salir con algunos amigos, la mayoría escritores. No sé por qué he querido tener vida propia, me he revelado contra mi ventura y he decidido dejar de observarla. Es mi último intento por definir mi personalidad, que tan descuidada está. Bajo hasta la calle y miro con sugestión su portal. ¿Qué pasaría si ella saliese en ese mismo momento?. Sé la respuesta antes de formular la pregunta. Me encogería hasta desaparecer del alcance de su vista.
Me quedo pasmada, el hado perverso parece haberme escuchado, y la hace aparecer a escasos metros de mí, ha salido de la nada, pienso. Viene andando hacia aquí; debía haberlo supuesto, viene del gimnasio. Escurro el bulto lo mejor que sé hacer, pero ante mi sorpresa, me mira, yo diría que con detenimiento. Mi corazón amenaza con desbordarse cuando, además, me brinda una dulce y radiante sonrisa. Nunca la he visto sonreír así.
Se para frente a mí y aprovecho para observarla de cerca, aun cuando mi pecho amenace con estallar. Tiene unos labios henchidos, se me hacen tiernos a la vista, dulces y sonrojados. Levanto la vista hasta sus ojos y me asombro al reconocer por primera vez cual es el verdadero color que descansa en sus pupilas, el azul celestial de los ángeles. Eso es ella, un ángel.
Mis hombres caen como plomo pesado, ha seguido su camino, sin más miramientos. No soy nada para ella, tan solo una persona más en esta concurrida calle. Mientras ando hacia el bar en el que quedé, pienso en ella, por supuesto. Me pregunto qué tipo de personas le gustan. Nunca la he visto acompañada por nadie, es solitaria. Algunas veces la visita una mujer de mediana edad. He supuesto que es su madre. Incluso yo tengo más vida social. Me he preguntado miles de veces, casi a diario, si una mujer, y más concretamente una mujer como yo, podría atraerle. Daría la vida por descansar un día entre sus brazos. Me auto recrimino por pensar estas cosas. Tengo que olvidarla, aunque para ello tenga que mudarme de barrio, de ciudad, país o continente. Esto va a acabar conmigo.La noche no ha resultado ser nada interesante. Alguna que otra charla de relativa importancia, pero insustanciales al fin y al cabo. Me he marchado pronto, no he encontrado lo que quería. ¿Qué buscaba?. Ni siquiera lo sé. Quizás alguien con quien compartir mi tonta obsesión o quizás a alguien que lograra hacer que la olvidara. Decido que mañana mismo voy a buscar piso y olvidarme de esta heroína que me consume.
Amanece un día nublado, extrañamente calmado. Desayuno cereales, como cada mañana, me doy una ducha, y mientras dejo que las gotas ardientes masajeen mi piel, pienso que es hora de comenzar una nuevas historia. Mi editor me exige una continuación de mi último libro. Empecé la historia creyendo que sería mi mejor novela, pero acabó siendo una novela vacía de sentido para mí. Es irónico, porque a los lectores les ha encantado.
La calle está vacía, como si fuera un día festivo y solo algunos transeúntes consumidores han decidido dar vuelo a su cartera sin fondo o pasear a su escandaloso perro o hijo. Una brisa suave, yo diría que incluso cálida, acaricia mi rostro en un acompasado baibén. Como cada día que bajo, echo una vista fugaz a su portal. Maldita sea la hora en que lo hice, pues un cartel de “Se vende piso” ha vedado por completo mis ojos. No puede ser casualidad, aquello es malicia, ¿pero producida por quién?. No os imagináis la de tiempo que recé esperando poder encontrar un apartamento en su bloque. Fue totalmente imposible, en vano abordé a algunos vecinos ofreciéndole una buena suma de dinero para que me vendiera la casa. Ninguno se dejó chantajear. Me pregunto quien habrá sido el que ha decidido mudarse ahora. Me quedo inquieta al pasar por mi mente la idea de que podría ser ella la inquilina que se marcha. No, sería burdamente cruel, incluso viniendo del malvado hado. De todas formas, no debería preocuparme por ello, puesto que he decidido olvidarla. ¿Entonces por qué estoy dirigiéndome a su portal?. ¿Por qué mi mano se ha rebelado y está apuntando con frenesí el número de teléfono que se muestra en el papel?. ¿Y por qué ahora pulsa igual de frenética los números del teléfono, como si temiera que se le fuera a adelantar la mano de otra persona?.
Esta soy yo, la ambigüedad en persona. O debería decir la indecisión personificada. Ya está hecho, pienso para defenderme. Escucho dos tonos y alguien descuelga el teléfono.
- ¿Diga?.- Una voz de hombre suena en un tono demasiado alto para mi gusto.
- Hola, ¿es usted quien vende el piso?.
- Sí, ¿está interesada?.
- Sí. No me importa el precio, ni si está amueblado o no, ni si es pequeño o grande. Estoy dispuesta a pagar lo que sea.- Digo tajante. El hombre guarda silencio por un momento.
- Bien, estupendo, es usted la primera que llama. Puse el anuncio hace tan solo 10 minutos. Me gustaría que se pasara por aquí si es posible, para hablar del contrato cara a cara, usted me entiende.
- Si, de hecho, si no está ocupado, puedo hacerlo ahora mismo, estoy justo en el portal.
- Oh, maravilloso, entonces suba, suba. Es el 3º D.
Subo las escaleras con rapidez, pensando en la de veces que ella ha subido estas mismas escaleras. Por supuesto, no sé donde vive, ni si quiera sé como se llama, pero no dudo de que debe ser un nombre regio.
Cuando estoy frente a la puerta le doy al timbre, estoy nerviosa, pero no tanto por cambiar de casa, sino por el hecho de que ahora estaré viviendo en su mismo bloque.
- Pase, señorita. Vaya es usted muy joven.- Dice cotidianamente el hombre.
- No sé si debo tomarlo como un cumplido o un reproche.- Le contestó sonriente. Estoy de humor hasta para hacer bromas malas.
- Jajaja, es un cumplido, por supuesto. Siéntese.- El hombre señala amablemente una silla solitaria en medio de un salón casi vacío.- Siento los desperfectos, pero estoy de mudanza.
- No se preocupe, mi casa suele estar así aunque no esté de mudanza.- Le digo bromista.
- Bueno, vamos al tajo. El piso está en 7 millones y medio, no bajo más.
- Lo acepto, me parece un precio muy razonable.- Contestó amablemente.
- Bien, pero, necesita un avalista y una...
- No necesito avalista, le pagaré hoy mismo, si quiere.- El hombre abre los ojos con sorpresa.
- ¿Tiene 7 millones y medio en efectivo?.- Pregunta incrédulo.
- Tengo un buen trabajo.
- Le importaría si le pregunto qué hace exactamente.- Parecía una pregunta algo desconfiada.
- Soy escritora.
- ¿Algún éxito?.- Pregunta sonriente.
- Alguno, sí.- Contesto con media sonrisa.
- Estupendo, no he podido ser más afortunado. Entonces, ¿cuándo se mudaría?.- Me pregunta un poco impaciente.
- Mañana mismo, si es posible.- Contesto seria.
- Bueno, supongo que será posible... pero... tenemos que arreglar algunos papeles y...
- Mi abogado se encargará de ello.
- Bien, entonces de acuerdo, mañana mismo puede trasladarse. ¿Le importa si le pregunto algo?.
- No, adelante.
- ¿Por qué tiene tanta prisa en mudarse aquí?.- Por un momento he estado a punto de decirle: “Se supone que huía de alguien”, pero desisto de esta idea, podía pensar que soy una fugitiva o yo qué sé.
- Siempre me ha gustado esta parte de la ciudad, además es un buen sitio para inspirarse.
- Ahh, cosas de escritores.- Sonríe con educación.Dios, como pesa. Es la última vez que le pido a mi hermana Sofia que me ayude con la mudanza. Olvidé que la última vez que lo hizo llenó tanto las cajas que a parte de lazar escaleras abajo varios libros, rompió mi vajilla de porcelana. Mi hermana Sofía siempre había sido así de descuidada y distraída. La miré tiernamente, mientras me reía porque se quejaba a cada paso.
- No entiendo por qué te mudas a una casa enfrente de la tuya.- Dijo malhumorada.
- Ya te lo expliqué, Sofia, el ambiente es más agradable y más saludable.- Sofía me miró con las cejas alzadas.
- Venga ya, sé que esa no es la razón, pero tranquila, ya lo descubriré.- Dijo amenazante mientras me sonreía con burla.
- Ja, ja. Piensa lo que quieras, enana.Olvidaba contaros que Sofía es muy astuta; más que yo, que carezco de sus argucias femeninas. La cuestión es que tarde o temprano lograría sonsacarme mi angustioso secreto. Yo misma, sin que ella insistiera en conocerlo, estuve a punto de constárselo, aunque rápidamente me di cuenta de que sería un error.
De modo, que allí estaba yo ahora, en mi nueva casa, mirando al viejo patio andaluz donde daba a parar la ventana del salón. Para subir las escaleras al edificio había que pasar por el patio. Había una niña rubia jugando con un cachorro pequeño. Recordé mi infancia en mi antiguo pueblo. A mi padre siempre le había gustado mucho el campo y salir a cazar, por eso tenía una jauría de perros de todas las razas que se llevaba consigo cada vez que iba de cacería. Recuerdo en especial a uno de ellos, al que yo misma le puse el nombre, el pequeño Ulises. Era un perro inteligente hasta limites insospechados. Fue él quien me llevó a pensar que algunos perros habían sido anteriormente personas, en sus pasadas vidas. Ahora me río de aquella delirante idea, pero me pregunto si no habrá niños que pensarán ahora lo mismo que yo.
Ahí está, tan radiante como siempre, abre la cancela, cruza el patio, sonríe a la niña dulcemente, acaricia al chucho y alcanzo a ver que sube las escaleras. Debe vivir en el primero o el segundo, reflexiono. Salgo corriendo y miró las escaleras, esperando verla subir y casi me caigo del susto cuando veo su sedoso cabello balancearse a escasos escalones de donde yo estoy. Hago como que espero el ascensor, un poco aturdida y la observo de reojo. Pasa justo por mi lado y se me queda mirando un poco contrariada.
- Buenos días.- Dice un poco extrañada.
- Ho..Hola.- Es lo único que alcanzo a decir.
- ¿Se acaba de mudar, verdad?.- Pregunta con media sonrisa.
- Sí, vivo...
- En el 3º D, justo al lado mío. Somos vecinas.- Dice divertida. Yo abro los ojos incapaz de disimular mi felicidad.
- Estupendo.- Contesto turbada. Ella sonríe y desaparece tras la puerta de su casa y al fin logro respirar. Me quedo un rato mirando su puerta, y me asusto cuando ella vuelve a abrirla y me mira avergonzada.
- Me dejé las llaves puestas, que despistada.- Yo sonrío, pero soy incapaz de decir nada, quien lo iba a decir, una escritora consagrada se ha quedado sin palabras. Mi editor no lo creería. Antes de entrar de nuevo, se detiene pensativa y me mira un poco tímida.- Mm, la invito a comer.- Yo sigo en silencio.- Bueno... supongo que no habrá tenido tiempo de hacer de comer, con todo el jaleo de la mudanza...- Carraspea un poco incomoda justificando su inesperada invitación.
- Me encantaría.- Contesto finalmente. Ella me sonríe aliviada como respuesta.- De hecho, bajaba para comprar algo para el almuerzo.- Digo justificando el hecho de estar esperando el ascensor.- Ella me está mirando fijamente, me pregunto si tendré algo en la cara. Se turba un poco y vuelve a sonreírme.
- Me llamo Victoria, pero puedes llamarme Viky.- Dice amablemente y alarga su mano, que yo no tardo en estrechar.
- Julia. Encantada de conocerte.- Le contesto educadamente y no puedo evitar sonreír misteriosamente al recaer en que “Victoria” es un nombre de reina.
- Pasa.- Con un gesto simpático me invita a entrar en su casa.
- Gracias.- Observo encantada su casa, adornada con originalidad y calidez. Tonos dulces y frutales, figuras exóticas, de procedencias dispares, China, la India, Latinoamérica, África, todas con la misma magia que caracterizan a los objetos extranjeros y desconocidos para nosotros. Los colores de las paredes van desde el pardo, hasta el naranja cálido del atardecer, acentuado aun más por la luz ocre de las lamparillas.
- Siéntate... en algún sitio.- Parece una disculpa y observo que se debe a que casi todo el sofá está repleto de libros y papeles. Se marcha hacia la cocina y yo sigo mirando la decoración, absorbiendo cada detalle que me de más idea de su personalidad, de cómo es ella.
- Tienes una casa mágicamente decorada.- Le digo para romper un poco el hielo. Ella se afana en poner el mantel en una mesa, colocada justo al lado del balcón andaluz, por el que entran los sonidos de la hora de la siesta. Allá un perro, aquí algunos pájaros, niños riendo...
- Gracias, pero creo que tengo demasiados tiestos ya. Disculpa el desorden, no esperaba visita.- Se disculpa.
- No hay problema, si vieras mi casa.- Le digo a modo de broma.- ¿Puedo preguntarte en qué trabajas?.- Le digo levantándome para ayudarla a traer las cosas a la mesa.
- ¿No lo adivinas?.- Pregunta juguetona.
- Me temo que tengo demasiada imaginación, podría llegar a pensar incluso que eres una espía.- Digo bromeando, ella me sonríe dulcemente.
- Ojalá, mi trabajo es aburridisimo.- Dice quejosa.
- Déjame pensar... mmmm... ¿profesora tal vez?.- Digo suspicaz.
- Bingo, una galleta para la ganadora.- Dice alargándome un pequeño biscote.- Lo cojo divertida.
- Gracias. ¿Bueno, y de qué eres profesora?.- Ella mira un momento el paisaje andaluz a través de su balcón y luego me mira con intensidad.
- Soy profesora de griego moderno en la universidad.- Me quedo un poco extrañada y sorprendida.
- Curioso.- Respondo. Ella sonríe con timidez.
- Me gusta el griego, nunca he sabido explicarlo. Verás, en el viaje de fin de curso tuvimos la suerte de visitar Grecia y, no sé si me creerás, pero en los siete días que estuvimos allí, aprendí a hablar el griego mejor que el inglés.- Abro los ojos con admiración. Lo primero que pienso es que debe ser una persona muy inteligente.
- Y no, no soy nada buena para los idiomas, siempre obtenía sendos suspensos en francés e inglés.- Contesta adivinando mis pensamientos.- Pero el griego... es un lenguaje maravilloso.
- Te creo.- Le digo y sonrío comprensiva.
- Bueno, ¿y a qué te dedicas tu?.- Me pregunta y me mira con fijeza.
- Soy escritora.- Me mira con extrañeza también.
- ¿Escritora?. Vaya, nunca lo hubiera dicho.- Dice pensativa.- ¿Qué edad tienes?.- Pregunta con curiosidad.
- Tengo 23, ¿por qué lo preguntas?.- Le interrogo.
- Por nada, solo es que pareces joven, tenía entendido que para escribir era necesario saber de todo un poco.- Le sonrío, recordando que yo antes pensaba así.
- Bueno, no es necesario saber de todo, sino dedicarte exclusivamente a un tema, algo en particular que siempre te haya gustado observar, luego le dedicas toda tu vida. Cuando tienes dudas sobre algo que se escapa de tu entendimiento, haces como todo el mundo, te vas al diccionario.- Le explico seriamente. Nos sentamos a la mesa. Ella me mira con cierta sorpresa.
- Vaya, para tener 23 años hablas como alguien de 53.- Me dice burlona.- Bueno, ¿y cual es tu tema?.- Me pregunta mientras se saca un poco de pasta en su plato. Me quedo en silencio, sé que acabo de entrar en uno de esos momentos en los que mi alocada mente se centra en una situación y la memoriza. Pienso, no puedo creer que esté aquí, delante de ella, viéndola comer, mientras hablamos como dos grandes amigas. ¿No son maravillosos los designios del señor?. Ella es tan hermosa. - Hola... Tierra llamando a Julia... hola.- Salgo de mi ensimismamiento y sonrío turbada.
- Lo siento, ¿qué decías?.- Ella sonríe.
- ¿A dónde has viajado?.- Pregunta burlona.
- Me distraje pensando.- Me disculpo.
- Ya lo vi, te preguntaba que cuál era ese tema al que dedicas tu vida.- Me quedo un poco acongojada. No puedo decirle simplemente que es ella el tema de mi vida.
- Una mujer.- Su mirada se ha centrado por completo en mi rostro y soy incapaz de esconderlo. No sonríe, solo me mira de una forma un tanto rara.
- ¿Una mujer? Oh.- Dice y de pronto, como una losa pesada cae un espantoso silencio que enfría el ambiente.- Está en mi imaginación.- Digo queriendo explicarme mejor.
- ¿Quieres decir que es imaginada?.- Asiento con media sonrisa.
- Ah, ya entiendo.- Dice y entreveo cierto alivio en el tono con que pronuncia las palabras.
- ¿Te suena de algo “Hijos del odio”?.- Ella abre con desmesura los ojos.
- ¿Lo escribiste tu?.- Pregunta con sorpresa.- Claro, Julia Grandi.- Ríe un poco avergonzada.- No había caído.
- ¿Lo has leído?.- Pregunto esperanzada.
- No lo vas a creer, pero eres mi escritora favorita.- Se ríe casi a carcajadas.- Lo siento, pero es tan fantástico, estoy comiendo con mi heroína.- Dice sin poder disimular su entusiasmo.- Me leí todos tus libros y espero ansiosa la continuación del último.
- Me halagas.- Contesto un poco turbada, siempre me siento así cuando me reconocen.
- Oh, disculpa, es que, no puedo evitar sentirme emocionada, ¡¡eres Julia Grandi!!.- Dice aun impresionada.
- Lo soy.- Sonrío tímida.- Pronto se te pasará la emoción cuando veas que soy como otra persona cualquiera.- Le digo un poco frustrada, pero sin dejar de sonreír.
- Lo siento.- Dice un poco avergonzada.
- Oh, no, no, te entiendo, créeme que te entiendo.- Le sonrío amistosa.
- Bueno, y ¿cómo es que te has mudado a esta apartada orilla?.- río divertida.
- Si te digo la verdad, no tengo ni la menor idea de lo que busco aquí. Puede que estuviera un poco hastiada de mi anterior ambiente.- Contesto distraída.
- ¿Dónde vivías antes?.- Pregunta curiosa.
- En... en... el barrio de Montosa.- Me mira extrañada, quizás halla notado mi nerviosismo. ¿Sabrá que miento?.
- Vaya, pensaba que vivirías, no sé... en un lugar más...
- ¿De ricos?.- Asiente tímidamente.
- Bueno, normalmente hay más cosas que contar en un barrio pobre que en un barrio rico. Los barrios pobres son más... aventureros. Encuentras más personas interesantes.
- Pero... tus obras son aventuras medievales.- Frunce el ceño mirándome inquisidora.
- Pues, sí, pero te sorprendería saber lo poco que ha cambiado el mundo desde entonces.- Sonrío misteriosa y ella cabecea dándome la razón.
- Bueno, cuéntame algo, ¿estás casada, tienes hijos...?.- me echo a reír a carcajadas.
- No, ni lo uno ni lo otro.- Digo rotundamente, pero sin dejar de sonreír.
- ¿Novio, tal vez?.- Dice, pero su mirada sigue clavada en su plato de pasta.
- No. ¿Y tu?.- Pregunto decidida a conocer más de su vida privada, de la que no conozco nada. Levanta la mirada avergonzada.
- Pues no, tampoco, estoy demasiado ocupada con las clases, solo puedo entablar relaciones diplomáticas.- Dice bromista.
- ¿Supongo que estas son relaciones diplomáticas?.- Ella sonríe tímida, pero divertida.
- ¿Sabes cuánto hace que no salgo a ningún sitio, salvo al supermercado más cercano? Casi 6 meses. Necesitaba hablar con alguien que no fuera mi madre.- Se justifica divertida. Río complacida.
- Me alegra saber que he sido elegida para esta ocasión.- Dejo mi plato vacío a un lado. Y bebo un sorbo de agua.- Estaba buenísimo.
- Gracias.- Ella se levanta para recoger la mesa.
- Deja, te ayudo.- le digo cuando intenta coger mi plato.
- No hace falta.- Dice educadamente.
- Insisto.- Le contesto terca.
- Sabes, eres una famosa curiosa.- Dice mientras andamos a la cocina.
- No soy famosa, lo son mis libros.- Contesto seria. Casi empiezo a arrepentirme de haberle dicho quién era.
- Lo siento, te he incomodado.- Sonrío quitándole importancia.
- Sabes, los famosos tenemos una rara manía, odiamos que nos recuerden constantemente que lo somos. De vez en cuando me encantaría volver a ser esa persona totalmente desconocida para el resto de la gente que anda por las calles. Si eres famoso la gente espera algo de ti, ve en ti un modelo.- Explico mientras me remango para ayudar a fregar.
- Intento comprenderlo.- Contesta sonriendo.- Prometo no volver a recordarte que eres famosa.- Dice un poco apesadumbrada.
- Y yo prometo invitarte a cenar a mi casa, cuando esté todo más arreglado.- Le digo divertida.
- Op, sería estupendo...- Se para de repente y enmudece. Nuestras manos se han rozado tibiamente bajo el agua del fregadero. Miró su reacción. Permanece con la cabeza agachada y su mejilla está sonrojada. Está tan preciosa...