**Ningun pallasquino puede haber olvidado a don Lorenzo Paredes. Desconocer la cualidad pintoresca que era su sello seria como incurrir en una suerte de sacrilegio. Era el popular “Shinde”. Concentrarse los amigos frente a el, en su tienda ubicada en la esquina sur-oeste de la Plaza de Armas, era ineludible motivo de alegria; se libaba, moderadamente, a veces, unos vasos de cerveza y el aderezo principal de las reuniones eran las bromas, algunas suaves esporadicamente y casi siempre pesadas otras. Pero primaba la amistad, el respeto y las ganas de pasar un momento ameno, aun a riesgo de convertirse uno en lo que actualmente se llama “punto”, es decir, en victima de las bromas que, en el furor de la emocion y la confianza, lindaban con el sarcasmo y la ironia mordaz. Pero habia que aguantar, pues, o, mejor dicho,“tener correa”.
**Una de las historias -inventadas por el, indudablemente- era la de un –segun decia- “eterno y brillante estudiante” de secundaria en Lima que al llegar de vacaciones a Pallasca y recibir las excesivas atenciones de sus padres, fue alojado en un dormitorio que daba a la calle en el que habian colocado una cama, dizque de “dos plazas”, es decir, con dimensiones exageradamente mayores a las de la puerta de ingreso; la cama incluia, naturalmente, un colchon de plumas, mullido para ofrecerle un reparador descanso, frazadas gruesas, no de bayeta ("?bayeta?, !pero si eso es para para los cholos!", fue el comentario, segun las malas lenguas), sino de algodon, etc; a la cabecera, la imagen protectora del Corazon de Jesus. Aquella noche -contra todo pronostico-, el imberbe no pudo dormir y al dia siguiente, a la hora del desayuno (con leche recien orde?ada, biscochos, queso y huevos pasados) el doncel mostro unas tan pronunciadas ojeras y exagerados y repetitivos bostezos. El padre se sorprendio y quiso adivinar la razon de tan deplorable estado, y creyo haberlo logrado: cayo en la cuenta -cuando no- de que su unico hijo varon, aprovechando la placidez de la noche, se dedico a leer. (“Mi hijo va a ser intelectual o cientifico, de eso no tengo duda; sera el orgullo de la familia!”) Pero no fue aquello lo que ocurrio durante la vigilia. “No he podido dormir –declaro el muchacho-, porque he estado tratando de resolver un problema matematico y lamentablemente me he quedado frustrado por no haber podido encontrar el resultado.” La emocion paternal fue mayor porque, claro, se sabia que es de sabios sacrificar las horas de sue?o para dedicarlas a ocupaciones de esa laya. “Bien, hijo, le inquirio, ?cual era ese problema?” La respuesta fue inmediata y no menos asombrosa: “?Como han podido lograr que una cama tan ancha ingrese a traves de una puerta tan peque?a? Yo he aplicado todas las formulas geometricas, trigonometricas, etc., y no he podido encontrar una explicacion.” El padre, cuya emocion en esas circunstancias ya podemos adivinar, hizo lo que cabia para dar la respuesta requerida: llamo al empleado encargado de cuidar los animales y hacer otros mandados y le pidio que diese la explicacion que necesitaba el hijito de marras. El fiel servidor domestico, ni corto ni perezoso, se la dio enfaticamente: “Tuve que desarmar la cama, pues, se?or.”
**Pero como a veces suele ocurrir (el rebote de la piedra puede golpear el propio rostro), en una ocasion el “punto” fue el mismo Lorenzo Paredes. Cuentan que un policia que “no aguantaba pulgas” (pero que se habia convertido en el cotidiano "caserito" de la chacota de "El Sinde") decidio, para cortar definitivamente las bromas o burlas, llegar anticipadamente preparado con una una respuesta rotunda e incontestable que seria el remedio definitivo. Nadie adivinaba lo que iba a pasar. Don Lolo comenzo a “batirle” con todo el impetu y la seguridad de su bien ganada capacidad de dejar mal parados (es un decir, logicamente) a sus “victimas”. El policia, “con ajos y cebollas” le dijo lo que la rabia le inspiraba y, tras ello, cogio su arma de reglamento, coloco el dedo sobre el gatillo apuntando al pecho del ensoberbecido due?o de la tienda y en ese instante aterrado por lo que se le avecinaba, y presiono; el estruendo inundo el recinto y retumbo en toda la plaza de armas. Don Lorenzo cayo desplomado. Los amigos que participaban de la reunion, como no podia ser de otro modo, se abalanzaron a auxiliarlo. No encontraron una sola muestra de perforacion, de rasgu?o y mucho menos de sangre. Desesperado, el yaciente exclamaba: “!Busquen bien, por algun lugar debe haber ingresado la bala, por favor busquen bien, que me muero!” Se sintio muerto, realmente y no era para menos. El policia, que solo empleo una bala de salva, se carcajeo a mandibula batiente y, desde ese momento, dejo de ser para siempre, el objeto de las muchas veces excesivas burlas que solia recibir. Santo remedio!