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ANECDOCRONICAS DE PALLASCA/ Bernardo Rafael Alvarez
Tuesday, 3 November 2009
HORA ZERO, LA ANTOLOGÍA. PRESENTACIÓN: BIBLIOTECA NACIONAL
César Lévano fue el primer crítico en advertir la presencia de jóvenes poetas disidentes, de liróforos con formación dialéctica que expresaron hastío y disconformidad ante el repetitivo canon literario del tiempo histórico que les tocó vivir. Convencidos que era necesario renovar el lenguaje, la visión del mundo y sobre todo la ética del creador, de hecho renunciaron a pertenecer a la cultura oficial y más bien, optaron por una poesía de carne y hueso, que tradujera la nueva realidad social. Desde que en 1970 apareció el manifiesto Palabras Urgentes, en el primer número de la revista Hora Zero, publicación que marca el nacimiento del movimiento, han transcurrido 40 años. Por eso, la presentación de Hora Zero: los broches mayores del sonido, cuyo autor es Tulio Mora, será un acontecimiento histórico. El texto de 700 páginas, incluye: “todos los aportes que dieron forma a un movimiento caracterizado por una actitud de permanente crítica y reflexión sobre la poesía y el nacimiento de una nueva estética”. Tiene un estudio del prologuista con muestras de más de 70 autores de poesía, narrativa, pintura, escultura, testimonios, crónicas, cartas inéditas y manifiestos más importantes.
Durante las distintas etapas de Hora Zero, fue conformado por Jorge Pimentel, Juan Ramírez Ruiz, Enrique Verástegui, Tulio Mora, Jorge Nájar, Mario Luna, Julio Polar, José Carlos Rodríguez Nájar, José Cerna, Carmen Ollé, Ricardo Oré, Isaac Rupay, Yulino Dávila, César Gamarra, Ángel Garrido, José Díez, Eloy Jáuregui, Ricardo Paredes, Rubén Urbizagástegui, Elías Durand, Alberto Colán, Mateo Morales, Feliciano Mejía, Sergio Castillo, Bernardo Rafael Álvarez, Roger Santiváñez, Dalmacia Ruiz Rosas, Miguel Silvestre, Abel Herrera, Óscar Orellana. Los narradores: Eloy Jáuregui, Miguel Burga, Maynor Freyre, Alejandro Sánchez Aizcorbe. Artistas gráficos y pintores: Yulino Dávila, José Díez, Alberto Escalante, Carlos Ostolaza, Oswaldo Higuchi. Además Dimitri Analis (griego), argelinos marroquíes Tahar Ben Jelloun; franceses Tristan Cabral, Andre Laude.
Wednesday, 27 February 2008
LA DIFTERIA LLEGO A PALLASCA...
Probablemente ya nadie recuerda –y, tal vez, Juan Saavedra menos-, una de las etapas difíciles que le tocó vivir a Pallasca: aquella que significó el haber tenido que enfrentar a la epidemia de difteria que, en 1964, castigó sensiblemente a las familias más pobres de algunos barrios y caseríos (¡como siempre, las familias más pobres!). Gracias a Dios y a la oportuna atención que el gobierno de entonces puso en el hecho, movido por la campaña periodística que en gran medida activó María Cristina Nadramia -hermana del “Chucro” Raúl-, el número de las víctimas mortales (¡niños todos!) no fue excesivo. Llegaron varios médicos del Ministerio de Salud, incluso el ministro mismo, en atronadores helicópteros; también, por propia cuenta y empujado por su proverbial bondad y cariño por los paisanos, arribó –conmoviendo a todos- el inolvidable doctor Justiniano Murphy Bocanegra. La presencia de los reporteros gráficos de algunos diarios fue algo sumamente novedoso: se metían por todas partes con sus gigantescas cámaras fotográficas, en busca de la noticia. En honor a la verdad, debemos decir que no les fue fácil encontrarla. No es que la geografía fuese adversa, escabrosa, inaccesible; tampoco que la gente se mostrara huidiza, huraña, poco colaboradora. Nada de eso. Es que, no obstante lo delicado y grave de la situación, el drama no fue tan desmedido como para generar noticias periodísticas, digamos, vendibles. Hay que agradecer que no haya sido así. La tarea de la prensa, por ello, tuvo que llevarse a cabo echando mano a la imaginación. Ingresaban a los locales escolares, mientras los profesionales de la salud -auxiliados por don Jesús Álvarez, sanitario del pueblo, y también por nuestros paisanos Tomás Zúñiga y Mario Vidal- revisaban los ojos de los niños, en busca de los síntomas o indicios de la enfermedad; y ahí, ellos, los fotógrafos, tomaban fotos a diestra y siniestra. Podemos adivinar que el mayor número de imágenes que saturaron sus rollos debió haber sido de paisajes y caritas sonrosadas y “pispadas”. Entre los que acudieron a Pallasca se encontraba, con cámara y maletín en mano, un señor Miró Quesada que decía estar impresionado por la belleza de la ciudad, por la armonía estética de su Plaza de Armas y el valor histórico y artístico del templo de San Juan Bautista; era lo que podríamos llamar “un turista humanitario”, o algo por el estilo. Por cierto, su apellido dio lugar a que los “togados” –hospitalarios como todos los pallasquinos- le brindaran una atención especial. Aún a pesar de lo penoso que pueden ser ciertas circunstancias, los hechos pintorescos y anecdóticos se dan en todas partes; y, en efecto, eso también pasó en Pallasca: Flor Vidal recuerda que mientras se celebraba un matrimonio, todos -excepto los novios- abruptamente abandonaron la ceremonia y, empujados por la curiosidad, corrieron al estadio para ver al primer helicópetro que aterrizaba trayendo ayuda. Como dijimos al principio, los muertos fueron realmente pocos. Los periódicos capitalinos se encargaron de dar cuenta de ello; uno, creo que El Correo, contaba que, por falta de ataúdes, a los niños fallecidos se les velaba en sus propias camas, cubiertos por frazadas de bayeta, y daba fe de su afirmación con una medio convincente imagen fotográfica de primera plana. Efectivamente, allí se veía a dos criaturas de espaldas (a uno de ellos lo reconocimos al toque: era Juan Saavedra Urbano, hijo de don Amelio), acostados sobre una tarima y alumbrados por una vela que su padre llevaba en la mano. Muchos años después, en Lima, cuando en medio de una conversación surgió el nombre de Pallasca, alguien que inmediatamente se convirtió en nuestro amigo, nos dijo, emocionado: yo estuve allí. Era el autor de aquella irrepetible foto necrológica. Es posible, como lo expresamos antes, que Juan –ya no dormido como entonces- no se acuerde, o que nunca haya sabido lo que ocurrió, debido a que la epidemia jamás llamó a su puerta; pero de que está vivo, así como su hermano, nadie puede negarlo. Claro que, naturalmente, no vamos a darle las señas de nuestro amigo de la prensa escrita, para evitar, por si acaso, que lo maldigan (uno nunca sabe). Aquella cruel y al mismo tiempo piadosa invención periodística sirvió para que la ayuda del Estado no fuese tardía. A veces –ahora lo confirmamos- las mentiras, antes que reprobación, merecen una entusiasta gratitud.
Sunday, 27 January 2008
LA CONSHENSHA, LA CONSHENSHA...
Nunca a nadie en Pallasca se le ocurrió averiguar la razón del insólito remoquete. Pero estaban seguros que, por donde se le viera a nuestro personaje, no era posible encontrarle carencias físicas: del meñique al pulgar, los dedos estaban completos, y las orejas, sin mácula alguna, mostraban con orgullo sus gruesos pabellones. Por ello (cosas del ingenio popular), el apelativo, chapa, mote o apodo, que, sabe Dios quién le puso, resultaba por demás increíble. A manera de broma, sus amigos más cercanos y, por supuesto, de más confianza, le decían que cuando ocurría un fallecimiento en el pueblo y el cortejo pasaba frente a su casa él comentaba -no sabemos si con tono de pena o de sarcástico orgullo-: “A ese muertito lo curé yo”. Y, créanlo, no se enfadaba, tenía correa, y como estaba seguro de que en la chanza no había un ápice de mala fe, lo que hacía era echarse a reír. No era, como nadie lo es, un dechado de perfección; era simplemente un ser humano, con debilidades y fortalezas (¡hasta los curas lo son!). Cuentan que alguna vez, por haberse “enredado” medio clandestinamente con una señora que vivía sola, el hermano de esta, probablemente empeñado en tutelar la moral familiar o la reputación del apellido (cosa que, hay que decirlo, en cuestiones de amor es una inadmisible exquisitez o, mejor dicho, una reverenda exageración), le propinó una “carajeada” de padre y señor mío. Nuestro personaje, dicen, simplemente no respondió y con estoicismo mesiánico, casi acurrucado como una indefensa criatura, tuvo que soportar sin un gemido la inmisericorde “cuadrada”. Más tarde, cómo no, sus amigos le increparon por aquella inesperada muestra de debilidad. “¿Por qué te acobardaste?”, le dijeron. Su explicación, extremadamente lacónica, no podía estar más ajustada a la realidad ni dejar de ser, a pesar de todo, hilarante: “La conshensha, pues, la conshensha...” (Eso es: no hay justicia más cabal e inapelable que la administrada por la conciencia). Durante un buen número de años trabajó en Conchucos; era sanitario, es decir, una suerte de “médico rural” sin diploma universitario: el que aplica las vacunas y trata la tifoidea, el que receta lavativas y vinagre “bullí” y cura de las picaduras de “huaylulo”. Y allí, en la tierra de don Mesho, se resolvió el enigma. “¿Por qué?”, se atrevió a preguntarle un inquisitivo conchucano. Lejos de incomodarse (pues, ya lo dijimos, tenía correa), se sintió feliz por la curiosidad del “tiralazo”. Es que durante casi toda su vida esperó esa pregunta; siempre quiso dar a alguien la respuesta que íntimamente le regocijaba y que pugnaba por salir a la luz: directa, rotunda y satisfactoria, pero, sobre todo, ingeniosa. El era así: agudo y mordaz. Tras ser absuelta la interrogante, el epílogo –es fácil de adivinar- fue una estentórea carcajada, jadeante, interminable, como aquellas volcánicas que expulsaba en nuestra tierra don Pancho Nina. “Me dicen “mocho”, respondió don Reinerio, por una sencilla razón: en mi pueblo soy el único varón que no tiene cachos”..
Monday, 15 January 2007
OTRO ARQUERO, POR FAVOR
En realidad, yo jugue poco durante mi infancia o, digamos mejor, jugue mal. En mi pueblo y en aquella ya lejana epoca (supongo que ahora tambien) los juegos eran bastante sencillos: tejo, trompo, cercena, bolitas, chapitas, “frijush” . Simples. Y de pobres, como lo eramos casi todos. Mi padre era maestro de escuela (la 293) y, por ello, tenia un ingreso mensual permanente: su sueldo. Pero, diganme, ?cuando los maestros no han sido pobres en el Peru? Continuo la historia. El tejo, el trompo las bolitas (es decir, las canicas), son juegos que todo el mundo conoce, por ello solo voy a explicar los otros. La cercena era una chapa de botella que, a fuerza de ser chancada con piedra o martillo, quedaba convertida en un filoso disco al que se le perforaba dos hoyos centrales, a la manera de un boton, por los que se hacia ingresar un pabilo que, atado en sus extremos, era estirado por ambas manos y sacudido dando lugar a que el objeto metalico gire para atras y para adelante zumbando como moscardon; la gracia del juego estaba en el enfrentamiento de dos chiquillos, cada uno con su cercena, tratando de cortar la pita del contrincante. Los “frijusch” eran los frijoles (pero aquellos con manchitas, que se comen fritos o tostados, es decir, la ?u?a); con ellos se jugaba casi como con las canicas, disparandolos a ras de suelo, con el dedo indice. Algo similar se hacia con las chapitas, cuya concavidad era rellenada con greda humeda para que tuviese un peso conveniente. Todos mis amigos eran expertos en estos ludicos menesteres. Yo los admiraba, creo que con algo de envidia: la vigorosa capacidad para romper trompos de un solo tiro o expulsarlos del circulo, por ejemplo, nunca formo parte de mis meritos, y pensar en ganarlos alguna vez me parecia, simple y llanamente, sue?o de locos. Dicen que es bueno ser consciente de las propias fortalezas y debilidades; creo que, respecto de estas ultimas al menos, yo nunca fui mezquino al reconocerlas. Por eso creo que era una exageracion completamente descabellada eso de que yo era inteligente. Recuerdo que comentaban que los de “cabeza palca” (claro, como la mia: con la nuca plana) eran poseedores de cierta superioridad intelectual. Ja, ja, ja! Jamas supe de donde pudo haber salido tan peregrina teoria (?de la Alemania Nazi, tal vez?). Pero, bueno, la verdad es que hasta para esos elementales juegos el que esto escribe era torpe como un oso en hibernacion. De futbol, ni hablar. En esto –lo confieso con verguenza- era una verdadera zapatilla, de lona corriente y, ademas, con pezu?a. El geniecillo –lo recuerdo con cari?o y me gustaria volver a verlo, porque es mi amigo- era Roberto Robles, a quien le decian “Beticras” (yo nunca me atrevi a llamarlo asi). Habia algo, en el deporte del balon, que me producia un terror casi paralizante: la posibilidad de recibir, digamos, un pelotazo en plena cara. Pero, vaya como son las cosas, llegue a jugar un partido de futbol y – a que no adivinan- de arquero! Si, se?or. Y contra todo pronostico, no me patearon ni recibi el temido pelotazo. Sali, pues, ileso. Sin embargo, no hay felicidad plena. Tengo que ser sincero: no jugue mas de diez o quince minutos. Si bien en mi cuerpo no sufri contusion o rasgu?o alguno, moralmente quede resquebrajado (con “una cicatriz rencorosa”, como diria Borges). Les cuento. Al ver que los jugadores del equipo contrario, con la pelota en su poder, se aproximaban amenazadoramente a nuestro arco, mis compa?eros me exigieron en coro: “Sal, sal!” (es decir, ve al encuentro, no te quedes). Como ahora mismo tambien, les digo, entonces no entendia el significado de algunas palabras del argot deportivo. Y –claro, ya lo adivinaron- cumpli al pie de la letra la desesperada orden: sali del arco (y posteriormente de la cancha, no faltaba mas). Azorado (y –que bestia- sintiendo intimamente que la culpa no era mia) escuche –esto si como un feroz puntapie- que los labios de los enfervorizados integrantes del equipo adversario pronunciaban desaforadamente esta dulce, pero aquella vez en mis oidos agria palabrota: GOOOL! Si mis amigos de aquellos tiempos se acuerdan de esto y aun me guardan un discreto odio por lo que hice (que, por lo demas, seria justo) les pido que me disculpen. Y, bueno, pues, que siga el partido. Pero pongan otro arquero, por favor.
Tuesday, 12 December 2006
NUESTRO REGALO DE NAVIDAD
Feliz Navidad. Esto es lo que acostumbramos decir, junto a un efusivo abrazo, a nuestros familiares y amigos, a partir del momento en que el reloj de la casa indica que son las doce de la medianoche o, dicho de otro modo, las “cero cero horas”. Y, claro, ese deseo es expresado con autentica sinceridad y mucho, mucho cari?o. Al menos asi parece en la generalidad de los casos pues, por cierto, no falta una que otra hipocresia por alli. Si el equipo estereo no esta encendido, es el televisor el que, solemne y majestuoso, nos acompa?a con una musiquita suave como caricia, casi siempre “Noche de Paz”, tocada por una orquesta sinfonica y cantada por un coro. Afuera, algunos cohetones y rascapies y luces de bengala y ni?os mataperros que, con ganas de fregar, no pierden ocasion de reventar una que otra “rata blanca”. Todo es alegria. La mesa esta poblada de una delicadas copas de cristal con vino espumante; al centro un paneton cortado en una docena de tajadas y, delante de las sillas bien ubicadas, rebosantes tazas de chocolate. Si las vacas flacas (casi vitalicias las condenadas) pudieron ser reemplazadas por vacas gordas, el pavo horneado en la panaderia de la esquina tambien formara parte, si o si, de este calido paisaje de entrecasa, con pure de manzanas, por supuesto. La ventana, con las cortinas corridas, muestra a la calle desde hace algunos dias, filas de luces intermitentes, dispuestas en caprichosas formas: estrellas, arbolitos, flores... Todos, padres, hijos y abuelos –si los hay- estan o, mejor dicho, dicen estar felices. No es para menos. Es la Fiesta del Amor, pues. Y hay que celebrarla como Dios manda, sin excesos. Pero, eso si, que los ni?os no pongan limite a su regocijo porque, claro, para ellos es la Navidad: ellos representan, segun se dice, al ni?o redentor de hace dos mil a?os que, ahora de porcelana y medio patas arriba, reposa en el nacimiento colocado en una esquina de la sala con Virgen, con vaca y con burro. Ah, y aqui estan sus regalos: carritos, pistolas, pelotas, etc., etc., etc. Lo que, y lo digo sin resentimiento ni pena, no recuerdo haber tenido yo en mi infancia. En mi tierra, Pallasca, la cosa era distinta. No habia panetones, entonces, y creo que tampoco carritos, pistolas...como los carritos y pistolas que hay ahora. Pero, valgan verdades, todo era, como dicen los muchachos de estos tiempos, bacan: ternura a manos llenas, candor a flor de piel. Me parece, si mal no recuerdo, que se celebraba alguna misa a veces (la de gallo, naturalmente); digo a veces porque el cura casi nunca paraba en mi pueblo porque casi siempre estaba en otros lugares donde, sin duda, la gente era mas dadivosa a la hora de la limosna (y, probablemente, a otras horas tambien). En algunas casas se armaban hermosos y nutridos nacimientos. Mi padre me contaba que el mas grande y original era el que hacia muchos a?os presentaban en su vivienda las medio beatas hermanas Monzon. Yo conoci los de do?a Valentina, antes de llegar a Santa Lucia, bajando hacia la Calle Grande; de do?a Victoria, al costado de la Casa Parroquial; de don Alfredo, a la derecha del “Chorro”, hacia abajo; y en Santa Lucia, de do?a Paquita...Aparte de esos papeles gruesos de costal de azucar, estrujados y manchados de verde y marron para tener la apariencia de cerros, lo mas notorio (aparte tambien de las ovejitas o “guachitos” y otros adornos), eran las achupallas y el musgo los que ocupaban lugar preferente y contribuian con el conveniente y significativo toque serrano y, digamos, ecologico. Estos nacimientos, en la noche del veinticuatro, eran visitados por los “viejitos” o “pastorcillos”, grupos de chiquillos y tambien no tan chiquillos, vestidos con poncho, sombrero y mascara de pellejo de carnero, cargando gatos o comadrejas (a las que llamabamos “huaygush”) disecados, y que bailaban al compas de sonajas hechas con latas de leche Gloria y piedrecillas y cantaban animados y pegajosos villancicos de la selva: “Ni?o Manuelito, que te puedo dar: ricos bu?uelitos envueltos en miel...” No faltaba algun palomilla (pienso ahora en nuestro entra?able “Joke”) que, con infantil picardia, se atreviera a modificar la letra, poniendo, en lugar de “ricos bu?uelitos”, “una lata de habas”. Los due?os de casa, casi siempre tolerantes y bondadosos (con bondad cristiana, claro esta), les invitaban chocolate caliente y bizcochos. Pasada la medianoche habia que irse a dormir. Ah, pero antes de las seis de la ma?ana el ritual era impostergable: levantarse y acudir al balcon de la sala. Es lo que haciamos mi hermano y yo. Antes de acostarnos habiamos dejado alli nuestros zapatos, esos comodos e inolvidables “chancabuques” que nos hacia don “Lonsho” Pinedo, el querido zapatero del pueblo. Y, oh maravilla, comprobabamos dos cosas: que Papa Noel existe y que esa noche nos habia visitado, generoso. Alegria ingenua y abundante. Una, dos, tres, cuatro, cinco monedas de a veinte! Nuestros ojos se iluminaban como el brillo de la nieve de Ogopito con que don Rafa Acosta y don Diego Baltodano preparaban en junio los helados y raspadillas. Ya teniamos nuestro regalo de Navidad, modesto pero suficiente para comprar bolitas de cristal en la tienda de don Victor o galletas de soda en la de don Pancho Nina. Para que pistolas, para que carritos. Abusivos, como no, mi hermano y yo en las tres o cuatro noches siguientes volviamos a dejar los zapatos en el mismo sitio. El viejito de blanquisima barba y botas negras seguia bondadoso aunque, claro, progresivamente iba disminuyendo la dosis de “pesetas”. Este Papa Noel era realmente un papa bueno. Lo fue para nosotros. Jamas lo olvidaremos
Saturday, 22 July 2006
ESTE GALLO DE MIERCOLES
El maestro Rafa solia aderezar sus clases con unos relatos increiblemente hermosos; hermosos por las historias propiamente dichas, pero ademas y especialmente, por la manera como los contaba, histrionicamente: si se trataba de hacer referencia a un caballo, por ejemplo, imitaba el sonido del trote -"pacatan, pacatan..."- y, frente a los alumnos, se desplazaba dando trancos equinos (toda una ilustracion audiovisual bastante contundente). Los ni?os gozaban sobremanera. El cuento que los infantes de entonces, y hoy laboriosos adultos, recuerdan con mas cari?o -aparte de aquel nombrado como "La vieja patera"- es el bello e inverosimil relato al que don Rafa llamaba "Los musicos de la aldea". En el se hablaba, efectivamente, de unos musicos, pero de unos musicos nada convencionales o, como se les llamaria hoy en dia: atipicos. Un asno, un perro, un gato y un gallo conformaban, con sus propias voces, un estridente y desafinado cuarteto grotescamente festivo: una orquesta de los mil diablos, diriamos mejor. Estos animales, viejos y cansados, habian dejado las viviendas de sus amos por una razon: por inservibles. El asno carecia de fuerzas suficientes para cargar bultos pesados sobre sus lomos; el perro dormia excesivamente y nada podia hacer si un ladron osaba irrumpir en la casa; el gato, con las u?as y la agilidad perdidas, habia dejado de ser un buen cazador de ratones. Una sola palabra los definia: inutiles, dramaticamente inutiles. El gallo acumulaba similares demeritos: habia perdido la puntualidad al dar la hora en las madrugadas y su canto mas parecia, ahora, un estertor. Pero, a diferencia de sus hoy compa?eros de infortunio, el ultimo dia en la casa de sus amos estuvo a punto de servir para algo, y precisamente por ello es que resolvio darse a la fuga. Ese dia iba a llegar una visita importante y el habia sido elegido como plato de fondo para el almuerzo. Gracias a Dios pudo enterarse a tiempo de los letales propositos. Don Alipio Villavicencio, entusiasta y creativo profesor de la escuela primaria de varones de Pallasca, ademas de "medio poeta" -como se le hubiese ocurrido decir a un critico canalla-, tambien, como en el relato de don Rafa, tenia un gallo en casa. Y a el, nuestro paisano nacido en Tauca, pues, esta dedicada esta anecdocronica. ... La educacion que se impartia en la epoca en que se situa nuestra historia era, por decirlo sin exageracion, buena. No como en estos tiempos de planes, directivas y reformas. No obstante la limitada preparacion academica de los docentes (casi todos eran de "tercera categoria", es decir, sin titulo profesional) ellos eran, realmente, maestros cabales que contribuian positivamente a la formacion de los ni?os y jovenes y, por ende, al desarrollo de los pueblos. Ahora, por el desinteres de los gobernantes, la irresponsabilidad de los sindicatos, el influjo nocivo de los medios de comunicacion y el bajo nivel nutricional, nuestra educacion se ubica casi a ras del suelo. No era este el problema de entonces. Ya lo dijimos, la educacion era buena y los profesores, en verdad, maestros. El Ministerio de Educacion impartia directivas, naturalmente, pero antes que preocupaciones de orden estrictamente didactico, que es lo formal, el interes se centraba en lo que habia que ense?ar. Un inspector cumplia, de vez en cuando, con verificar el desarrollo normal de la tarea educativa. Visitaba los pueblos de la jurisdiccion a su cargo, hacia preguntas a los profesores, evaluaba -si creia conveniente- a los alumnos y elaboraba un informe. Muy raramente se topaba con situaciones que pudieran considerarse anomalas. Si, en cambio, con ocurrencias anecdoticas, como aquella en que cierto inspector, al haber recibido una insatisfactoria respuesta acerca del autor de El Quijote, apesadumbrado comentaba que en la escuela que habia visitado "nadie conocia a Calderon de la Barca" . Cuando las circunstancias lo ameritaban, recomendaba y aconsejaba, siempre de buen grado, de modo que nunca se generaban enemistades, todo lo contrario, se ganaban amigos. ... Y eso es, justamente, lo que gano el inspector de esta historia -cuyo nombre no recordamos pero podemos asegurar que no era aquel de la descabellada referencia al autor de Fuenteovejuna o, perdon, de La vida es sue?o. Ya lo dijimos: gano amigos. En cierta ocasion llego a Pallasca cuando alli, en la Escuela Prevocacional 293 aun laboraba don Alipio Villavicencio antes de trasladarse a la escuelita unidocente de Shindol. Efectuo, porque para eso habia ido, su labor de control y, antes de retornar a la Capital de la Provincia, recibio -como se acostumbraba- un "agasajo" por parte de los profesores de los centros educativos primarios, de varones y de mujeres. La reunion, una comida en casa de don Victor Alvarado, resulto muy animada y se prolongo hasta cerca de la medianoche. Don Alipio, que se encontraba alli, casi al finalizar se acerco emocionado al inspector y le pidio hacer un aparte para conversar. Luego de elogiosas expresiones, le hizo una invitacion: "Ma?ana, se?or, quiero tenerlo en mi humilde casa para almorzar; tengo un gallito que me gustaria guisar en su honor..." El inspector se alegro por tanta amabilidad y, por supuesto, sin pensarlo dos veces, acepto el ofrecimiento. Concluido el agape nocturno, todos se retiraron intercambiado abrazos y sonrisas. Al dia siguiente, temprano, don Alipio comunico a su esposa la decision adoptada la noche anterior. La se?ora, imperturbable, dio su palabra: No! Evidentemente, don Alipio habia cometido un error: no haber conversado con ella anticipadamente o, dicho de otro modo, no haberla consultado. Ninguna explicacion pudo hacer que se revirtiese la rotunda negativa. A eso de las 11 don Alipio, avergonzado y pensando en una excusa apropiada, fue en busca del inspector. Cuando estaba a punto de producirse el encuentro, surgio la idea salvadora: "Vengo -dijo- consternado a pedirle mil disculpas." "?Por que, amigo Alipio?", pregunto el inspector. "Es que la invitacion que le hice anoche no va a poder hacerse realidad." Su interlocutor no podia zafarse de la sorpresa. Continuo don Alipio: "El gallo de miercoles que pensaba guisar en su honor, como adivinando, se ha escapado de mi casa y no he podido encontrarlo." Lo que en un principio parecia contrariedad, se convirtio en una piadosa y sonora carcajada. "Para otra vez sera." En horas de la tarde, y despues de almorzar sabe Dios donde, el inspector tomo su caballo y se marcho a Cabana. Y, claro, nunca se presento una nueva oportunidad. Y aqui, asi, termina la historia. Quiquiriqui!
Friday, 21 July 2006
HUACASCHUQUE, TAL COMO SUENA
Uno de los mas reconocidos y, naturalmente, recordados profesores, es decir –vamos a decirlo con mas propiedad-, maestros, que ha tenido Pallasca en la otrora Escuela Prevocacional 293, es don Oscar Sandoval Cerna. Culto, inteligente, sensible, el maestro Oscar, nacido en el distrito de Bolognesi, ponia de manifiesto una muy agradable cualidad: era ingenioso (sin duda, debe seguir siendolo) y tenia una “chispa” tan brillante como un relampago. Alguna vez –lo recordamos muy bien-, un chiquillo que jugaba en la plaza de armas, alrededor de la pileta central, al verlo pasar cerca le saludo con todo respeto pero incurriendo en un leve error: en vez de “buenas tardes” –porque eran como las 3 pasado el meridiano- le dijo “buenos dias, maestro”. Con agilidad mental de rayo, sin mediar palabra o gesto adicional y con aparente displicencia, don Oscar respondio rotundo: “buenos dias, hijo, como has amanecido?”; y, esbozando una ironica sonrisa, siguio su camino hacia la esquina de El Shinde para luego descender a la Calle Grande, donde tenia su casa. Nosotros –los otros chiquillos de entonces- que tambien nos encontrabamos alli y que nos habiamos percatado del “reves”, crueles e ingenuamente sadicos nos echamos a reir sin piedad; el autor del involuntario desproposito se puso rojo de verguenza. Pero, bueno, como habria dicho don Ricardo Palma, a otra cosa mariposa. En realidad lo que queriamos contar es una anecdota distinta en la que, siempre pintoresco, siempre impredecible en sus respuestas, siempre lucido, tambien –felizmente- aparece don Oscar, el maestro Oscar, queremos decir. La buena gente de Huacaschuque –la de los lavaderos de oro- estaba empe?ada en que su pueblo –que durante la decada de los 50 aun era un caserio anexo a Pallasca- se convirtiese en distrito y con ese fin habian iniciado las medio engorrosas gestiones ante las diferentes reparticiones del Estado encargadas del asunto. Y, bien, como casi siempre ocurre en estas cosas, la demora se prolongaba y prolongaba. La paciencia, como no, pudiera haberse agotado pero, testarudos porque la razon les asistia, los huacaschuquinos no estaban dispuestos a desmayar: tanto se habia hecho y, probablemente, tanto tambien se habia gastado, que dejar aquella gestion inconclusa simplemente hubiera sido de necios. Y no, pues, nadie en el pueblo y mucho menos ninguno de los que en la Capital de la Republica iban y venian de oficina en oficina, querian terminar con una lamentable frustracion. Gobernaba entonces –quien no se acuerda- don Manuel A. Odria, hombre que –hay que reconocerlo, nos guste o no- dejo para un sector de la poblacion o, mejor dicho, de la “clase politica”, un recuerdo deplorable (dictadura, pues) y para muchos pueblos y ciudades mas de una obra de significativa importancia (colegios, especialmente); y su esposa, do?a Maria, indiscutible ejemplo de decencia y preocupacion por los ni?os, ademas de decidoras anecdotas (reales o inventadas, no sabemos) motivadas por sus rasgos fisicos y por el dejo que mostraba al hablar. Todo indicaba que aquel gobierno seria el encargado, una vez cumplidos los tramites pertinentes, de cumplir con dar la ley de creacion del nuevo distrito. Pero a don Manuel, tan ocupado en otras cosas, no le importaba poner atencion a estas cuestiones “futiles” o, simple y llanamente, desconocia de las expectativas que cifraban en su gestion los pobladores de esta parte del pais. Cualquiera fuera la razon por la que la autorizada firma no llegaba a ser estampada en la norma definitiva, lo cierto es que, sin perder el optimismo, los huacaschuquinos echaron mano de un recurso que, casi a ultima hora, les parecio lo mas eficaz. Si, pues: “don Manuel sera todo un presidente, pero es, sobre todo, una persona con algo de vanidad y eso, su vanidad, eso es lo que hay que tener en cuenta”, sugirio alguien por alli. Y, en efecto, eso iba a hacerse: aparte de la insercion en el expediente de todos los requisitos que el procedimiento exigia (informacion sobre la densidad poblacional, los recursos economicos, etc., etc.) surgio un nuevo elemento que, a todas luces, resultaria decisivo, convenientemente decisivo: proponer que, en lugar de Huacaschuque, que era la ancestral denominacion del pueblo, el nuevo distrito lleve el nombre de Manuel A. Odria como homenaje y reconocimiento a las calidades del Presidente de la Republica y ademas –esta era la razon real, pero se la mantenia discretamente escondida- como un argumento que llenaria de orgullo al gobernante y le haria interesarse en el caso tanto como si fuera algo personal. El razonamiento era simple pero coherente: ?Quien –ocupando un cargo temporal- no quisiera trascender y que su nombre se perpetue, mas que en una placa de bronce o de marmol, en el uso irremediablemente cotidiano de los agradecidos habitantes de un pueblo del Peru? Todos en algun momento incurrimos en ese sue?o, y eso no es, no puede ser, un pecado. Y ese sue?o, que aun no se habia atravesado por la mente de don Manuel, estaba a punto de producirse. Pero, lamentablemente para el presidente tarme?o que tuvo como uno de sus mas infaustos ministros a Esparza Za?artu –que ocupo la entonces tenebrosa cartera de Gobierno y Policia- la realidad se impuso sobre los candorosos devaneos oniricos. Y para eso, se?ores, es que en esta historia se hizo presente don Oscar Sandoval Cerna. Antes de presentar formalmente la propuesta, un grupo de huacaschuquinos fue en su busca para pedirle un prudente consejo. Despues de escucharlos, el maestro Oscar los felicito por su proposito y, especialmente, por la inteligente iniciativa. “Tienen razon, les dijo, las gestiones se agilizarian enormemente y no seria de sorprenderse si, despues de presentada la propuesta del cambio de nombre, al dia siguiente ustedes tienen la ley de creacion del distrito en sus manos.” Todos le oian, satisfechos y regocijados; pensaban que, sin duda, habian acertado. “Pero, agrego don Oscar, hay un peque?o inconveniente.” “?Cual, maestro?”, preguntaron en coro. Don Oscar continuo: “Cuando, en el futuro, ustedes o sus hijos tengan que recurrir ante alguna entidad publica o privada o suscribir algun documento legal y deban responder por sus “generales de ley” habran de decir que son hijos naturales de Manuel A. Odria; y les aseguro que se avergonzaran cuando otras personas les miren sorprendidas al enterarse que ni siquiera son hijos legitimos.” Suficiente, fue suficiente! “Ni hablar, don Oscar, que todo siga igual”, replicaron rendidos. Y, asi, todo siguio igual hasta estos dias, y asi habra de seguir, quien sabe, por los siglos de los siglos: Huacaschuque, tal como suena. Y, por cierto, con hijos orgullosos y nunca avergonzados de su santo terru?o: legitimo y natural, como Dios manda.
Friday, 21 April 2006
DESVELOS MATEMATICOS Y UNA RESURRECCION ANUNCIADA
**Ningun pallasquino puede haber olvidado a don Lorenzo Paredes. Desconocer la cualidad pintoresca que era su sello seria como incurrir en una suerte de sacrilegio. Era el popular “Shinde”. Concentrarse los amigos frente a el, en su tienda ubicada en la esquina sur-oeste de la Plaza de Armas, era ineludible motivo de alegria; se libaba, moderadamente, a veces, unos vasos de cerveza y el aderezo principal de las reuniones eran las bromas, algunas suaves esporadicamente y casi siempre pesadas otras. Pero primaba la amistad, el respeto y las ganas de pasar un momento ameno, aun a riesgo de convertirse uno en lo que actualmente se llama “punto”, es decir, en victima de las bromas que, en el furor de la emocion y la confianza, lindaban con el sarcasmo y la ironia mordaz. Pero habia que aguantar, pues, o, mejor dicho,“tener correa”. **Una de las historias -inventadas por el, indudablemente- era la de un –segun decia- “eterno y brillante estudiante” de secundaria en Lima que al llegar de vacaciones a Pallasca y recibir las excesivas atenciones de sus padres, fue alojado en un dormitorio que daba a la calle en el que habian colocado una cama, dizque de “dos plazas”, es decir, con dimensiones exageradamente mayores a las de la puerta de ingreso; la cama incluia, naturalmente, un colchon de plumas, mullido para ofrecerle un reparador descanso, frazadas gruesas, no de bayeta ("?bayeta?, !pero si eso es para para los cholos!", fue el comentario, segun las malas lenguas), sino de algodon, etc; a la cabecera, la imagen protectora del Corazon de Jesus. Aquella noche -contra todo pronostico-, el imberbe no pudo dormir y al dia siguiente, a la hora del desayuno (con leche recien orde?ada, biscochos, queso y huevos pasados) el doncel mostro unas tan pronunciadas ojeras y exagerados y repetitivos bostezos. El padre se sorprendio y quiso adivinar la razon de tan deplorable estado, y creyo haberlo logrado: cayo en la cuenta -cuando no- de que su unico hijo varon, aprovechando la placidez de la noche, se dedico a leer. (“Mi hijo va a ser intelectual o cientifico, de eso no tengo duda; sera el orgullo de la familia!”) Pero no fue aquello lo que ocurrio durante la vigilia. “No he podido dormir –declaro el muchacho-, porque he estado tratando de resolver un problema matematico y lamentablemente me he quedado frustrado por no haber podido encontrar el resultado.” La emocion paternal fue mayor porque, claro, se sabia que es de sabios sacrificar las horas de sue?o para dedicarlas a ocupaciones de esa laya. “Bien, hijo, le inquirio, ?cual era ese problema?” La respuesta fue inmediata y no menos asombrosa: “?Como han podido lograr que una cama tan ancha ingrese a traves de una puerta tan peque?a? Yo he aplicado todas las formulas geometricas, trigonometricas, etc., y no he podido encontrar una explicacion.” El padre, cuya emocion en esas circunstancias ya podemos adivinar, hizo lo que cabia para dar la respuesta requerida: llamo al empleado encargado de cuidar los animales y hacer otros mandados y le pidio que diese la explicacion que necesitaba el hijito de marras. El fiel servidor domestico, ni corto ni perezoso, se la dio enfaticamente: “Tuve que desarmar la cama, pues, se?or.” **Pero como a veces suele ocurrir (el rebote de la piedra puede golpear el propio rostro), en una ocasion el “punto” fue el mismo Lorenzo Paredes. Cuentan que un policia que “no aguantaba pulgas” (pero que se habia convertido en el cotidiano "caserito" de la chacota de "El Sinde") decidio, para cortar definitivamente las bromas o burlas, llegar anticipadamente preparado con una una respuesta rotunda e incontestable que seria el remedio definitivo. Nadie adivinaba lo que iba a pasar. Don Lolo comenzo a “batirle” con todo el impetu y la seguridad de su bien ganada capacidad de dejar mal parados (es un decir, logicamente) a sus “victimas”. El policia, “con ajos y cebollas” le dijo lo que la rabia le inspiraba y, tras ello, cogio su arma de reglamento, coloco el dedo sobre el gatillo apuntando al pecho del ensoberbecido due?o de la tienda y en ese instante aterrado por lo que se le avecinaba, y presiono; el estruendo inundo el recinto y retumbo en toda la plaza de armas. Don Lorenzo cayo desplomado. Los amigos que participaban de la reunion, como no podia ser de otro modo, se abalanzaron a auxiliarlo. No encontraron una sola muestra de perforacion, de rasgu?o y mucho menos de sangre. Desesperado, el yaciente exclamaba: “!Busquen bien, por algun lugar debe haber ingresado la bala, por favor busquen bien, que me muero!” Se sintio muerto, realmente y no era para menos. El policia, que solo empleo una bala de salva, se carcajeo a mandibula batiente y, desde ese momento, dejo de ser para siempre, el objeto de las muchas veces excesivas burlas que solia recibir. Santo remedio!
DE PALIZAS Y HERENCIAS DE AMOR
Las 08:30 P. M. en Pallasca era una hora que bien podria ser llamada ?altas horas de la noche?, porque en los pueblos peque?os de la sierra que no contaban -y algunos no cuentan aun- con fluido electrico, alrededor de las siete todo el mundo ya estaba durmiendo o, como suele decirse, ?en su media noche?. Mas o menos a esa hora -en una noche negra y extremadamente fria, helada en realidad-, acontecio lo que vamos a relatar. Eran los primeros a?os de la decada del 60 (recuerdese, estamos hablando del siglo XX). Por motivos que no hemos llegado a conocer, o probablemente sin motivo alguno (que para el caso es lo mismo), el recordado profesor Jorge Delgado Clavo que, joven aun, llego a ense?ar en la Escuela Prevocacional 293, le ?dio de alma? a don Pancho Nina, quien, maltrecho y con el cuerpo sumamente adolorido quedo tirado en el suelo y, a duras penas, luego de algunos minutos, con gran dificultad y desesperacion, logro incorporarse y pudo buscar en medio de las tinieblas su inseparable sombrero que probablemente en tales circunstancias habia resultado pisoteado. Tras aplicarse algunas compresas de agua caliente con sal, ya en casa, procuro dormir un poco para, temprano al dia siguiente, cojeando apersonarse al Puesto de la Guardia Civil, ubicado en la Plaza de Armas de la ciudad y, medio irreconocible -por los esparadrapos y moretones- y con voz tremula, efectuar la denuncia respectiva. Asi lo hizo. El esclarecimiento del hecho, a efecto de poder tomar una decision y eventualmente aplicar un castigo, requeria la presencia de las dos personas protagonistas de la noche violenta, don Pancho y el profesor Delgado Clavo. Fueron citados. Despues de la exposicion que hizo don Pancho Nina, ratificandose obviamente en la denuncia, el comandante de puesto pidio las explicaciones del caso a Delgado Clavo quien con una muestra de educacion y buenos modales, amen de un dominio extraordinario del idioma y la oratoria, procedio como le parecio correcto y conveniente. ?Con el permiso del se?or policia ?dijo- quiero pedirle a usted, mi querido Pancho Nina, un millon de disculpas por lo de anoche.? Don Pancho lo miro sorprendido. ?Lamentablemente ?continuo-, hay un agente perverso que a veces interviene en algunas circunstancias da?andonos con su vil consejo y nos empuja a cometer desatinos y excesos.? El asombro crecia y se hacia extremadamente visible en los ojos del contuso. ?Es el maldito licor, don Pancho ?explico Delgado-, el maldito licor! Usted sabe que el respeto que a usted le guardamos en este pueblo no tiene comparacion; es que usted ha sabido ganarse nuestra consideracion; su don de gente, su amplia cultura, sus ense?anzas, su ejemplo son, en gran medida, nuestra luz y la luz de los mas jovenes. ?Por que habriamos de querer maltratarlo, don Pancho? Esto no cabe en ninguna persona que se halle en su sano juicio. Pero, claro, usted me dira: ?Y, entonces, por que anoche, aprovechandose de la oscuridad reinante, se abalanzo sobre mi y en medio de improperios irreproducibles, me comenzo a golpear como bestia?? Naturalmente, siendo otras las circunstancias, yo no podria dar una respuesta coherente ni razonable. Pero, don Pancho, ya lo dije: el maldito licor que enceguece, que nos empuja a actuar irracionalmente, como bestias, el... el ha sido el causante de esta afrenta que me averguenza y por la cual, le repito, quiero que me disculpe y perdone, y le pido que quedemos como amigos, que es lo que hemos sido siempre, y que esta amistad perdure sin mella alguna, por el bien de la armonia que debe reinar en este bello y querido pueblo que ha sabido recibirme dandome su calor y hospitalidad, y como un homenaje a la calidad de ser humano excepcional que, como pocos, usted puede ostentar para beneplacito de todos.? Tras esta elocuente perorata no necesitaba, naturalmente, agregar nada; era suficiente. Don Pancho Nina quedo apabullado, simple y llanamente, anonadado o, mejor dicho, deshecho. No tuvo alternativa: sin mas ni mas, acepto las explicaciones, disculpo a Delgado Clavo, retiro la denuncia y, otra vez cojeando, se alejo del lugar probablemente a continuar su rutina diaria en la bodega que administraba media cuadra mas alla pero, claro, despues de cambiar esparadrapos y curitas. Pasados unos segundos, sonriente, salio el denunciado y mas tarde fue en busca de sus amigos y con desbordantes muestras de orgullo y satisfaccion y aparentando un falso cinismo, les conto lo sucedido: ?A ese viejo Pancho Nina, no saben ustedes, le he dado lo que se merecia; le he sacado la mugre, le he dado de alma, dos veces, dos veces, ?entienden?.? Cariacontecidos, sus amigos le miraron y preguntaron: ??Dos veces, Jorgito, dos veces?? "Si -respondio categorico-, anoche despues de salir del billar de don Beto, en la esquina del ?Chorro?, una reverenda pateadura, y ahora, temprano en la ma?ana, otra paliza en el Puesto de la Guardia Civil. De alma, como lo oyen, de alma le he dado a ese viejo!?. Ahi quedaron las cosas. Y como ocurre tras la tormenta, volvio la tranquilidad y el pueblo continuo con su vida de paz y sosiego. Unos meses despues, quizas un a?o o algo mas, aun joven, el maestro Delgado Clavo, tras una penosa enfermedad, dejo de existir. Le sobrevivieron tres peque?as criaturas y la que fuera su mujer. No adivino, no podia adivinar, que pasado el tiempo ?unos diez o trece a?os tal vez- don Pancho Nina terminaria, quizas como tardio pa?o de agua caliente para aquellas contusiones, heredando la calida compa?ia de aquella hermosa viuda con la que finalmente desposo. Cosas de la vida, caracho!
A COMER, CABALLITO!
Don Eloy Sifuentes, que por muchos a?os desempe?o el cargo de director de la Escuela Prevocacional 293, era un hombre pacifico a quien, literalmente, no le entraban balas. Frente a los agravios o los ataques, tenia la actitud conveniente y la respuesta precisa y rotunda que disolvia en el acto cualquier voluntad adversa, cualquier intencion que buscara hacerle da?o. Su filosofia antiviolencia se resumia en el siguiente consejo: "Cuando a usted le disparen un dardo, hagase a un ladito". Es decir, en otras palabras: no haga frente, porque puede resultar lesionado. Cuentan que en una ocasion, algunos profesores de la Escuela se encontraban cerca de la puerta de ingreso del plantel conversando, y al ver que llegaba el director, don Eloy, uno de ellos, el profesor "Corra, corra", solto, casi mascullando entre dientes, una expresion un poco subida de tono, algo asi como "Ahi viene ese viejo de...!" No queria, naturalmente, ser escuchado por el director; sin embargo, este ya se habia percatado de la agresion verbal. Don Eloy, medio displicentemente, levanto la mirada, la dirigio al profesor y, contra todo pronostico y sin alterarse dijo, simple y llanamente, lo siguiente: "Maestro, ojala usted nunca llegue a viejo". Y continuo su tranquila caminata hacia la Direccion. En otra oportunidad, mientras bajaba por la calle del "Chorro", le dio el encuentro don Carlos "Cheque" y por alguna razon que desconocemos pero que de saberlo no la diriamos, le solto una andanada de insultos que concluyeron con un sonoro e incontestable remate: "!Usted es un perro!". Don Eloy, con esa proverbial parsimonia que solo el podia mostrar con orgullo, respondio, enfaticamente, con una inesperada pregunta: "Pero, Carlitos, por que dices que soy un perro, si el que esta ladrando eres tu?". Es demas decir que, por cierto, no tuvo replica. La que viene es la anecdota que motiva el titulo de esta nota. Un buen dia, los profesores, algunos de ellos, queremos decir, acordaron hacerle una broma al maestro Angel Acorda, a la sazon tambien profesor de la mencionada Escuela. Le dijeron al querido y nunca olvidado "Loco Angel"(que es como se le trataba cari?osamente) que don Eloy habia estado hablando pestes acerca de el: que es un borracho, un haragan, que llega tarde...en fin, lo que la imaginacion comicamente perversa les permitio inventar; dicho de otro modo, le hicieron creer que lo habia "embarrado". Don Angel, que no aguantaba pulgas (!porque no las aguantaba!), tras unas lisurotas irrepetibles pues serian capaces de hacer santiguar aturdida y con velocidad de rayo a una monja y ponerla roja de verguenza, amenazo con darle una reverenda pateadura al autor de la insolencia . A los profesores bromistas no les quedo mas que arrepentirse de su "metida de pata", pero no podian hacer nada para aplacar la ira del ofendido que, como alma que se lleva el diablo, ya se habia alejado del lugar en busca de don Eloy; solo atinaron a lamentarse por no haber medido las desproporcionadas consecuencias que ocasionaria su desliz. "Seguro que lo mata", comentaban consternados. Paso algo mas de media hora y ocurrio lo que nadie podia adivinar. Por la parte baja del plantel, rumbo a Quellin, el profesor embromado pasaba medio agachado, halando de la rienda al caballo de don Eloy. !Se lo llevaba a su chacra para darle de comer! Todos prorrumpieron en una general carcajada y, en coro, le pusieron el epilogo a esta historia con una frase necesariamente sarcastica:"Nunca hemos visto pateaduras como esta, caracho!". Don Angel sonrio
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