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ANECDOCRONICAS DE PALLASCA/ Bernardo Rafael Alvarez
Wednesday, 1 December 2010
CARTA POR LA QUE SE PIDE QUE EL 2011 SEA DECLARADO "AÑO DEL CENTENARIO DE JOSÉ MARÍA ARGUEDAS, EL ESCRITOR DE TODAS LAS SANGRES"
Lima, noviembre del 2010 Señor Doctor ALAN GARCÍA PÉREZ, Presidente Constitucional de la República del Perú. Asunto: Proponemos se declare el 2011 como “AÑO DEL CENTENARIO DE JOSÉ MARÍA ARGUEDAS, EL ESCRITOR DE TODAS LAS SANGRES” De nuestra consideración: Los suscritos, escritores, poetas, artistas, intelectuales, campesinos, trabajadores y estudiantes del Perú, nos dirigimos a Ud. con el objeto de manifestarle lo siguiente: El 18 de enero de 1911 nació en Andahuaylas José María Arguedas, uno de los escritores más entrañables que ha dado nuestro país; aquel cuya obra se identifica más cabalmente con el alma nacional, con las pasiones y la esperanza de este pueblo. Se trata de un escritor cuyas obras se han convertido en inspiración y estímulo en la irrefrenable búsqueda de un futuro mejor para nuestra patria y, para la consolidación de la unidad a pesar de la diversidad. La significación de José María Arguedas no sólo está en su trabajo estrictamente literario, sino en el aporte valioso que dio en el terreno de la antropología y el folclor. La revaloración y reivindicación de las manifestaciones culturales y artísticas del Perú profundo –en otras palabras, de nuestra identidad- se la debemos, en gran medida, al escritor andahuaylino. Además, el reconocernos como nación -como el crisol de todas las sangres- es algo a lo que también contribuyó y sigue contribuyendo a través de su legado José María Arguedas. Dentro de dos meses se cumplirán cien años de su nacimiento. Es seguro que con tal motivo, en distintos puntos del Perú se llevarán a cabo eventos conmemorativos. Con entusiasmo nos sumaremos a ellos. No sabemos, sin embargo, qué es lo que a nivel de Gobierno y de Estado se haya previsto, pero estamos convencidos de que los estamentos públicos no deben -bajo ninguna razón- soslayar esta circunstancia. Desde hace algunas décadas, es usual en nuestro país asignarle a cada año una denominación que es, al mismo tiempo, una especie de lema de estímulo y una muestra de reconocimiento de los valores nacionales, como, por ejemplo: “Año de la Reforestación” o “Año de César Vallejo y del Encuentro de Dos Mundos”. Queremos, señor Presidente, como un homenaje a la memoria de nuestro escritor José María Arguedas y como muestra de reconocimiento a su innegable significado y trascendencia, que el año 2011 sea declarado como “AÑO DEL CENTENARIO DE JOSÉ MARÍA ARGUEDAS, EL ESCRITOR DE TODAS LAS SANGRES”. Consideramos necesario, también, que, a través de los Ministerios de Educación y de Cultura, se promueva la edición masiva de las obras de José María Arguedas y se las difunda, a precios populares o a título gratuito, principalmente en las Instituciones Educativas de nuestra patria. Sin otro particular, y con la seguridad de que sabrá ponderar lo que a través de esta Carta manifestamos, quedamos de Ud. Muy atentamente, Enrique Verástegui. Poeta. Bernardo Rafael Álvarez. Poeta. DNI 25486055 Dimas Arrieta. Poeta y narrador. Tulio Mora. Poeta. María Irene Vegas García. Catedrática y escritora. DNI 05407679 Rodolfo Ybarra. Poeta. DNI 09441432 Ricardo Paredes Bassallo. Poeta y filósofo. Óscar Málaga. Poeta y escritor. Armando Arteaga. Poeta. Miguel Ildefonso. Poeta. DNI 07466249. Consuelo Núñez López. DNI 29535052 Raúl Ángel Marín Hinostroza. DNI 09955009 Rosa Trinidad Carrillo Rosa Emma Robles Trinidad Gladys Basagoitia. Escritora. Luis Alberto Medina Huamaní. DNI 41292870 María Regla Villa.- DNI 43187135 Ángel Marín Mario Carazas Jeaneth Joyo Lugo. DNI 10249254 Domingo de Ramos. Poeta. Michael Paredes Torres.- DNI 47544750 Julio César Vega Guanilo. DNI 10623269 Wilder Vega Robles. DNI 80470672 Néstor Málaga. DNI 432905119 Silvia Suárez. DNI 07869180 Julia Nidia Rodríguez Chuquillanqui. DNI 08837877 Elvira Quincot Ariel Gaskell Frank García María Graciela Sommer Gaby Neyra Jessica Miró Paz Soldán Rosa María Loayza Sandra Viviana Campos Martínez César Carlos Castillo Tito Chauca Queirolo Franco Salcedo María Estela Corzo Mejía Ricardo Calderón Romero Julio Carmona. Escritor. Juan Mauricio Muñoz Montejo Óscar Colchado Lucio. Escritor. Alfredo E. Berríos Reiterer.Escritor y Poeta. DNI 06173222. Myriam Reátegui. Directora de teatro y gestora cultural. DNI 07236010 Ernesto Ráez Mendiola. Hombre de teatro. DNI 07234091 Ana María Intili. Poeta. Germán Atoche Intili. Poeta. Timoteo Atoche Gutiérrez Fabio Gallo Gallo. Raul Galvez Cuéllar. Poeta. Delfina Paredes. Actriz Lunia Vera. DNI 29417015 Silvia Vegas García. DNI 07870263 Ramón García Rodríguez. DNI 0644640 Johnny Barbieri. Poeta. DNI 06855568 María del Carmen Alfaro Rubatto. DNI 08799238 Luis Albitrres Mendo. Artista plástico. DNI 17909211
Saturday, 31 July 2010
MUNDO ENGAÑOSO Bernardo Rafael Álvarez Por falta de ataúdes algunos cadáveres tuvieron que ser enterrados envueltos en mantas, nos contó don Mesho Aguilar aquella vez cuando, niños aún, llegamos a su casa en una “excursión” que nuestro colegio, el Municipal Mixto San Juan Bautista, organizó como una suerte de “tour” hacia los pueblos de Lacabamba, Conchucos, Conzuzo y Pampas. En Conchucos, la tierra de nuestro inolvidable anfitrión, estuvimos dos días, insuficientes para conocerlo todo, pero bastantes para quedarnos prendados de la bondad de su gente. Muchos años atrás, nos dijo, un terremoto -como ocurre con las epidemias- se ensañó con la población más pobre. Es lo que suele ocurrir, pues, en nuestros países (¿se acuerdan de aquel tondero de Oscar Avilés en el que dice que “la gripe llegó a Chepén, ya llegó…?). Conchucos no es un pueblo pobre precisamente, pero es un pueblo peruano. Acaso más que su relativa opulencia material lo valioso que allí podamos encontrar sea el lado espiritual de los conchucanos. No nos cabe duda: son gente buena. Allí nació don Alonso Paredes, historiador sin formación profesional especializada, pero cuyo aporte –sustentado en su entusiasmo y amor por nuestro pueblo- es el habernos hecho conocer parte importante del glorioso pasado de Pallasca. Allí nacieron también Atilio y Adalberto Oré Lara, uno maestro y poeta, y el otro compositor de música criolla. Es el lugar donde vieron por primera vez la luz Ovidio Oré, uno de nuestros más talentosos fotógrafos, y Raúl Cardoso (“Reutilio” para sus más allegados), profesional de la salud con sentimiento de artista; y, claro, también “Fonsho” Aguilar, ingeniero y escritor, y Ricardo Paredes Vasallo, poeta y filósofo. Entre las víctimas de la epidemia, continuó don Mesho, una familia del lugar vio, con inmenso dolor, que también su hijo, de unos cinco años, se iba. O, mejor dicho, ellos mismos lo llevaban a enterrar. Pero nuestro Señor de las Ánimas es milagroso, enfatizó no sin antes barrenos con una mirada pícara. Ocurrió que en el trayecto al cementerio, los llantos moderadamente melodiosos de los deudos, abruptamente se convirtieron en sorpresa, al principio, y en alegría, después. Este muchacho de miércoles en realidad no estaba muerto; solo había sufrido una catalepsia. Y, como suele acontecer, pasado el paréntesis febril, despertó! Además de la manta que lo envolvía, terminó siendo cubierto por abrazos y besos. La vida retornó a su normalidad y el río, límpido, continuó alimentando el valle. El muertito fue creciendo. Pero -no faltaba más!-, como consecuencia de aquel suceso, su nombre también creció. Al que le pusieron en la pila bautismal, sus amigos le agregaron este otro (dígannos si no es realmente significativo): “Mundo Engañoso”. Y, aunque parezca mentira, les aseguramos: es la puritita verdad. También el mundo a veces miente. Palabra de don Mesho!
Friday, 28 May 2010
“…YA ME QUEDO SIN TI…” Bernardo Rafael Álvarez Fue en mayo de 1981 –cuando volví por segunda vez a Pallasca, mi tierra-, en el billar de don Beto (mi tío Humberto quiero decir), que supe cómo se llamaba aquella canción. Me acordaba, hasta entonces, de su melodía y solía repetirla tarareándola. Solo su melodía; la letra se había extraviado en la memoria y el título simplemente nunca lo conocí. Pero era bella, pues. Allí, en el billar, envueltos por una noche fría que la atenuábamos con unos sorbos de grog, estuvimos un grupo de muchachos, unos jugando y otros conversando y riendo. No estoy seguro o, mejor dicho, no recuerdo si ya había una bombilla eléctrica iluminando el ambiente o si continuaba –como un homenaje a la nostalgia- la cálida y sonora luz de aquella lámpara petromax que año tras año había acompañado a nuestros mayores en sus noches de tertulia y juego. De lo que estoy seguro es que un poquito de melancolía nos invadió discretamente y, por ello, la conversación nuestra se convirtió en un rosario de reminiscencias. ¿A quién no le gusta hablar de canciones? Pues a mí gustaba y sigue gustándome. “Flor sin retoño”, de Pedro Infante, la escuchaba –cuando niño- en el tocadiscos de doña Yolita, la madre de Lucho Aparicio; también “Nataly”, esa bella canción en las voces de los Arraigada (“tenía un bello nombre mi guía…”); los boleros de Los Panchos; “Estelita” de Leo Dan. Estos otros temas: “Tronco Seco” en la voz irrepetible de Rómulo Varillas, La Pacharaca” de Fresia Saavedra (“a trabajar, a trabajar, a trabajar…”) y, cómo no, “La Pollera colorada”, sonaban en otras partes. Pero aquella noche, en el billar de don Beto, la evocación de todas estas canciones y otras irrumpió como una noble insolencia en nuestros corazones. Alabábamos sus pegajosas melodías y echábamos flores sobre sus letras –tiernas o despiadadas, qué importaba-. Una de ellas nos conmovió de un modo particular, pero aunque tintineaba insistentemente en “la punta de la lengua” no se atrevía a mostrarse completa porque, en realidad, a pesar de los esfuerzos que desplegábamos no nos era posible recordar su título. Estaba, sin embargo, adherida como las figuritas de un álbum en el cuadernillo de nuestras preferencias musicales. Creo que pasó cerca de media hora, hasta que mi primo, el “gringo” Nan, como un émulo de Rodrigo de Triana, casi grita “¡Tierra!”. Había dado en el clavo: lo que nuestra bendita memoria se empeñaba en esconder era el nombre que los libros de zoología registran como el asignado a un ave zancuda “de gran tamaño, de las regiones cálidas de Asia y África, que tiene en las alas unas plumas blancas muy estimadas”. Y cómo diablos iban a acordarse de eso, me dirá alguno. Claro, cómo. Pues nosotros también nos hicimos una pregunta -distinta, claro está- tras el develamiento esperado: ¿Y por qué diablos a los autores de esta canción se les ocurrió ponerle semejante título? La respuesta fue simple: “Tuvieron que haber existido tres razones pero, por cierto, no como los motivos del oidor: Porque es un título bonito, porque es un título pegajoso y porque a los autores se les dio la gana, pues. Nada más. Ahora, a pocas semanas de haber fallecido su entrañable intérprete, debo decir que, aunque creo que su letra es terriblemente desesperanzadora y empujaría a cualquiera al despeñadero de los sentimientos, su melodía, en cambio, es bella y sigue gustándome y, cada vez que me acuerdo, la tarareo y parecerá absurdo pero me sirve como una suerte de catarsis. Sí, pues, estoy hablando de Marabú, el más conocido bolero que cantaba Lucho Barrios. 28 de mayo del 2010
Sunday, 9 May 2010
AQUELLA ROSA ROJA
Mientras íbamos, mi hermano Jorge y yo, a saludar a nuestra tía Segunda, que vivía en Miraflores, me acordé de Meshito Cobián. Ese día, después de abrazar a la madre, salimos de la casa y emprendimos la caminata por la avenida Arica para llegar al cruce de Paseo Colón y Wilson y tomar allí el colectivo. Era el día de la madre, el primero que lo pasamos en Lima. Aunque probablemente las celebraciones en homenaje a las mujeres que traen niños al mundo tengan algo de similitud en Lima y Pallasca, creo sin embargo que las emociones que se experimentan son distintas o, diría mejor, eran distintas. Para comenzar, en mi tierra no había los regalos como los que puede encontrarse en Lima y por ello los hijos tan solo regalaban una muy humilde tarjetita confeccionada en el salón de clase o simplemente daban un abrazo (no era costumbre dar besos); las actuaciones en los colegios eran muy sencillas, pero lógicamente su significado era gigante para las señoras. El escuchar los poemas torpemente recitados por algunos chiquillos las alegraba en demasía. Ah, pero cuando Meshito se presentaba y leía un discurso alusivo, era otra cosa, y las consecuencias, previsibles: todas o casi todas las madres lloraban a moco tendido. Recuerdo que mi padre en casa comentaba con regocijo sin escatimar palabras de elogio para aquel muchacho culto e inteligente que entonces estudiaba en el colegio agropecuario; “sigan su ejemplo”, quería decirnos. Eran discursos, leídos con énfasis y dramatismo, en que hablaba del sacrificio de las madres incomprendidas y de los hijos infames que retribuían adversamente el amor recibido. Debo reconocer, sin embargo, que lo más emocionante para mí fue un poema recitado a medias en una de aquellas actuaciones. Pero lo que causó gracia a todos, fue una dramatización de aquella conmovedora canción cantada por Leo Marini, “Corazón de Dios”, en que nuestro inolvidable Valducho, aparecía representando a una madre que mecía en sus brazos a una criatura. Ah, creo que me olvidaba del poema aquel. Pues, les cuento, fui yo quien lo recitó pero, repito, a medias: por tímido o “vergonzoso”, solo pude decir la primera estrofa ante el “culto público pallasquino”, y enseguida prorrumpí en un inesperado y estúpido llanto. Como es de suponer, esto no conmovió a nadie más que a mí; el público solo atinó a sonreír, con disimulo naturalmente. Bien, de eso me acordé también cuando pasaba por la avenida Arica y me acordé además que en Pallasca todos los niños, el día de la madre, portábamos prendida en el lado izquierdo del pecho, una rosa roja que significaba que la madre estaba aún viva, y aquellos que la habían perdido llevaban una flor blanca. Jorge y yo, ese día -pasando por la avenida Arica- llevábamos orgullosos, como en nuestra tierra, la flor escarlata en nuestros pechos y nos sentíamos regocijados porque Abigail, nuestra madre, estaba aún con nosotros dándonos cariño y alumbrándonos como un lamparín. El color rojo de aquella flor hecha a mano significaba, pues, vida y felicidad. Pero, lástima, a pesar de ese orgullo, tuvimos que hacer algo por lo que hoy –tantos años después- me arrepiento. Al ver que nadie, absolutamente nadie en Lima llevaba una flor en el pecho, medio avergonzados, tuvimos –sin ser vistos, felizmente- que sacar nuestras diminutas flores de satén y guardarlas en el bolsillo. No recuerdo qué es lo que pasó, pero la verdad es que no llegamos al cruce de Wilson con Paseo Colón y, claro, finalmente tampoco llegamos a saludar a la querida tía Segunda: probablemente habíamos preferido –muchachos de miércoles- entretenernos caminando por esta Lima, para conocerla mejor; pero hoy, tantos años después, me doy cuenta que cada vez la conozco menos y que esconder aquellas simbólicas flores hechizas no fue más que un acto innecesario y ridículo. 9 DE MAYO 2010.
Wednesday, 27 February 2008
LA DIFTERIA LLEGO A PALLASCA...
LA DIFTERIA LLEGÓ A PALLASCA Bernardo Rafael Álvarez Probablemente ya nadie recuerda –y, tal vez, Juan Saavedra menos-, una de las etapas difíciles que le tocó vivir a Pallasca: aquella que significó el haber tenido que enfrentar a la epidemia de difteria que, en 1964, castigó sensiblemente a las familias más pobres de algunos barrios y caseríos (¡como siempre, las familias más pobres!). Gracias a Dios y a la oportuna atención que el gobierno de entonces puso en el hecho, movido por la campaña periodística que en gran medida activó María Cristina Nadramia -hermana del “Chucro” Raúl-, el número de las víctimas mortales (¡niños todos!) no fue excesivo. Llegaron varios médicos del Ministerio de Salud, incluso el ministro mismo, en atronadores helicópteros; también, por propia cuenta y empujado por su proverbial bondad y cariño por los paisanos, arribó –conmoviendo a todos- el inolvidable doctor Justiniano Murphy Bocanegra. La presencia de los reporteros gráficos de algunos diarios fue algo sumamente novedoso: se metían por todas partes con sus gigantescas cámaras fotográficas, en busca de la noticia. En honor a la verdad, debemos decir que no les fue fácil encontrarla. No es que la geografía fuese adversa, escabrosa, inaccesible; tampoco que la gente se mostrara huidiza, huraña, poco colaboradora. Nada de eso. Es que, no obstante lo delicado y grave de la situación, el drama no fue tan desmedido como para generar noticias periodísticas, digamos, vendibles. Hay que agradecer que no haya sido así. La tarea de la prensa, por ello, tuvo que llevarse a cabo echando mano a la imaginación. Ingresaban a los locales escolares, mientras los profesionales de la salud -auxiliados por don Jesús Álvarez, sanitario del pueblo, y también por nuestros paisanos Tomás Zúñiga y Mario Vidal- revisaban los ojos de los niños, en busca de los síntomas o indicios de la enfermedad; y ahí, ellos, los fotógrafos, tomaban fotos a diestra y siniestra. Podemos adivinar que el mayor número de imágenes que saturaron sus rollos debió haber sido de paisajes y caritas sonrosadas y “pispadas”. Entre los que acudieron a Pallasca se encontraba, con cámara y maletín en mano, un señor Miró Quesada que decía estar impresionado por la belleza de la ciudad, por la armonía estética de su Plaza de Armas y el valor histórico y artístico del templo de San Juan Bautista; era lo que podríamos llamar “un turista humanitario”, o algo por el estilo. Por cierto, su apellido dio lugar a que los “togados” –hospitalarios como todos los pallasquinos- le brindaran una atención especial. Aún a pesar de lo penoso que pueden ser ciertas circunstancias, los hechos pintorescos y anecdóticos se dan en todas partes; y, en efecto, eso también pasó en Pallasca: Flor Vidal recuerda que mientras se celebraba un matrimonio, todos -excepto los novios- abruptamente abandonaron la ceremonia y, empujados por la curiosidad, corrieron al estadio para ver al primer helicópetro que aterrizaba trayendo ayuda. Como dijimos al principio, los muertos fueron realmente pocos. Los periódicos capitalinos se encargaron de dar cuenta de ello; uno, creo que El Correo, contaba que, por falta de ataúdes, a los niños fallecidos se les velaba en sus propias camas, cubiertos por frazadas de bayeta, y daba fe de su afirmación con una medio convincente imagen fotográfica de primera plana. Efectivamente, allí se veía a dos criaturas de espaldas (a uno de ellos lo reconocimos al toque: era Juan Saavedra Urbano, hijo de don Amelio), acostados sobre una tarima y alumbrados por una vela que su padre llevaba en la mano. Muchos años después, en Lima, cuando en medio de una conversación surgió el nombre de Pallasca, alguien que inmediatamente se convirtió en nuestro amigo, nos dijo, emocionado: yo estuve allí. Era el autor de aquella irrepetible foto necrológica. Es posible, como lo expresamos antes, que Juan –ya no dormido como entonces- no se acuerde, o que nunca haya sabido lo que ocurrió, debido a que la epidemia jamás llamó a su puerta; pero de que está vivo, así como su hermano, nadie puede negarlo. Claro que, naturalmente, no vamos a darle las señas de nuestro amigo de la prensa escrita, para evitar, por si acaso, que lo maldigan (uno nunca sabe). Aquella cruel y al mismo tiempo piadosa invención periodística sirvió para que la ayuda del Estado no fuese tardía. A veces –ahora lo confirmamos- las mentiras, antes que reprobación, merecen una entusiasta gratitud.
Sunday, 27 January 2008
LA CONSHENSHA, LA CONSHENSHA...
Nunca a nadie en Pallasca se le ocurrió averiguar la razón del insólito remoquete. Pero estaban seguros que, por donde se le viera a nuestro personaje, no era posible encontrarle carencias físicas: del meñique al pulgar, los dedos estaban completos, y las orejas, sin mácula alguna, mostraban con orgullo sus gruesos pabellones. Por ello (cosas del ingenio popular), el apelativo, chapa, mote o apodo, que, sabe Dios quién le puso, resultaba por demás increíble. A manera de broma, sus amigos más cercanos y, por supuesto, de más confianza, le decían que cuando ocurría un fallecimiento en el pueblo y el cortejo pasaba frente a su casa él comentaba -no sabemos si con tono de pena o de sarcástico orgullo-: “A ese muertito lo curé yo”. Y, créanlo, no se enfadaba, tenía correa, y como estaba seguro de que en la chanza no había un ápice de mala fe, lo que hacía era echarse a reír. No era, como nadie lo es, un dechado de perfección; era simplemente un ser humano, con debilidades y fortalezas (¡hasta los curas lo son!). Cuentan que alguna vez, por haberse “enredado” medio clandestinamente con una señora que vivía sola, el hermano de esta, probablemente empeñado en tutelar la moral familiar o la reputación del apellido (cosa que, hay que decirlo, en cuestiones de amor es una inadmisible exquisitez o, mejor dicho, una reverenda exageración), le propinó una “carajeada” de padre y señor mío. Nuestro personaje, dicen, simplemente no respondió y con estoicismo mesiánico, casi acurrucado como una indefensa criatura, tuvo que soportar sin un gemido la inmisericorde “cuadrada”. Más tarde, cómo no, sus amigos le increparon por aquella inesperada muestra de debilidad. “¿Por qué te acobardaste?”, le dijeron. Su explicación, extremadamente lacónica, no podía estar más ajustada a la realidad ni dejar de ser, a pesar de todo, hilarante: “La conshensha, pues, la conshensha...” (Eso es: no hay justicia más cabal e inapelable que la administrada por la conciencia). Durante un buen número de años trabajó en Conchucos; era sanitario, es decir, una suerte de “médico rural” sin diploma universitario: el que aplica las vacunas y trata la tifoidea, el que receta lavativas y vinagre “bullí” y cura de las picaduras de “huaylulo”. Y allí, en la tierra de don Mesho, se resolvió el enigma. “¿Por qué?”, se atrevió a preguntarle un inquisitivo conchucano. Lejos de incomodarse (pues, ya lo dijimos, tenía correa), se sintió feliz por la curiosidad del “tiralazo”. Es que durante casi toda su vida esperó esa pregunta; siempre quiso dar a alguien la respuesta que íntimamente le regocijaba y que pugnaba por salir a la luz: directa, rotunda y satisfactoria, pero, sobre todo, ingeniosa. El era así: agudo y mordaz. Tras ser absuelta la interrogante, el epílogo –es fácil de adivinar- fue una estentórea carcajada, jadeante, interminable, como aquellas volcánicas que expulsaba en nuestra tierra don Pancho Nina. “Me dicen “mocho”, respondió don Reinerio, por una sencilla razón: en mi pueblo soy el único varón que no tiene cachos”..
Monday, 15 January 2007
¡ESE GOL, CARACHO!
Era mediodía con nubes imprudentes. Al ver que los jugadores del equipo contrario, con la pelota en su poder, se aproximaban amenazadoramente a nuestro arco, mis compañeros exigieron en coro: “¡Sal, sal!”. Nunca antes yo había jugado fútbol. En realidad, debo decir que jugué poco durante mi infancia, poco y mal. Pero, a pesar de todo, como ven, hasta le entré al fútbol. En mi pueblo y en aquella ya lejana época los juegos eran bastante sencillos: tejo, trompo, cercena, bolitas, chapitas, “frijush”. Simples. Y de pobres, como lo éramos casi todos. Mi padre era maestro de escuela y, gracias a ello, tenía un ingreso mensual permanente: su sueldo. Pero, díganme, ¿cuándo los maestros no han sido pobres en el Perú? El tejo, el trompo, las bolitas (es decir, las canicas), son juegos que todo el mundo conoce, por ello no voy a detenerme a explicarlos. La cercena era una chapa de botella que, a fuerza de ser chancada con piedra o martillo, quedaba convertida en un filoso disco al que se le perforaba dos hoyos centrales, a la manera de un botón, por los cuales se hacía ingresar un pabilo que, atado en sus extremos, era estirado por ambas manos y sacudido dando lugar a que el objeto metálico girase para atrás y para adelante zumbando como moscardón; la gracia del juego estaba en el enfrentamiento de dos chiquillos, cada uno con su cercena, tratando de cortar la pita del contrincante. Los “frijush” eran los frijoles, pero aquellos con manchitas, que se comen fritos o tostados, también llamados ñuña; con ellos se jugaba casi como con las canicas, disparándolos a ras de suelo, con el dedo índice. Algo similar se hacía con las chapitas, cuya concavidad era rellenada con greda húmeda para que tuviese un peso conveniente. Todos mis amigos eran expertos en estos lúdicos menesteres. Yo los admiraba, creo que con algo de envidia: la vigorosa capacidad para romper trompos de un solo tiro o expulsarlos del círculo, por ejemplo, nunca formó parte de mis méritos, y pensar en ganarlos alguna vez me parecía, simple y llanamente, un sueño inalcanzable. Dicen que es de honrados ser conscientes de las propias fortalezas y debilidades; creo que al menos respecto de estas últimas yo nunca he sido mezquino al reconocerlas. Por eso creo que era una exageración completamente descabellada eso de que yo era inteligente. Recuerdo que comentaban que los de “cabeza palca” (claro, como la mía: con la nuca plana) eran poseedores de cierta superioridad intelectual. Jamás supe de dónde pudo haber salido tan peregrina teoría (¿de la Alemania Nazi, tal vez?). Pero, bueno, la verdad es que hasta para esos elementales juegos fui tan torpe como un oso en hibernación. Y en fútbol, lo digo con algo de vergüenza, demostré que era lo que se dice una verdadera zapatilla. Había algo que me producía un terror casi paralizante: la posibilidad de recibir un pelotazo en plena cara. Sin embargo, jugué de arquero. Sí, señores, de arquero!. Y contra todo cobarde pronóstico, no me patearon ni recibí el temido pelotazo. Salí, pues, ileso. Pero si bien en mi cuerpo no sufrí contusión o rasguño alguno, moralmente quedé resquebrajado, con “una cicatriz rencorosa”, diría Borges. Jugué no más de diez o quince minutos. Entonces, como ahora también, no entendía el significado de algunas expresiones del argot deportivo: “¡Sal, sal!”. Azorado y sintiendo íntimamente, como un virtual cínico, que la culpa no era mía, escuché –esto sí como un feroz puntapié en la espinilla- que los labios de los enfervorizados integrantes del equipo que nos atacaba pronunciaban desaforadamente una dulce palabra que aquella vez en mis oídos sonó a palabrota. Yo acababa de cumplir al pie de la letra la desesperada orden: salí del arco y, claro, también del gramado. El gol que resultó irremediable le agregó fuego a la timidez del meridiano y letras mayúsculas a mi torpeza. Nunca más volví a una cancha.
Tuesday, 12 December 2006
NUESTRO REGALO DE NAVIDAD
Feliz Navidad. Esto es lo que acostumbramos decir, junto a un efusivo abrazo, a nuestros familiares y amigos, a partir del momento en que el reloj de la casa indica que son las doce de la medianoche o, dicho de otro modo, las “cero cero horas”. Y, claro, ese deseo es expresado con autentica sinceridad y mucho, mucho cari?o. Al menos asi parece en la generalidad de los casos pues, por cierto, no falta una que otra hipocresia por alli. Si el equipo estereo no esta encendido, es el televisor el que, solemne y majestuoso, nos acompa?a con una musiquita suave como caricia, casi siempre “Noche de Paz”, tocada por una orquesta sinfonica y cantada por un coro. Afuera, algunos cohetones y rascapies y luces de bengala y ni?os mataperros que, con ganas de fregar, no pierden ocasion de reventar una que otra “rata blanca”. Todo es alegria. La mesa esta poblada de una delicadas copas de cristal con vino espumante; al centro un paneton cortado en una docena de tajadas y, delante de las sillas bien ubicadas, rebosantes tazas de chocolate. Si las vacas flacas (casi vitalicias las condenadas) pudieron ser reemplazadas por vacas gordas, el pavo horneado en la panaderia de la esquina tambien formara parte, si o si, de este calido paisaje de entrecasa, con pure de manzanas, por supuesto. La ventana, con las cortinas corridas, muestra a la calle desde hace algunos dias, filas de luces intermitentes, dispuestas en caprichosas formas: estrellas, arbolitos, flores... Todos, padres, hijos y abuelos –si los hay- estan o, mejor dicho, dicen estar felices. No es para menos. Es la Fiesta del Amor, pues. Y hay que celebrarla como Dios manda, sin excesos. Pero, eso si, que los ni?os no pongan limite a su regocijo porque, claro, para ellos es la Navidad: ellos representan, segun se dice, al ni?o redentor de hace dos mil a?os que, ahora de porcelana y medio patas arriba, reposa en el nacimiento colocado en una esquina de la sala con Virgen, con vaca y con burro. Ah, y aqui estan sus regalos: carritos, pistolas, pelotas, etc., etc., etc. Lo que, y lo digo sin resentimiento ni pena, no recuerdo haber tenido yo en mi infancia. En mi tierra, Pallasca, la cosa era distinta. No habia panetones, entonces, y creo que tampoco carritos, pistolas...como los carritos y pistolas que hay ahora. Pero, valgan verdades, todo era, como dicen los muchachos de estos tiempos, bacan: ternura a manos llenas, candor a flor de piel. Me parece, si mal no recuerdo, que se celebraba alguna misa a veces (la de gallo, naturalmente); digo a veces porque el cura casi nunca paraba en mi pueblo porque casi siempre estaba en otros lugares donde, sin duda, la gente era mas dadivosa a la hora de la limosna (y, probablemente, a otras horas tambien). En algunas casas se armaban hermosos y nutridos nacimientos. Mi padre me contaba que el mas grande y original era el que hacia muchos a?os presentaban en su vivienda las medio beatas hermanas Monzon. Yo conoci los de do?a Valentina, antes de llegar a Santa Lucia, bajando hacia la Calle Grande; de do?a Victoria, al costado de la Casa Parroquial; de don Alfredo, a la derecha del “Chorro”, hacia abajo; y en Santa Lucia, de do?a Paquita...Aparte de esos papeles gruesos de costal de azucar, estrujados y manchados de verde y marron para tener la apariencia de cerros, lo mas notorio (aparte tambien de las ovejitas o “guachitos” y otros adornos), eran las achupallas y el musgo los que ocupaban lugar preferente y contribuian con el conveniente y significativo toque serrano y, digamos, ecologico. Estos nacimientos, en la noche del veinticuatro, eran visitados por los “viejitos” o “pastorcillos”, grupos de chiquillos y tambien no tan chiquillos, vestidos con poncho, sombrero y mascara de pellejo de carnero, cargando gatos o comadrejas (a las que llamabamos “huaygush”) disecados, y que bailaban al compas de sonajas hechas con latas de leche Gloria y piedrecillas y cantaban animados y pegajosos villancicos de la selva: “Ni?o Manuelito, que te puedo dar: ricos bu?uelitos envueltos en miel...” No faltaba algun palomilla (pienso ahora en nuestro entra?able “Joke”) que, con infantil picardia, se atreviera a modificar la letra, poniendo, en lugar de “ricos bu?uelitos”, “una lata de habas”. Los due?os de casa, casi siempre tolerantes y bondadosos (con bondad cristiana, claro esta), les invitaban chocolate caliente y bizcochos. Pasada la medianoche habia que irse a dormir. Ah, pero antes de las seis de la ma?ana el ritual era impostergable: levantarse y acudir al balcon de la sala. Es lo que haciamos mi hermano y yo. Antes de acostarnos habiamos dejado alli nuestros zapatos, esos comodos e inolvidables “chancabuques” que nos hacia don “Lonsho” Pinedo, el querido zapatero del pueblo. Y, oh maravilla, comprobabamos dos cosas: que Papa Noel existe y que esa noche nos habia visitado, generoso. Alegria ingenua y abundante. Una, dos, tres, cuatro, cinco monedas de a veinte! Nuestros ojos se iluminaban como el brillo de la nieve de Ogopito con que don Rafa Acosta y don Diego Baltodano preparaban en junio los helados y raspadillas. Ya teniamos nuestro regalo de Navidad, modesto pero suficiente para comprar bolitas de cristal en la tienda de don Victor o galletas de soda en la de don Pancho Nina. Para que pistolas, para que carritos. Abusivos, como no, mi hermano y yo en las tres o cuatro noches siguientes volviamos a dejar los zapatos en el mismo sitio. El viejito de blanquisima barba y botas negras seguia bondadoso aunque, claro, progresivamente iba disminuyendo la dosis de “pesetas”. Este Papa Noel era realmente un papa bueno. Lo fue para nosotros. Jamas lo olvidaremos
Saturday, 22 July 2006
ESTE GALLO DE MIERCOLES
El maestro Rafa solia aderezar sus clases con unos relatos increiblemente hermosos; hermosos por las historias propiamente dichas, pero ademas y especialmente, por la manera como los contaba, histrionicamente: si se trataba de hacer referencia a un caballo, por ejemplo, imitaba el sonido del trote -"pacatan, pacatan..."- y, frente a los alumnos, se desplazaba dando trancos equinos (toda una ilustracion audiovisual bastante contundente). Los ni?os gozaban sobremanera. El cuento que los infantes de entonces, y hoy laboriosos adultos, recuerdan con mas cari?o -aparte de aquel nombrado como "La vieja patera"- es el bello e inverosimil relato al que don Rafa llamaba "Los musicos de la aldea". En el se hablaba, efectivamente, de unos musicos, pero de unos musicos nada convencionales o, como se les llamaria hoy en dia: atipicos. Un asno, un perro, un gato y un gallo conformaban, con sus propias voces, un estridente y desafinado cuarteto grotescamente festivo: una orquesta de los mil diablos, diriamos mejor. Estos animales, viejos y cansados, habian dejado las viviendas de sus amos por una razon: por inservibles. El asno carecia de fuerzas suficientes para cargar bultos pesados sobre sus lomos; el perro dormia excesivamente y nada podia hacer si un ladron osaba irrumpir en la casa; el gato, con las u?as y la agilidad perdidas, habia dejado de ser un buen cazador de ratones. Una sola palabra los definia: inutiles, dramaticamente inutiles. El gallo acumulaba similares demeritos: habia perdido la puntualidad al dar la hora en las madrugadas y su canto mas parecia, ahora, un estertor. Pero, a diferencia de sus hoy compa?eros de infortunio, el ultimo dia en la casa de sus amos estuvo a punto de servir para algo, y precisamente por ello es que resolvio darse a la fuga. Ese dia iba a llegar una visita importante y el habia sido elegido como plato de fondo para el almuerzo. Gracias a Dios pudo enterarse a tiempo de los letales propositos. Don Alipio Villavicencio, entusiasta y creativo profesor de la escuela primaria de varones de Pallasca, ademas de "medio poeta" -como se le hubiese ocurrido decir a un critico canalla-, tambien, como en el relato de don Rafa, tenia un gallo en casa. Y a el, nuestro paisano nacido en Tauca, pues, esta dedicada esta anecdocronica. ... La educacion que se impartia en la epoca en que se situa nuestra historia era, por decirlo sin exageracion, buena. No como en estos tiempos de planes, directivas y reformas. No obstante la limitada preparacion academica de los docentes (casi todos eran de "tercera categoria", es decir, sin titulo profesional) ellos eran, realmente, maestros cabales que contribuian positivamente a la formacion de los ni?os y jovenes y, por ende, al desarrollo de los pueblos. Ahora, por el desinteres de los gobernantes, la irresponsabilidad de los sindicatos, el influjo nocivo de los medios de comunicacion y el bajo nivel nutricional, nuestra educacion se ubica casi a ras del suelo. No era este el problema de entonces. Ya lo dijimos, la educacion era buena y los profesores, en verdad, maestros. El Ministerio de Educacion impartia directivas, naturalmente, pero antes que preocupaciones de orden estrictamente didactico, que es lo formal, el interes se centraba en lo que habia que ense?ar. Un inspector cumplia, de vez en cuando, con verificar el desarrollo normal de la tarea educativa. Visitaba los pueblos de la jurisdiccion a su cargo, hacia preguntas a los profesores, evaluaba -si creia conveniente- a los alumnos y elaboraba un informe. Muy raramente se topaba con situaciones que pudieran considerarse anomalas. Si, en cambio, con ocurrencias anecdoticas, como aquella en que cierto inspector, al haber recibido una insatisfactoria respuesta acerca del autor de El Quijote, apesadumbrado comentaba que en la escuela que habia visitado "nadie conocia a Calderon de la Barca" . Cuando las circunstancias lo ameritaban, recomendaba y aconsejaba, siempre de buen grado, de modo que nunca se generaban enemistades, todo lo contrario, se ganaban amigos. ... Y eso es, justamente, lo que gano el inspector de esta historia -cuyo nombre no recordamos pero podemos asegurar que no era aquel de la descabellada referencia al autor de Fuenteovejuna o, perdon, de La vida es sue?o. Ya lo dijimos: gano amigos. En cierta ocasion llego a Pallasca cuando alli, en la Escuela Prevocacional 293 aun laboraba don Alipio Villavicencio antes de trasladarse a la escuelita unidocente de Shindol. Efectuo, porque para eso habia ido, su labor de control y, antes de retornar a la Capital de la Provincia, recibio -como se acostumbraba- un "agasajo" por parte de los profesores de los centros educativos primarios, de varones y de mujeres. La reunion, una comida en casa de don Victor Alvarado, resulto muy animada y se prolongo hasta cerca de la medianoche. Don Alipio, que se encontraba alli, casi al finalizar se acerco emocionado al inspector y le pidio hacer un aparte para conversar. Luego de elogiosas expresiones, le hizo una invitacion: "Ma?ana, se?or, quiero tenerlo en mi humilde casa para almorzar; tengo un gallito que me gustaria guisar en su honor..." El inspector se alegro por tanta amabilidad y, por supuesto, sin pensarlo dos veces, acepto el ofrecimiento. Concluido el agape nocturno, todos se retiraron intercambiado abrazos y sonrisas. Al dia siguiente, temprano, don Alipio comunico a su esposa la decision adoptada la noche anterior. La se?ora, imperturbable, dio su palabra: No! Evidentemente, don Alipio habia cometido un error: no haber conversado con ella anticipadamente o, dicho de otro modo, no haberla consultado. Ninguna explicacion pudo hacer que se revirtiese la rotunda negativa. A eso de las 11 don Alipio, avergonzado y pensando en una excusa apropiada, fue en busca del inspector. Cuando estaba a punto de producirse el encuentro, surgio la idea salvadora: "Vengo -dijo- consternado a pedirle mil disculpas." "?Por que, amigo Alipio?", pregunto el inspector. "Es que la invitacion que le hice anoche no va a poder hacerse realidad." Su interlocutor no podia zafarse de la sorpresa. Continuo don Alipio: "El gallo de miercoles que pensaba guisar en su honor, como adivinando, se ha escapado de mi casa y no he podido encontrarlo." Lo que en un principio parecia contrariedad, se convirtio en una piadosa y sonora carcajada. "Para otra vez sera." En horas de la tarde, y despues de almorzar sabe Dios donde, el inspector tomo su caballo y se marcho a Cabana. Y, claro, nunca se presento una nueva oportunidad. Y aqui, asi, termina la historia. Quiquiriqui!
Friday, 21 July 2006
HUACASCHUQUE, TAL COMO SUENA
Uno de los mas reconocidos y, naturalmente, recordados profesores, es decir –vamos a decirlo con mas propiedad-, maestros, que ha tenido Pallasca en la otrora Escuela Prevocacional 293, es don Oscar Sandoval Cerna. Culto, inteligente, sensible, el maestro Oscar, nacido en el distrito de Bolognesi, ponia de manifiesto una muy agradable cualidad: era ingenioso (sin duda, debe seguir siendolo) y tenia una “chispa” tan brillante como un relampago. Alguna vez –lo recordamos muy bien-, un chiquillo que jugaba en la plaza de armas, alrededor de la pileta central, al verlo pasar cerca le saludo con todo respeto pero incurriendo en un leve error: en vez de “buenas tardes” –porque eran como las 3 pasado el meridiano- le dijo “buenos dias, maestro”. Con agilidad mental de rayo, sin mediar palabra o gesto adicional y con aparente displicencia, don Oscar respondio rotundo: “buenos dias, hijo, como has amanecido?”; y, esbozando una ironica sonrisa, siguio su camino hacia la esquina de El Shinde para luego descender a la Calle Grande, donde tenia su casa. Nosotros –los otros chiquillos de entonces- que tambien nos encontrabamos alli y que nos habiamos percatado del “reves”, crueles e ingenuamente sadicos nos echamos a reir sin piedad; el autor del involuntario desproposito se puso rojo de verguenza. Pero, bueno, como habria dicho don Ricardo Palma, a otra cosa mariposa. En realidad lo que queriamos contar es una anecdota distinta en la que, siempre pintoresco, siempre impredecible en sus respuestas, siempre lucido, tambien –felizmente- aparece don Oscar, el maestro Oscar, queremos decir. La buena gente de Huacaschuque –la de los lavaderos de oro- estaba empe?ada en que su pueblo –que durante la decada de los 50 aun era un caserio anexo a Pallasca- se convirtiese en distrito y con ese fin habian iniciado las medio engorrosas gestiones ante las diferentes reparticiones del Estado encargadas del asunto. Y, bien, como casi siempre ocurre en estas cosas, la demora se prolongaba y prolongaba. La paciencia, como no, pudiera haberse agotado pero, testarudos porque la razon les asistia, los huacaschuquinos no estaban dispuestos a desmayar: tanto se habia hecho y, probablemente, tanto tambien se habia gastado, que dejar aquella gestion inconclusa simplemente hubiera sido de necios. Y no, pues, nadie en el pueblo y mucho menos ninguno de los que en la Capital de la Republica iban y venian de oficina en oficina, querian terminar con una lamentable frustracion. Gobernaba entonces –quien no se acuerda- don Manuel A. Odria, hombre que –hay que reconocerlo, nos guste o no- dejo para un sector de la poblacion o, mejor dicho, de la “clase politica”, un recuerdo deplorable (dictadura, pues) y para muchos pueblos y ciudades mas de una obra de significativa importancia (colegios, especialmente); y su esposa, do?a Maria, indiscutible ejemplo de decencia y preocupacion por los ni?os, ademas de decidoras anecdotas (reales o inventadas, no sabemos) motivadas por sus rasgos fisicos y por el dejo que mostraba al hablar. Todo indicaba que aquel gobierno seria el encargado, una vez cumplidos los tramites pertinentes, de cumplir con dar la ley de creacion del nuevo distrito. Pero a don Manuel, tan ocupado en otras cosas, no le importaba poner atencion a estas cuestiones “futiles” o, simple y llanamente, desconocia de las expectativas que cifraban en su gestion los pobladores de esta parte del pais. Cualquiera fuera la razon por la que la autorizada firma no llegaba a ser estampada en la norma definitiva, lo cierto es que, sin perder el optimismo, los huacaschuquinos echaron mano de un recurso que, casi a ultima hora, les parecio lo mas eficaz. Si, pues: “don Manuel sera todo un presidente, pero es, sobre todo, una persona con algo de vanidad y eso, su vanidad, eso es lo que hay que tener en cuenta”, sugirio alguien por alli. Y, en efecto, eso iba a hacerse: aparte de la insercion en el expediente de todos los requisitos que el procedimiento exigia (informacion sobre la densidad poblacional, los recursos economicos, etc., etc.) surgio un nuevo elemento que, a todas luces, resultaria decisivo, convenientemente decisivo: proponer que, en lugar de Huacaschuque, que era la ancestral denominacion del pueblo, el nuevo distrito lleve el nombre de Manuel A. Odria como homenaje y reconocimiento a las calidades del Presidente de la Republica y ademas –esta era la razon real, pero se la mantenia discretamente escondida- como un argumento que llenaria de orgullo al gobernante y le haria interesarse en el caso tanto como si fuera algo personal. El razonamiento era simple pero coherente: ?Quien –ocupando un cargo temporal- no quisiera trascender y que su nombre se perpetue, mas que en una placa de bronce o de marmol, en el uso irremediablemente cotidiano de los agradecidos habitantes de un pueblo del Peru? Todos en algun momento incurrimos en ese sue?o, y eso no es, no puede ser, un pecado. Y ese sue?o, que aun no se habia atravesado por la mente de don Manuel, estaba a punto de producirse. Pero, lamentablemente para el presidente tarme?o que tuvo como uno de sus mas infaustos ministros a Esparza Za?artu –que ocupo la entonces tenebrosa cartera de Gobierno y Policia- la realidad se impuso sobre los candorosos devaneos oniricos. Y para eso, se?ores, es que en esta historia se hizo presente don Oscar Sandoval Cerna. Antes de presentar formalmente la propuesta, un grupo de huacaschuquinos fue en su busca para pedirle un prudente consejo. Despues de escucharlos, el maestro Oscar los felicito por su proposito y, especialmente, por la inteligente iniciativa. “Tienen razon, les dijo, las gestiones se agilizarian enormemente y no seria de sorprenderse si, despues de presentada la propuesta del cambio de nombre, al dia siguiente ustedes tienen la ley de creacion del distrito en sus manos.” Todos le oian, satisfechos y regocijados; pensaban que, sin duda, habian acertado. “Pero, agrego don Oscar, hay un peque?o inconveniente.” “?Cual, maestro?”, preguntaron en coro. Don Oscar continuo: “Cuando, en el futuro, ustedes o sus hijos tengan que recurrir ante alguna entidad publica o privada o suscribir algun documento legal y deban responder por sus “generales de ley” habran de decir que son hijos naturales de Manuel A. Odria; y les aseguro que se avergonzaran cuando otras personas les miren sorprendidas al enterarse que ni siquiera son hijos legitimos.” Suficiente, fue suficiente! “Ni hablar, don Oscar, que todo siga igual”, replicaron rendidos. Y, asi, todo siguio igual hasta estos dias, y asi habra de seguir, quien sabe, por los siglos de los siglos: Huacaschuque, tal como suena. Y, por cierto, con hijos orgullosos y nunca avergonzados de su santo terru?o: legitimo y natural, como Dios manda.
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