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EL HOMBRE, a lo largo de su historia evolutiva y con ayuda de las experiencias vividas y de la fantasía de su imaginación, ha creado alrededor de los arácnidos un sinnúmero de leyendas y supersticiones, algunas verdaderamente sorprendentes. Sin embargo, ninguna se compara en su fantasía con la de la tarántula, nombre que en la actualidad está muy generalizado en todos los países de América para designar a unas arañas gigantes, de cuerpo pesado y muy peludo, movimientos torpes y lentos, muy frecuentes en todas las regiones calientes y templadas del continente y cuyas especies se agrupan en la familia Theraphosidae. Sin embargo, esta denominación no es original de aquí, sino que fue importada por los conquistadores europeos. Al llegar éstos al Nuevo Continente y toparse con estas enormes arañas, fue tal el terror que les inspiraron, que las relacionaron con otras arañas muy temidas de su tierra natal, conocidas desde hace mucho con el nombre de tarántulas.

El verdadero origen de este nombre se remonta varios siglos atrás, a una ciudad del sur de Italia llamada Tarento. Pero estas verdaderas tarántulas del Viejo Continente pertenecen a un grupo de arañas completamente diferentes, que los especialistas reúnen en la familia Lycosidae. Aunque conocidas y temidas por la gente desde hace mucho, fue Hoby, en 1561, el primero en escribir sobre ellas, haciendo hincapié en lo peligroso de su mordedura. Años después, Rossi se inspiró en el nombre vulgar de este arácnido, describiendo la especie con el nombre de Lycosa tarentula.

Su fama de araña muy peligrosa se ha mantenido a través de los siglos debido a las supersticiones y fantasías populares que sobre ella surgieron en algún momento de la Edad Media, llegando a originar una especie de psicosis colectiva que fue generalizándose y se extendió por todos los países del sur de Europa. Como se verá más adelante, el tiempo y el mejor conocimiento de la especie han demostrado que esta fama no tiene ningún fundamento científico sólido en qué apoyarse.

Numerosos autores se han interesado en esta especie y su leyenda. Uno de ellos, McCook (1889-1894), llegó a reunir bastante información sobre el tema. De sus escritos se han tomado los datos que a continuación se exponen.

Cuenta la leyenda que, durante la estación del año en que abundan estas arañas, numerosas personas eran mordidas por ellas. En un principio apenas si sentían dolor, pero a medida que pasaban las horas empezaban a sentir un malestar cada vez más intenso, que acababa por volverse violento, con grandes dificultades para respirar y acompañado de convulsiones y desmayos. Poco después entraban en una especie de locura durante la cual lloraban, bailaban, gritaban, saltaban y se sacudían, haciendo gestos y ademanes grotescos, asumiendo las posturas más extravagantes. Si no eran atendidos con prontitud para liberarlos de este tormento, al cabo de algunos días podían morir. Si llegaban a sobrevivir, al volver la estación del año en que habían sido mordidos, adquirían nuevamente la locura. Otros autores mencionan otras manifestaciones clínicas como inflamación, náuseas, vómitos, parálisis, delirio y una gran depresión con melancolía.

Existían diversos antídotos para este mal, pero el mejor de todos era la música. Al escucharla, la víctima empezaba a bailar, efectuando movimientos característicos que fueron conocidos como la danza de la tarántula. El individuo continuaba bailando mientras la música seguía sonando, hasta que comenzaba a sudar profusamente, con lo cual se salía el veneno del cuerpo. En seguida caía en un profundo sueño, del cual despertaba ya restablecido, aunque todavía débil. El baile duraba generalmente 3 o 4 días, con intervalos de descanso cada tres o cuatro horas.

A esta serie de manifestaciones ocasionadas por la mordedura de la tarántula y que sólo se curaban con el baile, acompañado por la música adecuada, se le dio el nombre de tarantulismo, y es un hecho plenamente confirmado que, en determinado momento de la historia de la humanidad, cundió como una histeria colectiva por los países del sur de Europa. De acuerdo con T. Savory (1977), el primer caso de tarantulismo se registró en 1370 en Tarento, Italia. De aquí se fue extendiendo por todo ese país y los circunvecinos, alcanzando su clímax alrededor de 1650, para después declinar y desaparecer a finales del siglo XVII. Sin embargo, durante el siglo XVIII volvió a aparecer en España y este problema continuó manteniendo ocupados a los médicos durante gran parte del siglo XIX.

También es cierto que de esta música que acompañaba al baile de las víctimas del tarantulismo, surgió el famoso ritmo de seis por ocho de la tarantella, baile napolitano que forma parte del folklore italiano. Hay quien asegura que los pasos que se siguen en este baile imitan los movimientos de la tarántula durante el cortejo de los sexos.

Mucho se ha especulado sobre las verdaderas causas de ese comportamiento humano, pues la Lycosa tarentula, como la mayor parte de las especies de la familia Lycosidae, posee un veneno que puede ocasionar un dolor momentáneo en el lugar de la mordedura, de mayor o menor intensidad, dependiendo de la sensibilidad del individuo atacado, pero nunca producirá la serie de manifestaciones que se le atribuyen y mucho menos la muerte. Algunas especies sudamericanas de licósidas, cuyo veneno se considera un poco más tóxico, llegan a producir efectos más graves con su mordedura; sin embargo, nunca alcanzarían los extremos aquí señalados.

El hecho de que algunas de las personas mordidas llegaban a morir ha conducido a la suposición de que, en estos casos, la especie de araña no fuera la tarántula, sino más bien otra muy venenosa que también existe en toda esa región del Mediterráneo, y que abarca el sur de Europa y el norte de África, la Latrodectus tredecimguttatus, de la familia Theridiidae y pariente muy cercana de nuestra araña capulina. Lo que debe haber ocurrido es que la mayor parte de los individuos fueran mordidos por la Lycosa tarentula en ciertas épocas del año en que abunda esta especie, no teniendo mayores consecuencias que un dolor e inflamación locales. Sin embargo, el susto y el miedo de haber sido atacados por una araña de tan terrible fama, los hacía participar instintivamente en la histeria general. Estos individuos, lógicamente, se salvaban con o sin baile. Pero en cambio otros, los que ofrecían cuadros clínicos más graves o llegaban a morir, con seguridad habían sido mordidos por la otra especie, cuyo veneno es muy virulento, aunque no necesariamente mortal. Entonces, como ahora, la gente no sabía distinguir entre una y otra especies de arañas o silo sabía, como ocurre con la mayor parte de los campesinos o de la gente que vive en el campo, casi nunca tenía la precaución de fijarse en el atacante o de capturar al ejemplar, lo cual podría determinar si se trataba o no de una especie peligrosa.

Por lo que se refiere al baile como mecanismo terapéutico para desalojar un mal del cuerpo era algo novedoso en esa época. Esa costumbre venía de tiempos atrás, y se había iniciado durante las pandemias de peste bubónica que habían azotado cruelmente a la humanidad en repetidas ocasiones, causando la muerte de millones de individuos. La enfermedad, envuelta entre la ignorancia y fanatismo de la época era interpretada de diversas formas. Por ejemplo, era como un castigo de Dios; otros la veían como el resultado de la conjunción de ciertos planetas con otros. Hubo mucha gente inocente que pagó como chivo expiatorio al ser acusada de brujería; los maleficios de los hechiceros habían originado esta maldición. Los individuos enloquecidos y desesperados salían a bailar en silencio por las calles, tomados de la mano, con la esperanza de librarse de esta forma del terrible mal. Así duraban días y días, sin interrumpir el vaivén de sus movimientos. Esta misma costumbre fue adoptada más tarde, cuando surgió el problema de las tarántulas, sólo que en este caso se introdujo un nuevo elemento muy importante, la música, cuyo ritmo contribuía a compenetrarse más y más con la histeria general.

Según algunos historiadores y científicos, esta práctica de curar el tarantulismo mediante el baile pudo haber tenido también un origen religioso. T. Savory (1928-1977), basándose en un escrito antiguo, nos relata que las mujeres, víctimas de la mordedura, se vestían de blanco con listones rojos, verdes o amarillos, de acuerdo con sus gustos. El pelo lo dejaban caer suelto sobre los hombros, donde descansaba una chalina blanca y la cabeza la sostenían lo más atrás posible. Eran copias exactas de las antiguas sacerdotisas de Baco. Cuando el cristianismo cobró fuerza y puso un alto a todos los ritos paganos que se exhibían públicamente, los adoradores de Baco encontraron un buen pretexto en las mordeduras de las arañas para continuar con estos ritos en forma disimulada.

Algunos autores han considerado también la posibilidad de que el tarantulismo no haya sido más que un padecimiento nervioso que se fue extendiendo poco a poco por el sur de Europa, para finalmente desaparecer.

Sea lo que fuere, lo cierto es que esta costumbre degeneró al cabo de los años en una forma práctica de sacarle dinero a los turistas que, con gusto, pagaban dinero para que algún campesino o gente del pueblo se dejase morder por la tarántula, deleitándose después con la actuación teatral de la persona que aparentaba sufrir los graves efectos de la mordedura. Esta es una prueba más que confirma la poca toxicidad del veneno de la Lycosa tarentula, pues no hay ser humano sobre la Tierra que se prestaría a tales manipulaciones, sin la certeza de tener asegurada la vida.

La fama de la tarántula, con toda la serie de leyendas y supersticiones alrededor de ella, trascendió a todos los países del mundo de entonces. Su nombre se incorporó al léxico de muchos idiomas, incluyendo el español, donde, además, se utilizó en sentido figurado en frases como picado de la tarántula, cuyo significado, según el Diccionario de la Lengua Española, indica a la letra: "Dícese del que adolece de alguna afección física o moral", o bien, "que padece del mal venéreo". A la persona inquieta o bulliciosa o, en otro sentido, que esté aturdida o espantada, se le designa como tarantulada. De acuerdo con el mismo diccionario, tarenta significa desvanecimiento, aturdimiento (en Honduras) y repente, locura, vena (en Argentina, Costa Rica y Ecuador). De aquí la palabra muy empleada entre nosotros, atarantar, aturdir, turbar los sentidos, y por ende atarantado. En alemán existe la frase wie von der Tarantel gestochen (como si hubiese sido picado por una tarántula), para indicar la impetuosidad de una persona. Como puede verse, todas las palabras y frases se relacionan con la leyenda de la tarántula que, como hemos visto, no es más que un mito que ha persistido a través del tiempo. Pero ahora se entiende la razón por la cual los conquistadores europeos, al llegar al Continente Americano y ver estas enormes arañas peludas, por una asociación de ideas, las hayan relacionado con otras arañas de su tierra que también causaban horror, las tarántulas. De aquí el nombre incorrecto que les pusieron.

La confusión de la palabra se ha extendido aún más, debido a que algunos autores la emplean en forma indebida para describir a otros animales venenosos, como la serpiente tarántula y el pez tarántula. Asimismo, todavía hoy no se utiliza el nombre Tarentola para designar a un reptil iguánido; y en el orden Amblypygi de los arácnidos existe el género Tarantula, perteneciente a la familia Tarantulidae.

Figura 26. Aspecto general de una tarántula (familia Theraphosidae).

A continuación se van a señalar algunas de las características generales de la morfología, comportamiento y costumbres de las tarántulas americanas, cuyo nombre, aunque sea erróneo, por uso y costumbre se ha impuesto en el vocabulario de las personas. Como se señaló antes, pertenecen a la familia Theraphosidae, que incluye a las arañas de mayores dimensiones; algunas especies llegan a alcanzar hasta 9 cm de longitud. Aparte de su gran tamaño, son notables por tener todo el cuerpo y las patas cubiertos por una pilosidad aterciopelada que, a veces, se ve iridiscente, sobre todo después de mudar. La mayor parte de estas sedas son negras o en diversos tonos de café, aunque hay especies que presentan hermosas ornamentaciones en otros col res, principalmente en rojo y naranja. La parte anterior y dorsal del cuerpo está cubierta por un caparazón duro, más o menos cóncavo, en cuyo ápice anterior se encuentran los ocho ojos, todos agrupados en un solo punto. Los quelíceros se mueven de arriba para abajo en sentido paralelo al eje longitudinal del cuerpo. Los pedipalpos se ven como patas, pero mucho más cortas; en los machos, sexualmente maduros, el artejo terminal de los pedipalpos está transformado en un órgano copulador, por medio del cual insemina a la hembra. Tienen sólo dos pares de hileras, siendo las laterales largas y con divisiones.

Las diferentes especies se encuentran distribuidas desde el suroeste de los EUA, México, Centroamérica, hasta gran parte de Sudamérica y las islas del Caribe. Otras especies se localizan en el sur, este y oeste de África, algunos países e islas del sur y sureste de Asia y en Australia. En la República Mexicana se extienden por gran parte de su territorio, pero son más abundantes y frecuentes en las regiones tropicales y subtropicales, así como en las zonas desérticas.

Algunas especies viven expuestas sobre la superficie del suelo, escondiéndose bajo piedras, hojarasca y escombros en general. Otras, con ayuda de sus quelíceros, pedipalpos y patas, cavan hoyos de diversas profundidades en el suelo, hasta de unos 60 cm. La tierra que van sacando de estas galerías la dejan en pequeños cúmulos cerca de su guarida o alrededor de ella. Aquí permanecen por largos periodos de su vida, sobre todo la hembra, saliendo únicamente durante la noche a cazar sus presas, cuando el hambre las apremia. Otras más tienden a subirse a los árboles, platanares y demás plantas grandes, que les proporcionan refugio; allí se esconden entre las ramas o corteza, bajo las hojas, en los nidos de los pájaros o en alguna epifita, como las bromelias. En la época de reproducción, que es generalmente en verano, coincidiendo con las lluvias, suelen salir de sus madrigueras cientos de machos en busca de hembras. En ciertas regiones de México puede verse a estos animales caminando sobre el suelo, invadiendo campos y veredas y con frecuencia carreteras, donde muchas de ellas son arrolladas por los vehículos que transitan. Este espectáculo solía verse año con año en los terrenos de la Ciudad Universitaria de México; desgraciadamente, las que se escapaban de los automóviles eran capturadas por los estudiantes. En la actualidad es muy raro ya encontrar alguno de estos ejemplares.

Los machos y hembras se reúnen solamente durante la época del acoplamiento y llevado a cabo éste, tienden a separarse de nuevo. Debido al instinto canibalístico que poseen, las tarántulas no pueden vivir juntas en ninguna etapa de su vida, salvo en estos momentos y durante un breve lapso de tiempo, en el cual la hembra cuida a sus huevos y a las pequeñas tarántulas recién nacidas. Sin embargo, si uno observa con atención los sitios en donde habitan estos arácnidos, podrá ver que ciertos refugios en la tierra no están muy alejados unos de otros. Esto se debe a que las tarántulas logran desplazarse sólo caminando; no utilizan otras formas de desplazamiento, como el arrastre por el viento con ayuda de sus hilos, que aprovechan algunas otras arañas. Así, cuando la cría de una hembra empieza a emerger de sus huevos y sale poco después del ovisaco protector, las pequeñas arañas, para no ser devoradas por la madre, a la que pronto se le acaba su instinto maternal, tienen que alejarse rápidamente de ella y formar sus propios refugios. Es lógico, por lo tanto, que caminando no lleguen muy lejos estos diminutos animales. No obstante y a pesar de quedar cerca unas de otras, las tarántulas viven y se desarrollan independientemente dentro de sus respectivos refugios, ignorando por completo la existencia de las demás. Esto no quiere decir que permanezcan allí para siempre. Las formas juveniles son muy activas y se mueven frecuentemente de un lugar a otro; cuando llegan a su madurez sexual, los machos continúan siendo errantes, pero en cambio las hembras permanecerán ya en un solo lugar por el resto de sus vidas; esto, hablando en términos generales, pues hay especies que se comportan distinto.

Las tarántulas, sobre todo las hembras, tienen una larga existencia. Algunas especies llegan a vivir 20 años o más, por lo que estudiar su ciclo de vida es un proceso complicado y tardado, que no muchos investigadores tienen la paciencia de hacerlo. En este sentido, es digna de ser recordada aquí la meritoria labor del doctor W. J. Baer, que pasó gran parte de su vida observando y estudiando con apasionado interés el comportamiento de estos animales. Mucho de lo que hoy se sabe sobre ellos se debe a este científico. Sus observaciones las realizó tanto en el campo como en el laboratorio.

Estos arácnidos nacen de huevos depositados dentro de un capullo protector u ovisaco, que la madre teje en el momento de la oviposición. Tarda como 15 horas en hacerlo y llega a poner de 500 a 1 000 huevecillos en su interior. La hembra cuida afanosamente este ovisaco, se coloca sobre él o lo abraza con sus patas para defenderlo de sus depredadores, atacando a cualquier intruso que se acerque a él. A veces lo mete a su refugio, sobre todo en momentos de peligro, pero lo vuelve. a sacar de tiempo en tiempo para que reciba los rayos solares, cuyo calor favorece el desarrollo de la cría. Al cabo de mes y medio o dos meses, las arañitas empiezan a emerger de sus huevos, pero todavía permanecen varias semanas dentro del ovisaco. Finalmente hacen pequeños orificios en la pared del capullo, con ayuda de sus quelíceros, y salen al exterior. La madre todavía se preocupa por ellos algunos días más, pero poco a poco vuelve a adquirir sus hábitos canibalísticos acostumbrados, por lo que llega el momento en que la cría tiene que huir para no ser devorada.

Las tarántulas recién nacidas tienen el mismo aspecto que las adultas, sólo que son mucho más pequeñas (unos 4 mm). Tienen menos pilosidad y son de color café claro con una mancha oscura en el dorso de la parte posterior del cuerpo, que persiste por unos siete años. Al principio, pasa bastante tiempo antes de que comiencen a alimentarse; este periodo de ayuno puede prolongarse por todo el invierno. Finalmente, al llegar la primavera, empiezan a cazar a sus presas, que consisten de pequeños artrópodos o de los huevos y estados inmaduros de diversos insectos. Esta dieta se irá modificando a medida que crecen, capturando animales cada vez de mayores dimensiones, hasta llegar al estado adulto en que se nutren no sólo de insectos grandes, como chapulines, cucarachas, muchos escarabajos y otros, sino también de pequeños batracios, lagartijas, serpientes, pájaros y roedores. A una tarántula adulta le toma como cinco horas efectuar la digestión parcial extracorporal y la succión de toda la materia orgánica de una de estas presas, dejando sólo los restos no digeribles.

Aunque no coman de recién nacidas, sí son capaces de producir seda y tejer sus diminutas telas desde la más temprana edad. Esta propiedad la conservarán durante toda su vida, utilizando los hilos para funciones muy diversas, como se ha señalado en uno de los otros capítulos.

Todas estas formas juveniles o inmaduras, que reciben el nombre de ninfas, no presentan diferencias entre ellas, y como se ven exactamente iguales es imposible distinguir los sexos. La etapa ninfal dura 10 o 12 años para las hembras y algo menos para los machos. Durante todo este tiempo van creciendo mediante mudas sucesivas; cuando son muy jóvenes pueden ser cuatro anuales, reduciendo el número a medida que se van desarrollando; al llegar a los seis o siete años de vida, por regla general, efectúan una sola muda por año. Durante estos procesos son capaces de regenerar alguno de los apéndices, perdido por accidente en un estadio previo. De la última muda ninfal surgen los adultos, que ya presentarán un dimorfismo sexual. Aunque la hembra continuará teniendo el aspecto general de la ninfa, a diferencia de ésta, ya tendrá perfectamente desarrollado su aparato reproductor y la abertura genital o epiginio. El macho es un poco más pequeño que la hembra, pero tiene las patas más largas; su caparazón dorsal tiene un color más brillante, pero su característica más notable se observa en la parte terminal de los pedipalpos, modificados en un órgano copulador de aspecto claviforme, que ya presenta un bulbo y su émbolo, estructuras necesarias para fecundar a la hembra.

En gran parte de las especies, la cópula tiene lugar en otoño; llegado el momento, el macho se prepara. Empieza por tejer lo que podría denominarse la red del esperma, que consiste en una pequeña telaraña que puede tener un agujero central, la que fija entre dos piedras o en uno y otro borde de alguna cavidad del suelo o del hueco de un árbol; para reforzarla por la parte inferior, el macho se desliza por debajo de esta red. A continuación, y a manera de estímulo, comienza a frotar la abertura genital en contra de la red, al mismo tiempo que pasa el bulbo de los pedipalpos entre los quelíceros. Después de un rato de llevar a cabo estas manipulaciones acaba por salir una gota de esperma de su abertura genital, que deposita en la red. Vuelve a treparse sobre ella y en seguida comienza a meter y a sacar el bulbo de cada pedipalpo, rápida, regular y repetidamente, en la gota del líquido seminal. Esto lo continúa haciendo por espacio de una o dos horas, hasta que la sustancia se agota; el líquido no es succionado, sino que entra por capilaridad, primero al émbolo y después al bulbo. Analizado al microscopio se ve compuesto por numerosos corpúsculos pequeños, dentro de los cuales quedan protegidos los espermatozoides.

Una vez que el macho ha cargado el bulbo de los pedipalpos con su esperma, se dedica a buscar a las hembras, atraído probablemente por las sustancias atrayentes o feromonas secretadas por ellas. Con frecuencia, el macho se sitúa enfrente o cerca de la entrada al refugio de una hembra, esperando a que ésta salga o buscando la oportunidad de entrar él mismo. Parece ser que la cópula puede llevarse a cabo dentro de la guarida de la hembra, aunque también se realiza debajo de las piedras o bajo algún otro escondite. El macho suele fecundar a varias hembras, pero la carga de esperma en sus pedipalpos no alcanza más que para una o dos cópulas. Por tanto, tendrá que repetir, cuantas veces sea necesario, el proceso antes descrito. Las hembras, por su parte, también pueden aparearse varias veces, por lo menos cuatro o cinco, durante este periodo.

El comportamiento reproductor en las tarántulas no es tan complicado como en otras especies de arañas. El macho se acerca cautelosamente a la hembra y la toca con suavidad; en caso de no haber respuesta por parte de ella lo hará con más energía. Al reaccionar la hembra, levantará el primer par de patas, separando sus quelíceros; si no está de acuerdo con las insinuaciones de su compañero, lo atacará y lo obligará a huir; pero en caso de aceptarlo, levantará su cuerpo, apoyándolo en sus dos patas posteriores. El macho entonces la sostendrá con su primer par de patas, levantándola aún más hasta doblar su cuerpo hacia atrás. En seguida introducirá el émbolo de un pedipalpo y luego el del otro, en la abertura genital de la hembra; esto lo puede hacer una o dos veces, durando el proceso de dos a cuatro minutos. Al terminar, el macho soltará a la hembra y se alejará rápidamente, pues a veces ella lo persigue, pero sin matarlo, hasta donde se sabe, como sucede con otras arañas.

Los espermatozoides introducidos al cuerpo de la hembra son almacenados en una estructura especial, llamada receptáculo seminal o espermateca. Allí permanecerán hasta el siguiente verano, que será cuando los óvulos de la hembra maduren, pudiendo hasta entonces ser fecundados.

Pasada la época del apareamiento y al iniciarse el frío del invierno, los machos empiezan poco a poco a decaer en sus actividades, dejan de moverse y de comer, recogen sus apéndices y finalmente mueren, aunque algunos pocos logran sobrevivir unos meses más.

Las hembras en cambio tienen una vida mucho más larga y continúan reproduciéndose en algunas estaciones de su existencia, que dura ocho o diez años más que la del macho. Pasado el periodo de actividad sexual, las hembras fecundadas vuelven a sus refugios y se dedican a taponar firmemente con tierra las entradas de sus guaridas, para pasar los meses que dura el invierno en un lugar seguro, protegido de las inclemencias del tiempo y de los depredadores. Durante esta etapa no se alimentan y reducen todas sus actividades físicas y metabólicas, permaneciendo tranquilas en sus hoyos. Al llegar la primavera empiezan a salir poco a poco, empujando la tierra que obstruía la entrada a su refugio. Antes de iniciar sus actividades normales permanecen quietas junto a sus agujeros durante días, que a veces se vuelven semanas, sin hilar y sin comer. Pasado este tiempo reanudan su vida acostumbrada, tejiendo sus telas y cazando sus presas. Es ya bien entrado el verano cuando la hembra empieza a buscar un lugar adecuado, generalmente debajo de piedras u hojarasca, para construir su ovisaco, donde depositará los huevos y todo volverá a repetirse tal y como se ha descrito.

Las tarántulas, como todos los animales, tienen sus enemigos naturales que controlan sus poblaciones. Para protegerse de ellos han desarrollado varios mecanismos de defensa, que en ciertos casos son muy efectivos, pero en otros no. Su veneno, en la mayor parte de las especies, es muy poco tóxico y no les sirve de mucho. Pero, en realidad no necesitan de él para vencer a la mayor parte de los demás artrópodos que conviven en su hábitat. Esto se debe a su gran tamaño y fuerza, así como a sus poderosos quelíceros, con los que pueden capturar y sujetar a sus presas con gran facilidad, hiriéndolas mortalmente al hundir en sus organismos estas puntiagudas estructuras. Una vez que la presa ha sido agarrada firmemente, la tarántula procede a verter sobre ella saliva cargada de enzimas. Estas digerirán y licuarán a la materia orgánica, la que será succionada por la faringe para finalizar su digestión, intracelularmente, en el intestino medio del arácnido. Sin embargo, en México, como en algunos otros países del mundo, existen especies muy grandes y poderosas de ciempiés y de escorpiones; cuando alguno de estos animales se enfrenta a una tarántula es difícil pronosticar cuál será el vencedor, pues la terrible lucha a muerte que se entabla entre ellos puede dar la victoria a cualquiera de los dos.

Las tarántulas tienen el enorme inconveniente de tener una vista muy deficiente, así que prácticamente no pueden ver a sus enemigos. El principal sentido que utilizan para encontrar su camino, a sus presas y a su pareja, es el del tacto; también el olfato puede desempeñar un papel importante en ciertos casos. Cuando algún animal que pasa por el lugar hace contacto con ellas y roza cualquier parte de su organismo o apéndices, la tarántula reacciona de inmediato y hace frente al intruso, levantando el cuerpo alzando su primer par de patas y pedipalpos y abriendo sus quelíceros. Esta es la típica actitud de alerta o de defensa que adopta. Es posible que por el olfato logre discernir si se trata de una posible presa que pueda servirle de alimento. En este caso, y si tiene hambre, atacará con rapidez al invasor, tratando de capturarlo. En caso de que presienta un peligro mayor, procurara retirarse lo antes posible, buscando resguardo bajo una piedra o algún otro objeto cercano.

Algunas especies han desarrollado otro mecanismo de defensa ante posibles enemigos. Así, cuando una de estas tarántulas se siente atacada, levanta el último par de patas y empieza a frotar con ellas la parte superior de su opistosoma, desprendiendo unas sedas largas y rígidas, que tienen la propiedad de ser urticantes. En la piel del hombre originan a veces irritaciones muy molestas, con escozor y ulceraciones ocasionales. Desde luego, hay que tener sumo cuidado para que ninguna de estas sedas urticantes llegue a los ojos, donde pueden ocasionar cuadros más serios. Esta es la razón por la cual las tarántulas, con frecuencia, muestran la región dorsal y posterior del cuerpo sin sedas, completamente desnudas; sin embargo, en la siguiente muda, volverán a renovarlas todas. Estos elementos pueden encontrarse también dentro de los refugios de las arañas, como medida protectora, así como mezcladas entre las telarañas que suelen rodear la entrada de la guarida, de manera que cualquier intruso que trate de penetrar a los dominios de la tarántula se verá en serios problemas.

No obstante todo esto, hay animales contra los cuales no hay defensa posible por parte de las tarántulas. Muchas de las formas jóvenes son devoradas por pájaros, lagartijas, ranas y sapos, y diversos roedores suelen cavar en sus refugios, a pesar de las sedas urticantes, ya que constituyen uno de sus alimentos preferidos. Asimismo, uno de los principales enemigos de los ovisacos y las crías que guardan son las hormigas; estos insectos atacan en masa y acaban por ahuyentar a la tarántula madre, que no es capaz de defenderse ante esta invasión; la prole, a la cual tiene que abandonar, es rápidamente consumida por las vencedoras.

Otros enemigos sumamente importantes son los parasitoides, llamados así porque no son ni verdaderos parásitos, ni verdaderos depredadores, sino que ocupan una situación intermedia entre estos dos tipos de biorrelaciones. Los principales parasitoides son las avispas, que pueden atacar no sólo a las tarántulas, sino a otras muchas especies de arañas e insectos. Esto estará relacionado con la preferencia que las diferentes especies de avispas tengan por determinados huéspedes. Los casos mejor estudiados, donde por primera vez se notó este tipo de asociación, son los de especies del género Pepsis (familia Pompilidae), que viven como parasitoides de diversas tarántulas. Estos himenópteros se encuentran siempre en la zona donde abundan los arácnidos, pues éstos constituyen un factor importante en su ciclo de vida. La avispa hembra, ya fecundada y lista para ovipositar, buscará a una tarántula adecuada para inmovilizarla por medio de su veneno y proporcionarle así a su larva por nacer, el alimento ideal para su desarrollo. En la larga coevolución de estos dos tipos de animales la avispa ha aprendido, por instinto, lo inútil que sería tratar de atravesar con su aguijón la dura cutícula esclerosada y coriácea que cubre el cuerpo de la tarántula; por lo tanto, escoge alguna de las delgadas membranas que se encuentran entre las articulaciones de los apéndices. Para lograrlo procura introducirse por debajo del cuerpo de la tarántula, y llegar a las articulaciones coxales o a alguno de estos sitios de las patas. La araña tratará de defenderse, levantando lo más que puede el cuerpo del suelo, apoyándose en sus patas y procurando lesionar a la avispa con sus quelíceros. Esto lo realiza el macho con más efectividad, pues tiene las patas más largas; tal vez por esta razón las avispas prefieren atacar a las hembras, aparte de que éstas contienen mayor cantidad de materia orgánica. Ocasionalmente, la avispa sale mal librada de su intento, pero en la mayoría de los casos logra su propósito y acaba por inyectar su veneno en alguna de las membranas articulares de las coxas o de algún otro artejo. La tarántula, de inmediato, empezará a inmovilizarse, pero necesitará nuevas dosis de la toxina para quedar completamente paralizada, las cuales serán inyectadas por la avispa cuantas veces sea necesario, ahora ya sin ningún problema. A continuación, la avispa procederá a enterrar a su víctima, para lo cual habrá hecho un agujero previamente. Si este se encuentra alejado, tendrá que tirar de la tarántula hasta el lugar donde se encuentra; para lograrlo, volteará a la araña patas arriba y la jalará, agarrándola de las hileras. En ocasiones prefiere aprovechar la madriguera más cercana de algún otro animal, o también el refugio de la misma tarántula. Una vez en el agujero, la avispa escogerá un lugar limpio de la parte ventral del opistosoma de la araña para depositar un huevo, que quedará pegado al tegumento. Inmediatamente después echará tierra sobre la víctima, cubriéndola por completo, e incluso nivelará el terreno para que no se note ni rastro de la tarántula enterrada. Poco tiempo después, del huevo pegado nacerá la larva de la avispa que, con sus poderosas mandíbulas, empezará a comerse la carne fresca de la tarántula, que permanecerá viva, pero paralizada, por varias semanas más. La cría seguirá alimentándose de ella hasta completar su desarrollo larval e iniciar la etapa de pupa, durante la cual sufrirá una metamorfosis que la transformará en la avispa adulta, la cual saldrá de la tierra y emprenderá el vuelo. Para entonces sólo quedarán los restos no digeribles de la tarántula.

Otros parasitoides ocasionales de estos arácnidos son también las moscas o dípteros de la familia Acroceridae, que no siguen el ritual de las avispas; en este caso, no es una sola, sino varias las larvas que se alimentan de una tarántula.

Las tarántulas, en contra de lo que se cree, son animales tímidos, nada agresivos, que tienen que ser provocados, a veces con insistencia, para que lleguen a morder. Con excepción de algunas especies sudamericanas, cuya mordedura puede ocasionar trastornos más serios, el resto de las tarántulas, incluyendo todas las de México, posee un veneno muy poco tóxico, que no origina más que una ligera inflamación y molestia local en personas sensibles, aunque en ocasiones su mordedura puede ser dolorosa por el impacto de los poderosos quelíceros.

Son organismos que siempre atraen la atención del humano. Diversos museos de muchos países del mundo, como parte de su función didáctica, mantienen ejemplares vivos en vitrinas especiales, para que el público pueda admirarlos. Es más, algunas personas disfrutan de su compañía y las conservan como mascotas, agarrándolas sin ningún miedo y sin que les pase nada, pues saben cómo hacerlo. En ciertos círculos se han vuelto muy populares y en la actualidad se pueden conseguir en varias tiendas de animales de EUA y México. En el primer país, en algunos estados del sur les han encontrado una aplicación práctica, aprovechando su gusto alimenticio por las cucarachas. Así, las mantienen sueltas dentro de sus casas para que se coman a todos estos insectos, que constituyen uno de sus manjares predilectos. En esta asociación mutualista, ambas poblaciones salen beneficiadas, las tarántulas porque viven felices, sin que nadie las moleste y con la comida asegurada; las familias, por su parte, se ven libres de esta dañina plaga de insectos, portadora de una gran cantidad de gérmenes patógenos, causantes de muchas enfermedades.

Pero, por regla general, su gran tamaño y aspecto velludo ha provocado siempre miedo a los humanos, que las consideran animales muy peligrosos. Desgraciadamente, esta idea se ha vuelto fija en la mente del hombre, que la transmite de generación en generación y es muy difícil hacerle entender que está equivocado. Gran parte de esta fama se debe, en los tiempos modernos, a los medios de comunicación, sobre todo el cine y la televisión, donde los productores y directores no pierden oportunidad de señalar a estos animales como los seres más despreciables y maléficos que existen sobre la Tierra. Hasta el nombre común que les han dado en inglés, bird-eaten spiders, denota agresividad de parte de estos animales contra los indefensos pajaritos, lo que de inmediato despierta en la mente del hombre un sentimiento de rechazo hacia estos animales. Todo esto es de lo más injusto y tan sólo demuestra, una vez más, el poco interés que el hombre tiene por otras vidas que no sea la suya, y lo mucho que ignora en el campo de la biología. Es cierto que las tarántulas, si no encuentran a sus presas preferidas, que son los grandes insectos, se comerán lo que puedan, incluyendo pájaros pequeños, sobre todo los polluelos que están en el nido. Pero, y las aves, a su vez, ¿de qué se alimentan? De otros muchos seres vivos, incluyendo especies de su misma clase. Allí están los gavilanes y las águilas, por ejemplo, que depredan a pájaros y pequeños mamíferos. Si se aplicara la misma filosofía al hombre, se le podría designar como cow-eaten humans, por su tipo de alimentación. La verdad es que hay que entender que todas estas actitudes de los seres vivos, sean tarántulas, aves u hombres, forman parte del proceso ecológico de la naturaleza, y que son necesarias e indispensables para la supervivencia de las especies. Esta depredación ayuda a regular las poblaciones, manteniendo un equilibrio más o menos estable en las comunidades de los ecosistemas.

Por fortuna, las propagandas actuales en favor de la naturaleza empiezan a tener resultados positivos, y ya se nota cierto cambio de actitudes, por lo menos en la gente de la ciudad. Es importante, sobre todo, que los niños de ahora y de futuras generaciones reciban una instrucción adecuada que les haga comprender las leyes y mecanismos que rigen en la naturaleza, de los cuales depende el complicado proceso de la vida en este planeta.

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