II FINALIDAD
Y CARISMAS
"Dentro de la Iglesia, en el marco de la
renovación conciliar, con el espíritu de los Consejos Evangélicos, la práctica
de todas las virtudes, para la gloria de Dios y la salvación de las almas,
con el carisma del Misterio de la Transfiguración".

Lemas de la Obra son: "¡A él habéis de escuchar!" y "Transfigurarse
para Transfigurar".
1. Finalidad de
la Obra es: Glorificar a Dios especialmente a través de estos medios:

a) La contemplación de los misterios grandes y sacrosantos
del Tabor, la Muerte y Resurrección del Señor, la Ascensión y la Venida
Gloriosa de Jesucristo, la Venida transformante del Espíritu Santo en Pentecostés,
y la Glorificación de María Santísima; mediante la vida de oración y de
retiro que capacita al socio para su tarea misionera, a
fin de transmitir a todo el mundo la esperanza de la gloria eterna para
la que Dios nos ha creado.

b) El esfuerzo, nunca interrumpido, por la propia santificación,
con la plena correspondencia al Espíritu Santo, que forja a las personas
según el modelo de Cristo.

c) La adoración y la alabanza gozosa de la Trinidad Santísima
y del Hijo de Dios presente en la Eucaristía, mediante la participación
diaria en la santa Misa, la adoración y reparación de Jesús Sacramentado,
y la imitación de Cristo también en el apostolado
de su vida eucarística, hecho de silencio y de inmolación escondida.

d) El amor a María, a la Iglesia y al Papa:
- A María Santísima,
con una consagración total a Ella, que nos ayude a hacer todas las acciones
por Ella, con Ella y en Ella, a fin de que Ella nos prepare y forme gusto
y gloria de Dios, y nos consagre a su vez a su Divina majestad.
- A la Iglesia, con una
dedicación fiel a sus leyes, y siendo "promotores íntegros de su unidad,
y anunciadores incansables de su glorificación".
- Al Papa, siendo muy fieles
a sus enseñanzas, difundiendo con valor lo que él enseña y defendiendo
su autoridad.

e) El trabajo misionero de evangelización, imitando la
vida de Jesús, y el envío de los Apóstoles a todas las naciones.

f) El múltiple ejercicio de la caridad a los niños, los
jóvenes, las madres, los ancianos, los necesitados, los pecadores, los que
no reconocen al Dios verdadero, etc...

g) La dedicación a la importante tarea de promover las
vocaciones, sacerdotales, religiosas, misioneras, laicales, para que sean
muchos los que lleguen a ser santos en la viña del Señor.

(Estatutos. Art.. 3)
2.- La Obra de
la Transfiguración es una Obra Multiforme: es Contemplativa, Adoradora, Misionera
y Vocacionista.

a) Es una Obra Contemplativa.
El Monte Tabor, la noche de la Transfiguración de Jesús,
se transformó en un rincón del cielo, en un centro de oración,
de reflexión de la Palabra, de proyección de la Luz de Dios,
de posesión de su amor.
Y esto es precisamente lo que constituye una de las principales finalidades
de la Obra de la Transfiguración: la contemplación
de la Trinidad Santísima, en la intimidad del Padre, en la luz del
Verbo y en el fuego del Espíritu Santo.
Por lo tanto, cuando se dice que nuestra Obra es una Obra Contemplativa,
no se trata solamente de ser contemplativos en la acción, sino que
se trata también de pasar la vida entera, o varios años, sumidos
en la contemplación de las cosas que no pasan, en la realidad del
reino de la Gracia, en los misterios sacrosantos de dolor y de resurrección:
monjes silenciosos, suplicantes, adoradores, esclavos
del Amor glorioso, para la salvación del mundo.
La Obra de la Transfiguración abarca, por lo tanto, simultáneamente
a Misioneros de oración y contemplación,
y a Misioneros peregrinos, predicadores de la verdad
y el amor: asamblea de monjes y de predicadores, para la gloria de
Dios.
El que se sienta llamado a la soledad y el trabajo silencioso, que quede
en soledad y trabajo silencioso. El que quiera prepararse en soledad para
derramarse después en el mundo, que se prepare en soledad para una
mayor fecundidad en su futuro apostolado en el mundo. Asimismo, el misionero
peregrino que sienta la necesidad de la soledad para recuperar fuerzas y
fervor, que se sumerja en la soledad y el trabajo silencioso, en la adoración,
la alabanza, la súplica y la contemplación.
Todo esto, evidentemente, bajo la tuición del discernimiento de
los Superiores.
El Concilio Vaticano II en el Decreto "PERFECTA CARIDAD" Nº
7 nos dice: " Los institutos que se ordenan íntegramente a la
contemplación, de suerte que sus miembros vacan sólo a Dios
en soledad y silencio, en asidua oración y generosa penitencia, mantienen
siempre un puesto eminente en el Cuerpo místico de Cristo, en el
que no todos los miembros desempeñan la misma función (Rom.
12,4), por mucho que urja la necesidad del apostolado activo. Ofrecen, en
efecto, a Dios un eximio sacrificio de alabanza, ilustran al pueblo de Dios
con ubérrimos frutos de santidad, lo mueven con su ejemplo y lo dilatan
con misteriosa fecundidad apostólica. Así son honor de la
Iglesia y hontanar de gracias celestes".

b) Es una Obra Adoradora.
Si de veras tuviésemos el sentido de Dios querríamos pasar
nuestra vida sobre la tierra en adoración de "Aquel que es".
El universo es nada en comparación con la Trinidad Santísima.
La Iglesia, asistida por el Espíritu de Dios no cesa de proclamar:
"Gloria al Padre, Gloria al Hijo, Gloria al Espíritu Santo".
Y en su imposibilidad de alabar dignamente a Dios, se refugia en el alma
de Cristo, para hacer subir "por El, con El y en El, todo honor y toda
gloria al Padre, en la unidad del Espíritu Santo".
Jesús, en la Eucaristía, místicamente inmolado por
puro amor, hace elevarse hacia el Padre la adoración de todos los
hombres de su Iglesia. El, desde el Altar y el Sagrario, adora en nombre
de los ángeles, adora en nombre de la innumerable muchedumbre de
los salvados, "venidos de la gran tribulación de la tierra,
que ya rodean el trono del Cordero "con palmas en sus manos".
Adora en nombre de las ansiosas almas purificantes, y adora en nombre de
todos los fieles de la tierra que, a través de las oscuridades de
la fe, nos prosternamos "con El, por El, y en El", en presencia
de Dios Trino. Junto a él, María Glorificada, unida a su Hijo
único, hace elevarse hacia el Padre la alabanza adoradora de sus
otros hijos.
Resulta, por lo tanto, indispensable que el Transfigurista pase continuamente
postrado, en su interior, delante de la Eucaristía, en adoración
ininterumpida al Cordero Inmolado, para unirse amorosamente a él
en sus adoraciones al Creador del Universo.

c) Es una Obra Misionera
Ya van 500 años desde que el cristianismo echó raíces
en América Latina, y su desarrollo ha sido tal que actualmente casi
la mitad (39%) de los católicos del mundo están en este continente.
Sin embargo, asistimos al extraño fenómeno que estas Iglesias
siguen muy dependientes, en medios y en personal, de las Iglesias europeas
y norteamericanas, sin preocuparse mucho, hasta la fecha, de devolver la
mano y de abrirse a la evangelización del resto del mundo. Han sido
más bien Iglesias "receptivas".
¿Se justifica esto hoy día?
El estudio del Departamento de Misiones del CELAM en preparación
a la Conferencia de Puebla afirmaba: "¿Cuándo asumirán
estas Iglesias la responsabilidad más visible y comprometida a la
misión "ad gentes", a otros países y continentes?
Hacia el año 2000 la población mundial será de unos
seis mil millones de personas, la mayoría de ellas en Africa y Asia.
En ese momento de la historia, los católicos (al menos los nominalmente
tales) de América Latina llegarán a unos 600 millones, la
décima parte de la humanidad. Por primera vez en la historia el centro
de gravedad del cristianismo ya no estará en la cuenca del Mediterráneo
ni en los países a ambos lados del Atlántico Norte (la situación
actual), sino en América Latina (posiblemente con Africa Occidental)."
Por eso, Puebla afirmará más tarde: "Ha llegado para
América Latina la hora de intensificar los servicios mutuos entre
Iglesias particulares y proyectarse más allá de sus propias
fronteras, "ad gentes". Es verdad que nosotros mismos necesitamos
misioneros. Pero, debemos dar desde nuestra pobreza. " (Puebla, 368)
Nuestra Obra Misionera quiere ser una de las varias respuestas a este
llamado. Transfiguración, ¡Presente!

d) Es una Obra Vocacionista
El artículo 3 de nuestros Estatutos, en la letra G, reza así:
La Asociación de la Transfiguración, entre sus finalidades
tiene también esta principalísima: "La dedicación
a la importante tarea de promover las vocaciones sacerdotales, religiosas,
misioneras y laicales, para que sean muchos los que lleguen a ser santos
en la viña del Señor".
Así que una de las tareas principales nuestras es la de cultivar
vocaciones y, atentos que no se trata únicamente de vocaciones para
la Transfiguración, sino que - por los mismos Estatutos - se trata
de vocaciones para todos: Vocaciones diocesanas, vocaciones para las más
variadas congregaciones, vocaciones laicales también.
Y así lo estamos haciendo, con gozo, aunque a veces también
con un poco de pena: dando nosotros de nuestra misma pobreza.
El Papa Juan Pablo II nos dice: "La obra evangelizadora, sobre todo
hoy, está inseparablemente unida a la obra de las vocaciones sacerdotales
y religiosas.
Quiero por lo tanto invitaros a reafirmar una segura confianza no sólo
en la permanencia de carismas tan esenciales como son el sacedocio y la
vida consagrada, sino también en un posible y tal vez próximo
reflorecimiento.
No nos dejemos impresionar por su escasez actual: la misión del
sacerdote y del religioso tiene ciertamente una vinculación con las
mudables condiciones de la sociedad, pero no se reduce a ellas, pues en
su origen está la trascendente fuerza del Espíritu Divino,
que "sopla donde quiere".
Si contemplamos la larga historia de la Iglesia, vemos que todos esos
valores esenciales, que en cierto período han sufrido crisis, luego
han resurgido sin falta, precisamente porque son esenciales. Así
ha sucedido y así sucederá con el sacerdocio y la vida religiosa.
La actual riqueza de ministerios y carismas laicales, tanto masculinos
como femeninos, es ciertamente una bendición del Espíritu
Santo, pero sería un grave error, dictado por un malsano secularismo,
pensar que esa exuberancia de iniciativas y de servicios laicales está
destinada a sustituir las instituciones del sacerdocio y de la consagración
religiosa. El objetivo que el Espíritu Santo persigue mediante estas
nuevas manifestaciones de su presencia vivificadora no es sustituir esas
instituciones, sino integrarlas en una lógica complementariedad (Juan
Pablo II, el 18-III-1990 a los Sacerdotes, Religiosos, Religiosas y laicos
en Ivrea, Italia).