Desde el fondo de ensueño de tus ojos castaños
me está llamando un niño...
Sus bracitos se alargan
como si ellos trataran de aferrarse a mi alma.
Y me llama tan hondo,
con tan triste gemido,
como un ave cautiva que clama por su nido.
Y en mi dura impotencia de arrancarlo a tus ojos,
de llamarlo a la vida desde mi misma vida,
siento que el alma entera se me enciende de abrojos
y quema mis anhelos una lágrima viva.
Y este niño que nunca dormirá en nuestros brazos
y este niño que nunca nos dirá que es olvido,
Comprende la tragedia tatuada en nuestros rostros
y agita sus bracitos con gesto de cariño.
Por ese hijo que uniera por siempre nuestras sendas,
por ese hijo que llevas prendido en tus pupilas,
ha florecido en mi ruta la divina esperanza
y aunque existiera, lo siento en nuestra vida.
Concepción, 27 de julio de 1935. Extraido de unos apuntes de mi Madrina (no pudo tener hijos).