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Curahuasi

 
 

 

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Curahuasi ... queda "aquisito nomás"
 

Escribe: Christian Manrique
Fotografías: Manuel Etesse y David Vela
Agradecimientos: Centro Federado de Estudios Generales Letras y Municipalidad de Curahuasi.


    Mientras el paisaje de cemento, ambulantes y smog de la Lima gris a la que todos estamos acostumbrados iba cambiando ante nuestros ojos, un grupo de estudiantes de la PUCP nos enrumbábamos a una aventura: conocer un mundo completamente distinto, al cual sólo habíamos tenido acceso por medio de las láminas “Huascarán”. Los paisajes “civilizados” se trocaban con las pampas arenosas que tenían dunas transeúntes y un cielo estrellado, adornado por estrellas fugaces, elementos que varios de nosotros sólo habíamos escuchado hablar en la televisión.El soroche también hizo estragos en nuestros “limeños” estómagos, pero no pasó a mayores. Los paisajes mutaron hacia las majestuosas montañas andinas y sus respetables asideros y cañones de ríos, que inspiraban temor a la mayoría de nosotros.

    El lector se preguntará: ¿Para qué ir a Curahuasi? Empecemos por describir un poco cómo es la ciudad. Ubicada a dos horas en bus del Cuzco, en el departamento de Apurímac, Curahuasi está conformado por cuatro barrios principales: Jhon Kennedy, Micaela Bastidas, Ayaruco y Lucmos. Actualmente se le conoce t como la Capital Mundial del Anis, ya que en ella se produce la mejor cepa de la región, que es industrializada en Cuzco, para convertirla en uno de los mejores anisados del país. En los tiempos del Incario, Curahuasi era un centro de cultivo de plantas medicinales.

    El día siguiente, después de asentarnos, fuimos capacitados en el Centro de Salud del pueblo, a cargo de la Srta.Claudia, obstetriz. Ella nos explicó sobre el problema que se le presentaba diariamente: Cada vez las madres eran más jóvenes entre sus pacientes. Preocupada por el tema, nos encargó realizar una encuesta, cuya intención era indagar un poco en los motivos y circunstancias que llevaban a las adolescentes a iniciar sus relaciones sexuales a tan temprana edad. Los lugares que nos designaron fueron las comunidades de Bacas, Ccohua, San Luis y Pisonaypata, todas ubicadas alrededor de Curahuasi.

    En el camino de regreso hacia la casa, nos encontramos con un peculiar escenario: habíamos notado que en algunas casas, colgadas en las puertas, se encontraban unas banderas rojas. Decidimos averiguar. Preguntamos a la señora de una de las casas que tenían estas banderas y nos informó que en todas las casas que tenían esta señal era indicio que se vendía chicha de jora ahí. Nos aventuramos a probar un poco. El precio de cada “vasito” era de 20 céntimos. En nuestras mentes se encendió la “limeñada”: “Será un vasito descartable y pequeño”.Grande fue nuestra sorpresa cuando la vimos regresar con un vaso excesivamente grande, del tamaño de un caporal, lleno hasta el tope del rebosante brebaje. Su sabor amargo y fermentado nos devolvió el calor al cuerpo y decidimos abastecernos con unos cuantos litros para celebrar en la noche el haber llegado sanos y salvos.

    A la mañana siguiente nos levantamos a las 5 de la mañana, para embarcarnos en las camionetas, para ir a las comunidades. Lo hicimos a regañadientes, ya que no estábamos acostumbrados a levantarnos tan temprano.

    El grupo al cual fui asignado fue destinado a la comunidad de Bacas, que queda a 15 minutos de Lucmos. El camino era algo accidentado hasta llegar a la Posta Médica de la comunidad. Estando parado ahí, en medio de los cerros, extrañamos las veredas. Nos dieron las ubicaciones de las casas de las madres adolescentes y partimos en la expedición en busca de ellas. Bacas era una comunidad “relativamente” pequeña, lo que hacía más fácil el ubicarlas. El gran problema que tuvimos fue la concepción de distancias. Caímos víctimas del muy famoso “Queda aquicito nomás”, frase que escuchábamos de los comuneros. Usualmente significaba una caminata que oscilaba entre media hora de camino o un par de lomas y nosotros, que no estábamos acostumbrados a hacer tremendo trecho, sentíamos el pesar de hacer tremenda subida para realizar una sola encuesta. Mientras las buscábamos entre las plantaciones de anis y algodón, eramos testigos de su ardua y extenuante labor en las chacras.

    Las noches de tabulación eran largas y tediosas, en las que se nos juntaban las felicitaciones por el trabajo realizado, de parte de la Municipalidad y del MIMDES no se hicieron esperar.
Ese grupo de alumnos de la PUCP, la mayoría menores que yo, se comenzó a integrar cada día más y más. El trabajo ya no se volvió tedioso, sino ameno. Durante el día, el trabajo era arduo; pero, en las noches, nos divertíamos jugando, conversando y acompañados de la chicha de jora que nuestro vecino nos vendía, todo con moderación. . Juntos conocimos el mirador de Ccorihuayrachina, que queda a una hora de Lucmos a pie, en donde tuvimos una aventura para ver el cañón del río Apurimac, al subir la montaña bajo el inclemente sol serrano Aquí, muchos recuperamos el bronceado. Conocimos la Plaza Mayor, en donde se encontraba una réplica de la Piedra de Saiwite, que es una maqueta incaica de una ciudad; y terminamos la velada bañándonos en las aguas termales de Cconoc, al cual llegamos en un muy cómodo camión de carga. Llegó el día previsto para regresar a Lima. Regresamos por el mismo sendero que nos trajo de nuevo a un lugar al cual ya no estábamos acostumbrados. Esa cosa rara, que le llaman aire puro, ya no existía. A los cerros le salieron ventanas. Los cerdos de los caminos se trocaron por basurales y las banderas rojas por licorerías. Extrañamos esos paisajes serranos. Desde ese momento, Lima ya no me gustó. Al bajar del bus sentimos el cambio, de la tierna lentitud serrana a la velocidad limeña, donde a uno ya no le importa el prójimo.

 

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Última modificación: 29 de November de 2005